La última noche en Twisted River

Hoy es día 1 y toca reseña del libro del Club de Lectura. Este mes hablaremos de un libro de John Irving que se llama, ni más ni menos, La última noche en Twisted River. Si os digo la verdad, no sé ni por dónde empezar la reseña, así es que iré sobre seguro y empezaré por comentar lo que más me ha gustado: lo que más me ha gustado de este libro es el título. Vamos, sin ninguna duda. Lo que ya me resulta muy difícil es deciros qué es lo que menos me ha gustado… Tal vez haya algún spoiler en la reseña, de manera que si el título os parece atractivo y molón, no sigáis leyendo este post. Mi consejo es que tampoco sigáis leyendo el libro, pero allá vosotros, a mí no me digáis luego que no os avisé.

Un cocinero y su hijo viven en un asentamiento maderero del noreste de EEUU, dedicado a la tala y transporte de árboles por el río, en los años 50. El ambiente, por si no os lo podéis imaginar, yo os lo resumo: feo, brutal, miserable y sórdido. El cocinero está liado con una india monstruosa (allí todos son monstruosos), y una noche, cuando la india está a horcajadas encima del cocinero haciendo lo que seguramente estáis suponiendo, el hijo de doce años entra en la habitación, confunde a la india con un oso, piensa que, por los movimientos, se está cenando al padre, y va, le pega un sartenazo en la cabeza, y la mata en el acto. Lo del acto se puede entender de dos maneras, y ambas son correctas, si bien una de ellas es redundante con lo de las horcajadas.

La cosa se habría quedado ahí y no hubiera tenido mayor importancia, si tenemos en cuenta que el niño vive en un sitio en donde es posible confundir a la amante de tu padre con un oso que se ha colado en el dormitorio. El problema es que la india está liada a su vez con el sherif del pueblo, que es una mala bestia además de una mala persona. Así que el cocinero decide prudentemente largarse de Twisted River la noche del título del libro para que el sherif no los mate a los dos, al padre por acostarse con su amante y al hijo por A) confundirla con un oso y B) matarla de un sartenazo. Luego el cocinero va montando restaurantes conforme va huyendo del sherif de una ciudad a otra, el hijo se hace escritor y así, el padre cocinando y el hijo escribiendo, llegamos al 2005 y por fin el hijo se decide a contar la historia del sartenazo (y todo lo que ronda). Por su parte, John Irving decide que ya es hora de ir publicando, que ya llevamos 700 páginas y aquí cabe comentar que es una verdadera lástima que no haya sido éste el primer libro de Irving, porque nos habríamos ahorrado unos cuarenta años de historietas y unas cuantas siestas imprevistas a media mañana.

John Irving, a mi entender, en esta novela hace un ejercicio de metaliteratura. En realidad la historia que nos está contando es la del escritor- hijo, y la novela realmente cuenta cómo el hijo va componiendo sus novelas en función de su peripecia vital hasta que decide abordar y escribir la historia que realmente da origen a su vida, que empieza antes del sartenazo y que se compone de los personajes, el ambiente y las circunstancias que rodean el asentamiento maderero. Así que no deja de tener su gracia que, en una doble pirueta con tirabuzón, Irving le haga decir al personaje que «la tediosa máxima de Hemingway sobre la conveniencia de escribir acerca de lo que uno conoce» tiene como resultado construir novelas «soporíferamente realistas». Lo cual me permite deducir que Irving ignora el significado de soporífero y que su padre nunca tuvo a un oso como amante.

Supongo que le dedicaré algún post en el blog del Club de Lectura para explicar con más detalle por qué el libro me ha parecido aburrido, pesado y por momentos insoportable, eso suponiendo que no me quede sopa sólo de recordarlo. Leer cada dos páginas expresiones como «eres más tonto que la cagarruta de un mapache», en un estilo de lenguaje cowboy de película de serie B americana («oh, vamos, Danny, por los clavos oxidados de Cristo, que no se te crucen los huevos ahora!»), montones de descripciones absolutamente prescindibles sobre dónde están exactamente los sitios o cómo se cocinaba un plato, o la entrada de personajes en las que invierte un capítulo entero contándonos su absurda peripecia para que luego le cuadre una palabra o un detalle en la historia me resulta un abuso del escritor, un alarde de componedor de novelas, que abre una trama tras otra para que luego todo vaya encajando poquito a poco, este detalle aquí, aquel detalle allá y así sentir que ha escrito una compleja historia y reconocerse como un escritor épico. Y yo, francamente queridos, con estas condiciones prefiero hacer crucigramas.

Ya el colmo viene casi al final del libro, cuando la novela llega a 2001 y mete el 11S como a capón y los personajes que dos capítulos antes eran unos analfabetos embrutecidos y bestiales, se marcan unas reflexiones sobre política internacional que no desentonarían en un capítulo de El ala oeste de la Casa Blanca. Como diría uno de los personajes del libro, es una tontería más grande que una montaña de mierda de arce. Pero en fin, para gustos, los colores. Tenéis otras reseñas, algunas de las cuales serán muy positivas, en La mesa cero del Blasco,, en La originalidad perdida y chez Delenda est Carthago. Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura.

