Objetos no devueltos

Tengo yo una amiga que se encontró, hace muchos años, una cartera con un cheque al portador de 100.000 pesetas. Estoy hablando de los años 90, o sea, de más de 600 euros. Se lo pensó. Se lo pensó mucho. Y decidió devolverlo. En la cartera había, además del cheque, una carnet de identidad y una tarjetita con un número de teléfono. A partir de ese número, tirando del hilo y después de varias llamadas, dio con el dueño. Este, agradecido, fue a buscar la cartera y le dio, además de las gracias, un ramo de flores. A menudo esta amiga me decía que había sido gilipollas, y se reía divertida, recordando el ramo de flores de aquel hombre. Pero cuando se le pasaba la risa, decía que lo que había perdido en dinero, lo había ganado en buen sueño.

Erased unmundoparacurraHay gente decente, y esto no me lo quita nadie de la cabeza. Hay personas honradas y tengo para mí que son la mayoría. Lo que pasa es que no siempre tenemos suerte. Ya os conté que, por descuido, entre los periódicos del día tiré una ipad a la basura. Por supuesto, activé el borrado de datos en remoto. Este borrado lo que hace es eliminar el contenido en cuanto la ipad se active en una wifi. Lo activé el 6 de febrero. Hoy, 4 de abril, me llega un correo diciéndome que el borrado se ha iniciado hoy y realizado satisfactoriamente.

 

Durante dos meses, mi ipad ha estado con su contenido intacto. Sin conexión a wifi, alguien ha podido escuchar mi música, ver mis fotos, leer mis correos y mis notas, cotillear en mi agenda personal y de contactos, mirar qué libro tenía abierto, cuál es mi blog, cuál mi cuenta en Twitter o en Facebook, o en Linkedin. Las contraseñas no son visibles, y no tengo datos bancarios en ningún dispositivo móvil, pero sin conexión a wifi, alguien ha podido husmear en mi vida, manosear mis cosas personales, ver lo que ningún desconocido tiene derecho a ver sin mi permiso.

Bueno, tal vez sólo han usado la ipad para jugar al Candy crush… Ya. ¿Y de verdad tengo que creer que la misma persona a quien le han faltado escrúpulos para devolverme la ipad usando mi dirección de correo o mi agenda de contactos, sin embargo ha recuperado esos escrúpulos milagrosamente para no fisgonear en mis cosas? No me engaño: la moralidad y el sentido ético de la vida va todo junto, como en un pack, y no tengo dudas de que unos ojos poco nobles han estado observando un trozo de mi vida y haciéndose sabe Dios qué preguntas sobre mí.

No deseo a nadie vivir esta situación. Es muy, pero que muy incómoda. No estoy enfadada por perder ese cacharro, porque ya lo había dado por perdido. Pero es una sensación triste. Y a la vez muy inquietante.

En fin, como decía arriba, hay personas decentes y lo que pasa es que no siempre nos topamos con ellas. ¿Pero y tú? ¿Qué harías tú si te encontraras una ipad en la basura? Esta era de las buenas, no creas, 64 Gigas, conexión 3G, con su fundita, cuidada… Un chollo. Oye, que muchos dirán: «Anda, pues borrarla y quedármela, como haría cualquiera…»

No, cualquiera no haría eso. Hay mucha gente que elige dormir bien. En todo caso, espero que si tu pensamiento íntimo fuera no devolverla, este post te haga reflexionar y cambies de idea. Sólo con eso, me conformo.

