El viento maligno del poblachón

poblachón-unmundoparacurraSe lo tendría que haber contado el domingo, o el lunes, pero se me cruzaron los sanfermines y se me fue la cabeza. Bueno, nunca es tarde para hablarles del poblachón, ahora que hemos empezado una nueva temporada con el acontecimiento que abre oficialmente el verano: las fiestas.

Ya tengo por ahí escrito lo que es el poblachón cuando arden fiestas. El cartel a la entrada del pueblo, que languidece durante todo el invierno apagado, de pronto cobra vida y se enciende, jacarandoso, para decirnos eso: Felices Fiestas. Y eso, en Julio, significa un montón de jovencitos en chandal, un montón de señoras de la mediana edad arregladas como para ir de boda y un montón de señores mayores con pantalón marrón y camisa blanca de manga corta. Y todos, sin casi excepción, andando muy deprisa y medio encogidos, porque llegan los vientos polares que amargan siempre el primer sábado de Julio.

Este año parecía que nos librábamos. De reloj y medida la temperatura, a las 9 y cuarto de la noche volvía yo a casa a ducharme y caían 25 grados. Una hora después eran veinte y a eso de las 11 y cuarto ya estábamos todos tiritando. Lo de menos en el poblachón es la temperatura. Un viento maligno, que sopla de un monte cercano en donde según un amigo las nieves son perpetuas, se despierta siempre cuando menos falta hace y deja todas las conversaciones pimpando de palabrotas. Porque el «me cago en la puta qué frío hace» es lo más fino que se oye por esos barrios.

Este año mi amigo Javi organizó una fiestuqui para ver los fuegos desde la terraza de su casa, que se ven muy bien. Y de lo que quiso decir el maestro pirotécnico a lo que se vio realmente podía haber la misma diferencia que hay entre una jirafa y un saltamontes, porque el maligno se llevaba las luces de un lado a otro como con rabia, y se montaban unos atascos de chispas que hacían del espectáculo una ceremonia incomprensible. Las luces naranjas, previstas en el centro del mosaico verde y blanco, aparecían arremolinadas por el lado de la izquierda, mientras que los dorados se esquinaban hacia la derecha y lo que debía ser un palmeral se convertía en un puerro. Muy naïf todo.

Terminamos bailando a los Bee Gees alrededor de la mesa en un anticipo de lo que sería el tachunda que al final no fue. O que no fuimos, que ya será la temperatura más benévola otro día, porque sábados de tachunda hay para dar y tomar. O no. Pero eso será otro post.

Tiempo

El tiempo es tiempo y sólo tiempo. Incluso cuando se tiene prisa, incluso cuando se va despacio, el tiempo es tiempo y sólo tiempo. Comprenderlo es sencillo: después de un lunes viene un martes y hoy ya no será hoy después de las doce. Y el día de ayer contó con las mismas horas que el día de mañana, los siglos se reparten en años, y los años en días, y los días en horas. Aquí y en cualquier lugar del mundo, hoy y siempre, y siempre es todo el tiempo, igual que nunca, que también es todo el tiempo.

«No tengo tiempo…» ¿Y quién lo tiene? No se puede guardar, ni almacenar, ni cambiar. Ni se puede comerciar, ni comprar, ni vender. No se recupera, no se gana, no se pierde. No sobra, porque no falta y no falta porque siempre hay el mismo, y porque tú deberías saber a qué hora se moverán las agujas de tu reloj, no es tan difícil. No importa cuánto, no importa cómo, no importa dónde ni por qué. Importa cuándo. Y no hay nada que explicar, como mucho sirve de algo medir. Y no hay más.

El tiempo es la única dimensión, la única variable, conocida y medida de antemano, inmutable, perfectamente previsible, cuya medida está pautada y aceptada universalmente. No saber organizarlo implica ser profundamente estúpido. O profundamente débil. Cerebros deslavazados que te dicen que no tienen tiempo… ¿Y quién lo tiene? Piensan que podrían tener el tiempo para controlarlo, como si pudieran hacerlo, como si se lo permitiera algún dios del Olimpo, como si eso estuviera a su alcance, como si su alcance llegara muy lejos, más lejos que el propio tiempo. Una ambición que, de puro absurda, se convierte en la nada, en la nadería del descontrol de los propios actos, el no dominar ni tus propias respuestas, que siempre pierden su momento de razón. Lo mismo da un sí o un no, hasta la palabra se improvisa, y ya no sabes dónde estás, dónde te perdiste, y el tiempo ya es espacio, y tu compromiso se convierte en una quimera inmanejable.