Crematorio, de Rafael Chirbes

Anag-CREMATORIO.qxdNo había leído yo nada de Rafael Chirbes. A través de una encuesta entre personajes españoles de la cultura, ABC hizo una lista de las 10 mejores novelas del siglo XXI (queda mucho siglo todavía, pero algún motivo tenían que encontrar para hacer una lista), y Crematorio aparecía la segunda, por detrás de La fiesta del Chivo y por delante de Tu rostro mañana, para mi gusto dos novelas formidables, fascinante la primera y de las que te deja sin adjetivos la segunda. Así es que, nada más leer el reportaje, me levanté, busqué en Amazón, y compré la novela. Y ahora siento no tenerla en papel, porque aunque no tengo balda de mis libros preferidos, éste optaría claramente a uno de los huecos.

La novela empieza un poco pastosa, un poco pesada. Tiene unas 20 primeras páginas que son como para tirar el kindle por la ventana (este lector mío corre unos riesgos indecibles). Pero me forcé a seguir, intrigada no por lo que me contaba la novela, sino por lo que me había contado el ABC. Y poco a poco te vas enganchando, te pillas, y te vas dando cuenta de que entre las manos tienes un novelón, un libro maravillosamente escrito, con un estilo seco, sobrio, brutal a veces, a veces a hachazos, con un ir y venir de la segunda a la tercera persona, y luego a la primera, alternando la vida y la voz de cada personaje en cada capítulo, como si se fuera conformando un puzzle mientras te lleva por la historia, por una trama que va del presente hacia atrás y que no acaba de terminar. En el fondo, el levante español del ladrillo y la corrupción, el puterío y la mafia, el crimen disfrazado de posición social, la confrontación entre los principios y el dinero, el destrozo de una sociedad que no tiene ni escrúpulos ni compasión. Un novelón, pero sobre todo, una crónica social que a veces deprime y otras enfurece, porque no cuenta más que una realidad novelada.

Lo que yo no sabía es que habían hecho una serie de televisión con esta novela. No la he visto, y dudo mucho de que se pueda captar la dureza de la narración y su desolación, aparte de que haber hecho ese guión tiene su aquel y no veo yo a las televisiones con muchas ganas de andarse con matices. Yo, por mi parte, recomiendo leer el libro. No está por delante de Tu rostro mañana (por delante de Tu rostro mañana no hay nada ¡y nos dejamos de tonterías!), pero es una gran novela, eso desde luego. Léanlo.

Cómo hablar de libros sin haberlos leído

Comment parler des livres que l'on n'a pas lusHoy toca post del Club de lectura. Este mes hemos leído un libro elegido por ND, que se llama “Cómo hablar de los libros que no se han leído”, de Pierre Bayard. Con ese título, cualquiera podría pensar que estamos delante de uno de tantos libros de bricolage o de autoayuda, ya saben, “Cómo combatir la carcoma de las puertas”, o “Cómo superar el miedo a los rinocerontes”, cosas así. Y en este caso, podría parecer dedicado a alguien que quisiera ganar algún premio de postureo cultural, porque es un libro que, aparentemente, enseña a disimular, con lo cual a ver quién es el guapo (o la guapa, en mi caso) que reconoce haberlo leído. Y siendo así, el libro debería llamarse «Cómo negar que se ha leído un libro cuando realmente sí se ha leído». Y llegados a este punto, no sé si les estoy liando, porque yo desde luego me he hecho un lío… A ver, me voy a recomponer. Quería decir que no, que el libro no es lo que parece por el título, sino que aborda muchas otras cosas, todas ellas muy interesantes, más allá de poder salir airoso en una conversación mundana sobre libros y pasar por haber leído algo que no has leído.

El autor empieza por preguntarse qué significa realmente eso de “libro leído/libro no leído”, y le parece una clasificación muy limitadora, porque, en efecto, un libro puede olvidarse, tanto su contenido como el hecho mismo de haberlo leído, y porque cada cual entiende un texto a su manera, debido a nuestra propia vida, nuestras propias ideas y al entorno en el que vivimos. Es decir, que cada libro debe encuadrarse en algo que él llama la biblioteca interior y la biblioteca colectiva, que es en donde un libro encuentra referencias y sentido para la memoria. Y él propone otra clasificación, que es la de libros que se han recorrido, libros olvidados, libros de los que se ha oído hablar  y libros desconocidos.

