Avispas

Ya decía que estaba harta de bichos. Me refiero a los insectos, naturalmente, no a los animalitos peludos de cuatro patas que circulan por mi casa. Este verano hay muchas avispas, más que otros años y seguramente habrá una explicación, pero yo no la conozco. Las avispas son unos bichos malvados a los que no hay que perdonar la vida. ¿Para qué sirve una avispa, si no es para picarte y hacerte daño? Hace muchos años, una avispa se quedó dormida en la braga del bikini que una de mis hermanas había dejado colgada en el tendedero. Estuvo sin poderse sentar una semana. Ahora lo recordamos con muchas risas pero les aseguro que, desde entonces, en casa se mira muy bien la ropa cuando se quita de la cuerda.

Mi amiga Yoli me explicaba esta mañana durante el aperitivo que a ella le hicieron nido en el falso techo de la cocina. Tiene dos focos halógenos, y por uno de ellos, que presentaba algo de holgura, se le colaron las avispas para hacerse una casita. Tiene su lógica: calorcito, humedad, y la comida al alcance de la antena. Unas pérfidas. Mi amiga Yoli llamó a su hermano y éste fijó bien el halógeno, de manera que las avispas se quedaron allí atrapadas.

– Yo cada vez que oía a una que quería salir, zas, encendía la luz de la cocina.
– ¿Y? ¿Se iban?
– No, mujer, no. Se quemaban. Pfzzzzz, muertas con el calor de la luz.
– Qué horror…
– Oye, pues que no se hubieran metido ahí.
– Ya, en eso llevas razón. ¿Y el cadáver? Se quedaba en el halógeno, supongo.
– A ver, cualquiera se ponía a desenroscarlo. Menuda mala leche debían tener las otras, guapa.
– ¿Pero qué hacían? ¿Se acercaban con el cadáver ahí, chamuscado?
– Sí, sí, tardaban, pero acababan saliendo. Dos años me costó matarlas una por una, maja.
– Qué barbaridad.
– Hasta que un día salió la reina. Tú no sabes… Mira, enorme. Como este puño de gorda.
– ¿Y? ¿Pfzzzzz?
– Pfzzzzz. Se acabó, la dejé frita.
– Qué horror…
– Ya. ¿Te vas a comer ese torrezno?
– No, creo que no.

Opciones

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Miren la foto. Yo tengo ahora varias opciones:

1.- Cortarme el pie derecho por la mitad
2.- Tirar las zapatillas

Además de esto, he de elegir entre:

1.- Dejar las zapatillas en lo alto de un armario
2.- Educar al perro

También tenía que decidir si buscar a Wilma para darle una torta o ponerme a escribir este post.

Creo que no me cortaré el pie derecho por la mitad…

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Saltamontes

Estoy ya un poco cansada de bichos. El primer saltamontes apareció cuando bajaba el estor de mi habitación. Ahí estaba encaramado sin aparentar sorpresa ni desvelo alguno, tan pancho, como si fuera la cosa más normal del mundo quedarse sobado en los estores de los dormitorios. Aquel saltamontes intrépido que no consideró siquiera la posibilidad de que yo podría haberlo subido en vez de bajado, y habría terminado allí su vida saltarina, crac.

El segundo había decidido dormir la mona en mi albornoz. Si el día 18 de agosto oyeron un alarido racial y desgarrador y no supieron bien a qué extraño fenómeno atribuirlo, les resolveré la duda: era yo que, al salir de la ducha y ponerme el albornoz, vi en el espejo cómo un saltamontes salía de mi cuello como si fuera un muelle de bicicleta. No me permití desmayarme porque eso es algo muy peligroso en los cuartos de baño y en el supuesto de que me hubiera golpeado la cabeza contra el lavabo, la teoría de que los saltamontes son animalitos inofensivos habría sido contravenida de muy mala manera por mi parte.

