Una votación normal

gloria MadridLo extraordinario hoy no estaba en la tierra, sino en el cielo de Madrid. Pero abren los telediarios diciendo lo de siempre: «jornada de elecciones en la que hay que resaltar la normalidad y la ausencia de incidentes». Luego también se dirá la imbecilidad esa de «la fiesta de la democracia» y lugares comunes muy del gusto de quién, en realidad, no tiene nada que decir. Pero lo que más me molesta es lo de la «normalidad». Pues claro. ¿Qué se creen que es esto? ¿Somalia?

La vida real, el mundo real, las relaciones reales, lo cotidiano de nuestras vidas no son las tertulias, ni los parlamentos, ni el tuiter. La normalidad del mundo en el que vivo – al menos mi mundo – es que cada uno piense lo que quiera y vote lo que quiera. Y cualquiera que vaya a un colegio electoral sin una cámara en la mano, ni con el objetivo de colocar un mensaje y que le graben, ni con el cerebro podrido de consignas y de instrucciones políticas, aquel que vaya sin otro interés que el de votar se dará cuenta de que la democracia y la tolerancia está mucho más y mejor instalada en la vida real que en ese teatro de marionetas que es el parlamento, y sobre todo las tertulias. La tolerancia y el dejar vivir es más real en nuestra sociedad que el griterío del tuiter, de las televisiones comerciales en la que lo mismo da una pedorra que un político, o que esas manifestaciones de cuatro gatos gritando por sus habichuelas y sus propios intereses (nunca por el cocido o por los intereses de los demás, no se engañen).

Nunca llevo la papeleta de casa y nunca me he metido en una cabina, en la que por cierto, nunca he visto a nadie meterse. Las papeletas están ahí, a la vista. No veo a nadie coger varias para disimular el voto, y tampoco veo a nadie fijarse en lo que cogen los demás. Llegas, miras a ver dónde está aquella papeleta con el candidato al que has decidido votar, la coges con naturalidad y ya en la cola la metes en el sobre. Y claro que no pasa nada, faltaría más. No hay vergüenza, no hay miedo, no hay prevención de ningún tipo, no hay coacción. Aunque siempre he pensado que si alguien me dijera algo por la papeleta que cojo, la que terminaría en comisaría sería yo porque le haría comerse un zapato, sin quitarle los cordones. Pero no ha habido caso, ni lo espero.

Hay barullo, sí, pero civilizado. Sólo faltaba. La gente se cede el paso, el anciano con el andador, el padre empujando el carrito del niño, la señora en silla de ruedas ayudada por quien parece su hija, perdone, me permite, como en cualquier lugar con  mucha afluencia en la que todos van a lo mismo. En donde, sin consignas, entendemos que habrá que esperar, habrá que ceder, y habrá que intentar no estorbar. En mi caso, además de todo, tengo que darme prisa, porque Curra está ahí fuera esperando.

Naturalidad, normalidad, lo natural, lo normal.  Pues claro. Como en todas las elecciones. Y estas no son tan diferentes.

Lo extraordinario en Madrid hoy no estaba en la tierra sino en el cielo. Mañana ya veremos, pero ya será otro día.

 

Canalizar

Canalizar es una palabra preciosa. Tú dices canalizar y… bueno, no, no voy a seguir por ahí porque realmente no sé de qué palo vas y no sé lo que pasa por tu cabeza cuando dices canalizar. Recommençons. Cuando yo digo canalizar, lo que me viene a la cabeza es una enorme corriente de agua y un tubo, no necesariamente cerrado. Puede ser un medio tubo, lo que viene a ser un canalón, o sea, un canal, y de ahí canalizar. Equilicuá.

Una masa de agua, brava o tranquila, un torrente o un remanso, una cantidad enorme o pequeña, pero en todo caso una masa de agua algo descontrolada. Agua random, un peu partout, que va a su aire aunque sea agua y va a su bola aunque esté extendida. Yo prefiero pensar en algo salvaje, espumoso, indómito y rugiente. O sea, agua a lo bestia. Es el caos, el desorden de la fuerza y de la libertad. Yo prefiero pensar cuando imagino, aunque eso es otro post.

Y de pronto, canalizar. Y entonces todo eso que no controlas en absoluto se domestica, se domina, se domeña, todo eso se vuelve manso, se sujeta, se somete y se conduce. Es maravilloso. De pronto la paz, la calma, el silencio, el orden, la tranquilidad. Canalizar entonces te proporciona un contraste que, por ser contraste, revela dos mundos maravillosos que, si se saben alternar, le dan mucha vidilla a la vida.