El autor reflexiona sobre la cultura, y sobre la imposibilidad de leer todo y de recordar todo. Y también sobre la “vergüenza” de reconocer que no se ha leído un libro, no ya en situaciones mundanas, sino en ambientes literarios o en claustros de profesores. Y sobre todo, pone en cuestión “ese postulado según el cual es necesario haber leído un libro para hablar de él”. Y es verdad, porque todo el mundo habla de El Quijote, porque es una obra de sobra conocida. O de las novelas de Corin Tellado. Pero mientras que el primero todo el mundo dice haberlo leído, de las novelas de Corin Tellado lo normal es decir que no se han leído, lo cual ya nos da algunas pistas. Y es que esa asociación entre libros y cultura naturalmente existe, pero el autor le quita importancia porque, en efecto, “las personas cultivadas lo saben – y sobre todo, las no cultivadas lo ignoran -, la cultura es primero una cuestión de orientación. Ser cultivado no es haber leído tal o tal libro, sino saber orientarse en el conjunto, saber que forman un conjunto y estar en situación de colocar un elemento en relación a los otros

El libro habla de muchas otras cosas: de la angustia que supone no recordar lo leído, y a veces ni lo escrito, y la sorpresa que supone para el autor muchas veces que le hablen de su propio libro; de la relación de la lectura con el poder; de los libros que no se deberían leer. Y el autor ilustra estas ideas con pasajes de libros que nos cuenta y que desmenuza, y que hacen que el libro sea muy distraído y que tenga interés. Y sobre todo, el libro elimina algunas “culpas”: el no leer, o leer por encima, o leer a medias, o leer sobre libros y darte por satisfecho, o dejar libros sin terminar. Porque en el fondo, y a pesar del título, es un libro que enseña a leer y a mirar los libros con otros ojos. Y sólo por eso, vale la pena leerlo.

Encontraréis otras reseñas, como siempre, en La mesa cero del Blasco, en Lo que pasa en mi cabeza, en La originalidad perdida y chez Delenda est Carthago. Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura.

Phtirápteros

Vulgo, piojos. Para no tener que ir demasiado lejos, me he pasado por la Wiki, en donde leo que son unos insectos neópteros, aunque si se sigue el enlace no se comprende bien por qué: un neóptero es un insecto con alas sobre el vientre. Y ya lo les faltaba, tener alas. Y si seguimos leyendo, llegamos a donde dice que son unos bichos asociados a guerras, catástrofes naturales y miserias en general, y también a la falta de higiene, al hacinamiento y a la vida precaria.

En el libro de Las Benévolas, de J. Littell, hay un pasaje en donde se describe cómo el protagonista, en Stalingrado, pasa por un lugar lleno de cuerpos enfermos, hombres ya moribundos, y cómo se sabía cuándo uno de ellos había muerto: una sombra negra de miles de piojos reptaba de inmediato hasta otro cuerpo aun vivo, otro cuerpo con sangre de la que alimentarse. Y mi  madre, muy lejos de abonarse a la ficción, me contó en una ocasión cómo en la cola del racionamiento, acabada la guerra, mi abuela tiraba de ella para que no se acercara a un grupo de mujeres porque, decía mi abuela, se les veían los piojos desde lejos escurrirse por su cabeza y por su cuello.

Ya no es un bicho asociado a las guerras, las hambrunas, la extrema miseria o a la falta de higiene. Pero son unos supervivientes, y siempre encontrarán una cabecita donde anidar. Los piojos no saltan, sino que se traspasan de una cabeza a otra cuando hay contacto. ¿Y en qué lugar lleno de gente puede producirse un mayor contacto entre cabezas? Exacto. Luego los niños se los pegan a los padres y por eso yo no descarto que haya gente en las oficinas con piojos. No digamos en el metro o en el autobús, entre otras razones porque hay mucha gente que va a trabajar en transporte público. ¿Pero de dónde salió el piojo original? Pues miren, eso, además de ser una incógnita, casi es mejor no saberlo.

Tendría yo nueve o diez años y me diagnosticaron varicela. Huy, cómo picaba aquello. Se me llenó el cuerpo y la cara de granos rojos y mi madre me avisaba de que si me rascaba se me podría quedar una marca, como así fue. Me picaba todo, incluso la cabeza. Y de pronto, un bichito fue a caer a la almohada. Y mi madre, a pesar de no ser lo que se dice muy valiente para según qué cosas, precavida empezó a investigar por mi cabeza y no encontró nada, aparte de los granos varicélicos. Sin embargo, mi madre es tan lista como cualquier madre (y desde luego muchísimo más inteligente que cualquier piojo), así es que cogió el bichito, lo guardó en un frasco y esperó a que llegara primero mi abuela, y luego una de mis tías para salir de dudas: era un piojo. «No te fíes, le dijo mi tía Manola, si hay uno, habrá más: échale vinagre en el pelo». El piojo, que hubiera podido seguir camuflado entre los síntomas de la varicela, tuvo la torpeza no ya de caerse en la almohada, sino de permitir que lo viera mi madre y que, para colmo, lo atrapara, y eso le llevó a la perdición a él y a todos sus colegas. Y que casi me desgracia la pituitaria si no es porque mi madre tuvo a bien comprar al día siguiente un liquidito que atufaba considerablemente menos. Y yo recuerdo aquella toalla blanca sobre la almohada, en donde iban cayendo los cadáveres, y todavía hoy me dan ganas de pegar gritos y me vuelve a picar la varicela. Casi tanto como el primer día, porque el segundo no sé ya si me picaba por los granos, por los piojos o por el agobio.

