El cero y el infinito, de Arthur Koestler

El cero y el infinito unmundoparacurraHoy, día de Año nuevo (¡Feliz 2014!) inauguramos las reseñas del club de lectura de 2014 con un libro extraordinario y muy recomendable: El cero y el infinito, de Arthur Koestler. Un libro que yo copiaría entero, no tanto para ahorrarme el resumen como para ponérselo fácil y que se lo lean. Que después me vienen con el «vale, me lo apunto», pero luego que si tengo blog y me quita tiempo, que si tengo una cola de libros por leer, que si tengo que cocer unas acelgas… Nada, nada, excusitas. Lo que tienen que hacer vds es ponerse a leer este libro de inmediato y luego reflexionar mucho sobre lo que han leído, así, sentados y con la mano en la frente. Naturalmente, todo esto suponiendo que no se lo hayan leído ya, y en ese caso les autorizo a que me regañen por haber llegado a mi edad sin leerlo.

Los totalitarismos son buenos amigos de la literatura cuando el que escribe disiente y además, le da por denunciarlo. En estos casos, si se libra del Gulag, nos encontramos con libros en los que, además de contar una historia, presentan de manera cruda el horror en el que viven. La historia se enmarca en la Historia y no se comprende sin ella, aunque se haga muy difícil entender cómo el ser humano ha podido construir ésta última, con las excrecencias que aún hoy pululan por el mundo y con fanáticos que son capaces, a estas alturas de la vida, de defenderlas.

Rubachof, un revolucionario ruso de la primera hora, cae en desgracia y es encarcelado y sometido a una nada sutil tortura, hasta reconocer su equivocación. ¿Y cuál es su equivocación? El partido sólo conocía un crimen: apartarse del camino trazado… Rubachof sabe que ha dejado de ser útil al partido, se ha convertido en un individuo molesto, como todos los que llegaron en la primera hora. Sabe que está perdido, como perdidos estaban aquellos a los que él mismo envió a la muerte a su vez. Conoce la maquinaria, sabe que es implacable. Conoce perfectamente cuáles son los métodos, las triquiñuelas, las mentiras, los medios que usa el poder para someter a los hombres.

Y duda. El que se equivoca debe pagar, el que tiene razón será absuelto. Pero ¿Quién tiene la razón? Sólo el tiempo lo dirá, y él no dispone de ese tiempo, porque hoy él está equivocado para el poder, y de todos modos, el poder, el partido, siempre tendrá la razón. «Pagaré», se dice. «Es mi deber», se dice. «Muere en silencio», le dicen. Reconocer la culpa, aunque no exista, por el bien del país, del partido, de la colectividad. Ha dejado de ser útil, como otros lo fueron antes. Muere en silencio, se dice.

Por otra parte, rara vez se hablaba de «muerte», y no se empleaba casi nunca la palabra «ejecución»; la expresión habitual era «liquidación física». Estas palabras no evocaban más que una sola idea concreta: el cese de toda actividad política. El acto de morir no era más que un detalle técnico, sin ninguna pretensión de interesar.»

El partido es un bien superior, y el fin colectivo justifica todos los medios. Lean un par de veces la frase anterior, que tiene su miga. A partir de aquí, el individuo está subordinado a esta verdad. Una verdad, por cierto, que se define como lo que es útil a la Humanidad, siendo la mentira lo que es nocivo. Es una idea tan monstruosa como simple, y como es simple, tiene sus adeptos incluso hoy en día, no crean: la masa, definida más bonitamente como la Humanidad, en la que el individuo se diluye y pierde la importancia que tiene como Hombre, como ser humano. Y es que al final todo esto del bien común y de la Humanidad lo resume y decide un tirano disfrazado de líder, que tiene la razón porque tiene el poder. Se cierra el círculo y a otra cosa.

El libro se lee con mucho interés desde la primera página hasta la última. La vida que recuerda y que cuenta en la prisión, la relación con otros encarcelados, su paso por lo interrogatorios y el combate dialéctico con sus carceleros y con él mismo, sus propias reflexiones sobre el sistema ideal que imaginó en la revolución, y el sistema real, práctico, en el que vive y que ha contribuido a mantener, prolongan la tensión del relato y dejan tiempo para respirar, para pensar y para imaginar un final que hasta casi las últimas páginas se mantiene abierto.

