La Palma

En verano de 2009, La Palma, una isla a la que solo el 10% de españoles hubiera logrado colocar en un mapa, sufría un incendio pavoroso. Abría los telediarios y ocupaba portadas en los periódicos. Yo tenía un billete para la isla, la Bonita decían, aunque tal y como iba el incendio, sería ya la isla «que fue bonita», o directamente la isla chamuscada y yo dudaba si meter en la maleta un sombrero Panamá o una gorra de amianto.

Aprendimos allí que lo que dicen los periodistas godos no deja de ser una tontería, y que su memoria será tan fugaz como el destrozo causado por el fuego. Los pinares se regenerarán en un par de años, no hay que llorar, la naturaleza sabrá defenderse en este caso. Es verdad que el agricultor que ha perdido las cabras o el platanar las pasara canutas, pero los bosques saldrán adelante, y con él, la riqueza de la tierra. La isla bonita seguirá siendo exuberante, verde, llena de agua, de pájaros, de montaña, de vida y de frescura.

Y de tan buen vino como de olas enrabietadas.

Gran Canaria

Pregunté donde tendría garantía de buen tiempo, al menos de calor. El invierno se hacia largo, con lluvia, y un frío mas desapacible de lo normal. Un largo enero, casi interminable, con el estrés propio de cada principio de año. Porque todos se van de vacaciones cada Navidad a abandonarse entre polvorones y mazapanes, y a hacer una cosa que llaman «cargar las pilas», que yo calculo que debe ser algo así como agarrarse unos buenos zorrocotrones al calor del licor de pera y de la sidrita para los niños y olvidar lo lento que pasa el tiempo cuando no tienes a nadie a quien dar órdenes.

Mi querido Alejandro, a quien Lady Gaga no tiene el gusto de conocer, me recomendó el sur de su isla. Un lugar llamado Meloneras. Ese nombre tiene menos glamour que una Berlingo descapotable, pero yo me fió siempre de lo que me dice Alejandro si se trata de disfrutar de la vida. Y allí que me fui, a compartir indolencia con jubilados alemanes y ancianitas danesas. Por la mañana me ponía un rato el cerebro para decidir si prefería té o café y así ordenar al camarero. Me lo dejaba justo hasta que recordaba que no me gusta jugar al golf y que mejor dejaba mi cuerpo al sol en una playa. Luego ya me lo quitaba y lo dejaba en la habitación hasta el día siguiente. Leí dos libros y lo único que tuve a bien cargar fue la batería del i- pod unas cuantas veces.

Es Gran Canaria, la isla en la que no se necesita ponerse el cerebro.

Tenerife

No puedo decir de Tenerife lo mismo que de Oklahoma, aquello de que he estado una… o ninguna veces. La primera vez  fui invitada por un buen amigo que hacía la mili en la isla. Compartía un apartamento con otros reclutas ilustrados en el centro de Santa Cruz, y allí me fui. Era Carnaval. Nunca me gustaron las fiestas populares, pero aquello era otra cosa. No había patosos – no vale la pena coger un avión para simplemente hacer el gamberro -, había muchísima alegría. Llegamos un miércoles y vimos la parada del Entierro de la Sardina desde el balcón. Son imágenes que no se me borrarán nunca: el funeral más imaginativo, un humor negro que rayaba en el pitorreo macabro, lágrimas de risa y el adiós de bienvenida. El sábado siguiente, día de final real del carnaval, todos se disfrazaron. A mí no me apetecía, me daba pereza. Pero cuando salí a la calle, me quedé asombrada, avergonzada. Me sentí desnuda y pedí una máscara. Y aun tengo en la cabeza la matraca: Tenerife-carnaval, Tenerife-carnaval, Tenerife-carnaval.

He estado tres veces más. Una de ellas para una convención de empresa muy divertida, que además recuerdo con cierta nostalgia y con sincero cariño. La última vez que estuve fue cuando se me murió mi gato Benito, el antecesor de Curra. Fue tal disgusto, que me fui con mi madre y mi tía al Puerto de la Cruz, a quitarme el soponcio. Era carnaval. El Teide nevado, el sur cálido, el norte brumoso. Un cambio de paisajes que hace pensar que la isla contiene la variedad de España entera. Pero no: es Tenerife, la más divertida de las islas.

Los mínimos de la abuela

Recordando lo que escribí hace un par de días, pensaba esta mañana yo de camino a la oficina sobre el mismo asunto. Me ha salido una frase rarísima. La dejo para que lo que viene a continuación os parezca un razonamiento facilito.

