Cuando cuentes cinco millones
ya nos dices a qué huelen.
¡Curra! ¡No se lamen las miguitas del suelo! ¿Serás cochina?
¡Y no me mires así! No se hace, ¡y punto!
¡No, no se hace! ¿Tú me ves hacer eso a mí? ¿Eh?
…
….
….
Sin comentarios
Extraña semana esta.
Tiene tres lunes…
¡Y tiene tres viernes!
Asuelo
Asuelas
Asuela
Asolamos
Asoláis
Asuelan
El significado es chungo, pero la conjugación se las trae con abalorios…
Aunque sé que no les gusta, hoy voy a escribir un post largo.
¡No, no, sigan leyendo por favor, que acabo de arrepentirme!
Sigan leyendo, que ya termino.
Una línea más y listo.
Ya está. Fin del post.
Mañana tenemos debate en todas las cadenas, así es que los empresarios de minicines están de enhorabuena. Todos los periódicos se han dedicado estos días a hablar de la imagen de los dos candidatos que van a debatir, ambos reacios a mostrarse de manera distinta a su natural desgana estética. Este es un mal asunto, tanto para los que se exhiben como para los que tienen que contemplarles, porque, si a eso vamos, el único remedio posible para alguien con un mínimo de sensibilidad es que les pongan una capucha de color berenjena. Una a cada uno, por supuesto.
Y el caso es que, tal vez conscientes de su poco sex-appeal, los dos llevan barba. Es decir, que tienen claro que deben taparse la cara todo lo posible. Eso sí, de manera natural, no sea cuento que parezcan Pat Garrett y Billy the Kid. A fuerza de ser horripilantes, han convertido la telegenia en fantasmagoria.
A Rubi le dijeron que se pusiera fundas en los dientes, todo porque los tiene de un cierto color ala de mosca. Almas de cántaro. Les faltó poco para llevarse una dentellada, y así que comprobaran lo que cunden unos dientes irregulares. En cuanto a Marianín, a nadie se le ocurriría darle ese consejo, porque ya se le entiende bastante poco cuando habla. González decía de él que se le entendería cuando se quitara los fideos de la boca, en un arranque de mala leche que, tendrán que reconocerme vds, no deja de tener gracia.
En fin, este asunto hoy no da más de sí. Me refiero al debate, aclaro.
Pues que aquí me tienen, un jueves, y con la cabeza del revés a ver qué les cuento. El lunes tenía la cabeza del revés por otras razones y me la enderezó Melody Gardot, y luego he ido transitando martes y miércoles con el único aliciente de sus amabilísmos comentarios. No crean que no me han sucedido cosas, pero ciertos temas de los que podría hablar con conocimiento de causa, y que podrían ilustrarles en la vida y servirles de guía y consejo, me los tengo prohibidísimos. A cambio, peno con el riesgo de aburrirles. Un riesgo que, por cierto, es sólo suyo: yo ya sé lo que he escrito antes de releerme.
Podría contarles que me han subido la Contribución hasta dejarme sin respiración. O que me he quedado sin batería en el coche, y he tenido que dejarlo en la oficina. O que el libro que me estoy leyendo me tiene, a partes iguales, intrigada y decepcionada. O que mi profesor de inglés me ha hecho repetir cantando «how long does it take to» durante media hora. O que no hago más que mandarle mensajes a la Sra Christine Lagarde (presidenta del FMI) en Twitter y no me contesta. Y es que me tiene preocupadísima, la Lagarde, porque no publica un tuit desde el 26 de septiembre. O que no sé cuándo ni dónde he perdido un cristal de las gafas, porque me he dado cuenta de ello tres horas después de llevarlas puestas. O que he descubierto que el olor profundo de la transpiración añeja puede alcanzar un radio de tres metros, con mesa de por medio. O que quizá ambos hechos, estar concentrada en no respirar y perder un cristal de las gafas, pueden tener alguna relación.
Les dejo, que tengo una llamada telefónica. A ver si mañana me animo y les cuento algo de interés.
Me van a perdonar vds., pero hoy no tengo mucho tiempo para introducciones, así es que voy a ir directamente al grano.
Las aplicaciones en el teléfono y en la i-pad son realmente geniales y sirven para muchísimas cosas. Por ejemplo, tengo una fantástica que me dice dónde estoy. Bueno, en realidad me dice dónde está la Blackberry, pero como yo no puedo ver dónde está ella si no la tengo en la mano, he llegado a la conclusión de que la app quiere realmente decirme dónde estoy yo diciéndome dónde está la Blackberry, porque realmente no sabe muy bien dónde estoy yo. Sí, ya sé que suena muy complicado, pero el mundo tecnológico es así, señores, lo toman o lo dejan. Lo que es realmente genial es que yo le puedo decir a cualquiera las coordenadas GPS en las que me encuentro en cada momento:
– Mamá, estoy aquí, en 40º28’12» Norte, 3º40’20» Oeste
– ¿Todavía en la ducha, hija? Pero te van a salir aletas…
Tengo otra también muy genial que me avisa si llueve en Capri y en Santorini a la vez. Y otra en donde sale el calendario lunar en swajili. Una muy, pero que muy interesante me indica y describe el entorno IT en el que me encuentro. En español, aclaro, no en swajili, aunque he llegado al convencimiento de que el idioma es casi lo de menos. Otra app formidable me cambia el color de la pantalla cada veinte segundos mientras suena un beep. Y hay otra que me flipa, que es un seguidor de asteroides. Esta app viene sin alarma (lástima). Pero utilidad, utilidad, una que, cuando suena el teléfono, se abre una nota para que escribas el resúmen de la llamada. Yo creo que esta es la prueba irrefutable de que las ondas telefónicas nos van a dejar el cerebro como un queso gruyère, así es que nos ponen esta app gratuita para que nos vayamos acostumbrando al desastre.
En la i-pad también hay cosas muy curiosas. Tengo una aplicación en donde se describen los árboles de la tundra siberiana. Apasionante. Y estuve a punto de bajarme la App «Termomix recetas», pero al final decidí no hacerlo por dos razones. Primero, porque leí en una crítica que hacia la mitad de cada receta, la i-pad empezaba a estar demasiado pringada por los dedos como para ver algo. Y segundo, porque yo no tengo Termomix. Debió de ser esta historia de la Termomix la que me hizo tener un sueño. Yes, I have a dream.
Soñé que la i-pad 17.0 venía con función de cocina vitrocerámica: en medio del campo, siempre que tuvieras un buen Plan de Datos, te podías freir unas chuletas sobre la i-pad. Ya la 18.0, por unos eurillos más, venía con la vitro de inducción. Y valía la pena, oye, porque navegar por internet justo después de hacer la comida… eso sí que dejaba los dedos pegados en la pantalla.
Va a ser verdad que todos necesitamos un poco de sur para poder ver el norte…
En la web trendencias, que tengo permanentemente en la caché de la i-pad debido a que mis queridas sobrinas hacen una consulta casi cada día (prefiero no pensar que ese es el motivo por el que van con botas en agosto, y con sandalias en enero) me encuentro con la portada de Vogue Japón y este comentario:

A pesar del estrés que suponen todos los titulares (ya hemos comentado y coincidido que la falta de ellos sólo hace que magnificar la revista) me gusta cómo han jugado con los colores: amarillo y lila , las mismas tonalidades que el outfit seleccionado.»
En fin, yo quiero suponer que si los titulares estresan es porque hay muchos, no porque estén en japonés. Es lo que yo quiero suponer. Y por otro lado me extraña que sólo alcancen a comentar de ellos que coincidan con los colores del outfit. Podrían darnos noticia de lo que significan ¿no? Quién sabe, lo mismo dicen «Ni se le pase por la mente ponerse esto, porque Vd. es una japonesilla bajita, morena y regordeta y puede quedarle de angustia«. O tal vez «Para que caigan rendidos a sus pies, no basta con la postura. Debe dejarse un compuesto de algas marinas en el sobaquillo durante una semana«. O quizá: «Si de veras quiere impress, vuelva a nacer. Será más rápido«. Todo muy advise to success.
Esto último no creo que lo hayan titulado, francamente. Porque si tu quieres de verdad dress to impress basta con acercarse a la portada del Harper’s Bazaar. Yo me imagino a mí misma llegando un lunes a la oficina con ese porte. Menudo outfit. Y menuda pinta. Aunque pienso que tendrían difícil reconocerme. Por la coiffure plongeant, más que nada.