Tienen, como cada primero de mes, otras reseñas de este libro en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago . Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él en el blog del  Club de lectura. Este mes serán coincidentes en la buena crítica. No es para menos, porque el libro lo merece.

Os dejo finalmente con una cita que da que pensar.

– No apruebo la mezcla de ideología – prosiguió Ivanof -. No hay más que dos concepciones de la ética humana, y las dos son polos opuestos. Una de ellas es cristiana y humanitaria, declara sagrado al individuo y afirma que las reglas de la aritmética no deben aplicarse a las unidades humanas. La otra concepción arranca fundamentalmente del principio de que un fin colectivo justifica todos los medios, y no sólo permite, sino incluso exige que el individuo esté absolutamente subordinado y sacrificado a la comunidad… Quienquiera que lleve sobre sí el fardo del Poder y de la responsabilidad se da cuenta a primera vista de que es necesario escoger y, fatalmente, es conducido a escoger la segunda concepción. ¿Conoces tú, desde el establecimiento del cristianismo como religión de Estado, un sólo ejemplo de Estado que haya seguido realmente una moral cristiana? No podrás designarme ni uno solo. En los momentos difíciles (y la política es una serie ininterrumpida de momentos difíciles) los gobernantes han podido invocar las circunstancias excepcionales que exigen medidas excepcionales también. Desde que existen naciones y clases, viven en un estado permanente de legítima defensa que les fuerza a remitir para otros tiempos la aplicación práctica del humanitarismo…»

El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo (en 10 lecciones)

cub el arte de pagar-2ed.epsHe estado leyendo este librito de Balzac en estos días. Lo vi por casualidad, era uno de esos libros que te ponen al lado de la caja en las librerías, igual que en los supermercados te ponen las chuches. Y, como los caramelos, es un libro delicioso con el que me he reído mucho.

Tal y como ponen en la introducción, este libro se ha atribuido sólo recientemente a Balzac, puesto que lo escribió a medias con Émile Marco de Saint-Hilaire, quien sigue siendo considerado como el único autor. Balzac, a lo largo de su vida, tuvo muchos problemas con las deudas, porque se metió en muchos negocios fallidos, así es que se podría pensar que sabía de lo que hablaba. Y sin embargo, lo escribió con 28 años, es decir, antes de cualquier reconocimiento como escritor, aunque seguramente ya había dejado algunos pufos por ahí. Ese libro, por otra parte, no se había vuelto a publicar desde su primera y única edición en 1827, y quedó casi olvidado en la Maison de Balzac, de donde  se ha rescatado y se ha traducido hace un par de años, aunque como es habitual, con algún que otro gazapo tanto de traducción como de edición.

El libro es delicioso. Empieza contando la historia de un tío imaginario del autor, que es un especialista en vivir del cuento desde su juventud. La historia del tío tiene momentos gloriosos, como cuando, ya al final de sus días cae enfermo y acude al hospital y reclama ser tratado como un privilegiado, puesto que la octava parte de lo que perdía en el juego y la quinta parte de las entradas a espectáculos iban destinadas a sostener hospitales, «de manera que en los últimos cuarenta años ya había pagado su puesto en el hospital por adelantado y que sólo se le estaba devolviendo lo que en cierta manera él había prestado.» ¡Y lo mejor de todo es que lo consigue!

Después ya entra en materia, y divide las 10 lecciones en 10 capítulos, en los que se ocupa de clasificar las deudas, los deudores, los acreedores, en donde nos habla de los alguaciles, del modo de vivir de un deudor, de cómo huir del acreedor, y hasta de la cárcel. Es el manual del perfecto caradura, pero contado con mucha gracia y mucho desparpajo. Nos cuenta cómo el acreedor está muy interesado en la buena salud del deudor, porque si muere, no cobrará la deuda. Y al revés, pues «mientras menos acreedores se tienen, menos recursos están disponibles«.