Los manipuladores de opinión, periodistas, tertulianos, también los politiquitos de casa o de allende nos dicen y repiten que hay que instalar la democracia en esos países que aun no la tienen, como paso imprescindible para el bienestar. Y yo me acuerdo de algunos consejos de mi abuela: el pelo y los zapatos siempre limpios y cuidados; mujer sin medias, vestida a medias; antes del maquillaje, hay que limpiarse la cara. Mis hermanas y yo llamábamos a esto los mínimos. Había más, pero hoy no me hacen falta.

¿Qué tiene que ver eso con la democracia? Pues muy fácil: que todo en la vida tiene unos mínimos, unos básicos, que conviene respetar. Y esto vale para el aspecto de mis hermanas – y mío – tanto como para la democracia. A ver,  con un estado cleptocrático y corrupto por arriba y un 70% de analfabetos y pobres de solemnidad por abajo, tú pon urnas. Y a ver qué tal te quedan. Y al contemplar a las mujeres con burka en la cola del colegio electoral, preocúpate sólo por si llevan medias, puesto que la democracia habrá resuelto  su libertad. Claro que sí: pueden elegir entre firmar con la huella del dedo – previo quitarse el guante un momentito –  o dejarse poner un chorreón de pintura en la cocorota. ¡Amigos, es el precio de la igualdad!: ellas, como los hombres, tampoco pueden votar dos veces.

¿ Tengo que explicar también lo del maquillaje o me busco otra frase rara?

Apple

El primer Mac que tuve – y que conservo con cierto romanticismo en mi trastero – lo compré en 1992 y me costó 240.000 pesetas. Era el Mac LC y le llamaban la caja de pizza. Entonces era caro, y cierto que pagabas más, pero es que no pagabas por lo mismo. La informática – que no la tecnología – me aburre muchísimo y la gran virtud de Apple es que sus ingenieros trabajan muy duro para que los usuarios no tengan que hacer la mitad de su trabajo al utilizar el ordenador, es decir, me simplifican la vida. Esto y el diseño siempre me han enamorado. Y si hubiera comprado acciones de Apple hace un año también me hubiera enamorado de su cotización, aunque eso – su estrategia empresarial – merece un capítulo  aparte.

Mi hermana se compró un Mac hace poco y me tomó por un hep desk, llamándome a cada momento. Y cuando se excusó porque no sabía configurarlo le respondí, algo irritada: un Mac no se configura, ¡un Mac se enciende! Ya al decirme que no se podía conectar a internet, le pedí que se pusiera su marido al teléfono para comprobar que, efectivamente, seguían con la wifi estropeada (lo que me recuerda una anécdota muy divertida de mi madre, a quien le preguntaron en Telefónica si quería wifi y dijo que no, que prefería pagar por transferencia). En fin, cosas de hermanas y de madres.

Hoy, con algo de retraso, me he comprado una i-pad. Yo le llamo en femenino y lo pronuncio tal cual. Tampoco digo aitiuns, digo itunes (un macarra de mi oficina dice aitiunes, que es el colmo). En fin, abrir una caja de Apple es siempre un placer: todo cuidado, sencillo, elegante. Dentro, como un regalo adicional, el sobre minimalista con las instrucciones: una tarjeta con cuatro sencillos pasos. La batería, cargada por supuesto.

Y eso es todo.

 

Doña Concha Piquer

Me preguntó un conocido extranjero quién es Conshá Piqueg. ¿Doña Concha?, le corregí de inmediato ¿Por qué lo quieres saber?

Con algo de retraso, había leído en el periódico de alguna provincia española, muy bien habitada por cierto, que habían encontrado por casualidad una película de 1923 en la biblioteca del Congreso de los EEUU. Contenía un fragmento de Doña Concha Piquer cantando, y se convertía así en la película sonora más antigua de la historia. Le dije “Doña Concha Piquer es una cantante española”, y me paré ahí. Si le hubiera dicho “un mito”, aquella conversación me hubiera entretenido, y así como Doña Concha es una mujer que me entretiene mucho, con ese francés no quería entretenerme, porque llevaba algo de prisa.

 

Hasta hoy no he dedicado una entrada a Doña Concha. Así es que esta será larga, AVISO, porque me costará resumir. Pueden vds. dejarlo y esperar al post de otro día, que seguramente tratará de frivolidades.