Pero amigos, no siempre puedes canalizar todo el agua. Te dices que a las malas, haces un canal más grande pero quizá no tienes los recursos para hacer un canal tan grande, o tal vez no tienes el espacio para ponerlo, que todo puede ser. Así que de pronto, te encuentras con medio canalizar. O canalizar a medias. Una chapuza, vaya. El verbo ha dejado de ser bonito.

Y ya no digamos cuando te sales de la naturaleza, o mejor dicho, cuando te olvidas del agua, que todo lo limpia. Entonces, no hay duda, dices canalizar y se acabó la poesía.

 

Canalizar horror

 

 

Crónica de una noche de fiesta

Fiesta!Un local, un menú, unos dulces, unas copas y música muy escogida fueron el marco y el guión. Y con esto, se puede crear un recuerdo. Sólo había una consigna: vamos a divertirnos. Y nos divertimos, claro que sí.

Apenas falló nadie. Sobre la lista, algunos con compromisos familiares o de viaje, y eso ya me hizo percibir por anticipado que había una buena disposición y que con poco esfuerzo las cosas saldrían bien. Faltó mi querida Mar, en Costa Rica y sin posibilidad de venir, y muy a última hora, Pilar C., que se examinaba el martes de unas oposiciones y que consideró más prudente no venir (lo contrario hubiera sido una locura) y María C., que se tuvo que quedar en Valencia con su hijo. Estuvieron las tres en mi corazón y en mi cabeza y seguro que a la vuelta de unos años se incorporarán al recuerdo de la fiesta como si hubieran estado. Pero en fin, puertas y rampas, despegamos por fin con un pasaje casi al completo.

MariAngeles fue la primera en llegar, hacia las 21:15, cuando aun las luces estaban a medio poner y el personal se afanaba por completar los últimos detalles, mientras yo estaba con el pincha haciendo las pruebas de vídeo. Había dejado a Eduardo aparcando, y menos mal que apareció para darle conversación mi querido Paco, que llegó el segundo y me hizo bajar las escaleras corriendo a abrazarle, porque se desplazaba desde Valencia. Enseguida le advertí que le habían ganado de largo: Sonia había venido desde Singapur, cambiando billetes a última hora, solamente para pasar conmigo esa noche. Muy grande aquello, no lo olvidaré. Y luego, poco a poco fueron llegando, con mayor o menor puntualidad, pero ya no sé en qué orden. Sólo sé que esperé a Lorenzo para dar por terminada la cortesía otorgada a los madristas de pro (y abono), que hicieron un poco de piperos y llegaron a la hora marcada.

La primera desestabilización de camarero, con copas al suelo y comando de la bayeta corriendo para limpiar, lo provocó Ana T., aunque la leyenda dirá que fue Carolo, mucho más proclive a crear el caos cuando hay copas de por medio, y sobre todo cuando Amalia y Ricky C. le señalaban con el dedo. Habría más accidentes de este tipo, en especial al principio, tal vez para ir educando a las camareras, aquí estamos los del Poblachón. Por fin pude ver a Sara en una fiesta mía,  y si el sábado dejó a su niña sola en casa, ya no se escapará más. Ella y Tomás llegaron los últimos, Bernabéu obliga, y aunque había empezado la cena, él quiso hacerme la crónica precisa de los lesionados, entre compungido y confiante ante la Champions de la semana.

Yo sabía que comería poco y por eso había merendado. Y en realidad, casi el único momento que pude probar algo fue en compañía de Teresa, Ana L. y Mamen, tres de las mujeres más cultivadas de la fiesta con las que estuve hablando de mi dieta de adelgazamiento, asunto literario donde lo haya. Si puedo decir qué se cenó es porque lo había visto en un papel, no porque catara muchas cosas, aunque sí probé una especie de concha con algo que no me gustó que pude comentar con Isabel, a la que tampoco le gustó mucho. Así que no comí, pero hablé de comida durante la cena.

Mis amigas GinTonic descubrieron enseguida el photocall y lo tomaron al asalto. Y lo aprovechamos largamente, no en vano era la primera vez en cinco años que nos juntábamos todas sin que faltara ninguna. Mari Peins (estoy segura de que fue ella), las lió para que me cantaran el Ay Carmela (rumba la rumba, va) con una letra personalizada que provocó la carcajada general cuando decían que mi genio no había mejorado. Y  puedo imaginar el mal rato que pasaron algunas, y una que yo me sé en especial, aunque en general se las veía muy sueltas. A falta de buena voz le echaron coraje, que es lo que se necesita en estos casos. Yo, desde abajo, me reía con Antonio, mientras ellas cantaban «con locura desmedida», y Rai grababa en vídeo el que sin duda fue el momento retop de la noche. Ver a nueve señoras serias y con tronío haciendo el ganso en una especie de balconera, cantándome como el que ronda a una quinceañera es algo impagable.

