Los que no sean de Madrid supongo que no estarán muy interesados por el post de hoy, ni tampoco les interesará mucho dónde tiene el despacho el señor alcalde de la capital (ahora la señora alcaldesa), ni tampoco pueden decidir nada acerca del asunto. Sin embargo, sí habrán oído o leído algo sobre el asunto del edificio que alberga el ayuntamiento de Madrid.
Hasta 2008, el Ayuntamiento de Madrid estaba en la Plaza de la Villa, que es una plaza muy bonita, pequeña y muy coqueta al lado de la calle Mayor, en pleno Madrid de los Austrias. Yo tengo que decir que siempre he tenido algo de debilidad por esa plaza, que ven a su izquierda. Se trata de una plaza muy tranquila y el ayuntamiento llevaba allí casi 100 años, en un edificio del siglo XVII, sin que los madrileños nos sintiéramos a disgusto con ello. Bueno, no quiero tampoco decir lo que pensaban todos los madrileños, porque no lo sé, pero vamos, que no era una preocupación. Sí es verdad que el ayuntamiento pasaba algo inadvertido, pero la plaza y el edificio son dignos, elegantes y castizos. Y con clase.
Entonces llegó Gallardón por segunda vez, el olímpico. Y le debía parecer poco para lo que él era, así que decidió llevarse el ayuntamiento al edificio de Correos en Cibeles, que ahora llaman el palacio de telecomunicaciones pero que yo nunca lo he llamado así. Tampoco ahora lo llamo el ayuntamiento, también debo decirlo. Para obtener este edificio, el ayuntamiento permutó otros edificios por valor de 360 millones. De euros. Y luego, la reforma costó 138 millones. De euros también. De todos modos, y al margen del coste, el tipo de edificio y de plaza elegida ya dice mucho del carácter de este tipo.
Lo más divertido de todo es que al principio abandonaron la Casa de la Villa, pero ahora en el antiguo ayuntamiento, en el anterior despacho del alcalde asienta sus reales el presidente del Pleno del ayuntamiento. O sea, que ese edificio sigue en uso para el ayuntamiento. Dicho de otro modo: nos gastamos un pastizal en un nuevo ayuntamiento, pero ahora tenemos dos.
Doña Esperanza Aguirre dice que si gana las elecciones volverá a la Plaza de la Villa porque el edificio de Correos le parece ostentoso. Yo le alabo el gusto, desde luego. Y coincido: a mí también me parece ostentoso. Y hortera. Por lo visto, el mantenimiento diario roza los 5.800 euros. Me lo creo. Pero (siempre hay un pero) leo que tendrían que reubicar a 2.000 (dos mil) funcionarios… Válgame. Así es que como no los van a echar a la calle, ni se les va a ocurrir lo del teletrabajo o mandarles a una nave industrial a algún barrio barato, me malicio que seguiremos teniendo dos ayuntamientos, como está mandado desde que tuvimos la desgracia de Gallardón, el olímpico.
Bueno, los madrileños siempre podremos elegir a un tertuliano que dice que él tendrá su despacho en la calle. Ah, la calle. Qué destino tan apropiado para algunos…
Hacía un montón que no subía a esquiar. Desde un viaje a Sierra Nevada de cinco días, de los que esquié uno, y por el que pagué un facturón con el que me podría haber ido al Caribe dos o tres veces en el año. Es una exageración, pero aquello de ir a visitar la Alhambra por enésima vez, y otro día a Granada de compras, y otro de paseo, y el último a conocer pueblos en Jaen según nos volvíamos acabó con la poca afición que me quedaba. Mis viajes en enero han sido de playa desde entonces, hasta que han dejado de ser de nada por culpa la incompatibilidad del trabajo. Del mío y del de mi amiga Merchitas, que trabaja en la cosa contable y tiene que cerrar las cuentas de una entidad pública enormísima, y figúrense que para cuando acaba de cuadrarlo, con todo lo que debe haber y no hay, las personas normales ya nos hemos metido en la plena activité. Cierto es que me puedo ir con otra persona, pero les aseguro que a estas alturas del año no tengo yo el cableado para que me aguante mucha gente. La vida, o sea.