También nos habla de las características que debe tener un buen deudor, entre las que encontramos 18 físicas (talla, peso, envergadura, o ¡grosor de las patillas!) y 8 morales, aunque éstas bien se pueden resumir en tener aplomo: «Pues ¿qué es presencia de espíritu? Aplomo de los pensamientos. ¿Qué es memoria? Aplomo de los recuerdos. ¿Qué es sangre fría? Aplomo ante el peligro. ¿Qué es coraje? Aplomo en las acciones. ¿Qué es paciencia? Aplomo en los deseos. ¿Qué es agilidad? Nuevamente una especie de aplomo, a saber, del porte y los movimientos. Sólo la octava característica moral no puede ser sustituida con aplomo, es decir, el hambre. En efecto: con el estómago vacío no se pueden lograr ninguna de las grandes cosas del mundo, ni siquiera planearlas…»

Sólo al final se deshace la farsa de lo que ha sido presentado como un «Código de comercio», y se nos dice que lo de no pagar está feo, pero mientras tanto, el libro te permite disfrutar al ver el mundo al revés. Y algunas veces, no tan al revés…  Les dejo con algo que resume bien el tono del libro, aunque si lo encuentran en el mostrador de una librería, cójanlo, no lo duden. Pasarán un buen rato.

La población de un imperio o de un reino también consiste en dos clases de gentes: los productores y los consumidores. Los productores no son otra cosa que los acreedores. Los consumidores que gastan dinero son los deudores. Es decir: si no existiera gente que gasta dinero, entonces también la gente que produce, que crea valores, sería superflua. O sea, que son aquellos que gastan los que permiten vivir a aquellos que producen, los que crean valores. Por consiguiente, resulta que una persona que crea valores, un productor, es decir, un acreedor, le debe algo a los deudores o consumidores: el no tener que pagarle lo que se le debe. Pues si no le debieran nada, lógicamente se moriría de hambre»

#LOLPD

#LOLPD-unmundoparacurra

He estado leyéndome en estos días un trabajo muy divertido sobre los disparates que se hacen y dicen en nombre de la Ley Orgánica de Protección de Datos. Se trata de un trabajo al que le faltan unas cuantas horas para maquetarlo con un poco de arte y sobre todo, para corregir, pulir y eliminar todos los gazapos que se han colado en una escritura que, me consta, ha sido muy rápida. Y me consta porque conozco bien a uno de los autores, que tiene escrito un libro mucho más serio y sesudo sobre la dichosa ley de protección de datos. Este trabajo se llama «#LOLPD, aventuras, desventuras y patadas a la LOPD». LOLPD es un juego de palabras con LOL (lots of laughs, algo así como «me parto») y LOPD, y que, compuesto como un hastag, permite rastrear las perlas que van publicando en Twitter un grupo de abogados especializados en el tema. Incluso tienen los «premios LOLPD», y deben de estar muy reñidos, porque los disparates dan de sí para varios concursos…

Yo ni soy abogada, ni conozco la LOPD más allá de las cuatro o cinco cuestiones básicas, entre otras razones porque cuando me he topado con ella, que ha sido más de una vez (y más de dos) en la vida, he llamado al co-autor del que les hablo para que me resolviera el asunto que se tratara. Sin embargo, y sin saber de leyes, las anécdotas que recogen en este trabajo son de traca y están al alcance de cualquiera. Hay para todos y de todos los pelajes, desde luego empezando por particulares y empresas privadas. Por ejemplo, el caso de una constructora que se declara «Miembro de la LOPD» (¿Qué será eso de ser miembro de una ley?) o ese particular que se negaba a dar la matrícula del coche que le estaba comprando otro particular amparándose en la ley de protección de datos (¡LOL!).

Pero cuando la cosa se pone realmente divertida (todo sea no indignarse), es cuando empiezan a mostrarnos a los periodistas y políticos en todo el esplendor de su ignorancia. Los unos porque no comprueban los disparates que dicen los otros, y los otros porque no conocen ni la ley, ni para lo que sirve, ni, sobre todo, para lo que no sirve. Y así nos encontramos con un gobierno que se niega a dar cuenta de las deudas de los clubes de fútbol o un ministro que no da la lista de los integrantes de una Comisión Oficial porque «se lo impide la ley de protección de datos». O aquel que confunde el nombre de la Ley y le llama en el Parlamento Ley Oficial de Protección de datos o ya, en el colmo, cuando pretenden ampararse en el artículo 95 de una ley que sólo tiene 49…

En fin, es muy de agradecer el trabajo de recopilación, porque si no se recogieran estos disparates, pasarían las más de las veces, por no decir todas, completamente inadvertidos. Y por otra parte, no me hubiera imaginado yo que me iba a reír leyendo 70 páginas dedicadas a una ley. Pero es que en realidad, este trabajo no trata de una ley, sino de lo que hace con nosotros la ignorancia, esa señora tan osada.