Puedo imaginar el esfuerzo de todos, que no quisieron seguir mis instrucciones (¡ni siquiera a la hora de recordar un color!), y que estuvieron realmente sembrados con los regalos. Para bien, por supuesto. Diré como resumen que nadie me regaló un libro pero que volví a casa con tres cuadros, de lo que deduzco que mis reseñas del blog no gustan y las paredes de mi casa tampoco. Y yo no seré facil para los regalos, pero nunca los devuelvo ni los cambio, así es que me pondré el elegante pañuelo cuando vaya con traje, encenderé velas o comeré aceitunas en esos inexplicables cacharritos de peltre, tiraré (¡por fin!) a la basura mi viejo ipod touch en el que no veo ni oigo ya nada y me calzaré esas zapatillas hechas a mano tan rechulas en mis paseos veraniegos. También he decidido llevarme el bonito retrato de Curra al Poblachón, que es donde somos felices las dos, y por supuesto sacaré tiempo de donde sea, que será de mi agenda, para hacer ese super curso de fotografía, originalísima idea que me recuerdan que no debo abandonar las aficiones que me hacen feliz y que me permiten crear cosas.  Maitena tendrá que explicarme despacio cómo enmarcar la preciosa pintura que hizo para mí sin estropear el envoltorio, que tiene también mucho mérito y es una maravilla (gracias, Maitena, eres una artista). Aunque lo más perentorio será buscar la manera de colgar la obra de galería de arte ultrapija que me regalaron sin tener que pintar mi casa de nuevo y de forma que se vea bien el precio, un regalo para el que no tengo palabras y que merecerá, sin duda, un post aparte.

Cuando terminaron los regalos, cogí el turno, que estaba verdaderamente petado, para presentar un tuiter imposible en el que metí a todos a chatear imaginariamente conmigo, una idea que me inspiró Gilles y para cuya proyección Natacha tuvo que traer un bolso lleno de cables que después no hicieron falta. No eran los únicos franceses de la fiesta, y me dieron mucho juego en las menciones, igual que me lo han dado en la vida. Y por otra parte, logré que Antonio S. tuviera por fin cuenta en Tuiter, algo que ni siquiera había logrado MaríaG. Un tuiter en el que la única conversación que quedó sin respuesta fue la de Mihaela, trabajando a esas horas, y que también me permitió comunicar que Zaida es mi librera favorita (y a ella, en su turno, que tiene una librería infantil) y decir a los cuatro vientos que Mercedes es como el guerrero del antipez, ¡esa memoria!. Pero lo realmente asombroso es que Begoña A. averiguara la marca de mis zapatos por una foto en la que solo se ven unas suelas gastadas y que apareció en pantalla exactamente 3 segundos.

Gisèle me había preguntado si podría tener compañía en la barra, porque vino con una lesión muy seria de espalda, y lo cierto es que hubiera podido estar allí en vez de conferenciando con las GinTonic girls casi toda la noche, que se iban turnando en aquel sillón rococó de la cueva imaginaria. En la barra estaba Ana C., que se puso como de guardia, como si custodiara la bebida, y por allí íbamos pasando el resto a darle palique y presentar nuestros respetos, aunque a quien más recuerdo de la barra es a Ricky, con su barba poblada ¡de pronto!, y a Carlos y a Bárbara. Y allí también se podrían haber acodado Juanjo y Emi, aunque prefirieron un tresillo bajo la escalera en el que acompañaron a Paula L., que embarazada como está, y después de venirse desde Granada, no se iba a poner a saltar por la pista. Del mundo que sólo seguía el ritmo con los pies no puedo olvidar a Jesús, que se sentó en un taburete a fumarse un paquete de Winston extralargo, como un rey, y allí acudía yo cada media hora, como el que acude a un estanco. Mientras, Begoña J. también fumaba con parecido ahínco aunque con mayor movilidad.

Recordaré toda mi vida a Begoña H., monísima con su sin-mangas rosa corriendo desde el Candy bar con una piruleta de chocolate hacia la pista al ritmo de Los Rodriguez. Recordaré también mientras viva a Susana la Morena, después de marcarse el baile sexy de la noche, invitando a Pilar para que se uniera a la conga del Salta conmigo, momentazo de liderazgo a salto de la mata que ha quedado inmortalizado en un vídeo tronchante.  Recordaré a Alfredo con la mano en el bolsillo recitando a Raphael y luego bailando un espasmódico rock and roll con Pepa, ella le comprende. Y a Jorge y Ana V., ocupando un esquinazo el uno frente al otro, tan acompasados y tan maravillosos bailando en pareja sin que yo quisiera interrumpirlos. Por supuesto, Ana Vamp arrastraba al resto al baile, y se reservaba el Mambo n.5 para disfrutarlo ella sola, aunque tuvo tiempo para hacer el reportaje de la noche mientras Tito se dedicaba a combatirla con el flash al grito de ¡Vampiraaa!. Y ya que quedará constancia, no me olvido de José Luis, a quien probablemente nadie había visto bailar nunca en la vida. Y el agarrado que me bailé con Javi, cantando con la vena en el cuello el Soy un truhan soy un señor, que para eso le gusta Julio Iglesias y había que ponerlo.