Personas que saben apenas lo que tienen que hacer, pero no saben cuánto tiempo les llevará. Peleles incapaces de entender que nada se puede ordenar aleatoriamente, porque entonces deja de ser orden, y que sólo a veces se puede ordenar lo aleatorio, pero entonces deja de ser aleatorio. Tontos que corren de un lado a otro y que creen que dominan el qué, el cómo, el porqué, y entonces creen que pueden engañar al cuándo. Y corren detrás del tiempo, que no corre nunca, que mantiene el mismo ritmo siempre. Siempre. Siempre. Y nunca. Personajes absurdos que van y vienen, sin que pase nada nunca, aunque algo pase siempre. Creen que por ir deprisa ganarán al tiempo. Pero el tiempo es tiempo y siempre tiempo, y sólo se deja alcanzar cuando ya ha pasado.

Y el tiempo los acoge, los muerde, los mastica. Y al final, los escupe.

¡Por culpa de ese infame moriré!

Ayer yo visité la cárcel de Sing Sing y en una de sus celdas solitarias un hombre se encontraba arrodillado al Redentor: Piedad, piedad de mí, mi Gran Señor. Mas cuando me miró, a mí se abalanzó y con voz temblorosa y entrecortada:

– Escucha triste hermano esta horrible confesión, aquí yo condenado a muerte estoyYo tuve que matar a un ser que quise amar, y aunque aún estando muerta yo la quiero, al verla con su amante a los dos los maté: ¡por culpa de ese infame moriré! Minutos nada más me quedan ya pa’ respirar, la silla lista está, la cámara también. A mi pobre viejita, que desesperada está, entréguele este recuerdo de mí.

Y entonces, José Feliciano, que una de dos, o fue quien entró en la celda solitaria o alguien se lo contó de muy primera mano, fabricó esta canción para llevarle un recuerdo a la madre del condenado.

Y a mí me da muchísima penina, la pobre viejita, pero reconozcan que lo que es verdaderamente retop es eso de ¡Por culpa de ese infame moriré!

La inspiración, de SC

Polillas en Madrid

Nos invade una plaga de polillas en Madrid. Son muy grandes, por lo visto. Yo no puedo decir cómo son porque no me he topado con ninguna en vivo.

Pero ¿cómo de grandes? ¿como una nuez? ¿como una naranja?  ¿como un melón?

Mi hermana pone el pulgar y el índice en pinza, con ese gesto tan característico con el que las mujeres explicamos lo que son diez centímetros.

Así. Y tengo la casa invadida. Me han entrado muchísimas.

– ¿Muchísimas son 100? ¿son 1.000? ¿son un millón?

– No he contado todas las que tengo en casa. En la cocina tenía cuatro, vale,  pero es que cuatro polillas juntas son muchísimas. Tengo la casa con un aroma a Polil que no hay quien pare.

– He oído en la radio que no hay que usar insecticida. No dijeron por qué, pero tal vez no se conozca el efecto: igual les echas spray, hacen PUF y se convierten en canario…

Ya sabíamos que eran inofensivas. Pero es que hoy leo en El Pais que no son polillas, sino mariposas. Si hubieran tenido las alas de colorines, Montoro habría salido en la televisión diciendo que España es un país atractivo y que las mariposas preceden a los capitales. Como son horrendas, saldrá en la tele diciendo que las polillas están de camino al norte de Europa, ese lugar de donde salen los objetivos. Bueno, o no, o probablemente no dirá nada, que él ya bastante tiene con buscar Messis con los que asustarnos.

No las mates, que son mariposas. No se comerán tu ropa. Son animalitos que están de paso y se han desorientado, pero sólo buscan el norte para ser fecundadas. Las mariposas son tus amigas: me parece una crueldad que mates a unas pobres lepidópteras en busca del amor…

– ¿Lepidópteras en busca del amor? Bien. Te traeré un par de ellas en una cajita. Y podrás criarlas a tu gusto, besarlas, reproducirlas, encerrarlas en el armario o comértelas con salsa de tomate… Mmmm… ¡Imbécil!

Esta plaga está poniendo a prueba nuestra intuición política y hasta nuestros buenos modales, por no hablar de nuestro amor por los animales y la naturaleza. Es lo que tiene no disponer de unas alas de colorines. O no crecer, y quedarse en gusano. Qué cosas.

