El despertador de La despedida

– En este país la gente no aprecia la mañana. Se despiertan por la fuerza, con la ayuda del despertador, que destruye el sueño como el golpe de un hacha, y se entregan repentinamente a una lastimosa prisa. ¡Ya me dirá usted qué clase de día es el que empieza con semejante acto de violencia! ¡Qué puede pasarle a la gente cuando recibe diariamente, con la ayuda del despertador, un pequeño shock eléctrico! Diariamente tienen que acostumbrarse a la violencia y desacostumbrarse al goce. Créame, lo que decide el carácter de la gente son las mañanas.»

 

Milan Kundera, La despedida

Algo va mal, de Tony Judt

Algo va mal unmundoparacurraCambiamos este mes de fecha para comentar el libro del Club de Lectura, que lo pasamos al día 1. En esta ocasión, hemos leído “Algo va mal”, de Tony Judt. Aquejado de una esclerosis lateral terminal, Judt escribe este libro, que quiere ser un diagnóstico pero no acaba de serlo, quiere ser un testamento pero no acaba de serlo, y se queda en un conjunto de reflexiones sin remate, en un ensayo deslavazado con alguna que otra trampa. Sin embargo, en esta época de tanto griterío, se agradece la presencia del intelectual y del estudioso, y creo que se deben leer libros que te hagan pensar, aunque sea para discrepar. En el caso de Judt, tenemos delante la defensa sin fisuras de la socialdemocracia, de la presencia del Estado como bien supremo, de la creencia que éste nos resolverá todos los problemas con su papel benefactor y justo. Sin embargo, Judt, tal vez ya muy impedido por su enfermedad, no acaba de estar a su propia altura, y por momentos me ha recordado al librito basura del tal Hessel, a quien el espíritu de Descartes confunda.

Judt parte de la construcción del Estado del bienestar que tiene su origen en la reconstrucción que se emprendió a partir de la devastación provocada por la Segunda Guerra Mundial. Y razona correctamente cuando dice que nuestros abuelos construyeron un mundo mejor, más justo, más próspero y menos desigual. Atribuye este esfuerzo de reconstrucción a las ideas socialdemócratas, aunque admite que desde De Gaulle en Francia a los republicanos en EEUU impulsaron estas políticas. Y una vez dicho esto, nos dice que como la receta de nuestros abuelos fue fabulosa, que la sigamos aplicando los nietos. Y ésta es la primera de las trampas, porque en una Europa devastada, intervenir los precios, hacer carreteras y ferrocarriles, impulsar la vivienda pública, invertir en infraestructuras y sanidad y educación parece una labor deseable del Estado, entre otras razones porque no queda nadie para hacerlo, está todo arrasado. Pero obvia lo obvio: no estamos ni mucho menos en la misma situación de necesidad que entonces. Pone como ejemplo el ferrocarril y su importante papel en la vertebración de las sociedades, pero si lo desea yo le pongo la proliferación de aeropuertos peatonales en un país que ha salido de una guerra civil hace 75 años como ejemplo de obra pública para vertebrar nacionalidades. Creo que Judt se equivoca de escenario, y trata de aplicar las soluciones que sirvieron a un mundo que hoy ya no existe. Ni para lo bueno (las condiciones de progreso objetivo), ni para lo malo (“politicamente, la nuestra es una época de pigmeos”). Es como querer freir un huevo cocido.

Judt habla del Estado del bienestar como bien supremo al que hay que supeditar todas las cosas. Y vuelve a hacer trampas. Porque aunque nos dice que “En gran medida los dilemas y deficiencias del Estado del bienestar son consecuencia de la pusilanimidad política más que de la incoherencia económica”, achaca todos nuestros males al afán de lucro de “alguien” (debe de ser la mano invisible), y no a la torpeza y a la incuria de unos Estados y instituciones públicas que paralizan y burocratizan cualquier actividad económica. Judt no repara en que en el mundo actual, son los Estados (y hasta los continentes) los que compiten, antes, más y desde luego peor que las empresas. Cuando Judt dice que “los años que van de 1989 a 2009 fueron devorados por las langostas” yo le doy la razón, pero me parece que no me refiero a las mismas langostas que él.