Así es que hace unos días, mis sobrinos me emplazaron para subir a Valdeski (una estación a una hora de Madrid) este viernes. Blindé la agenda y defendí el día libre igual que el General Custer en Little Big Horn, aunque con la diferencia de que pude escapar del asedio de los Sioux. No sé yo si algún Caballo Loco me la tendrá guardada el lunes, pero algo de munición he cogido, no crean. La montaña, aunque sea en una miniestación, despeja mucho. Y las agujetas posteriores distraen otros dolores una barbaridad. Porque las agujetas que tengo hoy son de órdago a la grande.
¿Que qué tal? Pues hombre, no estuvo mal. Llegamos con un sol espléndido pero la primera bajada la hicimos poco menos que de oído, porque había entrado una niebla que dejó las pistas en modo Londres y su famoso puré de guisantes. Luego levantó la nube y fue una delicia mientras aguantó la nieve. A eso de las dos de la tarde ya te jugabas una rodilla bajando por aquellas pistas, así es que comimos algo y nos bajamos a Madrid. Un día estupendo.
¿Ya les he dicho que tengo agujetas? Me voy al cine.
Resulta que el Barcelona y el Athletic de Bilbao han llegado a la final de la Copa del Rey otra vez, lo cual está muy bien. Y ahora tienen que jugarla, claro. Entonces ambos equipos, a coro, piden que esa final se juegue en el Santiago Bernabéu. ¡Otra vez! Ya la liaron hace tres años con este mismo tema, y ya tuvimos que leer un montón de sandeces a cuenta de esta historia.
Exponen dos razones discutibles: es un estadio grande y está equidistante de las dos ciudades. Bueno, vale, aunque el Camp Nou es mayor que el Bernabéu, y sobre la distancia… hombre, si se van a París y a Londres, y algunos hasta Lisboa, no me digan que los kilómetros van a parar a unas aficiones de raza como éstas (y no se me alteren ni empiecen con los tiquismiquis con esto de la raza, que es una expresión sin mayor recorrido. ¡Que los madridistas también somos aficionados de raza, oigan! De raza blanca, eso sí).
A lo que voy. Desde el punto de vista del aficionado, de los sentimientos, no entiendo la petición. Yo soy madridista y no me gustaría en absoluto jugar una final en el Camp Nou. Ni aunque me garantizaran ganarla. Es un estadio que no me apetece nada pisar (aunque en secreto, entre tú y yo, amigo filipino, te diré que sí me gustaría conocerlo). En cuanto a San Mamés, ni me va ni me viene, ni fu ni fa, a mí plin. Así es que tenemos a dos aficiones que detestan profundamente al Real Madrid queriendo venir a su estadio a honrarlo con una final… Yo no sé a ustedes, pero a mí esto me supone un gran misterio misterioso.
Yo creo que todos sabemos a qué quieren venir ésos que tanto gritan y que exigen venir al Bernabéu. Exigen, sí, porque un nacionalista siempre viene de vuelta de algún agravio. Y como ya lo sabemos todos, habrá que parafrasear lo que decía Ignacio Camacho el otro día: el rey puede tener la obligación de aguantar que le piten a él, al himno y a la bandera, pero el Real Madrid no tiene en absoluto la obligación de poner el marco. Hala, ya saben dónde encontrarme.
Tiene su gracia que este nacionalismo tan plasta sólo se dé cuenta de que es español y que vive en un reino cuando llega a la final de la Copa del Rey, no cuando juega las eliminatorias. Y también es muy curioso querer deshonrar una competición justo en el momento en que se tiene la oportunidad de ganarla. Pero en fin, de este desparrame idiotizado que es el nacionalismo se puede esperar verdaderamente cualquier incoherencia. Y cualquier payasada.