El tercero estaba anoche esperándome a que llegara, después de una noche de farra a las tantas de la madrugada. Al abrir la puerta y encender la luz le vi, en medio del pasillo, moviendo sus antenitas y caminando a saltitos. ¿Han intentado alguna vez atrapar un saltamontes con un par de copas encima y sin hacer ningún ruido para no despertar a nadie? Prueben la experiencia sin temor al fracaso: es posible hacerlo.

He llegado a la conclusión de que se trata del mismo saltamontes. Y es que en las tres ocasiones, lejos de aplastarlo, lo he recogido delicadamente y lo he tirado por la ventana, entre sacudidas de aprensión y temblores de pánico. Bueno, salvo la tercera vez, en la que creo que le hablé sobre la conveniencia de encontrar una saltamonta cuanto antes y así dejar de hacer guardia tontamente en el pasillo de mi casa. Creo que incluso llegué a decirle que no le amaba, aunque sólo con el propósito de dejarle pensativo y poder agarrarle. Y una vez entre mis manos, hop, por la ventana de nuevo.

Si vuelve a aparecer por aquí, le pegaré un zapatazo. Yo no miento nunca, y ya le dije que no le amaba. Y después de tres encuentros tan íntimos, no creo que cambie de opinión.

«Seven things about me» Award

No tenía previsto actualizar el blog durante este mes de agosto, con la excepción de la entrada programada para el club de lectura. La semana pasada, sin embargo, me llegó el premio que me da Dolega en su blog y Paterfamilias en el suyo. Si he comprendido bien la mecánica del asunto, se trata de un encadenamiento de post en los que hay que decir siete cosas sobre uno mismo y elegir a la vez siete blogs entre todos los que sigues y decir por qué los sigues. En verano, por aquello del bronceado, yo tengo la autoestima por las nubes de manera que si sigo el juego no es tanto por vanidad como por agradecimiento a estos dos blogs amigos que han tenido la amabilidad de acordarse de mí.

Creo que en la biopsia del blog ya digo más de siete cosas sobre mí y por otra parte, los que me seguís, como sois inteligentes tendréis una idea bastante precisa de mi caracter, mis gustos y mis aficiones. Así es que me ajustaré a los hechos con datos irrefutables.

1.– Calzo un 38, tanto de pie como sentada. Tumbada no calzo nada a no ser que esté tumbada por estar caída, en cuyo caso suelo conservar los zapatos.

2.- Mido 165 centímetros cuando estoy pletórica y 162 cuando me encuentro abatida, generalmente por las circunstancias y sin tacones de por medio. Si esas circunstancias incluyen la entrada a una cueva, entonces mi estatura se acomoda con una elasticidad asombrosa, producto no tanto de mi flexibilidad como de mi prudencia.

3.- Nunca he lucido el famoso 90-60-90, entre otras razones porque me parece una vulgaridad. Creo que en este mundo vale la pena diferenciarse y, lejos de someternos a rijosas ensoñaciones de machos, las mujeres debemos luchar por tener nuestra propia pesonalidad. Mi personalidad está en un digno 96-75-99, que puede equilibrarse perfectamente con ropa adecuada sin necesidad de estrambóticos sujetadores o de fajas carcelarias del Primark.

4.- Peso entre 57 y 60 kilos, y esta horquilla se debe relacionar cabalmente con el punto anterior, y más concretamente con la cifra central de la figura.

5.- De los datos anteriores puede deducirse con relativa facilidad que uso una talla 40, aunque puedo prometer que el año pasado me compré unos pantalones de la 38. Y que este año me los he puesto varias veces.

6.- Tengo 20 años cumplidos y no miento. La cifra exacta de mi edad no os la voy a decir porque detesto los cotilleos, además de parecerme un dato cuya precisión es irrelevante salvo en el momento de suscribir un seguro.

7.- Tengo los ojos de color verde y si quieres molestarme de verdad, dime que son azules.

