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Acerca de Cjimenez

Reirse es buenísimo para el cutis. Madrileña, madridista y algo francófila. Los emoticonos son el horror, el horror.

Esa voz del coche

Todo lo arregla sacándome a la Castellana y llevándome hasta la Plaza de San Juan de la Cruz. Luego allí ya empieza a orientarse, pero no mucho. Y eso por no hablar de la alergia que le produce la M-30.

– Gire a la derecha y luego gire a la derecha y en la primera rotonda tome la segunda salida.

O sea, a la Castellana. A ver, guapina, que para salir a la A-6 voy mejor por otro sitio que me sé yo. Recalcula.

– Tuerza a la derecha y luego gire a la izquierda

Ya, ya, tú lo que quieres es que dé la vuelta. Que no, que no voy a coger la Castellana para salir a la A-6.

– Cuando llegue a la rotonda, tome la primera salida a la derecha y, luego, a 100 metros, gire a la izquierda.

No me lo puedo creer. Estoy casi en Puerta de Hierro y todavía sigues intentando que vuelva a la Castellana. ¡Que no!

Dentro de dos kilómetros, tome la salida 8, y a doscientos metros en la rotonda, tome la tercera salida, y, siga hasta girar a la izquierda…

Pero a ver, que ya estoy en la Carretera de la Coruña, que no voy a volver a la Castellana te pongas como te pongas.

Dentro de un kilómetro tuerza a la derecha y, luego, gire a la izquierda y, luego, gire más a la izquierda hasta dar la vuelta.

Dentro de un kilómetro ya estoy llegando a Aravaca, que es la salida 10, que lo he mirado, que no me fío de ti ni un pelo. ¿En serio quieres que vuelva a la Castellana?

– Ha llegado a su destino. 

No es posible, pero si estoy en medio de la nada.

– Ha llegado a su destino y no se hable más. Mendruga.

 

Un pobre árbol

Esta mañana, al sacar al perro, una cuadrilla de [pongan aquí lo que se les ocurra] estaba podando un árbol en el parque.

Un hombre subido a una grúa y armado de una sierra mecánica cortaba ramas por aquí y por allá.

Más que podar el árbol, parecía mondarlo.

Por la tarde me he acercado con la perra al mismo lugar del parque, a ver qué tal le había quedado el corte de pelo al pobre árbol. No he podido distinguirlo del resto de los árboles greñudos.

Para mí que, corta que te corta, al final lo ha talado. El hueco era desde luego muy sospechoso.

Podar, mondar, pelar y al final talar.

Qué catástrofe.

Una pandilla poco jugadora

El sábado pasado quedamos a comer todos los amigos del poblachón, por aquello de la Navidad. Son costumbres que no se cumplen todos los años, y aun así no crean ustedes que logramos juntarnos siempre todos. Ya se sabe que son fechas complicadas, todo el mundo celebrando lo que se puede celebrar en el mes de marzo sin tantas apreturas de fechas.

Este año falté yo, entre otros. Y es que se me olvidó. Sí, se me fue de la cabeza completamente. Y eso que se lo había recordado a todos un par de semanas antes, un día que no había que felicitar a nadie a pesar de ser la Inmaculada. Pero se me fue de la cabeza. A eso de las tres me llamó Merchitas, pero yo tenía el móvil lejos y no lo oí. Me eché la siesta y cuando me desperté, vi la llamada perdida.

– Hola, Merchitas
– Hola, Carmen ¿Te pasa algo?
– No… me has llamado tú. ¡Eres un poco grosera!

Miren, lo peor no fue el olvido, sino que el fenómeno era inexplicable. Ni se me ocurrió inventarme alguna excusa, no sé, tipo «me han secuestrado unos marcianos y hasta que mi madre no les ha dado el aguinaldo no me han querido soltar», o «me ha llamado Rajoy a la Moncloa para organizar el fusilamiento de Montoro». Algo creíble, algo posible, algo viable. En fin, que llegué a las copas, algo es algo, mientras los comentarios de mis amigos basculaban entre la incredulidad, el cachondeo y alguna referencia a la edad muy poco agradable.

