La hormiga laboriosa y el humano compasivo

Esta es la secuencia de los hechos:

Una hormiga encuentra un enorme trozo de comida y decide llevárselo a su hormiguero. Estamos en verano y, como todo el mundo sabe, ésta es la época en la que las hormigas aprovechan para aprovisionarse de víveres y así pasar el largo y duro invierno, que para cualquier hormiga previsora es igual de largo pero menos duro que para cualquier cigarra descuidada, tal y como nos enseñó La Fontaine.

Un humano que pasaba por ahí decide grabarlo y observa cómo la hormiga trata de encontrar un hueco por el que traspasar una barrera aparentemente infranqueable. El humano, movido por la compasión y con ganas de ayudar, decide echarle una mano a la hormiga. Sin embargo, el humano no contaba con ciertos condicionantes meteorológicos así como otros elementos de ambientación inoportunos , tales como un pelo. Sí, un pelo fosco, largo y duro, como de perro.

Y esto es lo que pasó (dentro vídeo).

 

El humano, ya fuera de cámara, y una vez que la hormiga había desaparecido de su campo de visión, descartó el  dramático (a la vez que descriptivo) «¡A tomar viento la hormiga!». Tampoco quiso lamentarse con un melancólico (y también descriptivo) «¡No lo ha logrado por un pelo!». En su lugar, realizó un comentario sin duda más flemático (y no menos menos descriptivo): «¡Yo no mandé mi brazo a luchar contra los elementos!».

En fin, la hormiga nunca apareció. El trozo de comida fue barrido poco después y el humano decidió no volver a inmiscuirse en los asuntos de las hormigas. ¿Moraleja? Pues saquen vds sus propias conclusiones, que yo todavía ando con remordimientos.

Tiempo de verano

Un verano apacible, como tantos. A la espera del tormentón que dará por finalizado el buen tiempo, o del casi huracán poblachonero que nos dejará a todos tiritando. El tiempo entre posturas.

Y el tiempo entre lecturas, aunque el libro de este mes del club me pone de un mal humor excelente. Delibes, Foenkinos, Amoraga, Lemaitre y ahora Chirbes. Y por medio el Kindle con esa cosa del club, de la que hablaré el día 1 si consigo acabar con ello antes de que ello acabe conmigo. El tiempo entre lecturas.

Pocas cosas que contar, aparte de mis reflexiones sobre los insectos. Esos bichos picajosos y pesados. Las avispas están muy tontas este año. He matado dos en vuelo. En vuelo ellas, se entiende. Y el trapo de cocina, un poco húmedo para que tenga contundencia. Y una araña con cuerpo, que apareció ayer en la piscina y mi amiga Susana la espantó de su toalla. Pero mátala, no la dejes por ahí, le dije. Sí, eso, que hay niños, no se oyó decir, porque el bobo de turno andaría lejos. Y ahí se puso ella, Susana, a dar zapatillazos al suelo, sin saber seguro que la araña estaría debajo. Y apareció Javi, con sus zapatillas de deporte a pisar también el césped. Y como en Aterriza como puedas, una fila de personas en traje de baño y con chancla en la mano se disponía a alisar el césped, con o sin araña, que para entonces ya habría huido. El tiempo entre mataduras.

El del bar, que es nuevo en la concesión. Y ha creído que todo el monte es orégano, y que se puede contestar de cualquier modo. Con una cocina que huele a grasa requemada, a suciedad y a abandono. Que de una tortilla revenida saca cuarenta o cincuenta pinchos, y que no se corta al decirle a su hijo, delante del cliente, que ponga menos, que un aperitivo no es para que la gente coma. Que levantas el café de la mesa y te quita la mesa, porque ya son las siete. Que te dice que quites eso porque va a barrer, y eso son tus pies. Un resentido social, a decir de algunos. Se creerá que los que estamos de vacaciones es porque no trabajamos. La culpa la tenemos nosotros por tomar una cerveza. Yo ya no, que puedo vivir sin ella, y él tiene más difícil pasar el invierno sin mi euro con veinte… El tiempo entre amarguras.

El campo. Hacen nuevos caminos, quitan las balizas de los antiguos pero tardan en sacar los nuevos mapas. Da igual, porque subes hacia arriba, sale un camino, te encuentras una fuente, giras, vas hacia abajo y cuando tienes a la vista la vaquería a la derecha hay un portalón. A la quinta vez que te pierdes encuentras el portalón, y la fuente sigue sin aparecer. Da igual. En los robles hace menos calor y menos frío que en el pinar. Sí, pero hay más moscas. No hay ganado, pero hay caballos, que son los nuevos perros aunque los llevan sin bolsita para excrementos. Curra se ha rebozado dos veces ya este año. No le veo el gusto, ni pienso averiguarlo. El tiempo entre andaduras.