PS: Si les interesa, se lo pueden descargar gratis AQUÍ (CLIC)

Libros en el año

Literarsis---6Ya no sé cuándo era antes, pero antes yo leía al mismo tiempo dos o tres libros a la vez. Esto de tener las cosas al retortero es algo muy mío, cuando no median obligaciones. Y leer no es una de ellas. Y así, según el estado de ánimo con el que me acostara, escogía uno u otro de la mesilla.

Sin quererlo, al final yo misma ponía los libros a competir, y siempre había uno que salía perdiendo. El libro no era abandonado por mí, sino derrotado por otros libros, y volvía a la librería sin lograr la etiqueta verde pero sin tampoco haber merecido la roja, con una señal en ámbar que decía «me topé con grandes competidores, pero tal vez vuelva a tener mi oportunidad». No me digan que no queda lírico todo esto.

Nunca se me había ocurrido contar los libros que me he leído. Y mucho menos llevar una relación de lecturas, más allá de mirar mi librería un poco como el que mira lo que lleva acumulado en su plan de pensiones. Tú sabes que las lecturas se van posando, quedan ahí y salen luego, inesperadamente, cuando vuelven a tu conciencia las historias, las frases, los personajes, las ideas de vida que contienen los buenos libros, ya sea novela, ensayo o qué sé yo. Yo sigo el principio de que, para que sea útil, no debe haber una razón utilitarista para la lectura, del mismo modo que uno no se obliga a tener aficiones porque entonces dejan de ser aficiones y se convierten en otra cosa menos divertida.

En la mesa cero del Blasco, ND hace una reseña de cada libro que lee y luego, en Noviembre, consolida: nuestro amigo está en el entorno de 50- 60 libros al año. Modestino hacía la reseña de sus 7 libros de Noviembre como si tal cosa y Molinos no baja de los 5 en sus libros encadenados mensuales.  La referencia que me gustaría que siguierais es la de las cifras, no ahora la de los lectores, que son muy diferentes y cuyas reseñas leo con atención aunque luego no sigo con fervor. Unas cifras que apabullan, y que me habían hecho preguntarme alguna vez por cuántos libros leería yo en un año. Un cálculo hasta ahora tan intuitivo como si me preguntan cuánto gasto en peluquería.  Ni idea, pero bastante porque yo suelo ir mal peinada pero bien de color y con buen corte.

Como algunos sabréis, aparte del Club de lectura, yo participo en una tertulia sobre psicoanálisis y literatura que me «obliga» a leer un título al mes para después poder seguir la charla que tenemos sobre los personajes del libro. En diciembre del año pasado tuve que hacer una pequeña planificación de lecturas por tener coincidencias de fechas. Yo tengo cuidado con el tiempo porque soy muy proclive a perderlo, y hace años, un susto por planificarlo mal me costó un herpes que casi me deja sin cara. Esto y encapricharme de un «book journal» que compré cuando renové mi agenda anual me llevó a empezar a registrar desde diciembre del 2012 los libros que me iba leyendo. Y hasta hoy.

Así es que ahora que se va acabando el año, me dispongo a consolidar y cerrar. La sorpresa ha venido de varios sitios. Lo primero, la cifra, sin duda muy superior a la que yo habría imaginado, porque resulta que se llega a 40 sin hacer grandes esfuerzos y sin marcarse retos. Eso son más de tres libros al mes. Me parece razonable, pero yo nunca hubiera pensado que iría más allá de los 30, y esto me hace sospechar que tal vez gasto en peluquería un dinero cercano al derroche. Lo siguiente que me ha sorprendido es lo poco que abandono. Yo pensaba que abandonaba mucho, pero sólo han sido cuatro libros, aunque uno de ellos está más bien en el bando de los derrotados. ¿Será que el sentimiento de culpa engrandecía el número de libros abandonados en mi mente o es que la disciplina que proviene de saberme vigilada por mi propio control hace que abandone menos? Nunca lo sabré, aunque sospecho que es esto último porque… ahora leo los libros de uno en uno. Y por último, la lista de libros. Cuando repaso la lista de los que no he leído por «compromiso» me digo que tal vez debería haber escrito algún post más este año… Y que abandono adecuadamente.