La cuestión es que con el dinero sobrante de la comida quedaron en comprar un décimo de lotería, o de los euromillones o de Primitiva. Pero no todos fuimos a la comida. Por lo tanto, no todos pusimos dinero. Así es que cuando hoy han puesto la foto del boleto en el whasap del grupo, ha cundido el desasosiego. Porque, a ver ¿Y si toca? No va a tocar, ya lo sé, pero ¿y si toca? ¿Qué hacemos? ¿Unos amigos riquísimos y otros pobrísimos? ¿Unos comerán angulas en Navidad y otros morcilla? ¿Unos irán de vacaciones a Laponia y otros a Murcia? ¿Unos tendrán casoplones y otros pisitos normales? Eso no puede ser, se destruiría nuestra amistad. Surgirían las envidias, las intrigas y las luchas, y el poblachón se convertiría en una especie de Falcon Crest sin viñedos.

Así es que Carolo ha abierto el fuego: «compro un euromillón de 2,50, lo comparto aquí y participo en el vuestro». Ha seguido Carlos, «y yo». Ha seguido Susana, y luego Angeles, y luego Ana, y por medio yo, que no había puesto dinero. Y de pronto, empiezan a surgir las dudas. Ustedes no saben lo complicado que es comprar estas cosas. Que si hay un sorteo y luego el número vale para otro día, que si el día elegido no se puede comprar si no se compran los anteriores, que si yo voy mañana que hoy ando mal de tiempo, que si yo he dado 10 euros y la lotera me ha dado esto (foto), que si no me dejan entrar al perro donde la lotería, que si se puede compulsar el boleto, que por Internet es cómodo pero te enteras menos y peor, que yo he cogido Primitiva y que vale ¿no?, que compres en un comercio de barrio con intermediarios, que me dejes, que para qué quieres compulsar, que qué hay que hacer, que estas son las condiciones legales y las escribo porque estoy precisamente defendiendo un caso similar, que ya no vuelvo a ir porque no me dejan entrar al perro, que qué es compulsar, y así todo, porque nadie tenía ni idea. En el furor del momento «ludopatía para dummies», han circulado varios pantallazos con las instrucciones del euromillón que por supuesto nadie se ha leído. Todo para llegar a la conclusión de que somos una pandilla poco jugadora.

En fin, el día 5 seguiremos siendo igual de ricos, casi con seguridad. Y si toca algo será poco, y en ese caso lo normal será que nos lo bebamos y, también casi con seguridad, sigamos sin saber muy bien a qué coño hemos jugado.

Ha llegado el 2018

Desde 2010 llevo dando la tabarra en este blog. Así es que hoy entro en el octavo año de tabarra. Una tabarra cada vez menos rigurosa: en este último año sólo he escrito 50 post. Parecía que en 2016 hubiera tocado fondo, con 68 entradas escritas, pero se ve que siempre se puede escarbar.

¿Pasará lo mismo en 2018? ¿Seguirán menguando las actualizaciones o conseguiré perseverar en los buenos propósitos de escribir más a menudo? Quién sabe.

Tal vez si existiera el futuro, concreta e individualmente, como algo que un cerebro superior pudiera discernir, el pasado no sería tan seductor: sus exigencias estarían equilibradas por las del futuro. Entonces las personas podrían sentarse a horcajadas en el centro del balancín cuando examinaran este o aquel objeto. A lo mejor sería divertido.

Pero el futuro carece de semejante realidad (como la poseen el pasado que nos representamos mentalmente o el presente que percibimos); el futuro no es más que una figura retórica, un espectro del pensamiento.

Nabokov, Cosas transparentes

Que tengan ustedes un feliz 2018.

 

Mi cuarto a espadas: Kovacic y Zidane

escudo-futbol-madridDos días antes del clásico, alguien en Tuiter preguntó por la alineación ideal para el Madrid-Barça. Pensé en ello un ratillo de camino al trabajo. Contando con los dedos, para no pasarme de once, llegué a Keylor, por supuesto; Varane, porque está muy bien de todo; Ramos, porque a alguien tendrá el árbitro que sacar amarilla; Nacho, porque contribuye a que el corazón mantenga un ritmo humano cuando vienen atacando; Marcelo, porque hay que darle una oportunidad al alocamiento; Modric, porque es el único esencial; Cristiano, porque te resuelve un partido (o varios); Asensio, que está de dulce y… y Kovacic. Los dos que faltan hasta once es el resto sobre el que realmente pivota la discusión, pero me da igual porque son dioses o demonios según el día que tengan.