Y claro que recordaré a Yoli, que estaba bien guapetona, diciéndomelo todo sin decírmelo («no tengo que decirte nada, que ya lo sabes tú», suele decirme), tal y como lleva haciendo desde que teníamos 10 años, aunque buena parte del tiempo estuvo charlando con personas que no eran yo, seguro. Y María, que cuando sonríe, sonríe en serio y tú notas que te cambia el mundo. Pero puestos a nombrar a los guapos de la noche, y aunque todos nos habíamos esforzado delante del espejo, daré el premio pareja bellezón de la noche a Carlota y Chema, madre mía qué cuarentena más bien llevada. Y es que los veinteañeros no tienen apenas mérito, o en todo caso lo tendrán sus padres.

También contaré que, aunque vetado, alguien aprovechó que yo estaba en el baño (me han chivado quién, pero prefiero confirmarlo antes de matarla) para camelarse al pincha y que pusieran el cumpleaños feliz, esa canción infame que debería prohibir algún gobierno. Me sacaron del baño a trompicones y allí tuve que volver después, a lavarme las manos, escoltada por mí misma, tal fue la insolidaridad. Hasta unas velas me presentaron, primero en un cuenco robado que servía de lámpara y después en una tarta, y eso que estaba también terminantemente prohibido. Y transigí con el cuenco pero no con la tarta, y descubrí, para mi sorpresa, que se pueden apagar velas haciendo abanico con la mano, en vez de soplando.

El desfile de despedidas debió empezar a eso de las 2:30, no sabría decir, yo no miraba la hora que para eso era la anfitriona.  Camilo para entonces ya se había marchado, a medio cenar y con alguna indisposición, igual que Beatriz, que hizo un esfuerzo físico colosal para estar conmigo el sábado. Probablemente los lesionados como Quique, también con la espalda hecha fosfatina  fueran de los primeros en salir, pero no soy capaz de decirlo con seguridad. Anita R. se despidió, cariñosísima y con unas palabras que ya me ha dicho otras veces y que no olvido.

Y nadie tendrá que decirme que Pepe tiene una estupenda salud, porque se quedó hasta el final, como un campeón, y esa comprobación me hizo inmensamente feliz, junto con Susana LM, y los «restos» clásicos de ayer, de hoy y de siempre, incluyendo por supuesto a la única que me queda por mencionar, que como muchos se habrán dado cuenta es la inigualable Merchitas, culpable de que yo escriba este larguísimo post sobre el que declino cualquier responsabilidad que tenga que ver con la veracidad de lo que cuento.

Acabo. Ana, la única de las seis Anas que había en la fiesta que podía traerme algo así, apareció con un tesoro que leeré despacio: son cartas que escribí con 20 años y que daba por perdidas. Envolvió mis recuerdos en una caja con un bonito lazo, y yo podré recuperar esos recuerdos y volverlos a guardar, junto a los de esta noche tan divertida, que ya es pasado y que formará parte de mis recuerdos más queridos. Yo la llamaré La noche que me lo pasé en grande, en la que hubo mucha alegría y muy buen rollo, como debe ser. Y es que los amigos son las únicas personas que uno puede elegir. Ça reste.

Planta 11

Hoy he llegado a la oficina y resulta que mi sitio ya no era mi sitio, sino que era el sitio de otro. Terremoto P. (¿les he hablado ya de Terremoto P.?) me había avisado de que había metido todos mis papeles y mis cosas en cajas durante mis vacaciones y se las había llevado a otro lugar más luminoso, siete plantas más arriba.

Cuando nos mudamos a este edificio, hace muchos años, a mí me pusieron en la tercera planta, lado M-30, que es el lado en el que hay que estar en este edificio por debajo de la sexta planta. Entonces yo trabajaba en Comunicación, que es un departamento de poco fiar y de mucho ruido. Ya se sabe que la gente que trabaja en Comunicación puede ir en vaqueros, soltar chorradas en las reuniones y decir lo que se le pase por la cabeza, que la creatividad se nos supone y además, para tener una buena idea hay que tener muchas malas, y más vale localizarlas cuanto antes. Estábamos entonces en un espacio al lado de la Dirección General, y supongo que tanto cartel, tanto boceto, tanto papel y tantas risas no eran la mejor imagen para los visitantes de fuste que aparecían por allí, así es que nos enviaron a un cuartito en la segunda planta, en la que seis chicas vivimos nuestra vida durante un par de años.

