El imperio del sol

Ballard unmundoparacurraHoy es día 15 y toca el post del Club de Lectura, un sitio muy agradable en donde cuatro co-bloggers hablamos de libros. Este mes hemos leído El imperio del sol, un libro de James G. Ballard (la G es de Graham) en el que Spielberg se inspiró para dirigir la película que probablemente todos habréis visto. Sí, hombre, la película esa del niño repelente e hiperactivo que, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando entran los japoneses en Shangai, se suelta de la mano de su mamá en uno de esos tumultos que sólo son capaces de formar los chinos (que son muchos). Todo le pasa por hacer el tonto con un avioncito de juguete, y mira, la tontería le cuesta tener que sobrevivir en un campo de prisioneros japonés, rodeado peligros y comiendo patatas con gorgojos durante cuatro años. Y que dé gracias a que los americanos tiraron la bomba atómica, que si no a la criatura le habría salido bigote en el campo y se hubiera echado definitivamente a perder. ¿Recuerdan ya la película? Bonita ¿eh? De las de llorar a moco tendido. Pero es que Spielberg es un maestro del cine y de las emociones líricas, capaz de sacar belleza hasta de las historias más sórdidas que se puedan imaginar.

El libro tenía todos los ingredientes para haber salido por la ventana. En primer lugar, había visto la película y no me había gustado. Luego la he vuelto a ver para confirmar que, efectivamente, no me había gustado. Por otra parte, no me interesan los niños de protagonistas, no siento la menor empatía con sus historietas. Leer «Jim sentía compasión por el viejo mendigo (que han atropellado), pero por alguna razón sólo podía pensar en el pie con la huella del neumático. Si hubiesen ido en el Studebaker del señor Maxted, las huellas habrían sido diferentes, el anciano hubiera sido marcado con el diseño de la Goodyear Company…«, es una muestra de que no soy la única que no entiende los razonamientos de un niño: el autor tampoco y lo reconoce, pero por el camino nos cuenta un pensamiento absolutamente irrelevante para que vayamos entrando en la psique infantil. Y, francamente, yo nunca he tenido la menor curiosidad  por entrar en ninguna psique infantil. Y mi tercera prevención (llámenle prejuicio, va, no me importa) es que es un libro con chinos, y un libro con chinos no es un libro con algunos chinos, sino un libro con muchos chinos, porque los chinos siempre son muchos.

Pero bien, en contra de mis prevenciones (que le llamen prejuicios, venga, que no me importa), el libro me ha gustado más que la película. Bastante más. Es cierto que, como en todos los libros que sitúan la trama en tiempos de guerra y en campos de prisioneros, acabas de mugre, chinches y penalidades un poco fatigada, pero el libro tiene algunas virtudes. No desde luego la originalidad de la estructura o el preciosismo del estilo, pero sí un buen desarrollo y una buena ambientación de la sociedad de la época (en el Shanghai de 1941 cada capa social vivía en una época diferente), una buena comprensión de los personajes, en especial el del niño, que entra en el campo con ¿10 años? y sale hecho un hombrecito, y una historia que se deja leer con interés. El tono del libro está muy alejado del de la película. Mucho más sórdido, más duro, más realista, el autor describe al ser humano en unas condiciones de vida muy crueles, extremas, sin concesiones a ese buenismo de Spilberg de lagrimón por la mejilla. Y es que el autor estuvo allí, y sabe lo que es un japonés en un campo de guerra: ni una broma con ellos. El mundo es feo, los prisioneros no son alegres ni solidarios, no hay amor, sino lucha por conseguir una patata medio podrida y por sobrevivir entre condenados siendo un moribundo.

En fin, si quieren pasar un rato distraído y les gustan los libros de guerras (aquí se cruzan tres, ni más ni menos), léanlo. No es alta literatura, pero está bien, es una buena descripción de la guerra y su crueldad. Y si además ven la película por medio, podrán encontrar las diferencias entre las dos historias, que son muchas y de relevancia, y comprobar cómo una patata mohosa se puede convertir, con una música emocionante y unas bonitas puestas de sol, en un tocinillo de cielo.