Judt se queja del desmantelamiento del Estado del bienestar. Yo no creo que esté desmantelado, en absoluto. Es más, me parece que además de mantel, los políticos lo han llenado de tapetes de ganchillo por todas partes. Lo que pasa es que una vez que tenemos las necesidades básicas cubiertas, esos mismos Estados-langosta quieren dar más, y más, y más, hasta crear lo que yo llamo el Estado de confort. Al menos es eso lo que se me ocurre cuando equipara tener un ambulatorio con un bonito campo de deportes en un pueblo perdido. Esta incapacidad de priorizar y de distinguir lo necesario de lo que no lo es me resulta muy irritante, y creo que es el origen de todos nuestros males, como Estados y también como sociedad. Yo creo que la sanidad debe garantizar que la enfermedad se trata adecuadamente con todos los medios posibles, pero si alguien quiere una habitación individual con televisión y wifi, que se la pague. Lo mismo opino de los pueblitos perdidos que pretenden que el tren pase 3 veces cada día para recoger un viajero a la semana. Hay otras opciones, pero me temo que Judt añadiría a un chino abanicándonos con un pai-pai al menú básico de servicios tanto del hospital como de la estación de tren. Cuando dice «hoy es como si el siglo XX no hubiera ocurrido nunca» me parece una exageración, si no una boutade.

Nadie desde luego se va a oponer a la lucha contra la injusticia, contra la pobreza, contra la falta de equidad, la desigualdad, y contra lo que el llama, de manera muy acertada, el albur moral. Ese albur moral que se produce cuando una empresa pública es privatizada, pero a la que no se permite quebrar y así tiene que ser indefinidamente mantenida con fondos públicos, permitiendo el beneficio privado pero haciendo públicas las pérdidas. Acierta cuando denuncia estas calamidades, pero no hay que echar la culpa a otro más que al Estado, que es quien tiene el mango de la sartén, pone y quita reglas y nunca se responsabiliza de nada. Judt no conoce nuestras cajas de ahorros, pero si se me permite la broma, de haberlo conocido hubiera muerto igualmente, aunque de una apoplejía.

A Judt no le gusta el mundo en el que vive, pero ese mundo que mira se compone de dos o tres países. Clama contra la desigualdad en ellos, pero obvia que en los últimos 20 años, 1.000 millones de personas han salido de la pobreza. Vale que viven peor que nosotros, pero muchos viven mejor que sus abuelos, que es la base de su tesis. Critica la globalización (nos dice, que “la globalización no es más que una decisión humana”), y no dedica ni una palabra al efecto de la revolución tecnológica, la aceleración de las telecomunicaciones, la explosión de los países emergentes. Judt se queda entre las cuatro paredes de un par de países europeos y se ancla en 1948, y limita el problema de la desigualdad a que mengüen los subsidios en Inglaterra, sin importarle que en El Salvador se estén construyendo carreteras gracias a los programas de Ayuda al Desarrollo, o que los programas de microcréditos (europeos sobre todo) estén sacando de la miseria a tantas mujeres en los países en desarrollo. Su receta es que sigamos subiendo impuestos y construyendo carreteras en Europa. Nos dice: “No se debería recurrir a la eficiencia para justificar la crasa desigualdad”. Y no se le ocurre darle la vuelta: “No se debería recurrir a la desigualdad para justificar la crasa ineficiencia”. Si lo hubiera hecho, habría llegado también al “albur moral”, aunque por un camino inesperado.

En fin, a pesar de todo lo anterior, Judt nos ofrece una crítica muy seria a la izquierda y al socialismo, y también hay momentos con golpes de sentido común que se agradecen mucho. Este hombre tiene mejores libros, yo no les recomiendo que, si van a empezar, lo hagan con éste, aunque es cortito y se deja leer bien. Encontraréis otras reseñas, como siempre, en La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida. Y a lo largo de todo el mes de mayo, en vuestro blog preferido: el Club de Lectura.