 

El búho desafiante

Buho plástico antipalomasSí, esto que ven a su derecha es lo que parece: un búho de plástico. Y sí, estoy completamente de acuerdo con vds: es espantoso. Y ahora viene la confesión: la foto está realizada en la terraza de mi casa.

Verán, yo les aseguro que soy una persona con buen gusto y que tengo una casa que, vale, puede que no sea lujosa y moderna, y puede que tenga que penar con algún detalle familiar pleistocénico (de esos de los que nadie puede librarse), pero desde luego tiene una decoración discreta, amigable y, sobre todo, libre de estridencias. Después de lo anterior vds se preguntarán cómo es posible que haya puesto esa horterada en la terraza. Y yo se lo voy a explicar en cuanto acabe este párrafo.

Verán, la culpa es de las palomas. Curra no da para más: las muy lagartas se han dado cuenta de que es inofensiva y que podían usar sus ladridos para bailar un chotis, y me tenían la terraza literalmente llena de cagarrutas. En fin, yo no uso la terraza para gran cosa, pero desde luego descarto que se convierta en un retrete de urgencia para palomas cuando van de camino a la azotea del edificio, así es que el búho ha sido la solución.

Reconozco que cuando mi hermana apareció con el búho en casa, me entró la risa y pensé que todo era una de sus chaladuras. Pero luego mi madre me tranquilizó:

– No, no, no es cosa de tu hermana: tu cuñado dice que son eficaces y que sí funcionan: ya ha puesto dos en el jardín…

No se hable más, porque si es verdad que esta hermana mía hace cosas rarísimas, mi cuñado por el contrario es un hombre cabal, juicioso y poco amigo de frivolidades. Así es que ahí tienen al heroico guardián anti-cagarrutas, al que llamamos Olegario, que es nombre contundente, ensartado en un palo hueco y mirando desafiante a las palomas invasoras. No teníamos a mano una majestuosa cinta de cetrería y por eso le hemos puesto una negra de dobladillo, pero no nos parece que ese detalle aminore su capacidad de disuasión frente a la diarrea permanente de esas brujas: si no se dan cuenta de que Olegario es de plástico, tampoco creo que reparen en que si lo atamos no es para evitar que emprenda el vuelo, sino para que no se caiga al suelo al primer golpe de aire.

No descarto que esta historia termine con la porquería chorreando por la cabeza del búho: sólo me queda esperar que la estupidez de las palomas supere su descaro. Y, sobre todo, su incontinencia.

El otro

– Yo es que soy muy diferente en el trabajo.

Esta frase, o una variación (yo cuando estoy con mis hijos me convierto en una persona muy diferente), se oye mucho por el mundo. Y a mí siempre me ha parecido una perfecta majadería. O quizá no me lo ha parecido siempre, e incluso es posible que yo lo haya dicho alguna vez. Ustedes me lo van a perdonar y si no, aténganse a las consecuencias: yo fuera del blog soy muy recorosa.

Salvo en casos diagnosticados de trastorno de personalidad, cada uno es uno y nada más que uno. Está claro que tú no te vas a emborrachar como un piojo delante de tus hijos o de tus padres, pero esto lo único que me demuestra es que eres una persona cauta, prudente, responsable, o incluso temerosa del bofetón que te puede soltar tu progenitor, pero no que sólo seas juerguista en días alternos. Es como si dices que sólo llevas pijama cuando duermes: anda, pues claro. Pero que no beses amorosamente a tu jefe no te convierte en un ríspido, es sencillamente que no le amas como para eso. Quiero decir que si eres una persona resolutiva, lo serás y lo demostrarás en cualquier circunstancia que te permita ser resolutivo. Un caso práctico: si estás en el zoo mirando cómo rumian los ñus, pues no parece que tengas muchos motivos para resolver nada, pero si tu acompañante lleva un pantalón de color lechuga y de pronto ves que el ñu se le acerca a la pernera con ojos golositos, tu capacidad de resolución se activará al instante y o le pegarás una patada al ñu, o empujarás a tu amigo para que el ñu no lo devore, pero hay que descartar que salgas corriendo. Ñu aparte, si llegados a este punto no me han comprendido, no sigan leyendo porque no creo que esto mejore.