Bien, ahora viene lo complicado, que es elegir siete blogs para dar mi premio. Advierto que dejo fuera de categoría el blog de T-apuntes, delicioso tanto en sus post como en las tertulias casi privadas que se organizan en sus comentarios, del que siempre aprendo algo y que fue el blog en el que me inspiré para empezar el mío. La numeración de los siguientes no indica preminencia: es un simple contador para que no os perdais.

1.- Menudos cabrones, el blog del general Kutusov que sólo actualiza los domingos y que está escrito desde una óptica liberal y sobre todo desde el sentido común. Magnífico blog a pesar del color de fondo, imprescindible para iniciar la semana.

2.- Saber es acordarse, de Hermano electrón. Es un blog muy reciente en el que se aprenden cosas nuevas y se recuerdan otras ya olvidadas, y que en todo caso está escrito con mucha cercanía y simpatía. Conviene seguirle muy de cerca.

3.- La mesa cero del Blasco, en donde escriben tanto ND como Anniehall, y en el que es facil adivinar detrás a las buenas personas que hacen una bonita familia. Post variados en el tema y en el tono, un blog siempre cercano en donde abundan las reseñas de libros, por lo general fiables.

4.- La Academia de chimpancés (con peluca), el blog del hombre revenido, un blog descacharrante y lleno de ocurrencias siempre originales y siempre divertidas. Cada actualización me arregla el día.

5.- Una capa de pluma de Kapapo, siempre genial, con post muy cortos, brillantes y llenos de retranca, el capitán Achab nos ayuda a ver la realidad tan deformada como realmente es.

6.- En campo abierto, escrito por Juan Manuel Martínez Valdueza, un hombre de gran cultura, escritor y editor también, un blog para llevar España a cuestas, en el que la buena prosa evita siempre el esfuerzo de llevarla.

Y para finalizar, dejaré ex-aequo en el puesto 7 el blog de Dolega y el de Paterfamilias, dos blogs de lo cotidiano, escritos con naturalidad y mucho sentido del humor, en los que cuando uno entra, ha llegado a casa.

Ya sé que he citado nueve blogs. Pero las reglas se reconocen mejor cuando se transgreden. Y de todos modos, ha sido por una buena causa.

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La invención de Hugo Cabret

El título de este post es el mismo que el de un libraco que he leído estos días y del que ya veré qué comento en Club de lectura, cuando se me pase el mal humor. Y es que una ya va teniendo una edad en la que leer libros para adolescentes le provoca una terrible sensación de pérdida de tiempo. Si este bodrio de kilo y medio de peso no ha terminado en el fondo de la piscina no ha sido por respeto a su calidad literaria – inédita por otra parte -,  sino porque tengo muchos amigos con hijos en edad de leerlo, aunque yo les recomendaría a sus padres que antes les compraran la serie entera de Las Torres de Malory para que se vayan aficionando.

En su descargo diré que es un libro bonito. Quiero decir que la edición está cuidada, el papel es de alta calidad y además, de las 500 páginas, casi 300 son ilustraciones en carboncillo. Ya sé que decir esto de un libro es como felicitar al maître por lo fresquita que estaba el agua, pero en realidad yo estoy haciendo una publicidad excelente a la editorial, puesto que con tanta ilustración ya le pueden comprar el libro al niño a partir de los cinco años para que lo coloree a su gusto y les deje dormir la siesta.