Desde luego que le benefició tener al lado a Rafael de León, a Quintero, a Quiroga, a Alfredo Gil, a tantos maestros para poder lucir canciones maravillosas que contaban en dos minutos auténticas tragedias. Otras (y otros) cantaron algunas de esas coplas, pero ni Molina, ni Mari Fe, ni Juana me dicen nada cuando les oigo cantar y siempre acabo diciendo “apaga eso”. Dejo aparte a Imperio Argentina, aunque por otras razones. Así es que no soy fan de la copla en general, ni de la llamada la música “española”, ni las seguiriyas, las soleares y las tarantas. Me gusta Concha Piquer, eso es todo. Canta la pasión, el amor, la pena, la vida, la muerte, y todo de un modo terriblemente extremo, todo terriblemente incorrecto y todo terriblemente desfasado hoy en día. Ya no hay amores así, ya no hay declarativos así, ya no hay “dolor como esta gloria de estar queriendo sin ver”. Y aunque los hubiera, no serían creíbles. Yo de ella, me lo creo casi todo.

Doña Concha cantó amores prohibidos, muy prohibidos y muy incorrectos en una época en la que la censura de las costumbres llenaba de hombres de negro las editoriales, según nos cuentan. Pero en la España de los 50, Doña Concha hizo muy popular la historia de aquella mujer que apoyá en el quicio de la mancebía, le da gratis a un hombre lo que les cobra a otros: «Serrana, para un vestío yo te quiero regalar/ yo le dije estás cumplío, no me tienes que dar na»

Mujeres de mal vivir, o de costumbres relajadas, como Trini la Parrala – que sí, que sí, que la Parrala tiene un amante/ que no, que no, que ella no quiere más que a su cante/ que sí, que sí, que si no bebe no pué cantar/ que no, que no, que solo bebe para olvidar -,  la Lirio, o Dolores la Petenera: no me llames Petenera que ese nombre es mi castigo/ ese nombre es la bandera que está acabando conmigo/ madre de mi corazón/ que es la cruz y la ceguera de mis tormentos mayores/ no llamarme Petenera que yo me llamó Dolores, dolores…

Cantó también amores trágicos y teñidos de sangre, mujeres que no pueden soportar ver a su hombre irse, que se dejan matar por él. La Ruiseñora,  se muere cantando un cante pero antes pide: «tenerle por Dios clemencia/ piedad tenerle los jueces/ que yo le di la licencia/ para matarme cien veces. Pero lo normal es que sean ellas las que usan el cuchillo, como Lola Puñales, que es fantástica. A Lola lo que le ocurrió es que un hombre moreno se llevó pa toa la vida la rosa de sus rosales y luego, va el fenómeno, y se va con otra. Así es que confiesa: lo maté a sangre fría por hacer burla de mí/ y otra vez lo mataría si volviera a revivir/ con que apunte el escribano que al causante de mis males/ por jurar cariño en vano/ sin siquiera temblarle la mano/ lo mató Lola Puñales. En ‘Vengo a entregarme’, le mata y a pesar de todo le sigue queriendo, y por eso canta: Sr. Sargento Ramirez, martirio me dio un cristiano/ y he tenido que tomarme la justicia por mi mano/ yo misma le he dao la muerte/ pero me falta serrano/ valor para aborrecerle. Sin embargo, a mí me gusta más La Guapa, que no es Mercedes, ni es María/ que la sangre de ese hombre/ que la sangre de ese hombre/ otro nombre me ponía/ escribano echa un borrón/ a ver si mi nombre tapa/que escondo mi condición/en nombre de perdición/ la guapa, la guapa, la guapa. Lo que me gusta de esta canción es la interpretación que hace Doña Concha. Bueno, eso y la frase «que a ti no te conozco, lo sabe el Papa» y que desencadena toda la tragedia.

Amores pecaminosos, como el de la Carcelera: era un amor de pecao/ era una mala pasión/ porque era un hombre casao/ y le dí mi corazón, pero que se vienen abajo cuando la legítima viene a pedir cuentas y la amante se recompone entre la empatía y la solidaridad: yo que no tuve miedo ni pena/cuando a los suyos se lo robé/sentí mi alma de angustia llena/ al ver el llanto de su mujer/ ‘vengo aquí por lo que es mío/ arrodillá me pidió’/ le juré darle al olvío y ahora ya no escucho yo. En La otra, por el contrario, resiste y se resigna, a pesar de la claridad del amante: el nombre que te ofrecía/ ya no es tuyo compañera/ de azahares y velo blanco/ se viste la que lo lleva./ Como fue tu voluntad mi boca no te dio queja/ cumple con lo que has firmao que yo no valgo la pena/ yo soy la otra, la otra y a nada tengo derecho/ porque no llevo un anillo con una fecha por dentro/ no tengo ley que me abone ni puerta donde llamar/ y me alimento a escondías de tus besos y tu pan/ con tal que vivas tranquilo qué importa que yo me muera…