Madres

Debe de ser muy chulo ser madre. Sufrido, sí, pero debe de ser muy chulo. Las madres ocupan un sitio de honor en el imaginario colectivo. Normalmente, las madres son representadas como mujeres jóvenes. Entre sus atributos, la paciencia, la dulzura, la practicidad, una inestimable capacidad para el diagnóstico y posterior sanación de enfermedades y una no menos interesante habilidad para el manejo de los conflictos. Luego, la realidad de estas madres jóvenes varía entre la proto-maruja que se ha descuidado sin piedad hasta la joven profesional y moderna de manicura impecable. Pero ésa es la realidad. En nuestra mente, una madre está representada por una joven guapa, sonriente y muy feliz.

imagen google madreYo he puesto «madre» en google, luego he pinchado en imágenes y me ha salido lo que ven a su izquierda. En las más de las ocasiones, decir madre y empezar a leer cursiladas es todo uno. Decir madre es absorber de golpe la idea de belleza, felicidad y bondad, además de un tenue rayo de sol que se refleja en una cuidada melena…

Las madres van asociadas siempre a los niños pequeños. Esos niños adorables, angelicales y de cabellera dorada, que sonríen con sus dientecitos de leche y hacen ingenuas preguntas con su lengua de trapo. Los padres, ella y él, contribuyen a esa imagen, y al final es la que eligen para el recuerdo. Normalmente, les hacen las fotos en los momentos entrañables y les graban en video aprovechando sus momentos divertidos. Esos momentos suelen ser los menos, pero cada uno elige sus recuerdos, y está comprobado que lo malo suele escapar por el sumidero del inconsciente.

Y un buen día, los niños crecen. Pierden esa letra redondeada con la que escribían «para mi mamá» en las tarjetas de felicitación del primer domingo de mayo. Y siguen creciendo, hasta que empiezan a hacerse la maleta solos, y ya no son niños, sino chicos. Y entonces las madres ya no son esas jóvenes idealizadas, sino unas señoras tirando a muy pesadas que se preocupan por cosas incomprensibles: ¿Pero qué me va a pasar de noche, mamá? Y esos chicos un buen día cogen la maleta y se convierten en hombres, o en mujeres, que a su vez se convierten en padres, o madres, y la madre originaria deja de ser madre, y se convierte en abuela, y entonces el imaginario cambia el tamizado rayo de sol en el pelo por unos ojos vidriosos y sabios.

Pero la madre sigue ahí. Sigue ahí para su hijo, ahora convertido en hombre. Sigue ahí para su hija, que ahora es una mujer madura. Y sigue teniendo entre sus atributos, ahora convertidos en realidades racionales y comprobadas, la paciencia, la dulzura, la practicidad, una inestimable capacidad para el diagnóstico y posterior sanación de enfermedades y una no menos interesante habilidad para el manejo de los conflictos.

Una madre.

 

Joyland, de Stephen King

Joyland unmundoparacurraNo soy una persona particularmente miedosa, pero sí me dan miedo las películas y los libros de miedo. Hay quien disfruta con el género, sea porque tienen un reptiliano poco activo y el subidón de adrenalina les hace mucho bien, o sea porque tienen capacidad para no olvidar que se trata de una simple ficción, y esos libros les hacen pasar un rato interesante. Pero a mí no me gusta pasar miedo, qué le vamos a hacer.

Naturalmente, no hay que confundir el miedo con la intriga o con el suspense, aunque vaya acompañado de sustillos, que tampoco me hacen ninguna gracia. Pero vamos, que no me molan nada las historias de fantasmas, ni de muertos vivientes llenos de moco por la cabeza, ni los cementerios a la luz de la luna, ni los fenómenos paranormales, ni los monstruos, ni la sangre, ni los libros de perturbados malévolos, ni los demonios, ni las sectas. Me es indiferente que el fantasma sea bueno: es un fantasma, y a mí los fantasmas me dan susto.

Hoy les comento el libro de Stephen King, Joyland, que es lo que hemos leído en el club de lectura. Después de la introducción, me dirán que cómo se me ocurre no vetar ese libro. No todos los libros de Stephen King son de miedo, me dijeron… Lo que puede ser verdad, casi tanto como que con éste he tenido mala puntería.

En fin, la historia sucede en una feria, Joyland, en la que ha habido un crimen hace algunos años. El escenario ya te pone los pelos de punta, porque las ferias son siniestras, como los circos antiguos: un asesino disfrazado de payaso es algo que pone los pelos de punta a cualquiera. Pero es que además, el fantasma de la asesinada va por ahí como alma en pena apareciéndose, tal vez porque el asesino se sabe que anda suelto, porque no lo pillaron… La primera mención que hacen de que hay un fantasma, yo iba leyendo en un tren que me traía de Córdoba. Envié un wasap al grupo de lectura:

– ¿EL LIBRO ES DE MIEDO????