Esta noche futbol. El tiempo entre esculturas.

 

 

La señá presidenta

Sí, soy yo y no, no me he ido de vacaciones. Y verdaderamente, amigos, aunque me hubiera ido no se lo contaría, no fuera cuento que un ladrón malvado me leyera y viniera a mi casa a robar. Claro, que en mi casa no hay nada que robar, y por otra parte, tengo esto tan abandonado que ya sería mala suerte que de los pocos lectores que me van quedando, uno fuera a ser, precisamente, un ladrón malvado.

No crean que no les he echado de menos. Mucho. Cada día he inventado un post, o dos, o tres, pero luego he tenido cosillas que hacer y ya no me iba a poner a escribir a las tantas. No, no lo he apuntado en mi libretita verde. Se me pasó…Ya les dije hace unos días que el mes de julio es un mes muy perro, porque todo el mundo quiere irse de vacaciones dejándolo todo terminado. Es una vivencia recurrente que yo creo que se debe de parecer mucho a la que viviríamos si encaráramos el fin del mundo, el fin de la vida o el final de los tiempos. Curra diría que es como cuando me ve comerme el último bocado de un pastelillo sin que le haya dado un trozo. En fin, es como si agosto fuera el borde de un abismo. Y, claro, en esa tesitura, cualquiera deja nada para septiembre. Si agosto es el borde del abismo, septiembre es el abismo mismo.

Abismo rima con mismo, por si no se han percatado.

Entonces hoy he llegado a una hora razonable y he decidido cumplir con mis obligaciones vecinales. Y es que resulta que me toca ser presidenta de esta mi comunidad. Pues sí, soy la señá presidenta. La verdad es que podría ser estupendo, porque nunca he sido presidenta de nada. Lo que pasa es que yo no sé de esto, para mí una comunidad de vecinos es el misterio más absoluto. Así es que primero he hablado con el portero:

– Juan, he leído que soy la señá presidenta, pero que sepa usted que no tengo ni idea de nada. Supongo que esto es honorario y que no tendré que tomar decisiones. Por el bien de la Comunidad lo digo…

Ay. Entonces me he enterado de un problema de fontanería liviano (del que se ocupará el portero), además de un contencioso que roza la guerra vecinal con el edificio de al lado. He puesto cara de estar muy interesada, lo que no se puede considerar un acto de hipocresía por mi parte: he puesto todo el interés del mundo. Otra cuestión es que me haya enterado de algo, porque yo, de grifos, sé poco.

Y después he ido a ver al señor vicepresidente. Este señor es el presidente saliente y se ha presentado voluntario para continuar en el organigrama hasta que se resuelva la guerra vecinal: por lo visto, solo contármelo le llevaría meses. Así es que no me lo ha contado (cosa que le he agradecido), y me ha dicho que él tampoco tiene ni idea y que de todos los asuntos se ocupa un vecino que es aficionado a ocuparse de esto. Una especie de presidente en la sombra. O una bendición, según como se mire. Y también me ha dicho que yo sólo tendré que decidir sobre la calefacción: si se pone, si se sube, si se baja o si se quita. Y que no me preocupe, que la vecindad es muy cordial (eso ya lo sabía) y que no hay ningún plasta (esto no lo sabía pero me reservo el derecho a opinar dentro de un año).

En fin, dejaré lo de ir a ver al presidente en la sombra para cuando tenga un problema o cuando me hagan alguna pregunta que no sepa contestar. O sea, para cuando me pregunten algo. No le quiero presionar. A ver si va a pensar que quiero el poder…

Remar juntos

Qué bonito lo de remar juntos.

La imagen que se te viene a la cabeza de inmediato es deportiva. Bajo el cielo gris londinense, unos mozos bien configurados y mejor vestidos se montan en una trainera sobre el río Támesis para dirimir si ese año ganará Oxford o Cambridge. «Yo voy con Oxford» dice una, «yo voy con Cambridge», dice otra, mientras la emoción sube de tono cuando se da el pistoletazo de salida. Y de pronto, oh, la congoja. James, el lerdo, rema más despacio que los otros siete, mientras el timonel grita desesperado:

– ¡James! ¡James Withaker, escucha mi voz y sigue mi ritmo: uno, dos, uno, dos!

Pero James, que además de débil es más débil físicamente que los demás, no alcanza a llevar el ritmo de sus compañeros. Y la barca se va escorando, se va escorando, y ya no mantiene el rumbo certero que les conducirá a la victoria. Y los del equipo de la otra universidad les sacan un par de pulgadas, y luego un par de pies, luego un par de yardas, hasta que William Townsend, que rema detrás de James Withaker, le agarra por las axilas y, plaf, le tira por la borda.