Carta a Hedda y algunos cuentos

Carta a Hedda y otros cuentosNuria Marugán tiene un blog reflexivo, pensado, emotivo, de esos que yo llamo de sentimientos, que no es lo mismo que sentimentales. No sé cómo llegué a ella, supongo que desde algún blog amigo de WordPress, y me recordó a Mónica Fernández Aceytuno: aunque cambia la naturaleza por las emociones, aplica una sensibilidad similar para captar la luz y la vida. Casi siempre se descuelga con unos post que no merecen estar encerrados en una pantalla brillante, sino escritos sobre un sereno papel estucado, esos papeles gruesos que ganan cuando se airean, cuando se pasa la página y se hace volver para ser releída.

Nuria me invitó en Noviembre a la presentación de su primer libro en Madrid, en la Universidad de San Pablo CEU. En aquel momento, el libro sólo lo distribuía una librería en Madrid. Mi idea era ir a la presentación con el libro en la mano, pero después de una aventura un poco kafkiana para conseguir el libro, al final me presenté allí, sin libro y pensando que llegaba tarde. Las dos cosas tuvieron arreglo, porque el editor tenía ejemplares para vender y el acto se retrasó lo suficiente para poder escuchar una presentación deliciosa y con momentos muy divertidos. La autora estuvo como esperaba: abrumada, soñadora, nerviosa, pero sobre todo, emocionada y emocionante. Y de allí me fui, intrigada por leer aquel libro, el cuarto que tengo dedicado en casa, aunque el primero que dedican a Curra, en un lapsus realmente maravilloso de la autora.

Se leen pocos libros así, porque no nos apetece leerlos, o porque no disponemos del tiempo y de la calma y el silencio necesario. Libros en los que la escritura se detiene en crear música, imágenes bonitas y llenas de sencillez, o como le gustará decir a la autora, llenas de belleza. La carta a Hedda (sobrina de la autora) nos enfrenta a un mundo feo, pero real. Un mundo gritón, envidioso, un mundo en donde lo humano se plastifica y se vuelve insensible y superficial, estúpido e incomprensible. Y Nuria no se entretiene en regañar al mundo, sino que prefiere combatirlo explicándole a un recien nacido lo que va a encontrar, con calma, con sabiduría, con dulzura, y con serenidad. Y con afecto. Y ese afecto se llena de consejos valientes para afrontar un mundo feo con valentía, con inteligencia y con cariño hacia el otro, preservándolo del ruido y de la banalidad. El libro contiene también cinco cuentos cortos que esconden, como todos los cuentos, una enseñanza, y que, aunque tristes, se leen con una sonrisa, como todos los cuentos.

En fin, un libro corto, para leer despacito y reflexionar, que leí en Noviembre y del que hice una reseña privada por mail a la autora. Ahora me da noticias de la buena marcha de su libro y yo me alegro, porque ha elegido un camino largo y difícil, pero seguro que es un camino sólido. Aquí está mi reseña, y mis mejores deseos para el futuro del libro y de la pequeña Hedda.

PS: El libro lo podéis conseguir aquí (CLICK)

Día del libro

 

Para conmemorar el día de San Jorge, o sea, el Día del Libro, nos pasa Bicheo este meme sobre libros, que a su vez proviene de Sil, y me lanzo a contestarlo (aunque llego de milagro). Es sobre libros. Así es que una lectora de lo más normal se atreve a contestar a 20 preguntas sobre libros. Ahí voy, y ver qué sale.

 

1.- El último libro que he leído.

 

Culpas, de Von Schirach, un libro sobre casos criminales, continuación de otro anterior del mismo autor.

 

2. Un libro que cambió mi forma de pensar.

 

Recientemente, el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de Etienne de la Boètie. Y en otro orden de cosas, el diario de Ana Frank.

 

3. El último libro que me hizo llorar.

 

Un matrimonio feliz, de Rafael Yglesias. Aunque llorar en serio, de llevarme un sofocón vaya, Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. No soy de mucho llorar. No como otros….

 

4. El último libro que me hizo reír.

 

Soy muy risueña yo, con los libros. Es facil hacerme reír, ésa es la verdad. El último es ese que me dejé a medias del club de lectura, que me hizo reir un par de veces. En Semana Santa leí El curioso accidente de un perro a medianoche, de Mark Haddon, y me hizo reír aunque no es de risa exactamente. Quizá Almas muertas, de Gógol, me pareció muy divertido. Ya digo que soy de risa fácil.

 

5. Un libro prestado que no me han devuelto.

 

La paradoja del interventor, de Hidalgo Bayal. Y ya me he cansado de reclamarlo. Ah, y luego está mi hermana mayor, que no me los devuelve a pesar de no habérselos prestado.

 

6. Un libro prestado que no he devuelto.

 

Invisible, de Paul Auster. Pero no lo he devuelto con permiso de la dueña, que me dijo que me lo quedara.

 

7. Un libro que volvería a leer.

 

Ninguno. Cada libro tiene su oportunidad, y ya está. Con una excepción: releo en las noches de insomnio grave cualquiera del petit Nicolas, o los cuentos de Asterix.

 

8. Un libro para regalar a ciegas.

 

¿Un curso de braille?… A ver, yo regalo los libros que me han dicho algo a mí, los libros que yo quiero por alguna razón y que puedo defender. Es la única razón que nadie me puede discutir. Porque regalar un libro es regalar un sentimiento (si alguien que haga este meme es capaz de superar esta cursilada, le regalo un libro)

 

9. Un libro para colorear.

 

Un libro para colorear.

 

10. Un libro que me sorprendió para bien.

 

Los universos paralelos, de Michiu Kaku. Me pareció fascinante, y eso que había tramos que tenía que leer tres y cuatro veces para entender algo.

 

11. Uno de los primeros libros que leí en la escuela.

 

Ni idea. Pero uno de los primeros libros que leí fue Tocón con Anibal, un cuento sobre la historia de Anibal Barca que me convirtió en fan total de Aníbal.

 

12. Un libro que robé.

 

¿Qué clase de pregunta es ésa?

 

13. Un libro que encontré perdido.

 

Pues cualquiera de los que hay por casa de mi hermana…

 

14. El autor del que tengo más libros.

 

Goscinny, sin duda. Porque entre los que tiene con Sempé y los que tiene con Uderzo, se lleva la palma.

 

15. Un libro valioso.

 

Un libro de aves y otro de cetrería. Eran de mi padre, ése es su valor.

 

16. Un libro que llevo tiempo queriendo leer.

 

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace. Exactamente desde el 8 de Diciembre de 2012…

 

17. Un libro que prohibiría.

 

Pues un libro que no me atrevo a mencionar. Y lo prohibiría precisamente por eso: porque me da miedo decir que lo prohibiría. Muerto el perro, se acabó la rabia.

 

18. El libro que estoy leyendo ahora mismo.

 

Algo va mal, de Tony Judt, aunque lo alterno con Les choses, de Perec que sé que no acabaré.

 

19. El próximo libro que voy a leer.

 

Pues lo que me manden XDD. En mi lista preferente está La librería encantada, que me lo ha regalado por mi cumple mi librera favorita.

 

20. El libro que no leeré jamás.

 

Uno de recetas de cocina. Aunque nunca se sabe: de hecho, iba a poner uno de madres…

 

Caras

… El color de su cara era como el del hierro puesto al rojo, muy semejante al de las monedas de cobre de cinco kopeks. Ya se sabe que en el mundo hay muchas caras como ésa, que la Naturaleza forjó sin pensarlo mucho, sin recurrir a herramientas delicadas como la lima, el punzón y demás, sino que las hizo a hachazos: descargó un hachazo y salió la nariz, de otro salieron los labios, con una barrena gruesa le taladró los ojos y, sin entretenerse en pulir su obra, la lanzó al mundo diciendo: ¡Vive!

… Iván Antónovich parecía tener muy cumplidos los cuarenta; su cabello era negro y espeso; todo el centro de su cara adelantaba para formar la nariz, era, en una palabra, lo que se suele conocer como «cara de jarro»…

… Hay que decir que sus compañeros de oficina se distinguían por su fealdad y su aspecto desaliñado. Sus caras parecían a un pan mal cocido: un carrillo les abultaba por un lado, el mentón tiraba por otro, el labio superior les colgaba como una ampolla que, para colmo, se hubiese rajado; en una palabra, eran lo que se dice feos de remate…

Páginas 122, 190 y 312 de Almas muertas, de Nikolai Gógol

La historia del señor Sommer

Aquella noche, en la cama, esta extraña palabra me daba vueltas a la cabeza: claustrofobia. La repetí varias veces para que no se me olvidara. « Claustrofobia… claustrofobia… El señor Sommer tiene claustrofobia… Esto quiere decir que no puede quedarse quieto en su habitación… Y, como no puede quedarse quieto en su habitación, tiene que andar siempre de un lado para otro… Porque tiene claustrofobia y ha de estar siempre al aire libre… Si «claustrofobia» es «no poderse quedar en la habitación» y si «no poderse quedar en la habitación» es «tener que estar siempre al aire libre», entonces «tener que estar siempre al aire libre» es claustrofobia… por lo tanto, en lugar de utilizar una palabra tan difícil como claustrofobia, se podría decir, simplemente, que tiene que estar siempre al aire libre… Y cuando mi madre dice: «El señor Sommer ha de estar siempre al aire libre porque tiene claustrofobia», debería decir: «el señor Sommer ha de estar siempre al aire libre porque ha de estar siempre al aire libre…»»

Página 42 de La historia del señor Sommer, de Patrick Süskind, un precioso cuento en una preciosa edición con ilustraciones de Sempé, que me regalaron el sábado mis queridos José Luis e Isabel y que me ha encantado.

La historia del señor Sommer unmundoparacurra

Un matrimonio feliz

Un matrimonio feliz unmundoparacurraHoy toca post del Club de lectura. En este club leemos libros que raramente hubiéramos seleccionado. Yo ya tengo por ahí escrito que soy muy de dejar libros en la página 50, ó en la 100 ó cuando sea, a veces enfadada con ellos y otras veces con pena, porque dejan de ser competitivos ante el empuje de otro libro. Esto es lo que yo creo que habría hecho yo este mes de no haber mediado el club. No me gustaría que entendíerais esto como una crítica negativa: es sólo una constatación.

Me dejé el libro pendiente hasta el último momento aunque con tiempo de sobra pero, una vez empezado, he permitido que se me fueran colando libros y al final he tenido que correr. Ponía paréntesis, lo retomaba, lo dejaba, lo volvía a coger. Eso significa lo que estáis pensando: que no quería seguir. Pero no porque me pareciera infumable. No porque me aburriera. No porque me resultara odioso. Porque en cualquiera de estos casos, me habría planificado el tiempo para “quitármelo de encima”. No. Es que no quería seguir escuchando una historia que yo no quería leer.

Un matrimonio feliz es la historia de una pareja que se conoce y se enamora; que se casa y tiene hijos; que comparte, como tantos matrimonios, una vida de pareja con altos y bajos, con momentos buenos y malos, con alegrías y tristezas. Un matrimonio normal, que es casi tanto como feliz. Pero para saberlo, para comprender que ha sido un matrimonio feliz y que el autor nos lo pueda contar, ella tiene que penar con un cáncer devastador que es una condena a muerte. Todos moriremos, pero ella sabe cuándo con certeza, su muerte está programada, puede hacer una cuenta atrás. A la pena del duelo se le añade el dramatismo de la despedida de sus seres queridos, el luto planificado con tanta serenidad como emoción contenida. La fatalidad no existe, sólo una obligada e involuntaria resignación.

Este libro es muy triste. Muy emotivo. Es la clásica historia que, según empiezas a leer, dices “jolín, qué mala suerte de historia” (realmente dices “vaya putada de historia” pero no me gusta poner palabrotas en el blog). Me recuerda a la película de El paciente inglés: si me vas a contar una historia tan triste, déjame que lo vaya averiguando. No me pidas que tenga que doblarme el corazón desde el minuto primero, no dejes que tenga que transitar con historias y anécdotas felices, divertidas, maravillosas, o todo lo contrario, conociendo de antemano el final del cuento. Porque, aunque yo no lo sepa, los protagonistas sí lo saben. Porque ante dramas de este calibre, los detalles no importan: el desencadenante principal tiene tal envergadura que oscurece lo demás.

Es muy difícil verme llorar a mí con un libro. Muy, muy difícil. Esto significa que el autor sabe narrar, sabe hacer sentir al lector la pena, la desolación, la impotencia. La truculencia de los detalles de la enfermedad nos entregan personajes llenos de valentía y de entereza, dotados de una inteligencia capaz de sobreponerse a la miseria de un cuerpo que se desintegra en vida y en plenitud de la consciencia. Más allá de la tristeza, el libro contiene muchas enseñanzas que yo, personalmente, preferiría haberme ahorrado. Porque veo familiares, conocidos, porque yo tengo también mi vida y mis recuerdos, y no sé si quiero revivir según qué cosas. Y porque la felicidad de la vida también consiste en administrar incertidumbres, porque la falta de certezas, y no el miedo, permite alimentar la esperanza.

Así es que, si os cruzáis este libro, empezad a leerlo. Sobre gustos…

Tenéis otras reseñas, como siempre, aquí, aquí y aquí. Y a lo largo del mes, aquí también.

Un hombre que duerme

Georges Perec unmundoparacurraEstás sentado y sólo quieres esperar, esperar solamente hasta que no haya nada más que esperar: que venga la noche, que den las horas, que los días se vayan, que los recuerdos se desdibujen.

Que los días comiencen y que los días acaben, que el tiempo transcurra, que tu boca se cierre, que los músculos de tu nuca, de tu mandíbula, de tu mentón se relajen del todo, que sólo el subir y bajar de tu caja torácica, los latidos de tu corazón sigan dando testimonio de tu paciente supervivencia.

No querer nada más. Esperar, hasta que no haya nada más que esperar. Holgazanear, dormir. Dejarte llevar por las multitudes, por las calles. Seguir las cunetas, las verjas, el curso del agua por las riberas. Recorrer los muelles, rozar las paredes. Perder el tiempo. Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin despecho, sin rebeldía.

Aparecerá ante ti, al hilo del tiempo, una vida inmóvil, sin crisis, sin desorden: ninguna aspereza, ningún desequilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, estación tras estación, algo que nunca tendrá fin va a comenzar: tu vida vegetal, tu vida anulada.

La indiferencia disuelve el lenguaje, enturbia los signos. Eres paciente y no esperas, eres libre y no eliges, estás disponible y nada te moviliza. No pides nada, no exiges nada, no te impones nada. Oyes sin escuchar, ves sin mirar: las grietas de los techos, las tablillas de los parquets, el diseño de los baldosines, las arrugas que rodean tus ojos, los árboles, el agua, las piedras, los coches que pasan, las nubes que dibujan en el cielo formas de nubes.

Ahora vives en lo inagotable. Cada día está hecho de silencios y ruidos, de luces y sombras, de espesuras, de esperas, de escalofríos. Se trata sólo de perderte, de nuevo, para siempre, cada vez más, errar sin fin, de hallar el sueño, una cierta paz corporal: abandono, hastío, adormecimiento, deriva. Te deslizas, te dejas hundir, flaquear: buscar el vacío, rehuirlo, caminar, pararte, tomar asiento, sentarte a la mesa, apoyar los codos, tumbarte.

Organizas tu vida como un reloj, como si el mejor medio de no perderte, de no venirte abajo del todo fuese dedicarse a tareas irrisorias, decidir todo con antelación, no dejar nada al azar. Que tu vida sea aislada, lisa, redonda como un huevo, que quien fije tus gestos sea un orden inmutable que decida todo por ti, que te proteja a tu pesar.

Como si, a cada instante, necesitases decirte: así es porque así lo he querido, lo he querido así o si no, estoy muerto.

Durante mucho tiempo has construído y destruído tus refugios: el orden o la inacción, la deriva o el sueño, las rondas nocturnas, los instantes neutros, la fuga de las luces y las sombras. Quizá podrías, aún durante mucho tiempo, continuar mintiéndote, embruteciéndote, emperrándote. Pero el juego ha terminado, la gran juerga, la ebriedad falaz de la vida suspendida. El mundo no se ha movido y tú no has cambiado. La indiferencia no te ha dejado indiferente.

 

Georges Perec, traducido por Mercedes Cebrián.

La caja negra

la caja negra unmundoparacurraLa caja negra es el titulo del último premio RBA de novela negra, que he terminado ayer. Creo que me voy a aficionar a este tipo de novelas policíacas, porque pasas un rato muy distraído entre la intriga del caso y las peripecias de los polis que, si además son americanos, dicen cosas como «hasta luego, Pistol Pete» que te hacen creer de nuevo en la permanente evolución del ser humano. El autor de la novela es Michael Connelly, que ha escrito un porrón de novelas con el mismo protagonista, Harry Bosch, un inspector entrado en años que tiene tanta experiencia como pundonor y sentido del deber. Un policía de la antigua escuela. El título La caja negra es una imagen que utilizaba un compañero del inspector Bosch para hacer referencia a la clave a partir de la cual se resuelven los casos de homicidio.

– Efectivamente, como sucede en los accidentes aéreos. Tienen que encontrar la caja negra, en la que se registran los datos del vuelo. Si encuentran la caja negra pueden saber a ciencia cierta el origen del accidente. Frankie decía que lo mismo sucede en relación con una escena del crimen o un caso de asesinato: que siempre hay un elemento en particular que hace que todo lo demás cobre sentido. Si encuentras ese elemento, te ha tocado la lotería…

Si les digo la verdad, yo no me he enterado muy bien de cuál es la caja negra que encuentra el inspector, que es una hormiguita testaruda que va siguiendo los pocos rastros que deja el asesinato de una periodista danesa de paso por Los Angeles, ocurrido ni más ni menos que 20 años antes. Un viejo caso sin resolver que el inspector se toma como un caso personal, y que va desentrañando con mucha paciencia y algo de fortuna, hasta que resuelve el misterio. No creo que con esto les esté destripando nada: este autor escribe claramente para que le compre el libro una productora, algo que ya le ha pasado en dos ocasiones, y claro está que, como en toda película americana que se precie, el asesino muere y el perro se salva. Digo en toda película que se precie, no digo que esto pase necesariamente en este libro. Y me callo ya porque voy a terminar diciendo lo que no debo.

En fin, el libro está bien escrito, la trama está muy bien trabada, el estilo es ágil y ameno, y aunque acabe liándonos un poco con algunos personajes que de pronto aparecen en tromba, se lee con mucho interés, e incluso con un poco de miedo en algunos pasajes, con un final trepidante y, desde luego, muy peliculero.

No se imaginan las ganas que tenía de leer un libro así. Con hilo, madeja, nudo y desenlace. Y cada cosa a su tiempo y lo que es mejor, en su sitio.

El animal moribundo

El animal moribundo unmundoparacurraEste es el libro que hemos leído este mes para el Club de Lectura. No diré que es un libro que yo he elegido, sino que lo propuse, y el resto del equipage lo aceptó. Se trata de un libro poco simpático, que si te pilla bajo de defensas te puede provocar indignación y hasta escándalo, pero luego te tranquilizas pensando que, en la provocación, no eres precisamente tú quien sale perdiendo.

