Personajes

La literatura da muy buenos personajes, sin duda. Unos más creíbles que otros, o más coherentes, que la credibilidad no solamente está en los personajes y en lo que hacen, sino en cómo acompañan a la historia. Pero una siempre tiene la sensación de que, finalmente, al estar leyendo ficción, esos personajes no existen, o están convenientemente matizados para que la historia que el novelista te cuenta, sale como quiere el novelista.

En realidad no sé si sucede así. Nunca he escrito una novela, de manera que no puedo darles testimonio, y por otra parte, he oído a muchos autores decir que sus personajes hacen un poco lo que quieren y que, llegados a cierto punto, la novela se les va de las manos y empiezan a tener su propia vida. De eso sabemos mucho en el club de lectura, aunque por otras razones, y me temo que la independencia de los personajes son un mito, y que el buen novelista sabe bien controlarlos. Otra cosa es que no tome conciencia de su propia imaginación.

Pero a lo que voy. En la vida real una va encontrándose muchos personajes que podrían vivir perfectamente en una novela. Y eso le haría mucho bien a la humanidad, dicho sea de paso. Que vivieran sólo en las novelas, quiero decir, y me gustaría remarcar el sólo. No es necesario que sus vidas sean una aventura, ni tampoco es necesario que les pasen muchas cosas, ni siquiera que su existencia tenga el menor interés, fuera del daño que le hacen a los demás, para que se conviertan en personajes literarios, y por lo tanto, cuando uno repara en ello, en personajes increíbles. Increíbles.

Miren si no a su alrededor. Ese tipo amargado, que no sabe sonreir y cuyos ataques de importancia son un síntoma de su propia frustración. Miren a ese hombre frío, acomplejado en su pequeñez, que ignora el poder que tiene pero es muy consciente de la autoridad que le han otorgado y la utiliza en su propio interés aunque no sea ése el motivo y razón y fin de su autoridad, sin importarle lo que le suceda a los otros ni lo que suceda mañana. Miren a aquel tímido, incapaz de mirar a los ojos salvo cuando coge el revolver de las palabras, la guillotina de la orden, la soga con la que ahoga la discrepancia. Miren a ese personaje obediente que tienen delante, que sabe que ahora no le ven sus amos, que hasta aquí no llegan, para regodearse en la arbitrariedad, para intentar zafarse de una servidumbre que le convierte en un manso peligroso, peligroso en su hipocresía y en su utilitarismo. O el cobarde pero bueno y por ello tolerable, o el bueno pero cobarde, y por eso traidor…

Pensamos que los personajes infames que nos encontramos en la literatura no se dan en la realidad, o sólo se dan parcialmente. Creemos que el autor ha escogido atributos de aquí y de allá, que en la realidad serían peores o mejores, que los vemos siempre incompletos, pero yo creo que los personajes de la literatura sólo nos parecen incompletos porque los vemos enmarcados en una historia precisa, en una peripecia concreta, y no somos capaces de encuadrarlos en la vida real. Toda novela termina, y la historia acaba con ella, mientras que nuestra vida real sólo acaba con nuestra propia muerte y las vidas de los demás nos importaban cuando estábamos vivos, no sabemos qué pasará cuando estemos muertos. Nuestra vida, al contrario que una novela, tiene el final siempre abierto, y la peripecia está por escribirse, está por pasar. Pero aunque nos sucedan en la vida, y no en una novela, esos personajes con los que convivimos (y que sufrimos) pueden ser tan literarios como los que encontramos en cualquier libro, aunque demos en pensar que el atributo de «literario» los ennoblece y los convierte en más tolerables.

Llevo pensando en esto a ratos durante el fin de semana, y no crean que he llegado a ninguna conclusión, probablemente porque no la hay. Sin embargo, sí me parece que es una buena terapia considerar a algunas personas con las que estamos obligados a tratar como simples personajes de un libro, y fijarse mucho en lo que hacen, observarlos, tratar de encuadrarlos en la novela que es la vida que estamos viviendo, en los escenarios y situaciones que nos vemos obligados a compartir, situarnos con ellos en el mismo plano en el que nos situamos como lectores  de una novela, mirándolos desde fuera, juzgando sus actos, pudiendo memorizar sus acciones, para después contarlas, meterlas en un relato y hacer de éste una ficción pasajera, decidiendo incluso si cerrar el libro para continuar con la lectura más adelante, si mucho nos agobia su peso, o seguir unas cuantas páginas más para conocer qué pasa, qué sucede en la historia, como torpes escritores de la realidad al que se le van sus novelas de las manos.

 – ¿Qué te pasa, estás muy seria?

– Nada. Simplemente, es que no sé cómo acabar un post.

 

Visitantes

Sé que estás ahí. A esta frase, tan rotunda, siempre le sigue algún complemento para adornar la comprensión. Por ejemplo, sé que estás ahí, malandrín. O sé que estás ahí, no te escondas. O sé que estás ahí, lo sé.

¿Y dónde es ahí? Pues no desde luego detrás de unas cortinas. Ahí es al otro lado de la pantalla. Yo aquí y tú ahí. Lo sé, malandrín, no te escondas. Estás ahí tan pancho, leyendo las tonterías que escribo desde tu cómodo sillón. O en la oficina, en el descanso de la comida. O por el móvil, mientras vuelves en el autobús. Eso no lo puedo saber, pero sé que estás ahí leyendo.

