El rastro, según Arturo Barea

El Rastro está en el barrio del colegio. Desde la plaza de Cascorro hasta el Mundo Nuevo, hay una cuesta muy empinada que se llama la Ribera de Curtidores. Muy cerca está el matadero y las pieles de todas las reses que se comen en Madrid vienen a parar aquí a las fábricas de curtidos. A ambos lados de la calle hay fábricas de éstas, que son unas construcciones de cuatro y cinco pisos de vigas de madera, abiertas por todos los lados. En las vigas cuelgan las pieles a secar por el aire y el sol que entra por todas partes Hay en el barrio un olor acre de la carne podrida de las pieles, que se agarra a la garganta. En las aceras de la calle se ponen los vendedores de cosas viejas y allí se encuentra de todo, menos lo que se busca.

Todas las cosas viejas que se desechan de las casas, allí se venden. Hay ropas usadas de hace cincuenta años, faldas con su miriñaque de mimbre, ya podrido, dentro. Uniformes de la época de Fernando VII, muebles, cuadros, alfombras, tapices, instrumentos de música abollados, cacharros de todas clases, estuches de cirugía roñosos, bicicletas viejas con las ruedas torcidas, relojes absurdos, verjas de hierro, lápidas de sepulturas con el nombre carcomido, coches viejos con las ruedas rotas o un agujero en el techo por el que cae el sol sobre el resto de terciopelo del asiento, gatos, perros y loros disecados, saliéndoseles las tripas de paja, anteojos de larga vista de un metro de largo que se cierran como un acordeón, brújulas de barco, armas de Filipinas, decoraciones y cruces viejas del pecho de algún general, libros, papeles, tinteros de cristal gordo o de barro vidriado. Hierro viejo, mucho, mucho hierro viejo: barras retorcidas que nadie sabrá decir qué fueron, aros, tubos, piezas de máquinas pesadas, ruedas dentadas descomunales que dan escalofrío de pensar en la mano triturada por sus dientes, yunques con la nariz rota, rollos de alambre llenos de ocre de la roña, herramientas: limas desgastadas con los dientes embotados de limaduras, martillos de formas inverosímiles, tenazas de labios carcomidos, alicates con la pata rota, escoplos desbocados, cinceles, taladros, barrenas, escuadras. Hay alimentos: chorizos cubiertos de moho, galletas apolilladas, tocino vivo, quesos acartonados, dulces que lloran goterones de miel como pus, gallinejas que se fríen en sartenes llenas de sebo, churros resecos, chocolates torcidos ablandados por el calor, mariscos, cangrejos de río pataleando cieno, bollos barnizados, manzanas bañadas en caramelo rojo como sangre viva. Centenares de puestos. Millares de personas a ver y a comprar; Madrid entero se pasea en el Rastro, los domingos por la mañana.

Allá abajo, en la Ronda, entre las Américas y el Mundo Nuevo, están los puestos más miserables, los puestos donde compran los miserables. La Flor de Cuba se llama un puesto: es un tablero de dos metros de largo y uno de ancho. En medio hay un montón enorme de tabaco. Tabaco negruzco y maloliente obtenido de las colillas de Madrid. A los lados del montón hay, a la derecha, hileras de paquetes de cigarrillos liados en papel grueso, con una cintura verde chillón. A la izquierda, en hileras simétricas, docenas de colillas de puros, con su faja puesta, clasificados por tamaño y por calidades. Los precios son varios: una buena colilla de caruncho, con su faja acreditando su procedencia auténtica, puede valer hasta cincuenta céntimos. Detrás del puesto está un gitano, viejo, ochentón, con patillas de plata en la cara, y a su lado tres mujeres en cuclillas que lían cigarrillos con una rapidez pasmosa. El tabaco del montón se vende al peso: dos reales el cuarterón. El establecimiento está siempre lleno por la parte de delante de compradores, por la de atrás de vendedores, golfillos de Madrid que llegan con su bote con su saco lleno de colillas, ya limpias de papel —requisito obligado para la compra—, a vendérselas al viejo. Con sus manos, que no se distinguen entre el tabaco por tener el mismo color, pesa cuarterones a unos y a otros. A unos les paga un real por cuarterón, a otros les cobra dos por la misma cantidad. Los botes se vacían en la cúspide del montón y le mantienen siempre pleno.

Entre tanta porquería me siento feliz, porque el Rastro es un museo inmenso de cosas y de gentes absurdas.

 

Del primer libro de La forja de un rebelde, de Arturo Barea

3 pensamientos en “El rastro, según Arturo Barea

  1. Es curioso que esto siga igual, Carmen, 80 años después. Con menos miseria, quizá, pero igual en lo demás.

    Cópianos más textos del libro, de vez en cuando, si te parece interesante.

    Me gusta

  2. Pingback: Bitacoras.com

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