Picante y aromático

El otro día, en una cena con amigas, una de ellas contaba una anécdota.

– Nos pusieron la bebida y resulta que era picante. Y si comes algo que pica, bebes. Pero si bebes algo que pica ¿Qué haces?

He tratado de recordar cuál era la bebida.

¿Zumo de chile?

¿Batido de guindillas?

¿Destilado de cayena?

¿Gin Tonic de pimienta?

Ñeñeñeñé

Tiene siempre un gesto en la cara que no sabes muy bien si es que ha pisado una caca o es que tanta desgana le ha producido un calambre en el labio superior. No es cuestión de tiempo, pero tampoco de lugar. En la oficina tiene esa cara de asco, ya sea en reunión, en su despacho, en el ascensor, si sale a fumarse un cigarrillo o si ya no sale porque dejó de fumar. La mala leche le dura en su casa, en las comidas, cenas, si va de copas, o si se acerca a recoger al retoño a la puerta del colegio. Si le ves o si te habla por teléfono, te escribe un mail o te manda un SMS. Permanentemente enfadado, incómodo siempre, como si hubiera dormido con un rulo que le ha estirado el labio superior y que le impide sonreir durante el día.

Ni tiempo, ni lugar, ni tampoco la situación concede tregua a lo desagradable del biotipo. Le molesta ir a trabajar, coger vacaciones, ir a ver a la familia o pasear al perro. Se queja de que tiene mucho trabajo y de que tiene poco. De que es una persona importante y de los problemas que le produce ser importante. De que no le han copiado en ese mail o de la hartura de estar en copia de todo. De que no tiene tiempo para tantas reuniones o de que no le han convocado, aunque no tenga interés en ir. De que tener que viajar y de no haber ido a ese viaje. De que no le inviten para poder decir que no. De que llega el viernes y se va a aburrir durmiendo y de que está agotado y le gustaría poder dormir. De por qué otro tiene ese coche, ese sueldo, ese trabajo, esa familia tan perfecta, esa madre tan estupenda o esos hijos tan silenciosos. No le parece bien que aquellos sean amigos, que ése sonría, que éste se enfade, te dice que aquél dijo, que el otro contestó, que ése respondió, y sólo usa la imaginación para interpretar retorcidamente cada palabra, cada gesto y cada alegría ajena. Y de su vida sexual no habla pero casi mejor, casi mejor…

Cotillas, nunca están de acuerdo, nunca conformes, todo les parece mal, de todo se quejan, por todo protestan, todo critican.  Son estrictos hasta la enfermedad, comprender es un acto de debilidad y la debilidad ajena se resume en un “que se joda”. En su mundo de sombras se mofan de la pasión y de la compasión, y en su mundo de espejos solo se refleja la sospecha, la desconfianza y el miedo.

¡Señor, qué insoportables!

Yo les llamo los ñeñeñeñé: gente que no está dispuestas a agradecerle ni medio segundo a la vida.

Pues el demonio que se vaya preparando, que va a tener petardo para toda la eternidad…

Mi avatar

En este rato de mi vida estoy reflexionando sobre mi nombre en el 2.0, porque me identifico hasta con 5 nombres diferentes. Esto, unido al lío entre la C. de Carmen y la de Curra, hace que sólo los muy seguidores o los amigos en 3D se aclaren. Por suerte, he conservado mi avatar todo este tiempo, salvo un par de momentos de debilidad que tuve en Twitter. Claro que comprobar los efectos devastadores que el cambio de avatar de los demás provoca en mí me hizo entender que el avatar es como el perfume: conviene no cambiarlo muy a menudo. Mi avatar es la foto de mis pies, también llamados piececitos y piesecitos (esto me encanta), aunque también haya quien, en el colmo del mal gusto, los llame pinreles.