¿Que por qué lo sé? Anda, por las estadísticas. No creas que las estadísticas de WordPress son ninguna maravilla. Son muy resumidas, y a veces dicen cosas realmente incomprensibles. Nunca me he puesto a cuadrarlas, tengo mejores cosas que hacer, pero es probable que no sumen correctamente. Los números que distraen nunca suman correctamente. Mucho cuadro de barras, mucho mapamundi, mucho colorín, pero realmente poca información. Sin embargo, sí me dicen si no vuelves, porque distingue entre visitantes y visitas. Bueno, a ver, tendría que calcular: suma de los visitantes diarios menos los visitantes semanales y ya sé cuántos no han repetido en esa semana. El resto es oscuridad. Señores de WordPress ¿Por qué no hacen una estadística de fidelidad? Por ejemplo, sería muy interesante saber cuántos entran todos los días, o sólo una vez a la semana. Y cuantos entraron una vez y ya no han vuelto nunca jamás (y en este caso, prefiero no saber por qué).

Claro que tampoco sé el tiempo que pasan en el blog. Sólo sé que tienen que estar unos minutillos para salir retratados. O sea, que si llegas por error, no te cuenta. Bueno, no te cuenta siempre y cuando repares en tu error rapidamente, claro.

También me dice desde qué país me lees, aunque no de dónde eres, claro. Si estás en España entonces eres del grupo muy mayoritario de los lectores. O tal vez formas parte de ese 8% que se conecta desde los EEUU, o ese 5% que entra desde Francia, o Alemania, o Colombia, o México. Debo reconocer que los lectores que me leen desde otros países me emocionan. Me hacen muy feliz, y no sé por qué. En cuanto a ti, lector filipino, no sabes la alegría que me da verte cada vez que miro. Ahí estás tú, solitario, al lado de tu banderita, pero fiel fiel como Curra, o como los 5 japoneses o los 4 que entran desde Rusia, aunque ésos me da a mí que no son siempre los mismos cuatro o los mismos cinco. Que supongo que serán españoles, porque si no, no sé yo qué leerán, que aquí no tengo teclados adaptados, ni de lo cirílico ni del japonés. Esperen, que se lo voy a explicar, por si acaso.

ESTE ES UN MENSAJE PARA LOS LECTORES JAPONESES Y RUSOS: 

¡Kon’nichiwa! ¿Ogenkidesuka? Gomen’nasai. Watashi wa nihongo ga nyüryoku dekinai.

¡Zdravstvui! , ¿Kak dela? Mne zhal’, no u menya net net kirillitsy na klaviature.

 

En cuanto al lector filipino, después de los ditirambos anteriores, considero que debo compensarle. Hombre, mira, cualquier día de estos le voy a componer un soneto. Empezaría más o menos así: Mi querido amigo, qué es de tu vida/ allá en las Filipinas, filipino/ (Si no encuentro pronto cómo lo rimo/ no me leerás por más que te lo pida). Bien, estoy de acuerdo: debo trabajarlo un poco más.

Tampoco sé cómo sabes que actualizo. Ni si discriminas la lectura en función del título, o de la foto (cuando me acuerdo de poner alguna). O te lo lees sin más, da igual qué ponga o deje de poner. Tampoco sé por qué no comentas, pero créeme si te digo que no te lo reprocho. Yo leo muchísimos blogs al cabo del día y comento en muy pocas ocasiones, así es que te entiendo. Yo también soy lectora silenciosa, pero en cada blog desarrollo una pauta. Así es que supongo que tú (sí, tú) reaccionas de manera diferente a ti (sí, ti). De todo modos, esto sí que no lo dice ninguna estadística, nada que reprochar a WordPress.

Bueno, y ya, mis queridos visitantes, que la traducción al ruso me ha dejado exhausta. Son ustedes pocos, pero muy amables. Quiero que sepan que yo esto de escribir en realidad no sé por qué lo hago. Espero que ustedes tampoco sepan muy bien por qué me leen. Y así, todos en paz, que para algunas cosas de la vida, nada mejor que declararse inconsciente.

Ustedes ahí, y yo aquí.

 

Clase media

Leía yo ayer un artículo sobre las clases medias que me hizo pensar un poco. Sólo un poco, que estamos a martes. En realidad, el artículo trataba sobre la dificultad de definir lo que se entiende como clase media, y hacer el cálculo del sueldo para entrar en la definición o no.

Lo más habitual, decía el artículo (se lo enlazo aquí, por si lo quieren leer) es calcular el porcentaje de renta promedio en un lugar, y después agrupar todo lo que circula alrededor de ese sueldo promedio, en un porcentaje de más o de menos. Lo que es interesante es la idea de «lugar», y ponía el ejemplo de la diferencia entre la renta estimada en Phoenix y en Nueva York para considerar a la clase media. En efecto, en Phoenix la cosa está entre 30.000 y 100.000 dólares, mientras que en Nueva York el asunto sube a una renta entre 80.000 y 235.000 dólares.

En el artículo se explican bien estas diferencias, que tienen que ver con el coste del alquiler, el de las escuelas, y el coste de la vida en general. Y los salarios medios son correlativos, naturalmente,  y te encuentras con que un oficial de policía con 5 años de experiencia gana unos 70.000 dólares, lejos de lo que ganaría en Madrid, por poner la ciudad probablemente más cara de España. Y vuelvo a la idea de lugar, no sólo de renta, y de cómo, en un mismo país, las diferencias de salario pueden ser bastante grandes y, sin embargo, seguir perteneciendo a la misma clase media.

Yo creo que tratar de definir la clase media es un poco ponerle puertas al campo. Es verdad que tiene que ver con la renta, y que sin duda éste es el primer criterio que debería tenerse en cuenta. Pero creo que considerar tan sólo el nivel de renta sirve únicamente para que nuestros gobernantes nos metan en cajitas para darnos o quitarnos algo. Desde un punto de vista sociológico, creo que clase media tomaría en cuenta más cosas, como la educación, la profesión, el modo de vida, las aspiraciones y otras más que si me pusiera a pensar un rato seguro que me vendrían a la cabeza. O no, que hoy es martes y queda mucha semana como para malgastar cerebro.