Well done, dice el timonel, pero a ver qué hacemos ahora con uno menos.

Así que pierden de todos modos, con lo que se demuestra que hay decisiones radicales que no solucionan nada en la vida. En cuanto a James Withaker, la historia dice que se vio arrastrado por la corriente del rio y llegó al mar, y luego en el mar, nada que te nada, llegó a las costas de Boston y se alistó en las traineras de Harvard, en donde también logró que su barca perdiera, aunque por la razón contraria a la sucedida en Inglaterra: en el Atlántico había desarrollado su musculatura de tal forma que ahora era el remero más fuerte entre los ocho del equipo. Así es que, historia conocida, la barca escoraba y escoraba. Esta vez no le tiraron al agua, pero su aventura como remero terminó cuando, al llegar los segundos a la meta, Hugh Connelly, patrocinador de la regata y accionista de la Universidad, le hizo un contrato como Quarterback en el equipo de fútbol de Harvard.

Qué importante lo de remar juntos.

Hay otra imagen que se te viene a la cabeza, y es la de los condenados a galeras, atados al remo en situación de guerra para que no salieran corriendo a la primera embestida del barco enemigo. Esto se veía claramente en Ben Hur, no me lo estoy inventando yo, en todo caso se lo inventó William Wyler. Lo que pasa es que, tal y como se veía en la película, James Withaker no hubiera terminado en el agua, ni le hubieran quitado del remo por debilucho o por excesivamente fortachón. Porque en esas galeras iban un montón de remeros, así es que uno se puede escaquear de remar junto a los otros.

– ¡Boga de combate! ¡¡Boga de ataque!! ¡¡¡¡ BOGA DE ARIETE!!!!,

Y ya puede gritar el gordo calvo que lleva los bongos, y un remero (un antepasado de James Withaker, por ejemplo), puede fumarse un puro o no hacer fuerza, lo que viene a ser hacerse el longuis, que para eso están los otros remeros. Eso sí, algún latigazo se llevará. Pero ¿Qué es un latigazo comparado con que te tiren al agua en medio de una regata de lo más londinense?

La vida.

Animalitos

FOCA unmundoparacurraEstaba yo el otro día pensando que si el ser humano está considerado como superior al resto de los animales es porque recoge de ellos cada una de sus características. Tú no ves a un perro y le dices que se comporta como un hombre, pero sí que a veces te cruzas con hombres a los que les dices que se comportan como perros.

Y no siempre se recoge una característica amable, por no decir que lo normal es escoger, de entre todas las cualidades del animalito, la peor. Por ejemplo, un cerdo es un animal estupendo, del que se aprovechan hasta los andares, pero si tú a alguien le llamas cerdo no le estás diciendo que es un individuo extremadamente aprovechable y que, una vez curado, sería un manjar. No. Lo que le estás diciendo es que es un cochino, en el trato o en la higiene.

Para llamar bruto o tonto a alguien se le dice burro, aunque el mayor caladero de tontainas lo encontramos en el mar: percebe, besugo o, si es mujer, merluza, aunque también existe lo de merluzo, que a mí me encanta, porque la zeta final le da mucha fuerza:

– Ese tal Pepe es un auténtico merluzo.

El tipo molesto es un moscón, y el apocado una mosquita, mayormente muerta. El pillo es un ratón que hace ratonerías, y el tacaño es un rata, aunque si dices que es una rata es porque es despreciable, cobarde y peligroso. Si dices de alguien que menudo pájaro no te refieres a que está a punto de alzar el vuelo o embelesarte con sus trinos, sino que hablas de un tipo del que hay que desconfiar.

El gorila es un individuo grandullón, algo imbécil y desde luego muy bruto, que sólo vale para aporrear irracionalmente. El mono es alguien que no pinta nada y un macaco, además de no pintar nada, es un ser ridículo.

Tienes un resfriado de caballo o estás sano como un toro. Del elefante sólo nos acordamos cuando entra en la cacharrería, y del lirón cuando alguien duerme con desmesura. En cuanto al tigre, se usa más para indicar el mal olor del cuarto de un adolescente que el famoso salto, que se cita en los chistes más como una machada algo patética que como una hazaña sexual.

Si tú le dices a un tipo que parece una foca, estás escogiendo del pobre bicho la grasa que acumula para soportar el frío del agua, y no esos bigotillos tan majos, ni siquiera su simpatía, porque no me negarán que son unos animalitos adorables. Lento como un caracol, cuando para algunos es un manjar; o como una tortuga, cuando son unos animales extraordinarios.

