Un hombre que duerme

Georges Perec unmundoparacurraEstás sentado y sólo quieres esperar, esperar solamente hasta que no haya nada más que esperar: que venga la noche, que den las horas, que los días se vayan, que los recuerdos se desdibujen.

Que los días comiencen y que los días acaben, que el tiempo transcurra, que tu boca se cierre, que los músculos de tu nuca, de tu mandíbula, de tu mentón se relajen del todo, que sólo el subir y bajar de tu caja torácica, los latidos de tu corazón sigan dando testimonio de tu paciente supervivencia.

No querer nada más. Esperar, hasta que no haya nada más que esperar. Holgazanear, dormir. Dejarte llevar por las multitudes, por las calles. Seguir las cunetas, las verjas, el curso del agua por las riberas. Recorrer los muelles, rozar las paredes. Perder el tiempo. Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin despecho, sin rebeldía.

Aparecerá ante ti, al hilo del tiempo, una vida inmóvil, sin crisis, sin desorden: ninguna aspereza, ningún desequilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, estación tras estación, algo que nunca tendrá fin va a comenzar: tu vida vegetal, tu vida anulada.

La indiferencia disuelve el lenguaje, enturbia los signos. Eres paciente y no esperas, eres libre y no eliges, estás disponible y nada te moviliza. No pides nada, no exiges nada, no te impones nada. Oyes sin escuchar, ves sin mirar: las grietas de los techos, las tablillas de los parquets, el diseño de los baldosines, las arrugas que rodean tus ojos, los árboles, el agua, las piedras, los coches que pasan, las nubes que dibujan en el cielo formas de nubes.

Ahora vives en lo inagotable. Cada día está hecho de silencios y ruidos, de luces y sombras, de espesuras, de esperas, de escalofríos. Se trata sólo de perderte, de nuevo, para siempre, cada vez más, errar sin fin, de hallar el sueño, una cierta paz corporal: abandono, hastío, adormecimiento, deriva. Te deslizas, te dejas hundir, flaquear: buscar el vacío, rehuirlo, caminar, pararte, tomar asiento, sentarte a la mesa, apoyar los codos, tumbarte.

Organizas tu vida como un reloj, como si el mejor medio de no perderte, de no venirte abajo del todo fuese dedicarse a tareas irrisorias, decidir todo con antelación, no dejar nada al azar. Que tu vida sea aislada, lisa, redonda como un huevo, que quien fije tus gestos sea un orden inmutable que decida todo por ti, que te proteja a tu pesar.

Como si, a cada instante, necesitases decirte: así es porque así lo he querido, lo he querido así o si no, estoy muerto.

Durante mucho tiempo has construído y destruído tus refugios: el orden o la inacción, la deriva o el sueño, las rondas nocturnas, los instantes neutros, la fuga de las luces y las sombras. Quizá podrías, aún durante mucho tiempo, continuar mintiéndote, embruteciéndote, emperrándote. Pero el juego ha terminado, la gran juerga, la ebriedad falaz de la vida suspendida. El mundo no se ha movido y tú no has cambiado. La indiferencia no te ha dejado indiferente.

 

Georges Perec, traducido por Mercedes Cebrián.

6 pensamientos en “Un hombre que duerme

    • No, no lo he leído. Y tengo pendiente La disparition (el secuestro en la versión española) en versión original, porque me intriga mucho el lipograma en francés. E español hicieron desaparecer la a y no me atrevo. Pero apuntado, ya lo encargo.

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