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Acerca de Cjimenez

Reirse es buenísimo para el cutis. Madrileña, madridista y algo francófila. Los emoticonos son el horror, el horror.

Una ola feroz

Susana, pendiente de María y de su chapoteo en la orilla, llegó al borde del mar tranquila y segura de sí misma pensando que con ella no iban aquellas olas asilvestradas. Se metió en el mar hasta que el agua le llegó a las pantorrillas, abrió las piernas para plantarse bien en el suelo de arena y puso los brazos en jarras.

En esas estaba cuando llegó una suerte de Miura espumoso que la dobló literalmente por la mitad. Y entonces se ve que tuvo un pensamiento corto y decidió que lo mejor para no caer era tirarse. Con rapidez, echó las manos al suelo y se arqueó como un gato, pensando que la postura traería la astucia, y así salvó el primer embate. Pero se confió demasiado al quererse incorporar, porque el resto de la ola –o sea, la mitad del Atlántico–, se le echó encima y la sumergió como en una lavadora. Y la fiesta no acabó ahí: llegó entonces una tercera ola, más violenta aún que las anteriores, la cogió por las corvas, la levantó dos palmos del suelo, la puso horizontal y la dejó caer a plomo. Una vez que el mar hizo hizo todo eso con ella, y por si acaso se le ocurría rechistar, la envolvió de nuevo para darle un par de vueltas más para rematar su guiso, para el caso una tortilla o un sencillo revuelto.

Se levantó desorientada sin saber a qué punto del horizonte debía mirar y sin entender si seguía en la Isla de La Palma o ya había llegado a Zanzíbar. Era como una señora recién salida de la peluquería a la que le tiran un cubo de agua por encima. Y entonces, con cara de susto, se echó las manos a la cabeza y gritó “¡Mis gafas!”. María la miró queriendo entender el problema, feliz mientras seguía rebozada en la espuma y la arena, disfrutando como sólo disfrutan los niños.

– No te preocupes por las gafas, que el mar lo devuelve todo–, le dije a Susana. Pero el mar, como hacemos los humanos, sólo devuelve lo que no le gusta. Ahora sus gafas estarán en la tripa de algún pez.

Estuvimos en aquella playa hasta que el espectáculo ya sólo podía repetirse, cansadas de ver a otros bañistas salir reptando del mar como las iguanas. Nos tomamos algo en un bar cercano y nos volvimos al hotel, a darnos una ducha en calma. Todavía tenemos arena en el pelo.

Que viva España en Japón

Sí, es la canción de Manolo Escobar. Y sí, los cantantes van vestidos de tirolés. ¿La Oktober fest en Mallorca?

Sobre la calidad de las voces, mis impresiones transitan entre la certeza de que en Japón también hay gatos y la sospecha de que los usan para practicar alguna técnica en las academias de canto.

Pido atención a la chiquita de delantal verde y gafas que está entre el público. No sé ustedes, pero yo no tengo dudas: pasó en Madrid una mañana entera cuando volvía de Roma y antes de embarcarse hacia París.

En cuanto a la coreografía, personalmente la encuentro algo previsible y con falta de garra. Me faltan unos espumillones, unas velitas, un algo que agitar, no sé.

Y, por último, hay que destacar la interpretación de la letra. Ese estribillo que dice «España por favorrrr» desconcierta un poco, aunque, francamente, yo daría dinero por saber la traducción de lo que dicen en japonés el resto del tiempo.

Estos japos…

El príncipe, de Nicolás Maquiavelo

el_principeHoy vengo a hablarles del segundo libro del año del Club de lectura. Llego tarde para publicar este post, porque les pedí a mis compañeros que me esperaran hasta el martes porque no lo había terminado, y luego el martes se me pasó escribir (las emociones del fútbol, ya ven). O sea, lo que le faltaba al club: el desorden. Y ahora voy a la reseña.