La foto me la hice en el verano antes de abrir el blog, en el poblachón, en casa de mis padres. Es un verdadero placer sentarte en esa terraza en las tardes de verano a leer, placer que aumenta cuando ya no se oye el barullo de una piscina cercana, ni el de los macarras que todavía están eligiendo el ruido que cargarán en sus infames coches tuneados. Ese rato entre la siesta y la hora de ducharte para salir es un momento de calma en el que miras el mundo que eliges en tu lectura y, más allá del balcón, ves a parejas que pasean a sus perros, a niños en sus triciclos o en sus bicicletas con ruedines. Y a veces un amigo pasa y saca la mano por la ventanilla del coche para enviarte un saludo. Es la paz, la ausencia de preocupación y de peligro sin contaminarse de pereza o de indolencia.

Así es que eso significa este avatar para mí:  la perspectiva de un mundo amable y en reposo, la tranquilidad, la observación y la compañía de la creatividad.

Pero claro, de lo que yo quiero decir a lo que se entiende va mucho. Me han dicho que es una postura masculina, por ejemplo, y no le faltaba razón a quien me lo comentó, cuando yo me quejaba de que muchas personas creen que la C. es de Carlos o de Constantino. También que estoy echando los pies por alto, con la carga de mal humor y enfado que lleva. O que indica una evidente falta de educación y hasta que es una guarrería (tal vez hay quien no puede imaginar unos pies sin pensar antes en hurgárselos). Pero en fin, en general causa más simpatía que rechazo y a mí me parece que sí da sensación de, al menos, tomarse la vida con cierto desenfado.

La primera vez que me dijeron lo de «a sus pies» me provocó una enorme carcajada. Ayer en un comentario me hicieron reir de nuevo con esa salida, que le pone humor a la caballerosidad en estos tiempos tan ásperos. A la pregunta de si son míos suelo contestar con un «sí, los dos«, y para ciertos consejos sobre la conveniencia de una pedicura más frívola, tengo un montaje de fotoshop que queda de lo más apañado y que les pongo arriba para que me feliciten. Pero sin duda lo más divertido me lo dijo Ignacio Ruiz Quintano, la cuenta más ilustre de mi TL, que en una ocasión me escribió «Eso no son pies ¡son epígrafes!«, y aunque admito que aún no sé muy bien qué quiso decir, reconozco que un piropo así va más allá de cualquier vicisitud.

Y ya está. A partir de ahora mi avatar, además de unos pies y un epígrafe, será también un post.

Con mi agradecimiento a Dessjuest por la idea

Comida japonesa

Ya les conté en una ocasión que hace unos años fui a Japón en viaje de estudios. Mi experiencia entonces en lo que a comida japonesa se refiere era muy limitada: una cena en París en un restaurante en el que casi me vuelvo del revés. Me pareció espeluznante. Y sin embargo, mi gran descubrimiento en Japón, aparte de Japón, fue la comida. Con la excepción de un almuerzo a base de algas de todos los colores pero de un sólo sabor (el repugnante), me pareció una comida deliciosa. No sólamente los sabores, sino también la textura, los colores, la presentación, todo, me pareció una auténtica maravilla. Algo muy sorprendente, especialmente cuando yo esperaba estar una semana a base de patatas fritas y galletas. Las sopas, las carnes, los pescados, los mariscos, las frituras, los arroces, las verduras, todo estaba exquisito. Y daba un poco igual el restaurante, porque fuimos a buenos sitios, pero también a restaurantes rápidos en centros comerciales. Daba igual: aquello fue toda una experiencia gourmande.