Un zorro es un tipo más traidor que astuto, y la cabra se usa para resolver a un loco inquieto e imprevisible. El gusano es traidor y despreciable, pero ningún hombre se convierte en mariposa. O bueno, sí, pero a condición de que sea una gran mariposa, o sea, un mariposón, y en ese caso también se le llama mariquita.

Y luego hay animalitos que sólo sirven a las mujeres. Las zorras, las perras, las cerdas y las leonas. Todas putas. En mayor o menor medida, pero putas. Y luego los loros, las urracas y las cacatúas, todas viejas. En mayor o menor medida, pero viejas.

Me dejo muchos bichos en el tintero, pero citaré al único que se me ocurre del que se escoge una virtud: la hormiga. La laboriosidad, el esfuerzo, la previsión. Se dice que es como una hormiguita el que va ahorrando, poquito a poco, con paciencia y con constancia. Qué majas las hormigas. Y eso que son negras como el carbón, o rojas como el demonio…

Naturales de allá, naturales aquí

Mapamundi_banderitasEstán entre nosotros. Viven con nosotros. Ya casi no nos damos cuenta. No es que se hayan integrado ellos, es que nos hemos integrado todos, también nosotros. Y sin ellos, nos faltarían muchas cosas, pero no precisamente trabajo, que yo no sé si falta, pero que ellos lo aprovechan, y hacen muy bien. Y vienen aquí, y curran, y viven. Y son felices a medias, porque la lejanía impone una nostalgia de la que es difícil despegarse, pero intentan ser felices a tiempo completo.

Y un buen día se van, y ya no vuelven, porque lo que vinieron a hacer aquí ya lo han hecho. Cumplen su etapa, su cometido, y se van. Y siempre nos dejan algo. Algo de su cultura, algo de sus costumbres, algo de su comida, o de su acento, o de su forma de vivir. No pasan en vano, sería imposible.

Una ecuatoriana crió a mis sobrinas hasta que tuvieron cuatro años, y fue reemplazada por una marfileña. Una polaca crió a mi sobrino, y aun se quieren como hermanos, o como se quiere a un familiar cercano con el que se ha convivido y se ha vivido hasta la adolescencia.

Una uruguaya crió a mis otros sobrinos, y después ha cuidado a mi madre como externa durante mucho tiempo, hasta que se volvió a su tierra. Y la quería hasta el punto de llamar en una ocasión a una de mis hermanas para darle el parte de una posible enfermedad que ella creía haber detectado. También de Uruguay eran las dos mujeres que cuidaron a mi abuela, y una de ellas se volvió a su país cuando advirtió el deterioro, cuando nos dijo que no podría soportar verla morir, tanto cariño acabó teniéndola.

Dominicano es el sustituto del conserje los fines de semana, un hombre encantador con una hija que es una muñeca, una preciosidad que me alegra algunas mañanas de sábado cuando la veo. Colombiano es el chico sonriente que me trae el café por las mañanas en el bar de al lado de la oficina y peruana la chica del supermercado nuevo que han abierto frente a mi casa.

Los vemos por la calle aunque ya ni nos fijamos. Los escuchamos hablar desde sus teléfonos móviles en su lengua, o con su acento, mientras esperan como nosotros a que cambie el semáforo. Son ellos, pero son nosotros. Son naturales de allí, pero se han vuelto naturales aquí. Y yo quiero pensar que ésta es una bonita tierra de acogida. Y yo estoy segura de que sin ellos no habríamos crecido como lo hemos hecho, y no creceremos como queremos crecer.

Oficios imprescindibles. Oficios que ellos cubren con la laboriosidad que nos falta a muchos de los nacidos españoles, instalados en el subsidio y en la queja. Oficios que no seremos capaces de recuperar, que hay quien se niega a recuperar porque cree que no se lo merece. Y es verdad que no se lo merece: no merece ese pan quien ni sabe ni se atreve a ganarlo.

La mujer búlgara que viene a mi casa todos los días se ha ido a su tierra a pasar unas vacaciones. En su tierra, en esta época, es el Festival de las rosas, y sacan un montón de productos que luego exportan. Y por si acaso no los exportan a España, ella me ha traído una colonia de rosas y una crema de manos, también hecha con rosas. No tenía por qué hacerlo, pero se ve que la acogida ha funcionado en las dos direcciones y se ha vuelto natural. Y la crema es estupenda, doy fe.

Estoy pensando que mi jefe es francés. Aunque me da que no pinta nada en este post. Sobre todo porque no me lo imagino trayéndome unos macarons de Ladurée de alguno de sus viajes a París. Pero no lo descarto: cuando el paisaje se vuelve cotidiano, casi todo nos resulta natural.