Hay otra cosa que me parece que tiene interés, y es el rango de salarios. En esta España gritona que nos rodea (y merodea), parece que por ganar 150.000 euros uno ya es rico. Figúrense los berridos que tendríamos que oir si se nos ocurre decir que clase media puede ser un tipo que gana 235.000 dólares, que al cambio hoy son algo más de 200.000 euros. Aunque situemos al tipo en Nueva York, ganar eso en España es ser un rico podrido (un rico en España siempre está podrido, no hay que olvidarlo). ¿Que no? Si miramos la tabla de IRPF,  el rico empieza más abajo, en torno a los 60.000 euros si no me equivoco. A partir de este sueldo, en Hacienda por ejemplo ya no te hacen la declaración, porque estiman que tienes pasta para pagarte un asesor. En breve supongo que también les cobrarán por pedir una ambulancia en caso de infarto. Así es que un papá que gana 60.000 euros y que tiene dos hijos y una esposa que no trabaja (he mirado en el calculador de Cinco Días), gana en neto unos 43.000 euros, que en 14 pagas se le queda en un sueldazo de 3.000 euracos con los que pagar la casa, alimentarse los cuatro, comprarse zapatos, encender la luz e ir de veraneo. Un ricachón, vamos. Seguro que hasta tiene para comprarse un barco con el que surcar el Mediterráneo los jueves, cuando presumiblemente empieza su fin de semana (recuerden que es rico). Lo que yo digo: para meternos en una cajita. ¡De pino!

El empobrecimiento de la clase media empieza también con estas cosas, no crean. Empieza cuando a un tipo que gana 60.000 euros se le considera rico y se le aplica el tipo máximo de IRPF. Y es así porque entonces el tipo que gana 30.000 se considera automáticamente que está en la parte alta de la clase media y que nos debemos conformar con los 1.000 euros al mes, y que 1.500 ya es la «gran aspiración». Nos queremos poco y nos queremos mal, y yo creo (IRPF aparte) que el progreso tiene mucho que ver con la emulación, y que socialmente hemos decidido tomar, a ritmo del cangrejo, el camino hacia la mediocridad. Y que confundimos la clase media con la mayoría, y que por ahí se nos está yendo el país a la porra.

A mí me gustaría vivir en un país en el que se considerara muy saludable ganar 200.000 euros. Que los viéramos como el modelo a seguir y que fueran un ejemplo social. Que nos interesáramos por lo que habían estudiado, la carrera profesional que habían seguido, las competencias que habían tenido que desarrollar para llegar a eso. Que pensáramos que ganar ese dinero está a nuestro alcance, con nuestro esfuerzo, y que pertenecen a nuestra misma clase social, aunque su casa sea más grande y sus veraneos más lujosos. O sea, que están cerca, que no son marcianos. A cambio, vivo en un país en el que se considera que el que gana eso es porque es el hijo del jefe o es un lameculos, que vive arrodillado o simplemente ha tenido suerte, y que lo mejor que podemos hacer con él es confiscarle el 75% de su salario y considerarle sospechoso. Finalmente, los que valemos somos nosotros, que para eso somos la gente normal. O sea, la clase media.

Quitarse del Whatsapp

Decía ayer en una entrevista Dani Rovira, el actor que presentó los Goya 2015 que, para poder concentrarse en la gala, se había quitado del whatsapp. Lo dijo así, «para poder concentrarme, los tres (o cuatro) días últimos me quité del whatsapp». Me hizo gracia la expresión (quitarse del Whatsapp, como el que se quita del vino o del tabaco), y la razón (para poder concentrarme).

Por lo que contó, no se quitó del tuiter. Entiendo que no fuera tan necesario, porque si no tuiteas, es raro que te llegue una mención, y aunque a él le llegarán muchas de todos modos me figuro que le dará menos palo no hacer ni caso.  Tampoco se quitaría del teléfono ni del mail, que es menos invasivo que el Whatsapp. Y es que ahí es donde están tus amigos, tus grupos, y quieras o no, te llegan mensajes, ping, que te acaban desconcentrando.

Porque la desconcentración no viene de los recados que te puedes encontrar. Ni el que te juntes con que varios amigos o familiares te han escrito a la vez. El asunto de la desconcentración está en los grupos, que te despistas a veces y cuando quieres recordar tienes 104 mensajes sin leer. O te montas en el coche para volver de la oficina y en el trayecto hasta tu casa se te acumulan 49. O te metes en la ducha y cuando sales te juntas con 25 de una conversación que para colmo habías iniciado tú, y que pensabas que nadie seguía.

Quizá las horas en las que más dispersión hay son las del final de la tarde, cuando casi todo el mundo ha vuelto a su casa y se pone a conversar por ahí, a mandar la jatorrada del día. O a quedar, que también se usa el whatsapp para quedar, lo que parece muy normal y lógico, salvo si se trata de un grupo de mas de cinco personas que sean un poco indecisas o anden faltas de liderazgo. En esos casos, se convierte en una tortura porque al cabo de los 53 mensajes ya no te acuerdas ni del día, mucho menos de si es a comer o a cenar, no te has enterado de dónde hay que ir, ni casi de por qué estabas quedando.

Corrector wp padelY eso por no hablar del corrector, que puede hacer de una conversación liviana un galimatías, además del reconocimiento, descorazonador, de que sin gafas la vida en Whatsapp sólo aporta confusión…

Este verano, una amiga del poblachón metió a toda la pandilla en un grupo. No sé si nos juntamos 40 personas. Aquello era un guirigay. Era casi imposible seguir el rastro de dónde estaba cada uno. Aparte de un coñazo, porque durante el mes de agosto lo único que se podía encontrar en aquel grupo eran fotos y conversaciones sobre comidas. Supongo que como siempre que nos juntamos es alrededor de una mesa, se nos hacía raro hablarnos sin un plato de cordero delante. Ahora ya casi no se ponen fotos de cosas de comer, lo cual se agradece, y de fútbol se habla poco porque los del Atleti están verdaderamente insoportables. De política, como se puede esperar, siempre salen dos bandos, y de ropa y trapos no se habla en absoluto, lo que es muy de agradecer. Y al ser un grupo tan grande, siempre hay que felicitar a alguien. O por su cumpleaños o por el santo, aunque esto también vamos a dejarlo porque, si quitamos a los josés, las cármenes, las pilares, las almudenas y los santiagos, al resto le pilla casi siempre desprevenidos y es un corte.

