E.

Os he hablado otras veces de ella. Cuando os contaba cómo quitar los grumos de la agenda, o cómo se le llama en Francia a los dedos de los pies. O cuando me ayudaba a traducir un giro imposible, refranes de una jerga olvidada, palabras sincopadas en un argot ultra parisino, a veces imposibles de descifrar para ella, una dama del distinguido St Germain en Laye. He hablado de E. alguna vez como la dueña de mi tiempo, en una de esas exageraciones que digo yo y que tienen como único objetivo llevar la idea al límite para que nadie pueda albergar ninguna duda. Y es que una secretaria puede convertir tu vida en un infierno o, como es el caso, regalarte tranquilidad, darte un plus de memoria, despejar tu vida de tareas tan fastidiosas como obligatorias y proporcionarte tiempo. Nada menos que más tiempo.

En 2002, después de pasar todos los filtros, yo le hice la entrevista final. Recuerdo perfectamente una de mis preguntas – ¿tienes paciencia? – y su respuesta, tan convincente. Y mi sarcasmo posterior, tan despiadado. Y desde entonces, con un largo intervalo de tres años, siempre ha sido la mirada que me recibía por las mañanas, sus buenos días con ese acento inconfundible, esa expresión de saber exactamente en qué estaba yo pensando, qué tendría yo en la cabeza y, sobre todo, qué es lo que no tendría. En cuanto a mí, según ella había que descontar de mi gesto el efecto del día de la semana, tal y como me dibujó la primera vez que nos despedimos la una de la otra.

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Y en todo este tiempo, yo le decía “Arréglalo” y siempre lo arreglaba. Mis desastres, mis olvidos, mi mal humor, mi soberbia, mi incapacidad. Mis explosiones bélicas, mis amenazadores «ya le puedes ir diciendo de mi parte que…” me los devolvía envueltos en la seda de la diplomacia, de la calma, de la sonrisa y de la discreción. Se asomaba y me decía desde la puerta “Carmen, igual te vas a enfadar…”, para que no me enfadara con alguien. O si no mediaba aviso, terminaba con un rotundo “ya sabía yo que te ibas a enfadar”, para que recapacitara y se me pasara el enfado. Testaruda como ella sola, yo creo sin embargo que es la única persona en el mundo con la que nunca he discutido ni me he enfadado. Tal vez porque nunca necesitó llevarme la contraria para hacer su santa voluntad y tal vez porque no cayó nunca en la tentación de darme la razón sin tenerla.

En Junio de 2006, el secretariado de París me envió por correo electrónico mis condiciones de expatriación mientras yo estaba de viaje. Cuando me di cuenta de que ella también lo habría recibido, como todos mis correos, la llamé inmediatamente por teléfono, tratando de arreglar lo que ya no tenía arreglo. Nunca me perdonaré habérselo ocultado. Y nunca olvidaré su reacción, quizá una de las cosas más emotivas que me han sucedido en los 24 años que llevo trabajando. Ocupó otros puestos alejados del secretariado durante los tres años que yo estuve fuera y después volvió a trabajar conmigo, cuando regresé a España en 2009. Más de ocho años repartidos en dos periodos, casi igual de largos en el tiempo pero muy distintos en la vida de cada una de nosotras. Podría rellenar cien entradas con anécdotas. Algunas divertidas, otras sorprendentes, casi ninguna triste. Ella sabe mejor que yo las que recuerdo ahora y todavía, y aquellas que no podré olvidar. La vida te hace cambiar, te modera y lima tus aristas. Pero en la vida están las personas, y en mi vida están esos ocho años.

E. ha dejado de trabajar conmigo hace tres semanas. Ha querido ir a otro puesto porque quiere ver otras caras y trabajar en cosas nuevas. Y yo quiero pensar que esa es la razón por la que ella se acordará menos de mí que yo de ella, aunque no me voy a engañar: por experiencia sé que al final un jefe es un jefe, es decir, una persona de la que prefieres olvidarte cuando te vas de fin de semana. Aunque algo me dice que puedo todavía albergar esperanzas. En la nueva versión de “mis caras” que me ha dado en esta segunda despedida, ya me imagina los sábados y los domingos… En fin, no me puedo quejar.