También es verdad que el libro tenía todas las papeletas para darse un chapuzón, porque las historias en donde los niños son los protagonistas – y los que más hablan – me provocan mucha pereza. Por si esto no les molesta tanto como a mí, también les diré que sale un relojero, un señor que vende juguetes, su ahijada, una mujer de aparente dureza que soba un broche de plata que lleva en la blusa, dos delatores, un policía muy borrico y un tuerto que trabaja en un cine. Un elenco como para jugar al béisbol, vaya. Con todo, se trata de una historia que, bien contada, podría haber dado lugar a un buen libro de intriga, incluso de misterio, porque está ambientada en un París lúgubre, hay pasadizos de una estación de tren, cada protagonista guarda un secreto que se resiste a compartir y, además, todo gira en torno a un inquietante autómata olvidado y después rescatado de las ruinas de un pavoroso incendio. Pero el libro se convierte en una historieta de tebeo porque el autor es lamentable. Ni tiene estilo, ni sabe armar la historia, ni construye la intriga, ni tiene la menor capacidad para provocar nada que se parezca a la sorpresa. Nos dice en algún momento que “a las máquinas no les sobra nada, tienen las piezas justas para funcionar”. Bien, pues a este libro le sobra más de un diálogo, más de una obviedad y más de un dibujo.

Por lo visto hay una película inspirada en el libro, dirigida por Martin Scorsese. He leído buenas críticas pero no me he cruzado con nadie que me la recomiende. Si la han visto, quédense ahí. Yo no la he visto y me quedaré aquí. Y si algún día la pasan por la tele, quizá tenga humor para dar una oportunidad a los anuncios.

Más reseñas en La mesa cero de Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida

¿Qué haces este verano?

Esta es la pregunta que vienes a responder unas cinco veces al día, mal contadas, en esta época del año, para luego explicar con detalle las fechas, de las que nadie se acuerda media hora después, por cierto. Yo creo que desde mediados de Junio, igual que en Navidad, deberíamos colgarnos unos badgets indicando la fecha de salida, la de llegada y el plan de vacaciones. Por ejemplo, eso que pongo abajo y que es lo que habría que ponerle a Curra…

Este año yo me iré de vacaciones, claro, a pesar de que esto de irse de vacaciones empieza a ser algo vergonzante. Dentro de poco deberemos pedir perdón por ello, del mismo modo que hoy, si trabajas y tienes un sueldo decente, no puedes quejarte de nada. Así estamos…

– Me voy al Caribe de vacaciones

– Ah, qué suerte

– No, querido, esto no tiene nada que ver con la suerte. Me he pagado el billete y el hotel, y me pagaré cada panecillo y cada cerveza que me tome. En cuanto a las vacaciones, las tengo por convenio y por ley, no por casualidad…

– Ya, anda, no te quejes, que tú tienes trabajo.

Voy a intentar hacérmelo perdonar, lo de las vacaciones. Así es que les diré que seré una buena patriota y me dejaré el dinero en España. Además, seré modesta y estaré en el interior del país (aunque tal vez me vaya a meter un pie en el Atlántico). Y, sobre todo, dedicaré parte de mis vacaciones a prepararme mejor para el futuro – el mío y por tanto el de la patria – y me encerraré  para mejorar mi inglés en un curso de inmersión.

¿Qué, me perdonáis que me coja vacaciones? Si acaso, meteros con Curra, que tiene mucho morro…

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Cuidados capilares

Los servicios de peluquería canina están limitados en esta casa a lavar y marcar, que es lo que Curra necesita.

Sin embargo, Wilma, que lleva la melena suelta, tiene que ir con cierta urgencia a hacerse además enteras, axilas e ingles.

Eso o tener cuidadito de por dónde anda, que no creo.

Y es que esas patas acumulan todas las piedrecitas, espinitas, hojitas y mierdecitas que hay por el campo.

Es por culpa del campo, que está desordenado.

Y por las vacas, que no tienen váter…

Enough is enough (¡ough!)

Vivimos en un tiempo de dos capas, la real y la de los gobernantes. Es como Matrix, y a nosotros nos toca aguardar en posición fetal, conectados a un tubo y metidos en líquido amniótico. A la espera de un Neo, tenemos a la prensa de Morfeo y a Montoro en el papel de Sr. Smith.