Kovacic me encanta, me gusta mucho verle jugar. Me parece un futbolista descarado, verticalísimo, muy buen conductor, y que ocupa campo. Quizá es un jugador de un solo tiempo, porque se vacía siempre que sale, pero el rato que está fresco aporta alegría y ritmo, y rompe el juego en ese sitio en el que empieza la emoción, ese sitio en el que casi siempre los jugadores se descansan magreando la pelota y adornándose de cara a la renovación. Tú no esperas de Kovacic una ruleta, un taconazo o un cañito, sino que llegue al área por lo derecho, sin tanto preámbulo y tantas zarandajas. Kovacic es una potencia fina, de violonchelo, no como la de Casemiro, que es una potencia agreste, de zambomba.

Ahora parece que Kovacic ha perdido el clásico él solito, todo por estar pendiente de no sé quién. Ahora resulta que Kovacic no tuvo personalidad para despegarse de una estrella que, cuando Rakitic empezó a trotar, estaba orbitando por Saturno. Nadie pregunta, sin embargo, dónde estaba Casemiro, o dónde estaba Carvajal o Kroos, o Marcelo. En general, dónde estaban todos cuando se lió el primer gol. Dónde, y con esto me refiero a qué parte de la Luna.

Y de los palos a Kovacic a los palos a Zidane, el otro tuerto. Hoy es un día felicísimo para los ventajistas que le exigen que se ponga el mono de trabajo cuando lleva esmoquin y viceversa. Y sí, es posible que Zidane se equivocara en la alineación, pero no creo que su error esté en poner a Kovacic o no poner a Isco. Quizá el error es seguir confiando en un Casemiro con flojera, un Kroos deprimido, o un Benzema cuyo problema no es que no le entendamos, sino que él no se explica. ¿Que no sacó a Isco y Asensio de salida? Pues no, pero me parece más criticable lo que tarda este hombre en hacer los cambios y corregir rápidamente las cosas.

No sabremos nunca cuál era el plan, porque a Zidane le sobra elegancia como para venir a dar a explicaciones sobre lo que ya no tiene remedio. Miren, yo creo que el clásico se perdió en esa patada al aire  de Cristiano o en ese poste de Benzema en el primer tiempo, por irme a cosas que se recuerdan bien. El clásico se perdió al no marcar en la primera mitad, que para la segunda ya tenía Zidane preparado a Asensio, Bale e Isco. Yo creo que Zidane no se acobardó, sino todo lo contrario: creo que buscaba la ventaja en la primera parte y la goleada en la segunda. ¿Ataque de entrenador? Sin duda. Pero de un entrenador que buscaba salir por la puerta grande, aunque luego, es verdad, hayamos salido todos por la  enfermería.

Catorce puntos y un partido menos. Yo confío, no me queda otra. Hala Madrid, y nada más.

Perder el encanto

Ha salido el nuevo iMac Pro. Grande, bello, negro.

¿Saben? Las mejores ideas de un diseñador se harán realidad con este Mac. Esa es la promesa.

Y luego que el ordenador, como casi todo lo que hace Apple (quizá con la única excepción de ese engendro que es el Apple Watch), es realmente bonito.

Atractivo, evocador, majestuoso. Grande, bello, negro.

Después de la promesa, después de la magnífica foto, después de la bonita presentación en la web; después… después he seguido leyendo.

– Tiene 4 núcleos y un turbo boost de hasta 4 GHz, que permiten combinar la flexibilidad del procesamiento multinúcleo con una increíble potencia en procesos monohilo. Lo tengo yo dicho cientos de veces: sin monohilo y sin Almax ya no se puede vivir.

– Tiene unas nuevas instrucciones vectoriales AVX-512 y una arquitectura de caché rediseñada. El rediseño es la clave. Porque el diseño normal al final al final perturba.

– Con hasta 18 núcleos y tecnología Hyper-Threading, el iMac Pro es capaz de crear y renderizar cualquier sistema de partículas. Y que las partículas renderizadas seguro que ahorran costes.

