E.

Os he hablado otras veces de ella. Cuando os contaba cómo quitar los grumos de la agenda, o cómo se le llama en Francia a los dedos de los pies. O cuando me ayudaba a traducir un giro imposible, refranes de una jerga olvidada, palabras sincopadas en un argot ultra parisino, a veces imposibles de descifrar para ella, una dama del distinguido St Germain en Laye. He hablado de E. alguna vez como la dueña de mi tiempo, en una de esas exageraciones que digo yo y que tienen como único objetivo llevar la idea al límite para que nadie pueda albergar ninguna duda. Y es que una secretaria puede convertir tu vida en un infierno o, como es el caso, regalarte tranquilidad, darte un plus de memoria, despejar tu vida de tareas tan fastidiosas como obligatorias y proporcionarte tiempo. Nada menos que más tiempo.

En 2002, después de pasar todos los filtros, yo le hice la entrevista final. Recuerdo perfectamente una de mis preguntas – ¿tienes paciencia? – y su respuesta, tan convincente. Y mi sarcasmo posterior, tan despiadado. Y desde entonces, con un largo intervalo de tres años, siempre ha sido la mirada que me recibía por las mañanas, sus buenos días con ese acento inconfundible, esa expresión de saber exactamente en qué estaba yo pensando, qué tendría yo en la cabeza y, sobre todo, qué es lo que no tendría. En cuanto a mí, según ella había que descontar de mi gesto el efecto del día de la semana, tal y como me dibujó la primera vez que nos despedimos la una de la otra.

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Y en todo este tiempo, yo le decía “Arréglalo” y siempre lo arreglaba. Mis desastres, mis olvidos, mi mal humor, mi soberbia, mi incapacidad. Mis explosiones bélicas, mis amenazadores «ya le puedes ir diciendo de mi parte que…” me los devolvía envueltos en la seda de la diplomacia, de la calma, de la sonrisa y de la discreción. Se asomaba y me decía desde la puerta “Carmen, igual te vas a enfadar…”, para que no me enfadara con alguien. O si no mediaba aviso, terminaba con un rotundo “ya sabía yo que te ibas a enfadar”, para que recapacitara y se me pasara el enfado. Testaruda como ella sola, yo creo sin embargo que es la única persona en el mundo con la que nunca he discutido ni me he enfadado. Tal vez porque nunca necesitó llevarme la contraria para hacer su santa voluntad y tal vez porque no cayó nunca en la tentación de darme la razón sin tenerla.

En Junio de 2006, el secretariado de París me envió por correo electrónico mis condiciones de expatriación mientras yo estaba de viaje. Cuando me di cuenta de que ella también lo habría recibido, como todos mis correos, la llamé inmediatamente por teléfono, tratando de arreglar lo que ya no tenía arreglo. Nunca me perdonaré habérselo ocultado. Y nunca olvidaré su reacción, quizá una de las cosas más emotivas que me han sucedido en los 24 años que llevo trabajando. Ocupó otros puestos alejados del secretariado durante los tres años que yo estuve fuera y después volvió a trabajar conmigo, cuando regresé a España en 2009. Más de ocho años repartidos en dos periodos, casi igual de largos en el tiempo pero muy distintos en la vida de cada una de nosotras. Podría rellenar cien entradas con anécdotas. Algunas divertidas, otras sorprendentes, casi ninguna triste. Ella sabe mejor que yo las que recuerdo ahora y todavía, y aquellas que no podré olvidar. La vida te hace cambiar, te modera y lima tus aristas. Pero en la vida están las personas, y en mi vida están esos ocho años.

E. ha dejado de trabajar conmigo hace tres semanas. Ha querido ir a otro puesto porque quiere ver otras caras y trabajar en cosas nuevas. Y yo quiero pensar que esa es la razón por la que ella se acordará menos de mí que yo de ella, aunque no me voy a engañar: por experiencia sé que al final un jefe es un jefe, es decir, una persona de la que prefieres olvidarte cuando te vas de fin de semana. Aunque algo me dice que puedo todavía albergar esperanzas. En la nueva versión de “mis caras” que me ha dado en esta segunda despedida, ya me imagina los sábados y los domingos… En fin, no me puedo quejar.

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Proceso de arbitraje

– Lo que hay que tener en cuenta en el proceso del arbitraje es si una de las partes no quiere el arbitraje.

– Ya. En ese caso, hay que definir un proceso que defina cómo y quién decide si se sigue con el proceso de arbitraje o no.

– Uf, eso tiene pinta de ser el arbitraje del arbitraje.

– No. El arbitraje del arbitraje es cuando el arbitraje no ha arbitrado y hay que arbitrar sobre si el arbitraje ha arbitrado o no y si se necesita un nuevo arbitraje. Si uno no quiere el arbitraje lo que hay que definir es un proceso para que el que no quiere el arbitraje no bloquee el arbitraje con otro arbitraje. No sé si me entiendes.

– …

– ¿Qué?

– A ver, lo que no entiendo es por qué no entiendes que no te entiendo…

De madrugadas y de madrugones

atardecer-navasNo me gusta madrugar, para qué voy a engañarles. Y si le doy la vuelta a la frase, entonces me sale un principio de post rarísimo. Vean si no:

No me gusta engañarles, para qué voy a madrugar.

¿Ven cómo no sirve de nada intentar engañarles? En fin, continúo con lo mío. Decía que no me gusta madrugar, y aunque con la edad – ese reproche de los médicos – duermo menos, esto de que suene un despertador es algo que me parece un castigo divino. O algo peor: un castigo del infierno. Y yo no sé si el infierno existe, pero si es así y voy para allá cuando vaya al más allá (nótese que el infierno es el allá del más allá, así es que no quiero ni pensar dónde quedará el quinto infierno, y ya no digamos si hay que ir en una Low cost), pues eso, que si voy al infierno el castigo más adecuado será hacerme madrugar. Nada de calderas, eso es una parida: madrugar durante toda la eternidad, he ahí un castigo imaginativo, contundente y disuasorio de cualquiera de los 8 pecados capitales. Sí, son 8: el gobierno ha añadido el de pagar pocos impuestos. ¿Se les han puesto los pelos de punta? Pues oigan, apúntense a la caldera, no me cuenten su vida que hoy no estoy de humor.

No sé muy bien por dónde seguir, porque el asunto no da para mucho. Podría decirles que una cosa es madrugar y otra despertarse pronto, que es algo que se me acaba de ocurrir. Creo además que podría elaborar una teoría sobre la tontería, que no es lo mismo que una tontería sobre la teoría aunque en este caso concreto me temo que resulte indistinto decirlo al derecho o al revés. No, no he bebido. Verán, despertarse pronto es cuando un rayo de sol se filtra vigoroso por tu ventana, acaricia tu mejilla y, cuando roza tu párpado inferior, tus ojos se rebelan con decisión y se desperezan con dulzura para abrirse con tiento y percibir la luz de ese nuevo día que, virginal, se presenta ante ti para que lo llenes de circunstancias. Sin embargo madrugar es que te suene una mierda de despertador y tú te acuerdes del padre, de la madre y del tipo que inventó el amanecer, que es el que vive en el más acá del más allá, o sea, en Casa Dios.

Y si ya madrugar es el horror, madrugar en el poblachón es dramático. Porque a tu hora normal le debes añadir una más para llegar a Madrid y veinte minutos más para eventualidades, que pueden ser dos a saber: que te pille un atasco o que te pierdas por esos túneles del infierno de Galladón. He de decirles que yo hoy he evitado el atasco, pero se me han resistido los carteles de la M-30. Pero si vds pensaban que un madrugón en el Poblachón es sólo dramático, les diré que también es patético, porque a finales de agosto, a esas horas intempestivas, hace un frío de mil demonios.

Para colmo, hoy es jueves. Si al menos fuera lunes, lo mismo se me habría olvidado lo del madrugón. Vds disculpen…

PS: Naturalmente, la foto es de un atardecer. Yo de madrugada no estoy para muchas tonterías…

Clases de inglés

– ¿Tienes alguna duda sobre el vocabulario del texto que has leído?

– No, no tengo.

– Ok, Carmen, gracias. Déjame preguntarte: ¿Tú crees que el grupo al que perteneces puede presionarte hasta cambiar tu comportamiento?

– ¿Presionarme? ¿A mí? ¿cómo que presionarme?

– Mi pregunta es: ¿Cuál es tu opinión acerca de la influencia del grupo en el comportamiento de las personas?

– Ah, pero influencia es una cosa y presión otra. Perdona, creo que no he entendido No entiendo bien la pregunta.

– Lo que yo estoy preguntando es qué piensas acerca de la influencia del grupo en el comportamiento de una persona, Carmen. ¿Piensas que una persona puede cambiar debido a la influencia del grupo?

– Pues mira, no, francamente. Yo creo que es una idea bastante idiota. ¿A qué le llamamos grupo? ¿A la sociedad? Entonces no hay que confundir la influencia o la presión con la existencia de unas reglas que la sociedad tiene para poder vivir con respeto y un poco de orden. Se llama ley y costumbres sociales y educacionales, y no hay influencia, sino un acuerdo común que la gente sigue o que la gente no sigue. Y en cuanto a si perteneces a un grupo de gente concreta, tampoco hay influencia, porque lo que es normal es que cuando te unes al grupo es porque estás de acuerdo con sus comportamientos, así es que ellos no te influyen, sino que tú ya estás influido por ellos.  Este tipo de artículos son una idiotez, y no puedo entender que una Universidad americana se gaste el dinero en determinar si los estudiantes se sienten influidos a aplaudir cuando los demás aplauden y a dejar de aplaudir cuando los demás dejan de aplaudir. Es algo completamente idiota. Pero esta es mi opinión, claro. ¿Y tú? ¿Qué piensas tú?

– Ok, Carmen. Gracias. Muuuy bien. Déjame corregirte algunos errores de expresión que has utilizado. Veamos. Has dicho «lo que es normal es…» ¿Recuerdas lo que has dicho?

– No.

– Había algo no correcto, ¿no recuerdas cómo lo has dicho?

– No. Recuerdo lo que he dicho, pero no cómo…

– ¿No recuerdas…? Mmmmm… Bien, no tiene importancia… Gracias, Carmen. Muuuuuy bien… ah, y recuerda: “idiot” es para las personas e “idiotic” es para las cosas y las situaciones.

– Ya. Lo considero, no creas, pero tiendo a olvidarlo…

– Muuuuy bien, Carmen. ¿De qué quieres que hablemos en la siguiente clase?

– Me da igual…

 

Cada vez me alteran más las clases de inglés…

Dedos nacionales

DSC_0027 recortadaHoy he pasado un ratillo de lo más agradable charlando en la oficina sobre los dedos. Unos momentillos de distensión previos esas horas homicidas en las que debo pelear con enrevesadas hojas de cálculo, ininteligibles contratos y endemoniadas presentaciones. Resulta que una compañera ha llegado hoy con muletas porque anteayer se pegó un meneo contra un lavabo y se hizo fosfatina el dedo meñique del pie derecho y de paso la garganta, tal fue el alarido que debió pegar. Qué dolor tan horrible. Se podría versionar aquella canción que seguramente todos vds conocen, la de «no hay dolor más horroroso ni dolor más inhumano…«, pero en vez de terminar el pareado con «…que pillarse los cojones con la tapa de un piano» se puede rematar cantando «…que dejarse el pie olvidado en la base del lavabo, bada badún, badún..

Bueno, a lo que iba. Como saben, yo trabajo en una empresa francesa con franceses dentro. No sé si son muchos o pocos, aunque tengo para mí que los franceses a tu alrededor por lo general siempre son suficientes. Por la suficiencia lo digo, no por otra cosa. La cuestión es que nos hemos preguntado por los nombres de los dedos en los dos idiomas. Así que nosotros tenemos el pulgar (también llamado dedo gordo), índice (indica), corazón (también llamado el mayor), anular (para el anillo) y meñique (preciosa palabra).  Y ellos tienen el pouce, index, majeur, annulaire y… el auriculaire.

Bien, esto del auriculaire ha provocado alguna que otra carcajada. No, no me hagan el gesto de alguien que descuelga el auricular del teléfono porque, en ese caso, al dedo meñique le llamarían le microphone. En fin, que sí, que hace referencia a lo que están pensando y que consiste en ahorrar muchísimo en bastoncillos para las orejas. Hay quien ha dicho que también podrían haberlo llamado el excavateur… Hombre, todavía han tenido la delicadeza de no llamarle el dedo nasal, aunque hasta cierto punto es lógico y si no, hagan la prueba de meterse el dedo meñique en la nariz: aparte de cursilísimo, es muy incómodo y no se llega muy lejos. O muy arriba, según cómo estén sentados.

Y luego le ha llegado el turno a los dedos de los pies. Nosotros decimos el gordo (porque ése sí que es gordo), el segundo, el tercero, el cuarto y el meñique, otra vez la bonita palabra. Y, claro, nos hemos preguntado si ellos también le llamaban auriculaire al dedo pequeño del pie, porque hacer la contorsión para hurgarse en una oreja con un pie es casi tan difícil como imaginárselo. Ahí ya mi querida E. ha puesto pie en pared y ha salido en defensa de la lengua francesa, ah, oui, y nos ha explicado que los franceses no los llaman de ningún modo, que para eso tienen un nombre específico para los dedos de los pies: les orteils. «No como vosotros, que sólo desís dedos. Los dedos por aquí, los dedos por allí… Ah, no, no: nosotros dedos sólo tenemos en las manos. ¡En los pies tenemos orteils!«.

Bueno, psí, la verdad es que los españoles tenemos dedos un poco por todas partes, pero al menos los llamamos de alguna forma. Los personalizamos. Los amamos tanto que hasta les hemos puesto un nombre. Y sobre todo, que es la mejor manera de decir, en corto, dónde tienen que ponerte la escayola si entras deprisa al cuarto de baño. Así que ya, un poco tocada en su amor propio, se ha ido a la Wiquipedie (lean «ouiquipedí») y nos ha dicho esto:

– ¡Pues sí, tenemos nombres para los dedos de los pies! Se dise: hallux, secundus, tertius, quartus et quintus. Pero en lenguaje familiar se les nombra corrientemente bifux, depasus, centrus, pre-exterius y exterius…

Y ahí ya se reía hasta ella…

Cruce de e-mails

De: María Paredes

Para: Carolina Juarez

Asunto: Vacaciones

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Hola, Carolina,

Me gustaría cogerme vacaciones el 19, 20 y 21 de Junio.

Esa misma semana (el 17 y 18) tengo el Seminario de «Mejora de directivos». Es decir, no estaría en la oficina en toda la semana (la 3ª de Junio).

¿Ves algún problema para esas fechas?

M.

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De: Carolina Juarez

Para: María Paredes

Asunto: RE Vacaciones

¿La envidia?

C.

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De: María Paredes

Para: Carolina Juarez

Asunto: Vacaciones

Pero ese problema (la envidia) lo tendrías en cualquier otra fecha. Sólo quisiera anticipar la semana en las que me gustaría que no fijaras esas reuniones a vida o muerte a las que eres tan aficionada… Porque el año pasado me fui y lo cambiasteis todo en una semana.

M.

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De: Carolina Juarez

Para: María Paredes

Asunto: RE Vacaciones

Procuraré que sean reuniones a primera sangre. Y sobre cambiarlo todo, chica, tal y como está el patio yo no te puedo garantizar que no se decida abrir una filial en Saturno…

C.

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De: María Paredes

Para: Carolina Juarez

Asunto: Vacaciones

Bueno, peor sería que nos dedicáramos a fletar aviones. Aunque en ese caso, yo podría aprovechar para que mi viaje a TENERIFE me saliera más barato todavía…

M.

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De: Carolina Juarez

Para: María Paredes

Asunto: RE Vacaciones

Gracias, María, por aportarme esa información, bastante irrelevante para lo que estamos tratando. Ya me ocupo yo de que cuenten contigo si necesitan enviar directivos mejorados a Saturno… 

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De: María Paredes

Para: Carolina Juarez

Asunto: Vacaciones

Qué mala es la envidia…

M.

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De: Carolina Juarez

Para: María Paredes

Asunto: RE Vacaciones

Sí que es mala, sí… Y en cualquier fecha.

C.

 

Reparto de tareas

Imagina que un día, además de trabajar, te pones a estudiar una carrera. Tienes, pongamos, 30 ó 40 años, da igual, y decides empezar a estudiar. Derecho, por ejemplo. O Geografía e Historia. O Matemáticas o un Máster, da lo mismo. Y entonces llega la temporada de exámenes y tú, ni corto ni perezoso,  te llevas los libros a la oficina para estudiar. Y te los llevas porque no te da tiempo a estudiarlo todo en tu casa. ¿Tú te lo imaginas?

¿Qué te parece? Venga, va, te dejo pensar un momentito.

Ya, lo que me esperaba. Nunca lo harías, porque te parece impensable. En el trabajo se está a lo que se está, desde luego, que para eso te pagan. Y por supuesto, tú que tienes equipo, no consentirías que ninguno lo hiciera, faltaría más. Menudo morro.

Y ahora, allez hop, dale la vuelta, hazme el favor. Y piensa en las veces que has tenido que llevarte trabajo a casa el fin de semana. No, no estoy hablando de ese informe interesante sobre el mercado que nunca tienes tiempo de leer, y tampoco te hablo de conectarte a esa página web que habla de tu profesión, que te encanta. No, no. Yo te estoy hablando de esa hoja de cálculo perra, de la preparación de la negociación, de la presentación canalla que no te ha dado tiempo de terminar, de ese informe que si no lo envías el lunes, el cielo se caerá encima de tu cabeza. Ahora mírate a ti mismo en el salón, con tu portátil… ¿tú te lo imaginas?

¿Qué te parece? Venga, va, te dejo pensar un momentito.

Agendar, graficar, esplitar…

Miren, agendar no existe. Si lo quieren vds usar para decir que vamos a programar una cita o reunión, pues díganlo, pero no existe. Y ya no lucho más.

Graficar tampoco existe. Pero es divertido, lo reconozco. En especial si se inserta en la siguiente frase:

Hemos hecho el estudio y sacado cifras, pero las hemos graficado para que podáis entender algo.

Realmente lo divertido es el final de la frase, puritito español. Así que el jefe a partir de ahora, cuando vea una fila de números dirá con tono de emperador romano:

-¡Grafíquese!

En cuanto a decir esplitar… Ejem. Sobre todo, no hay que incorporarlo al vocabulario doméstico, porque tiene muchos riesgos. Veamos: según le están dando de cenar a sus hijos, les dicen:

– Borjita, no te metas tanto en la boca, hijo, esplítalo antes. 

Y Borjita hace «pfzás», y le escupe un churrete de comida en la corbata.

En fin, yo no tengo ese problema porque no tengo hijos. Así es que probaré mañana a decirle a mi madre «esplíta el pisto, mamá, que me llevo un poco en un tuper».

Y si me contesta algo divertido, ya se lo cuento en otro post.

 

PS: Split = dividir, en inglés.

Un ser teórico

Recuerdo el anuncio de la muerte del primer presidente de la empresa, un ser teórico del que he olvidado el nombre; no le había visto nunca y estoy seguro de que, hoy, el agregado comercial de Málaga o de Catania me considera como un ser teórico del que ignora el nombre, porque es inútil llenarse la cabeza con tutelas lejanas…»

Este párrafo está sacado de un libro escrito por un antiguo presidente de la empresa en la que trabajo, un señor a quien yo tuve (y tengo) una enorme admiración por muchas razones que no vienen al caso.

Siempre me ha encantado esa definición: un ser teórico. Por regla general, se los incluye entre «los grandes jefes», o «los jefazos», o (de manera mucho mas cobardona) la dirección o los de arriba. Un ser teórico es ese tipo al que como mucho se le conoce por una foto, o ni siquiera, porque en la intranet está el número 1, pero no el 3 ó el 4. Es alguien con una personalidad difuminada por su cargo, perdido en un organigrama ininteligible. Imaginas que existe y tal vez podrías atreverte a adivinar el idioma que habla, pero no sabes ni donde vive, si tiene familia, hijos o perro, o cómo serán sus amigos. No eres capaz de imaginar en qué emplea su tiempo por la mañanas. No puedes figurarte cómo será su día a día, qué papeles leerá, qué correos electrónicos recibirá. Tal vez te lo hayas cruzado en el ascensor, y no te has dado cuenta. O un día le escuchaste en aquella presentación, sí, pero no eres capaz de recordar qué dijo. No has visto nunca su firma, no sabes cómo escribe. ¿Será zurdo? ¿Cómo será su voz? En realidad, no sabes cómo se llama, quizá una vez te dijeron su nombre, pero no lo recuerdas porque no forma parte de tus conversaciones. En fin, sabes que está por ahí, así es que alguien le conocerá. Pero para ti es un «ser teórico»: alguien que está por ahí… Y cuando dices «por ahí», sacudes tu mano levantada y tus ojos miran al noroeste, encoges los hombros y tu gesto admite que, efectivamente, te refieres a un ser teórico que no sabes seguro si existirá.

La conocí en un curso organizado en la casa matriz en 2004. Eramos 32 personas, y fue un curso que duró 4 semanas repartidas en 6 meses.  Nos reímos mucho y lo pasamos muy bien. Cada una siguió su camino en áreas profesionales sin ninguna relación y en dos empresas distintas del grupo, cada una en su país de origen. En 2009 me encontró ella a mí en una convención. Vino a saludarme con enorme alegría. En los mentideros figuraba como la número 1 de uno de los grandes países de la filial, aunque de eso yo me enteré después, cuando algún baboso me soltó esa frase tan servil: «qué bien relacionada estás». Y a los que opositan a siervo hay que contestarles adecuadamente, siempre: «casada, dos hijos preciosos, vive en tal ciudad y tiene un dogo. O tenía…se llamaba Passepartout, lo recuerdo bien». Naturalmente que lo del dogo me lo inventé, a los pelotas siempre hay que echarles algún hueso. Cuando publicaron su nombramiento, me vino a la cabeza su efusividad: yo era la única con la que podía encontrar cierta familiaridad en aquella convención de desconocidos.

La semana pasada fui a París. Yo salía por una puerta hacia mi taxi cuando ella entraba por otra. Llevaba abrigo de piel, iba bien maquillada, el pelo recogido en un moño. Levanté la voz para decir su nombre, lo tuve que decir dos veces. Se giró, me miró y aun tardó tres segundos en procesar mi cara. Me situó en su memoria. Tardó en encontrar la naturalidad, y a un natural «¿Cómo te va?» me respondió con un «vengo de hablar con los sindicatos» completamente estrafalario en aquella conversación y en ese contexto. Bueno, y con aquel abrigo, ahora que lo pienso. Le dije que no tenía tiempo de tomar un café, y que tampoco sabía cuándo volvería, y bromee: «y si no, en la próxima convención».

– Sí. Pero acércate ¿eh? Si tú me ves a mí, acércate a hablar conmigo ¿eh? Acércate…

Y me llevó un par de horas reponerme de aquella frase. Y de su desconcierto cuando contesté riéndome «claro, descuida». Se había convertido en un ser teórico. Y no sé si era consciente, pero desde luego ya se había acostumbrado.

Esperar en un aeropuerto

Tal vez debería inaugurar una nueva sección con el tema aviones, y vuelos en general, aunque ya pasé la época en la que casi vivía en un aeropuerto, y me desplazaba de un país a otro constantemente. Y para cuando llegué a ese puesto, en el que se viajaba tanto, ya tenía la tarjeta platino, así que calculen vds que tampoco era una novedad para mí lo de coger un avión. Llevaba siempre muchos juguetes encima: un libro, otro de sudokus, una DS, la ipod, la prensa, y papeles de trabajo para leer. No solía viajar con ordenador, siempre me negué. Primero porque me parece un incordio, y luego que la imagen del señor con corbata mirando aburridamente sus hojas de cálculo o revisando sus emails ya leídos me parecía (y me parece) una imagen de la esclavitud moderna. O como decía un compañero, eso es de mindundis: los que mandan de verdad, cogen vuelos a las 9 de la mañana y van con el ABC y un attaché ligero. En fin, que siempre me pareció mucho más elegante esperar un vuelo leyendo un periódico un libro o un informe, especialmente si llevas zapatos de tacón. La DS la dejaba para el hotel, que una cosa es el desenfado y otra el frikismo.

Tampoco fue hace tanto tiempo aquella época en la que la maleta era una extensión de mi brazo: aquella pesadilla terminó en mazo del 2009. Pero desde entonces, el mundo tiene twitter, ipads, y una oferta de readers que permite aligerar mucho la cantidad de juguetes que llevas en el bolso para distraer las esperas.

¿Las esperas? Cualquiera que me conozca sonreiría con esta frase. Apenas espero en los aeropuertos, si no es por un retraso del avión, algo que no es poco frecuente. Soy de las que va siempre con el tiempo justo, porque creo que una eventualidad te hace perder un avión, sí, pero no siempre se dan eventualidades. El impacto del riesgo es serio, pero la probabilidad no es alta, así es que yo prefería apurar mi tiempo en la ciudad o en la oficina, o en mi casa. Que yo recuerde, he perdido tres vuelos en mi vida, y uno de ellos fue porque me equivoqué de tren (eso no sé si a lo he contado). Pongamos que no me acuerdo de alguno, así es que habré perdido cuatro. Eso no es mucho, lo que me confirma que tengo razón. Eso sí, anécdotas de «por los pelos» tengo un montón.

Y lo que es la vida: hoy he llegado al aeropuerto con dos horas de adelanto porque me habían cancelado una reunión. La máquina no me daba la tarjeta de embarque por alguna razón y me he acercado al mostrador. He cogido la última plaza disponible: un enfermo urgente debía ser trasladado, y se han perdido unas cuantas filas que normalmente deberían haber estado disponibles. Lo que ya no sé es si me han dado esa última plaza por haber llegado con dos horas de adelanto o por haber argumentado que, con dos horas de adelanto, me consideraba con derecho incluso a que me fletaran un vuelo para mí sola.

Pero la espera no ha sido inútil. ¿La prueba? Pues esta entrada, ¿qué más quieren?