Qué malos tiempos para la economía y qué buenos para la literatura y la familia. Parece que vamos huyendo del telediario, de los periódicos, de las alertas de la web y del resumen de prensa. Cualquier cosa menos enfrentarnos a la cacofonía de tanta gente cotorreando. El rescate, el euro, el FMI, Grecia, el dólar, la prima de las narices, Moodys, Merkel, el analista, la consultora y la madre que los parió a todos. Y Draghi sale ayer y dice “El BCE hará todo lo posible para salvar el Euro. Y créanme: será suficiente”. Y la prima hace puf, y baja.

La otra cacofonía, la nacional, es mucho más patética y daría risa si no fuera porque nos indignan a todos. Las autonomías y el Estado Central peleándose por las migajas que quedan después de desmenuzarnos a base de impuestos, cotizaciones, tasas, cánones, ivas y céntimos sanitarios, ecológicos, y dentro de poco, estrambóticos, que tacita a tacita les está saliendo un perolo de café que aquí no va a quedar quien duerma. La contabilidad nacional de apuntes de ida y vuelta que nadie comprende, que si tú me diste y yo te doy, que si te adelanté y ahora no pagas, que si el ingreso no era a cuenta, que si todos son injusticias, que si nadie me quiere, que si el otro tiene más, que si aquel recortó menos, que si ahora me enfado y no respiro, que si ándate con ojo que te multo, que si a mí no me multa ni Cristo que venga… Y sale Rajoy, el que sabía lo que tenía que hacer, y dice: “Europa tiene que mover ficha. Nosotros hemos hecho suficiente”. Y la prima hace puf, y sube.

Entre los dos “suficientes” (para qué buscar el notable si estamos todos suspensos), hay una diferencia no precisamente de grado. Draghi tiene la pasta y Rajoy, el gasto. Lo que pasa es que Rajoy tiene un agujero en cada mano y Draghi a lo más que llega es a abrir la boca, porque el puño lo tiene cerrado y además en el bolsillo, que es donde lleva la cartera. Y no porque Draghi sea de la cofradía del puño, que aquí tiran todos con pólvora del rey, sino porque somos un estado en donde lo único fiable son las castañuelas. Creemos que no nos ven, pero se nos ve el cuero de lejos y sin necesidad de prismáticos. Entre la herencia que tenemos y que aquí no hereda nadie, nos hemos quedado a expensas del dinero de la Lotería. Y ya ven vds el espectáculo de una comunidad Autónoma que hoy celebra el gran premio de Fórmula 1 y mañana pide un rescatito. Y el siguiente en pedirlo es un mostrenco que gobierna desde hace más de veinte años una huerta que aspira a ser St Andrews. Pero quedan los mejores, unos con banderas que piden un socorro en toda regla pero dejando bien claro, a grito pelao de segadors, que aquí no les viene a gobernar nadie de fuera. ¿Pero quién va a querer venir de fuera a gobernarnos, a vosaltres o a nosaltres, alma de cántaro, si esto ya no lo gobierna ni dios?

Y además de ingobernables, empezamos a ser incomprensibles. Esto es como esa escena de dos pistoleros frente a frente que van dando vueltas, los ojos fijos cada uno en su contrincante y que cuando se dan cuenta están al lado del caballo del otro. Resulta que Rajoy criticaba entonces a Zapi por lo que hace ahora y ahora vienen los de Zapi y se lo critican entonces. Y luego están Aznar y González, que se sacaban la lengua cuando iban juntos al congreso, y que ahora piden un pacto de Estado ¿De qué estado, hijos míos? ¿Del de nervios?. En fin, lo que me parece que Rajoy está haciendo mal a todas luces es comer. Miren, miren cómo se está quedando, todo nariz…

Lo que vds quieran, el mundo es injusto, yo me quiero bajar, voy a llorar, mátame camión, esto es un atraco, son unos indecentes, cabrones, especuladores, mentirosos, que sí, que sí, que todo lo que quieran, pero casi mejor que sigan sin darnos la pasta unos mesecitos más. ¿Por qué? Pues por esto que les dejo aquí (CLICK). Léanlo, y tómense un sándwich, no me vayan a adelgazar.