– Tiene Radeon ProVega 56 o 64, hasta 11 teraflops de precisión simple y hasta 22 teraflops de semiprecisión. Ya lo decía mi abuela: quedarse corto de teraflops es una lata.

– Tiene memoria ECC DDR4 a 2.666 MHz. Humm… yo hubiera puesto DDR2 , que es más Star Wars y hubiera redondeado los MHz, porque tanto 6 le da un aire demoníaco que no merece.

– Además lleva como novedad el T2 de Apple, la segunda generación de un chip de silicio que mejora la seguridad del iMac Pro gracias al coprocesador Secure Enclave. El silicio además ayudará para que haya menos ruido. Por no hablar de la disciplina…

– Conecta dos sistemas RAID y dos monitores 5K a los cuatro puertos Thunderbolt 3. Los sistemas RAID ya los echaba yo de menos en un Nokia que tuve, con que figúrense la alegría que me da leerlo.

– Y la pantalla de 27 pulgadas, con 500 nits de brillo y 14,7 millones de píxeles, hay que sumarle una gama cromática P3. ¿Ven por qué hay que poner DDR2? Pues porque el P3 evoca a C3PO y luego en Amazón es más fácil encontrar un Thunderbolt si lo buscas por Chewaka.

No he querido mirar el precio. Para qué, me he dicho, si es grande, bello, negro… Para qué, me he dicho, seguir perdiendo el encanto…

Ficciones, de Borges

Ficciones - BorgesSe acaba el año y con él una nueva temporada del club de Lectura, que no sé yo si será la última. Si es así, se habrá acabado por todo lo alto: con un autor de fuste que trae de serie la correspondiente tortura. Pero yo esta vez me he librado, o mejor dicho, he librado.

Y es que me he librado porque no he leído el libro. Pues no, no he podido. No por falta de tiempo, no. No lo he leído porque Borges es un coñazo. Algo nivel Cortázar, pero a lo bestia. Conste que lo he intentado, no crean. Lo he intentado, pero no he podido.

Verán, Ficciones es un libro de cuentos y, aunque no venía con libro de instrucciones (rollo Rayuela), empecé como es lógico por el primero de ellos, que se llama (agárrense) Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, supongo que para ir entrando en materia. Bueno, pues yo no soy capaz de explicarles de qué va. Diez páginas después de empezar seguía intentando entender qué coño quería contarme este señor. Pensar en empezarlo de nuevo para ver si me enteraba estaba hors de question, así es que, como es un libro de cuentos, me dije bueno, pues me salto este y me voy al siguiente. Y me fui al segundo cuento, que se llama Pierre Menard, autor del Quijote y que empieza así:

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por Madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores –si bien éstos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria… Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

Bien. Podría haberles copiado el principio de lo de Tlör, pero prefiero que hagan ustedes el trabajo por su cuenta si tienen interés. Yo sólo sé que, llegada a este punto, me dije “que se lea a este tío su madre”, cerré el libro y hasta hoy, que se lo estoy contando.

No tengo ningún remordimiento y ninguna vergüenza por decir que Borges me parece un pelma, que yo no he sido capaz de leerme nada suyo y que cada vez que me lo he cruzado he pensado lo mismo: pretencioso, retorcido, incomprensible, pesado y cargante. Es… denso, Borges es denso. Y un poco intensito, eso también. ¿Les parece que es sacrílego lo que digo? Bueno, pues por ahí arriba también digo que a Cortázar no hay quien se lo dispare. Ahora llévenme a la hoguera: prefiero la pira que tenerme que leer algo de este autor.

Dice el prólogo que Ficciones es el libro más reconocido de Borges. Me lo creo. A mí no se me despinta ya en la vida. Y además a partir de ahora, si alguien me cita a Borges, le daré las gracias por la traducción y un abrazo por el resumen.

En fin, hace unos meses así hice un ejercicio literario que se llamaba “Yo versioné a Borges sin respeto”. Ya no voy a molestarme más en versionarlo, porque no me molestaré más en entenderlo. Me doy de baja de Borges definitivamente.

Como siempre, pueden leer a mis compañeros del club en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo año será otro año.