– ¡Felicidades Ricky!

– Felicidades

– Felicidades o_O, 😎 🐱

– Felicidades :-))

– (Ricky, 20 felicidades más y ochocientos emoticonos después…) ¿Y por qué me felicitáis?

– ¡Es San Ricardo!

– Pero si yo no lo celebro hoy… Espera…¡Pero si yo no lo celebro, ni hoy ni nunca!

Hoy, que era San Abelardo, estábamos todos muy compungidos sin tener a quien felicitar. Ponga usted un Abelardo en su vida y será feliz con el Whatsapp, ya se lo digo yo. Alternativamente, haga como Dani Rovira: quítese del Whatsapp y así no echará de menos a ningún Abelardo.

¿Por dónde iba? Ah, sí, que es lunes. Y que hasta aquí llego hoy.

Cadena perpetua

Sandra Palo era una madrileña de 22 años con una discapacidad intelectual. Una tarde, cuando volvía de tomarse unas cervezas con unos compañeros del taller ocupacional al que acudía y mientras esperaba el autobús con su ex-novio, cuatro individuos los obligaron a subirse a un coche a punta de navaja. Al novio lo soltaron, pero a Sandra la obligaron a permanecer en el coche. La llevaron hasta un descampado y la violaron repetidamente los cuatro. Cuando terminaron con esta primera tortura, Sandra se levantó a duras penas e intentó huir. Entonces la jauría, dicen que para que no pudiera delatarlos, la pegó con un palo en la cabeza con ánimo de matarla y la dejó medio inconsciente. Ahí no quedó la cosa, porque aún cogieron el coche y la atropellaron en varias ocasiones. Sandra agonizaba, pero aun le quedaba algo de vida. Así es que estos cuatro bestias, antes de abandonar definitivamente aquel descampado, tuvieron el cuajo de acercarse a una gasolinera, llenar una garrafa de gasolina y volver para quemarla viva.

Esta información la he sacado de la wikipedia y no he querido rebuscar más. El caso de Sandra Palo es de sobra conocido, pero vale la pena recordarlo, escribirlo para obligaros a leerlo y no enlazarlo y arriesgar a que os falle la memoria, arriesgar a que vayáis con poco tiempo y os saltéis el enlace. Aunque me tiemblen las manos mientras lo escribo y tenga un nudo en la garganta. Aunque se me revuelva el alma sólo de pensar en la agonía de aquella chiquilla, en su sufrimiento. Aunque me venga a la cabeza la imagen de esa pobre madre que pena por despachos, televisiones, periódicos y redes sociales, cada vez más exhausta, pidiendo que esos bestias no puedan seguir paseándose por la calle. Porque tres de esos cuatro están ya en la calle. Se les aplicó la ley del menor (para violar y matar no lo eran) y siguen delinquiendo impunemente. Asociación para delinquir, robos con violencia, atracos a punta de navaja. Y volverán a matar y a violar tarde o temprano, solos o en manada, yo no tengo dudas porque esto que hicieron no fue una gamberrada de jóvenes adolescentes.

Podría también contarles el caso de Pablo García Ribado, un hijo de satanás que violó a 74 (setenta y cuatro) mujeres, al que soltaron después de 17 años y que un año después volvió a la carcel por nuevos abusos. O el de Pedro Luis Gallego, condenado en el 87 a 10 años de carcel después de varias violaciones, que cumplió tan sólo 5 y que al salir mató a dos muchachas, una de 18 años y otra de 22, además de violar a varias mujeres más. O José María Real López, condenado por matar a una niña de 9 años en un permiso penitenciario, y que cumplía condena por violar a otra criatura de 11. Todos están sueltos, hasta la siguiente atrocidad. Hay muchísimos más casos de este tipo, búsquenlos si quieren en la red que a mí ya me da asco. Y sin buscarlo en internet, si atienden a los casos que salen en los periódicos sobre salvajadas de locos así, se encontrarán en no pocas ocasiones a un reincidente, a alguien que ya apuntaba maneras. Gente anormal que no puede vivir en sociedad.

Conozco los argumentos, las frases comunes que se oponen a la existencia de la cadena perpetua. A veces van acompañados de buenos sentimientos, sinceros unas veces, postureo y consignas manidas otras, brochazos que impiden separar con precisión el grano de la paja. A mí tampoco me faltan los buenos sentimientos, y me encuentro entre los que piensan que con la venganza no se llega muy lejos. Entiendo el odio como una explosión, como cuando se descorcha una botella de agua con gas, pero no como una forma de razonamiento o como una pauta de la voluntad. No me parece práctico, y lo dejamos ahí. Pero no estoy hablando ni de venganza, ni de odio, y, en el límite, tampoco de justicia. Estoy hablando de evitar el crimen cuando se puede.

La pena de cárcel se puede entender como un castigo, como una forma de reeducación o como una advertencia con fines disuasorios. Sin embargo, la cadena perpetua yo no la entiendo como un alargamiento de la pena de carcel, aunque técnicamente lo sea. Para mí la cadena perpetua es una medida preventiva. Profiláctica, si prefieren. Higiénica. Porque del mismo modo que se recoge la basura y se entierran los cadáveres para evitar epidemias, hay gente a la que hay que separar de la sociedad para que no maten o para, algo peor, destrocen un montón de vidas. Se trata de protección, simplemente. Se trata de protegernos de bestias: a nadie se le ocurre soltar a un tigre hambriento en la Puerta del sol. Y hay personas que hacen infinitamente más daño que un tigre hambriento.