Una madre con 78 años

sujetando a mamáAyer mi madre cumplió 78 años. Y claro que lo celebramos. No diré yo que por todo lo alto, pero sí que nos tomamos nuestra tarta, y sopló una vela, porque a decir de mi tía Pilar, que siempre anda con guasa para todo, cuando cumplió un año no la pudo soplar, porque estaba en el medio de una guerra.

Mi madre nació efectivamente en 1936, poco antes de que empezara la guerra civil. Siempre cuenta que cuando iba a la piscina del poblachón, con las otras madres, pillaba a las que eran mayores que ella, porque podían contar la guerra y ella no la podía contar. En su caso tanto la guerra como la inmediata postguerra, en un Madrid depauperado, por ser todavía una niña para ella eran siempre los bocados de los que se privaban los mayores, que sin duda lo pasaron mucho peor.

Con todo, mi abuelo llegó vivo del frente y con la venta de unas cacerolas que le había dejado su padre, logró poner un pequeño negocio con el que pudo comer toda la familia, y después progresar al mismo ritmo que el resto del país. Ella estudió y empezó a trabajar durante unos años en una casa discográfica, hasta que se casó. No cuenta apenas nada de las estrellas rutilantes que pasaban por allí, probablemente porque no pasaban. A cambio, habla siempre del puro de Don Fulanito (no me acuerdo del nombre), y del olor tan característico que dejaba por toda la oficina. Eran unos tiempos en los que el olor a puro era un buen olor.

Conoció a mi padre en un autobús que los llevaba a los dos a Pedraza, porque ella veraneaba allí de siempre y mi padre había sido invitado por unos amigos. Discutieron por alguna tontería y cuando el autobús llegó a su destino, resulta que eran los mismos amigos los que habían ido a recogerles a los dos a la parada. Y hasta hoy, aunque mi padre nos dejó para siempre un 20 de mayo de 1990, después de una larguísima enfermedad a la que ella se entregó con toda su alma, y para la que sólo tuvo ojos, oidos, cabeza, tacto, cariño y que la dejó exhausta, y casi sin ganas de vivir.

Mis sobrinas gemelas la devolvieron a la vida, y a sus 55 años pudo disfrutar de nuevo de los bebés, y luego de los niños. Después de mis sobrinas vinieron otros 3 nietos, y los disfruta aun ahora en su adolescencia atontolinada. Mi madre siempre dice que, de haber tenido dinero, habría tenido 6 ó 7 hijos, y no sólo 3. Tres hijas a las que dice que quiere por igual y yo la creo, porque a una madre no se le debe llevar la contraria.

78 años que, como yo le dije por la mañana, son los nuevos 68. Tiene buena salud, a pesar de llevar dos operaciones serias de espalda, de que le falte un riñón, de un principio de Parkinson estabilizado y de unas cataratas que no acaban de quererle operar. Quizás es esto último lo que peor lleva, aunque eso lo dice ahora que le han quitado unos dolores de espalda que la tenían paralizada.

Quien me conoce sabe la devoción que siento por mi madre. Es una mujer que siempre nos ha dado libertad e independencia, que nos ha educado y al mismo tiempo nos ha dejado hacer lo que nos diera la gana, que tiene sentido del humor y una enorme paciencia, con una fortaleza y una determinación poco común. Como todas las madres de su época, ha luchado mucho (ella diría bregado) y ahora aspira a una vejez apacible y tranquila, que será larga si atendemos a los antecedentes familiares, con un poco de barullo diario en el que ver crecer, vivir y disfrutar a los que vienen detrás, que son esos a los que ella ha dado el origen.

Y yo también aspiro a que su vejez sea tranquila y apacible. Y que sea larga, muy, muy larga.

Un día como hoy hace 10 años

Fue ese día cuando Zaida llegó la primera porque creía que iba la última.

Fue ese día cuando Zaida hubiera llegado acompañada, de haber comprendido que iba la primera. 

Fue ese día cuando, al llegar a desayunar, Merche me preguntó por qué yo no iba de uniforme, y, ante mi cara de perplejidad, me señaló a Rosana, Zaida y Helena, en la barra del hotel: las tres iban con los mismos pantalones. Me levanté y, con mi probada diplomacia y humor mañanero, les dije a las tres que sus pantalones eran, los tres, casi idénticos y feos. Entonces Rosana se excusó diciendo que a ella se los habían regalado, advirtiendo de paso que los suyos eran más caros y mejores. Ya, pero de feos, todos iguales.

Fue ese día cuando se retransmitió la boda del milenio, y todas con esos pelos. Y algunas, con aquellos pantalones…

Fue ese día cuando mi forma de vestir le hizo decir a Rosana que iba perfecta para darme un paseo por el Retiro. Poco después, Merche me haría esconder la cámara porque parecía demasiado turista.

