Un día como hoy hace 10 años

Fue ese día cuando Zaida llegó la primera porque creía que iba la última.

Fue ese día cuando Zaida hubiera llegado acompañada, de haber comprendido que iba la primera. 

Fue ese día cuando, al llegar a desayunar, Merche me preguntó por qué yo no iba de uniforme, y, ante mi cara de perplejidad, me señaló a Rosana, Zaida y Helena, en la barra del hotel: las tres iban con los mismos pantalones. Me levanté y, con mi probada diplomacia y humor mañanero, les dije a las tres que sus pantalones eran, los tres, casi idénticos y feos. Entonces Rosana se excusó diciendo que a ella se los habían regalado, advirtiendo de paso que los suyos eran más caros y mejores. Ya, pero de feos, todos iguales.

Fue ese día cuando se retransmitió la boda del milenio, y todas con esos pelos. Y algunas, con aquellos pantalones…

Fue ese día cuando mi forma de vestir le hizo decir a Rosana que iba perfecta para darme un paseo por el Retiro. Poco después, Merche me haría esconder la cámara porque parecía demasiado turista.

Fue ese día cuando pensé que ni en vacaciones me dejarían vestirme como yo quisiera, pero que el paso de los días, teniendo en cuenta el rato largo que se pasaba la ropa dentro de la maleta, simplificaría mucho las cosas.

Fue ese día cuando Merche y yo paramos en el Alto de San Xil una hora después de haber empezado a caminar, prometiéndonos hacer esta paradita cada día para no cansarnos ni rompernos demasiado las piernas…

Fue ese día cuando inopinadamente nos encontramos a Rosana y Helena en el único bar del Camino: llevaban una hora viendo la boda del milenio con los paisanos. Nosotras estuvimos otra hora viendo el enésimo resumen de la boda del milenio. Qué horrorosa iba Ana Botella.

Fue ese día cuando Rosana empezó a negar que había sido ella la que había cambiado todo el itinerario y seguirá negándolo así que pasen cinco Jubileos.

Fue ese día cuando tomamos la única queimada del viaje, invitadas amablemente por el paisano del bar. No sabemos si la hizo para invitarnos o nos invitó porque la hizo. Y la queimada producía tantos escalofríoscomo el traje de Ana Botella.

Fue ese día cuando descubrí la verdadera ventaja de haber salido de Triacastela: que las demás pudieran iniciar una conversación conmigo a base de preguntarme cómo se llamaba aquel pueblo del que salimos. Luego la conversación discurría generalmente por otros derroteros.

Fue ese día cuando nos dimos una vuelta por el Monasterio de Samos, que tiene dos claustros y al padre Feijóo en uno de ellos y a muchas señoras con las tetas al aire en otro de los claustros, y nosotras nos reíamos y cuchicheábamos como monjitas a punto de escandalizarnos cuando reparamos en ello (en las tetas, no en el Padre Feijóo, pobre).

Fue ese día cuando salimos a las 12 de la mañana para encontrarnos con la cuesta más grande y más desmoralizadora que hemos tenido que cubrir nunca. Después de coronar, una comprendió la alegría de Miguel Indurain en Alpe d’Huez. Salvando las distancias, mucho más duro lo nuestro.

Fue ese día cuando al llegar a aquel Alto de San Xil ya habíamos formado 4 grupos, siendo siete personas. Ninguna sabía de las otras y cada una hizo un recorrido distinto, así es que fue una etapa insolidaria que nos haría organizarnos para el futuro.

Fue ese día cuando yo le dije a Zaida que nunca hubiera apostado por que ella llegara la primera. Zaida no se enfadó demasiado, pero sé que no lo olvidará y por eso lo apunto.

Fue ese día cuando la señora que nos enseñaba el Monasterio de Samos me dijo con voz queda: “yu creu que vusotras nu vais a andar muchu”, a lo que yo le respondí que el Camino tenía muchas motivaciones: las deportivas, las espirituales, las turísticas… Me guardé para futuros Jubileos que también se podía tener como motivación no llegar, o llegar en taxi.

Fue ese día cuando comprendí qué quería decir mi madre cuando me dice eso de que “esto es un jubileo”, para significar que “esto” es un ir y venir cada uno a su bola.

Fue ese día cuando no tengo ni idea de por dónde fuimos.

Fue ese día cuando Merche y yo nos quedamos rezagadas en la primera cuesta y yo escribí en mi diario “llegaremos las últimas a Sarria”. Llegamos las últimas a Sarriá y a todas partes…

Fue ese día cuando Zaida, después de un rato sola y con el desconcierto de no saber muy bien si iba o venía en la etapa, se topó con un francés que estaba deseoso de dar carrete a alguien: venía desde Besançon, llevaba de Camino dos meses y parecía Tom Hanks en Naúfrago. Así es que el pobre buscaba desesperadamente un balón de rugby a quien contarle sus penalidades y en vez de eso, se topó con una calabaza antipática (moi) y con Zaida que iba desorientada, perdida y sola. Y por no perderse ya más, pues le siguió el ritmo y llegó antes de las lentejas.

Fue ese día cuando Mar y Sonia empezaron a comprenderse la una a la otra y a distinguir el sonido de su voz entre las carcajadas de la compañera de Camino. Treinta y nueve tacos son mucha vida para contarla en seis dias…

Fue ese día cuando Helena terminó de renunciar a su condición de monárquica, y Rosana y Mar tenían la conciencia regular por alegrarse de toda la lluvia que caía en la boda del milenio. 

Fue ese día cuando, al llegar al destino, yo estuve a punto de besar el hall del hotel, al recepcionista y a una señora que pasaba por allí en aquel momento.

Fue ese día cuando hicimos la subida por carretera, después nos metimos por un senderito del bosque, después tuvimos que preguntar dónde estábamos, después de nuevo carretera, pero con senderito al lado entre las obras, y finalmente, alrededores de Sarria, donde me cambié las botas por las zapatillas. La etapa que hicieron las otras no puedo describirla.

Fue ese día cuando supe lo que realmente era un dolor de pies, y pensé que había que incluirlo entre los de primera categoría, al lado de uno de ovarios y de una depilación de ingles a la cera caliente.

Fue ese día cuando volvimos a Samos para oír el órgano del Monasterio de la misa de las siete y media y llegamos a las ocho menos cuarto, tarde de todos modos porque la misa era a las siete. Comprendimos que el problema no era el paso del tiempo, sino el cálculo del mismo.

Fue ese día cuando nos tomamos unas primeras cervecitas en una esquina de la carretera que atraviesa Samos, entre peregrinos circunspectos a punto de encajarse en las espartanas literas del refugio del pueblo. Aquel refugio nos terminó de convencer de que un verdadero peregrino nace, no se hace.

Fue ese día cuando a Merche y a mí no nos dio tiempo para ducharnos y yo me fui a cenar vestida igual que a lo largo del día, o sea: según yo, para andar por el campo; según Rosana, para pasear por el Retiro; y según las circunstancias, para estar por el pueblo.

Fue ese día cuando tomamos churrasco, ensalada y chorizos caseros con vino tinto siete personas por 60 euros, mientras cotorreábamos acaloradamente de la boda del milenio a voz en grito. Despellejábamos incluso a las que no fueron a la boda, mientras los paisanos trataban de averiguar qué les habrían puesto en el vino para que no entendieran lo que sucedía en la tele. 

Fue ese día cuando Zaida encontró un palo verde con el que se sujetaría el cansancio sus cuatro días de Camino.

 

Del Diario del Camino, Primera etapa: De Triacastela a Sarria – 2004

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