El príncipe es uno de tantos libros conocidísimos y citadísimos que en realidad ha leído poca gente. Se comprende poco cuando ves que se trata de un librito de apenas 130 páginas, pero se entiende mucho mejor en cuanto se recorren las diez primeras: es muy aburrido. Y es que Maquiavelo lo escribió como un regalo a Lorenzo de Médicis –a quien llama Vuestra Magnificencia– con el fin de aconsejarle a partir de su propia experiencia y la observación de la historia, y no para distraer al público. Así es que Don Lorenzo o cualquier otro príncipe le encontraría al libro la utilidad y el interés que a mí me falta. No es de extrañar: tengo poco de princesa, aunque, la verdad sea dicha, me chiflaría que alguien me llamara Vuestra Magnificencia.

Pero he subrayado cositas, no crean. Porque me he aburrido, sí, pero he procurado entender lo que me estaban contando, aunque no me sirva de mucho. Ah, y una cosa: les comunico que la clase política española, y diría que europea, no han transitado esas páginas ni por asomo. Vean, vean, y extraigan conclusiones:

“ Cuando los males se prevén, admiten remedio; pero si se espera a que se presenten, no se logrará el remedio, haciéndose incurables”.

“… es indispensable ganar a los hombres o deshacerse de ellos. Si se les causa una ofensa ligera, podrán vengarla; pero aniquilándolos, quedan imposibilitados de tomar venganza”

“Nunca debe dejarse empeorar un mal por temor a la guerra, pues al cabo ésta no se evita y sólamente se dilata en daño propio”.

“El príncipe que procura el engrandecimiento de otro, labra su propia ruina; porque para ello ha de emplear su fuerza o su ingenio y estos dos medios despiertan sospechas en el ánimo de aquel que ha llegado a poderoso”

“Los daños deben hacerse todos de una vez, porque cuanto menos se repitan, menos hieren; y los beneficios conviene ejecutarlos poco a poco, para que se saboreen mejor”.

“Así, el príncipe que quiera triunfar debe saber ser malo, y usar este conocimiento si lo necesita para defender sus intereses” (esta parte tampoco la han leído, pero intuitivamente han sabido llegar a ella)

“Un príncipe deseoso de ser alabado por su generosidad, no repara en ninguna clase de gastos, y para mantener esa reputación suele verse obligado a cargar de impuestos a sus vasallos y echar mano de todos sus recursos fiscales, lo que no puede menos que hacerle odioso, además de que, agotado el tesoro público con su prodigalidad, no sólo pierde su crédito y se expone a perder sus estados al primer revés de la fortuna, sino que al cabo cosecha más enemigos que amigos […] Siempre será mejor ser poco generoso que serlo demasiado: puesto que lo primero, aun cuando no parezca elegante, no acarrea, a lo menos, como lo segundo, el aborrecimiento y el desdén.

«Algunos disputan acerca de si es mejor que el príncipe sea más amado que temido: y yo pienso que de lo uno y de lo otro necesita. Pero como no es facil hacers entir en igual grado a los mismos hombres estos dos efectos, habiendo de escoger entre uno y otro, yo me inclinaría por el último con preferencia.»

“Bástale para no ser aborrecido respetar el patrimonio de sus súbditos […] porque es preciso confesar que más pronto olvidan los hombres la muerte de sus parientes que la pérdida de su patrimonio.»

Y aquí, la prueba definitiva:

«Procurará el príncipe proteger la virtud, honrar a los que sobresalen en cualquier arte, fomentar en sus conciudadanos el tranquilo ejercicio de sus profesiones y oficios, lo mismo en el comercio que en la agricultura, y en todas las demás actividades a que los hombres se dedican, para que no se abstengan: unos, de mejorar sus haciendas por temor a que se las quiten, y otros, de abrir nuevas vías al comercio por miedo a los impuestos.»

En fin, léanselo que no les hará daño, aunque tengan cuidado con la edición que escogen. Buscando las citas en versiones digitales, me he llevado la sorpresa de comprobar que la edición que manejaba yo (Colección Edime, 1965) se parecía a las otras como un huevo a una castaña, con giros, frases y sentidos muy diferentes en algunos casos entre ellas. Vean un ejemplo, casi al final del libro, en el que una comparación inocua entre la fortuna y la mujer se convierte en un párrafo que parece escrito por un psicópata –aparte de perder todo el sentido:

– Edición Edime 1965: «Más vale ser atrevido, porque la fortuna es mujer y gusta más de la fuerza que de los miramientos. Y, como mujer, amiga de la juventud, porque los jóvenes son audaces y vehementes.»