Fuera de Japón, la comida japonesa siempre me ha parecido una porquería. Y no crean, que lo he vuelto a intentar en varias ocasiones. Sí, ya sé, ya sé, es que no elijo el buen restaurante. Pero a cambio, siempre elijo el menú degustación, que se supone que es el top de lo que pueden ofrecer. Y vaya, si eso es la degustación, qué será el «plato de resistencia»… Y el caso es que tiene buena pinta, la comida, tan mona, el cuenco de arroz bien pegadito, los pegotitos verdes y amarillentos de algo, el salmoncito rosado de cobertura de «esa cosa», la tempura, el sushi, el sashimi, el yakitori chinpún y el cliente con los palillitos yendo y viniendo, comiéndoselo todo, huy qué rico, y las salsitas, ésa es dulce, ésa es salada, ésa no sé pero pruébala, ni de coña, pruébala tú antes y ya me dices. Y luego, cuando acabo de comer y digo que me ha parecido una mierda, como siempre, y cuento lo de Japón entre suspiros de nostalgia, mi acompañante de turno me dice: no, es que este restaurante no es bueno, te voy a llevar a uno que es comida japonesa de verdad… Qué aburrimiento de promesa.

Para mí que no hay «japoneses de verdad» si no es en Japón. La materia prima no es la misma, y luego que es como si yo monto un restaurante español en Kioto: pues se pueden morir los clientes como se coman una tortilla de patatas que yo haya cocinado, aunque me llame Carmen Jiménez y haya nacido en el barrio de la Guindalera. Aquí yo no tendría éxito, y me parecería normal, pero llega Tamura Horikogui, un suponer, se viste con un mandil de motivos manga, se pone a hacer sopa, le llama Guachimiji, y el pijo de turno se deleita. Y luego se pone a hacer albondiguillas o fríe unos trozos de pollo y los ensarta en un pincho, le llama Yokoporo y ahí estás tú, comiéndote un pincho moruno infame y diciéndole arigato al camarero. Miren: en España ni se te pasa por la mente comerte unas albóndigas en un restaurante si no es de confianza, excepto si es un japonés. Eso sí: te las comes con mucho arroz y un par de palillos.

Ayer estuve en París, visitando un centro comercial. Cuando terminamos la reunión, nuestros anfitriones nos propusieron ir a comer a uno de los restaurantes del lugar. Nos dieron a elegir y entre las opciones, un japonés. En el límite, hubiera preferido un Mac Donalds, la verdad, pero nunca protesto en comidas de trabajo. Y ahí estaba yo, como una campeona, pidiendo un extra de patatas fritas con ketchup de acompañamiento. Por si los japos. Se ve que no tengo buen saque…

Museo de la Historia secreta de Las Navas del Marqués

Tomás García Yebra es un periodista y escritor de Las Navas del Marqués que ha querido recuperar la esencia del pueblo montando un museo – librería en lo que es parte de su casa. Para explicar la iniciativa, te cuenta divertido que “era esto o comprarme un coche” y tú asientes con la cabeza de manera mecánica sin comprender muy bien qué tendrá que ver una cosa con la otra, y sin saber si lo que fue fácil fue la decisión o la disyuntiva.

El caso es que Tomás ya se ha ocupado de Las Navas en muchos otros momentos de su quehacer creativo. Lo hizo cuando escribió la primera y la segunda parte de la Historia secreta de Las Navas del Marqués, en la que nos cuenta la historia del pueblo y algo de su intrahistoria, que salpica con acontecimientos, anécdotas y pasajes que si no los has vivido en primera persona, es porque te los han contado los protagonistas. También con la edición de un libro de fotografías publicado este año junto con el fotógrafo del pueblo, Manzanero, en el que fija la memoria y en el que no permite que las imágenes mueran en el olvido de un cajón: una fotografía está muerta cuando no se sabe quiénes son ni cómo se llaman los que aparecen en ellas

Pero la librería-museo es digna de ver. Como él dice “si hubiera tenido dinero, lo hubiera estropeado”, y yo creo que hay mucha verdad en esto. Los libros se distribuyen con cierta anarquía en mesas construidas con palés, en arcones rescatados de alguna casa en ruinas y hasta en una carretilla apoyada en el tronco de un árbol. Y Tomás te explica cómo se sangra el pino resinero que hay en medio de la librería y te va mostrando las herramientas necesarias fabricadas por el herrero del pueblo; o que cada cencerro tiene un sonido aunque a ti te parezcan todos iguales y que por eso cada vaquero sabe dónde están sus vacas; o te cuenta cómo está construyendo poco a poco la preciosa maqueta de tren que tiene en el piso de abajo; o que la gente va trayéndole cosas, antigüedades, para que las exponga en la casa museo; o cómo se le ocurrió poner una escalera en el techo, para decorarlo… Y tú pasas un rato de lo más agradable y decides volver para hacer fotos y dedicarle un post.