Los violadores, los pederastas, los asesinos en serie, los terroristas capaces de poner una mochila con bombas en un tren por la mañana no pueden tener una segunda oportunidad. No hablo de lo que ellos merecen, sino del riesgo que me piden que yo asuma. Creo que antes de darles a ellos una segunda oportunidad hay que dar una primera a las siguientes víctimas, que las habrá. Para uno que se rehabilita, hay diez ó más que reinciden. Yo no quiero asumir el riesgo de, para poder soltar al aparentemente rehabilitado, dejar en la calle a muchísimas más bestias porque me parece que es como jugar a la ruleta rusa. El riesgo de jugar a esa ruleta no es si cae la bala en el tambor. El riesgo es que la cabeza la ponen tus hijos en el parque, tú cuando vuelves a casa sola, tu hija cuando sale con unos amigos y espera el autobús, tu madre anciana cuando abre la puerta a un desconocido o tú mismo cuando te montas en el metro. Lo que me lleva a pedir que se legisle e instaure la cadena perpetua para determinados casos no es indignación, ni venganza, ni odio. Es un simple cálculo.

Se me dirá que son enfermos. Pues bien, que los encierren en un manicomio con todas las comodidades después de juzgarlos con todas las garantías. Pago mis impuestos, no me importa que lo gasten si quieren en hoteles de lujo para esas alimañas, pero que los retiren de la calle. Literalmente, que los encierren y tiren la llave. Ya sé que no se pueden evitar todos los crímenes terribles que suceden cada día, pero hay algunos que sí podemos evitar.

Pero estad tranquilos los que leéis horrorizados y llenos de escándalo este post tan fascista y tan de derechas: no habrá cadena perpetua. No la instauran en caliente y mucho menos legislarán en frío, cuando se trasiegan votos y titulares de periódicos manipulados para el trasiego de votos. Dirán que si revisable, dirán que si el preso que estudie o barra las letrinas de la cárcel puede salir los fines de semana a merendar, hablarán de los derechos humanos del preso al que confundirán alevosamente con el resto de los seres humano. Pondrán 30 años que seguirán convirtiéndose en 10 por estudiar la vida de los pájaros. Por lo visto, hay riesgos que sí pueden asumir y se olvidarán de proteger a la sociedad, a la que adormecen con programas repugnantes y telediarios en los que se mejora el share con las brutalidades de estos bestias.

Y tú cuídate solo. Es lo que hay.

Lo del Atleti-Real Madrid

escudo-futbol-madridVamos a ver si nos aclaramos, señor Carletto, que me parece que la Décima le ha nublado a usted el sentido. Al Atlético de Madrid se le gana, y ya está. No le pido yo a usted ni que el equipo juegue bien, ni que usted vaya bien vestido, que plancharse la ropa para jugar en el Calderon con el Cholo y el Mono Burgos al lado es una pérdida de tiempo. Ni siquiera le pido una goleada (del Madrid, se entiende). Pero al Atleti se le gana, y punto y ya y se acabaron las bromas.

Comprendo que salir a ese campo al lado del río Manzanares, con el frío que hace y sin que parezca que haya calefacción ni en el palco dé un perezorro de tomo y lomo. También puedo entender que falten jugadores clave, y que oiga, que el otro equipo también juega. Pero una cosa es que nos ganen de vez en cuando y otra que se tomen esto como una costumbre. A ver, que estos han bajado a segunda no hace tanto, que les llaman el Pupas y que lo de perder es como su ADN más reconocible, aparte de dotarles de ese aura de equipo humilde y como del pueblo llano, en favor de la igualdad, los pobres y de acabar de una vez con las guerras y el hambre del mundo. Un poco de Podemos, vaya. Pues a ésos se les gana sin piedad, que total ya están acostumbrados y les da lo mismo. Y hala, luego ya nos ponemos a esperar al Elche, que por ahí es por donde de verdad se pierde la liga.

Es verdad que EL partido que había que ganar lo ganó el Madrid al Atleti en Lisboa. Nunca se lo podremos agradecer lo suficiente a usted y a aquellos jugadores y ese EL partido estará en nuestra memoria y en nuestros corazones hasta el día en que nos muramos. Pero recuerde lo que cantaba usted mismo: historia que tu hiciste, historia por hacer. Por hacer, señor Carletto, por hacer. O sea, que hay que seguir ganando, y a estos de rayas más. Y siempre. Que a mí la Copa del Rey también me importa un pimiento, pero la Copa del Rey se gana y si hay que caer eliminados, se cae en primera ronda con el Alcorcón, y así por lo menos se lleva una alegría alguien verdaderamente humilde y solidario. Y lo mismo la liga. Se gana en el Bernabéu y se gana en el Calderon. Y a otra cosa.

Otro que ha entendido regular lo de la historia que tu hiciste, historia por hacer es Casillas. Va a hacer historia como el héroe que fue y el villano en que se ha convertido. Se irá por la puerta pequeña, amado y halagado por periodistillas comprados, y aplaudido en otros campos con compasión. Está acabado, y es de un patetismo irremediable, pero mientras tanto hace daño. Y sobre el resto ¿qué decir? Pues que hoy no ha funcionado nadie, ni siquiera Isco, un tipo en mi opinión muy sobrevalorado (alguien adorado por los del Plus despierta mi sospecha automáticamente, como un resorte).

En fin, que seguimos de líderes después de perder en el Calderón, sí. Pero al Atleti se le gana, y punto, y ya, y se acabaron las bromas. Y nada más, Hala Madrid.