– Edición digital Austral, traducción Eli Leonetti: «Estoy convencido de que es mejor ser impetuoso que prudente, porque puesto que la suerte es como una mujer, para someterla hay que pegarla y maltratarla. Y se puede ver que se deja vencer más fácilmente por los que actúan así que por los que proceden fríamente, y por eso, como mujer que es, siempre es amiga de los jóvenes, porque son menos cautelosos, más fieros y la gobiernan con más audacia»

En fin, algunos editores lo único que maltratan (por Austral) es la gramática…

Como siempre, tienen otras opiniones en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo, o no. Hasta julio, que volveremos con La gran migración, de H.M. Enzensberger.

El puñal. Yo versioné a Borges sin respeto

Pues resulta que en un cajón de mi casa hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a finales del siglo XIX. Luis Melián Lafinur, un jurista de medio pelo pariente de mi padre, se lo trajo ni más ni menos que de Uruguay. Evaristo Carriego, otro amigo suyo poeta, lo tuvo una vez en la mano y soltó aquel ripio atroz: “El puñal que Lafinur te trajo del Uruguay, no es un puñal astur sino de Toledo, que es más guay.”

Quienes ven el puñal no pueden evitar jugar un rato con él. Se ve que les gusta toquetear un puñal tan chulo y enseguida se les va la mano a la empuñadora, que está ya muy sobada. Y entonces todos se ponen a meter y sacar el puñal de la vaina, dicen que para comprobar la precisión.

El puñal, por su parte, quiere otra cosa. Si tuviera vida, preferiría alejarse del cajón. Los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin más preciso y mucho más emocionante, como es clavarse en la espalda de cualquiera. El puñal eterno es el que anoche mató a un ñeta en Alcobendas y es el puñal que mató a Julio César a la entrada del Senado de Roma. Y es que el puñal quiere derramar sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, el puñal sueña que es un tigre atado a un poste y que va a llegar cualquier fulano y, zas, pone el metal a bailar. Tanto ánimo tiene que habría sido capaz de tomar por homicida incluso al pobre Evaristo Carriego, aunque, teniendo en cuenta los poemas que perpetraba, lo normal es que el asesinado hubiera sido el propio Evaristo.

A veces me da lástima el puñal. Tanta dureza, tanta fe, y los años pasan, inútiles. Igual me animo un día y me lo llevo a la oficina.

…..

Mis disculpas. Para leer el texto original, haz clic AQUÍ.

Compresas vintage

Reconozco que este asunto me ha pasado desapercibido hasta ayer. Vi pasar un tuit la semana pasada pero pensé que era una de tantas chorradas que circulan en la red, a las que más vale no hacer mucho caso. Pero no, es cierto: un grupo político en Cataluña se ha atrevido a decirnos a las mujeres que dejemos las compresas y que volvamos a los pañitos de tela que usaban nuestras abuelas. Proponen también las esponjas marinas en sustitución de los tampones y también, claro, la copa menstrual, lo que me hace pensar que, además de un grupo político, es un grupo de psicópatas.

La razón que dan es la ecología. Nos dicen que las compresas y tampones son anti ecológicos. Supongo que no lo serán mucho más que los envoltorios de las patatas fritas, el papel en el que envuelven el pescado, los neumáticos de los coches o, de forma mucho más aproximada, los pañales para bebés. Y sin embargo, parece ser que -y de esto no me había dado yo cuenta- las mujeres ensuciamos el planeta más que los hombres, con esa dichosa menstruación que es, sin duda, un arma de destrucción de los bosques del Brasil.

Qué moderno, oigan. Y qué romántico. Yo supongo que habrán desaparecido en la mayoría de las casas, pero sería realmente maravilloso poder usar de nuevo los pañitos de las abuelas. ¿No rebuscamos por los armarios para encontrar ese chal antiguo o ese sombrero vintage? ¿No nos encanta abrir esos cofres y encontrar esos pendientes de los años 40, o ese pañuelo de los 50? Pues oigan, nada comparable con colocarse en los bajos uno de esos pañitos tan suaves para evitar que se manche la falda. Compresas vintage para todas, no se hable más.

