Visita al oculista

– De lejos ves bien, no necesitas gafas.

– ¿Seguro?

– Sí, seguro. Mira, lees el cartel 1,2 que es el cartel que debes ver.

– Pues yo vengo observando que algunas noches, los semáforos me bailan

– ¿Sobre qué hora te pasa eso?

– No sabría decirle, a partir de ciertas horas ya no miro el reloj y me dejo llevar. Bueno, a ver, tampoco me pasa siempre-siempre. Pero ver bien de lejos me preocupa porque me interesan mucho los paisajes. Formo parte de ellos ¿sabe? ¿Y de cerca, qué tal estoy?

– De cerca estás estupenda. No has tenido variación desde la última vez que viniste, hace ahora… dos años.

– Pues yo vengo observando que no veo bien, creo que he empeorado. Quiero decir, que ahora cojo un papel y me lo tengo que alejar para leer lo que pone.

– ¿Con las gafas?

– No, sin las gafas.

– Claro, pero es que tienes que ponerte las gafas.

– Ya, pero en un restaurante, por ejemplo, ya no veo bien la carta. El otro día tiré el vaso de agua porque no lo vi.

– ¿Llevabas las gafas?

– No.

– ¿No veías el vaso sin gafas?

– No, no lo veía.

– ¿ Y a qué distancia estaba el vaso?

– No tengo ni idea. Me lo tapaba la carta.

Mi visita al oculista se ha resuelto divinamente. De cerca estoy estupenda y además, muy simpático, me ha dicho que no aparento la edad que tengo. Y eso que venía de la oficina, que eso siempre te echa años.

Más majo que las pesetas

Ese dicho de «es más majo que las pesetas» siempre me ha resultado de lo más , de lo más, de lo más… ¡de todo!. Paleto, cretino, cursi, bobalicón, inelegante y materialista. Y desde que gastamos euros, casposo y anticuado. Para empezar, ya lo de «majo» me molesta un poco. Y lo de «maja» también, a no ser que lo diga mi amiga Olga de Pamplona, que dice «Ay majaaaa«, con mucha gracia. Creo que es al único ser vivo con el don de la palabra hispana a quien se lo soporto.

¿Que a qué viene esto? Pues porque hace un ratillo me encuentro con un vecino que me pregunta por mi sobrino, que es un chico alto, delgado, monísimo, educado, bien vestido (a pesar de ciertas frivolités militares), que da gusto verle, y mirarle, y oirle, y olerle, y pensarle, y hablarle, y va y me dice «ah, tu sobrino, qué majo es… ¡es que es más majo que las pesetas!«. Se me ha puesto el rictus del revés. Y me ha empezado a salir humo por la coronilla. La vista se me nublaba y sentía un helicobácter por el píloro, diciéndome «déjame que salga, déjame que salga«. Y he contestado, con una sonrisa encantadora (encantadora de chica encantadora y llena de ingenuidad que no ha roto un plato en su vida y que aunque hubiera roto alguno seguiría siendo encantadora y llena de ingenuidad):

– ¿ Pesetas? ¿Y eso cuánto es en euros?

Bueno, la verdad es que no es verdad. No he contestado eso. No he contestado nada. Con el rictus del revés y un helicobácter macarra por el píloro se me hace muy cuesta arriba poner sonrisa encantadora. Por no hablar de fingir ingenuidad ¡un lunes!

Y este frío…

En Marzo entra la primavera. Esa horterada. Y sin embargo hace un frío que pela.

Hace unos años, era un mes de Marzo soleado y tratábamos en una reunión el lanzamiento de una novedad comercial en un país que requería un desarrollo informático bastante complejo – como casi todos los desarrollos informáticos, by the way… -. Pedíamos un compromiso de fechas, por infinitas razones entre las que no se encontraba la curiosidad.

El gran jefe informático nos quiso tranquilizar: esto estará en otoño, escribió.

Aahhh. Y respiramos todos más tranquilos. La imagen de referencia era una simple gabardina, algunas hojas que caen de los árboles, un poquito de viento que se levanta, quizá un chaleco de ante, la chaqueta de tweed…

Mi jefe de entonces, un tipo bastante precavido, muy transaccional y poco amigo del pensamiento imaginario, advirtió: El otoño termina el 21 de diciembre.

Humm. Y nuestro pensamiento recolocó la referencia. Nieve, vientos huracanados, carreteras cortadas, lana, abrigos, guantes, gorros, botas, la nariz como un pimiento (y el pañuelo para la vela), la bufanda y we wish you a merry christmas…

Lo que son las referencias mentales. Y no llevar siempre la misma ropa…

 

Impuntualidad

Lo malo de la impuntualidad es que la espera se torna imprevisible.

13:29 horas

– Oye, que me pregunto si has llegado ya.