Fue ese día cuando pensé que ni en vacaciones me dejarían vestirme como yo quisiera, pero que el paso de los días, teniendo en cuenta el rato largo que se pasaba la ropa dentro de la maleta, simplificaría mucho las cosas.

Fue ese día cuando Merche y yo paramos en el Alto de San Xil una hora después de haber empezado a caminar, prometiéndonos hacer esta paradita cada día para no cansarnos ni rompernos demasiado las piernas…

Fue ese día cuando inopinadamente nos encontramos a Rosana y Helena en el único bar del Camino: llevaban una hora viendo la boda del milenio con los paisanos. Nosotras estuvimos otra hora viendo el enésimo resumen de la boda del milenio. Qué horrorosa iba Ana Botella.

Fue ese día cuando Rosana empezó a negar que había sido ella la que había cambiado todo el itinerario y seguirá negándolo así que pasen cinco Jubileos.

Fue ese día cuando tomamos la única queimada del viaje, invitadas amablemente por el paisano del bar. No sabemos si la hizo para invitarnos o nos invitó porque la hizo. Y la queimada producía tantos escalofríoscomo el traje de Ana Botella.

Fue ese día cuando descubrí la verdadera ventaja de haber salido de Triacastela: que las demás pudieran iniciar una conversación conmigo a base de preguntarme cómo se llamaba aquel pueblo del que salimos. Luego la conversación discurría generalmente por otros derroteros.

Fue ese día cuando nos dimos una vuelta por el Monasterio de Samos, que tiene dos claustros y al padre Feijóo en uno de ellos y a muchas señoras con las tetas al aire en otro de los claustros, y nosotras nos reíamos y cuchicheábamos como monjitas a punto de escandalizarnos cuando reparamos en ello (en las tetas, no en el Padre Feijóo, pobre).

Fue ese día cuando salimos a las 12 de la mañana para encontrarnos con la cuesta más grande y más desmoralizadora que hemos tenido que cubrir nunca. Después de coronar, una comprendió la alegría de Miguel Indurain en Alpe d’Huez. Salvando las distancias, mucho más duro lo nuestro.

Fue ese día cuando al llegar a aquel Alto de San Xil ya habíamos formado 4 grupos, siendo siete personas. Ninguna sabía de las otras y cada una hizo un recorrido distinto, así es que fue una etapa insolidaria que nos haría organizarnos para el futuro.

Fue ese día cuando yo le dije a Zaida que nunca hubiera apostado por que ella llegara la primera. Zaida no se enfadó demasiado, pero sé que no lo olvidará y por eso lo apunto.

Fue ese día cuando la señora que nos enseñaba el Monasterio de Samos me dijo con voz queda: «yu creu que vusotras nu vais a andar muchu», a lo que yo le respondí que el Camino tenía muchas motivaciones: las deportivas, las espirituales, las turísticas… Me guardé para futuros Jubileos que también se podía tener como motivación no llegar, o llegar en taxi.

Fue ese día cuando comprendí qué quería decir mi madre cuando me dice eso de que «esto es un jubileo», para significar que «esto» es un ir y venir cada uno a su bola.

Fue ese día cuando no tengo ni idea de por dónde fuimos.

Fue ese día cuando Merche y yo nos quedamos rezagadas en la primera cuesta y yo escribí en mi diario «llegaremos las últimas a Sarria». Llegamos las últimas a Sarriá y a todas partes…

Fue ese día cuando Zaida, después de un rato sola y con el desconcierto de no saber muy bien si iba o venía en la etapa, se topó con un francés que estaba deseoso de dar carrete a alguien: venía desde Besançon, llevaba de Camino dos meses y parecía Tom Hanks en Naúfrago. Así es que el pobre buscaba desesperadamente un balón de rugby a quien contarle sus penalidades y en vez de eso, se topó con una calabaza antipática (moi) y con Zaida que iba desorientada, perdida y sola. Y por no perderse ya más, pues le siguió el ritmo y llegó antes de las lentejas.

Fue ese día cuando Mar y Sonia empezaron a comprenderse la una a la otra y a distinguir el sonido de su voz entre las carcajadas de la compañera de Camino. Treinta y nueve tacos son mucha vida para contarla en seis dias…

Fue ese día cuando Helena terminó de renunciar a su condición de monárquica, y Rosana y Mar tenían la conciencia regular por alegrarse de toda la lluvia que caía en la boda del milenio. 

Fue ese día cuando, al llegar al destino, yo estuve a punto de besar el hall del hotel, al recepcionista y a una señora que pasaba por allí en aquel momento.