Toda esta historia de llevar la cuenta en realidad se lo debo a la buena influencia de ND, o eso me parece a mí, y es algo que le debo agradecer. Y ya que la experiencia me ha resultado positiva, en 2014 me propongo copiarle todavía más y voy a hacer un post sobre cada libro que me lea. Y también sobre los que abandone, que seguramente serán los post más divertidos. Y también como él, y teniendo en cuenta que ya llevo más de tres años de blog, supongo que quedaré a salvo de cualquier sospecha de postureo.

Y a ver qué sale. Ea.

Contar una historia

George y Roberta viven juntos desde hace relativamente poco. Roberta tiene dos hijas de un anterior matrimonio, y abandonó a su marido porque se convirtió en aburrido, porque no la llenaba, porque no la excitaba, porque se dio cuenta de que no le quería.

Valerie trabajaba con Georges en un colegio, y cuando Roberta dejó a su marido, se fue a vivir con ella. Fue así como se conocieron Georges y Roberta. Al principio surgio la fascinación del uno por el otro. El la vio como alguien alegre, divertida, atractiva. Ella le vio a él como una persona bromista, fuerte, un hombre misterioso y reflexivo a veces, que quería dejar el colegio y dedicarse a la escultura en una granja que se acababa de comprar, tranquilo, dedicado a criar gallinas y a plantar verduras. Los dos tuvieron una primera impresión.

Decidieron irse a vivir juntos.

Leer mas …

(Aviso: es una entrada en el Club de Lectura sobre uno de los relatos de Alice Munro de Las lunas de Júpiter y puede considerarse que contiene spoilers)

Las lunas de Júpiter, de Alice Munro

Las lunas de Jupiter Alice MunroHoy es día 1, y toca post del Club de Lectura. Por cierto, que el Club cambiará de nombre y de look en breve, o eso creo, aunque seguirá siendo lo que es: una cita con un libro cada mes, para la que cinco lectores muy diferentes leemos un libro y al menos tres de ellos pasan las de Caín para terminarlo.

Este que voy a comentar hoy y que hemos leido en noviembre es el último del año 2013, puesto que el que leamos en diciembre, al tener el post dedicado el 1 de enero, ya lo consideramos perteneciente al 2014. Este pequeño lío que nos traemos con el calendario en realidad a ustedes les debería de dar lo mismo pero yo prefiero decírselo por anticipado para que, en el hipotético caso de que no lo entiendan, no se entretengan con una intriga irrelevante.

En fin, el libro de este mes es Las lunas de Júpiter, de Alice Munro, la última ganadora del Nobel. Ya comenté hace un tiempo otro libro de esta escritora canadiense, que me encantó, y voy a rescatar algún que otro párrafo que sirve también para este libro. Efectivamente, Las lunas de Júpiter es, como Demasiada felicidad, un libro de relatos en el que Alice Munro se detiene en un momento preciso de la vida de cada protagonista para contarnos, sin que nos demos cuenta, la vida entera. Historias que siempre sorprenden, historias extraordinarias dentro de una apariencia común y corriente… Alice Munro tiene una manera de escribir sencilla, pero a la vez muy condensada, pone mucha información en cada frase y por eso hay que leerla despacio y con atención, porque en un relato cuenta la vida de cada protagonista y queda dibujado como un cuadro impresionista, va poniendo motitas con cada pincelada.

En este libro, Alice Munro compone 11 relatos. Hay un par de ellos que me han parecido un poco pesados, pero hay otros que me han resultado extraordinarios, como son el de la señora Cross y la Señora Kidd, La temporada del pavo, El pez negro, El accidente y el último que da título al libro, Las lunas de Júpiter. Alice Munro rodea la anécdota y construye el relato, sin que pase nada, pero contándolo todo. Es como ponerte a escuchar a una señora que está en una hamaca recordando cosas y te las va contando a su aire, pero de forma que tú te haces una idea precisa de cada personaje, de cada ambiente y cada vida.

Con todo, es un libro que me ha parecido, en su conjunto, triste. Los personajes, mujeres protagonistas en la mayoría de los relatos, componen una sociedad de vidas solitarias, en muchos casos desengañadas, y casi nunca se trata de historias de éxito o de felicidad. Yo lo recomiendo, aunque me parece que este mes voy a ser la única. Si queréis leer otras opiniones, las podéis encontrar como siempre en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago . Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura..

Antigua luz, de John Banville

Antigua luz Banville unmundoparacurra

Ahora hablaba de la antigua luz de las galaxias que viaja durante un millón…, un billón…, ¡un trillón! de kilómetros para alcanzarnos.

– Incluso aquí – dijo -, en esta mesa, la luz que es la imagen de mis ojos tarda un tiempo, un tiempo ínfimo, infinitesimal, pero un tiempo, en llegar a los suyos, y por eso, allí donde miremos, por todas partes, estamos mirando el pasado.”

John Banville es un reputado escritor irlandés que escribe en este libro la historia de un actor que recuerda su iniciación amorosa a los 15 años con una mujer de 35, madre de su mejor amigo. El descubrimiento del cuerpo, del sexo, de la pasión, de la voluptuosidad y de la sensualidad con una mujer que le corresponde más allá de lo prudente y que le dejará la marca del recuerdo para toda la vida, como una antigua luz.

Los cisnes, con su belleza estrafalaria y sucia, siempre dan la impresión de mantener una fachada de indiferencia tras la cual realmente viven una tortura de timidez y duda”.

La antigua luz (the ancient light) es también un derecho que existe según el cual, “el cielo debe quedar visible en lo alto de una ventana vista desde la base de la pared opuesta”, y que en español se llama la servidumbre de luces, el derecho a disfrutar de la luz como bien común del que nadie tiene la propiedad. Una luz que nos deja ver el pasado como una servidumbre. Y así es recordado ese amor, como un amor incierto y urgente, un amor pasajero desde el principio, una relación condenada al escándalo y atenazada por el miedo, condenada a un final abrupto, condenada a un mal final pero a un extraordinario recuerdo.

Banville juega en primera persona con Madame Memoria, que no es nombrada como Señora, ni como Lady, o sea que tiene algo de puta y algo de pérfida. Y reconoce el recuerdo aunque no siempre lo distingue de la imaginación, pero es capaz de ver la realidad de lo que pasó entre los dos amantes, la luz que dejó en su vida. Y esa es la historia de Antigua luz, por más que Banville entrecruce otras dos historias que interesan menos (y que a veces incordian mucho y que resultan una pesadez) y que son la continuación de otros libros o que terminarán en otras novelas aún por escribir.

Un libro con una prosa esculpida que a veces sorprende y a veces desconcierta. Imágenes como “desvergonzados tomates”, “pasillos vermiformes”, “dedos gélidos e insidiosos del viento”, “escéptico césped”, “hechizo mefítico” o “incertidumbre leporina”. O ese beso del que no sabes qué pensar, porque ella “tenía los labios secos y los encontré quebradizos como el ala de un escarabajo”, o el pueblo que es imaginado como un panóptico…  Un libro para aprender vocabulario, suponiendo, claro, que el traductor no se haya venido arriba y se le haya ido la mano: fetor, aulagas, estadizo, efulgencia, icor, helor, sofistería, chaparrerías, giróvago, galochas, chacoloteo, falordia, motacila, ménade, amalfitano, obduración, calistenia…

A este autor probablemente le darán el Nobel. De momento, es duque en el reino de Redonda. Así es que habrá que leerse algo más de él.

Doña Perfecta, de Galdós

Ya lo avisaba ayer, que hoy tocaba libro. El del Club de lectura. Y ya le pueden ir dando las gracias a la existencia de este club, que si no fuera porque a él me debo y pertenezco, no iban vds. a leer de mí más reseñas que las mieles. Con el club, también leen las hieles. Ya ven. Una, que lee de todo. Y luego voy y lo cuento, claro, que en eso consiste lo del Club. Cuando alguien me dice “Huy el club, qué divertido”, yo contesto siempre “huy, no veas”. Y no ve. En fin, gajes del oficio y de una afición que me tiene a mal traer, porque mira, entre tú y yo y ahora que no nos oye nadie, yo la mitad de los libros que leemos en ese club los hubiera dejado en la página 50, me hubiera cogido un Asterix, me hubiera comido un bocadillo de sobrasada y con eso ya se me habría pasado el remordimiento. Pero en este club no hay lugar para el remordimiento. Ni para la penitencia. Aquí se hace todo al mismo tiempo que el pecado. Y claro, en esta tesitura, tampoco cabe ni la esperanza ni la resignación: ambas se superan como las bañeras cuando esquías, echándole huevos que para eso hay que bajar. ¿Pero por qué os hacéis esto?, nos preguntó una chiquita muy agradable que quiso unirse al club. Y para cuando quisimos contestar, la chica había salido corriendo y no ha parado de correr hasta Edimburgo. Nos duró un mes. En fin, y después de esta introducción voy a hacer la reseña, que se me está yendo el post de las manos.