Mujeres de alta cuna que se ponen melindres por aquello de la clase social, y pierden la oportunidad del amor y se llenan de amargura. Son Doña Sol, en su palacio de la calle de Alcalá donde le ronda el torero que luego muere por ella. O aquella ganadera salmantina, que desprecia a un chiquillo de Osuna, en cuyos ojos se adivina la locura de un ‘te adoro’, pero ahí y así se mantiene ella, como la encina, ganadera salmantina, con divisa verde y oro. Y la triste Doña Luz: mi señora Doña Luz/ por quererte mucho y bien/ me clavaste en una cruz/ y no vivo más que de tu amor/ y sería por ti capaz de tó/ pero tiene sangre azul y soy poco pa besar/ esos labios de coral/ mi señora Doña Luz. Aunque las hay que, como Lola Clavijo, se van con un mocito guapo del Perché: al alimón ahí va Lola Clavijo/ al alimón duquesa pudo ser/ con títulos, coronas y cortijos/ y no lo quiso por otro querer , y planta al señor duque tan pulido y tan amante, vestido de maestrante. Si cuando el ascensor social baja la cosa puede ir bien, cuando sube, uf, a una le puede pasar como a Almudena, que él se termina yendo con una de su clase: dónde vas, pobre Almudena/ dónde vas triste de ti/ que él es duque y tú una pobre violetera de Madrid/ arroyo claro, fuente serena/ olvídate del duque, pobre Almudena, pobre Almudena.

Hombres buenos no hay muchos en las canciones, aunque alguno se encuentra. Los hombres por lo general están ahí para desencadenar alguna tragedia o hacer algún desaguisado. Incluso el pobre que tiene miedo de la luna, previamente tiene a la niña del Albaicín encerrada entre cancelas, con llaves y con cerrojos, en el Carmen moro. Y así le pasa, que la niña del Albaicín se sube una noche a la alhambra, y por arrayanes o por dalias, se acaba yendo con uno de Granada. Pero sí hay toreros valientes, contrabandistas, morenos de piel de aceituna, pintores enamorados, y por supuesto, Antonio Vargas Heredia, el gitano más arrogante y el mejor plantao/ y por los contornos de Sierra Morena/ no lo hubo más bueno, más guapo ni honrao.

Hombres que hacen que la mujer diga cosas como dime que me quieres, dímelo por Dios/ aunque no lo sientas, aunque sea mentira, pero dímelo. Mujeres que pasan por alto infidelidades y desprecian los celos: de lo que me está pasando yo no me quiero enterar/ prefiero vivir soñando a conocer la verdad/ tened de mí compasión, tened de mí caridad/ porque tengo un corazón, que no se quiere enterar. Mujeres que lo toleran todo y que no quieren ver: No tienes que darme cuentas/ a ciegas yo te he creído/ yo voy por el mundo a tientas/ desde que te he conocío/ yo me clavaré en los ojos alfileres de cristal/ pa no verme cara a cara contigo y con tu verdad. Y es que ya decía más arriba que «no hay dolor como esta gloria de estar queriendo sin ver«

Concha Piquer cantó siempre lo que le dio la gana, y razones tuvo. Se puso el mundo por montera, sin importarle el qué dirán ni se paró en muchas convenciones: Amar, yo quiero amar con libertad/ porque nací mujer, para querer y hacer mi santa voluntad/ Amar, sin escuchar el que dirán/ pues todo es hablar, hablar, por no callar. Y también cantó tonterías y cosas muy divertidas: Ay que tú me miras, me miras por dios mírame/ no me estés mirando y lleva la burra a beber/ que ya son la una, que ya son las tres.

En fín, sabía que iba a ser largo, pero esto empieza a ser extremado. Quedan muchas otras canciones muy conocidas que merecerían también comentario: A tu vera, Canta morena, El cariño que te tengo, Los piconeros, Con el alma en los labios, En tierra extraña, No te mires en el río, Ya no te quiero, La niña de puerta oscura…

Pero hay una que no puedo pasar por alto. Y aquí la dejo, para quien la quiera escuchar:

Comida para Curra

Pienso.

Luego existo.

(Esta tontería ya la veía yo venir)


Verguenzas

Un amigo me ha regalado esta tarde la siguiente reflexión a propósito de un asunto de trabajo que no viene al caso. Me dice:

– A ese tipo le falta tener un poco más de vergüenza intelectual

– ¿Y cómo es eso?

– Tú fíjate que a todo el mundo le daría vergüenza ponerse en pelotas en el trabajo, o llevar abierta la bragueta y darse cuenta al final de una presentación de una hora. Sin embargo, a mucha gente no le da corte decir auténticas tonterías en un e-mail con copia a medio mundo, sin informarse antes, con malos modos y encima con faltas de ortografía, con una sintaxis imposible y mezclando varios asuntos al mismo tiempo sin orden, ni razón, ni concierto. Bum, lo manda y ya está. Son incultos, mucho, ignorantes, mucho, pero ¡no les da corte que se den cuenta los demás!. A eso le llamo yo tener falta de vergüenza intelectual.

– Está bien traído. ¿Me lo regalas?

Naturalmente, no era para mí, sino para Vds.

Fumando espero…

«En el Impuesto sobre Labores del Tabaco se esperan unos ingresos de 8.274 millones de euros, con un incremento de 345 millones o un 4,4 por ciento respecto a 2010. Esta evolución será fruto tanto de un crecimiento de los consumos, tras los descensos de 2009 y 2010, como de los precios»

Fuente: Ministerio de Economía y Hacienda. Presupuestos generales del Estado 2011, Libro Amarillo, pág 131

Solo como referencia: los ingresos previstos por el Impuesto sobre Sociedades es de 16.008 Millones de euros… Terminarán alquilando la marca «Gobierno de España» a Philip Morris. Al tiempo.


Enlace: LIBROAMARILLO2011v2RECIBIDO.pdf

http://www.sgpg.pap.meh.es/sitios/sgpg/es-ES/Presupuestos/ProyectoPGE/Documents/LIBROAMARILLO2011v2RECIBIDO.pdf

El Rastro un 2 de enero

He ido esta mañana al Rastro con mi sobrino. Quería comprarse una chaqueta militar alemana. Mi sobrino es un chaval normal de 15 años con un poco de tontería. Solo un poco, tampoco mucha…

Me ha dejado muy sorprendida la cantidad de puestos y tiendas que venden ropa militar. Usada, nueva, de todo. Hasta máscaras de gas puedes encontrar. Y cascos. Y dependientes muy motivados y profesionales:

Mire, es que estoy buscando una alemana que no lleve forro, esto parece una parka.

– ¡Pero el forro se quita! Es que, mira guapa, cuando salen de Alemania, hace frío. Pero luego, en las guerras esas donde van, allí es el desierto y hace más calor. ¿Ves? Se quita (lo va a quitar)

– No, no lo quite, no lo quite. Lo que quiero decir es que busco algo más ligero, tipo camisa y…

– Sí, mira, tengo guayaberas.

– ¿?… ¿ Del ejército… alemán?

– No, guapa, cubanas de Cuba. Guayaberas alemanas no me quedan ahora, pero si te pasas en una semana… Mira, en las guerras realmente se ponen estas, de camuflaje. Aunque ahora ya no van de camuflaje. Van pixelados… Estas se las ponen y luego salen en el telediario ¿ves?… Y si no, tengo una austriaca ¿ves el escudo? Austelrei… o belga de Bélgica, holandesa de Holanda, danesa, de, de… ¡Si da igual de dónde sean, si está todo al lado!… luego le cambias la bandera y a correr. Si total, el chaval no va a ir a ninguna guerra ¿Eh, chaval?

– Pues… no creo yo… bueno, a ver, esa del forro que luego se quita el forro. ¿La tendría algo más corta?

– Bueno, eso ya es coger una talla menos…

– ¿?… ¿cómo dice?

– ¡ Si da igual! Si en las guerras esas van todos arremangaos, por el calor del desierto ¿Ves, majo? Tú te pones esto, te arremangas ¡Y a la guerra!

– Tía, vámonos, esta mujer está loca… Quiere que vaya a la guerra.

– Esto te pasa por querer ponerte cosas raras, vas a parecer un mamarracho y eso es casi peor que una guerra. Vamos a buscar un collar para Curra, que parece una compra más pacífica.