Encontraréis otras reseñas y opiniones en La mesa cero del Blasco (CLICK), La originalidad perdida (CLICK) y Lo que pasa en mi cabeza (CLICK)

Ese inconfundible olor a lejía

lejia conejo unmundoparacurraLos baños deben limpiarse con lejía. Debo argumentarlo y lo argumentaré, porque hoy en este otro blog se defenderá lo contrario. Así es que prepárense a recibir un puñado de buenas razones.

Amigos míos, un baño no es un baño. Decimos “el baño” porque, de todas las descripciones posibles sobre lo que podemos hacer en aquel lugar, ésta es la que nos parece menos propensa al pensamiento escatológico. El baño es el sitio donde nos aseamos, sí, de ahí que algunos le llamen aseo. Pero lo frecuentamos mucho más a menudo para aliviar alguna que otra presión corporal, y sin duda esa es la razón por la que algunas señoras con el pelo cardado se refieren a este lugar como el excusado. En el parque del Retiro se llamaban urinarios, en los sitios con barracones, letrinas, y en los bares, servicios, nombres éstos mucho menos honorables, desde luego. Así es que hay que usar lejía, y en cuanto vds asimilen que estoy hablando del retrete y no del tocador quedarán convencidos de que es perentorio desinfectar lo infecto. Se debe acabar de forma eficaz e implacable con las bacterias que pululan por los alrededores de eso que nosotros damos en llamar el inodoro, quizá en la creencia de que esa sensación etérea que sucede a unas prisas no produce olores. Y sí: produce olores. Y además, suciedad con peligros.

Si se tratara simplemente de limpiar, el asunto se podría solventar con agua y jabón en condiciones normales de suciedad, y con Cillit Bang en las condiciones que nos hacen creer, viendo el anuncio, que sólo tienen remedio si acude en tu socorro la Sexta Flota. Los cuartos de baño se limpian hoy en día con otros productos, pero eso no hace sino contaminar más el ambiente, fomentar el consumismo y abandonarse a las marcas (esa maldad del capitalismo feroz), además renunciar a las tradiciones de toda la vida. Y es que la lejía, igual que el amoníaco para los cristales, el almidón para las camisas, el Zotal para los bichos, el Sidol para los dorados o el Blanco España para los azulejos nos devuelven a esos maravillosos años anteriores a la burbuja en los que el recurso habitual al jabón verde nos dejaba apreciar más y mejor el Heno de Pravia y la Fanta de naranja – en otro orden de cosas y ya que hablamos de burbujas -. Y no me vengan con que la lejía es algo que se usaba antes porque en los limpiadores modernos se pueden encontrar sustancias detergentes y disolventes, sí, pero también secuestrantes, desodorantes, aromatizantes, desengrasantes, desinfectantes, oxigenantes, y hasta desincrustantes (que menudo asco), y todas ellas acaban en antes.

Vivimos en un mundo sin certezas. La vida apresurada, el barullo mediático, el hedonismo carente de sentido, esa Europa sin resolver, la play station, los catalanes… todo nos conduce a un mundo sin certezas. Pero la lejía sigue ahí para decirnos la verdad en los momentos más delicados de nuestro existir, cuando necesitamos no tener dudas ante cualquier eventualidad y por encima de cualquier contingencia. Cuando, al recurrir a nuestros cinco sentidos y después de descartar el tacto por inútil, el gusto por inadecuado, el oído por incompetente y la vista por engañosa, viene a rescatarnos el feliz olfato y nos trae la buena nueva de la limpieza sin mácula – y sobre todo, sin bacterias -. Es entonces cuando vds encontrarán la verdad. La verdad sin trampas ni algodones que valgan: sólo ustedes, sus circunstancias y ese inconfundible olor a lejía.