Libros en enero

Tampoco se trata de abandonar completamente la costumbre de hablar de libros en este blog, aunque el tiempo de un post por libro lo haya dado por terminado. Este año, si me voy acordando, trataré de darles noticia de los libros del mes, como hacen en otros blogs que sigo y que me parece también una buena manera de hacer el resumen.

Este mes de enero he leído cuatro libros, de los cuales uno maravilloso, otro que me ha gustado bastante, uno bastante malo pero que no daña mucho y otro que me ha parecido el gran horror.  Voy a empezar por lo bueno, que es lo que tiene interés.

Viajes con CharleyViajes con Charley, de John Steinbeck. Puede ser uno de los libros del año, no les digo más. Tuve noticia de este libro en el blog de Molinos. Ella lo había leído en inglés y decía en su post que era casi imposible encontrarlo en español, y yo le debí comentar que yo no tengo buen nivel de inglés para disfrutar de un libro, así que cuando se enteró de la reedición en castellano tuvo la amabilidad de avisarme y lo compré. Y ahora es mi turno para recomendarlo mucho mucho mucho muchísimo.

Steinbeck, en plena madurez literaria, llega a la conclusión de que no conoce su país y que lleva demasiado tiempo hablando y escribiendo sobre él de oídas o a través de recuerdos, o mucho peor, leyendo periódicos y viendo noticiarios, así es que decide acondicionar una furgoneta, a la que llama Rocinante, agarra a su perro, Charley, y emprende un viaje de 16.000 kilómetros por Estados Unidos para reencontrarse con su país. No es exactamente un libro de viajes, ni tampoco un libro de sociología. Ni siquiera es un diario. Se trata de un libro inclasificable, en el que Steinbeck nos habla de las personas que va encontrando, de los paisajes que va viendo, de las sensaciones que tiene, pero también nos habla de él mismo no como escritor (o no sólo como escritor), sino como  persona, como ser humano.

El libro se bebe, y cada página se lee con una sonrisa, incluso las del final, en las que habla de la segregación racial del sur (años 60) con una indignación razonada y firme, pero llena de elegancia y de razón. En cuanto a Charley, el perro, actúa como un personaje del libro, pero Steinbeck tiene el sentido común de no humanizarlo, de dejarlo en su condición de perro, y precisamente por eso, consigue proyectar la ternura y el humor a muchos pasajes. También es muy curioso leer algunas cosas que nos parecen modernas (la obsolescencia programada, por ejemplo, los productos insípidos de las máquinas de vending, las ciudades como colmeneras, la falta de respeto en el cuidado del medio ambiente, las carreteras sin humanidad…) en un libro escrito en el año 60.

No voy a descubrir aquí a Steinbeck, sólo faltaba, (¡es Steinbeck!), pero sí les diré que es un escritor al que ahora pongo rostro y sentimientos. Antes era un señor que escribía de maravilla y podía quizá reconocerlo por alguna foto. Ahora es un ser de carne y hueso que me ha dejado enamorada de su vida, de su gente, de él mismo y… por supuesto de su perro.

El novelista perplejoCon Chirbes me ha pasado algo parecido, pero revés. Antes era un señor que escribía de maravilla y ahora es un ser de carne y hueso que no puede caerme peor. Un plasta de tomo y lomo, un pedante y un intenso, además de ser farragoso hasta el punto de resultar casi ininteligible. Chirbes recopila en El novelista perplejo una serie de conferencias y charlas que ha ido dando por colegios, universidades y otros sitios que ni recuerdo ni me apetece levantarme a mirar. Y se ve que el editor le debió de decir «hombre, tráete para acá esos apuntes tuyos, que los recopilamos, hacemos un libro y nos sacamos unas perrillas». Y yo pasaba por allí, y el editor se sacó unas perrillas.

Miren, lo he terminado porque era un libro de una tertulia a la que acudo y además, al ser Chirbes, yo me había comprometido a exponerlo. Y lo expuse, vive Dios… Chirbes, como novelista (sin perplejidades) me encanta, me parece que tiene una fuerza y un dominio del idioma formidable, y creo que sus historias son duras, secas, fuertes, llenas de contundencia, pero extraordinariamente bien contadas. Sin embargo como ensayista es incomprensible, oscuro, pesado, farragoso, aburrido como leerte un contrato de 200 páginas y anodino como mirar una pecera sin peces. Que no digo que no tenga interés lo que dice, pero descifrarlo es una proeza, porque en cada párrafo te mete ocho o nueve ideas, algunas muy inteligentes y otras, como no vayas avisado, completamente estúpidas. No sé cómo es su voz, pero me la imagino fuerte y bronca. No le he oído nunca hablar, pero le imagino como una de esas personas desabridas que justifican su mal humor con la franqueza, y que no es que parezcan desagradables porque son serios, sino que parecen serios porque son desagradables.

En fin, el libro milagrosamente no salió por la ventana pero está en la balda de los warning. Y si el libro está en la balda de los warning, el autor va a la nevera para lo que queda de lustro, y que conste que lo acabamos de empezar. Me ha enfadado perder el tiempo con eso, y mucho. Por lo demás, no me digan que no les avisé: si ven ese libro en una librería y no están haciendo una tesina sobre este autor, huyan. No tiene el menor interés y es un rollo patatero.

portada-yo-no_grandeTambién he leído en enero Yo no, de Joachim Fest, que es un libro que reseñé aquí (EL BUSCALIBROS), y del que si quieren leer la reseña completa no tienen más que seguir el enlace. En ella decía que Fest nos cuenta el ascenso del nazismo y el ambiente opresivo e irracional que se instaló en Alemania con el ascenso de Hitler. Y nos lo cuenta desde el punto de vista del resistente, del no alineado, del opositor. Su padre, profesor, católico y defensor de la república de Weimar con todos sus defectos, no se sometió al nazismo, a pesar de perder su trabajo y de convertirse poco a poco en un apestado social. «Yo no» hace referencia a la posición del padre y a la suya propia.

En Yo no, Fest no nos propone la mirada de un niño, sino la de un hombre que recuerda. No es un libro de historia, sino de personajes reales en un marco histórico excepcional, y como tal debe leerse. No habla de su padre como de un héroe, sino como de un hombre recto, con principios irrenunciables, un hombre firme en lo político aunque también estricto en lo cultural y en el terreno de la educación. Y cómo ese padre, resistente y digno, les inculcó que oponerse a la barbarie era lo correcto, lo que moral y éticamente debía hacerse, aún a riesgo de perderlo todo. Fest nos habla de su padre con más respeto que cariño y con más frialdad que admiración y nos dice aquí tenéis un ejemplo, aquí está la prueba de que hubo también alemanes que no se rindieron a la locura, la prueba de que hubo hombres que tuvieron la lucidez de verla llegar. Ése es su libro, y ésa la memoria que nos deja.

También nos habla Fest de sus lecturas y de su descubrimiento de la música. Y quizá ésas son unas páginas que se hacen algo pesadas, porque yo creo que el interés está en la mirada de la sociedad de Fest más que en su retrospectiva intelectual. Con todo, un libro muy interesante, escrito con amenidad y que me parece muy recomendable.

Y finalmente, el libro tonto del mes del que ya les hablé AQUÍ hace unos días, el Entre limones de Chris Stewart, al que creo que ya le he dedicado demasiado tiempo en mi vida como para entretenerme más en él.

Y ahora que miro la entrada en el preview me digo si no sería más sensato escribir tres reseñas cortas que este ladrillo de entrada, pero, en fin, déjenme probar y tratemos de ser todos felices.

¿Y a quién felicito yo hoy?

Pues verán, resulta que en el año 1975 nacieron en España 669.378 personas. No tengo ni idea de cuántos habrán fallecido desde entonces, pero la vida en estos tiempos es muy amable con la vida, así que supongo que habrá bastante más de medio millón de españolitos que en 2015 cumplen los 40. Por cierto, que lo de cumplir 40 es algo bastante corriente que le ha pasado ya a todo aquel que haya nacido antes del año 75. Figúrense, desde los neanderthales, la de gente que se habrá tomado una tarta con velitas. Yo, que ya lo he pasado, les puedo asegurar que es una fecha como cualquier otra: no hay un antes y un después, aunque nos empeñemos en darle a ese número de años un significado casi metalúrgico. Digo taumatúrgico. En qué estaría yo pensando…

Pero sigo. De todos los nacidos en 1975, 50.347 personas lo hicieron en el mes de febrero, que fue por cierto el mes en el que menos nacimientos hubo ese año. Y es que hace frío y viento y como que no apetece nada ponerse a nacer. No, si yo lo entiendo, no crean. Con todo, 50.347 personas es una cifra considerable con la que no se podría llenar el Bernabéu, lo admito, pero sí el Vicente Calderón, que es un estadio más de chichinabo y para gente a la que se le ocurre de pronto ser de algún equipo.

Lo que ya no puedo decirles es cuánta gente nació hoy, concretamente hoy, día 4 de febrero de 1975. El INE no sé si llega a tanto, y aunque ellos lleguen, yo no. Sin embargo, con un sencillo cálculo se puede uno imaginar que la cosa andará entre 1.500 y 2.000 personas que hoy cumplen los 40. Francamente, no creo que sean muchos más, ni tampoco muchos menos.

Pero la cuestión hasta ahora no tiene la menor importancia. La cuestión en realidad es que si yo hoy me propusiera felicitar a alguien por su 40 cumpleaños tendría muchísimo donde elegir. Eso suponiendo que los conociera a todos, a los 1.500 y, ahora que lo pienso, no sé si he conocido a 1.500 personas a lo largo de toda mi vida, ése es un cálculo que nunca se me ha ocurrido hacer, la verdad. También tengo que suponer que quisiera felicitarlos a todos. Y ya puestos, debería suponer más cosas, por ejemplo, que me acordara, porque yo para las fechas soy una verdadera calamidad.

Pero sí, sí que me acuerdo. Claro que me acuerdo. Sería imposible pasarlo por alto. ¡Cómo no acordarme, después de la lata que ha estado dando con el tema de su cumpleaños últimamente! Con todo, y a cambio, y de paso, yo he solucionado la cuestión que me traía aquí a estas horas: ahora ya sé a quién felicitar por sus nuevos 40.

Felicidades, amiga.

Que cumplas muchos más. ¡Y yo que lo vea!

Entonces, la Super Bowl

Futbol americano Tom BradyAsí es que voy a hablarles de la Super Bowl, que es la final del campeonato de fútbol americano. El domingo por la noche me topé con ella en la tele. Y me dije que nunca lo había visto, así es que me quedé un rato. Yo no sé nada de fútbol americano, como sin duda comprenderán si siguen leyendo, así es que me dispongo a contarles lo que yo entendí del juego. Pero si quieren saber más, pueden buscar en Google por Reglas juego fútbol americano.

Estaban los blancos y los azules, o sea, los Patriots de Nueva Inglaterra y los no sé qué de Seattle. Unos tipos con cara de muy malas pulgas que para jugar se tienen que poner unas hombreras que ríete tú de lo que llevábamos las chicas en los 80, y unos cascos que ríete tú de lo que llevaba Gladiator cuando le venían mal dadas. Luego, el resto del outfit es muy ajustadito, supongo que para que no les puedan agarrar, aunque viendo cómo se desarrolla el juego tal vez debajo lleven una cotte maille, a lo Godofredo de Bouillon (la cotte maille taille) cuando se iba de jerusalenes. Y no me extraña, porque al cuarto de hora uno ya se había dejado el brazo en el cesped. Yo no les pongo la foto aquí, que me da dentera, pero la pueden encontrar en la red con poner en  Google Jeremy Lane brazo superbowl 2015.

El juego consiste en llevar el balón a uno de los extremos del campo, que se llama la zona N. Cuando digo llevar el balón es ir con el balón en la mano, o más bien en el brazo (Jeremy Lane ya no hará nada de eso durante un tiempo), como si fuera un melón. O sea, que el tanto lo marca el balón y el jugador, porque si sólo va el balón no vale y si llega el jugador solo tampoco. Tienen que llegar los dos juntos. Como es natural, los del otro equipo tratan de impedirlo. Y ahora pensarán ustedes que la forma de impedirlo es tratando de parar el conjunto «jugador+balón» pero no. Eso es el rugby. Aquí si un jugador va por el campo sin balón, uno del otro equipo le puede parar, o bien agarrándolo, o placándolo o arrollándolo. ¿Qué por qué lo hace? Pues porque un jugador puede salir corriendo corre que te correrás para que otro de su mismo equipo le lance el balón desde atrás, y entonces va, se escapa, llega a la zona N, marca y la liamos. ¿Comprenden? En rugby ningún jugador puede ir por delante del balón, pero aquí sí. Esto no es rugby, en el rugby no van vestidos de marcianos…

Entonces hay muchas caídas y muchas montoneras, pero el juego sólo se para cuando el balón cae al suelo o el jugador que lo lleva se sale del campo, cosa que hace a menudo si ve que le van a embestir. O sea, que el juego se para cada medio minuto. Entonces tienen que volver a sacar. La forma de sacar es evidente: una fila de blancos, enfrente otra de azules, balón volando y sálvese quien pueda. Pero hasta que el árbitro manda que se coloquen, se reúnen, piensan la siguiente jugada, se lo cuentan entre ellos, se colocan, se caen, se vuelven a colocar, piden tiempo muerto… pasan dos o tres minutos. Con lo cual, el juego real es un ¿20%? El 80% restante lo pasé mirando tuiter, leyendo un periódico atrasado y escuchando a tres tipos del Plus, uno de los cuales era un pedante insoportable. Es verdad que al menos no chillaban histéricos, como los del fútbol, aunque lo de hablar correctamente y no decir demasiadas majaderías, qué quieren, para eso el Plus no ha encontrado todavía remedio.

Avanzar dos yardas (algo menos de dos metros) es un enorme triunfo. Yo viendo aquello pensaba que no marcarían jamás pero sí, sí marcan. Muy a lo bestia, pero marcan. Cuando uno lleva el balón hasta la zona N son 6 puntos, y luego les dejan tirar entre dos palos y si aciertan les dan un puntito más. Yo lo dejé en 14-14 y me fui a dormir. Por lo visto, el partido quedó en un 28-24, así es que hay algún otro tipo de puntuación que se puede hacer y que yo me perdí. Para la próxima, a ver si me entero y puedo contárselo.

Parece ser que este partido lo vieron 144 millones de personas, así que no me extraña que se cotice tanto la publicidad del evento. Hay tiempo más que de sobra para poner dos o tres mil anuncios de 20 segundos, y teniendo en cuenta el precio que debe tener el espacio, se gastan mucho en la producción, además de las ideas. Yo no los vi (ya digo que en su lugar aquí ponían al pedante) pero pueden buscarlos en Google por Super bowl 2015 anuncios. Bueno, no, venga, les dejo el enlace.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/02/02/television/1422870739_158924.html

Y así, hasta la próxima Super Bowl.

 

Un post sobre nada

Créanme que llevo todo el día pensando escribir sobre algo, y ahora llego y lo he olvidado. Quizá quería hablar de la ola de frío que nos invade. Y nos circunda. Y nos envuelve. Y nos deja tiritando. Y nos llena de conversaciones repetitivas.

– Qué frío ¿verdad?

– Huy, sí, mucho.

De todos modos, siempre es mejor esta conversación ahora, que hace, huy, sí, mucho frío (¿verdad?) que cuando es primavera y nos salen en los ascensores esas frases tan insulsas como parece que refresca, ya empieza a hacer calor o madre mía las alergias. La primavera es hortera hasta para las conversaciones de ascensor, qué le vamos a hacer. El invierno es más prometedor, y se necesita un fuerte estado de ánimo, además de un gran dominio de la barbilla para que no te tiemble al decir lo de huy, sí, mucho.

Hoy he visto al mediodía a una periodista de Telemadrid que se había ido a Navacerrada a contarnos que nevaba. Estaba la pobre completamente histérica, se agachaba para mostrarnos lo que pretendía que fueran diez centímetros de nieve y trataba de transmitirnos el temporal con frases como «miren, miren cómo tengo la cara de mojada y el anorak lleno de nieve». Yo agradecería un poco de mesura y contención a la hora de retransmitir las inclemencias meteorológicas o, en su defecto, un cierto gusto por no hacer demasiado el ridículo.

Leía yo hace unos días que en EEUU alertaron hace poco sobre una tormenta que se parecía mucho a la película de El día de mañana, y luego aquello se quedó en lo de todos los años. La meteorología se ha convertido en un espectáculo, cuando no debería ser más que información a ser posible precisa. Y ser preciso no requiere ser exhaustivo, ni abundante. Ni redundante. En España es una pesadez con las ciclogénesis, los programas del tiempo de media hora y los reportajes del telediario preguntándole a la gente de Teruel que si hace frío. ¡Pues claro que hace frío, caballero, estamos en enero! En fin, estamos de enhorabuena, porque si no se habla de eso es que no tenemos otros problemas en el mundo.

Ah, me acabo de acordar de lo que les iba a hablar yo hoy: ¡de la Superbowl!. Bueno, ya si eso, mañana. Finalmente, tampoco me enteré de gran cosa.