El día de los abuelos

Hoy es el día del Abuelo, o de los abuelos, o no sé muy bien cómo se llama al día de hoy, que cada día es un día, y en todos se conmemoran cosas. Es posible que yo sea abuela algún día, aunque cada vez va teniendo menos pinta. Y eso siendo mujer es algo que se puede afirmar con cierta seguridad, y a partir de una determinada edad, con una certeza absoluta. En el caso de un hombre siempre hay dudas, porque siempre puede aparecer por sorpresa alguien por ahí esgrimiendo un certificado de ADN. Pero en ambos casos, la muerte puede no concederte el tiempo suficiente para conocer a los hijos de tus hijos.

Yo no conocí a mi abuelo Félix y él no pudo ni siquiera llegar a imaginarme. Murió antes de que mis padres se conocieran y para mí es sólo una referencia genética, un nombre que aportó el apellido que llevo, alguien cercano del que no sé nada. Tal vez me parezca a él, porque me parezco a mi padre. Tal vez haya en mí algún rasgo de su carácter, o de la enfermedad que le llevó a la tumba. Yo no lo sé, yo nunca he sabido nada de él. Y él no pudo ni siquiera llegar a imaginarme.

De mi abuela Eusebia sólo recuerdo unos ojos azules, tal vez grises, como los de mi hermana. Mi recuerdo está anclado en un saloncito con un brasero y unos ojos que me miraban desde lo alto, como te miran los de alguien a quien te diriges de rodillas. Tal vez había unas manos que me revolvieron el pelo y una voz que me dijo algo, tal vez había una sonrisa, y seguro que hubo algún beso. Por no recordar, no recuerdo ni cuando murió ni cómo la lloraron. Sólo aquellos ojos azules, tal vez grises, como los de mi hermana.

Mi abuelo Alfonso me conoció, ya lo creo que me conoció y yo lo disfruté más de 30 años. Me toleró y me mimó como un abuelo genial, divertido, con carácter, con unas explosiones de genio que me hacían gracia en él, pero no en mí, y con unas salidas lejos de cualquier ironía que nos hacían reír a todos. ¿Qué más se puede pedir que tener un abuelo que hace pasteles, chocolates, dulces y tartas? Ese hombre de la foto aún joven que lleva a su nieta de la mano y que, ya anciano, se sienta para reirse con sus biznietos en otra fotografía es el mismo hombre, y yo lo disfruté más de 30 años.

Y mi abuela Gabriela, a la que siempre he adorado y de quien más enseñanzas guardo. Mi abuela Gabriela, a quien todavía miro y que ya no me recuerda.

La vecina de la Rue de l’Université

Vivía yo en París en mi primera expatriación, cuando me mandaron allí a trabajar unos meses en el año 96. Alquilé un apartamento en el 123 de la Rue de l’Université, una calle más que chic en un barrio más que bourgeois, un lugar muy BCBG en el 7ème arrondissement, Rive Gauche pero divine, de gente poco intelectual pero muy bien vestida y con un buen patrimonio, como la anciana tía de un buen amigo. Mi apartamento era como la casita de Barbie (la muñeca, no Klaus, se entiende). Por la puerta de la entrada, que se abría con una llave dorada, grande y pesada como la de un castillo medieval, se entraba a un saloncito con unas ventanas muy anchas que llegaban hasta el techo y que daban a una cour interior, amueblado con un sofá cama, una mesita de comedor redonda con cuatro sillas, una librería con guías telefónicas y libritos del Reader Diggest, y un enorme baúl de cuero que yo fui llenando durante mon séjour con botellas medio vacías y medio llenas de bourbon, ron, ginebra y vodka y que allí se quedaron cuando me fui, para que las disfrutara el siguiente inquilino. El vino lo dejaba a la vista en la cocina, porque tenía mayor rotación. Y es que en el portal de al lado había una pequeña cave con un viejo bodeguero muy amable, que me hacía probar todas las añadas, marcas y cepas que se le iban ocurriendo según fuera la opinión que yo le daba de la botella anterior.