– Huy, qué culo más respingón te hacen esos pantalones.

– Ya, hija, es que llevo puesto un pañito de mi abuela.

En fin, tampoco hay que recurrir a las abuelas para que nos expliquen lo que opinan de la iniciativa, basta con preguntarle a muchas madres. La mía sin ir más lejos, con casi 80 años, recuerda perfectamente los pañitos. Y los cinturoncillos con botones para sujetarlos. Así que me dice, a la hora de escribir este post, que es conveniente que el servicio de salud que va a explicar a las adolescentes que se pongan un paño de tela, explique también la necesidad de ponerse bragones de cuello alto porque, con una braga tanga, lo del pañito es inviable.

Al hilo de esto, me dice mi madre que también recuerda la vida sin lavadora. Y sin lavavajillas. Y sin plancha de vapor. Y sin cocina de gas. Lo bueno de volver a los tiempos sanos y ecológicos es que las mujeres curraban poco fuera de casa, y aunque dentro trabajaban como mulas, tenían la ventaja de no tener que acarrear  el paño de tela sucio en el metro a la vuelta de la oficina.

Yo supongo que lo siguiente será una moción en contra del papel higiénico. Oigan, teniendo dos manos y un grifo cerca, ¿ de verdad creen que es imprescindible someter al planeta a esa presión de desechos a la que nos impele la civilización capitalista del siglo XXI?  ¡Qué falta de progresismo!

 

 

Cortinas

Una cortina no es una puerta. No tiene mirilla, ni dintel. No tiene quicio, ni bisagras. No tiene pomo, no tiene umbral. No hace clac.

Las cortinas no cierran el paso, tan sólo lo disimulan. A veces lo incordian. Uno aparta la cortina cuando se cruza en su camino como el que se quita una mosca de la cabeza, con cierta molestia, con un algo de desprecio, y con mucha desgana. Uno aparta la cortina con el dorso de la mano, como un mal pensamiento.

Una cortina corta es tan ridícula como un pantalón pesquero. Y una cortina larga es tan sucia como una escoba sin recogedor, o como una alfombra sin levantar, o como un plumero sin sacudir. Es como una falda larga sin miriñaque que una mujer pinza con indolencia para subir unos escalones, igual que se pinza un pelo para quitarlo de una mesa.

La cortina es la puerta de los pobres.

Hay otras cortinas. Las cortinas de humo, que también son un manto, y que esconden la verdad de miradas curiosas y de miradas interesadas. Y de miradas limpias. Las cortinas de humo son, como la tinta de calamar, una evasión cobarde. También existen las cortinas de acero, que por brutales se dan en llamar telón, palabra que fuera del teatro provoca escalofríos.

Y por último hay cortinas de agua. Estas cortinas son el resultado de una bonita cascada, de una fuente elegante o de una lluvia imponente. El agua les aporta verdad. Y uno puede querer abrazar esa cortina, pero se encontrará abrazado a sí mismo aunque el dibujante intente hacer trampas.

(Ilustración de Gervasio Troche)

para escrito

Lovecats, de The Cure

Me encanta esta canción. Les iba a poner el vídeo de Youtube para que lo vieran, pero tengo para mí que estos videos no se miran nunca. Uno dice «Bah, ya conozco la canción, la oiré en otro momento» y se saltan la única sustancia que tiene el post.

A ver si así.

Que tengan una buena tarde de sábado.

La vinoteca de Mares

Todo parece viejo pero nada lo es en la vinoteca de Mares, si exceptuamos los vinos, aunque los vinos ya son viejos desde jóvenes. El vino empieza a ser vino desde que cae la uva del árbol y la pisan en el lagar, desde que el mosto se encierra en las barricas para que se geste con la temperatura y con el tiempo, y desde que se incuba en soledad para que luego se beba en compañía. El vino no se entiende de otro modo si es que se quiere entender de vino.

