El príncipe, de Nicolás Maquiavelo

el_principeHoy vengo a hablarles del segundo libro del año del Club de lectura. Llego tarde para publicar este post, porque les pedí a mis compañeros que me esperaran hasta el martes porque no lo había terminado, y luego el martes se me pasó escribir (las emociones del fútbol, ya ven). O sea, lo que le faltaba al club: el desorden. Y ahora voy a la reseña.

El príncipe es uno de tantos libros conocidísimos y citadísimos que en realidad ha leído poca gente. Se comprende poco cuando ves que se trata de un librito de apenas 130 páginas, pero se entiende mucho mejor en cuanto se recorren las diez primeras: es muy aburrido. Y es que Maquiavelo lo escribió como un regalo a Lorenzo de Médicis –a quien llama Vuestra Magnificencia– con el fin de aconsejarle a partir de su propia experiencia y la observación de la historia, y no para distraer al público. Así es que Don Lorenzo o cualquier otro príncipe le encontraría al libro la utilidad y el interés que a mí me falta. No es de extrañar: tengo poco de princesa, aunque, la verdad sea dicha, me chiflaría que alguien me llamara Vuestra Magnificencia.

Pero he subrayado cositas, no crean. Porque me he aburrido, sí, pero he procurado entender lo que me estaban contando, aunque no me sirva de mucho. Ah, y una cosa: les comunico que la clase política española, y diría que europea, no han transitado esas páginas ni por asomo. Vean, vean, y extraigan conclusiones:

“ Cuando los males se prevén, admiten remedio; pero si se espera a que se presenten, no se logrará el remedio, haciéndose incurables”.

“… es indispensable ganar a los hombres o deshacerse de ellos. Si se les causa una ofensa ligera, podrán vengarla; pero aniquilándolos, quedan imposibilitados de tomar venganza”

“Nunca debe dejarse empeorar un mal por temor a la guerra, pues al cabo ésta no se evita y sólamente se dilata en daño propio”.

“El príncipe que procura el engrandecimiento de otro, labra su propia ruina; porque para ello ha de emplear su fuerza o su ingenio y estos dos medios despiertan sospechas en el ánimo de aquel que ha llegado a poderoso”

“Los daños deben hacerse todos de una vez, porque cuanto menos se repitan, menos hieren; y los beneficios conviene ejecutarlos poco a poco, para que se saboreen mejor”.

“Así, el príncipe que quiera triunfar debe saber ser malo, y usar este conocimiento si lo necesita para defender sus intereses” (esta parte tampoco la han leído, pero intuitivamente han sabido llegar a ella)

“Un príncipe deseoso de ser alabado por su generosidad, no repara en ninguna clase de gastos, y para mantener esa reputación suele verse obligado a cargar de impuestos a sus vasallos y echar mano de todos sus recursos fiscales, lo que no puede menos que hacerle odioso, además de que, agotado el tesoro público con su prodigalidad, no sólo pierde su crédito y se expone a perder sus estados al primer revés de la fortuna, sino que al cabo cosecha más enemigos que amigos […] Siempre será mejor ser poco generoso que serlo demasiado: puesto que lo primero, aun cuando no parezca elegante, no acarrea, a lo menos, como lo segundo, el aborrecimiento y el desdén.

“Algunos disputan acerca de si es mejor que el príncipe sea más amado que temido: y yo pienso que de lo uno y de lo otro necesita. Pero como no es facil hacers entir en igual grado a los mismos hombres estos dos efectos, habiendo de escoger entre uno y otro, yo me inclinaría por el último con preferencia.”

“Bástale para no ser aborrecido respetar el patrimonio de sus súbditos […] porque es preciso confesar que más pronto olvidan los hombres la muerte de sus parientes que la pérdida de su patrimonio.”

Y aquí, la prueba definitiva:

“Procurará el príncipe proteger la virtud, honrar a los que sobresalen en cualquier arte, fomentar en sus conciudadanos el tranquilo ejercicio de sus profesiones y oficios, lo mismo en el comercio que en la agricultura, y en todas las demás actividades a que los hombres se dedican, para que no se abstengan: unos, de mejorar sus haciendas por temor a que se las quiten, y otros, de abrir nuevas vías al comercio por miedo a los impuestos.”

En fin, léanselo que no les hará daño, aunque tengan cuidado con la edición que escogen. Buscando las citas en versiones digitales, me he llevado la sorpresa de comprobar que la edición que manejaba yo (Colección Edime, 1965) se parecía a las otras como un huevo a una castaña, con giros, frases y sentidos muy diferentes en algunos casos entre ellas. Vean un ejemplo, casi al final del libro, en el que una comparación inocua entre la fortuna y la mujer se convierte en un párrafo que parece escrito por un psicópata –aparte de perder todo el sentido:

– Edición Edime 1965: “Más vale ser atrevido, porque la fortuna es mujer y gusta más de la fuerza que de los miramientos. Y, como mujer, amiga de la juventud, porque los jóvenes son audaces y vehementes.”

– Edición digital Austral, traducción Eli Leonetti: “Estoy convencido de que es mejor ser impetuoso que prudente, porque puesto que la suerte es como una mujer, para someterla hay que pegarla y maltratarla. Y se puede ver que se deja vencer más fácilmente por los que actúan así que por los que proceden fríamente, y por eso, como mujer que es, siempre es amiga de los jóvenes, porque son menos cautelosos, más fieros y la gobiernan con más audacia”

En fin, algunos editores lo único que maltratan (por Austral) es la gramática…

Como siempre, tienen otras opiniones en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo, o no. Hasta julio, que volveremos con La gran migración, de H.M. Enzensberger.

Un pensamiento en “El príncipe, de Nicolás Maquiavelo

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