Y aquí está el post. Y menos mal que no decidió comprarse un coche…

Si pasan cerca, visítenlo. Yo creo que les gustará. Está en el Barrio de La Estación de Las Navas del Marqués, al lado del bar Martigón.

El poblachón

Si llevas más de 30 años yendo a un pueblo a veranear y a pasar fines de semana en invierno, entonces tienes que aceptar que en algún momento lo has querido y que te aporta todavía alguna cosa. Eso que yo llamo el poblachón, sin intención despectiva, se ha convertido en un pueblo vulgar que tiene el encanto que le otorga la memoria, en la que yo me encuentro con una niñez tan feliz como toda niñez y una adolescencia tan complicada como todas las adolescencias. Hoy es un poblachón que se empezó a dejar la personalidad con las subvenciones que llegaron de Europa y terminó de perderla con las que llegaban de la Comunidad Autónoma. El boom inmobiliario sólo puso la guinda al destrozo perpetrado por alcaldes mostrencos que imaginaron la comodidad y la modernidad del pueblo tomando como referencia cualquier suburbio de Alcobendas, con mucho asfalto, mucho ladrillo visto y muchas rotondas con parterres de flores.

Un lugar en el que un veraneante valía menos que una vaca así que cuando la vaca vale cada vez menos, figúrate el veraneante. Un pueblo que tuvo dos cines y que hoy recurre a un proyector comprado en un chino para distraernos en las noches de verano (que allí son como las noches de invierno en Málaga) dice mucho de la inteligencia que aplica el consistorio a eso de atraer veraneantes. Y es que los defectos del poblachón antes se miraban con encanto y ahora se soportan con espanto. Porque se trata de un pueblo que confunde muy a menudo lo económico con lo barato, y que considera que una instalación de calefacción es incompatible con la conservación de una casa construida en piedra.

El resultado es que allí sólo vamos los de toda la vida, siempre y cuando conservemos la afición. Y la derivada es que cuando estás allí, además de alimentar la lorza con patatas revolconas en el aperitivo y botellines con cacahuetes por las tardes, no tienes ni una sola preocupación de las que sobrevienen cuando estás en Madrid o cuando te vas de viaje a cualquier esquina del mundo. Eres tú y no puedes ser otra cosa. Todo es tan apacible como rutinario y sólo te importa el aburrimiento cuando llevas más de dos semanas allí y empiezas a cansarte de los pinos (y de lo que no son los pinos).

Pero el poblachón vivió otro tiempo, y no solo en mi niñez y mi adolescencia. Un tiempo que está recogido en un museo del que les hablaré otro día, porque merece un capítulo aparte.

Comparaciones ociosas

Nos fuimos al hotel, en la Ruta 66. El hotel era una especie de motel de carretera, horrendo, antipático, hortera y sobre todo, libre de humos. Eran unos pesados con esta historia, y hasta nos hicieron firmar un papel de compromiso – bajo pena de multa de 200 $ – como garantía de que no fumaríamos. Y no fumamos. A cambio les dejamos los alrededores bien llenitos de colillas, aunque eso sí, exhalando siempre el humo hacia el campo. El hotel tenía además un detalle encantador: pasaban unos trenes de mercancías larguísimos y ruidosísimos cada media hora más o menos, y allí retumbaba hasta el flequillo de la portera. Otros detalles con glamour eran un búho de plástico en el tejado y un pony también de plástico en la entrada. En fin, un hotel para olvidar, aunque no será fácil, esas experiencias se quedan grabadas a fuego.

Susana le quitó hierro al asunto argumentando que en peores sitios habíamos dormido. Decir esto es una gran verdad si haces un razonamiento rápido, secuencial, casuístico y comparativo, pero si lo piensas despacio te das cuenta de que es una majadería, porque reconocer que hay sitios peores no le añade ni una pizca de simpatía a aquel hotelucho de mierda. Así es que yo le di la razón un poco para no discutir y otro poco para evitar que la cara de “decepción” de Paula nos contagiara a todas y termináramos volviéndonos a Phoenix».

De mi cuaderno de viaje Verano 2008 (EE.UU.)

Conducir

No estoy muy feliz por el post que puse ayer y nada más colgarlo ya estaba arrepentida. De hecho, había escrito este. Pero vi la tele antes… Ay. Así es que hoy les pondré el post de ayer que, aunque recalentado, va fenomenal para que desengrasemos. Hablemos, pues, de conductores.

Yo no conduzco mal, aunque ¿quién reconoce que conduce mal? Casi nadie. Así es que, como todo el mundo, diré que yo conduzco bien, que no es lo mismo que decir que yo conduzco bien como todo el mundo. Con seguridad, sin dar tirones y sin que salga despedido algún pasajero por la ventanilla al dar una curva, a la velocidad adecuada y sin estorbar, respetando a los demás y, lo que es más importante, sin ponerme nunca de mal humor. Esto puede sorprender un poco, porque tengo carácter y cuando me enfado, me enfado. Sin embargo al volante suelo relativizar mucho y es muy raro oirme gritar o enfadarme con otro conductor, o pitar. Creo que el pito (lo que los cursis llaman claxon) sirve para avisar, no para regañar. O sea, que una de mis originalidades es que en el coche yo cambio a mejor, es decir, al contrario que la mayoría de las personas.

Mi amiga M. por ejemplo (podría poner su nombre, pero luego me dice que quebranto su intimidad, ya ves qué bobada, como si no hubiera otras Merches en España), es una persona muy tranquila, que no se enfada nunca, prudente, educadísima y con una enorme paciencia con los demás. Y sin embargo, al volante se pone como una fiera taurina. Regaña a los demás, gesticula, hace pirulas (del tipo de colarse en las filas), pita en los semáforos en cuanto se ponen en verde, mete el morro amenazadoramente como otro se intente cambiar de carril sin pedirle permiso… Es decir, una persona de lo más apacible se convierte en una macarra de tomo y lomo en cuanto se monta en el coche. Yo se lo digo: M. (en la práctica, yo la llamo Merche, porque si no, puede pensar que la estoy llamando macarra) cualquier día vas a tener un disgusto porque te vas a encontrar con uno mucho más macarra que tú, que ya es decir.

Hay muchos tratados y explicaciones sobre el porqué de estos cambios al ponerse al volante. Que si la inseguridad, la sensación de poder que confiere la máquina (tanto mindundi en 4×4 no puede ser sano para la convivencia), que si el miedo y la ansiedad que genera el tráfico, que si el territorio y la propiedad, que si la mala educación, la redondez del volante, la simbología fálica de la palanca de cambios, los efluvios de la gasolina, la mala salud bucodental, el dolor de ovarios en esos días del mes, la falta de sueño debido a los horarios poco conciliadores, las penurias de la afectividad moderna y hasta el mal sexo por las noches… Miren, yo creo que son las prisas y que no vamos atentos. Y poco más.

De vuelta, qué bien

Ayer domingo, cuando volví a mi casa de Madrid, besé el suelo del recibidor. A ver, es un decir, que esto pretende ser un inicio literario, no literal. Realmente, ni caí de hinojos ni me puse como una mahometana cualquiera a dar con la cara en el parqué, entre otras razones porque ese suelo lleva un mes sin que se le pase una triste mopa, pero vds ya me entienden. Que bendije mi casa, vaya, mi amado Madrid, mi adorada rutina y mi querida vida normal.

Hace años, partía las vacaciones hasta el punto de no saber por la mañana qué tenía que hacer, si ponerme el traje de baño o el de chaqueta. Ahora lo que hago es cogerme cuatro semanas, porque dos es poco, tres es lo ideal y cuatro es demasiado, y yo opto por el demasiado y así me encanta volver. Esto, que puede parecer irracional, es racionalísimo, y a las pruebas me remito: ayer abrí con arrebato la puerta de mi casa y hoy he ido casi enardecida- aunque algo empanada – a trabajar.

Tengo un montón de cosas que contarles, y si tienen paciencia tal vez para fin de año se hayan hecho una buena composición de lugar sobre lo que ha sido mi veraneo 2012. Pero alternaré vivencias pasadas con ocurrencias presentes, no se den de baja todavía, por favor. Porque aunque ya les he ido adelantando el veranito que me han dado los bichos rurales, les tengo que contar cosas sobre el Pueblo inglés, sobre el estrés que me provoca el renacer del Feisbuk en mi vida (oh, señor, otra red social que alimentar), mis avances en materia de padel, mi regreso al Gin Tonic simplificado, mi «ingreso» en otro club de libros (y será el tercero, con la consiguiente desazón ante mi velocidad lectora), el descubrimiento de un museo, mi odio cada vez más africano por las piscinas,mi renovado amor por el poblachón, mis paseos mañaneros por el pinar, mis placenteras siestas, mis problemillas de cobertura, y hasta puede que les hable de incendios y de cabrones.

En fin, que lo más probable es que tenga que hacer un planning porque luego llega el largo invierno y hay días que no sé qué contarles, y así me pasa, que me abandonan, no me leen, no me recomiendan, no me quieren, no me comentan y… y no sigo por no parecer Calimero. Hablando de Calimero, a constatar la factura del verano: me fui con 58,5 y he vuelto con 61,2 kilos. Sólo os diré que me ha salido una segunda lorza, se ve que la piel de la primera no da de sí como para albergar más bambas de nata, más patatas revolconas, más cervecitas y más pan de chapata. Pero de esto ya hablaré en otro post, les ruego no se ensañen en los comentarios.

Bienvenidos al nuevo curso de Un mundo para Curra. A ver si nos podemos reír, aunque sólo sea un poco.

Arañas

La vi de reojo, caminando precavida, por la fachada de la casa. Tal vez si no se hubiera movido no la habría visto. Yo estaba a la conversación, una charla tranquila en una noche serena de agosto.

Traté de seguir a lo mío, a lo nuestro, a lo de los humanos. Una copa, un cigarrillo, buena música y una conversación templada con la temperatura y la falta de barullo. Pero allí estaba, dispuesta a colarse en una casa, a trepar por una cañería, a llegar a una habitación y esconderse entre unas sábanas, a clavar su colmillo en la piel de un niño, a dejar su ponzoña en la sangre de un anciano, de un enfermo, de un débil, a asustar con su aparición, a sobresaltar con su presencia.

No sé si llegué a decir espera, un momento, perdona, pero va a hacer el mal, no me gusta matar bichos, son animales y dios los ha puesto en la Tierra por algún motivo, pero va a hacer el mal, la Naturaleza es sabia, espera, perdona, un momento, comprendo que tienen que vivir para que otros mueran, que tienen su lugar en el mundo y que por eso lo ocupan, pero va a hacer el mal, si no hoy en un futuro, si no ella sus hijos, y si no sus hijos, los hijos de sus hijos, no importa lo que haga si no lo que puede hacer, y tal vez no haga el mal, pero puede hacer el mal, un momento, espera, perdona.

Me levanté, tiré la araña al suelo y la pisé.

La había visto de reojo, caminando precavida, por la fachada de la casa. De una casa en la que ya no vivía nadie. De una casa deshabitada.