Luego yo me mudé de país medio año y a la vuelta me colocaron en la cuarta planta, lado calle, y allí estuve un año y medio ocupándome de grandes cuentas y de cuentas grandes, y gastando suela y tacón por casi todos los aeropuertos españoles y pasando las de Caín. Y una vez terminada aquella etapa, tal vez la más formativa de mi vida, cambié las cuentas por el marketing (según mi madre, cambié las grandes cuentas por los grandes cuentos) y tuve que volver a hacer cajas, esta vez para irme al otro lado de la planta, de nuevo lado M-30 aunque orientación norte. Debí de estar en aquella pecerita unos tres años, hasta que me hicieron mudarme a la otra esquina, como si se tratara de un juego del parchís, ahora tocaban las fichas rojas. En esa esquina del edificio pasé yo creo que los años más memorables de mi carrera profesional, viendo salir el sol y sintiendo cómo se ponía a mi espalda, en un lugar cuyos estores iban bajando y subiendo, pero nunca todos a la vez.

Otra vez me mudé de país, esta vez para estar fuera más tiempo. A la vuelta, me colocaron en la primera planta, lado calle y orientación norte, primero en el centro del edificio y luego en una esquina. Nunca vi el sol en aquel sitio, ni siquiera como reflejo del edificio de enfrente. A pesar de eso, yo trataba de trabajar con luz natural aunque el lugar pareciera oscuro y triste. Y es que era oscuro y triste, como un día de lluvia aunque no lloviera, a pesar del ventanal o quizá por culpa del ventanal. Me gustaba trabajar por la tarde en invierno, cuando anochecía pronto, para justificar la oscuridad y la necesidad inaplazable de luz eléctrica. En ese lado de la planta, casi todos los que me rodeaban eran personal externo, consultores y desarrolladores la mayoría, que podían llegar todos a la vez o pasarse semanas enteras sin venir, personas de quien no sabes sus nombres, ni sabes muy bien a qué se dedican. Y aquel era un lugar de ecos y de silencios, pero también de simpatía y de aprendizaje.

Y entonces necesitaron el espacio y me volvieron a enviar a la cuarta planta, a la única esquina de aquella altura en la que nunca había estado. Se completaba el juego del parchís, ahora llevaba las fichas azules. Un lugar de luz y de largos atardeceres, aunque un lugar gélido, en el que yo bromeaba y daba las gracias por ese afán por criogenizarme que parecían tener mis compañeros de Infraestructura (gracias, gracias, esto sólo lo merecemos Walt Disney y yo). Me ha servido para mantener un cutis estupendo estos años, dicho sea de paso, y para comerme los bombones y los caramelos de mi querida Mary Peins.

Hasta hoy. Planta 11. Orientación norte aunque a esas alturas, la orientación da igual. Vistas a Guadarrama. Sol enfilado de mañana y de tarde. Paredes pistacho, muebles nuevos que aun tienen que llegar y la mejor compañía. Verdaderamente, nunca había llegado yo tan alto…

Un día en el esquí

Pies esqui unmundoparacurraHacía un montón que no subía a esquiar. Desde un viaje a Sierra Nevada de cinco días, de los que esquié uno, y por el que pagué un facturón con el que me podría haber ido al Caribe dos o tres veces en el año. Es una exageración, pero aquello de ir a visitar la Alhambra por enésima vez, y otro día a Granada de compras, y otro de paseo, y el último a conocer pueblos en Jaen según nos volvíamos acabó con la poca afición que me quedaba. Mis viajes en enero han sido de playa desde entonces, hasta que han dejado de ser de nada por culpa la incompatibilidad del trabajo. Del mío y del de mi amiga Merchitas, que trabaja en la cosa contable y tiene que cerrar las cuentas de una entidad pública enormísima, y figúrense que para cuando acaba de cuadrarlo, con todo lo que debe haber y no hay, las personas normales ya nos hemos metido en la plena activité. Cierto es que me puedo ir con otra persona, pero les aseguro que a estas alturas del año no tengo yo el cableado para que me aguante mucha gente. La vida, o sea.

Así es que hace unos días, mis sobrinos me emplazaron para subir a Valdeski (una estación a una hora de Madrid) este viernes. Blindé la agenda y defendí el día libre igual que el General Custer en Little Big Horn, aunque con la diferencia de que pude escapar del asedio de los Sioux. No sé yo si algún Caballo Loco me la tendrá guardada el lunes, pero algo de munición he cogido, no crean. La montaña, aunque sea en una miniestación, despeja mucho. Y las agujetas posteriores distraen otros dolores una barbaridad.  Porque las agujetas que tengo hoy son de órdago a la grande.