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El vecino espía

Conste que tengo dudas todavía sobre si debo o no escribir este post. Tal vez la CIA ya se haya olvidado de mí y de mi dirección o tal vez no, y vengan a mi casa a pedirme explicaciones. Y me da la sensación de la CIA, pidiendo explicaciones, no es de muy buen conformar. O sí, no sé, que tampoco conozco a nadie de la CIA.

Verán, se trata del piso de enfrente, mirando por el patio. Yo no sé quién entra ni sale en esa casa, porque tenemos ascensores diferentes y su puerta está separada de la mía por el rellano de una escalera y un montacargas. Yo empecé a darme cuenta en verano, cuando se duerme con las ventanas bien abiertas para que entre algo de aire. En medio de una noche de insomnio, el zumbido de la lavadora y te dices que vaya horas. Y en medio de otra noche, en la que te despiertas para ir al baño y medio dormida ves toda su casa encendida, y él que va y viene con cacharros, del pasillo al salón y del salón al pasillo, todas las ventanas abiertas, todo con mucho sigilo. Y no le das importancia pero se repite la escena otras noches, quizá todas, tú no lo sabes, porque tampoco te levantas todas las noches.  Y ya te pica la curiosidad y te fijas y te das cuenta de que sólo por las noches sube las persianas, que permanecen cerradas durante el día. Y así hasta que llega el invierno y tras los visillos observas la misma pauta. Es un tipo alto, con pinta de extranjero. Es extranjero.

Total, que decidí que era un espía de la CIA. Y no me pregunten por qué, pero decidí que era espía. Y así he vivido mucho tiempo, convencida de compartir vecindad con un espía. Pero un espía bueno. O eso quise pensar.

Le pregunté con disimulo al portero, distraída, como de paso, como quien no quiere la cosa. Y bien orgullosa que estoy de que no se me notara que estaba sonsacándole información y que él no se diera cuenta mientras me daba los datos que necesitaba. Así es que me enteré de que no vivía solo el hombre, sino que también había una mujer a quien yo no había visto jamás. Hum. Y que ella trabajaba en la embajada americana. ¿Alguien necesita más pruebas?

Y es que yo sería una magnífica espía si no tuviera tan mala memoria. Bueno, por la memoria y porque obtuve toda la información ayer, o sea, unos quince meses después de que el supuesto espía y su señora se volvieran a su país y dejaran de ser mis vecinos…

Adiós América

Me acuerdo cuando de pequeñas, llegaba septiembre, y el cole con él, y todas nuestras profes nos preguntaban: “Bueno niñas, ¿os lo habéis pasado bien este verano?, ¿qué habéis hecho?, ¿dónde habéis estado?”.Y todas levantábamos nuestras manos tan alto como pudiéramos dando pequeños saltitos mientras tratábamos de ser las primeras en contar nuestra historia. Este año, soy la primera y esta es mi historia.

He estado en América. Pero no en una ni en cualquiera. He estado en todas. He estado en la América de campos amarillos de maíz infinitos, en la de las praderas verdes silenciadas por el cielo azul infestado de águilas calvas y halcones. En la de las granjas rojas ribeteadas de madera blanca con graneros y almacenes de cereal. En la América de los granjeros que no fuman pero mascan tabaco. En la América del cuero, las botas de vaquero y los mocasines. En la de los indios nativos, los blancos gordos y los negros atléticos. He estado en una América surcada por un río grande y negro, frío y cálido a la vez, salvaje y dulce. He estado en la América de los raíles de madera atravesando el campo, en la de los bosques de cuento, bosques verdes donde apenas puedes ver el sol, y cuya escasa luz le da un color mágico.  He estado en sitios en los que realmente creo que viven hadas y ogros y dragones dormilones. He estado en la América de los ciervos, y arces y osos y pavos salvajes. He estado en la América de los grandes lagos y de los barcos de hace 70 años.

También he estado en la América de las cadenas de comida rápida, Denny’s, Burger King, Taco Bell, Culvers, Subway y el gigante McDonalds. En la América de los helados de cinco bolas con todo tipo de siropes y toppings. En la América de las cosas grandes, las montañas rusas y los toboganes de agua. He estado en el país de la música country, y los sombreros de paja. He jugado al minigolf y a los bolos. He pasado noches en pie en una fiesta en casa de alguien que no conocía a la mitad de la gente que había allí. He cantado y bailado y bebido la peor cerveza que podáis imaginar. He recogido manzanas rojas del árbol del jardín y jugado con un perro y dos gatos a la vez. He nadado en un río y saltado de un acantilado. He hecho senderismo, montañismo, he montado en kayak y pedaleado en mi bici.

He estado en la América de las tiendas de camisetas, de los bares de viejos y de las tiendas de caramelos. He oído a los futuros Beatles y  Frank Sinatra cantando en la calle. He olido las fragancias más dulces contaminadas de azúcar puro y restos de chocolate. He admirado escaparates llenos de dulces de toda clase, de manzanas cubiertas de caramelo, de toda clase de caramelos que podáis imaginar. He estado en la América de John Steinbeck y en la de Gabriel García Márquez. He estado en el país de los valles surcados de olmos y robles y en el de los bosques llenos de frambuesas. También en el de las noches de clubs y discotecas. He estado en el territorio del sheriff y de los Ho-Chunk y los Windigos. En el país de la gente amable y parlanchina, de la gente curiosa que quiere conocer España. He estado en el país de los coches todoterreno y de las Harley-Davidson. En el país de los tatuajes y el pelo de colores. He estado en el país en el que las familias pasan sus vacaciones en la casa del lago tirándose al agua desde una rueda de coche atada a un árbol con una cuerda vieja.

También he estado en la América trabajadora, en la América luchadora, en la conservadora y en la de Obama. He estado aquí un cuatro de julio y he visto más rojo, blanco y azul junto del que habéis visto jamás. He hecho una hoguera con mis amigos y hemos tostado mashmallows y bebido un café asqueroso a las dos de la mañana. He estado en el país que tiene la mayor industria cinematográfica y a la vez la mayor cantidad de telebasura. He vivido sola, en una casita pequeña y blanca prefabricada con su porche delantero y sus mosquiteras en las ventanas.  He paseado, corrido, gateado, navegado y cabalgado. He hecho amigos increíbles y conocido al amor de mi vida (nos casamos en el 2023). He estado en centros comerciales de saldo y en las tiendas más caras. He recorrido la librería más grande que os podáis imaginar. He estado en el país de los coches sin cerrar y las ventanillas bajadas. He estado en el país de los cerrojos del revés y las grúas gigantes. En el de los camiones tuneados y los coches de bomberos de peli. He hecho fotos y vendido fotos. He trabajado. He sudado para conseguir cada céntimo que he ganado. He limpiado mi casa, me he hecho la comida y me he lavado la ropa. He conducido por carreteras interminables y pasado ratos interminables en los stops.

He visto noches incendiadas por manadas de luciérnagas en llamas, he soñado al son de los grillos y vivido rodeada de conejos y ardillas. He comido bizcocho de calabaza y pretzels con queso, y bagels, y palomitas con mantequilla. He visto una peli en el parque, de noche, comiendo M&Ms arropada por una manta de cuadros. He aprendido rumano, ruso, búlgaro y turco. También he aprendido inglés por si hay algún gracioso por ahí. He estado en la América del baloncesto, del béisbol, de las chanclas, y los pintauñas con purpurina. En la América de la guerra de los cien años y en la de la segunda guerra mundial y en la del charlestón y los escarabajos. He estado en la América de los cupcakes y la crema de cacahuete, y en la del chocolate Hersheys y los M&Ms y los skittles y los cereales de colores. He visto a Bon Jovi vomitar y a  Mumford and Sons silenciar a 10.000 personas a la vez. He visto Converse nuevas, viejas, rotas, pintadas, desgastadas, cuidadas y descuidadas. He estado en un cementerio de película y he visto al sol ponerse sobre el lago.