PD: Este post es el resultado del experimento de un blog amigo (inspiracion1971 CLICK). Se trata de una «tertulia» o debate sobre temas un poco disparatados, en los que un bloguero tiene que defender una postura y otro bloguero la contraria. Y yo me apunté aunque, viendo el resultado de mi post, no sé si empezar a arrepentirme. En este otro blog (CLICK) Fauno defenderá la limpieza de los baños sin lejía. Sólo me queda decir que este post está programado y que en mi casa los baños están perfectamente limpios y, desde luego, no huelen a lejía.

El amigo invisible

Curra pelota beisbolEn la empresa donde trabajo ya no hay la megacena de Navidad. Desde hace algunos años. Básicamente, desde que llegó la crisis. O tal vez desde que somos demasiados. O quizá desde que un año se les olvidó organizarla y nadie la reclamó. O… qué sé yo. Yo me expatrié y cuando volví ya la habían quitado. El caso es que ahora, cada cual se organiza la suya si buenamente les apetece a todos.

Mi buen amigo Stephane (libros cortos) nos dejó hace un par de años y montó un restaurante en Madrid. Y mi querida E., que es muy sentida, me envió hace un par de semanas un recordatorio del restaurante, o quizá una insinuación de algo, o no sé. Juzguen vds:

Hola, Carmen.

Te recuerdo que Stephane tiene un restaurante abierto en la Calle Ibiza, que está muy bien de cena, y de comida, y de precio.  Yo creo que estaría encantado de hacernos un menú especial si decidiéramos hacer una cena o comida de Navidad.

Yo, la verdad, estuve un día y medio pensando si se refería a ella y a mí solas o había que incluir a más gente en esos pensamientos que quería provocar con mi recuerdo (con los franceses nunca se sabe), y si el «nos» de «hacer» y el «nos» de «decidir» serían el mismo «nos» o eran dos «nos» distintos . Finalmente, opté por preguntarle si quería insinuar algo con ese correo, a lo que me contestó, abriendo mucho los ojos y con cara de asombro: «¿Yo? No, no». Con ello, E. me permite ejercer de jefa que toma iniciativas, decide cosas, y da instrucciones, y esto es algo que yo le agradezco mucho en el fondo de mi corazón, especialmente los días que estoy de bajón y me noto poco escuchada, nada pensada y en absoluto oída. Y aunque ese día era un día cualquiera, en los que mi autoestima me da para ir tirando y llegar a la hora del blog con el humor no demasiado dañado, me dio un subidón de iniciativa y entusiasmo y me abandoné a mi instinto natural de decidir cositas para que se notara que soy un ser vivo con sentimientos, creatividad y espíritu de equipo. Así es que, sin encomendarme a nadie (quiero decir, ejerciendo ese liderazgo natural que me adorna, y nunca mejor dicho), le dije:

Y además vamos a hacer un amigo invisible. Máximo 6 euros y el regalo deberá tener algo que ver con nuestras emociones laborales.

O sea, que se puede regalar cualquier cosa. Por ejemplo, un pañuelo, que sirve para llorar, o para venir a trabajar incluso en caso de resfriado (el cliente, sea interno o externo, es lo primero). O una maquinilla de afeitar para evitar suicidios, porque en el tiempo que te toma extraer las cuchillas ya se te pasan las ganas. En fin, cualquier cosa se puede regalar, basta con echarle imaginación. Lo peor es que se ha instalado entre nosotros la sospecha. Ya no nos miramos igual. Ahora somos regaladores potenciales, y eso te quita libertad para hablar con franqueza. A mí ni se me ocurre decir, por ejemplo, «huy, tengo que acercarme a comprar otro set de 2 cuadernitos Moleskine, que se me está acabando el último, amarillo, y hay unos verdes muy monos por 5,50 €…«, porque cualquiera podría creer que estoy insinuando algo…

Bueno, les dejo, que tengo que comprobar quién no me lee todavía entre mis compañeros de trabajo.

La piel del mono y de la mona

Calorin unmundoparacurra

Miren esta foto de arriba. Es un sarao de tantos que salen en las revistas del cuore. Bueno, en este caso se trata de una gala en la que se recaudaron fondos para la investigación del SIDA, que es una causa muy honorable y que ha conseguido mucha notoriedad y dinero -que era lo que se pretendía – pero no es lo que me interesa ahora mismo resaltar. Digo que miren la foto. ¿No encuentran algo raro?

No, no me refiero a que la pareja de la derecha es un cañón y la de la izquierda es el agujero por donde sale la bala, y tampoco voy a hacer chistes con la corbata de Mr. Bosé, aunque podría especular con la enfermedad que tenía la serpiente antes de que mudara la piel. No. Lo que me llama la atención es la diferencia de temperatura que debe haber entre el centro del photocall y los extremos. Sólo así se explica que ellos no suden o que, alternativamente, la sonrisa de ellas no quede matizada por la piel de pollo que se te pone cuando tienes frío. Y es que siempre me ha intrigado que para la misma temperatura los hombres vayan con camisa de manga larga y chaqueta, y las mujeres con los brazos desnudos sin que a nadie le parezca incongruente. Y no sólo en los saraos de los famosos,  en las películas o en las oficinas en verano. Para un acto muy vestido en pleno invierno, nosotras nos ponemos trajes de palabra de honor (aunque el honor transmute en heroicidad a partir de cierta edad) mientras que ellos llevan camiseta, camisa, corbata y chaqueta.

Yo sé que nosotras no pasamos demasiado frío, salvo el momentito de salir del coche, pero ¿y ellos? En fin, sólo me cabe deducir que los monos deben tener un pelo mucho más calentito que las monas. Y que la antropología podrá explicar el resto.

La calidad de la sanidad

CURRA-SERIA-2En Madrid la sanidad está revolucionada. Para los que me leeis desde las Filipinas, os contaré que la Comunidad Autónoma, con el objetivo de ahorrar dinero, se propone privatizar la gestión de seis o siete hospitales. Pero, vamos, que los «batas blancas» andan revueltos un poco por toda España reivindicando una sanidad de calidad y otras cuantas cosas más, aunque esta es la más llamativa. Y por ello se han puesto en huelga, que es la forma más contundente de que nos enteremos todos (y todas) de lo que es vivir sin una sanidad pública, de calidad o no.

¿Puede alguien decirme qué es exactamente una sanidad de calidad? Si vd. va a un hospital en donde en la admisión le tratan de pena, hay desconchones en las paredes, el médico es un borde y la enfermera una chunga, y además ha tenido que esperar cinco meses a que le den cita y dos horas en una salita llena de heridos y enfermos lastimosos, uno de cuyos acompañantes le ha robado el monedero, todo para que le miren un juanete y le hagan mogollón de daño, vd. dirá que eso es una sanidad de NO calidad. Igual le curan, sí, pero en el viaje vd ha pasado las de Cain. Y eso puede ser perfectamente un hospital público. ¿Una sanidad de calidad es la garantía de que van a curarte? Nadie puede garantizar eso. La no curación existe, el error médico existe, el diagnóstico tardío existe… y existirá siempre. Si se tienen más medios hay más posibilidades de curación sólo en el caso de que las pruebas sean las adecuadas y quien las lee, acierte. Pero desde luego no será porque el médico o la enfermera sean funcionarios.

Dicen que en un hospital público te hacen más pruebas. No sé, pero para que me quiten la vesícula no creo yo que necesite tener a mi disposición los medios de la NASA. Aparte de que yo no quiero que me hagan más pruebas. Yo lo que quiero es que me hagan las pruebas necesarias, y que no me hagan perrerías a mí y tiren el dinero con los otros (uno siempre cree que sólo se tira el dinero cuando se trata de los demás). Y para eso lo que se necesita son médicos decentes y protocolos públicos que lo garanticen. ¿Pero la gestión? Me dicen que un hospital privado irá a por la pasta. Sí, seguro. Pero una fábrica de galletas también, y no por eso hace galletas de mala calidad. La eficiencia no está reñida con la calidad, es justo lo contrario. Yo creo que una gestión privada evitaría las prácticas funcionariales que todos conocemos, la buena gestión de centros en los que no todo es gasto sanitario, y también que la enfermera espabilada de turno deje de sacar los potitos, vitaminas, aspirinas, vendas y hasta toallas, para ella, su familia y parte del vecindario (conozco el caso). Si en un hospital sobran (digo sobran) empleados, eso no tiene que ver con la calidad de la medicina, sino con la eficiencia. Ah, por cierto: en todo momento hemos estado hablando de MI dinero, que eso es lo público: el dinero de mis impuestos.

Equiparar servicio público de calidad a medios ilimitados en donde se perdona la ineficiencia no es de recibo. ¿Me quieren hacer creer que los médicos que trabajan en los seguros privados no hacen las pruebas necesarias para dar un diagnóstico correcto? ¿Me quieren hacer creer que los Adeslas, Sanitas, Asisas y compañía son un matadero? Y yo pregunto ¿Es que un médico de la pública no me diagnostica igual de bien cuando acudo a su consulta privada?

Yo creo que es un buen objetivo pedir racionalidad en el gasto, incluso en el sanitario.  Y no podemos olvidar el escándalo de fondo: que las administraciones admiten que no saben gestionar el dinero público de manera eficiente. Eso sí que merecería una huelga de… los contribuyentes.

La constitución de un puente.

Constitución española unmundoparacurraUn viejo adagio dice que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. Y esto, además de ser un principio del derecho, es una verdad como un templo. Y para corroborarlo, fíjense en la gran mayoría de la población. Fíjense en ustedes mismos, en sus vecinos, en sus compañeros de trabajo, en sus familiares. Fíjense en la gente digamos normal. ¿Ya? Pues me explico.

La mayoría de nosotros no conoce las leyes de manera profunda y exhaustiva. Vamos por el mundo ignorantes de todos esos eximentes, agravantes, excepciones y recovecos que contienen las leyes, no digamos de las argucias procesales. Tenemos una idea general, pero no conocemos el detalle. Y, sin embargo, las cumplimos. No matamos, no robamos, pagamos nuestros impuestos y deudas,  no agredimos a nuestros vecinos, no secuestramos, no atracamos tiendas, aparcamos poniendo el papelito… Ignoramos la mayor parte de las leyes que ordenan la sociedad, su detalle, pero las vamos cumpliendo. Y cuando las incumplimos, generalmente por ignorancia o en acto defensivo, o por despiste, nos cae un puro de mucho cuidado. Prueben a soltarle un sopapo a un chorizo cuando le está robando la cartera, por ejemplo, y verán la que les cae. Vidas arruinadas por un impulso o una equivocación. Pero es así, ya está.

Ahora denle la vuelta a la frase, por favor. Sale algo así: “el conocimiento de las leyes exime de su cumplimiento”. Y ahora piensen en el caso de Marta del Castillo, y cómo el conocimiento de todas las puertas falsas que deja la ley ha permitido que unos indeseables se hayan salido con la suya. Piensen en los delincuentes que entran y salen de los juzgados con la misma naturalidad que entra y sale vd de su coche. O en los morosos profesionales, que los hay. Piensen en los etarras, o en el tal Rafita, en infrahumanos así. Piensen en el chino mafioso ése que está paseándose por la calle tranquilamente (dicen que por error, pero hay que conocer muy bien las leyes para cometer esos errores, tú ya me entiendes). Piensen en los traficantes de droga. Piensen en esas grandes corporaciones y en esos ricachones que evaden impuestos a troche y moche. Piénsenlo y llegarán a la misma conclusión que yo: para que la ley no vaya contigo es imprescindible conocerla muy bien.

Y luego ya está la cosa pública autóctona, que se las trae con abalorios. Nuestros señores diputados, nuestros altos cargos de la administración, nuestros políticos, viven de hacer leyes y de hacerlas cumplir. Pero hay presidentes de autonomías que no cumplen la ley y que además lo dicen. Miren al señor Mas y su inmersión lingüística, con sentencias en firme contra sus prácticas. O miren los referéndum ilegales o la ley de banderas. Miren la ley del déficit, que tiene rango constitucional, ni más ni menos. O la ley de presupuestos, que se incumple sistemáticamente. O el alcalde (y diputado autonómico) que asalta fincas y Mercadonas. Y no es que no pase nada: es que se sabe incumplir de tal forma que es imposible que pase algo. O que se cambia a conveniencia, aunque sea una inmoralidad, como la amnistía fiscal (ya me ocupare de eso, ya), o la actualización de las pensiones, o los impuestos. O que no se cumplen porque no se sabe muy bien ni qué ley hay que cumplir ni quién debe hacerlo, como es el caso del Madrid Arena, en donde el juez dice que es un caso complejo, cuando debería confesar que se está volviendo tarumba con tantas disposiciones, normas y competencias apiladas unas encima de otras.

Seguro que un hombre de leyes me dirá que no sé de lo que hablo. Y, miren, tendrá razón: soy una ignorante, una persona normal que no entiende los porqués de lo que lee. Y es que yo no he leído la Constitución porque, en mi ignorancia, es lo mejor que se me ocurre hacer para no incumplirla. Y también porque tengo para mí que ese libro ya sólo nos sirve a los españoles para regalarnos un puente.

Un anuncio encantador

Con la Navidad, se multiplican los anuncios de colonias, perfumes y fragancias. A menudo se trata de una simple música y un chico guapo medio en bolas. O una chica guapa, también medio en bolas.

Pero a veces, se encuentran estas joyas. El anuncio es fresco y sofisticado, alegre y elegante, evocador y algo onírico, original y muy class. Un anuncio encantador.

Chahuter

Imaginen que no hablan ni una palabra de francés.

Imaginen ahora que alguien les pregunta qué puede significar el verbo chahuter.

Normalmente, me dirían que depende del contexto. Claro. El contexto.

Bien. No han entendido nada de mi pregunta.

Mi pregunta es a qué les suena chahuter.

Cierren los ojos. Repitan: sha – u – té, sha – u – té…

Pues no, queridos. Chahuter significa alborotar.

El contexto les hubiera confundido, seguramente.

Por eso es mejor que hayan leído este post.

Antigüedades

El viernes pasado recibí, junto con otras tres compañeras, un correo electrónico encantador con el siguiente texto (va maquillado).

Estimadas compañeras,

Soy Penélope Deguisez, del departamento de Comunicación. Como sabéis el próximo año se conmemora el 25 aniversario de la empresa y queremos hacer un calendario especial para 2013 en el que en cada mes se jalonen los hechos más importantes desde el comienzo. Queríamos solicitaros vuestra colaboración para que, puesto que conocéis la empresa desde sus inicios, echarais una ojeada al boceto que os envío para confirmarnos que toda la información recogida es correcta y os animamos a que nos comentéis si hay algún hito importante que no hayamos reflejado en el contenido.  

Os agradecemos mucho vuestra inestimable ayuda. ¡¡Lo necesitamos para el martes!!

Saludos,

Os podéis figurar que tardamos medio minuto en iniciar un no menos encantador intercambio de correos entre las cuatro:

– Horror ¡¡¡Somos las abuelas Cebolleta!!

– Yo creo que sois más antiguas que yo. Y más viejas…

– ¡Qué feo!

– Yo no conozco la empresa desde el principio. ¡Sólo llevo 23 años aquí!

– Ese comentario te va a costar caro, querida.

– ¿Feo el qué? ¿Mi comentario o el boceto?

 – ¿Os parece que para no volver loca a Penélope nos pongamos de acuerdo en las correcciones?

– ¡Ja! Anda, pero si tú llevas más que el logo, mona.

 – ¿Qué quieres decir con que me va a costar caro? ¿No pensarás que os invite al café?

– ¿Cuál de los logos? Porque ya ha dado tiempo a cambiarlo tres veces.

– Tu comentario. Eres una chunga.

– Sí, vamos a ponernos de acuerdo, porque con la edad la memoria igual nos falla. ¡¡Así nos ayudamos entre nosotras!!

 –  ¿Quedamos a comer el lunes?

 – La Deguisez es una inconsciente. Le vamos a dejar el boceto que no va a sentir las piernas.

– Yo lo que diga la mayoría

– ¡Hablad, viejas, hablad !

– Vale, pero yo solo puedo el martes. Si acaso, un café a las 12 el lunes.

– Yo no soy ninguna chunga. Envidia, que soy la más joven

– Querrás decir la más reciente, que no es lo mismo.

– ¿Y si quedamos a comer el lunes?

– Yo el lunes comida. El martes estoy fuera.

– A mí la comida me parece fenomenal, pero podría el martes, el lunes no

 – Vale, pues el lunes hablamos para tomar un cafetín por la mañana. A las 10.

– Yo lo llevo impreso en Din A4… por si vais sin gafas…

– ¡Coño, que no puedo!!

– Pues lo cambias, que alguna ventaja te tiene que dar ser una cebolleta. El lunes a las 10, y no se hable más.

El cebo

El Cebo unmundoparacurraYo he visto, igual que vosotros, muchas películas que están basadas en libros. Lo que ya es más raro es encontrar un libro que esté basado en una película. No es lo normal. Y sin embargo, eso es El cebo, un libro de Tomás García Yebra, periodista y escritor del que ya os he hablado aquí hace unos meses.

El cebo es una película hispano suiza antigua, de finales de los años cincuenta, basada a su vez en una novela de Friedrich Dürrenmatt. Hay una versión muy posterior de la novela, El juramento, de Sean Penn con Jack Nicholson como protagonista, aunque tengo para mí que los llamados thriller espeluznaban mucho más cuando eran simplemente películas de miedo, en las que no hacía falta exhibir demasiada salsa de tomate para provocar desasosiego y pesadillas en el espectador.

En El cebo se cuenta el suceso terrorífico de los asesinatos de unas niñas en un pueblecillo, y el relato transcurre mientras se investigan los crímenes, para lo que sólo existe como pista el dibujo hecho por una de las víctimas. El asesino es un enfermo, un tarado que atrae a las niñas con engaños y que las mata con saña, en un escenario de bosques solitarios, de fríos desapacibles, en los que el viento azota las copas de los árboles y extiende rumores tenebrosos y susurros humanoides que te ponen los pelos de punta. Tomás García Yebra sitúa la trama en los años 60 de Las Navas del Marqués, pueblecito de Avila rodeado de pinares, en donde el alcalde, consciente de la falta de medios para investigar la atrocidad del primer asesinato, llama a su primo para que lo investigue. El primo del alcalde resulta ser hermano de Plinio, el policía de Tomelloso inventado por García Pavón. Y le sale un libro de misterio que intriga a cualquiera, y que para leerlo, lo mejor es tener bien engrasados los goznes de las puertas.

Pero además, para los que somos capaces de situar en el espacio los comercios, las calles y los parajes de Las Navas, el autor nos explica cómo era el pueblo entonces y nos hace reconocible lo que hoy sólo se puede evocar con recuerdos. Nos hace sonreír con algunos modismos que todavía se escuchan en las Navas. El «Te vas a venir a caer«, o el «No me calientes que te atalanto«, o ese «¡!» tan navero. Y nos hace reír con un pasaje desternillante en El arca de Noé, una tienda que ya no existe en la que vendían de todo, y en la que el investigador entra a comprar una radio y unas zapatillas (tenían de todo) y se le ocurre preguntar, con mucha retranca, si les quedan bolsos de cocodrilo y para su sorpresa le sacan uno…. Nos hace reír porque lo reconocemos, aunque me figuro que si no se conoce estos paisajes, yo creo que son igualmente deliciosos.

El libro tiene un final sorprendente, extraño. No sé si cinematográfico porque es precipitado o precipitado porque es cinematográfico. Pero en todo caso, ni se me ocurre contarlo aquí, porque sería una pena si lo quieren leer y pasar un rato muy agradable de intriga.

Léanlo.