– No, da miedo. Es de tensión.

– ¡¡¡Pero hay un fantasma!!! ¿Qué coño tensión?

– No es de miedo, miedo

– O sea, es de miedo.

Yo leo por las noches, antes de dormir, con mi casa en un silencio en el que sólo se oye el tictac del reloj de la cocina. Este libro lo he leído de día. Me levantaba pronto por las mañanas, le echaba 20 páginillas y luego me iba a trabajar, a que se me pasara el tembleque, no les digo más.

Por esto que digo no he disfrutado del libro. Me temía a cada momento que hubiera una aparición, o que saliera el asesino de debajo de una cama con un cuchillo, o un niño demoníaco, o cualquier cosa.  Reconozco que tiene intriga y que se lee muy bien, y que te acaba pillando, pero no me merece la pena leer estas cosas. Tengo que decir, por otra parte que me ha gustado mucho cómo escribe Stephen King, con un fondo de sarcasmo muy de mi gusto.

En fin, si no os dan miedo estas cosas, leedlo, que os va a gustar. Tenéis, como cada primero de mes, otras reseñas de este libro en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él en el blog del  Club de lectura.

 

Territorio oficinil

No les descubro nada nuevo si les cuento que los perros van haciendo pis un poco por todas partes para marcar su territorio. Lo hacen por la calle, pero no en las casas. Yo he tenido perros siempre (con la excepción de Benito, que era gato perruno), entre ellos un par de machos, y nunca se hicieron pis en casa. Bueno, tal vez Baxter sí, pero Baxter era un perro muy especial.

A lo que iba: que los perros marcan el territorio orinando. En las oficinas también hay algunos que van marcando el territorio. Es muy sutil. Hay muchas cosas sutiles en las oficinas, una semiótica que tiene que ver con el poder y que es como aquello de la pornografía, algo que no se puede describir pero que, en cuanto se ve, se sabe que es pornografía. La diferencia entre la semiótica del poder y la pornografía es que casi nadie repara en ella. Al menos conscientemente.

Pero hay más cosas, muy divertidas. Alrededor de ciertos proyectos se crean ecosistemas muy peculiares en los que te encuentras a muchísima gente que no pinta nada, pero que se mata por aparecer en el organigrama como jefe de algo. Cuando tú preguntas «Pero a ver ¿quién lleva esto?», te encuentras con que un fulano te dice que lo lleva otro fulano, pero que realmente quien lo lleva es él. ¿Y qué es eso? Pues eso es un perro orinando.

Hoy me ha pasado, sin embargo, algo realmente fascinante, y es que he citado a una persona a mi despacho y ha aparecido con su jefe. O mejor dicho: su jefe se ha colado en la reunión, a estas alturas no sé si para ayudar o para enterarse en directo de qué iba la vaina. A mí en el fondo me da igual: tengo un despacho muy grande y había sillas para todos. Pero la sensación era la de recibir a una folclórica con su madre.

Yo no quería verle al jefe, no estaba citado, y así se lo he dicho. También le he dicho que no tenía inconveniente en que se quedara, pero que no estaba interesada en lo que él me dijera, sino en lo que me pudiera decir su subordinado, que por cierto es muy simpático. Y en otra ocasión, cuando ha ido a contestar a una pregunta, le he dicho que prefería que me contestase el otro. En fin, una pesadez que me exige un esfuerzo extra de asertividad para lo que creo que no estoy dotada.

Creo recordar que en algún momento le he dicho que se fuera a mear a otro sitio, que para galones los míos. O tal vez no lo he dicho, pero lo he pensado. Qué pereza me dan estas cosas.

Publicado en Job

14, de Jean Echenoz

He leído hace unos días este libro, 14, de Jean Echenoz. Se trata de una novela muy corta, apenas 100 páginas, pero es un libro que me ha encantado.