He visto a un niño llorar por el golden retriever con el que ha crecido. He visto a muchas personas, de muchos sitios; jóvenes intrépidos e inmaduros, niños hiperactivos, adultos cansados. He visto que la vejez más absoluta puede albergar el alma más joven y también he visto que la juventud más fresca puede cobijar un alma vieja y oxidada. He visto ojos cristalinos llenos de amor y cristalinos opacos por la pérdida. He dicho hola, he dicho adiós y algún que otro hasta luego. También he predicado las maravillas de España y creo que he inflamado algún corazón inquieto y empapado en gasolina con la chispa de la curiosidad.

He hecho todo esto y más y es por eso que me ha costado encontrar las palabras para expresarlo. Me gustaría pensar que casi podéis esbozar mi verano tras este brevísimo resumen y si no es así tendré que volver para encontrar la manera de terminar mi historia.

He estado en América y me he enamorado de ella, pero también he cogido hoy el tren y ya vuelvo a casa…»

Rocío H., en el inicio de su regreso a España después de una estancia de tres meses en Wisconsin, escribe esta carta a su familia. La escribe deprisa, a vuelapluma, en un tren.

Rocío tiene 19 años.

Y ahora, quítense el sombrero.

Todas esas cosas

Este fin de semana me he dedicado a hacer mudanza en el poblachón.  Hace tres años, mi madre le cambió la casa a mi hermana, y ahí hemos estado hasta hoy, que nos hemos mudado a la que previsiblemente será el hogar definitivo al que iremos algún fin de semana de invierno, puentes, y esos veranos tan aburridos y tan descansados que disfruto yo tanto.

zapatillas catapún unmundoparacurraLa primera mudanza, desde casa de mi madre, me la perdí, aunque sería más exacto decir que me escaqueé. Cuando quise llegar de algún viaje que oportunamente me libró de idas y venidas con mantas, sábanas, ropa, y alguna que otra lámpara, me encontré todas mis cosas bien ordenaditas en la que ha sido mi habitación durante dos años. O sea, que aunque se dice que dos mudanzas equivalen a un incendio, eso no es así siempre. Mi hermana no se atrevió a tirar nada, y tal se lo fue encontrando, me lo llevó. Si tienen vds una casa en el campo sabrán de lo que hablo: zapatillas de deporte destrozadas que viven allí olvidadas sin tener ningún uso, botas con borreguito por dentro para días de frio y nieve en los que ni se te pasa por la mente ir al poblachón, precisamente porque hace mucho frío y nieva, cazadoras para el verano que caminan solas, cortavientos de publicidad horrendos que cuando te los regalaron dijiste «bueno, para el poblachón cuando llueve«, camisetas de todos los tamaños y colores, jerseys dados de sí, sudaderas llenas de pelotillas, pantalones vaqueros que ibas a cortar, pero que ya no te entran por mucho que metas la tripa…

Sin embargo, hay otro capítulo mucho más divertido: el de los cacharritos. Se van acumulando cosas, y cosas, y cosas, y cosas, y cosas, y ahí está esa lámpara con un pié que es una cabeza de caballo, y que pesa un quintal, y que ya no se ve por el mundo, colocada en la nueva casa. Las piedras de papá ¡las piedras de papá!, que son dos piedras que mi padre se encontró por el campo una vez y le parecieron bonitas y se las trajo a casa hace como 30 años, y que, oigan, que les tenemos un cariño poco normal, a las piedras. Claro, que también hay una piedra que me traje yo de Islandia, para guardar la tradición, supongo, y también porque por allí no hay muchas cosas que comprar. Los platos de cerámica de Talavera, que ya no sé cómo deshacerme de ellos, también estarán colgados en la pared de la chimenea. El Cristo, ¡el Cristo de la habitación de mamá, que no se nos olvide! El jarrón espeluznante, recuerdo de no sé qué, ya está instalado en el mueble de la entrada. Las matruskas que trajo mi tia Pilar de Rusia ¡en el año 76! adornarán puntuales la nueva librería. El almirez de bronce, que yo creo que sirve para disuadir a los ladrones, igual que el cenicero de mármol, ya están situados en la mesa de centro… ¡Y lo que te rondaré, morena!

– Y esto, hija, ¿Por qué no lo tiras?

– Mamá, ¡es un gong que me traje de Vietnam!

– Pero es muy feo…

– Sí, es muy feo. Acepto dejarlo si dejas tú el jarrón de cerámica…

Para mi sufrimiento, todavía me queda hacer la mudanza de los trasteros. Algún triciclo me encontraré, ya verán. Aunque, esperen, igual tengo suerte: recuerdo que mi padre tenía un hacha…

Buscadores del blog

Llego agotada y me digo que tal vez me venga bien escribir. Y de lo que debería escribir no debo escribir, y miro la libreta donde voy apuntando aquello sobre lo que me apetecería escribir pero no me apetece escribir sobre aquello que voy apuntando, y como no se me ocurre nada se me ocurre que tal vez pueda hacer un post sobre buscadores, que hace mucho que no hago uno. Y así el tema me lo dan los visitantes que, despistados, teclean algo en Google y llegan aquí. Así es que me pongo a mirar a ver qué encuentro y encuentro algunas cosas raras.

Menuda decepción si alguien quiere ampliar sus conocimientos sobre “riesgo metaeconómico” o busca argumentos para el “atraso al que quieren llevarnos los ecologistas”. Me parece más normal que llegue quien busca “Montoro mocos” o “el pito de montoro”, que yo supongo que se refiere a la voz, aunque vete a saber lo que andaba buscando.  Quizá debería juntarse con el que buscaba “testimonios cocodrilos comiendo humanos”, que es la correcta definición de ese señor del pito.

Se preguntan, de mil maneras posibles, «Qué pasa si se para un saltamontes en mi ventana de mi casa» y «qué significa encontrarte un saltamontes en tu habitación«. Yo creo que no significa nada en particular, aunque lo más divertido es que alguien recurra a Google para saber «¿Qué pasa si le doy zapatazo a un saltamontes?» . Pues a ver, en teoría si le aciertas de lleno, el saltamontes suele morir y el zapato se ensucia irremediablemente.  Para quitarle dramatismo, les diré que también han llegado buscando «polilla protegida» y preguntando por el “Autor del libro tragar sapos sin hacer gestos”, que ya me gustaría saber a mí también quién es, y si eso lo propongo para leerlo y comentarlo en el Club de lectura.

Un poco más delicado es que hayan llegado buscando “A los 40 mojama o jamona” y  “blogs para señoras de la mediana edad”. Y no sé muy bien a qué viene “que ahora eres bien creída porque tu eres princesa y yo cholo”. Claro que tampoco habrán encontrado «remedos antiage«, ni se arregla mucho al toparte en la lista «champú para tener pelazo«, porque a continuación me encuentro con un  “no me gusta la gente moribunda”. No, a mí tampoco, pero no creo que la mediana edad dé para tanto. Lo que sí digo es que el que buscaba «carmen armada cojones» se puede encontrar conmigo como sigan por ese camino o buscando «hambre de hombres morbazos«.

La sonrisa es la llave de acceso a las buenas relaciones” es una frase que suscribo, pero no tengo “poesias para desenojar”. Ni sabría escribir el «decálogo de generosidad condescendencia machista“, que supongo que no tiene nada que ver con el «decálogo de mozo«, que también buscaba alguien por ahí. La gente está loca.

En otro orden de cosas, espero que el que buscaba «ver a la pequeña gluglú» no sea el mismo que pregunta por «2inyecciones en elculo«, porque pobre pequeña gluglú, que no sé quién será.

De fútbol hay cositas, pero no comprendo la búsqueda «comic pronos marga y mou«, ni la relación de «historietas pornos de mou» con este blog tan madridista. También me preguntan «Cuánto cuesta el smoking de Messi” y voy a contestar:  a él le debió de costar una pasta, pero por fortuna no creó tendencia, así es que yo creo que en un mercadillo te haces con uno por 25 euros, camisa con chorreras incluida.