¿Que qué tal? Pues hombre, no estuvo mal. Llegamos con un sol espléndido pero la primera bajada la hicimos poco menos que de oído, porque había entrado una niebla que dejó las pistas en modo Londres y su famoso puré de guisantes. Luego levantó la nube y fue una delicia mientras aguantó la nieve. A eso de las dos de la tarde ya te jugabas una rodilla bajando por aquellas pistas, así es que comimos algo y nos bajamos a Madrid. Un día estupendo.

¿Ya les he dicho que tengo agujetas? Me voy al cine.

 

Personajes

La literatura da muy buenos personajes, sin duda. Unos más creíbles que otros, o más coherentes, que la credibilidad no solamente está en los personajes y en lo que hacen, sino en cómo acompañan a la historia. Pero una siempre tiene la sensación de que, finalmente, al estar leyendo ficción, esos personajes no existen, o están convenientemente matizados para que la historia que el novelista te cuenta, sale como quiere el novelista.

En realidad no sé si sucede así. Nunca he escrito una novela, de manera que no puedo darles testimonio, y por otra parte, he oído a muchos autores decir que sus personajes hacen un poco lo que quieren y que, llegados a cierto punto, la novela se les va de las manos y empiezan a tener su propia vida. De eso sabemos mucho en el club de lectura, aunque por otras razones, y me temo que la independencia de los personajes son un mito, y que el buen novelista sabe bien controlarlos. Otra cosa es que no tome conciencia de su propia imaginación.

Pero a lo que voy. En la vida real una va encontrándose muchos personajes que podrían vivir perfectamente en una novela. Y eso le haría mucho bien a la humanidad, dicho sea de paso. Que vivieran sólo en las novelas, quiero decir, y me gustaría remarcar el sólo. No es necesario que sus vidas sean una aventura, ni tampoco es necesario que les pasen muchas cosas, ni siquiera que su existencia tenga el menor interés, fuera del daño que le hacen a los demás, para que se conviertan en personajes literarios, y por lo tanto, cuando uno repara en ello, en personajes increíbles. Increíbles.

Miren si no a su alrededor. Ese tipo amargado, que no sabe sonreir y cuyos ataques de importancia son un síntoma de su propia frustración. Miren a ese hombre frío, acomplejado en su pequeñez, que ignora el poder que tiene pero es muy consciente de la autoridad que le han otorgado y la utiliza en su propio interés aunque no sea ése el motivo y razón y fin de su autoridad, sin importarle lo que le suceda a los otros ni lo que suceda mañana. Miren a aquel tímido, incapaz de mirar a los ojos salvo cuando coge el revolver de las palabras, la guillotina de la orden, la soga con la que ahoga la discrepancia. Miren a ese personaje obediente que tienen delante, que sabe que ahora no le ven sus amos, que hasta aquí no llegan, para regodearse en la arbitrariedad, para intentar zafarse de una servidumbre que le convierte en un manso peligroso, peligroso en su hipocresía y en su utilitarismo. O el cobarde pero bueno y por ello tolerable, o el bueno pero cobarde, y por eso traidor…

Pensamos que los personajes infames que nos encontramos en la literatura no se dan en la realidad, o sólo se dan parcialmente. Creemos que el autor ha escogido atributos de aquí y de allá, que en la realidad serían peores o mejores, que los vemos siempre incompletos, pero yo creo que los personajes de la literatura sólo nos parecen incompletos porque los vemos enmarcados en una historia precisa, en una peripecia concreta, y no somos capaces de encuadrarlos en la vida real. Toda novela termina, y la historia acaba con ella, mientras que nuestra vida real sólo acaba con nuestra propia muerte y las vidas de los demás nos importaban cuando estábamos vivos, no sabemos qué pasará cuando estemos muertos. Nuestra vida, al contrario que una novela, tiene el final siempre abierto, y la peripecia está por escribirse, está por pasar. Pero aunque nos sucedan en la vida, y no en una novela, esos personajes con los que convivimos (y que sufrimos) pueden ser tan literarios como los que encontramos en cualquier libro, aunque demos en pensar que el atributo de «literario» los ennoblece y los convierte en más tolerables.