Cinq hommes sont partis à la guerre, une femme attend le retour de deux d’entre eux. Reste à savoir s’ils vont revenir. Quand. Et dans quel état.»¹

14 Jean Echenoz unmundoparacurra14 hace referencia a la Gran Guerra. Esa guerra que se declaró un verano en Francia y de la que todo el mundo decía que sólo duraría un par de semanas, tres como mucho. Una guerra a la que iban los reemplazos cantando con alegría, casi voluntariamente, como el que va a un picnic o, más modernamente, como quien va a echar una partida de Risk. Y de la que, como en todas las guerras, muchos no volvieron, o volvieron mal parados, o volvieron en una caja de madera, o… Así es que esos cinco hombres que van a la guerra salen igual, del mismo pueblo y al mismo tiempo, pero la guerra es muy larga y cada uno la terminará de una manera distinta.

Sorprende un poco atravesar cuatro años de guerra en menos de 100 páginas. Las novelas de guerra suelen ser largas y algo tediosas, y acaban sosteniéndose en el horror y en el interés histórico. Echenoz no cuenta la guerra, sino que la da por sabida en sus detalles, y por eso pone el marco en el que viven los personajes con pinceladas. Las trincheras, la guerra de desgaste, el gas, los aviones, las bombas y otras novedades de esa guerra, la ingenuidad de los pertrechos y útiles, tan inútiles. Las pinceladas son precisas y aunque la historia se podría desarrollar en otra guerra, no queda duda de que se trata de la guerra del 14 y que es ésa guerra y no otra la que nos quiere contar Echenoz a través de la experiencia de esos cinco hombres. Alternando la pena con la ironía y con un relativo sarcasmo y en todo momento, con mucha elegancia.

Léanla si tienen la oportunidad.

1: Cinco hombres van a la guerra, una mujer espera el regreso de dos de ellos. Queda por saber si volverán. Cuándo. Y en qué estado.

Casillas en la muerte de Suárez

«Ha muerto Adolfo Suárez, un abulense».

Este era el tuit de un Casillas consternado ante la muerte de un señor al que sentía cercano. Cercano, sí, porque Cebreros está a escasos 50 kilómetros de Navalacruz, pasando por El Barraco. Y dado que Suárez le sonaba a gobernante, y por si acaso se metía en algún lío político, nuestro portero más transversal optó por el gentilicio, aunque él lo confunda con la amabilidad.

No se puede pedir a un portero de fútbol que sepa de todo, y menos teniendo poco más de 30 años. No ha sido el único que ha dicho tontadas por tuiter y en situaciones así, la mayoría siente que debe decir algo y acaba metiendo la pata. Dentro de todo, esto sólo revela ignorancia y paletez. Hay cosas peores.

Tal vez no todo es culpa suya: los enanitos que nos gobiernan, que son todos errores de casting de los partidos políticos, se han ocupado sobradamente de que se nos olvide a los españoles dónde estábamos antes de llegar Suárez. Y también, qué hizo aquel hombre. Sí, un tipo que venía del franquismo, un tipo al que puso a dedo el Rey. Pero habrá que reconocerle que, en poco menos de 7 años, pasamos de Franco a Felipe González, casi sin que nos diéramos cuenta. Y sin matarnos entre nosotros.

En fin, que para Casillas, todo eso lo hizo siendo abulense, con que figúrense qué no habría hecho si llega a ser de Móstoles. Claro que si el portero de la selección y de la Décima hubiera estado viendo a Manolo Lama y al otro Manolo en la Cuatro a esas horas, se habría sobresaltado al oír la noticia del fallecimiento de Luis Suárez. «Ha muerto Luis Suárez», dijeron. Y ése, Casillas, también sabe quién es: un gallego.

Curra, y la galleta en Tuiterland

Tratar de tomarse unas galletas en la intimidad en mi casa es imposible.

