De camping en La Vera

Curra-en-el-campingEl caso es que el fin de semana pasado Curra y yo estuvimos con unos amigos del Poblachón en Cuacos de Yuste, un lugar encantador de la Vera, en Extremadura. El motivo, según rezaba el mail de “invitación” era disfrutar de la naturaleza con nuestros hijos. Bien, ya saben vds que yo no tengo hijos, así es que ése “nuestros” me lo tomé como parte de la retórica del email considerando que quien cursaba la invitación iría sin su hija, que ya tiene edad para irse al campo con sus propios amigos. Y en cuanto a mi relación con la Naturaleza… digamos que parece distante, aunque ésta es una apreciación sin duda exagerada porque no soy fan pero tampoco llego a la completa indiferencia. Dejémoslo en que me gusta ver las montañas nevadas, los almendros en flor y el campo en otoño, y que incluso soy capaz de dar algún que otro paseo sin motivo aparente ni destino concreto por un camino sin asfaltar. Pero vamos, interesarme, interesarme, me empieza a interesar la excursión cuando sacan los botellines, para qué vamos a engañarnos. Con todo, lo más inquietante era la parte logística: dormiremos en tiendas en un camping. El razonamiento era… bien, no había razonamiento alguno ni falta que hacía, pero el colage conceptual entre niños, naturaleza, disfrute y tienda de campaña quedaba de lo más armonioso, ésto he de admitirlo.

A pesar de la armonía, mi respuesta fue tajante. Disfrutar, niños y naturaleza me va bien, pero hace ya muchos años que descarté el dormir sobre un hormiguero como experiencia vital imprescindible. Tenía ésa y comer coliflor, pero mira tú por dónde me invitaron a una cena, la dueña de la casa me la sirvió en bechamel y tuve que comérmela. Así es que esto de morirme sin haber dormido bajo las estrellas con ratoncillos y largartijas dándose un garbeo cerca de mi almohada creo que podré conseguirlo si no media una guerra, y aún así creo que puedo evitarlo si cojo un avión a tiempo. Porque verán, yo soy bastante sufrida para lo de dormir, pero nunca me ha interesado la lógica mochilera, ya no digamos la estética. Y eso por no hablar del concepto que tenemos en España de los campings, que es oir la palabra roulotte y empezar rascarnos. Pero esto es por desconocimiento, todo hay que decirlo. Por desconocimiento en mi caso voluntario, eso también hay que decirlo.

Pero lo que casi peor he llevado de esta historia del camping es haber tenido que soportar desde los clásicos “ay, no te pega nada” o “¿Tú a un camping?” hasta un desconcertante “llévate chanclas y gorrilla” que me llegó al fondo de mi sufrido corazón. Porque he de decir que me apunté, pero desde el principio puse como condición dormir en una habitación normal con cama y baño individual. Así es que como había bungalows en el complejo (nótese cómo cuido mi personal branding), el grupo ocupó tres de ellos y el resultado fue 8-5 a favor de los que dormimos en cama, Curra incluida. Y cuanto al colage educativo, ganaron por 3 a 1 los niños que han dejado para la adolescencia eso de conocer la naturaleza por la parte de no pegar ojo.

Por lo demás, ha sido un fin de semana estupendo en el que hemos disfrutado del sol, de la comida extremeña (ah, las migas), de los ríos, del verde campestre, del monasterio de Yuste y de los botellines y los gintonics en dosis serenas. Un fin de semana en el que se puede dormir en un bungalop, en un bungaló, y hasta en un bungalof con tal de no dormir en una tienda.

A mis queridos Tito y Ana C.

Esperar en un aeropuerto

Tal vez debería inaugurar una nueva sección con el tema aviones, y vuelos en general, aunque ya pasé la época en la que casi vivía en un aeropuerto, y me desplazaba de un país a otro constantemente. Y para cuando llegué a ese puesto, en el que se viajaba tanto, ya tenía la tarjeta platino, así que calculen vds que tampoco era una novedad para mí lo de coger un avión. Llevaba siempre muchos juguetes encima: un libro, otro de sudokus, una DS, la ipod, la prensa, y papeles de trabajo para leer. No solía viajar con ordenador, siempre me negué. Primero porque me parece un incordio, y luego que la imagen del señor con corbata mirando aburridamente sus hojas de cálculo o revisando sus emails ya leídos me parecía (y me parece) una imagen de la esclavitud moderna. O como decía un compañero, eso es de mindundis: los que mandan de verdad, cogen vuelos a las 9 de la mañana y van con el ABC y un attaché ligero. En fin, que siempre me pareció mucho más elegante esperar un vuelo leyendo un periódico un libro o un informe, especialmente si llevas zapatos de tacón. La DS la dejaba para el hotel, que una cosa es el desenfado y otra el frikismo.