do_a_perfectaEste mes hemos leído Doña Perfecta, que es el libro que tenéis en la foto. Y tengo que decir que la portada refleja perfectamente lo que es la novela: la España más negra y depresiva, la más ignorante, cazurra, inculta, hipócrita y pueblerina. La España que no tiene remedio, como parece pensar Galdós en la ilustración. Esa España orgullosa de su retraso y de la producción de ajos (¡los mejores del mundo!), es el caldo de cultivo en el que Galdós hace medrar a Doña Perfecta, que podría llamarse también Doña Pérfida.

Os voy a contar de qué va, que hoy estoy espléndida. Se trata de dos hermanos, Doña Perfecta y Juan Rey, que deciden casar a sus hijos. Así es que Pepe Rey, sobrino de Doña Perfecta, va al pueblo donde vive ella con su hija, Rosario, para pedirla en matrimonio. Pepe Rey es un ingeniero, un hombre de progreso, con estudios y viajado, y se encuentra en el pueblo con la desconfianza y la envidia, y casi sin comerlo ni beberlo se pone a todo el pueblo en contra. ¿Todo el pueblo? En realidad, no. Se le pone en contra Don Inocencio, el párroco, el paradigma de cura cerrado, rancio y obtuso que tanto daño ha hecho a la religión, a la vida de las personas, a la Iglesia y a todo lo que se les ponga por delante. Resulta que el párroco quiere casar a la niña con el hijo de su sobrina, y contrapone su verdad (que no es más que ignorancia, fanatismo y superstición) a las ideas de Pepe Rey, que en realidad pasaba por allí y no había llegado al poblachón para discutir con nadie, sino para casarse con una buena moza. Una moza de la que por cierto se enamora perdidamente, así sin más, sólo con verla. Y eso que ella es tan poco agraciada como bastante gazmoña, aparte de desmayarse mucho (más que las sales lo que se merece es un par de tortas). Doña Perfecta, que es perfecta, se va poniendo del lado del cura y, acostumbrada a mandar y a salirse con la suya… hasta aquí puedo leer, pero ya pueden ir mascando la tragedia.

A Doña Perfecta, Galdós la describe, que no la descubre, en las páginas finales como lo que es: una mujer dura, soberbia, intrigante, que acumula prestigio en su pequeño reino de palurdos, un reino retrógrado, envidioso, ladrón y maledicente, que adora la peana y reniega del progreso, que desconfía de todo lo que viene de fuera y que se enorgullece de su olor a naftalina. Doña Perfecta no es más que la reina en un avispero del casi todos saldrán muy mal parados.

«Para que la mojigatería sea inofensiva, es preciso que exista en corazones muy puros. Verdad es que aun en este caso, es infecunda para el bien«, nos dice Galdós. Doña Perfecta es una mujer que vive hoy y vivirá siempre, un caracter que te encuentras por el mundo a poco que te fijes. El resto de los caracteres están bien dibujados, incluso el de la tontainas de la niña, y todos son muy reconocibles también hoy en día. Por lo demás, empiecen a leer la novela. ¡Que es GALDÓS! A mí me ha aburrido, aunque cuenta con algunos pasajes divertidos, llenos de humor. ¡ES GALDOS! ®Liviadru

Como cada mes, tenéis otras reseñas sobre el libro en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago . Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura..

Y es que no se trata de leer cualquier cosa

Si algo me ha gustado del libro de Pennac es su calma al escribir, su dulzura, la forma en que deposita sus ideas sin agredir. Incluso aquello con lo que no está de acuerdo y aquello que rechaza lo expone con cariño, con un punto de comprensión, compasivamente pero sin condescendencia, sin altivez. Yo creo que Pennac, acostumbrado a tratar con niños y adolescentes, se empeña en sus ensayos a enseñarnos el camino sin obligarnos a tomarlo, porque recorre con nosotros los caminos alternativos para irnos diciendo cada cosa que no debemos aprender. Porque también se aprende de lo que no se debe aprender…. Click para continuar leyendo

Como una novela, de Daniel Pennac

Como una novela unmundoparacurraEste mes, en el Club de lectura hemos leído un libro de Daniel Pennac, Como una novela. Es un libro corto de páginas, pero largo de luces, que da gusto leer por muchas razones. Tiene una prosa sencilla, está bien estructurado, y contiene razón y razones, idealismo e ideas, argumentos que, de puro simples, caen por su propio peso y que están respaldados por un sentido común inapelable. Se trata de un ensayo sobre el amor por la lectura, aunque Pennac lo convierte, con lucidez, en un ensayo sobre el aprendizaje, la pedagogía y la enseñanza de la lectura, en esa fase de nuestras vidas en las que un niño, un adolescente, moldeará su ser adulto.

Tarda Pennac en llegar al hueso, que no es ni más ni menos el dogma según el cual hay que leer. El dogma de la necesidad de leer, de la obligación de leer. Y contrapone a este dogma algo más simple, que es entender la lectura como un placer, como esa “ración diaria de ficción” que necesita cualquier niño (y cualquier adulto). Así nos va mostrando todas y cada una de las cosas que hacemos para atender el dogma y por el contrario descuidar el placer, la seducción, y, en el fondo, la razón de ser original de los libros: “Queda por entender que los libros no han sido escritos para que mi hijo, mi hija, la juventud, los comente, sino para que, si el corazón se lo dice, los lean. Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social son una cosa. Nuestra intimidad de lector y nuestra cultura otra.” Hay que separar los trapos de las toallas.

¿Hay que leer o hay que demostrar que se ha leído? Aplicado a la enseñanza, nos muestra cómo se lee un libro de 400 páginas para después reducirlo a una ficha de cuarenta líneas. Cómo los niños se enfrentan al libro-acantilado que hay que leer por obligación. Aplicado a los padres, éstos castigan sin televisión al niño que no ha leído el libro que le han mandado en la escuela, y nos hace ver la gran contradicción: «¡La televisión elevada a la dignidad de recompensa y, como corolario, la lectura rebajada al papel de tarea!”. Y más cosas raras que hacen los padres, y que Pennac nos va mostrando entre divertido y acusador. Ay, el dogma…

Pennac nos muestra con ternura el proceso por el que el niño descubre la lectura junto con la escritura, y el asombro del niño al leer por primera vez: tres puentecitos, un redondel, una curva, tres puentecitos, un redondel, una curva, y el resultado es mamá. Hasta entonces, hasta que el niño aprende a leer, somos nosotros los que les contamos un cuento cada noche. Leer en voz alta a otro es dar de leer. Pero cuando el niño aprende, pasamos de cuenta cuentos a contables. ¿Cuantos libros has leído? ¿Cuántas páginas? Pennac entonces reivindica volver al origen, seducir a través de las historias que nos cuentan los libros, rescatar de ellos lo que tienen como potenciador de la imaginación y de la curiosidad. Rescatar la ficción, la historia que nos cuentan, rescatar la novela.

El tiempo de leer es tiempo robado, y el problema no es si tengo tiempo o no, sino si me regalo o no ese tiempo”. Leer no es un deber, sino un derecho, y escribe Pennac cuáles son los derechos del lector, y el primero es el derecho a no leer. Luego hay otros (el derecho a abandonar un libro, el derecho a hojear, el derecho a leer en cualquier sitio, el derecho a leer cualquier cosa…), pero el mejor es el último: el derecho a callarnos. En fin, un libro delicioso que trata muchas otras cosas relacionadas con este asunto y para las que la reseña se hace corta. Mejor, leed el libro que es muy, pero que muy recomendable y que, en definitiva, es lo que él haría.

Como cada mes, tenéis las reseñas de ND en La mesa cero del Blasco, La de Livia en La originalidad perdida y la de Newland en Delenda est Carthago. Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura.