Fin de la jornada

Y cerrar los ojos cuatro minutos.

Sólo cuatro.

Y dejar que descanse la jornada.

I saw a real bad blog about you

Esta mañana, antes de empezar mi jornada laboral – que hoy ha sido como para perdérsela – y mientras tomaba mi primer aguachirri del día, he mirado Twitter para después poder sumergirme dulcemente en el apasionante vaivén de números y de planificaciones que me estaba esperando, consciente de que hasta la hora de la comida los pajaritos seguirían piando en su mundo azul, sin que yo pudiera pararme a contemplarlos ni siquiera de camino a una parada técnica. Y entonces veo que me ha llegado el siguiente mensaje directo:

– «I saw a real bad blog about you, you seen this?» y un enlace.

Al leerlo deprisa, mi mente se ha ido directa a Paquita Rico y Vicente Parra, y con enorme consternación he pensado que debería haber eliminado el comentario de Awake de ayer, con su inserción desmelenada de la película ¡entera! de Donde vas Alfonso XII. Que manda narices las ocurrencias de algunas. Como es natural, ni se me ha pasado por la imaginación que nadie pudiera hacer la más leve crítica a la excelsa calidad interpretativa de Doña Concha Piquer, ni al buen gusto que destilan las historias de dos minutos que pergeñaban Rafael de León y Manuel Quiroga.

Ya estaba arrepintiéndome de no haber censurado el comentario de Awake cuando, a pesar de ser las 9 y media de la mañana y de que sólo me muevo a impulsos del cerebro reptiliano hasta las 11, me he acordado de una advertencia que alguien me hizo de pasada sobre ese tipo de mensajes en Twitter. Con más calma, me he dado cuenta de que el envío procedía de un buen amigo que habla español demasiado bien como para escribirlo así y que además es demasiado educado como para enviarme esa clase de escupitajo virtual. He mirado en internet y, voilà, era un virus. Así es que he dedicado media hora de mi jornada en avisarle a él, avisar al resto del mundo, comprobar que no me ha pasado nada y esperar respuesta. Y luego ya sí, ya me he podido zambullir plácidamente en mi honorable trabajo.

En fin, ya están vds avisados de que la jaula puede ser tan peligrosa como la jungla.

Una gracia de miedo

Una de las cosas que me pasan con las películas de miedo es que me dan miedo. No es una obviedad esto que les estoy diciendo, porque las películas de amor no me dan amor, las de aventuras no me convierten en Indiana Jones ni las policíacas en Phillip Marlowe, y con las de vaqueros no me pongo a mascar tabaco. Eso sí, de los musicales suelo salir muy cantarina, pero esa es otra excepción.

A mí me dan miedo los muertos, los cementerios y las conversaciones sobre la otra vida. No soporto la estética macabra, ni todos esos personajes de terror que  circulan por la literatura, los comics, las películas, o los diversos espectáculos, como el Conde Drácula o Frankenstein. No digamos el tal Freddy, la Momia o desechos similares. Les diré que no pude leer El perro de los Baskerville y que recuerdo con auténtico pavor El fantasma de Canterville. Todo esto se lo cuento para que se hagan una pequeña composición de lugar.

¿Ya se la han hecho? Continúo pues.

Se pueden figurar vds cómo las paso en estos días de buñuelos y huesos de santo. He bajado a Curra y me he cruzado por la calle con un señor que llevaba a su lado un chaval de unos 14 años lleno de sangre, vísceras y un moco verde por el pelo. En el parque, una pandilla de zombis caminaba deprisa y muy alborotadora hacia algún lugar oscuro. El infierno, sin duda. He dejado a Curra ladrar, no fuera que se acercaran y tuviera yo que ahuyentarlos con un par de palos en forma de crucifijo. Y luego, de regreso a casa, me he encontrado con la familia Adams al completo, Morticia a la cabeza, que salía en ese momento del ascensor.

He tenido que dar a Curra un tranquilizante. Y creo que yo me voy a tomar otro.

Entrada sin título

Hoy es lunes

Y me apetece oir esto.

Vds se lo pueden saltar si lo ven mañana.

 

 

 

Steve Jobs

Seré una entre los millones de personas que hoy se ha desayunado con la noticia del fallecimiento de Steve Jobs.  Seré una entre los millones de personas que hoy están consternadas. Seré una entre los millones de personas que escribirá algo sobre él. Que escribirá una cosa más, one more thing.

Seré una entre los millones de personas que no se siente cliente ni usuaria de Apple, sino fan, admiradora, seguidora incondicional. Casi fanática. Que admira la simplicidad y la elegancia de todo lo que hacen, desde sus productos hasta sus presentaciones en público, desde el logotipo hasta su web corporativa. Seré una entre millones de personas que se enamora de la caja y de la tarjeta con una sola instrucción (turn on and enjoy), y que considera que abrir una y leer otra es un gran momento. Seré una entre millones de personas que se sienten agradecidas a un hombre que se centró en ese gran momento para crear sus sueños, para combatir su imaginación conviertiéndola en realidad y poniéndola en un lineal, mucho más y mucho antes que en su cuenta de resultados inmediata y en la supervivencia de su empresa. Pienso que esa es la razón por la que el legado que deja Steve Jobs es, hoy, una de las tres mayores compañías del mundo. De un mundo que él ha contribuido a cambiar decisivamente. Y seré una entre millones de personas que nunca le oyeron decir eso de que «el cliente es lo primero«. A cambio de ese respeto, hoy los clientes depositan flores en las tiendas de Apple. Hasta con su muerte, este hombre consigue cosas asombrosas.

Seré una entre los millones de personas que escribe ahora mismo en un Mac. Que no entiende la creatividad en otro sitio, salvo en un pincel o en una pluma. Seré una entre millones de personas que recuerda perfectamente su propia perplejidad ante un ratón, ante un ordenador sin disquetera, ante un icono de colores, ante i-tunes, ante una pantalla blanca con las letras en negro, ante un teclado retroiluminado, ante un Mac Air, ante una i-pod…

Jobs no debió llamarse Jobs, sino Leisure. O Pleasure. O quizá, Fantasía

Seré una entre millones de i-personas.

Descanse en paz.

Let’s tweets again

He realizado una ingenua incursión por los mundos de Twitter recientemente, y me he visto a mí misma como una especie de aprendiz de brujo. Quizá alguno de vds haya reparado en un widget abierto a la derecha de esta página que ha estado activo dos semanas y que después ha desaparecido. Lo más probable es que ni se hayan fijado. Casi mejor…

¿Que qué me ha parecido? Para ser franca, un estrés. 

Les contaré mi historieta. Inicialmente, mi idea era completar este blog con las tontadas que se me iban ocurriendo a lo largo del día. Es decir, usar Twitter como lo que en principio es: una herramienta de microblogging. La gente te lee, te comenta o no, y hasta el próximo. También para seguir a blogueros con gracia en Twitter, que los hay, que los hay.

Pero Twitter no me ha parecido eso exactamente. Lo que me he encontrado es que, efectivamente, los post son cortitos, pero te llegan a paladas. En un 80% de los casos es imposible saber de qué demonios están hablando, porque son el requetetuit de una respuesta a otro requetetuit que comentaba una noticia a su vez requeteretuiteada. Del 20% restante, la mitad son enlaces, con el petardo que supone mirarlos en un teléfono. Y lo que queda son mensajes tipo «estoy en la cola del súper, que calorín XD«, o frases originalísimas tipo «No llores por la pérdida del sol pues las lágrimas te impedirán ver las estrellas, Gandhi«, e incluso «Gracias, María, quedamos el viernes sin falta, un abrazo a tu marido, bss XDDDD«. En fin, un patio de vecinas con todo el trapo tendido.

Sí, ya sé, ya sé, es que no lo sé usar. Y yo lo reconozco. ¿Puede vd por favor leer el principio de este post? Gracias, amigo. Pero he aprendido cositas. Por ejemplo, que no hay que seguir a tuitorreicos. Que hay quien está en Twitter para hacer negocios sin decirlo y que hay quién considera Twitter un barómetro de liderazgo. Que la mayoría se mueve mucho pero casi nadie va a ningún lado. Que hay quien lo usa para amar a los cuatro vientos, y que no caer en el patetismo con estas declaraciones publicas requiere algo más de 140 caracteres. Que las cáscaras de plátano están a la orden del día. Que hay mucho troll, mucho anonimous y mucha gente que da pereza. Que las ganas de decir lo que sea supera, con creces, a las ganas de decir algo.  Y que hay montooones de botoncitos que sirven para filtrar todo lo anterior.

Así es que volveré a mi idea inicial, cuando limpie un poco la casa. Y sólo tendré como ejemplo de tuitera de pro a Christine Lagarde: un tuit al día, seis tonterías cada semana y un seísmo mundial todos los meses.

PS: Pero abran una cuenta de todos modos, porque a veces se encuentra alguna perla, aunque sea raro. Hoy me ha llegado esta: @asiermarques: «si se va a cobrar más por el tabaco y el alcohol para financiar la sanidad, ¿por qué no se cobra por ver tele5 para financiar la educación?». No tengo ni idea de quién es Asier Marques, ni por qué me ha llegado su tuit (supongo que será un requetetuiteo), pero le reconozco el ingenio y le doy las gracias por la sonrisa que me ha provocado. 

La mala pata de Curra

No lo había contado. Pero tal vez vaya siendo hora.

Cuando Curra tenía un año y medio, un taxi la atropelló. Sí, un suceso muy desagradable. Se escapó corriendo detrás de otro perrillo, se despistó, optó por volver sola a mi casa y encontró el semáforo por donde solíamos cruzar desde el parque. Hasta ahí bien. Probablemente vio el peatón parado, rojo, del semáforo, y posiblemente pensó que ésa no era ella, sino yo. Pero yo no estaba. Y entonces fue cuando sucedió el taxi. Un solitario taxi en una desierta tarde de domingo de septiembre.

Las buenas personas que la recogieron y que me avisaron – Curra lleva mi número en el collar – me dijeron que el conductor sólo estaba preocupado por su taxi, del que no supe ni quise saber ya nunca nada después. El buen hombre de acento sudamericano que me ayudaría luego a cargarla en mi coche para ir a las urgencias veterinarias estaba indignado y me decía que hubiera querido pegar al taxista, por «su falta de compasión». La mujer que me había localizado volvió a llamarme unos días más tarde para interesarse por el estado de la perra. Y hay dos señoras del barrio que todavía me paran por la calle para acariciarla. Las buenas personas.

Aplacé un viaje que tenía ese domingo y todo el mundo lo entendió en mi oficina en París. Llevé a la perra a la Clínica Alberto Alcocer, de Madrid, en donde literalmente le salvaron la vida. La perra estaba en shock, tenía las dos patas traseras destrozadas y había perdido mucha sangre. Allí la tuvieron ingresada tres días, y después traspasaron con total detalle, honradez y profesionalidad el historial y el perro a la clínica donde siempre hemos llevado a Curra y a sus antecesores, el Centro Veterinario Kennel. Maite, la veterinaria, nos dijo: será muy largo y nada fácil, pero vamos a salvarle las patas a esta perra, volverá a caminar y a correr, vale la pena. Después de 7 meses de desvelos y de muchísima paciencia, a Curra le quitaron los últimos clavos y vendajes. Curra no cojea, aunque tiene un caminar de lo más saleroso. Sus patas traseras, especialmente una, son muy delicadas, pero Curra lleva una vida completamente normal. Y en lo que Maite más razón tuvo fue en lo último que dijo: valió la pena.

Muchos perros no quieren ir al veterinario y hay que llevarles a rastras. Curra va feliz, os lo aseguro. Es doblar la esquina y empieza a tirar de la correa… ¡para llegar! No exagero si digo que lo que cuesta es sacarla de la clínica. En cuanto al recibimiento que tiene, siempre es de lo más cariñoso, como hacen con todos los animales. Pero quiero pensar que, para ellos, verla es como vivir de nuevo un gran triunfo después de un gran esfuerzo. 

Hace ahora 4 años de aquel accidente. Y hace ahora un mes que estamos otra vez a vueltas con su pata más débil, por una herida de lo más tonta que se nos ha complicado. Que se nos ha complicado mucho. Pero no vamos a consentir que Curra cambie sus andares salerosos. Y Maite, con seguridad, tampoco.

M.C.D.A.R.

Hoy estoy enfadada, desconcertada, cansada, preocupada y enfadada.

¿He dicho dos veces enfadada?

¿Tres ya?

Bueno, pues que sean cuatro: enfadada.

Les dejo con esto. Me hizo reir anoche.

Cóctel de luz y neutrinos

La noticia del descubrimiento de que hay unas partículas subatómicas, los neutrinos, que por lo visto (o no visto), viajan a una velocidad mayor que la de la luz,  me ha dejado conmocionada.

¿Por qué se rie?

¿Vd. sabe realmente lo que significa ese descubrimiento? ¿Vd. sabe exactamente las consecuencias de verificar que una partícula con masa puede alcanzar una velocidad mayor que la de la luz? 

Bueno, si le digo la verdad, yo realmente tampoco, pero ¿ En serio no le parece inquietante? Verá. Si un objeto está a 15 años luz de distancia y emite un rayo de luz, cuando vd empiece a verlo habrán pasado 15 años. Y vd. ve el objeto tal y como era hace 15 años. Es decir, que vd. está viendo el pasado hoy. Pero ahora resulta que hay algo que viaja más rápido que la luz, o sea que puede llegar aquí antes de que a vd le dé tiempo a verlo antes de salir. Así, inesperadamente, figúrese.

De momento, sólo son unos nanosegundos, pero póngalo en dimensiones astronómicas. Y ahora, imagínese una nube de neutrinos que se plantan delante de vd. y que le hacen percibir la imagen de Vd. besándose con su jefe/a.

¿No le parece inquietante? Ya, ya. Pues espere a que llegue la luz…

PS: Ya dejé dicho que este era un blog de ocurrencias. Les aseguro que me tomo este asunto con muchísima seriedad.

Laisse pisser le mérinos

Esta es una expresión que he aprendido hoy. No la conocía. Las circunstancias por las cuales este dicho francés ha llegado a mis bienaventurados oidos no se las voy a contar porque para eso necesitaría yo mucho tiempo y vds mucha paciencia. Pero les aseguro que no trabajo en una granja. Ni siquiera en una selva…

– Yo no sé ya qué nos queda por entregar. Les hemos dado todo tipo de información sobre el asunto.

– Ya, ya… Mira, yo he preguntado a Pepito, que tiene experiencia con ese departamento y me ha dicho textualmente “laisse pisser le mérinos”.

– ¿Cómo has dicho?

Laisse pisser le mérinos

–  ¿Laisse qué?

Pisser le merinos

– ¿ Pisser?

– Sí, pisser, pisser.

– No sé si te entiendo bien ¿Que deje que haga pis quién?

– Le “mérinos”… creo que es un tipo de oveja.

– ¿La oveja merina será?

– Sí, no sé, será la oveja merina. Laisse pisser le mérinos me ha dicho.

– ¿Que deje a la oveja merina que haga pis?

– Sí, sí, que haga pis la merina, que haga pis la merina.

– Bueno, pues nada, que haga pis la merina, no seré yo quien se lo impida…

Así que he dedicado 10 minutos de mi tarde del lunes a aprender que una oveja no puede hacer pis mientras camina, y por eso los pastores deben parar de vez en cuando para que las pobres se alivien y puedan seguir caminando. También he aprendido que a las vacas les pasa algo parecido.

Y del resto de animales no he querido saber nada, la clase de primero de ganadería me ha parecido más que suficiente por hoy. Cuando llegue a tercero de toro de lidia, les prometo volver sobre el asunto.