Tampoco fue hace tanto tiempo aquella época en la que la maleta era una extensión de mi brazo: aquella pesadilla terminó en mazo del 2009. Pero desde entonces, el mundo tiene twitter, ipads, y una oferta de readers que permite aligerar mucho la cantidad de juguetes que llevas en el bolso para distraer las esperas.

¿Las esperas? Cualquiera que me conozca sonreiría con esta frase. Apenas espero en los aeropuertos, si no es por un retraso del avión, algo que no es poco frecuente. Soy de las que va siempre con el tiempo justo, porque creo que una eventualidad te hace perder un avión, sí, pero no siempre se dan eventualidades. El impacto del riesgo es serio, pero la probabilidad no es alta, así es que yo prefería apurar mi tiempo en la ciudad o en la oficina, o en mi casa. Que yo recuerde, he perdido tres vuelos en mi vida, y uno de ellos fue porque me equivoqué de tren (eso no sé si a lo he contado). Pongamos que no me acuerdo de alguno, así es que habré perdido cuatro. Eso no es mucho, lo que me confirma que tengo razón. Eso sí, anécdotas de “por los pelos” tengo un montón.

Y lo que es la vida: hoy he llegado al aeropuerto con dos horas de adelanto porque me habían cancelado una reunión. La máquina no me daba la tarjeta de embarque por alguna razón y me he acercado al mostrador. He cogido la última plaza disponible: un enfermo urgente debía ser trasladado, y se han perdido unas cuantas filas que normalmente deberían haber estado disponibles. Lo que ya no sé es si me han dado esa última plaza por haber llegado con dos horas de adelanto o por haber argumentado que, con dos horas de adelanto, me consideraba con derecho incluso a que me fletaran un vuelo para mí sola.

Pero la espera no ha sido inútil. ¿La prueba? Pues esta entrada, ¿qué más quieren?

Air France que vas por los cielos

Ala-de-avión-en-unmundoparaHace un par de semanas tuve que ir a un país del antiguo Este, que ahora llaman de Europa Central, para que la geografía distinga lo que antes distinguía la política. El caso es que para llegar a esa capital no había muchos vuelos. Las líneas regulares, nunca mejor denominadas, proponían unos horarios que me obligaban a perder un día entero esperando a que llegara la hora de mi reunión. Así es que E. me metió en una Low cost, muy a su pesar. Yo traté de tranquilizarla: en una ocasión cogí un vuelo de vuelta en low cost porque era eso o quedarme colgada un día entero en Marrackech sola. Sin embargo, las instrucciones de esta compañía eran muy confusas, así es que E. me dijo que mejor me pasara por el mostrador por si acaso, aunque había que pagar por sacar la tarjeta de embarque en el aeropuerto.

Para empezar, el equipaje. Yo viajo con una maletita con mi ropa, un attaché con mis papeles y un bolsón con mi monedero. Ese equipaje me ha acompañado en infinidad de viajes, sin tener nunca ningún problema para meterlo en el avión. Pues bien, en Wizzair (sólo el nombre provoca espanto) uno puede montarse en un avión con una maleta casi de cualquier tamaño. Eso sí: debe ser una y sólo una. Un bolso cuenta igual que una maleta. El resto va en bodega, previo pago, por supuesto. Ahora imagínenme en el mostrador de esa compañía de transporte de ganado decidiendo qué meter en la maleta de la ropa para facturarla y qué llevarme conmigo en el maletín del que previamente debía desalojar papeles. Ví mi preciosa maleta partir por la cinta, sin candado, con un par de dossieres y mi bolso medio vacío, mientras salvaba de la quema una hidratante, la colonia, el monedero, la agenda, las gafas… y la incertidumbre.

Como sabía que no tenía reserva de asiento, E. me había cogido algo como “preferencia de embarque”. Y menos mal, porque eso no era una cola, sino un amogollonamiento irracional de gente. Lo que E. no me había cogido era el extra “espacio adicional para las piernas“. Supongo que, en su candidez, habría pensado que como nadie se quita las piernas para montarse en un avión, ese extra estaría reservado para personas especialmente altas. Cuando vi aquellos asientos y la perspectiva de cuatro horas ahí sentada, me fui a a la primera fila y me senté. Y si a la ida sólo tuve que blandir los papeles de la reserva, con una cara y un tono que no admitía muchas discusiones,  a la vuelta me costó una buena discusión con la azafata, pero logré no ir como el resto del ganado. Y desde luego, sin pagar ni un euro más: para entonces ya estaba harta de pagar extra por lo básico, pero sobre todo, por pagar por algo que debería estar prohibido por sanidad. Estas compañías, además de llevar a la gente como si se tratara de ovejas lanares, son un fraude y una mentira.

Esta semana he tenido que viajar de nuevo, esta vez con Air France. No hace tanto, en mi época viajante (no diré viajera, que eso no he dejado de serlo), me metía con ellos, porque han ido bajando la calidad poco a poco y metiendo más asientos, aunque sin llegar a la desvergüenza de Iberia, desde luego.  Ya no es el refresco gratis o el embarque ordenado: simplemente que te traten de vd y con respeto ya indica que tienen la vocación de transportar personas, y no animales de granja. Llevaba el mismo equipaje que en mi viaje a Bucarest y pude meterlo todo en el avión sin pagar más. También llevaba las mismas piernas, y en un asiento de turista podía cruzarlas sin dificultad. Y sobre todo, no tuve que discutir con nadie, ni tuve sorpresas.

Esta experiencia me confirma que el mundo se precipita por un agujero de vulgaridad y de masificación que logrará que, para conservar un atisbo de buen gusto y de amor por los viajes, uno tenga que quedarse en su casa encerrado entre cuatro paredes viendo vídeos. Muchas veces un mal viaje lo provoca la simple mala educación de los demás pasajeros. Y esto es cada vez más frecuente en los aviones. Y me parece explicable: si tiras cacahuetes, tendrás monos.

Una semana sin ti

Ya estoy de nuevo por aquí, después de unos días de vacaciones. Días en los que me he dedicado a no hacer nada, tal y como estaba previsto, aunque nada, nada, lo que se dice nada, pues tampoco. He leído la prensa, he escuchado música, me he distraído con un par de libros y he tomado el sol, actividad para la que no se requiere mucha concentración, todo hay que decirlo.

Y aquí me tienen, un poco desganada, sin que se me acaben de cocer en la cabeza un par de asuntos que me rondan y que quizás podrían distraerles. Esta falta de creatividad ya me sucedió cuando volví de veraneo, por lo que me temo que mis vacaciones le sientan fatal a este blog. No me apetece mucho hablarles de los acontecimientos que se han sucedido en estos días, como lo del “positivo milagroso” de Contador (que ya traté en su día), la sentencia de condena a Garzón (qué pereza me dan estos jueces endiosados), el aniversario de la reina de Inglaterra, o lo de los Guiñoles del Canal Plus (pronúnciese Plis), asunto este último que hubiera merecido algún post gracioso -superar esa gracia no parece difícil – pero que ya está pasado de rosca. Tal vez lo retome cuando algún francés gane algo en algún deporte, aunque me temo que yo tendré que esperar mucho para poder escribirlo y vds para poder leerlo, aunque sea en un suelto menor de un periódico de La Provence.

Bueno, pues les dejo otra foto más de resumen, para decorar un poco este erial. Quizá mañana me anime y les hable de la Reforma Laboral, si consigo hacerme una opinión de ello.

(MJM: aquí tienes la actualización. ¡Cómo me estresas!)

Desayunos desagradables

El tipo que, de pié al lado de las botellas de litro comunes, se bebe tres vasos de agua, rellenando uno detrás de otro. Sus tres cuartos de litro de cada mañana, como si estuviera en la cocina de su casa, y en vez del mostrador aquello fuera una encimera. También los hay que apuran el zumo de camino a la mesa, sin poder esperar a sentarse para beberlo. Y una se lo imagina así de tripón y de peludo en calzoncillos y calcetines, con la nevera abierta y bebiendo a morro del tetrabric de leche familiar y eructando después.

O la cerda que pone sus tostadas en el tostador común con el queso cheddar, para que éste se derrita, huy, qué bueno, qué rico, sin importarle que se quede el tostador lleno de queso y y que los demás clientes tengan que soportar su pestífero capricho y su mala educación. Y una se la imagina acostándose sin quitarse de la cara el pesado maquillaje, dejando la almohada llena de rimel y de restos de pintura de ojos barata.

O el que va todavía sin duchar y coge la barra de pan con la mano desnuda, que a saber qué habrá manoseado antes, sin usar la servilleta que han puesto para que la sujete mientras corta el pan a su gusto. Y una se lo imagina hurgándose la nariz mientras espera en su coche a que el semáforo se ponga en verde.

O la que, desparramando lorzas, se levanta todavía masticando el beicon que se puso con los huevos fritos para servirse un tercer plato, esta vez de salchichas. De camino, consigue alcanzar un resto de tocino que se le quedó entre la tercera y la cuarta muela. Luego se limpia la mano en el pantalón y coge delicadamente las pinzas. Y una se la imagina recogiendo una albóndiga del suelo grasiento de su cocina, y volviéndola a poner en el plato.

Así es que, en el bufet de los hoteles, un cafetito y a correr.

PS: Esto va “Sin categoría”. Menudo post guarro que me ha salido…

Idiomas (III)

La primera vez que estuve en Nueva York, fumar no era un atentado propio de criminales sin entrañas y asesinos en serie de niños, gente apestosa y apestada de la que conviene huir y a la que hay que apedrear socialmente. O sea, que de la muerte de Manolete todavía acusaban al pobre Islero, que no había fumado en su vida. Así es que les podría contar cómo, al comprar un paquete de Marlboro en un puestecito de la Cuarta Avenida y preguntar cuánto era, me dieron cerillas…

Pero no les contaré eso, sino la historia de mi amigo Javier en el Metropolitan. Hablo del Museo, no del Subway. Ya, ya sé que lo saben, era un chiste fácil que no he querido evitar. Paseaba mi amigo por las salas vacías, recreándose en cada cuadro, en cada escultura, en cada fotografía. Con las manos a la espalda, el tiempo pasaba lentamente.

Al entrar en una de las salas, una oronda empleada de color estaba sentada en una silla, vigilando a los dos únicos turistas que había en aquel momento. De pronto, mi amigo Javier se dio cuenta de que sólo había recorrido una pequeña parte de sus intereses y pensó que tal vez, para completarlos todos, debería darse un poco de prisa. Pero en realidad no sabía de cuánto tiempo disponía, así es que pensó muy bien la pregunta y se dirigió luego a la mujer que vigilaba medio adormilada, susurrándole con el mejor de sus acentos:

– Sorry, at what time is closed the museum?

La mujer pareció activarse. Le miró, primero a la cara y después de arriba a abajo, y en un castellano correctísimo le respondió:

– A las cinco y media en punto, señor.

Después de todos estos años, mi amigo Javier sigue sin poder concretar qué le hizo saber a aquella mujer que él hablaba castellano. Yo estoy de acuerdo en sospechar con él que pudo tratarse del corte de pelo…

Idiomas (II)

Hace no demasiado tiempo, por razones de trabajo tenía que ir con cierta frecuencia a Munich. Les diré, antes de continuar con esta historieta, que nunca he llegado a comprender muy bien cómo los alemanes logran entenderse entre ellos. Mi secretaria, una alemana realmente encantadora que hablaba francés, inglés, italiano y algo de español, me fascinaba cuando hablaba con su madre por teléfono. Y cuando colgaba, yo siempre le hacía la misma pregunta:

– ¿Tú crees que ha entendido algo de lo que le has dicho, Daniela? – Y me contestaba, paciente: “mais bien sûr, Carmen, ne t’inquietes pas“.

Cuando tenía que hacer noche siempre iba al mismo hotel, un establecimiento pequeño, pulcro y muy serio cerca de las oficinas. Un domingo lluvioso de invierno aterricé en Munich. El vuelo había cogido algo de retraso y ya era medianoche cuando llegué al hotel. Munich no es una ciudad triste, y además ese barrio era muy céntrico. Y para mí que un poco disipado, por decirlo fino. Pagué el taxi y entré en la recepción. “Buenas noches, tengo una reserva“.

Herr recepcionista me miró. No esperamos a nadie ya, no puede tener una reserva. Un listo, pensé. “Mire el ordenador, Jimenez con J“. No se inmutó: a esas horas ya no hay fichas, no hay ninguna reserva para esta noche, Madam. Saqué los papeles de Daniela y se los di. Buscó en el ordenador, con fastidio. “Su reserva es para mañana, Frau Jimenez, tendrá que buscar otro hotel”. Antes de pensar ni siquiera en discutir, mucho menos salir de nuevo bajo la lluvia a aquellas horas y por aquel barrio lleno de cartelitos rojos de neón, saqué el teléfono y sin ningún miramiento, llamé a Daniela.

– Daniela, arréglalo por favor. Entre alemanes os entenderéis mejor las amenazas.

Al día siguiente, el tipo antipático aquel ya no estaba. Mientras hacía el check out, Frau Gobernanta empezó a parlotear explicaciones. Una confusión. Herr Direktor quería disculparse, porque la empresa y yo misma éramos clientes preferentes del hotel.

Primero recibí una carta muy larga en alemán a mi casa en Madrid. Después, por correo electrónico, algo que parecía una encuesta, aunque no sé qué me preguntaban. Cada quince días, más o menos, recibo en el buzón folletos del hotel aquel y en la bandeja de entrada de mi mail de la oficina ofertas, supongo que arrebatadoras.

Aunque ya no es mi secretaria, llamé a Daniela para que me dijera cuál era el botón del mail para darme de baja. Me parecía absurdo figurar entre los clientes de aquel hotel porque si algún día vuelvo a Munich no iré a ese hotel, porque no iré a ese barrio.

Hice click.

Sigo siendo cliente preferente del hotel.

Japón

Fui a Tokio hace cinco años, en un viaje de estudios. Cuando llegué, me pareció haber aterrizado en otro planeta. Y cuando regresé, tenía la certeza de haber estado, efectivamente, en otro planeta. Volví estupefacta.

Me compré un libro amarillo. No tengo ni idea del título, ni del autor. Es más: no sé ni cuál es el derecho y el revés. Ni si es un libro de poemas, de autoayuda o una novela. Pero es bonito. También compré un bastón para mi abuela. Negro, con florecitas azules y rojas pintadas, una preciosidad. El bastón se usa normalmente, los viejecitos de allí son como los de aquí, igual de adorables.

La última noche, fuimos a cenar a un viejo restaurante, lejos de donde van los turistas. Cuando íbamos a pagar, para nuestra sorpresa no aceptaban tarjetas de crédito y  comprobamos con cierto estupor que no llevábamos suficiente dinero. Nos marchamos dejando una simple tarjeta de visita, con la promesa de hacer una transferencia unos días después. La mirada confiada, natural, sonriente, casi agradecida, de los dueños del restaurante, dos señores de mediana edad, no se me olvidará.

El terremoto y el tsunami también me han dejado estupefacta. La reconstrucción, sin embargo, no me sorprenderá.

Lanzarote

No hay quinto malo, que dicen de los toros.

Supongo que tendré que dejar un tiempo para que los recuerdos se posen, y quede la negrura de la arena emparedada de azules, el contraste con el blanco de las casas, la armonía de una isla pensada en cada detalle, planificada en cada rincón, limpia como el algodón antes de que lo manosee Mr Proper.

Y es que volví ayer de Lanzarote, aterida pero muy morenita. En un par de días volveré a estar negra…

 

PS. Siento haberme puesto un poco pesada. Aunque yo creo que la serie “Canarias” me ha quedado estupenda, la verdad. Una pena no conocer La Gomera y El Hierro. Cualquier día de estos me acerco y se lo cuento. En el entretanto, les dejo en paz.

Fuerteventura

Si uno busca el mar a la orilla del desierto, entonces le conviene acercarse a la playa de las Dunas, en el noreste de Fuerteventura. Es una playa espectacular, difícil encontrar algo parecido en el mundo, y eso que el mundo es grande y variado. Siempre parece vacía, y no es que falte gente, es que sobra playa.

Enfrente, la isla de Lobos. Recuerdo la sonrisa desdentada de una mujer, indicándonos el barco que nos llevaba a la isla, con la expresión inconfundible de quien ve partir a unos nuevos primos y no va a quedarse a contemplar su regreso decepcionado. Porque ese islote, a pesar de ser una reserva natural, merece dejarse para el final, y tal vez uno tenga la suerte de quedarse sin tiempo para visitarla. Los lagartos lo agradecerán.

Volveré a Fuerteventura, a conocer la isla mas allá de aquella magnifica playa de la que no tuve ganas de salir en una semana. ¡Y tan ricamente!