Si no te gusta llamar la atención, no te gustará en ninguna circunstancia y lo evitarás. Si eres una niñata mimada, ñoña y estupidina lo serás en cualquier ambiente, aunque vayas de tía experimentada y capaz de adaptarte a cualquier circunstancia. Si eres tímido, lo serás en todo momento, y no sólo con las personas que no conoces (esto de «Yo sólo soy tímido con las personas que no conozco» es de aurora boreal). Si eres una persona meditabunda, callada y reflexiva lo serás siempre. Y así si eres bromista, o empático, o broncas, o generoso, o desconfiado. Y así también si eres una persona inteligente, o por el contrario te has creído que los demás somos los idiotas, porque al inteligente se lo conoce tanto cuando habla como cuando calla.

Sin embargo, nos encanta decir que en otros ambientes somos distintos. Nos encanta eso y decir lo de «huy, tú no me conoces, no soy como te parece». Pero se nos caza a la legua. Mi madre dice que la falta de dinero y de educación no se pueden ocultar, pero, estando de acuerdo – ya se sabe que las madres tienen la costumbre de llevar la razón siempre -, yo creo que, en general, los rasgos de tu carácter tampoco se pueden disimular.  Ni siquiera por escrito, o quizá mucho menos por escrito. La ilusión de que hay otro, como si fuéramos la luna y tuviéramos una cara siempre oculta, es sólo eso: una ilusión.

O pamplinas.

Y ahora, piénsenlo. Y, salvo que se apelliden Jekyll, dejen de decir tonterías.

De camping en La Vera

Curra-en-el-campingEl caso es que el fin de semana pasado Curra y yo estuvimos con unos amigos del Poblachón en Cuacos de Yuste, un lugar encantador de la Vera, en Extremadura. El motivo, según rezaba el mail de «invitación» era disfrutar de la naturaleza con nuestros hijos. Bien, ya saben vds que yo no tengo hijos, así es que ése «nuestros» me lo tomé como parte de la retórica del email considerando que quien cursaba la invitación iría sin su hija, que ya tiene edad para irse al campo con sus propios amigos. Y en cuanto a mi relación con la Naturaleza… digamos que parece distante, aunque ésta es una apreciación sin duda exagerada porque no soy fan pero tampoco llego a la completa indiferencia. Dejémoslo en que me gusta ver las montañas nevadas, los almendros en flor y el campo en otoño, y que incluso soy capaz de dar algún que otro paseo sin motivo aparente ni destino concreto por un camino sin asfaltar. Pero vamos, interesarme, interesarme, me empieza a interesar la excursión cuando sacan los botellines, para qué vamos a engañarnos. Con todo, lo más inquietante era la parte logística: dormiremos en tiendas en un camping. El razonamiento era… bien, no había razonamiento alguno ni falta que hacía, pero el colage conceptual entre niños, naturaleza, disfrute y tienda de campaña quedaba de lo más armonioso, ésto he de admitirlo.

A pesar de la armonía, mi respuesta fue tajante. Disfrutar, niños y naturaleza me va bien, pero hace ya muchos años que descarté el dormir sobre un hormiguero como experiencia vital imprescindible. Tenía ésa y comer coliflor, pero mira tú por dónde me invitaron a una cena, la dueña de la casa me la sirvió en bechamel y tuve que comérmela. Así es que esto de morirme sin haber dormido bajo las estrellas con ratoncillos y largartijas dándose un garbeo cerca de mi almohada creo que podré conseguirlo si no media una guerra, y aún así creo que puedo evitarlo si cojo un avión a tiempo. Porque verán, yo soy bastante sufrida para lo de dormir, pero nunca me ha interesado la lógica mochilera, ya no digamos la estética. Y eso por no hablar del concepto que tenemos en España de los campings, que es oir la palabra roulotte y empezar rascarnos. Pero esto es por desconocimiento, todo hay que decirlo. Por desconocimiento en mi caso voluntario, eso también hay que decirlo.

Pero lo que casi peor he llevado de esta historia del camping es haber tenido que soportar desde los clásicos «ay, no te pega nada» o «¿Tú a un camping?» hasta un desconcertante «llévate chanclas y gorrilla» que me llegó al fondo de mi sufrido corazón. Porque he de decir que me apunté, pero desde el principio puse como condición dormir en una habitación normal con cama y baño individual. Así es que como había bungalows en el complejo (nótese cómo cuido mi personal branding), el grupo ocupó tres de ellos y el resultado fue 8-5 a favor de los que dormimos en cama, Curra incluida. Y cuanto al colage educativo, ganaron por 3 a 1 los niños que han dejado para la adolescencia eso de conocer la naturaleza por la parte de no pegar ojo.