En fin, también contestaré al que vino buscando «qué pasaría si viviéramos en un mundo sin olores«. Pues que Curra se aburriría muchísimo. Esto seguro.

El final de un lunes

Hay lunes y lunes.

Tres minutos.

Y dejar que se olvide la jornada

Mitos piconeros

El pintor la respetaba lo mismo que a algo sagrao, y su pasión le ocultaba porque era un hombre casao. Ella lo camelaba con alma y vía, hechizá por la magia de su paleta, y al igual que una llama se consumía en aquella locura negra y secreta. Y cuando de noche Córdoba dormía, era como un llanto la fuente del Potro, y el pintor decía:

– Ay chiquita piconera, mi piconera chiquita. Esa carita de sea a mí el sentío me quita. Te voy pintando y pintando al ladito del brasero y a la vez me voy quemando de lo mucho que te quiero… ¡Válgame San Rafael, tener el agua tan cerca y no poderla bebé!

¡Tántalo!

 Ella rompió aquel cariño y le dio un cambio a su vía, y el pintor igual que un niño lloró al verla perdía. Y cambio hasta la línea de su pintura, y por calles y plazas lo vio la gente deshojando la rosa de su amargura, como si en este mundo fuera un ausente. Y cuando de noche Córdoba dormía, era como un llanto la fuente del Potro, y el pintor gemía:

– Ay chiquita piconera, mi piconera chiquita. Toa mi vía yo la diera por contemplar tu carita. Mira tú si yo te quiero que sigo y sigo esperando al laíto del brasero para seguirte pintando… ¡Válgame la Soleá, haber querío olviarte y no poderte olviá!

¿Sísifo? ¿Hércules? ¿Ulises? ¿Alguna sugerencia?Humm…

Como una novela, de Daniel Pennac

Como una novela unmundoparacurraEste mes, en el Club de lectura hemos leído un libro de Daniel Pennac, Como una novela. Es un libro corto de páginas, pero largo de luces, que da gusto leer por muchas razones. Tiene una prosa sencilla, está bien estructurado, y contiene razón y razones, idealismo e ideas, argumentos que, de puro simples, caen por su propio peso y que están respaldados por un sentido común inapelable. Se trata de un ensayo sobre el amor por la lectura, aunque Pennac lo convierte, con lucidez, en un ensayo sobre el aprendizaje, la pedagogía y la enseñanza de la lectura, en esa fase de nuestras vidas en las que un niño, un adolescente, moldeará su ser adulto.

Tarda Pennac en llegar al hueso, que no es ni más ni menos el dogma según el cual hay que leer. El dogma de la necesidad de leer, de la obligación de leer. Y contrapone a este dogma algo más simple, que es entender la lectura como un placer, como esa “ración diaria de ficción” que necesita cualquier niño (y cualquier adulto). Así nos va mostrando todas y cada una de las cosas que hacemos para atender el dogma y por el contrario descuidar el placer, la seducción, y, en el fondo, la razón de ser original de los libros: “Queda por entender que los libros no han sido escritos para que mi hijo, mi hija, la juventud, los comente, sino para que, si el corazón se lo dice, los lean. Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social son una cosa. Nuestra intimidad de lector y nuestra cultura otra.” Hay que separar los trapos de las toallas.

¿Hay que leer o hay que demostrar que se ha leído? Aplicado a la enseñanza, nos muestra cómo se lee un libro de 400 páginas para después reducirlo a una ficha de cuarenta líneas. Cómo los niños se enfrentan al libro-acantilado que hay que leer por obligación. Aplicado a los padres, éstos castigan sin televisión al niño que no ha leído el libro que le han mandado en la escuela, y nos hace ver la gran contradicción: «¡La televisión elevada a la dignidad de recompensa y, como corolario, la lectura rebajada al papel de tarea!”. Y más cosas raras que hacen los padres, y que Pennac nos va mostrando entre divertido y acusador. Ay, el dogma…

