Emociones.

Hay que aprender a gestionar las emociones, porque el no gestionarlas genera muchos conflictos. Y esos conflictos están generados por las emociones…

– Oye, pero es que yo no tengo conflictos.

– Pero tienes emociones ¿O no?

– Sí, sí, claro que tengo emociones, como todo el mundo, pero no tengo conflictos.

– Conflictos teneis todos. Por eso tienes que gestionar el conflicto que generan tus emociones.

– Ya, ya. Pero lo que yo te digo es que mis emociones no me generan ningún conflicto en estos momentos.

– Bueno, eso es lo que tú te piensas. Tú tienes conflictos desde el momento que no gestionas correctamente tus emociones. La ira, el miedo, la alegría, el amor… todo eso lo tienes que controlar para gestionar adecuadamente todos los conflictos.

– De acuerdo. Pero eso en el caso en que tengas conflictos y que estén generados por las emociones. Y yo no tengo conflictos con nadie, de verdad.

– Sí, sí que los tienes, pero es que no los sabes ver. Tú misma has dicho que tienes emociones ¿no?.

– Sí, tengo emociones, pero no tengo conflictos con nadie, de verdad.

– Te equivocas. El conflicto está escondido y tapado por las emociones. Hasta que no te desprendas de la emocionalidad, no podrás resolver el conflicto.

– Pero ¿Qué conflicto?

– El conflicto, Carmen.

– Pero que no, que no tengo conflictos. De verdad que no tengo conflictos.

– Sí, Carmen, tú tienes un conflicto y lo tienes que resolver.

– ¡ QUE NO! ¡QUE NO TENGO CONFLICTOS, COJONA!

– ¿Ves? Ahora mismo, tu ira está provocandote que tengas un conflicto conmigo.

– ¿Mi ira? ¿MI IRA? Oye, ¿Y no será tu amor desmedido lo que está provocando el conflicto entre tú y yo?

– No, no es mi amor hacia ti, sino el miedo que te provoca la simple posibilidad de dejar al descubierto tus emociones…

Ingestionable. Directamente ingestionable…

Desayunos desagradables

El tipo que, de pié al lado de las botellas de litro comunes, se bebe tres vasos de agua, rellenando uno detrás de otro. Sus tres cuartos de litro de cada mañana, como si estuviera en la cocina de su casa, y en vez del mostrador aquello fuera una encimera. También los hay que apuran el zumo de camino a la mesa, sin poder esperar a sentarse para beberlo. Y una se lo imagina así de tripón y de peludo en calzoncillos y calcetines, con la nevera abierta y bebiendo a morro del tetrabric de leche familiar y eructando después.

O la cerda que pone sus tostadas en el tostador común con el queso cheddar, para que éste se derrita, huy, qué bueno, qué rico, sin importarle que se quede el tostador lleno de queso y y que los demás clientes tengan que soportar su pestífero capricho y su mala educación. Y una se la imagina acostándose sin quitarse de la cara el pesado maquillaje, dejando la almohada llena de rimel y de restos de pintura de ojos barata.

O el que va todavía sin duchar y coge la barra de pan con la mano desnuda, que a saber qué habrá manoseado antes, sin usar la servilleta que han puesto para que la sujete mientras corta el pan a su gusto. Y una se lo imagina hurgándose la nariz mientras espera en su coche a que el semáforo se ponga en verde.

O la que, desparramando lorzas, se levanta todavía masticando el beicon que se puso con los huevos fritos para servirse un tercer plato, esta vez de salchichas. De camino, consigue alcanzar un resto de tocino que se le quedó entre la tercera y la cuarta muela. Luego se limpia la mano en el pantalón y coge delicadamente las pinzas. Y una se la imagina recogiendo una albóndiga del suelo grasiento de su cocina, y volviéndola a poner en el plato.

Así es que, en el bufet de los hoteles, un cafetito y a correr.

PS: Esto va «Sin categoría». Menudo post guarro que me ha salido…

La declaración y la prueba

AJUSTE

AJUSTE

AJUSTE

Hoy he escrito en Twitter:

«Me ha salido un grano en la nariz. Vaya por dios.»

Hay días que escribo cosas

que no me hacen ninguna gracia.

La selva y la manada

Mi querida Z. escucha con su eterna sonrisa, esa que confunde al interlocutor hasta hacerle pensar que ella está de acuerdo con todo. Le dice que sí, asiente con la mirada y con el gesto de la cabeza, ligeramente ladeada. Parece convencida. Y entonces se produce un breve silencio. Ella mira primero al techo y luego va bajando los ojos hasta que se quedan anclados en los de su interlocutor. Sin dejar de sonreír y con una dulzura llena de luz dice:

– ¿Sabes lo que pasa? Pues que si aquí cada uno hace lo que quiere, nosotros nos convertiríamos en animales de la selva. Y eso no es lo malo. Lo malo es que ya ni siquiera podrías ir en manada.

Y él baja los ojos hasta que consigue calzárselos. La selva, sin manada, no parece muy atractiva aunque se la hagan imaginar a uno con una sonrisa.

Equivocarse

Equivocarse. Curioso verbo.

Si se dice en presente o en presente continuo, la equivocación está en trance de ser perpetrada. Entonces, si no se pone remedio a la equivocación nada más advertirse – o sea, según se está pronunciando la frase -, es como para dar de tortas al equivocando. ¿O me equivoco?

Si se dice en futuro, en cualquiera de los futuros posibles, ya sea simple, compuesto o continuo, uno mismo se da el tiempo de evitar la equivocación, que cree cierta, o de avisar al menos a las segundas o terceras personas. Y si no lo evita, sabiendo que se equivocará él u otros, incluso yo misma, igualmente será como para dar de bofetadas al futuro equivocando, que les recuerdo que puedo ser yo misma.

Ahora bien, si se dice en pasado, tiene todo el sentido porque ya no tiene remedio y la equivocación se ha revelado como segura y comprobada. Pero, amigos, en pasado también tiene su aquel. Porque utilizado en primera persona indica lucidez, en segunda persona refleja reproche y en tercera persona, cobardía. Porque si él se equivocó, o se equivocaron ellos ¿Por qué no se lo dices a la cara? ¿Eh? A ver ¿por qué?

Ah, la gramática.

La irracionalidad que cuelga

Hoy me he levantado con el pie izquierdo. O tal vez con el pie derecho, que para lo que me ocupa me da bastante igual lo que se pueda aventurar sobre mis caídas de la cama. Voy a hablar de colgantes.

Y es que se nos olvida que La Rioja es Logroño. Tal vez por eso nos parece muy normal que una provincia con poco más de 300.000 habitantes, o sea el 0,68% de la población española, tenga su parlamentito y su banderita. Y además, sus consejerías, sus direcciones generales y todo lo que cuelga. ¿Qué cuelga? Pues desde un BOE hasta una agencia para el conocimiento y la tecnología, pasando por un defensor de los 300.000 riojanos y  un dialecto para que se comuniquen entre ellos. El dialecto ocupará por lo menos a media docena de personas para promocionarlo y los que se ocupan de BOE (BOR, que es de Rioja, no del Estado) pues vaya vd a saber cuántos serán.

Pero en el fondo, esto no tiene nada que ver con Logroño, ni con el coste en concreto de La Rioja. Verán: de las 17 comunidades autónomas, 13 de ellas tienen menos del 6% de la población española para administrar. Y 8 de ellas ni siquiera alcanzan el 4%. Esto es así. Toda esta dispersión da trabajo y sueldo a 1.268 diputaditos autonómicos. Más lo que cuelga.

Imaginen ahora una empresa española con 17 centros de trabajo. ¿De verdad creen que se organizarían en direcciones regionales por comunidades autónomas o piensan que seguirían un criterio digamos racional? Cuando digo racional estoy pensando en número de trabajadores, en volumen de ventas, en mercado objetivo, en ingresos. ¿Vds creen que una empresa de distribución, por ejemplo, con 160 tiendas, dedicaría una dirección regional únicamente para llevar la tienda de Logroño? Esto por el lado de la organización, aunque luego viene lo que cuelga. ¿Creen vds que pondrían en cada centro de trabajo a un director de personal, un director de Logística, un planificador, un jurista, un contable, un jefe de comunicación, un par de informáticos y un tipo de compliance?  Si creen esto, sin duda alguna trabajan (poco) en una Comunidad autónoma o viven en la Luna. Y en ese caso, lo mejor es que dejen de leer porque es posible que se me escape alguna palabrota.

Somos un país irracional, construido con las tripas y con una mirada que, cuando se vuelve hacia nuestro pasado, nos convierte en estatua de sal. Nuestra administración tiene la misma estructura para algo con 8 millones de habitantes que para algo con 300.000. Y se organiza sobre la base de cosas que no tienen nada que ver con dar un buen servicio y administrar correctamente el dinero de los administrados, como derechos históricos, acentos, gastronomía, montañas, valles, dehesas o patrias queridas. A esta memez le llamamos progreso, buen servicio y cercanía al usuario. Y, por supuesto, después de aplicar lo mejor de nuestra creatividad a la invención de banderas y diferencias, nos declaramos europeos con nuestra mano en el corazón y tarareando, vena en cuello, la Novena Sinfonía de Beethoven. Solbes hablaba del Sudoku autonómico pero no, esto no es un sudoku. Esto es, sencillamente, un despropósito. Por no decir una gilipollez.

Pero paguen. Paguen y callen, que hay que dar satisfacción a todo lo que cuelga, aunque nos cueste un huevo.

Hablando del asunto

¿Qué asunto? Pues que llevo dos semanas de los nervios, con unas ganas enormes de tirar un libro por la ventana. Detesto a la autora (Elena Poniatowska), detesto a la protagonista (Leonora Carrington), detesto a  los personajes (todo el movimiento surrealista, dadaísta e imbecilista de los años 30-40 francés), detesto todas las estupideces y locuras que me cuenta el libro, detesto cómo está escrito y…¡detesto lo gordo que es! Debo terminarlo de aquí al viernes, así es que ya estoy leyendo en modo rana, es decir, saltándome los párrafos según los empiezo. Diría que lo estoy leyendo como se leen los contratos pero ¡qué va! un contrato me gusta comparado con este puñetero libro. Lo cité hace un par de post, y ese diálogo es lo único que se salva. Aj. Creo que lo abandonaré en un banco.

A cambio de esta introducción y para relajarme un poco y de paso ponerme de buen humor, les hablaré de un autor inteligentísimo que me encanta y que es Julian Barnes. Este sí habla del asunto. ¿De qué asunto? Pues del asunto, ¿de qué asunto va a ser, a ver?: chico conoce a chica, chico se casa con chica y… chico tiene un amigo. El chico es un empleado de banca, formal, serio, sensato, racional. Ella es calculadora pero también sensible, una romántica con los pies en la tierra que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Y el amigo es un personaje desordenado, excéntrico, algo bohemio y soñador (o sea, un truhán y un señor). Y los tres hablan del asunto.

 

Barnes sienta a los tres personajes en una silla delante de ti y deja que ellos te hablen del asunto, que te lo cuenten cada uno a su manera. Sólo da voz a un par de personajes más que aparecen de manera imprevista para puntualizar algunas cosas relativas al asunto. Y a ti no te queda más remedio que escucharles, sin posibilidad de hacer preguntas. En silencio, pero con una sonrisa permanente y con alguna que otra carcajada.

Hablando del asunto, de Julian Barnes. Ese sí que es un buen asunto. Y un gran libro, muy inteligente.

La mañana más bonita

Cada uno tiene los suyos. Y yo tengo el mío. Aquel largo pasillo de la casa de mis padres, al final del cual estaba el salón. Mi hermana mayor entrando primero, para comprobar que ya se habían marchado, que no les sorprenderíamos a ellos bebiendo de la copita de coñac, y a sus camellos de aquel cubo lleno de agua. Comprobar que habían disfrutado de la hospitalidad de mis padres. Comprobar sobre todo que habían venido, que habían pasado por casa.

Mi hermana mayor, muy valiente debido a sus cinco años más de experiencia, entraba con fingida cautela mientras mi otra hermana y yo esperábamos al otro extremo del pasillo. El corazón se nos salía por la boca, después de una noche de la que no recordamos el insomnio, porque no es enfermedad para niños. La cura de sueño de aquellas noches quedaba para mis padres, que se escondían arrebujados entre las sábanas, sin ver pero escuchando la escena, divertidos con la emoción, ilusionados casi tanto como yo, casi tanto como mis hermanas.

Y cada año era la misma comedia. Mi hermana volvía del salón con el discurso presentido y triste. Unos años era el carbón, otros era el olvido, otros la falta de tiempo de unos magos que habían tenido demasiado trabajo aquella noche. Aquella noche cuyo sueño duraba tanto. Hasta que la risa se le escapaba, hasta que decidía que debía descubrir su broma y con ello redoblar nuestra sorpresa.

Y allí estaba todo. Claro que habían venido: La Nancy, los recortables, el Exin castillos, la bolsa de canicas, los juegos de lapiceros, y aquel disfraz de bailarina o ese otro de Daniel Bum con su gorro de castor y sus pistolas.

La bicicleta no estaba. Y es que tuve que esperar un tiempo hasta conocer personalmente a aquellos maravillosos magos y así entablar con ellos una negociación en la que mi compromiso fuera realmente creíble. Por carta, ya se sabe, los merecimientos, casi tanto como las promesas, siempre se exageran un poco…

Idiomas (III)

La primera vez que estuve en Nueva York, fumar no era un atentado propio de criminales sin entrañas y asesinos en serie de niños, gente apestosa y apestada de la que conviene huir y a la que hay que apedrear socialmente. O sea, que de la muerte de Manolete todavía acusaban al pobre Islero, que no había fumado en su vida. Así es que les podría contar cómo, al comprar un paquete de Marlboro en un puestecito de la Cuarta Avenida y preguntar cuánto era, me dieron cerillas…

Pero no les contaré eso, sino la historia de mi amigo Javier en el Metropolitan. Hablo del Museo, no del Subway. Ya, ya sé que lo saben, era un chiste fácil que no he querido evitar. Paseaba mi amigo por las salas vacías, recreándose en cada cuadro, en cada escultura, en cada fotografía. Con las manos a la espalda, el tiempo pasaba lentamente.

Al entrar en una de las salas, una oronda empleada de color estaba sentada en una silla, vigilando a los dos únicos turistas que había en aquel momento. De pronto, mi amigo Javier se dio cuenta de que sólo había recorrido una pequeña parte de sus intereses y pensó que tal vez, para completarlos todos, debería darse un poco de prisa. Pero en realidad no sabía de cuánto tiempo disponía, así es que pensó muy bien la pregunta y se dirigió luego a la mujer que vigilaba medio adormilada, susurrándole con el mejor de sus acentos:

– Sorry, at what time is closed the museum?

La mujer pareció activarse. Le miró, primero a la cara y después de arriba a abajo, y en un castellano correctísimo le respondió:

– A las cinco y media en punto, señor.

Después de todos estos años, mi amigo Javier sigue sin poder concretar qué le hizo saber a aquella mujer que él hablaba castellano. Yo estoy de acuerdo en sospechar con él que pudo tratarse del corte de pelo…

Leonora, capítulo 4

Esta vez, el arzobispo de Lancaster se niega a ayudar:

– Además de fumar – explica a Maurie y a Harold – su hija acusó a la Reverenda Madre de tener una verruga con dos pelos blancos en el mentón.

– ¿Y no la tiene? – pregunta Harold Carrington

– Sí, pero hay que ser discretos.

Leonora, de Elena Poniatowska, Capítulo 4. Ed. Seix Barral