– Me ha parecido un poco espeso. Y muy fuerte, monsieur.

– Ah, mademoiselle, se empeña vd. en tomar Borgoña. Tendría que probar este otro, un Bordeaux très fin…

– Pero será algo menos caro, monsieur, que entre lo que me vengo yo a beber y lo que me hace vd gastar, a este paso no podré volver a España.

El saloncito servía como distribuidor y de él partían tres puertas: una daba a una mini cocina en donde sólo cabía una persona adulta o dos niños muy delgaditos. Tardé tres ó cuatro días en comprender que sí, que había una lavadora tal y como ponía en el contrato (una lavadora de carga superior es un objeto altamente disimulable en una cocina reducida). Otra de las puertas conducía al baño, desproporcionadamente grande y en cuya bañera había lo que yo pensé que era un estante colgado en alto y que llené de botecitos y frascos hasta que mi amigo Javi me enseñó un día que «ese pequeño estante» en realidad era un tendedero retráctil. Este descubrimiento me vino fenomenal para no tener que desperdigar por toda la casa mi ropa, entre la que se encontraba un buen muestrario de lencería de un confuso color ala de mosca (la lavadora de carga superior gastaba estas bromas cuando se mezclaba ropa blanca con calcetines negros). Y la tercera puerta daba a una habitación enorme, más grande que el salón, en donde había un armario empotrado que ocupaba una pared entera, con su zapatero, su guarda abrigos, sus altillos, cajones y su tabla de planchado abatible, una cama de dos metros de ancho, un par de mesitas, un escritorio con dos sillas incomodísimas, y enormes ventanales vestidos con visillos blancos y unas cortinas de grandes flores rojas y rosas con las que el apartamento perdía cualquier asomo de neutralidad y se convertía, definitivamente, en el apartamento de una mujer muy, pero que muy femenina. Extraña vivienda en la que yo pasaba de ser Blancanieves en el dormitorio para convertirme en uno de los siete enanitos cuando entraba en la cocina.

La vecina cotilla y desagradable se me apareció tres veces. En la primera ocasión me dio a elegir entre escuchar música o ventilar el apartamento, un día a las cinco de la tarde en el que atravesaba la cour y pasó por debajo de mi ventana hacia su casa. Le contesté que seguiría haciendo ambas cosas aunque trataría de no simultanearlas. La segunda vez pasó por la escalera cuando escuchó la risa de unos pocos amigos que cenaban en mi casa, a eso de las 10 de la noche de cualquier día entre semana. Tocó el timbre envuelta en su abrigo de piel y me dijo que cuidara el ruido porque sus hijos iban a dormir. Y la tercera vez se presentó un sábado a la una de la mañana, vestida con una bata y con los rulos puestos, amenazando con llamar a la police, «mais qu’est-ce qu’est ce scandale!» Lo más difícil fue intentar ahogar las risas de mis amigos cuando se cerró la puerta.

Cuando por fin organicé el pot de despedida, un amigo me explicó lo qué debía hacer para no tener que soportar la horrible visión de aquella estúpida con rulos por cuarta vez. Simplemente debía escribir un cartelito en el que avisara de la fiesta pidiendo disculpas por anticipado y dejarlo colgado en el portal a la vista de todos unos días antes. En la nota no debía olvidarme de invitar a todos aquellos vecinos que quisieran unirse a la velada, en la que yo, personalmente, tendría el gran placer de recibirles. Todo tan cursi como eficaz, porque aquella loca no apareció. Y es que los franceses son un pueblo que se destaca por su enorme facilidad para llevar la contraria al resto. Será la grandeur…