Fue ese día cuando hicimos la subida por carretera, después nos metimos por un senderito del bosque, después tuvimos que preguntar dónde estábamos, después de nuevo carretera, pero con senderito al lado entre las obras, y finalmente, alrededores de Sarria, donde me cambié las botas por las zapatillas. La etapa que hicieron las otras no puedo describirla.

Fue ese día cuando supe lo que realmente era un dolor de pies, y pensé que había que incluirlo entre los de primera categoría, al lado de uno de ovarios y de una depilación de ingles a la cera caliente.

Fue ese día cuando volvimos a Samos para oír el órgano del Monasterio de la misa de las siete y media y llegamos a las ocho menos cuarto, tarde de todos modos porque la misa era a las siete. Comprendimos que el problema no era el paso del tiempo, sino el cálculo del mismo.

Fue ese día cuando nos tomamos unas primeras cervecitas en una esquina de la carretera que atraviesa Samos, entre peregrinos circunspectos a punto de encajarse en las espartanas literas del refugio del pueblo. Aquel refugio nos terminó de convencer de que un verdadero peregrino nace, no se hace.

Fue ese día cuando a Merche y a mí no nos dio tiempo para ducharnos y yo me fui a cenar vestida igual que a lo largo del día, o sea: según yo, para andar por el campo; según Rosana, para pasear por el Retiro; y según las circunstancias, para estar por el pueblo.

Fue ese día cuando tomamos churrasco, ensalada y chorizos caseros con vino tinto siete personas por 60 euros, mientras cotorreábamos acaloradamente de la boda del milenio a voz en grito. Despellejábamos incluso a las que no fueron a la boda, mientras los paisanos trataban de averiguar qué les habrían puesto en el vino para que no entendieran lo que sucedía en la tele. 

Fue ese día cuando Zaida encontró un palo verde con el que se sujetaría el cansancio sus cuatro días de Camino.

 

Del Diario del Camino, Primera etapa: De Triacastela a Sarria – 2004

La cuisine

La-cuisineEn estos tiempos de Masterchef, de estrellas Michelin un peu partout y de amor no sólo por los olores y sabores sino también por los colores, si dices «cocina» uno piensa automáticamente en una toque blanche y en eso tan velasqueño de «mamá, yo quiero ser artista». En mi caso, y desde hace un par de semanas, yo pienso únicamente en eso que ven a su izquierda, que también es una cocina y cuya única cualidad de «haute» es que la he pedido de 90 cm para evitar jorobas futuras, o lo que es lo mismo, eventuales dolores de espalda. Les presento mi nueva cocina del Poblachón, mientras les mando un saludo ante los previsibles aplausos.

Esos cajoncitos que ven a la izquierda no fueron idea mía sino de mi hermana, que consideró, con buen criterio, que siempre hay mucho trapo que guardar. En el proyecto inicial, debajo de la vitro había dos cajones, dos gavetas y una puerta, pero hay que dejarse aconsejar aunque con ciertos límites. Ya saben ustedes que cuando una se mete en reformas, lo peor que se puede hacer es preguntar, porque todo el mundo tiene ideas pero nadie pone dinero. Por eso aquí sólo opinó una de mis hermanas, que siempre ha sido muy cuidadosa con la economía familiar, y ya.

Por lo demás, la encimera será de color lima, decisión propia y bastante arriesgada, porque los azulejos no son ni mucho menos blancos. Datan de 1976 y tienen un dibujo de redondeles indescriptibles que combinan el amarillo limón y el verde manzana. Algunos lo llamarían vintage, pero yo les digo la verdad: tú pones unos vasos de duralex, metes ahí a Ana Duato y viene la familia Alcántara en fila india a pedirte el desayuno. En fin, a las malas me tocará pintar pero hasta que mi economía se recomponga, me conformaré con apretar las mandíbulas cuando recoja los platos.

Yo ahora les debería hablar de Concha Piquer, cuando decía aquello de «dime que me quieres, dímelo por Dios, aunque no lo sientas, aunque sea mentira», pero no sé si no será una digresión excesiva. Y es que lo que vale para el amor no vale para los proyectos de cocina, y estoy segura que Doña Concha estaría de acuerdo. Si me dices que estará instalada en San Isidro, yo te quiero. Y también te querré si me dices que no estará para San Isidro. ¿Por qué? Pues porque esto no es amor, y además no tengo prisa. Eso sí, amor mío, piensa en mí, aunque no me quieras, y, sobre todo ¡NO ME DESINSTALES LA COCINA VIEJA ANTES DE UN PUENTE SI VES QUE NO TE VAN A SERVIR LOS MUEBLES DE LA COCINA NUEVA A TIEMPO, COJONA!

Je respire. Je respire et je pense à la toque blanche… Je respire… En fin, tras el hervor vuelvo a mi calma habitual para comunicarles que el jefe de proyecto (también conocido como el artista) ha tenido un pequeño desfase inesperado y me ha dejado la casa inhabitable. Lejos de enfadarme, he anulado las vacaciones previstas y he recompuesto la agenda, con gran alegría de mi corazón. Así es que este puente de San Isidro ejerceré de buena madrileña y me quedaré en los Madriles. Y comeré rosquillas de limón, chin-pon.

Mis guerras con las hormigas

hormigasA mí las hormigas son unos animalitos que me caen muy bien. Claro, que luego te sientas un domingo en el sillón de tu casa, pones una de esas cadenas de televisión patéticas que tienen el dial entre la teletienda y la reposición de Manos a la obra, vas, te topas con la película de Cuando ruge la marabunta y como no tengas mucho sueño, tu amor y simpatía por las laboriosas hormiguitas desaparece de golpe y porrazo, hasta el punto de que si por la tarde no bajas al perro al parque con escafandra es porque no tienes una escafandra, no porque te falte prudencia y te sobre aprensión.

Yo recuerdo hace unos años, en la casa de la playa de mis tías, que pillamos al jardinero con el pie cambiado y no había fumigado cuando llegamos, así que tuvimos una manifestación de hormigas en la entrada de la casa después de la primera cena en el jardín. Mi madrina se armó de Cuchol y organizó una masacre en toda regla al día siguiente. En realidad, el jardinero hubiera hecho lo mismo, porque en esa casa no tienes cómo parar a las hormigas cuando se ponen en modo ejército, pero ver el paisaje después de la batalla era terrible. En fin, las hormigas fueron muertas y literalmente barridas, y el recogedor no daba abasto para recoger tanto cadaver. Qué horror.

En mi cocina en Madrid aparecieron en una ocasión. Siempre siguen la misma pauta. Primero ves una, luego dos, y cuando quieres recordar, ya han organizado la cadena de alimentos. Entonces tenía yo un gato, Benito, y el pobre me miraba espeluznado, porque su comida había sido el primer botín que había encontrado aquella marabunta. No era para menos: la comida de los gatos (la húmeda), huele que alimenta. Sin embargo, no usé ningún insecticida, yo con los animalitos tiendo a la comprensión. Simplemente me senté a observar a dónde se llevaban la comida, y descubrí una mini ranurilla ahí justo donde se juntan los azulejos con el suelo. Me bajé a la ferretería, compré silicona y ya no tuvieron cómo entrar. Ni cómo salir, aunque de eso me di cuenta más tarde y, aunque no fue una carnicería, sí se puede hablar de exterminación sin mentir en absoluto. Pero en fin, entre darles portazo y el Cuchol de mi tía, a mí me parece que mi solución fue mucho más civilizada.

Hoy he tenido que repetir estratagema siliconeril en mi casa del poblachón. Aparecieron ayer por la mañana, también en la cocina. Por la noche, cuando me fui a acostar, había unas cincuenta hormiguitas correteando entusiasmadas a la búsqueda de miguitas y con pinta de estar planeando un asalto heroico al cubo de la basura. Cuando descubrí el agujerito por el que entraban, y recordando la experiencia de Madrid, me dediqué a barrerlas hacia él para que se fueran. Luego tapé el agujerito con una pelotilla de papel higiénico, a la espera de poder comprar hoy la silicona. Muchas lograron salvar la vida y sólo tuve que matar a unas cinco o seis rebeldes que no quisieron marcharse, con todo el dolor de mi corazón. Hasta me cambié de zapatos para hacerlo, porque llevaba unas botas con suela de dibujo con las que yo creo que morían lentamente, sobre todo si no consegía acertarlas con el relieve. En fin, si somos animales superiores, somos animales superiores.

Esta tarde he visto de nuevo tres en la terraza. Son unas hormigas distintas, porque las de ayer eran muy chiquititas. Estas eran gordas, moradas, cabezonas y que se atreven con las paredes. No me han caído muy bien. He matado a una muy descarada y a las otras dos les he dado un papirotazo y han salido despedidas entre la barandilla. Y luego me he ido a jugar al padel y no me ha dado tiempo a pensar cómo frenarlas en la terraza: aquí no vale la silicona, desde luego, y un cerramiento, además de caro, sería como reconocer una derrota. Hum. Algo se me ocurrirá. Ya les he dicho, de entrada, que las hormigas son unos animalitos que me caen muy bien. Ahora bien, esta es mi casa y no recuerdo haber cursado ninguna invitación. Hombre.