Pennac nos muestra con ternura el proceso por el que el niño descubre la lectura junto con la escritura, y el asombro del niño al leer por primera vez: tres puentecitos, un redondel, una curva, tres puentecitos, un redondel, una curva, y el resultado es mamá. Hasta entonces, hasta que el niño aprende a leer, somos nosotros los que les contamos un cuento cada noche. Leer en voz alta a otro es dar de leer. Pero cuando el niño aprende, pasamos de cuenta cuentos a contables. ¿Cuantos libros has leído? ¿Cuántas páginas? Pennac entonces reivindica volver al origen, seducir a través de las historias que nos cuentan los libros, rescatar de ellos lo que tienen como potenciador de la imaginación y de la curiosidad. Rescatar la ficción, la historia que nos cuentan, rescatar la novela.

El tiempo de leer es tiempo robado, y el problema no es si tengo tiempo o no, sino si me regalo o no ese tiempo”. Leer no es un deber, sino un derecho, y escribe Pennac cuáles son los derechos del lector, y el primero es el derecho a no leer. Luego hay otros (el derecho a abandonar un libro, el derecho a hojear, el derecho a leer en cualquier sitio, el derecho a leer cualquier cosa…), pero el mejor es el último: el derecho a callarnos. En fin, un libro delicioso que trata muchas otras cosas relacionadas con este asunto y para las que la reseña se hace corta. Mejor, leed el libro que es muy, pero que muy recomendable y que, en definitiva, es lo que él haría.

Como cada mes, tenéis las reseñas de ND en La mesa cero del Blasco, La de Livia en La originalidad perdida y la de Newland en Delenda est Carthago. Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura.

El mejor Madrid de la historia

No pienso hablar de fútbol. No tiene sentido ya. Ahora hablemos de cuentas de resultados, de capacidad económica, de palancas para general ingresos, de rentabilidad marginal y de estadísticas. O sea, la pasta, el parné, el money, todo eso que escandaliza tanto pero que, en realidad, todos envidian y ambicionan.

A mí me parece estupendo que el Madrid gane dinero y creo que es mucho mejor que lo gane a que lo pierda, por supuesto. Y entiendo que una gran inversión venga justificada por un ROI, faltaría más. Una se imagina a un financiero con gafotas, haciendo números toda la noche para cuadrar las cuentas y resolver la planificación. Y se imagina a un tipo de marketing con corbata y traje a medida, rodeado de sus jefes de producto y de sus brand managers, negociando fabulosos contratos de publicidad y mirando por líneas sus resultados de ingresos.  Y hasta un director de infraestructuras, haciendo concursos de proveedores para conseguir el mejor precio en la limpieza del estadio, y reducir los costes de jardinería sin descuidar la calidad. Quien más y quien menos sabe lo que es una empresa. Y ahora no viene un “pero”, porque no lo hay. Los resultados económicos del Madrid son formidables y no cabe duda de que es un modelo de gestión y de resultado económico.

Luego, un club de futbol tiene otro resultado, y ése tiene que ver con ganar partidos, títulos y con emocionar a la gente que va a verlo. Ahí no vamos tan bien en los últimos años, pero nos da para ir tirando. O sea, nos da para aguantar, incluso para mejorar el resultado económico. Esto también parece innegable. El Madrid tiene masa crítica suficiente como para soportar al menos el tiempo de una generación. Para la siguiente, ya se está sembrando la semilla madridista en China, los países árabes y EEUU, que parece que no, pero puede ser un mercado de mucho interés. La estrategia no tiene muchos riesgos y desde luego parece robusta.

Lo deportivo es secundario, una palanca de lo anterior, así es que no se me distraigan. Para cubrir este flanco, Florentino, un grandísimo y muy astuto empresario (lo digo sin ironía), va poniendo entrenadores,  que vienen encantados al Madrid aunque no sepan si están alineando a un buen lateral o a un posible patrocinio de Acuarius. Entrenadores que tienen que penar con un delantero empanado, porque si no tiemblan los mercados de ultramar. Que deben llevar a un portero como una penitencia, para conservar la popularidad en ese segmento de mercado que va de 9 a 12 años, aunque algunos peinen canas. Que no saben si un jugador tiene una mala racha o un par de ofertas. Que cuando buscan a un defensa de garantías se encuentran con un descerebrado con pelo y a otro que se lo destiñó para no parecer más descerebrado. Y en el fondo, a quien le da igual ganar o perder, porque pasar por aquí le asegura una jubilación dorada o un caché estratosférico, según si se quiere tumbar a la bartola o pasar por otros banquillos. Una tentación en la que, sin duda, pueden llegar a caer algunos jugadores. Pero el modelo lo aguanta perfectamente.

Llegados a este punto, cierto es que la prensa se está cebando con el Madrid. El Expansión nunca nos ha sacado en portada y el Cinco dias nos ignora. Ya no hablemos del Financial Times, para el que no existimos, o Les Echos, gabachos tenían que ser.  Cuando remodelen el Bernabéu ya vendrán, y será entonces el buen momento de sacar los números, esa joya de la corona.

Creo que me teñiré de rubio. Esto del fútbol es una cosa muy seria.

Contra la crisis, pompones

montoro¿De verdad creen vds que dos y dos son cuatro? Pues he de decirles que vds no saben nada de literatura, ni tienen ningún espíritu imaginativo. Solamente vale decir que dos y dos son cuatro si nos ponemos muy rigurosos y, desde luego algo tiquismiquis. ¿A quién le importan los detalles? ¿Los números exactos? Bah…

Verán, he leído hoy al mediodía este artículo (CLICK) en donde nos cuentan cómo andan las cuentas del Estado, reino de sombras del iluminado Montoro. Si no se lo quieren leer, yo les hago un resumen: aquí no cuadra ni una cifra. Tampoco se alcanza ni uno sólo de los objetivos marcados, pero no pasa nada. Para que se hagan una idea, y ya que no lo han querido leer, tenemos a finales de agosto más déficit del previsto para todo el año. Pero estamos contentos porque será menor al de 2012 (es importante batir al año record de déficit, no crean), si bien para ello los ingresos habrán aumentado menos de lo previsto, pero más que los gastos, que en su caso han aumentado más de lo previsto. O sea, todo al revés pero qué le vamos a hacer: si no se puede sumar, pues que se reste, total qué más da.  Y tranquilos, porque ha bajado la prima de riesgo. Si aumenta el importe de los intereses a pagar es porque los mercados confían en nosotros muchísimo y nosotros estamos aprovechando esta ola de confort y ánimo que nos transmiten, endeudándonos a tope ahora que la prima está fenomenal. Pero fenomenal fenomenal. Es todo felicidad y estamos a diez minutos de proclamar que España va bien.

A esto yo lo llamo la política de pompones. Ya han pasado los nubarrones y nos encaminamos felices hacia, como dijo Montorito hace unos días, «romper con todos los pronósticos«. Y a fe que tenía razón:  los está rompiendo todos. Es verdad que los está rompiendo por el lado que no debe, pero bueno, saquen el pompón y repitan conmigo: todos los indicadores son fenomenales y se están animando. De momento, lo que más se animan son los impuestos, pero habrá que empezar por algún sitio ¿no creen? Miren, sin ir más lejos, ahora van a dar otro golpe de ánimo a las cotizaciones: para que no decaigan, las van a subir. ¿No es todo formidable?.

Yo estoy esperando ver al gobierno al completo salir un viernes del Consejo de Ministros disfrazados todos de Cheerleaders y bailando un can can. A ver, sumar no saben, eso está claro, pero todavía está por demostrar que no sepan bailar. Rajoy´s cheerleaders todos y todas, menos Gallardón, que si da un mal saltito puede atizarle a alguien con el medallón de notario mayor del Reino. Así que un pompón en cada mano y a animar. ¡Todos juntos!: Allez, allez, allez / España va muy bien / Allez, allez, allez / De frente y del revés…

Dos y dos son cinco, y no se hable más. Nada de detalles y de números, que son muy aburridos y engañosos. Mejor la literatura. No sé, Orwell… No, no, mejor no, no lean a Orwell. Si se quieren distraer ¿Por qué no se dedican a imaginar cómo sacar a 17 elefantes de una casa?