Por lo demás, ha sido un fin de semana estupendo en el que hemos disfrutado del sol, de la comida extremeña (ah, las migas), de los ríos, del verde campestre, del monasterio de Yuste y de los botellines y los gintonics en dosis serenas. Un fin de semana en el que se puede dormir en un bungalop, en un bungaló, y hasta en un bungalof con tal de no dormir en una tienda.

A mis queridos Tito y Ana C.

Un equipo de leyenda

Guapetonas-FC-unmundoparacurraNo se alarmen que no voy a hablar del Madrid, sino del equipo de chicas que jugábamos un partido de fútbol en el poblachón cada verano. Ya saben, el clásico chicas contra chicas de dos pandillas diferentes, en donde los chicos se jugaban un honor bastante elemental y nosotras arriesgábamos rompernos una uña. Y además de estas cosas tan prosaicas, nos apostábamos un barril de cerveza, en el entendido de que las copas ya las disfrutaríamos por la noche, cuando estuviéramos todos duchados y con zapatos.

Las otras, o sea las del equipo contrario, elegían siempre ir de blanco, monísimas y muy bien conjuntadas, y nosotras intentábamos ir de un azul que siempre era muy inconcreto. Tan inconcreto que alguna tiraba por la calle del medio y se ponía la camiseta que favoreciera más a su moreno. Esta necesaria tolerancia con el dress code no evitaba del todo el indeseable «y yo qué me pongo«, pero relajaba lo suficiente el uniforme como para ir cómodas y poder concentrarnos adecuadamente en el barril de cerveza, que era lo importante. Un color u otro, siempre las ganábamos por una razón fundamental: nosotras jugábamos organizadas. Ellas no. Ellas jugaban como se espera que jueguen las chicas, es decir, corriendo todas a la vez detrás del balón, chocándose entre sí y gritando mucho. Y es que nosotras teníamos hasta dos «entrenadores», que no nos entrenaban nada, porque a nosotras nos sobraba el talento como para desperdiciarlo en absurdas agujetas previas. A cambio, nos distribuían y decidían los cambios y los relevos. Y a veces nos pegaban algún que otro grito. Por ejemplo «¡Carmen, cuidado con ésa!», y yo ya sabía que tenía que esperar a que ésa le diera un puntapié atolondrado al balón para intervenir con calma, quitarle el balón con elegancia y echarlo fuera con prudencia (o dárselo a la portera con precaución, que era otra posibilidad). Y es que yo jugaba de líbero….

De todos modos, y organización aparte, éramos mejores. Fijas jugábamos YL (un crac, con libertad de movimientos), CL (finísima de extremo derecho), Ana C. (sensacional de media punta), Mª José y Yoli, (en el centro del campo con labores defensivas y de destrucción, un muro), y Beatriz y yo en la defensa (aunque yo no podía subir, porque me dijeron que yo era líbero pero por detrás de la defensa). Claudia era nuestra guardameta, y mandaba mucho y decía muchas palabrotas cuando tenía que intervenir, siempre con mucha valentía. En cuanto al resto, iban entrando y saliendo en posiciones aleatorias, con la clara misión de estorbar a las otras todo lo posible, gritar más que ellas, dar algún empujón y lanzar el balón hacia delante en cualquier circunstancia, sin importar demasiado dónde y a quién pudiera llegar. Así es que era un 2-2-3 con adornos, que se convertía en un arrollador 2-2-6 atacando y un inteligente 6-2-2 defendiendo, pudiendo llegar a un 8-0-2 si al equipo contrario le daba por venir en tromba, algo que pasaba cada cuarto de hora conforme iban recuperando el resuello.

Aparte de ese partido en los larguísimos veranos del poblachón, no jugábamos nunca al fútbol, entre otras razones porque no nos importaba un pimiento. Pero a pesar de disputar una sola final cada verano, aquel sí que era un equipo de leyenda. Qué copa de Europa ni qué copa de Europa…

One fine day, cinco versiones

Ayer, a la hora de la siesta, pusieron la película «Un día inolvidable», película que es una tontería perfectamente olvidable. El título original de esta película es One fine day, que también es el título de una canción muy conocida, que a mí me gusta mucho y que da lugar a un versionado muy interesante de Natalie Merchant. No sé si hizo la canción para la película o la película aprovechó el versionado, pero es igual. Este es el resultado:

NATALIE MERCHANT

Pero esta canción tiene muchos más años que la película. Yo conocí One fine day por Los Carpenters, una pareja de hermanos algo cursi de los años ¿70?, cuyo disco tenía mi hermana. Su versión es algo cursilona y un poco de feria de pueblecito de Ocklahoma. Esta es la versión:

CARPENTERS

El éxito de la canción original, sin embargo, es muy anterior, años 60, por The Chiffons, con una  versión mucho más duduá shubidú shubidú. No he encontrado imágenes, pero sí la versión, muy alegre, muy sesentera. Es esta:

THE CHIFFONS (1)

Se ve que hay 3 de las Chiffons que quedan y he encontrado todavía una versión suya en una actuación reciente. Ya están hechas unas abuelillas, pero tienen su punto de encanto, sigue siendo muy duduá shubidubidú, pero la canción resulta sin duda más marchosa.

THE CHIFFONS (2)

Pero si no me engaño, la canción fue creada por la gran Carole King, que naturalmente se permite versionarla. Les pongo el vídeo en quinto lugar y aunque verán a una Carole King con calambres en los dedos a la que parece que le da asco el teclado, llega a la mejor de las versiones. O si no la mejor, sí al menos la más fresca. Y aunque no fuera la mejor versión, qué más da: Carole King es maravillosa hasta cantando el Porrompompero. Ahí está, tan mona:

CAROLE KING

Y ya, que para un domingo es más que suficiente.

Trabajar con fotos

Y pensaréis que tengo abandonado el blog. En absoluto. He pensado muchísimo en él. Procrastinaba, supongo. Desde que ya sé lo que significa ese verbo, estoy encantada con él: lo practico a todas horas. Y es que he pasado una semana con el tiempo libre tasado, haciendo cosas normales, o que a mí me parecen normales y sin el menor interés.

Sin embargo, este fin de semana he tenido tarea, e incluso me he estresado un poco porque debía haber terminado la semana pasada. Y es que tenía que hacer un trabajo para un amigo (no diré el nombre esta vez) que consistía en manipular fotos. Una cuñada suya cumple años y el regalo consiste en un album. La gracia es que cada uno le entregue su foto con ella, dedicada en el momento. El problema es que algunos familiares no tenían fotos en donde aparecieran solos con la homenajeada. Así es que he estado trabajando con fotos de grupo en donde siempre sobraba alguien. Y me dirán «pues se recorta y ya está». Hombre, pues sí, salvo que, en algunos casos, no es tan evidente. Pondré un ejemplo con una foto imaginaria.

foto-manipulada-unmundoparaMiren la foto.  Y ahora imaginen que lo que se pretende es que el chico de la copa del fondo a la derecha se sitúe al lado de la chica con la blusa roja. Y además, hay que pretender que el resto no está. Este caso es relativamente facil, porque el fondo acompaña. A cambio, están situados en planos distintos, y agrandar o empequeñecer es muy peligroso.

Hacer esto sin que se note (o sea, no como la chapuza de la tarjeta de Navidad del Rey, en la que había piernas sin cuerpo y niños sin brazos), no es fácil, y a veces es imposible. Y además, lo que me pedían es que «respetara el acto», es decir, que no cogiera una imagen de una situación distinta.

He entregado 22 fotos para que elijan 7 personas. Hay una muy divertida, en un café, en donde hago «desaparecer» a tres mujeres de la familia. Es como si se hubieran ido al baño. Y otra en donde alargo un sillón, me invento un cojín para tapar una pierna que no debía estar ahí, y desaparecen tres personas que estaban posando de fondo. En otra, un sobrino que está sentado en un poyete cambia de sitio. Con el poyete, claro, porque necesitaba sus piernas colgando para tapar a otro. A veces tienes que bajar un techo, o imaginar cómo continúa el paisaje…

Modificar una foto porque sí es una parida, y más ahora, que se hacen fotos y se pueden ver en el momento, de manera que si no sales bien, la puedes hacer repetir de inmediato. Sin embargo, trabajar con fotos y hacer estas cosas con un fin preciso es muy divertido, casi casi como hacer maquetas. Pero eso ya lo contaré otro día.

Ahora, voy a dar por finalizado el fin de semana. Chin pun.