Yo creo que estos mamarrachos del pito y la boina aceptarían el Calderón como segunda opción, como hace 3 años: es el Madrit de los maketos, algo es algo cuando el objetivo es insultar. Y ya en la capital, siempre pueden ir a mearse a Cibeles borrachos como cubas a la vuelta del partido. Porque a la ida no lo harán: si pasan por ahí (y procurarán pasar) se detendrán a mirar la estatua con la Puerta de Alcalá al fondo. Y le pedirán a algún viandante que les haga una foto de grupo, el encuadre clásico, por favor, que salga el Palacio. Y el madrileño les hará la foto que le piden, por supuesto. Y con seguridad no les preguntará de dónde vienen. Ni tampoco para qué.
Lo mismo es que no lo entiendo. O tal vez es falta de imaginación. Quizá es que no presto la debida atención. O puede que yo no forme parte del público objetivo.
En la radio uno de ellos es algo así:
«Voz 1: A ver ¿Lo tienes todo? El billete, el móvil, el…, Voz 2: Que sí, Papá… Voz 1: ¿Y cuántas veces te he dicho que te pongas la cartera en el bolsillo de delante? Voz 2: Diecisiete millones, papá, diecisiete millones…Locutor: Extra del Día del Padre de la Once, este 19 de Marzo un premio de 17 millones de euros. Un premio casi tan grande como el amor de un padre»
Y yo descodifico. Y me sale un padre bastante pesado, aunque luego me dicen que es muy grande y que vale casi diecisiete millones de euros. Bueno, él no, sino su amor. El amor de un padre, un padre coñazo, para más señas, debidamente tasado. ¿Pero qué me quieren decir? ¿Que aunque es un pesado se merece que le compres un boleto? ¿Un boleto de tres, cuatro, cinco euros? ¿Eso es un regalazo? ¿ O que le compras un boleto para que se calle y te deje en paz? ¿Con un boleto de tres euros? ¿Es tonto, tu padre, que se cree que le estás regalando 17 millones? ¿El tonto eres tú? ¿O es que te tienen que explicar con un ejemplo práctico y despacito lo que son 17 millones? ¿O tal vez lo que te tienen que explicar es lo que vale tu padre (más de 17 millones)? Uf…
Uno de los spots de la tele es similar. Vean:
Me desconcierta la cara de aburrimiento de ella cuando el padre le dice que se abrigue, porque no parece a punto de ir a darle una sorpresilla. Pero me desconcierta más la naturalidad del padre cuando la hija le da el boleto. Y el abrazo me vuelve a desconcertar.
Tampoco entiendo si los anuncios se dirigen al padre o a los hijos. Porque son los hijos los que compran el boleto pero luego el premio le tocará al padre, que me figuro que con ese dinero le pondrá un guardaespaldas a la hija y una nany al hijo, si es tan plasta y protector como lo pintan. Mal negocio van a hacer. O no, porque quizá la intención del hijo es que el padre coja ese dinero y se dé cuatro o cinco vueltas al mundo, o se case con una jovencita que le meta otras cosas en la cabeza, o que le ponga otra cabeza, directamente. Pero para todo hay que suponer que toque. Desear suerte es una bonita costumbre que en España empezamos a sustituir por ir de compras al lotero y hacer una demostración hortera.
Bah, un buen padre lo que diría sería algo como: ‘hijo, deja de tirar el dinero, que yo ya tengo la vida encaminada y no necesito tanto ¡Y tú tampoco, si lo piensas bien! tú ponte a estudiar, y a prepararte para ser un hombre de provecho, y para trabajar, y para ser feliz, y buena persona, y querer a tus semejantes, que el dinero no cae del cielo. Tú lo tienes todo, pero algún día serás padre como yo y te darás cuenta de lo que cuesta sacar a los hijos adelante, lo que hay que luchar y lo que hay que trabajar. Gracias por el boleto, pero mejor ahórralo, no lo gastes en quimeras’.
Al menos los de la Once hacen obra social, así es que es menos quimera, pero el anuncio nos habla de ganar 17 kilos, no de hacerles la vida más fácil a los ciegos. Yo cuento dos errores. Con tres euros regalas 17 millones, que es casi lo que vale un padre. Y ahora cuento dos engaños.
Iba yo buscando una versión chula del Lamento de Dido para el post, así andamos hoy que es lunes. When I’m laid in earth… my hand Belinda, darkness shades me, death is a welcome guest, y todo eso, así me sientan los lunes. Pero me he encontrado con esta grabación, y he cambiado de opinión.
Jessye Norman está extraordinaria, aunque lo mejor quizá es el japonés (ya conocen mi debilidad por ellos). Me han contagiado el buen rollo y aquí se lo dejo. Mañana martes.
Primero de marzo, hoy toca hablar del libro del mes del Club de lectura. Segundo libro del año y primer abandono. Así están las cosas. Mi madre diría aquello de al primer tapón, zurrapas. El jueves, después de haber penado por unas 150 páginas, abrí el libro y leí: «Una corriente eléctrica circula entre un potencial eléctrico alto y uno bajo. La intensidad de la corriente depende de la diferencia de potencial y de la resistencia eléctrica entre los dos objetos. Cuanto mayor es la diferencia de voltaje y menor es la resistencia, mayor es la corriente eléctrica resultante.» Entonces me pregunté: ¿pero qué hago yo leyendo esto? Me acordé entonces de la primera ley de Newton sobre la inercia y me dije que la desesperación es una fuerza como otra cualquiera para alterarla, así es que abandoné el estado de lectura y comprobé de paso la infalibilidad del autor para demostrar las leyes de la física.
Los libros proporcionan conocimiento, y hay libros de divulgación muy divertidos, sin duda. No es necesario estar interesado por el objeto de divulgación: basta con que las cosas estén bien contadas. Por el amor a la física es un libro de curiosidades y experimentos, alternado con farragosas e insoportables descripciones científicas que tratan de explicar en detalle los fenómenos que te cuenta el autor y que, lejos de proporcionar alguna luz en la oscuridad de tu ignorancia, te sumerge en el abismo del aburrimiento. ¿Amor, dice Lewin? ¿Amor? Nos habla del amor loco que provoca la belleza de la música y luego nos dice algo como «la longitud de onda en el aire de un tono de 440 hercios es 340 dividido entre 440, es decir, 0,772.«, y no sé a ustedes, pero a mí el amor se me baja hasta los pies a la velocidad de la luz, sin contar con la gravedad y despreciando el rozamiento del aire.
Tenemos delante de nosotros un libro escrito con un entusiasmo y una motivación ilimitadas, pero que se hace pastosa y verborreica y que transmite la misma poesía que mirar a un adolescente con granos. Hay un capítulo dedicado a los arco iris en donde el autor nos cuenta que se metió un día en la ducha y que entraba un rayo de sol y, oh, se formaron dos arco iris. «Como tenía el agua tan cerca, y como mis ojos están a unos cinco centímetros el uno del otro, cada ojo tenía su propia línea imaginaria. Los ángulos eran los precisos, la cantidad de agua era la justa y cada uno de mis ojos veía su propio arco primario. Si cerraba un ojo, uno de los arco iris desaparecía; si cerraba el otro, desaparecía el otro arco iris«. Qué cosas. A mí se me ocurre que de haber cerrado los dos ojos a la vez, ya no hubiera visto ningún arco iris, aunque prefiero no pensar mucho en este episodio para no imaginarme a ese señor desnudo, rodeado de pompas de jabón y guiñándome alternativamente los ojos para demostrarme la refracción de la luz. Tengo que decir que en este punto, mi cabecita empezó a calcular la batalla entre la fuerza centrífuga de tirar el kindle por la ventana y la centrípeta de ahorrar los 129 euros que costaría uno nuevo.
Este señor no es ningún tontainas, aunque se disfrace de burro motivado para contarnos cosas muy complicadas y haga payasadas para que nos guste la ciencia. Es un profesor del MIT que ha dedicado toda su vida a la enseñanza de la física y que ha realizado unos vídeos muy populares y unos cursos on line (en el prólogo nos dicen, con un infantilismo que provoca algo de sonrojo que ¡hasta Bill Gates los ha visto!) que sirven para hacer la física algo curioso y para demostrarnos que estamos rodeados de ella, y que todo se puede explicar con ella. Hombre, pues sí, aunque el sopor que provoca el libro no lo explica la física, sino la diferencia entre un medio como es el vídeo y la escritura, puesto que una demostración contada pierde mucho interés, y si ya está mal contada resulta insufrible. Un horror, un desorden y una pesadez que a mí me han provocado justo el efecto contrario: que deteste todo lo que tenga que ver con sus experimentos, con sus explicaciones y con este individuo.
Eso por no hablar del autobombo insoportable que se da a sí mismo cuando nos cuenta el asombro que provocan sus demostraciones, lo divertido que es y lo que hace reir, lo maravillados que deja a sus espectadores, o lo impostado que resulta el entusiasmo con el que disfraza una arrogancia que a veces asoma la patita: «La amplitud de una onda sonora en el aire es la distancia en que las moléculas se mueven hacia delante y atrás en la onda de presión, pero nunca se expresa así, sino que en su lugar se mide la intensidad del sonido, que se expresa en decibelios. La escala de los decibelios es bastante complicada. Por suerte, no necesitas saber nada sobre ella». Ya. Sin duda es suerte. Ah, la suerte: hay quien vende millones de libros sólo con ella, y también hay quien se libra de leerlos si se cruza en su camino.
No he visto sus vídeos. Cuando fui a encontrarlos, buscando en ellos algo de simpatía por un tipo que empezaba a resultarme agotador para mi paciencia, me topé con una noticia sobre un oscuro episodio de acoso sexual de este individuo a una alumna que ha provocado que lo expulsen del MIT hace un par de meses y que sus vídeos hayan sido retirados. Feo asunto. Estas acusaciones son muy delicadas pero después de leer un par de artículos sobre el caso, a mí me expulsó definitivamente de seguir leyendo. Al principio de su libro este señor nos habla de la importancia de las mediciones y yo no sé si el colmo se puede medir, pero esto ya fue el disparador definitivo para que le cogiera un asco infinito a él, al libro, a sus performances científicas y a su curriculum decente.
No me disgusta ni la física ni los libros científicos que nos aportan saber, aunque sea muy especializado. Tampoco me disgusta transitar por lecturas difíciles con papel y bolígrafo en la mano para pararme a entender qué me están tratando de contar, o tener que leer despacio o dos veces el mismo párrafo para comprender, o verme superada por mi propia ignorancia, que la tengo y la reconozco. Me lo he pasado de maravilla leyendo a Stephen Hawking y a Michiu Kaku y cualquier libro de filosofía o de psicoanálisis son tan retadores como uno de física si no es tu especialidad y no conoces en profundidad el tema. Así que no es eso lo que me ha echado del libro, sino su profunda vulgaridad y el desinterés que me provoca el planteamiento y cómo está escrito. Porque ése es el gran defecto del libro, y no la confusión del autor sobre lo que es el amor y sobre cómo hay que explicarlo (y manifestarlo, aunque eso se esté investigando).
En fin, esperemos tener más suerte en este mes que empieza hoy con un nuevo libro que espero que no siga poniendo en riesgo el kindle, que al paso que vamos no sé si acabará el 2015 sin planear por el patio de mi casa. Para seguir leyendo sobre el de este mes, tienen las opiniones de mis compañeros de fatigas en La mesa cero del Blasco, Delenda est Carthago, La originalidad perdida y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes, en el blog del club o escuchando nuestra tertulia en nuestro podcast (que tenéis señalado en un apartado en la columna derecha de este blog).
Hoy voy a hablarles del último libro de Javier Marías. Con cierta decepción, ya les anticipo. Ya traté a este autor hace algún tiempo en el blog, con motivo de su renuncia al premio nacional de narrativa. Me gusta mucho lo que he leído de él aunque ya decía en aquel post (CLICK) que su anterior libro no me había parecido ni de lejos su mejor novela. Esta que traigo no me ha gustado, lo que no significa que no le siga considerando un autor extraordinario. Así que no quiero ni pensar que vaya a peor, que haya cubierto un periplo maravilloso y que haya entrado en decadencia. No quiero pensarlo, que es lo mismo que decir que no quiero saber. Voy a la novela.
Juan De Vere, un joven de 23 años en los primeros años 80, entra a trabajar como secretario de un director de cine, Eduardo Muriel, que le pide que investigue a un amigo, el doctor Van Vechten, del que le han llegado rumores sobre un turbio comportamiento en el pasado. Este es el argumento que Marías nos propone al principio del libro y que no arranca hasta… la página 196. Mientras tanto, da vueltas y más vueltas y más vueltas a personajes secundarios o no tan secundarios, como veremos después. Porque la verdadera historia no está en la investigación que De Vere realiza sobre Van Vechten, sino en la relación de Muriel, el director de cine, con su mujer, Beatriz Noguera. Una extraña relación que indica que entre los dos hay un pasado en el que sucedió algo que fue peor que el presente, que es cuando empieza lo malo.
Marías aborda temas recurrentes en sus libros, como es que las palabras dichas no se pueden recuperar, o que lo que es secreto no se puede agradecer ni reprochar, no agrada, pero tampoco duele. La palabra irrecuperable, la frase que no se puede rescatar una vez dicha y que provoca el desastre es un disparador de argumentos en los libros de Marías, y siempre provoca situaciones interesantes y muchas veces paradójicas. Lo desconocido porque no ha sido nombrado, lo que no ha sucedido porque no se ha expresado con palabras, y al contrario, la realidad del rumor y de las palabras dichas sin una constatación detrás, o el engaño que de pronto se desvela, inútilmente.
…En realidad todo lo que se cuenta, todo aquello a lo que no se asiste, es sólo rumor, por mucho que venga envuelto en juramentos de decir la verdad. Y no podemos pasarnos la vida prestándole atención, todavía menos obrando de acuerdo con su vaivén. Cuando uno renuncia a eso, cuando uno renuncia a saber lo que no puede saber, quizá entonces, parafraseando a Shakespeare, quizá entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás»
Thus bad begins and worse remains behind es la cita de Shakespeare. Marías lo utiliza para hacernos comprender que tanto saber como no saber marca el límite a partir del cual lo malo empieza, pero lo peor se ha dejado atrás. Sea verdad o mentira, es el punto en el que la realidad cambia con las palabras. O dicho de otro modo, conocer la verdad, o no saber si algo lo es, no trae ninguna felicidad virtuosa, más bien puede ser lo contrario.
O sea, que muy interesante como reflexión, lo que sucede es que lo propone de manera mucho más interesante en otros libros. No me molesta que se repita, porque aporta puntos de vista y deja pensar y a mí eso me gusta encontrarlo en los libros. Pero en esta novela Marías da, para mi gusto, demasiadas vueltas a las situaciones y a los personajes, y se hace pesado. Estar leyendo y tener que decir ¿Pero otra vez me vienes con lo mismo, Javier? ha sido una frase muy repetida a lo largo de ¡534 páginas! y casi dos semanas de lectura. Se hace muy pesado y la historia se entretiene para después acabar demasiado rápido. Para mí que el libro tiene mal resuelto el ritmo de la narración.
En fin, lean a Javier Marías, pero no esta novela. Olvídense del marketing, de las reseñas de los periódicos, de las cabeceras de góndola repletas con sus libros y de los escaparates de las librerías, y de que, cierto, es Javier Marías y pueden sentirse tentados si les gusta el autor. A mí me gusta, pero no le salvan ni los ramalazos de inteligencia que siempre propone, ni las frases redondas que corres a apuntar, ni esa escritura que me parece maravillosa pero que en esta ocasión se atraganta un poco. Un bluf que es mejor no leer. Con pena lo digo, pero lo digo. Lástima. Otra vez será.
Juan Manuel de Prada escribe hoy un artículo en ABC que me ha provocado la indignación. Yo les enlazo el artículo CLICK y ustedes verán si se lo leen antes. Si no lo hacen, el inconveniente es que yo no pueda hacerles seguir bien el resto del post, pero la ventaja es que tal vez eviten, a su vez, indignarse.
Cree de Prada que por defender a los islamistas que se lían a tiros contra caricaturistas, periodistas y escritores que han criticado (u ofendido, me da igual y verán por qué me da igual) al Islam, defiende con ello la religión católica y defiende a Dios, al dios de los cristianos, y más en general a todos los dioses de todas las religiones. Cree defender al dios en el que él dice creer mucho, junto a esa iglesia a la que él cree que defiende de algo. Es una postura con la que ustedes también se habrán cruzado y que tal vez compartan, quién sabe. Ese insoportable bueno, es que los de Charlie Hebdo se estaban pasando de la raya, que sigue con un es que los de Charlie Hebdo no tienen derecho a injuriar, blasfemar y ofender de ese modo; de ahí pasamos a un airado es que se pasan tres pueblos, y de pronto, después de un pesaroso eso tampoco se puede consentir, llegamos, con un saltito muy pequeño, hasta un ¡Bien hecho, Ali! Y es que hay pensamientos inocentes que nos pueden trasladar a sitios muy feos. A un lugar, en mi opinión, atroz.
Les voy a dar un comodín y pasaré por alto la desproporción de la respuesta. Lo de hacer una caricatura y recibir un balazo es tan desproporcionado como robar una cartera y que te apliquen garrote vil. En mi mundo, claro, que en las tinieblas de Prada no sé. Pero no me centraré en eso, porque hasta un niño podría entender lo que digo. No es la desproporción, sino el plano de la discusión en la que se situan estos tontainas lo que me hace escribir esto.
El terrorismo islamista no está ofendido por unas caricaturas ni por unos textos. No hay tal ofensa. Caer en eso es darles una primera victoria y a no ser que quieran ustedes que ganen, yo me abstendría de seguir por ahí. El terrorismo islamista usa unas caricaturas como excusa. ¿Cuántas caricaturas se habían publicado en EEUU antes del 11 de septiembre de 2001? ¿Y en Madrid antes del 11 de Marzo de 2004? Si no hubiera caricaturas, habría minifaldas, o rock and roll, habría homosexuales tolerados, o quizá les ofendería un bocadillo de jamón. Las caricaturas son una burda coartada para que todos, sin excepción, nos sometamos a sus reglas y a su modo de entender la vida y el mundo, no se engañen, por favor.
Esas reglas a las que nos quieren someter provienen de Estados teocráticos y de bandas paramilitares que, con mucha parafernalia piadosa, dicen interpretar a un dios en el que todos estamos obligados a creer. Obligados a creer, léanlo un par de veces y no se me despisten. ¿La fe? ¡Bah! ¿Qué puede importar la fe cuando se tiene un kalashnikov? Como decía Rushdie, se trata de culturas de un solo libro, en las que unos hombres viven de la ignorancia de los otros. Esos gobernantes y guerreros no buscan la paz, el amor, el bienestar y la vida eterna rodeados de huríes de sus gobernados, sino tener armas y poder, conquistar, hacer la guerra, degollar, e imponer su tiranía. Y esto es muy prosaico, y no tiene que ver con la religión ni con la ofensa, señores. No hay ninguna diferencia entre estos barbudos y Pol pot, Hitler, Stalin o el animal ese que hay en Corea del Norte. Ninguna. Son iluminados que dictan y someten. Con ejércitos, policía y sobre todo, con impunidad. La impunidad que da estar al habla con dios, que es la misma impunidad que da ser un enviado del pueblo o el líder de una raza o de un partido único.
Así que situar la tiranía de esos barbudos en un plano religioso me parece una perfecta imbecilidad. Y discutir acerca del grado de respuesta a una ofensa, de una miopía extraordinaria. No es Alá el problema, por mí pueden creer en las piedras, mientras no me las arrojen a mí. O como diría mi madre ¡qué Alá ni qué Aló! El debate no es religión musulmana o religión católica o judaísmo o budismo o pastafarismo si me apuran. El debate es libertad o tiranía, civilización o barbarie, siglo XXI o siglo XII. La idea de “o piensas como yo o te liquido” es más viejo que el hilo negro, así es que no se distraigan poniendo la religión a la altura de estos monstruos.
De Prada nos dice escandalizado que la libertad de expresión sirve para ultrajar, dañar, injuriar, ofender y blasfemar, y para que Dios se tenga que aguantar con la ofensa. No, Prada, no. La libertad de expresión sirve para que yo pueda escribir que dios me parece un invento y que nadie me mate ni me encarcele por eso. Y también para que yo pueda decir que Dios no se ofende por las imbecilidades que tanto ofenden a De Prada y a tontos útiles como él. Ningún hombre en la Tierra ha sido mandatado por Dios para defenderlo, y cualquier meapilas estaría de acuerdo en que afirmar eso es blasfemo. En todo caso, defenderá sus propias creencias, y en ese caso, se está defendiendo a sí mismo. O sea, exactamente igual que en una discusión de fútbol. Saquemos a Dios de todo esto, porque si no me harán recurrir a un chiste de Charlie Hebdo: C’est dur d’être aimé par des cons (es duro ser amado por gilipollas, dice Alá en una caricatura). Además de gracia, tienen en eso mucha razón.
En el terror no hay una acción-reacción, porque sin caricaturas el terrorismo existe de igual modo. Pensar que si no hay acción (caricatura) no hay reacción (asesinato) es, automáticamente, darles la razón a ellos. Si aceptas que matan porque están ofendidos, y que el caricaturista debe callar, conviene pensar en el próximo paso: ¿Qué es lo siguiente que les ofenderá? ¿Que yo no lleve burka? ¿Que vaya a un bar sola? ¿Que yo trabaje? ¿Que lleve vaqueros? Abran esa puerta y verán llegar a los tiranos a lugares inimaginables. Yo no lo acepto, y creo que no hay dar ni un paso atrás.
Si usted, cuando yo digo que son unos bárbaros, me contrapone otras ofensas, automáticamente le da carta de naturaleza a los asesinatos, porque reconoce que ellos pueden tener una (al menos una) razón. Y si acepta que pueden tener una razón, poner una bomba o ir a un tribunal es sólo una cuestión de grado. Y no. Su reacción no es una cuestión de grado, sino de categoría, y conviene distinguirlo con claridad. No me gusta que saquen al Papa sodomizado, claro que no. Y tampoco que hagan chistes procaces sobre mujeres, o sobre ancianos o sobre subnormales, si a eso vamos. Pero defiendo el derecho a hacerlo sin que nadie te pegue un tiro por ello. Y si tengo que elegir entre esas bestias inmundas y un caricaturista pasado de vueltas, me quedo con el caricaturista sin dudarlo.
En este asunto no conviene tener dudas del lado en el que nos situamos. Se puede amar a Dios, tener fe, respetar al Papa y pertenecer a la Iglesia y defender a los caricaturistas. Yo lo hago, porque creo que no es la religión. La religión es sólo el señuelo: la presa es otra. Y no hay ofensa, sino coartada, y no entenderlo es claudicar.
Habla el fanático de Prada de la religión democrática. No creo que ningún fanático de esa “religión” que tanto vitupera degüelle a un hombre delante o detrás de unas cámaras. No es la religión, bobo, no es la religión. ABC es un gran periódico con grandísimos columnistas y sin quererlo, tanto Ignacio Camacho como Albiac le responden hoy, afortunadamente (CLICK y CLICK).
Les dejo con un vídeo de Wafa Sultán, una psiquiatra siria exiliada en Estados Unidos que combate el fanatismo islámico y el anclaje irremediable de estas sociedades en la Edad Media. Esta entrevista es de 2006, pero podría ser de ayer mismo. Son cinco minutos largos, pero resumen bien el asunto que les he traído, a mi pesar, hoy. Pueden quitar el sonido: se evitarán la bronca.