Las botellas están por todas partes, y son cilindros, son conos, son cubos con cuello repartidos por las estanterías. Esbeltas y espigadas o rollizas y generosas, se muestran espléndidas vestidas con su mejor etiqueta, y esperan con coquetería ser vistas, ser miradas, para ser deseadas y preferidas. Y al serlo se transformarán en un objeto inútil, como en una eclosión, y cederán su protagonismo al vino que contienen y perderán con ello su condición de cuerpos de culto. Triste final el de la orgullosa botella de vino, abandonada al porvenir de cualquier contenedor de reciclaje para salir convertida en añicos, o si tiene más suerte, para ser lavada y reutilizada y recuperar, tal vez con ello, un poco de fuste. La pobre.

La alegría del vino se deja rodear por un ambiente cercano a la comodidad, porque la comodidad debe ser cercana si se quiere crear ambiente de alegría. Los ingleses le llaman a eso atmósfera, pero los ingleses son unos bárbaros que se conforman con respirar para imaginar el placer y además no entienden de vinos. Si la vinoteca tuviera nacionalidad sería italiana, y si quisiéramos venir al atardecer, la luz natural entraría por los ventanales como en un anuncio de aceite de oliva virgen. Y es que estas imágenes sólo las consiguen los italianos. Pero nosotros venimos aquí de noche, así que nos dejan un espacio con luz indirecta, una luz de lámparas estilizadas o menudas que se reparten aquí o allá sobre veladores decapados, una luz que ilumina el interior y deja fuera la mirada del que se detiene en el escaparate.

No hay azar en el desorden, ni siquiera después de beber una copa. Estanterías que son cajas de fruta, con su madera basta. Mesas que son cajas de vino, con su madera firme. Tarima en el suelo y libros en la pared, que para eso el papel y la madera recuerdan los aromas del vino. Sillones mullidos, robustos taburetes, sillas altas como troneras de niño desde las que se ven las tinajas en los altillos, colocadas junto a regaderas y a macetas con flores de interior siguiendo una incoherencia armónica, o sea, siguiendo una pauta de lo más rara. Butacas rechonchas que alguien compara con una bañera antigua, una bañera tripuda en la que yo, no sé por qué, me imagino al Marat muerto en el cuadro de David, con el brazo del que cae una pluma tan asesina como el cuchillo de Madame de Corday. Digresiones muy a tono con la conversación, conversación muy a tono con la creatividad, creatividad muy a tono con el vino. El vino casado con la amistad, una mujer para un marido perfecto.

Dedicado a Mares, que tiene una vinoteca encantadora en General Pardiñas  con Don Ramón de la Cruz y que elige unos vinos deliciosos.

¿Horario de Greenwich?

Huso horarioEstos días, con motivo del cambio de hora, se ha vuelto a hablar de los horarios españoles, algo sobre lo que se discute dos veces al año sin que cambie nada más allá de los biorritmos de cada uno. En esta ocasión, el debate lo ha animado el Sr. Rajoy con su propuesta para que España cambie al horario de Greenwich, algo con lo que yo estoy de acuerdo aunque sólo sea para ordenar un poco el mapa de los husos, que está hecho una pena y es de una incoherencia que asusta. Aunque luego Rajoy lo embarulló todo al argumentar que, con este simple cambio, los españoles conciliaríamos mejor, dormiríamos más y cambiaríamos con el decreto mágico nuestras costumbres. De propina, añadió el anuncio de una ley para terminar de trabajar a las 6 de la tarde, algo con lo que supongo se referirá sólo a los funcionarios. Pensará que, total, desde los tiempos de Larra te dicen siempre eso de vuelva usted mañana, así es que poco más se puede romper.

Yo creo que este asunto del cambio de hora vale para escribir un post y poco más. En un país en el que los pantanos son de derechas y las desaladoras de izquierdas, pensar que en el parlamento se van a poner de acuerdo en la hora a la que es mejor que salga el sol es como creer que hay unicornios en la Gran Vía. Ante una propuesta de estas características, según si la trajeran los unos o los otros, el PSOE diría que votarán en contra pero que están dispuestos a dialogar, Podemos exigiría un control estricto sobre el Sol a través del envío de naves espaciales ignífugas, los de Ciudadanos elaborarían un documento de 78 puntos y el PP llevaría el asunto al Tribunal Constitucional. Izquierda Unida, por su parte, perdería su penúltimo diputado en favor del Grupo Mixto. Lo más probable es que, después de dividir a los españoles sobre qué huso es de derechas y cuál de izquierdas, habilitaran tres o cuatro subvenciones para estudiar el impacto de la medida, y aquí paz y despues gloria hasta el año siguiente.

Y miren, casi mejor que no se pongan de acuerdo en el parlamento nacional. Porque España es también el país de los hechos diferenciales. ¿De verdad creen ustedes que ante un cambio de huso horario, los españoles saldríamos del trance teniendo todos la misma hora en todas las Comunidades Autónomas? ¡Pero si en Tobarra, que es un pueblo de Albacete con menos de 8.000 habitantes,  se han negado a cambiar la hora al mismo tiempo que en el resto de España simplemente para no restarle una hora a su tamborrada de Semana Santa! ¿De verdad creen ustedes que, teniendo la oportunidad de cambiar o no cambiar la hora, los catalanes aceptarían tener la misma hora que los gallegos, o los vascos la misma que Madrid? ¿Creen de verdad que los pueblos con intereses turísticos aceptarían el cambio igual que los pueblos agrícolas? ¿Creen en serio que el partido político de turno en el gobierno no negociaría este asunto con sus caciquillos locales? ¡Ja! Si sobrevivíeramos al diálogo nacional saldríamos al menos teniendo 3 husos diferentes, si no 4. Y más o menos la cosa quedaría así:

MAPA-ESPAÑA-HUSOS

Yo lo pienso y me veo cambiando la hora del reloj cada fin de semana que suba al poblachón. En cuanto a las costumbres, pues qué quieren que les diga. Comer a las 12 o cenar a las 7 de la tarde a mí no me sale y creo que, aunque me hicieran vivir en Islandia veinte años, lo máximo que lograrían es que me llamaran Carmen Julianidottir y que me acostumbrara a llevar dobles calcetines. Si alguien me pregunta, yo prefiero que cada cual coma a la hora que le pete y vaya y vuelva de trabajar a la que le dejen.

No se asusten que nada cambiará. Salvo que medie una buena tamborrada.

Cristales pisados

Cristales pisados. Ese era el ruido que había escuchado por un instante. Un sonido casi inadvertido entre el goteo lento de la vieja cañería. Un crujido que le había resultado sobrecogedor y que ahora, una vez identificado, sonaba atronador en ese silencio solemne que produce la oscuridad. El eco de la pisada era un recuerdo resonando sobre el palpitar de su propio corazón, pam-pam, pam-pam.

Le subió la angustia a la garganta y a duras penas consiguió tragar un poco de saliva, mezclada con sangre y algo de arena. Se concentró en el sabor acre, metálico, seco de su boca y el gusto áspero le produjo una arcada dolorosa. Estaba aturdido e incapacitado para huir. Inmóvil, vencido por una herida de la que no sabía la gravedad, se palpó el costado y notó su piel fría, sobre la que se sobreponía el tacto viscoso de su propio sudor y de su propia sangre.

Y de pronto, el resplandor del fogonazo lo cegó. El olor a azufre llegó hasta él mientras recuperaba algo de visión y empezaba a distinguir las chispas naranjas y amarillas sobre las que se erguía aquella bestia imponente que movía despacio la cabeza. Una cabeza desproporcionada de la que sobresalían unos ojos sanguinarios y una mandíbula aterradora.

A tientas buscó el cuchillo entre la ropa y lo empuñó con fuerza. Se dijo que tal vez debería contar hasta tres pero aquello le pareció demasiado tiempo para demorar una decisión que ya había tomado. Levantó el brazo y se clavó el cuchillo en su propia garganta, justo debajo de la nuez. Sintió un dolor agudo, feroz. Una nueva oscuridad y un nuevo silencio lo envolvieron con suavidad, camino de ese mundo en el que ya no podría sentir nada más, ni siquiera miedo.