– No, pero ya estoy llegando. Aparcar y ya está.

– Vale, estoy en la puerta al solecito, fumando un cigarro.

13:37 horas

– Oye, ¿Estás llegando a Madrid o al restaurante?

13:46 horas

– Oye, ¿Vas a tardar mucho más? Porque me estoy quedando sin solecito…

13:52 horas

– Oye, que me pregunto qué clase de parking exige una vespa.

13:58 horas

– Oye ¿Traes tabaco?

Y lo bueno es que el tiempo toma holgura.

 

 

Verguenzas

Un amigo me ha regalado esta tarde la siguiente reflexión a propósito de un asunto de trabajo que no viene al caso. Me dice:

– A ese tipo le falta tener un poco más de vergüenza intelectual

– ¿Y cómo es eso?

– Tú fíjate que a todo el mundo le daría vergüenza ponerse en pelotas en el trabajo, o llevar abierta la bragueta y darse cuenta al final de una presentación de una hora. Sin embargo, a mucha gente no le da corte decir auténticas tonterías en un e-mail con copia a medio mundo, sin informarse antes, con malos modos y encima con faltas de ortografía, con una sintaxis imposible y mezclando varios asuntos al mismo tiempo sin orden, ni razón, ni concierto. Bum, lo manda y ya está. Son incultos, mucho, ignorantes, mucho, pero ¡no les da corte que se den cuenta los demás!. A eso le llamo yo tener falta de vergüenza intelectual.

– Está bien traído. ¿Me lo regalas?

Naturalmente, no era para mí, sino para Vds.

Entre la desgana y la tontuna

Hoy estoy desganada. Un franchute malvado y de almorranilla rebelde, perteneciente a algún sondercomando, nos ha regañado a cinco personas que buscábamos una fecha para preparar una presentación. Al tercer e-mail de «je ne peux pas, je vous propose…» ha irrumpido en la plácida negociación de agendas con una especie de eructo para avisarnos de que… bueno, que o nos poníamos de acuerdo YA o que nos íbamos a enterar de lo que eran unas buenas almorranas. Jesús, qué modales. Cómo tratará a la concierge

Así es que hablaré de ¡FUTBOL! Bueno, no, hablaré del Balón de Oro. O sea, del premio. Aunque no sé muy bien si «eso» es un premio o un concurso, la verdad, pero sabiendo que tiene el mismo valor el voto del capitán de las Islas Cook y de Nueva Caledonia que el voto de nuestro Casillas, podemos dejarlo hasta en sorteo. Incluso en tómbola de pueblo, qué alegría, qué alboroto, ¡ le ha tocado el perrito piloto!

¿Y qué queréis que os diga al respecto? Dicen que cuando pierdes, lo malo es la cara de tonto que se te queda. Pero Xavi (mi preferido) e Iniesta (el del resto de los españoles) pueden estar tranquilos: es peor la cara de tonto del que gana, y a ese no se le pasa ni cuando se quite ese esmoquin de Georgie Dann que me llevaba. Y para muestra, la foto (de Mundo Deportivo).

Alarma: delación

Hace un par de años, en San Francisco, estaba esperando un autobús. Llegó una chica y me dijo que estaba prohibido fumar en las paradas, que tenía que apagar el cigarro o marcharme unos metros más allá. Desde luego no discutí, y me fui unos metros más allá. Bastante tenía la pobre tragándose todo el humazo de los autobuses y coches que pasaban por aquella calle atascada. Su cáncer era tan probable como el mío, así que yo disfruté de mi cigarro unos metros más allá, y ella disfrutó de su ingenuidad unos metros más acá.

Del mismo modo que el precio del tabaco es inelástico, la gente no va a dejar de fumar porque se lo prohiban. Con este extremismo se renuncia a educar, para hacer lo fácil, que es prohibir. Ahora yo espero que empiecen a cerrar bares y restaurantes, a organizarse fumatones en las calles y a que no se pueda pasear por la acumulación de terrazas. Y seguiré fumando, convencida de que mis eventuales problemas pulmonares tendrán su origen en la contaminación tanto o más que en los cigarros que me fumo. Allá cada uno con su pedacito de ingenuidad.

Con todo, lo peor es el llamamiento a la delación. Si lo del Estado de Alarma me pareció dictatorial, esto me parece cercano al gulag, directamente estalinista. Eso sí da asco, no las colillas. Me da mucho asco oír a un pobre hombre de una asociación de consumidores darse notoriedad a través de las denuncias. Y me da mucho ascazo la Pajín, aunque, todo sea dicho, más por lo grasiento de su pelo y por su vulgaridad que por las bobadas que dice, aunque sean más nocivas que el humo del tabaco.

Y como tenemos que ser un país sano sanísimo y políticamente correcto, lo siguiente será obligarnos A TODOS a hacer deporte. Nos darán una cartilla, y un vecino comisario validará que nos ve salir cada día con el chandal de Decatlon. El no nos verá llegar, pero dejaremos constancia de nuestros desvelos en el ascensor. Eso ya lo puede olisquear cualquier inspector de sanidad entrenado en hacer cumplir la ley anti-tabaco.

Mi madre tiene 74 años y dice que va a empezar, ahora, a fumar. No lo descarto, ella sí ha vivido en una dictadura y me parece muy normal que se quiera, ahora, rebelar…

El Rastro un 2 de enero

He ido esta mañana al Rastro con mi sobrino. Quería comprarse una chaqueta militar alemana. Mi sobrino es un chaval normal de 15 años con un poco de tontería. Solo un poco, tampoco mucha…

Me ha dejado muy sorprendida la cantidad de puestos y tiendas que venden ropa militar. Usada, nueva, de todo. Hasta máscaras de gas puedes encontrar. Y cascos. Y dependientes muy motivados y profesionales:

Mire, es que estoy buscando una alemana que no lleve forro, esto parece una parka.

– ¡Pero el forro se quita! Es que, mira guapa, cuando salen de Alemania, hace frío. Pero luego, en las guerras esas donde van, allí es el desierto y hace más calor. ¿Ves? Se quita (lo va a quitar)

– No, no lo quite, no lo quite. Lo que quiero decir es que busco algo más ligero, tipo camisa y…

– Sí, mira, tengo guayaberas.

– ¿?… ¿ Del ejército… alemán?

– No, guapa, cubanas de Cuba. Guayaberas alemanas no me quedan ahora, pero si te pasas en una semana… Mira, en las guerras realmente se ponen estas, de camuflaje. Aunque ahora ya no van de camuflaje. Van pixelados… Estas se las ponen y luego salen en el telediario ¿ves?… Y si no, tengo una austriaca ¿ves el escudo? Austelrei… o belga de Bélgica, holandesa de Holanda, danesa, de, de… ¡Si da igual de dónde sean, si está todo al lado!… luego le cambias la bandera y a correr. Si total, el chaval no va a ir a ninguna guerra ¿Eh, chaval?

– Pues… no creo yo… bueno, a ver, esa del forro que luego se quita el forro. ¿La tendría algo más corta?

– Bueno, eso ya es coger una talla menos…

– ¿?… ¿cómo dice?

– ¡ Si da igual! Si en las guerras esas van todos arremangaos, por el calor del desierto ¿Ves, majo? Tú te pones esto, te arremangas ¡Y a la guerra!

– Tía, vámonos, esta mujer está loca… Quiere que vaya a la guerra.

– Esto te pasa por querer ponerte cosas raras, vas a parecer un mamarracho y eso es casi peor que una guerra. Vamos a buscar un collar para Curra, que parece una compra más pacífica.


En la librería infantil

Una mujer entra en la librería infantil de una buena amiga. Pasa de la treintena. No mira. Espera, algo malhumorada, a que la atiendan:

– Quiero algo para que los niños estén distraídos como un par de horas. Bueno – aclara impaciente – más que distraídos, necesito que no molesten mientras cenamos. Y quiero garantías.

Se me ocurren tres respuestas:

RESPUESTA 1: ¿Qué tal una mordaza y unas cuerdas, señora?

RESPUESTA 2: ¿ Qué tal si se van todos al Mac Donalds?

RESPUESTA 3: ¿ Qué tal un libro sobre educación infantil…para Vd?

Mi amiga optó por venderle algo rapidito. Y no ha registrado la venta, segura de que la mujer volverá para descambiarlo…

PS: Gracias Z. No te pongo la inicial del apellido, comprenderás por qué…

Horóscopo fallido

Acabo de leer mi horóscopo de hoy. Dice: «El astro-rey Sol le manda una mayor autoconfianza, levantando su tono vital. Y… Saturno, Marte y Plutón le desafiarán». No entiendo bien los puntos suspensivos, pero ahí estaban…

Si lo hubiera leído a las 9 de la mañana en vez de a las 9 de la noche, tal vez podría haber echado mano de una autoconfianza que por lo visto puede ser aun mayor de la que generalmente me adorna. Porque hoy me he encontrado, en efecto, a Saturno, a Marte y a Plutón que, por ese orden, no solo me han desafiado sino que además me han sacado de quicio.

Voy a ver si ahora, después de la cena, me aplico esa reserva de autoconfianza que según el horóscopo tengo para hoy, y elevo mi tono vital. Todo será que el Astro-rey Sol no quiera hacer horas extras. Pero ya me pongo yo cerca de una lámpara, que no es cosa de andarle molestando, al astro-rey.

Será por autoconfianza…