Todo esto viene a cuento porque yo creo que a los padres les encanta hablar de los piojos de sus hijos. En fin, no diré yo que sean conversaciones de alto standing ni con mucha profundidad ni frecuencia, pero tengo la impresión de que hoy se considera natural que tu hijo venga a casa con la cabeza llena de piojos. Y no, no es natural: sigue siendo una guarrada. Incluso hay padres blogueros que escriben sobre ello (eso sí, con mucha gracia CLICK) y para colmo, si se te ocurre protestar un poquito, van y se cachondean de ti (click, de nuevo). Así que, en venganza, como yo no puedo contar mi experiencia con hijos, porque no los tengo, y tampoco puedo contar la de mis sobrinos, porque no les dejé entrar en mi casa, pues les cuento esto. Que para que se vayan de mi blog con picores algo de imaginación sí me queda.

Y ahora les dejo, porque voy a darme una ducha, a lavarme el pelo por segunda vez en el día y a rascarme un poco.

Verano, de John Coetzee

Verano Coetzee unmundoparacurraEste fin de semana he terminado de leer este libro, Verano, de John Coetzee. Se trata de una autobiografía del autor, aunque no cubre toda su vida sino solo una parte, la del principio de su treintena, cuando él vuelve a Sudáfrica a trabajar como profesor después de haber salido de allí para vivir en Londres y en los EEUU. Su infancia y su juventud están cubiertas en otros dos libros suyos con, precisamente, esos títulos, supongo que para que nadie se pierda.

El libro me ha gustado por muchas razones, pero sobre todo por cómo elige el autor contarnos esa parte de su vida. Coetzee se imagina a sí mismo ya muerto y enterrado cuando un biógrafo imaginario, el señor Vincent, decide escribir un libro sobre el Coetzee de aquella época. Y el periodista elige entrevistar a cinco personas acerca de su relación con Coetzee y sobre Coetzee mismo.

A mí me gusta mucho cuando los escritores hacen estas cosas tan raras. Porque al final, el escritor habla de sí mismo pero desde el punto de vista de otro, cuyo punto de vista al mismo tiempo lo aporta él. Es un extraño círculo, un juego de espejos muy elegante, en donde el lector tiene que estar atento para mirar a varios sitios a la vez. Veamos lo que Coetzee imagina que dice una de las mujeres:

– Mire, señor Vincent, para usted John Coetzee es un gran escritor y un héroe, eso lo acepto, ¿por qué si no estaría aquí, por qué si no escribiría este libro? Para mí en cambio, y perdóneme que diga esto, pero está muerto, por lo que no puedo herir sus sentimientos, para mí no es nada. No es nada y no fue nada, tan solo irritación, algo embarazoso. No era nada y sus palabras no eran nada. Comprendo que se enfade porque hago que parezca un necio. Sin embargo, para mí era realmente un necio.

En cuanto a sus cartas, escribirle cartas a una mujer no demuestra que la ames. Ese hombre no estaba enamorado de mí, sino de alguna idea que se había formado de mí, alguna fantasía de una amante latina que había concebido en su mente. Ojalá, en vez de mí, se hubiera enamorado de otra escritora, otra fantaseadora. Entonces los dos habrían sido felices, haciendo el amor todo el día a la idea que cada uno tenía del otro.

Cree usted que soy cruel cuando hablo así, pero no lo soy, tan sólo soy una persona práctica…»

Y las cinco personas que nos hablan de él lo hacen a su manera: se sientan delante del periodista y hablan, hablan a veces sin control del impacto de sus propias palabras, y de paso nos cuentan su propia peripecia, como dice uno de ellos «un relato sin parte central», porque Coetzee sólo pasaba por allí. Y así aparece el Coetzee amante, el Coetzee en el entorno familiar y en su tierra, el Coetzee profesor y ser social (aunque incomprendido), y el Coetzee más intelectual y político, aunque siempre queda dibujado como alguien reservado, con poca capacidad de seducción, que vive en su mundo y que se relaciona poco, con un cierto desapego por los demás, descuidado y muy raruno. Solo uno de los personajes, el único hombre, centra el relato y explica en apariencia lo que el autor quiere contar y, sobre todo, lo que no está dispuesto a contar.

Como si fuera una guarnición, el libro va acompañado de pequeñas relatos al principio y al final del libro que Coetzee aparentemente escribió en aquella época, principios de historias, de ensayos, de libros, de la época en la que el autor todavía no había publicado su primer libro y cuando, desde luego, no era el escrito consagrado que es hoy. Y con un tono muy diferente al que luego tienen las entrevistas, en las que el autor consigue sacar, en más de una ocasión, más de una sonrisa.

Para los sibaritas, tengo que decir que el libro está realmente mal editado, tiene erratas, faltas de ortografía, y algunos descuidos muy molestos. La editorial, Mondadori, se ve que estaba recortando gastos y no ha querido cuidar, ni siquiera, a todo un premio Nobel. A pesar de ello, un libro muy recomendable y del que me podrían salir cuatro o cinco reseñas. Se lo dejo en una, no por descuido o por ahorrar en gastos como la editorial, sino por no entretenerles más con estas cosas.

Un post sobre una perra lujuriosa

Hoy he escrito un post.

Si queréis, me podéis leer

AQUÍ (CLICK)

Paula, de Isabel Allende

Paula Isabel AllendeEste libro es el que nos hemos leído este mes en el Club de Tortura, digo de Lectura, ese club increíble en el que cinco apasionados (e impenitentes) lectores leemos hasta el final libros que de otro modo dejaríamos para otro ratito. En el caso de Paula, yo tenía en la cabeza que ya lo había leído, pero al empezarlo me di cuenta de que no: ése era un libro que había abandonado.  Una pena, la verdad, porque habría podido incorporar mucho antes a mi limitado vocabulario la palabra bluyines, que me fascina. Leer que la autora miró en el interior de un closet y apenas ve dos bluyines, o que abrió la puerta un hombre en bluyines y que respiró aliviada al ver que llevaba un collarín de sacerdote (sic), y yo voy y me lleno de jolgorio. Y me imagino a mí misma diciéndole a mi sobrino: ¿Tú vas a querer que te compre unos bluyines o prefieres otro regalo? Claro que si a mi sobrino se le ocurre contestarme que sí, y que quiere unos bluyines lavados a la piedra, yo dejo el jolgorio de inmediato y me voy corriendo a buscar el termómetro porque una situación así me parece cercana al delirio.

¿Por dónde iba? Ah, sí, que les quería hablar del libro. Pues bueno, psha, no está mal. ¿Saben qué pasa? Pues que lo he cogido con desgana, no me apetecía ni un pimiento leerlo (se ve que hace años me debió de pasar lo mismo). Se trata de un libro muy conocido, así es que seguramente muchos de vds habrán leído. Es una historia real: Paula, hija de la autora, cae en coma debido a la porfiria (no, yo tampoco tenía ni idea de lo que era, si eso hagan CLICK AQUÍ) y su madre para distraer la espera empieza a escribirle una carta contándole su vida. Si eso lo hago yo me salen cuatro hojas, pero si lo hace Isabel Allende se va liando y liando, y en el batiburrillo le salen 366 exactamente. En fin, iré por partes que tampoco quiero ser injusta.

Isabel Allende nos cuenta su vida, tal cual, y la intercala con la enfermedad de su hija. Pero realmente, la enfermedad de su hija casi es lo de menos. Sí, es muy triste, cómo no, pero sencillamente es el hilo conductor para que la autora nos cuente su vida. O sea, que si a su hija no le hubiera pasado nada pues yo creo que no nos habríamos librado de que I. Allende nos la hubiera contado de todos modos, aunque lo hubiera hecho en otro momento y con otro hilo conductor. Y su vida, pues hombre, está bien, tiene su interés, pero tampoco es como para tirar cohetes. Se trata de una mujer que debido a la profesión de su padrastro, y luego al golpe de Estado en Chile de 1973, y luego a muchas otras cosas, vive en muchos países, pero por lo demás, muchas de las cosas que le pasan le han podido pasar a cualquiera, salvo un episodio de abusos ciertamente desagradable cuando tenía ocho años. Lo que pasa es que esta mujer te convierte en una experiencia intensa, conmovedora y llena de significados esotéricos beberse un vaso de leche y darle las buenas noches a su abuelo. Y claro, ya puestos en ese plan, tus referencias se alteran de tal forma que una cacería de cocodrilos te parece un suceso menor.

Sí me ha resultado interesante la parte del libro en la que cuenta la llegada al poder de Salvador Allende y el golpe militar, con todo lo que vino después. Que ella, por otra parte, sólo puede contar en primera persona por poco espacio de tiempo, porque se exilia a Venezuela un par de años después de la llegada al poder de esos borricos. Con todo, se intuye que sabe más de lo que cuenta y que aunque nos dice que la relación con su tio es lejana, sí debía tener unas relaciones que le han permitido conocer de primera mano muchas cosas. Pero luego hay pasajes que son auténticamente soporíferos, en donde te puedes encontrar de pronto con alguna descripción humorística que te deja pensando si no lo estás leyendo tal vez demasiado rápido.

Pero sobre todo hay algo un poco fastidioso, y es que se empeña en dotar a su vida y a su familia de un halo espiritual, enigmático y un poco sobrenatural que ya nos ha contado en La casa de los espíritus. Vale que nos dice que muchas de los personajes de ese libro fueron inspirados por familiares, pero mira, si a eso vamos, yo también te puedo hablar de la magia de mi abuela (y no digamos de mi madre cuando se pone el respirador) y del carácter recto, tenaz y bondadoso de mi padre. Quiero decir, que de vez en cuando nos presenta situaciones perfectamente normales envueltas en una parafernalia de chorradas pseudomágicas que no es que le quite credibilidad al relato, es que lo llena de frivolidad y de impostura. Pretende el misterio y encuentra el ridículo, porque se supone que está contando algo veraz. Pero bueno, tú te vas tomando la cosa más o menos como una chifladura de escritora hasta que se te descuelga con una reflexión de este pelo sobre un chico del que se enamora: «descubrí que era un Géminis algo inestable… si hubiera estudiado astrología… habría observado su carácter y actuado con más prudencia». Y mira, a partir de ese momento, cada vez que te habla de alguna experiencia sobrenatural de las suyas, tú te la imaginas disfrazada de Mickey Mouse en Fantasía acarreando cubos de agua y bailando con escobas.

Pero bien, se deja leer y distrae si no te tomas demasiado al pie de la letra las aventuras terrenales de Isabel Allende. No obstante, sí hay que respetar y alegrarse por que escriba un libro para fijar la memoria de su hija, algo que no cabe duda que realiza con éxito (Isabel Allende es una autora muy leída, no solamente con este libro, aunque también).

Os dejo con un párrafo que me hizo gracia y os recuerdo los links donde podréis encontrar otras reseñas sobre el libro: La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza, La originalidad perdida y, este mes, creo que un nuevo acompañante en Delenda est Carthago.

Madrid me trae malos recuerdos, aquí he pasado penas de amor que prefiero olvidar, pero en esta desgracia tuya me he reconciliado con la ciudad y sus habitantes, he aprendido a moverme por sus anchas avenidas señoriales y sus antiguos barrios de callejuelas torcidas, he aceptado las costumbres españolas de fumar, tomar café y licor a destajo, acostarse al amanecer, ingerir cantidades mortales de grasa, no hacer ejercicio y burlarse del colesterol. Sin embargo aquí la gente vive tanto como los californianos, sólo que mucho más contentos»

Todo lo que era sólido

todo_lo_que_era_so_lidoEste es el último libro de Antonio Muñoz Molina. No se trata de una novela, sino de una mirada sobre lo que nos está pasando. Y Muñoz Molina hace un análisis con una lucidez pasmosa, sin levantar la voz, sin recurrir a nombres, sin acusar a un bando o a otro. Y cita a Ortega: “O se hace literatura o se hace precisión o se calla uno«. Para inmediatamente después contradecirle, tal vez porque es consciente de que, en el diagnóstico preciso que hace, lejos de callarse, realiza un magnífico ejercicio de literatura.

Muñoz Molina cita a un autor extranjero del que sólo conoce una frase: viajar al pasado es viajar a un país extranjero, es ir a otro país. Y le basta con acercarse al año 2006, porque «El recuerdo engaña, porque la memoria es mucho más frágil e infiel de lo que parece y porque al proyectar hacia atrás lo que sabemos ahora nos convierte en adivinos del pasado«, y por eso nos va recitando los titulares que todos leíamos sin asombrarnos, sin comprender que vivíamos en el «retablo de los milagros», sin que nadie se diera cuenta de lo que nos estaba sucediendo. Entonces todo era sólido, y ahora ya no hay nada. Y hoy nos sigue pareciendo todo sólido, pero hasta lo inverosímil puede suceder.

Y tiene para todos, pero sobre todo para una clase política invasiva, demencial en su voracidad y su protagonismo, y para unos medios de comunicación apesebrados. Cómo la clase política no ha dejado ni un palmo de terreno a la sociedad civil y se ha instalado en cada decisión y en cada noticia. Cómo lo importante es comunicar y se asombra cuando dice que «el que un verbo transitivo se haya convertido en intransitivo es un indicio gramatical de la trapacería que oculta«. Nos hace ver cómo se ha legalizado el abuso, cómo se ha instalado el circo y la superficialidad,  el despilfarro y el descuido, el maltrato a todo lo que fueran obras bien hechas y duraderas. Cómo nos hemos dedicado 30 años a regañar entre nosotros, a discutir, a gritar, incapaces de llegar a un acuerdo sobre nada y en distinguir lo que es importante y es para todos. Hace una crítica feroz a los nacionalismos, a esos regionalismos empeñados en resaltar las diferencias, a toda la mentira y la envidia y el egoísmo que lleva asociado. A la incapacidad de ponernos de acuerdo en lo operativo, en lo práctico. Dice: «durante demasiado tiempo, en los años del delirio, cualquier apelación a la virtud cívica o a los valores morales sonaba a antigualla reaccionaria y provocaba el escarnio«. Y así nos va.

Y si has llegado hasta aquí y eres liberal, o medio de derechas, tal vez digas: «Claro, Antonio Muñoz Molina es un rogelio y alza la voz ahora, cuando no están los suyos en el poder». Y si eres de izquierdas, tal vez digas «Antonio Muñoz Molina es un traidor a la izquierda». Y ese es nuestro mayor pecado: el ser o de derechas o de izquierdas, el ponernos orejeras y no querer saber, no querer comprender lo que piensan los demás, la incapacidad de no pertenecer a un bando. Porque ahí empieza el conformismo, ése que nos hace votar una vez detrás de otra a tipos que llevan 20 años arruinándonos, ése que nos hace decir, ante un caso de corrupción o de incompetencia, «y tú más», sin darnos cuenta de que ése «y tú más» no elimina la culpa o el delito. Yo no estoy conforme con algunas de las cosas que dice en su libro, pero el conjunto de su crítica es muy lúcido, y el fondo de su denuncia, certero.

AMM nos llama a rebelarnos, a no aceptar como normal no que no es en absoluto normal. Se trata de un libro que hay que leer porque, además de explicar lo que nos está pasando, nos ayuda a temer lo que puede pasar.

Quiero aconsejaros que leáis también otras dos reseñas que han hecho dos de mis co-bloggers del Club de Lectura porque las hacen mejor que yo y porque os terminarán de convencer de que es un libro que vale la pena. Están AQUI y AQUI. Y os dejo con dos citas del libro, que me han gustado mucho:

Hemos vivido descuidados de los actos y enfermos de palabras, más atentos a su sonido que a su correspondencia con la realidad, lo cual quizás es propio de un país dominado durante siglos por teólogos, predicadores, leguleyos y demagogos, por oradores que hechizaban con torrentes de palabrería, por histriones subidos en púlpitos de iglesia, en mesas de conferencias, en tablados o en mítines. Las palabras han alimentado el delirio y al mismo tiempo, bajo su cacofonía la realidad de lo que estaba sucediendo: el robo generalizado, la supremacía de la incompetencia, el ensanchamiento de la brecha entre los pobres y los ricos, entre los beneficiarios de una educación de calidad y los destinados a la ignorancia y al atraso.

Pareció que no importaba ser mediocre o ser ignorante o venal para hacer carrera política, y ahora que necesitamos desesperadamente dirigentes políticos que estén a la altura de las circunstancias y que sean capaces de tomar decisiones y llegar a acuerdos nos encontramos gobernados por toscos segundones que no sirven más que para la menuda intriga partidista gracias a la cual ascendieron, todos ellos, mucho más arriba de lo que se correspondía con sus capacidades.

Una madre sin superpoderes

Una madre sin superpoderesYo me figuro que todos los que me leéis conocéis de sobra el blog de Molinos. También muchísimos de los que no me léeis conocéis de sobra el blog de Molinos, por supuesto, y por cierto que dado que no me leéis a mí, no sé muy bien qué hago dirigiéndome a vosotros. Y podría parecer que no sé ni por dónde voy si no fuera porque los que sí me leéis ya estáis suficientemente habituados a estos principios de post tan absurdos que suelo hacer y que sólo me sirven para poder entrar en materia. Que es lo que me dispongo a hacer en cuando acabe este párrafo.

Resulta que Molinos ha escrito un libro. Cuando lo dijo en su blog, tuve dos reacciones enfrentadas. Por un lado, me pareció formidable, algo que tiene mucho mérito según lo entiendo yo. En general, escribir un libro me parece algo colosal. Pero es que además yo tengo la teoría de que los blogs son hoy lo que eran los baretos en donde tocaban música grupos de amigos en la época de la Movida: unos lugares donde se aloja mucho talento y en los que, para destacar, tienes que tener mucha calidad. Algo que no necesita el que dispone de un buen padrino o de una plataforma específica como puede ser un periódico, en donde abunda la mediocridad. Dicho de otro modo: entre el libro de Ana Ribera y el de cualquier periodista sobradamente publicitado, no se dejen engañar y lean el de Ana Ribera, que tiene frescura, contundencia y mucho mejor estilo que tantos tecleadores profesionales. Pero ésta era la parte buena de la reacción enfrentada. La parte menos buena es que, jolines, ya es mala suerte que con la cantidad que temas que toca esta mujer en su blog, me saca un libro sobre lo único que NO leo de su blog: los maternitys.

En efecto, los Maternitys no los leía. Saltaba uno en el reader y daba a borrar, sin compasión. No me interesa la maternidad, ni todo lo que rodea a la maternidad. En cuanto a los niños, si están bien educados y no son la réplica de un padre imbécil, me parecen un encanto y unos seres entrañables y realmente divertidos, muy especialmente en determinadas edades. Ahora bien: los temas, y no digamos las conversaciones, que yo llamo «de madres» me resultan aburridísimas, y son problemas y dificultades por las que no siento la menor curiosidad. Tal vez si hubiera leído un par de esos post hubiera leído todos. Y mira, después de todo, ha sido mejor para mí: he descubierto el libro desde cero.

Ana Ribera se declara una madre «desnaturalizada», y a partir de ahí nos cuenta su experiencia como madre, su relación con sus hijas, y la transformación de una placentera vida de casada en una jinkana permanente. El libro está organizado en capitulos cortos, del tamaño de un post. Y luego yo los clasificaría en tres grupos de temas que van salteándose: aquellos en los que comparte su forma de pensar, los de anécdotas y los de consejos. Entre los de anécdotas hay de todo, pero en general son muy divertidos y hay algunos realmente descacharrantes. Yo soy muy risueña leyendo, pero que me tenga que quitar las gafas tiene mucho mérito. Entre los de consejos, pues hay de todo, algunos de mucha utilidad (supongo) y otros que son un escondite de recuerdos para todos los que hayamos sido educados con normalidad. O sea, educados simplemente. Y finalmente, para mí los más interesantes son aquellos en los que Ana Ribera nos cuenta, con tanta gracia como sentido común, lo que ella piensa de la educación de los hijos, de la responsabilidad y tarea de los padres y de la cantidad de tontería que circula por el mundo. Cuando se ve tanto monstruo gritón y molesto, tanto padre imbécil y tanta madre plasta, leer libros así te hacen respirar de alivio.

Alguna vez, en alguna conversación con amigos sobre la educación de los niños, yo me he tenido que enfrentar a esa frase que parece que cierra cualquier discusión: «claro, para ti es muy fácil hablar porque no tienes hijos». Yo suelo reabrir el debate con otra frase: «No, no, cualquier imbécil puede tener un hijo. Y luego los tengo que educar yo cuando me los encuentro en el trabajo», o a veces digo «yo no tengo hijos pero tengo sentido común», que también, reconózcanlo, está muy bien. Ahora les ofreceré amablemente el libro de Ana Ribera que está más documentado, es más explícito y, sobre todo, está perfectamente legitimado por dos pequeñas princesas.

Vale la pena leer este libro, que es muy ameno también para mí, que ni tengo hijos ni me ha interesado nunca tenerlos. O sea que, parafreseando a Ana Ribera, yo soy una «mujer desnaturalizada», si bien la consideración social de las mujeres como yo tiene otro porte mucho más canalla, aunque de eso ya me entretendré en hablarles otro día.

Interpretar un anuncio

… Se trata de un anuncio de la temporada 1985-1986 que ganó el premio clio y que todavía se emite de forma ocasional. Es ese anuncio de Pepsi donde una furgoneta de Pepsi…

…luego la cámara retrocede a un plano aéreo de la multitud y se oye el slogan de la campaña entonado con voz inexpresiva: «Pepsi: lo que elige la nueva generación».Un anuncio verdaderamente asombroso. Pero ¿Hace falta señalar… que el slogan final es irónico? En este anuncio hay tanta posibilidad de «elegir» como en el experimento con el timbre de Pavlov. El uso de la palabra «elegir» aquí es puro humor negro… «…el anuncio no encomia la Pepsi per se, sino que la recomienda dejando implícito que se ha engatusado a mucha gente para que la compre. En otras palabras, el mensaje de este exitoso anuncio es que Pepsi se ha anunciado con éxito»…

…En contraste con los anuncios obvios que te dicen «Compra esto», el anuncio de Pepsi emplea la parodia… Este anuncio logra al mismo tiempo burlarse de sí mismo, de Pepsi, de la publicidad, de los publicistas y de la gran masa de espectadores y consumidores de Estados Unidos. De hecho, el anuncio lleva a cabo una alabanza completamente servil de una sola persona: el espectador solitario… que incluso con un cerebro modesto no puede evitar discernir la contradicción irónica entre la invitación a «elegir» del eslogan (sonido) y la orgía pavloviana que rodea la furgoneta (imagen). El anuncio invita a [el espectador] a «ver a través» de la manipulación de que es objeto la horda rabiosa de la playa…Invita a [el espectador] a una broma privada en la que el público es el blanco. Felicita a [el espectador]  por trascender a la misma multitud que lo define. Y multitud enteras de gente como [el espectador]  respondieron: el anuncio elevó la cuota de mercado de pepsi durante tres trimestres…»

David Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

Y ahora yo no sé si decir que jolines con la publicidad o jolines con algunos intérpretes… Pero, en fin, a mí me da igual: yo soy más de Coca-cola.