Llevo pensando en esto a ratos durante el fin de semana, y no crean que he llegado a ninguna conclusión, probablemente porque no la hay. Sin embargo, sí me parece que es una buena terapia considerar a algunas personas con las que estamos obligados a tratar como simples personajes de un libro, y fijarse mucho en lo que hacen, observarlos, tratar de encuadrarlos en la novela que es la vida que estamos viviendo, en los escenarios y situaciones que nos vemos obligados a compartir, situarnos con ellos en el mismo plano en el que nos situamos como lectores  de una novela, mirándolos desde fuera, juzgando sus actos, pudiendo memorizar sus acciones, para después contarlas, meterlas en un relato y hacer de éste una ficción pasajera, decidiendo incluso si cerrar el libro para continuar con la lectura más adelante, si mucho nos agobia su peso, o seguir unas cuantas páginas más para conocer qué pasa, qué sucede en la historia, como torpes escritores de la realidad al que se le van sus novelas de las manos.

 – ¿Qué te pasa, estás muy seria?

– Nada. Simplemente, es que no sé cómo acabar un post.

 

Quitarse del Whatsapp

Decía ayer en una entrevista Dani Rovira, el actor que presentó los Goya 2015 que, para poder concentrarse en la gala, se había quitado del whatsapp. Lo dijo así, «para poder concentrarme, los tres (o cuatro) días últimos me quité del whatsapp». Me hizo gracia la expresión (quitarse del Whatsapp, como el que se quita del vino o del tabaco), y la razón (para poder concentrarme).

Por lo que contó, no se quitó del tuiter. Entiendo que no fuera tan necesario, porque si no tuiteas, es raro que te llegue una mención, y aunque a él le llegarán muchas de todos modos me figuro que le dará menos palo no hacer ni caso.  Tampoco se quitaría del teléfono ni del mail, que es menos invasivo que el Whatsapp. Y es que ahí es donde están tus amigos, tus grupos, y quieras o no, te llegan mensajes, ping, que te acaban desconcentrando.

Porque la desconcentración no viene de los recados que te puedes encontrar. Ni el que te juntes con que varios amigos o familiares te han escrito a la vez. El asunto de la desconcentración está en los grupos, que te despistas a veces y cuando quieres recordar tienes 104 mensajes sin leer. O te montas en el coche para volver de la oficina y en el trayecto hasta tu casa se te acumulan 49. O te metes en la ducha y cuando sales te juntas con 25 de una conversación que para colmo habías iniciado tú, y que pensabas que nadie seguía.

Quizá las horas en las que más dispersión hay son las del final de la tarde, cuando casi todo el mundo ha vuelto a su casa y se pone a conversar por ahí, a mandar la jatorrada del día. O a quedar, que también se usa el whatsapp para quedar, lo que parece muy normal y lógico, salvo si se trata de un grupo de mas de cinco personas que sean un poco indecisas o anden faltas de liderazgo. En esos casos, se convierte en una tortura porque al cabo de los 53 mensajes ya no te acuerdas ni del día, mucho menos de si es a comer o a cenar, no te has enterado de dónde hay que ir, ni casi de por qué estabas quedando.

Corrector wp padelY eso por no hablar del corrector, que puede hacer de una conversación liviana un galimatías, además del reconocimiento, descorazonador, de que sin gafas la vida en Whatsapp sólo aporta confusión…

Este verano, una amiga del poblachón metió a toda la pandilla en un grupo. No sé si nos juntamos 40 personas. Aquello era un guirigay. Era casi imposible seguir el rastro de dónde estaba cada uno. Aparte de un coñazo, porque durante el mes de agosto lo único que se podía encontrar en aquel grupo eran fotos y conversaciones sobre comidas. Supongo que como siempre que nos juntamos es alrededor de una mesa, se nos hacía raro hablarnos sin un plato de cordero delante. Ahora ya casi no se ponen fotos de cosas de comer, lo cual se agradece, y de fútbol se habla poco porque los del Atleti están verdaderamente insoportables. De política, como se puede esperar, siempre salen dos bandos, y de ropa y trapos no se habla en absoluto, lo que es muy de agradecer. Y al ser un grupo tan grande, siempre hay que felicitar a alguien. O por su cumpleaños o por el santo, aunque esto también vamos a dejarlo porque, si quitamos a los josés, las cármenes, las pilares, las almudenas y los santiagos, al resto le pilla casi siempre desprevenidos y es un corte.

– ¡Felicidades Ricky!

– Felicidades

– Felicidades o_O, 😎 🐱

– Felicidades :-))

– (Ricky, 20 felicidades más y ochocientos emoticonos después…) ¿Y por qué me felicitáis?

– ¡Es San Ricardo!

– Pero si yo no lo celebro hoy… Espera…¡Pero si yo no lo celebro, ni hoy ni nunca!

Hoy, que era San Abelardo, estábamos todos muy compungidos sin tener a quien felicitar. Ponga usted un Abelardo en su vida y será feliz con el Whatsapp, ya se lo digo yo. Alternativamente, haga como Dani Rovira: quítese del Whatsapp y así no echará de menos a ningún Abelardo.

¿Por dónde iba? Ah, sí, que es lunes. Y que hasta aquí llego hoy.

Final de un lunes

Y cerrar los ojos cinco minutos.

Sólo cinco.

Y dejar que descanse la jornada.

Do es trato de varón

No me pregunten por qué, pero ando yo hoy con la música de Sonrisas y lágrimas en el cerebro desde que me he levantado. Tal vez he soñado con algo que me lo ha hecho recordar, que pueden ser muchas cosas, por cierto. He podido soñar con una mala traducción, por ejemplo, porque la canción que me viene a la cabeza, para mi estupor, es la doblada al español.

Do es trato de varón. El día de Navidad no sé por qué salió en la conversación la traducción de la famosa canción Do, Re, Mi, y uno de mis cuñados contó que en un pueblecito de Soria, en una ocasión un paisano le preguntó que cuál era su don. Él, extrañado, a punto estuvo de contestarle que tenía mucha paciencia pero, inteligente como es, adivinó por el contexto (y por la edad del caballero), que le estaban preguntando por su nombre.

– ¡Pues yo hubiera contestado que sé mover las orejas!

– No, porque a ti te hubiera preguntado cuál es tu doña…

El don. Todos tenemos un don. Incluso Sholojov, aunque el de éste era apacible. En la traducción al español, los amigos de los destrozos se comieron tres consonantes: el trato de varón, el selvático animal y el lejos en inglés. Como me decía @hombrerevenido el otro día, «son fechas de excesos gastronómicos y el que esté libre de culpa, que tire el primer turrón del duro». Claro que en original también jugaron con la fonética para salvar la canción:  Doe, Ray, Me, Far, Sew, La, Tea… Por lo visto, con esta canción se puede hacer casi cualquier cosa.

Sí, casi cualquier cosa. Pero ¿por qué será que se me ha quedado grabada esta canción?

¡Felices Reyes Magos!

 

 

El último post del año

No crean que estoy muy inspirada para escribir este último post del año. Supongo que tendría que hacer un recapitulativo, o listar catorce cosas buenas que me hayan pasado. Alternativamente podría poner una lista de buenos deseos. Una lista de sueños por cumplir, por decirlo en cursi. Pero eso me exige pensar, y ahora estoy de vacaciones. A cambio, aquí me tienen, sudando la gota gorda, después de llevarme un buen rato luchando con un tronco de encina que no quiere prender.

Y es que hoy me han traído leña al poblachón. El hombre de la madera ha tenido la amabilidad de venir con ella hoy, 31 de diciembre, y de colocarla en el trastero. Yo nunca había comprado leña. De eso se ocupaba mi padre, que la encargaba a alguien de su pueblo, en la provincia de Toledo. Se la traían en un camión y luego el guarda le ayudaba a colocarla en el trastero. La última que encargó la colocó el guarda solo, porque mi padre ya había fallecido. Y allí estuvo tanto tiempo que yo creo que se la acabó llevando el mismo guarda que la había colocado. Aquella chimenea acabó sellada y sellada sigue, hasta que alguien le quiera pegar un martillazo y pruebe con leña nueva.

Ahora, en esta casa, el dueño anterior me dejó un trastero lleno de buena leña, muy seca, magnífica. El año pasado me dediqué a regalarla, total para qué quería yo tener leña si no iba a encender la chimenea, y me quedé con muy poquita. Pero un día de invierno muy húmedo, probé. Y he seguido encendiéndola cada fin de semana que he venido, porque es un placer y porque hay algún embrujo en mirar el fuego. Y en oírlo. Y en olerlo. Sentarte a leer un libro, con un café o una copa de vino, mientras se está yendo el sol o ya de noche cerrada, en silencio, es un placer. Un pequeño placer, modesto, sencillo, un poco tonto, lo reconozco. Pero placer.

Tengo que decirles que a veces cierro el libro y enciendo la tele. Y un día como hoy veo a gente con serpentinas y gorros ridículos, chillando delante de una cámara y diciendo cosas ininteligibles, contestando a preguntas obvias, gritando y haciendo aspavientos, simulando una fiesta que a mí me parece algo vulgar y bastante estúpida y deseándole a todo aquel que le esté viendo en ese momento un feliz año nuevo. Y yo, desde Marte, se lo agradezco porque me han educado, y hasta digo igualmente porque soy en el fondo una buena persona.

Sentada en mi sillón, al lado de mi chimenea que hoy estrena leña, os deseo un Feliz 2015. Que os traiga salud a todos, también a vuestros seres queridos. Y que no solo os permita disfrutar de pequeños placeres, sino que además os deje tiempo para encontrarlos.