David, un hombre de 70 años, recuerda a lo largo de las 100 páginas del libro la relación que tuvo ocho años antes con una joven de 24. Y queriendo presentarse a sí mismo como un Casanova experto, libertario y à la page, en realidad se revela como un viejo verde, lascivo, ególatra, misógino, embustero y bastante puerco. El tipo, un intelectual que da clases en la universidad y ha alcanzado cierta notoriedad en programas de radio y televisión, se vale de su preeminencia social para tejer patéticas telas de araña en las que hace caer a sus ex-alumnas todavía veinteañeras con el único fin de follárselas y luego poner una muesca en su memoria, y así dejar el recuerdo para las noches solitarias en las que necesite refocilarse, como el que se guarda un paluego entre los dientes después de cenar. El tipo está incapacitado para eludir tentaciones tanto como para sentir algún remordimiento, en éste o en cualquier otro ámbito de la vida, así es que ya me contarán ustedes la perla que nos traemos entre manos. En fin, un tipejo que no tiene gracia aunque por momentos nos recuerde al viejo garrulo con boina y babas diciendo aquello de «deja que te vea las teticas«. Un animal moribundo, sí, pero que moralmente lleva cuarenta años en estado de putrefacción.

Miren, lo peor que le puede pasar a un autor es que le identifiquen con sus protagonistas cuando éstos son unos individuos repelentes. Philip Roth no es un cualquiera, sino un reputado escritor, pero para su mala suerte (que no la mía), el libro está tan bien escrito, el protagonista es tan creíble, que el lector acaba pensando que el autor está contándonos sus propias experiencias. Y la verdad, Philip Roth está ya por encima del bien y del mal, pero no le hace ningún favor a sus colegas de generación, a los mayores, a los viejos, a las personas venerables por su experiencia, por su saber de la vida, que han acumulado una rica vida interior de elevados intereses intelectuales, y no una obsesiva preocupación por satisfacer sólo la parte del cuerpo situada en la entrepierna y que les convierte en viejos rijosos, solitarios, abandonados y recocidos en su propio egoísmo. El tal David puede llegar al absurdo de reconocer que despierta en las mujeres una mezcla de curiosidad y asco por ser viejo, sin comprender que lo que da mucho asco es la mentalidad cavernaria, no la edad del animalito. Y mientras teclea una sonata de Mozart al piano, con una fingida pose decadente muy en plan neoyorkino cool, David se consuela pensando que aun puede recurrir a la caridad para seguir ligando, después de pasarse media vida recurriendo a engañifas de vendedor de crecepelos para comerse una rosca. Pobre hombre, pero sobre todo, pobre Roth, cuya foto ya no me deja indiferente.

En el fondo, lo que Roth nos quiere contar es la angustia del fin de la vida, que no es lo mismo que la espera de la muerte. Roth nos habla de la pérdida y de la despedida. Del miedo a perder la capacidad del goce, y del vacío de las ilusiones cuando la sexualidad es el único motor de placer. Nos habla de la sumisión y de las adicciones, siendo él un adicto y un sometido. Y hace una pretendida denuncia de las costumbres sociales, en la que el protagonista se mueve con un cinismo y una cantidad de prejuicios dignos de un puñetazo en los dientes. Pero todo muy intelectualizado, eso sí, porque para explicarnos lo que yo resumiría como «tener un cerebro de una sola dimensión«, él nos cuenta una de indios parloteando sobre la libertad y la rebeldía, y nos larga ese montón de milongas típicas de los intelectuales caviar que anclan su miseria moral y su egoísmo en tendencias que dejaron de ser modernas hace cuarenta años y en una morralla flower-power que apesta a naftalina. Vamos, un blablablá como para tirar el kindle por la ventana.

Con todo, el libro tiene varias vueltas y deja muchos hilos de los que tirar, que iremos compartiendo en el Club de Lectura, ese otro blog que os gusta casi tanto como éste de Curra. Si no lo habéis leído y no sois muy exquisitos o muy gafapasta, no lo hagáis, que el ISBN da para varias vidas. Es mejor que os divirtáis con las reseñas que mis co-bloggers harán hoy (y que me da que van a ser finas), y con los post que vayamos subiendo a lo largo del mes.

Las otras reseñas las escriben, como siempre, ND, y Livia en La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida.