Idiomas (III)

La primera vez que estuve en Nueva York, fumar no era un atentado propio de criminales sin entrañas y asesinos en serie de niños, gente apestosa y apestada de la que conviene huir y a la que hay que apedrear socialmente. O sea, que de la muerte de Manolete todavía acusaban al pobre Islero, que no había fumado en su vida. Así es que les podría contar cómo, al comprar un paquete de Marlboro en un puestecito de la Cuarta Avenida y preguntar cuánto era, me dieron cerillas…

Pero no les contaré eso, sino la historia de mi amigo Javier en el Metropolitan. Hablo del Museo, no del Subway. Ya, ya sé que lo saben, era un chiste fácil que no he querido evitar. Paseaba mi amigo por las salas vacías, recreándose en cada cuadro, en cada escultura, en cada fotografía. Con las manos a la espalda, el tiempo pasaba lentamente.

Al entrar en una de las salas, una oronda empleada de color estaba sentada en una silla, vigilando a los dos únicos turistas que había en aquel momento. De pronto, mi amigo Javier se dio cuenta de que sólo había recorrido una pequeña parte de sus intereses y pensó que tal vez, para completarlos todos, debería darse un poco de prisa. Pero en realidad no sabía de cuánto tiempo disponía, así es que pensó muy bien la pregunta y se dirigió luego a la mujer que vigilaba medio adormilada, susurrándole con el mejor de sus acentos:

– Sorry, at what time is closed the museum?

La mujer pareció activarse. Le miró, primero a la cara y después de arriba a abajo, y en un castellano correctísimo le respondió:

– A las cinco y media en punto, señor.

Después de todos estos años, mi amigo Javier sigue sin poder concretar qué le hizo saber a aquella mujer que él hablaba castellano. Yo estoy de acuerdo en sospechar con él que pudo tratarse del corte de pelo…

J’ai perdu ma plume…

dans le jardin de ma tante. Esta frase se enseña, y a veces se aprende, en los cursos de francés. Significa lo que parece: he perdido la pluma en el jardín de mi tía. Lo del jardín de mi tía no se presta a equívocos en ninguno de los dos idiomas. Sin embargo, en lo que respecta a la pluma, tanto en francés como en español la frase puede referirse a que estabas repasando la contabilidad de la maison o a que eres un palomo. Torcaz, por ejemplo, que suena más eufónico. Luego, para decir plumero, los franceses son menos polisémicos y usan plumier o plumeau, según si guardan la plume en una cajita junto con otros bolis o en un cajón junto con el Fairy. Y si les da por colocársela en la cabeza creo que dicen plumet, ellos son capaces de todo, ya se sabe. A cambio, no relacionan la propiedad y posterior pérdida de la pluma con ninguna tendencia sexual. Para eso usan a las focas. ¿Por qué? Pues no lo sé y siempre he pensado que vale más no preguntarlo.

Toda esta introducción para decirles que llevo cerca de dos meses encontrando sospechosas plumas correteando por mi casa, que no es el jardín de mi tía sino un lugar serio en donde no es previsible encontrar plumas por ahí tiradas. Al principio pensé en las palomas que de mañana vienen a posarse en el alfeizar de mi ventana. Frase bella donde las haya, y mentira canalla al sostenella y no matizalla cuando ves el pasillo. Le encargué a Curra una vigilancia feroz, en especial en la terraza, y llegué a la conclusión de que las palomas madrileñas no tenían culpa de nada, después de un reporting preciso en el que se incluían grabaciones de vídeo.

Después le tocó el turno a los cojines. Sorprendí a uno de ellos con media plumilla fuera y aunque me pareció demasiado grande para lo que se estilaba en los desfiles del salón, convinimos en pasar revista detallada a todos, uno por uno, en una búsqueda del agujero perdido más prusiana que proustiana sin encontrar nada a cambio, y eso que lo mismo daba un roto que un descosido…

Esta mañana, me secaba el pelo descalza. Para esculpir de forma precisa el pelo de la zona occipital de mi cabeza y darle la correcta forma y textura a la caída de la incipiente melena, o sea, mientras me secaba el colodrillo, he bajado la cabeza y he comprendido con estupor quién perdía la pluma por el pasillo de mi casa. Si digo que no me lo podía creer va a quedar demasiado pijo, así que lo diré en francés al estilo de Luis Sánchez Pollack: Ce n’est pas possiiiiiiiiiiible.

He corregido rápidamente la carta a los Reyes Magos. Y en el entretanto, les aseguro que esa zapatilla ya no arrulla más.

Idiomas (II)

Hace no demasiado tiempo, por razones de trabajo tenía que ir con cierta frecuencia a Munich. Les diré, antes de continuar con esta historieta, que nunca he llegado a comprender muy bien cómo los alemanes logran entenderse entre ellos. Mi secretaria, una alemana realmente encantadora que hablaba francés, inglés, italiano y algo de español, me fascinaba cuando hablaba con su madre por teléfono. Y cuando colgaba, yo siempre le hacía la misma pregunta:

– ¿Tú crees que ha entendido algo de lo que le has dicho, Daniela? – Y me contestaba, paciente: «mais bien sûr, Carmen, ne t’inquietes pas«.

Cuando tenía que hacer noche siempre iba al mismo hotel, un establecimiento pequeño, pulcro y muy serio cerca de las oficinas. Un domingo lluvioso de invierno aterricé en Munich. El vuelo había cogido algo de retraso y ya era medianoche cuando llegué al hotel. Munich no es una ciudad triste, y además ese barrio era muy céntrico. Y para mí que un poco disipado, por decirlo fino. Pagué el taxi y entré en la recepción. «Buenas noches, tengo una reserva«.

Herr recepcionista me miró. No esperamos a nadie ya, no puede tener una reserva. Un listo, pensé. «Mire el ordenador, Jimenez con J«. No se inmutó: a esas horas ya no hay fichas, no hay ninguna reserva para esta noche, Madam. Saqué los papeles de Daniela y se los di. Buscó en el ordenador, con fastidio. «Su reserva es para mañana, Frau Jimenez, tendrá que buscar otro hotel». Antes de pensar ni siquiera en discutir, mucho menos salir de nuevo bajo la lluvia a aquellas horas y por aquel barrio lleno de cartelitos rojos de neón, saqué el teléfono y sin ningún miramiento, llamé a Daniela.

– Daniela, arréglalo por favor. Entre alemanes os entenderéis mejor las amenazas.

Al día siguiente, el tipo antipático aquel ya no estaba. Mientras hacía el check out, Frau Gobernanta empezó a parlotear explicaciones. Una confusión. Herr Direktor quería disculparse, porque la empresa y yo misma éramos clientes preferentes del hotel.

Primero recibí una carta muy larga en alemán a mi casa en Madrid. Después, por correo electrónico, algo que parecía una encuesta, aunque no sé qué me preguntaban. Cada quince días, más o menos, recibo en el buzón folletos del hotel aquel y en la bandeja de entrada de mi mail de la oficina ofertas, supongo que arrebatadoras.

Aunque ya no es mi secretaria, llamé a Daniela para que me dijera cuál era el botón del mail para darme de baja. Me parecía absurdo figurar entre los clientes de aquel hotel porque si algún día vuelvo a Munich no iré a ese hotel, porque no iré a ese barrio.

Hice click.

Sigo siendo cliente preferente del hotel.

Idiomas (I)

Hace poco fui con un amigo a sacar dinero de un cajero a una sucursal de la BBK que hay cerca de mi oficina. Metí la tarjeta y el cajero me ofreció el idioma en el que quería hablar, lo típico: castellano, catalá, euskera, english, français, etc. Por hacer una gracia, le di al euskera. Me pidió el PIN.  **** botón verde. A continuación, mi amigo y yo nos quedamos perplejos:

– Santo cielo, Carmen ¿Qué has hecho?

– Una tontería. 

– ¿No viene «agur»?

– No viene…

Perdí la tarjeta. 

Casual Friday

Hoy ha entrado en mi despacho un tipo que vestía un pantalón vaquero devastado por algo que no podía ser una lavadora. Un pespunte rojo en arabesco sobrevivía a duras penas por las costuras deshilachadas de unos bolsillos vencidos y una bragueta apretada. Llevaba una camisa negra con botones blancos en el cuello, a juego con un cinturón de hebilla plateada, y una blazer de tres botones en pana marrón oscuro.

Calzaba unos mocasines sin antifaz de color camel con extra punteras ennegrecidas , no estoy muy segura si como consecuencia de un diseño confuso o de un betún confundido. Imposible describirles el dibujo de sus calcetines, porque desde luego no le he invitado a sentarse, pero los he supuesto negros, de lycra y cortos.

Llevaba un tupé prominente y no se había afeitado.

Es imposible que esa mezcla sea casual.

De Picnic en El Escorial

Un Mundo para CurraAyer estuve de Picnic. He de decir que no es mi plan favorito para ir comer pero mis amigos son muy campestres y muy tolerantes con las hormigas. Tampoco es mi plan favorito para ir al campo, pero mis amigos son muy apañados y les gusta optimizar actividades. Y señores, a mí me falta voluntad para negarme y personalidad para que me sigan en un plan alternativo. Así es que ayer estuve de pic-nic en El Escorial.

Lo peor de los picnics es que nunca sé ni qué ponerme ni qué llevar. Ese nunca tal vez les lleve a pensar que voy de picnic todos los días, pero no es así: el último al que me llevaron fue en el mes de marzo pasado, en El Pardo. Y claro, dos picnics en el mismo año necesitan un momentillo de reflexión, aunque sea mundana.

Yo les he traído una foto para que vean el nivel en el que me muevo. No es Pipa Middleton, sino mi amiga Begoña. Si amplían la foto verán a su izquierda un paquete de All Bran, pero no se lo tengan en cuenta. Espero que ahora comprendan el porqué de mis desvelos. ¿Cómo competir con este campestre chic? ¿un vintage desenfadado? ¿un sport cool? ¿un british concienzudo? ¿un casual falsamente despreocupado? ¡ Yo los sábados tengo la capacidad de decisión bajo mínimos, bastante con que acerté a llevar unos calcetines a juego con los zapatos!.

Sobre el menú, qué decirles: empanadas, tortillas, ensaladas, queso, lomo… todo un despliegue de medios. En cuanto a mí… Verán: no me dio tiempo de pasarme por Mallorca para comprar algo, así que paré en una gasolinera y llevé cuatro cervezas. No piensen nada que ya lo digo yo:  quedó muy escueto por mi parte.

Y encima se vino Curra, así es que cogí un tupper para que pudiera beber agua. ¿Y saben de lo que me enteré en el Picnic? Pues que hay unas botellas especiales con bebedero incorporado para mascotas. Anda. Ya lo he encargado por internet: 2,99 €, una cosa que se llama trixie wasserspender. Yo no estoy dispuesta a ir al próximo picnic con un simple perro pudiendo llevar una mascota. ¡ Acabáramos!.

Para BdlH

Raquetas naturales y contundientes

Este verano, la novedad del poblachón han sido las pistas de pádel, además de las clases de iniciación y mejora del juego. A esto último sólo se apuntaron unos cuantos que luego nos iban diciendo a los demás las cosas que debíamos hacer y que, naturalmente, no hacemos. Con naturalmente quiero decir de manera natural, no que no queramos hacerlas.

Estas pistas han hecho las delicias de los naturales y de los forasteros. Se nota quién es quién porque ellos van en chándal y nosotros con pantalones de piscina; ellos con una camiseta nueva de la selección o del Barça, y nosotros con cualquier camiseta vieja que encontremos por casa. Si les explico el Dress code es para que comprendan vds. que al pádel, en el poblachón, se va muy de trapillo. Por lo demás, sudar, sudamos lo mismo, y correr, corremos parecido. En cuanto a las habilidades en el juego, depende de si la clase es de iniciación, de mejora, o interpretada y retransmitida por uno de iniciación o por uno de mejora. 

Las pistas están construidas allí donde antes había Nada, entre las pistas de tenis y la de frontón.  Ah, las pistas de tenis, qué tiempos. Nosotros estuvimos unas cuantas temporadas imaginando que jugábamos al tenis. Así pasábamos un par de horas cada tarde, raqueta en mano correteando en pos de la pelota. A veces conseguíamos darla, y la golpeábamos de drive naturalmente como si cerráramos una puerta. O como si usáramos un matamoscas para los smash, una sartén para el globo o un bate de béisbol para el revés a dos manos. Y a veces la bola entraba, otras no. A veces se iba a la red y otras más allá de la Nada, o sea, a los matojos. Era todo muy aleatorio, la verdad. Perdimos muchas bolas en los matojos, porque no sé si saben vds que hay matojos que pinchan. Y más allá de Nada, mejor no internarse en los matojos, especialmente si no se tiene la prevención de jugar al tenis con  leotardos, de manera natural.

Mi amiga Merche se rompió en una ocasión un diente con la raqueta, uno de los incisivos superiores. No sé muy bien lo que hizo – y mucho menos lo que quería hacer -, pero el caso es que dijo «ay» y cuando se dio la vuelta y se quitó la mano de la cara ya tenía un diente menos. Tratamos de tranquilizarla diciéndole que no se le notaba mucho, pero optamos enseguida por acompañarla a un dentista de urgencia, porque, francamente, si en vez de un polo rosa llevara puesto una bata negra hubiera parecido la bruja Averías. Y también porque al día siguiente nos íbamos a Sicilia y temimos que se tirara de cabeza al cráter del Etna, a poco que se viera la sonrisa en cualquier escaparate de Catania. Fue espeluznante sólo pensarlo: el volcán activo, humeante, azufrado, y la pobre Merchitas ceceando a causa del diente incisivo, entre aullidos pavorosos a causa de la lava ardiente, en un aquelarre a causa del drive inoportuno.

Se preguntarán vds cómo hemos llegado hasta aquí con estas tonterías. Me sería muy difícil de explicar si no fuera porque  hoy me he pegado un raquetazo de mucho cuidado en la nariz, no sé cómo. Y es que una raqueta, sea de pádel o de tenis, no deja de ser un objeto contundente que hay que usar con mucha prevención y muy naturalmente.

Respuestas

En los tiempos de Madame Bovary – aunque para lo que voy a contar es como si digo en los tiempos de mi abuela – la gente se carteaba. Raro verbo que hoy no debe de usar ningún mozo con menos de 20 años – que para lo que voy a contar es como si digo menor de 50. 

Y es que no hace tanto, era un trabajo responder a una comunicación. Figúrense: busca el papel, coge un boli que pinte, escribe, equivócate, rompe el papel, empieza de nuevo, termina, relee, dobla el papel, mételo en un sobre, chupa el sobre para cerrarlo – con lo mal que sabe -, busca un sello, chúpalo para pegarlo – con lo mal que sabe -, levántate, vuelve a colocar la silla en su sitio, busca las llaves de casa, cógelas, sal, acércate a un buzón, mete el sobre en la ranura y reza para que llegue. Agotador.

Sin embargo, no entiendo bien por qué hoy lo normal es mandar un e-mail y tener la sensación de que caen en un agujero negro. Y fíjense que es fácil contestar: según estás sentado, 1 clic de responder, dos pulsaciones sobre el teclado (ok), o cuatro (vale), u ocho si eres militar (recibido), otro clic de enviar, y listo. A ver, tampoco vayamos a pedir 7 pulsaciones más para decir «gracias«, porque eso es entrar en ineficiencias inaceptables. Aunque realmente, si se fijan, es más barato poner sólo «gracias» en vez de «ok, recibido» : te ahorras cinco pulsaciones, una vez neteado.

El asunto tiene mala solución, porque ya ven vds que casi nadie echa cuentas ni se preocupa por la productividad. Y tampoco va mucho mejor si vd. concede un crédito, no crea, porque vengo observando que poner «te agradezco por anticipado tu respuesta» no te garantiza nada.  Yo lo he probado bastante pero hoy he tenido que enviar el siguiente texto: «He mandado el informe sin tu respuesta. Ya te di las gracias hace dos semanas, pero no te agobies: te perdono la deuda«.

¿Les ha gustado? Pues me lo acabo de inventar. Les agradezco por anticipado que me disculpen.

Centrifugados

Teníamos en el poblachón una lavadora a la que una hermana mía le llamaba «la bomba», por sus centrifugados explosivos. Digamos que la lavadora aquella tenía unas extraordinarias dosis de motivación, y se entregaba con toda el alma que pudieran tener sus motores a la muy concienzuda tarea de lavar la ropa, escurrirla y dejarla sin el menor recuerdo de agua y de jabón. Es verdad que lo que salía de allí, después de una de sus portentosas sesiones de lavado, eran guiñapos desfallecidos a los que después teníamos que reanimar nosotras con unas también extraordinarias dosis de motivación en el momento del planchado, entregándonos en cuerpo y alma a camisas de mangas retorcidas y pantalones que no sentían las perneras después de haber estado metidos en aquel tambor endemoniado.

En una ocasión, mi hermana y yo disfrutábamos de una tranquila tarde de domingo mientras la lavadora hacía una performance de las suyas en el tendedero. Oímos de pronto un estruendo, un «braouuuum» terrible. La lavadora, durante un centrifugado más feroz de lo habitual, se había desplazado medio metro desde su posición inicial. De aquella se quedó grogui y llamamos a un técnico.

Es una lavadora estupenda. Ya no se hacen lavadoras así. Pero tienen que cuidar ustedes cómo la cargan. No la han llenado del todo, y sin embargo han metido dos toallas grandes. Las toallas cogen mucho agua y, claro, en un latigazo del centrifugado, las toallas han desplazado la lavadora. 

La temperatura en Madrid es buena todavía y permite las ventanas abiertas. Un ruido atronador me ha hecho levantarme de la mesa en donde ordeno mis papeles de la semana. En el tendedero, la lavadora se sacude como una desquiciada y contagia sus espasmos a todo lo que tiene a su alrededor: una bolsa de patatas, la tabla de la plancha, el pienso de Curra, unos barreños, mientras un ruido similar al de helicópteros de combate convierten el patio de mi casa en una escena de Apocalypse Now. Sólo me ha faltado poner la Cabalgata de las Walkirias como música de fondo.

Qué desasosiego. 

Pero, oiga ¿Y lo que se aprende de las lavadoras? Ya ve: nada mejor que estar hasta arriba de trabajo. Porque como tengas poquita tarea y además se te haga pesada, puedes desplazarte más de medio metro de tu sitio con gran estruendo y sacudiendo a todos los que tengas a tu alrededor.

Laisse pisser le mérinos

Esta es una expresión que he aprendido hoy. No la conocía. Las circunstancias por las cuales este dicho francés ha llegado a mis bienaventurados oidos no se las voy a contar porque para eso necesitaría yo mucho tiempo y vds mucha paciencia. Pero les aseguro que no trabajo en una granja. Ni siquiera en una selva…

– Yo no sé ya qué nos queda por entregar. Les hemos dado todo tipo de información sobre el asunto.

– Ya, ya… Mira, yo he preguntado a Pepito, que tiene experiencia con ese departamento y me ha dicho textualmente “laisse pisser le mérinos”.

– ¿Cómo has dicho?

Laisse pisser le mérinos

–  ¿Laisse qué?

Pisser le merinos

– ¿ Pisser?

– Sí, pisser, pisser.

– No sé si te entiendo bien ¿Que deje que haga pis quién?

– Le “mérinos”… creo que es un tipo de oveja.

– ¿La oveja merina será?

– Sí, no sé, será la oveja merina. Laisse pisser le mérinos me ha dicho.

– ¿Que deje a la oveja merina que haga pis?

– Sí, sí, que haga pis la merina, que haga pis la merina.

– Bueno, pues nada, que haga pis la merina, no seré yo quien se lo impida…

Así que he dedicado 10 minutos de mi tarde del lunes a aprender que una oveja no puede hacer pis mientras camina, y por eso los pastores deben parar de vez en cuando para que las pobres se alivien y puedan seguir caminando. También he aprendido que a las vacas les pasa algo parecido.

Y del resto de animales no he querido saber nada, la clase de primero de ganadería me ha parecido más que suficiente por hoy. Cuando llegue a tercero de toro de lidia, les prometo volver sobre el asunto.