Lo he narrado en vivo y en directo:

El día de la Felicidad

Día de la felicidad unmundoparacurraEsta mañana me he levantado con una noticia formidable: hoy es el Día de la Felicidad. No he terminado de saber si es el Día Mundial de la Felicidad o el Día de la Felicidad Mundial, y las cosas como son, a nadie se le escapa que no es lo mismo. Pero yo se lo dejo a su sabia interpretación porque yo siempre me he hecho un lío entre el Urbi y el Orbi. Por cierto, que hoy también es el Día Mundial del Sueño, y me parece muy apropiado que coincidan la felicidad y el sueño en la misma fecha de conmemoración. Ha faltado hacerlo coincidir con el Día Internacional de la Diversión en el Trabajo, que es el primero de abril…

– ¿Y tú cómo eres de feliz?

– ¿Yo? Puf, yo soy la mundial de feliz

Tengo por ahí escrito que cada día es un Día de algo, o casi, porque creo que el Día de la Imbecilidad todavía no se ha inventado. Y para mí que debería ser el primero de enero. Esto nos prevendría de todo lo que viene después, que no se queda en el Padre, la Madre, el Niño, los abuelos, los animales, las mujeres en general, la mujer rural y los gays con su orgullo. Los hombres no tienen Día propio salvo si quieren ser mujer o si han colaborado fructíferamente con una mujer. Y en el caso de los solteros, deben compartir su día con las mujeres (quiero decir que no he encontrado el Día de la Mujer Soltera, supongo que lo habrán considerado poco correcto). También hay días de conceptos (la paz, contra el racismo), de enfermedades, desde el cáncer a la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, o de otras cosas, como el Día del Libro, el de la marioneta… incluso hay un Día mundial del Ahorro, en el que no se me ocurre qué coño se puede celebrar.

Tengo para mí que los Días son el sustitutivo del santoral, una especie de suplantación del martirologio cristiano por el martirologio cercano. De ahí que la mayor parte de los días sean para llamar la atención sobre algo que necesita nuestra mirada atenta, y si antes recordábamos al pobre San Lorenzo sufriendo en aquella parrilla, hoy celebramos el día de la Menopausia, ya puestos a conmemorar unos momentos de sofoco. Y así podemos encontrarnos con el día Mundial de la Nieve, de Correos, de los Humedales, del Orgullo Zombie, del Pensamiento Scout, de las Montañas y hasta el Día Mundial del Tango, sin que haya yo encontrado por ahí el Día del Fado, que es de mucho más sufrir.

Pero hay días libres en el calendario aún, no crean. Y a mí se me ocurren muchas cosas con los que se podrían rellenar, aunque tal vez lo más urgente sea un Día Internacional de la Cursilería. Por ejemplo, yo pondría un Día Mundial de la Duda. Dudar, señores, es una maravilla. Y un Día del Hortera de Bolera me parece que también es muy necesario, porque hoy lo que hay son Horteras de Televisión, que son mucho menos entrañables. También me parece conveniente tener el Día del Running, del Cycling y del Walking Slowly (para los que se ahogan). El Día del Becario está a punto de caer, igual que el Día Mundial del Camarero de Brazos Cruzados. Esto por no poner los días en contra de algo. O sea, que como nos pongamos a pensar, nos faltan fechas. Imaginen…

¡Venga, imaginen!

 

 

 

La forja de un rebelde, de Arturo Barea

La forja de un rebeldeEl libro que os comento hoy es un regalo que me hizo Paula por Navidad, y es el primero de una trilogía de Arturo Barea, en la que cubre su vida y recuerdos entre el principios de siglo XX hasta la Guerra Civil. Este primer tomo (La forja) está dedicado a su infancia y adolescencia, y sucede en Madrid. En los otros dos, Barea va a la guerra de África (La ruta) y posteriormente participa en la guerra civil (La llama), en el bando republicano, hasta que tiene que exiliarse.

Arturo Barea pierde a su padre cuando tiene cuatro años y su muerte deja a toda la familia en la miseria. La madre tiene que ponerse a trabajar de lavandera en el rio Manzanares, mientras ejerce de criada de unos familiares acomodados, que se encargan también de criar a Arturo, el menor de sus cuatro hijos. Y desde el recuerdo infantil, nos va contando cómo eran los colegios (y los curas), las costumbres, aquel Madrid miserable y aquella España rural embrutecida, aquella sociedad tan diferente a la sociedad que conocemos hoy, aunque no tanto en la burricie del personal como en la situación de precariedad y de inestabilidad con la que se vivía.

El libro es más descriptivo que narrativo, aunque al niño Arturo Barea le pasan cosas, desde luego. El niño va al colegio, de vacaciones al pueblo, se pone a trabajar primero de dependiente y después de meritorio en un banco, hereda una pequeña fortuna, quiere a su mamá y tiene que soportar a su tía. Pero me parece que lo interesante del libro es el retrato de la vida de la época y de la sociedad. No sólo la descripción del Rastro que colgué el otro día, o de Lavapiés (él habla de Avapiés), o en general de todo Madrid, en aquella época una ciudad necesariamente muy distinta de la que conocemos ahora, aunque… digamos que ya apuntaba maneras. También describe los ambientes de los cafés, las tascas, los viajes en diligencia a Méntrida y Navalcarnero (donde pasa el verano con su familia), las casas y corralas, o las  viejas buhardillas en las que vivían. Nos habla de antiguos oficios que ya no existen, por ejemplo uno que me hizo mucha gracia: el explicador, que era uno que explicaba la película muda en el cine. O cómo eran los trabajos en los bancos, o en los comercios, y cómo el movimiento obrero estaba organizado, pero no los empleados «de corbata y traje», que ganaban menos y trabajaban más pero que eran considerados «señoritos». Unas descripciones magníficas y muy interesantes de leer.

Una sociedad de supervivencia, miserable, irreconocible hoy en día, aunque no en todos los aspectos. Los personajes, sus reacciones (al estar en primera persona, Barea no puede contarnos sus pensamientos), son universales y atemporales. La envidia, la codicia, pero también la bondad, el cariño, la rectitud y la miseria moral se pueden reconocer también en la sociedad actual. Hoy, igual que hace un siglo, las familias se pelean por cuatro duros a repartir. Y también hoy, como hace un siglo, los españoles van detrás de unas andas y en verano torturan a los toros en los pueblos, para que la tradición no decaiga. Y en donde tampoco se ha cambiado es en la consideración social de los trabajadores con corbata, unos «señoritingos»…

Por lo visto, el libro fue publicado originalmente en inglés y no he conseguido saber si lo que he estado leyendo era la obra original del autor o una traducción (entre otras razones porque me he saltado un abusivo prólogo de unas 150 páginas). Por eso no acabo de entender los laísmos y leísmos que se pueden encontrar en el texto. Con todo, eso lo perdono más que el uso frecuente de la palabra «cacho», aunque eso es manía mía (es una palabra que no puedo soportar).

En fin, me ha gustado mucho, el libro está muy bien y no se hace largo aunque lo es. Además, en la edición que he leído (Editora Regional de Extremadura) vienen muchas notas al pié de página que acompañan muy bien al texto y explican incluso cosas que no te habrías preguntado. Un libro muy recomendable y más en esa edición.

Y yo me quedo aquí, en este primer tomo. Dejo los otros dos para más adelante, y cuando los lea, ya se lo contaré. Mientras tanto, veré una serie que se hizo de 6 capítulos y que está en la TVE a la carta, que ahora me apetece darme una vueltecita por la Primera Guerra Mundial.

El rastro, según Arturo Barea

El Rastro está en el barrio del colegio. Desde la plaza de Cascorro hasta el Mundo Nuevo, hay una cuesta muy empinada que se llama la Ribera de Curtidores. Muy cerca está el matadero y las pieles de todas las reses que se comen en Madrid vienen a parar aquí a las fábricas de curtidos. A ambos lados de la calle hay fábricas de éstas, que son unas construcciones de cuatro y cinco pisos de vigas de madera, abiertas por todos los lados. En las vigas cuelgan las pieles a secar por el aire y el sol que entra por todas partes Hay en el barrio un olor acre de la carne podrida de las pieles, que se agarra a la garganta. En las aceras de la calle se ponen los vendedores de cosas viejas y allí se encuentra de todo, menos lo que se busca.

Todas las cosas viejas que se desechan de las casas, allí se venden. Hay ropas usadas de hace cincuenta años, faldas con su miriñaque de mimbre, ya podrido, dentro. Uniformes de la época de Fernando VII, muebles, cuadros, alfombras, tapices, instrumentos de música abollados, cacharros de todas clases, estuches de cirugía roñosos, bicicletas viejas con las ruedas torcidas, relojes absurdos, verjas de hierro, lápidas de sepulturas con el nombre carcomido, coches viejos con las ruedas rotas o un agujero en el techo por el que cae el sol sobre el resto de terciopelo del asiento, gatos, perros y loros disecados, saliéndoseles las tripas de paja, anteojos de larga vista de un metro de largo que se cierran como un acordeón, brújulas de barco, armas de Filipinas, decoraciones y cruces viejas del pecho de algún general, libros, papeles, tinteros de cristal gordo o de barro vidriado. Hierro viejo, mucho, mucho hierro viejo: barras retorcidas que nadie sabrá decir qué fueron, aros, tubos, piezas de máquinas pesadas, ruedas dentadas descomunales que dan escalofrío de pensar en la mano triturada por sus dientes, yunques con la nariz rota, rollos de alambre llenos de ocre de la roña, herramientas: limas desgastadas con los dientes embotados de limaduras, martillos de formas inverosímiles, tenazas de labios carcomidos, alicates con la pata rota, escoplos desbocados, cinceles, taladros, barrenas, escuadras. Hay alimentos: chorizos cubiertos de moho, galletas apolilladas, tocino vivo, quesos acartonados, dulces que lloran goterones de miel como pus, gallinejas que se fríen en sartenes llenas de sebo, churros resecos, chocolates torcidos ablandados por el calor, mariscos, cangrejos de río pataleando cieno, bollos barnizados, manzanas bañadas en caramelo rojo como sangre viva. Centenares de puestos. Millares de personas a ver y a comprar; Madrid entero se pasea en el Rastro, los domingos por la mañana.

Allá abajo, en la Ronda, entre las Américas y el Mundo Nuevo, están los puestos más miserables, los puestos donde compran los miserables. La Flor de Cuba se llama un puesto: es un tablero de dos metros de largo y uno de ancho. En medio hay un montón enorme de tabaco. Tabaco negruzco y maloliente obtenido de las colillas de Madrid. A los lados del montón hay, a la derecha, hileras de paquetes de cigarrillos liados en papel grueso, con una cintura verde chillón. A la izquierda, en hileras simétricas, docenas de colillas de puros, con su faja puesta, clasificados por tamaño y por calidades. Los precios son varios: una buena colilla de caruncho, con su faja acreditando su procedencia auténtica, puede valer hasta cincuenta céntimos. Detrás del puesto está un gitano, viejo, ochentón, con patillas de plata en la cara, y a su lado tres mujeres en cuclillas que lían cigarrillos con una rapidez pasmosa. El tabaco del montón se vende al peso: dos reales el cuarterón. El establecimiento está siempre lleno por la parte de delante de compradores, por la de atrás de vendedores, golfillos de Madrid que llegan con su bote con su saco lleno de colillas, ya limpias de papel —requisito obligado para la compra—, a vendérselas al viejo. Con sus manos, que no se distinguen entre el tabaco por tener el mismo color, pesa cuarterones a unos y a otros. A unos les paga un real por cuarterón, a otros les cobra dos por la misma cantidad. Los botes se vacían en la cúspide del montón y le mantienen siempre pleno.

Entre tanta porquería me siento feliz, porque el Rastro es un museo inmenso de cosas y de gentes absurdas.

 

Del primer libro de La forja de un rebelde, de Arturo Barea