 

 

 

 

Berta Isla, de Javier Marías

Berta IslaDespués de la decepción de los dos últimos libros de Javier Marías, en especial del último (del que hablé aquí y que para colmo se titulaba Así empieza lo malo), había llegado a temer que su escritura se hubiera echado a perder. No crean que es algo imposible en literatura, porque no siempre el talento mejora con el tiempo, y ya no digamos con las ventas. Pero mi fe en el autor de Tu rostro mañana es inquebrantable, así es que corrí a comprar su última novela, Berta Isla, que terminé de leer hace un par de semanas y sobre la que tenía pendiente este post. Y ya puedo respirar: mi querido y admirado Javier Marías ha vuelto.

Berta Isla es una novela muy de Marías, muy reconocible. Y no sólo porque te encuentras con Tupra y con el Profesor Wheeler, personajes suyos difíciles de olvidar. No sólo. También te encuentras con unos protagonistas profundos y atormentados, inteligentes, elegantes, con vidas en las que la palabra importa, hechos que no se pueden decir y no se dicen, situaciones que no pueden hacerse públicas y no se hacen, pasajes que no se pueden imaginar, aunque se imaginan. Y sobre todo te encuentras con su magnífica escritura.

Berta Isla es la mujer de Tomas Nevinson, su pareja desde la juventud. Tomas, de padres inglés y española, además de hablar perfectamente varios idiomas tiene un raro don para la imitación, y el destino le lleva a cruzarse con los servicios secretos británicos, que lo reclutan. Entonces empieza a vivir una doble vida, una de las cuales necesariamente debe ocultar. La trama se rompe cuando Nevinson desaparece. La ocultación en un lado y en el otro la certeza del no saber, la lealtad como obligación y como elección de vida, la desaparición sin muerte cierta que lleva al que espera al deseo y también a la inquietud de la reaparición, son ideas que van enhebrándose sin que el pulso de la narración se vea comprometido.

Marías cambia de voz de manera magistral (y encima nos lo explica antes de hacerlo), y así relata en tercera persona o nos deja oír a Berta mientras nos explica la historia, y no sabría decir yo cuál de las dos voces es más creíble. Él abre el mundo para que lo veas, y luego deja hablar a Berta para que la interpeles, pero sobre todo para que la creas.

En fin, es una novela formidable. Marías sitúa la historia entre los años 60 y 90, y se agradece. Tal como le leí decir en una entrevista, no puede imaginarse esta historia en el mundo actual, en donde un sesentón en bermudas le hace una foto con el móvil a un filete en un restaurante, o algo así venía a decir.  La historia de Berta Isla no es creíble en la realidad líquida en la que vivimos y por eso nos lleva a un pasado próximo, al pasado de Tu rostro mañana. O sea, a otro mundo: el mundo literario de Marías.

Léanlo.

Objetos perdidos

Hace un montón de años me dejé una agenda olvidada en un banco en París. No era una agenda corriente, sino una de sobremesa en una maravillosa piel de cerdo que me había regalado un amigo unas temporadas antes y a la que yo le compraba el recambio cada año. Recuerdo el banco perfectamente, en la Avenida de Wagram a unos 50 metros de la Place de l’Etoile, y también que yo estaba esperando allí sentada a que vinieran a buscarme para ir al aeropuerto. Cuando me di cuenta del olvido era ya demasiado tarde para volver, yo tenía un avión esperando. Así que me sobrevino pena y fastidio por el  incidente, claro, pero lo dejé estar, qué le iba a hacer.

Unas semanas más tarde, cuando ya se me había pasado el disgusto y había empezado a usar otra agenda de publicidad cualquiera, me llegó una cartita de la Oficina de Objetos Perdidos de París. No recuerdo el nombre del servicio, aunque sí que se llamaba «de objetos encontrados», sin duda mucho más preciso para firmar aquella carta. Y es que chère madame, hemos encontrado su agenda, tiene usted este plazo para recogerla en esta dirección, bla, bla, bla, si no puede venir personalmente puede mandatar a alguien firmando este documentito adjunto, bla, bla, bla. Naturalmente, mi nombre y dirección figuraban en la agenda, pero lo que me dejó pasmada es que me escribieran a Madrid. Desde entonces siempre he tenido mucha fe en la República Francesa, o como mínimo en sus oficinas de objetos perdidos (y encontrados).

Viene esto a cuento por una noticia que oí ayer en la radio. Hablaban sobre la Oficina de Objetos Perdidos del Metro de Madrid, no sé si por un cambio o una nueva inauguración, y comentaban las cosas raras que se habían encontrado, entre ellas una dentadura postiza, un microondas y una silla de ruedas. Me tendrán que reconocer que en los tres casos hay que hacer algún esfuerzo para imaginar cómo se perdieron. Por ejemplo, la dentadura postiza podría no pertenecer al que la perdió, y ser de su abuelo muerto; o tal vez era de un protésico dental que se puso a hacer un inventario en el metro y se le cayó una pieza entera debajo del asiento y no la vio al recoger el material. La silla de ruedas puede tener una explicación parecida: lo más probable es que no perteneciera al paciente que la necesitaba, y el que la perdió era un descuidado muy descuidado; o tal vez la silla la habían robado unos gamberros que, después de divertirse con ella, se cansaron y la abandonaron. ¿Y el microondas? Esta es la más fácil: el que lo perdió venía de repararlo, lo dejó en el asiento, se puso a leer, cuando llegó su estación se levantó pensando en la trama de la novela, se le fue el santo al cielo, se bajó del vagón y la siguiente escena es cuando calienta la leche en un cazo.

No sé qué tal funcionará la Oficina de Objetos Perdidos del Metro de Madrid, pero dudo que sea tan eficiente como la parisina. Aunque también es verdad que nosotros no se lo ponemos nada fácil. Mira que no ponerle el nombre y la dirección a la dentadura…

Acimut

Existe una expresión en francés muy bonita que es «tout azimut», o también «tous azimuts». Es una expresión relativamente frecuente, y en cuanto la oyes comprendes su significado por el contexto: significa que lo que te dicen es en total, todo a la vez o todo mezclado, y que individualizar en ese momento no tiene importancia. Por ejemplo «las ventas de la compañía son 10 millones, tout azimut», quiere decir que las ventas de todas las líneas de negocio (o de todos los tipos de clientes, o de todos los vendedores, o lo que sea) suman en total 10 millones. También usan los franceses para esto la expresión «tout confondu», aunque no estoy muy segura de que las dos expresiones sean siempre intercambiables. Yo prefiero «tout azimut», que me parece más sonora (la «t» se pronuncia) y además provoca menos arrugas en los labios.

Siempre había pensado que azimut era una planta o un tipo de frutas. Probablemente lo pensaba porque azimut suena lejanamente a zumo, y ya que la cosa va de mezclas me resultaba un significado de lo más coherente. Cuando oía la expresión, y había tiempo y confianza, siempre preguntaba qué es un azimut, pero nunca nadie sabía contestarme.

Unos 30 años después de habérmelo preguntado por primera vez, me he puesto a buscarlo por fin. Pues bien, ¡que redoblen los tambores, que aquí va! Azimut procede del árabe assumut, plural de az-samt, y es un término de astronomía, aunque en su origen significaba «camino» o «punto de horizonte». Azimut viene a ser el ángulo que forma una estrella con el lugar de observación, más o menos. Y existe en español, aunque escribirlo con «z» es tan raro como escribirlo terminado en «d», así, acimud. Así es que en español escribimos acimut y significa lo mismo que en francés entre otras razones porque el francés lo tomó del español.

Y ahora la expresión. Por lo visto dans tous les azimuts es una expresión que proviene del ámbito militar y se empezó a usar a principios del siglo XX para hacer referencia a un arma que disparaba en todos los ángulos (o direcciones), o una defensa de todos los ángulos (o direcciones). Y de ahí, al tous azimuts y al uso coloquial. Hay que ver estos franceses qué retorcidos son, pero qué buen gusto tienen.

Y ahora digo yo: ¿Por qué a los españoles nos pasan estas cosas? Así es que tomamos de los árabes una palabra bien bonita, le cambiamos la grafía y la dejamos hecha un adefesio (ya me dirán, acimut, ¡con esa «c» tan vulgar!) y encima la abandonamos por ahí perdida en el diccionario, sin usar ni nada, que total para qué, si tenemos miles de palabras para elegir. Y luego viene un militar franchute, ¡¡franchute!!, coge la palabra, le deja la bizarra «z» bien puestecita sin moverla, y se inventa una expresión de lo más fina… ¡para hablar de obuses! Y va el pueblo francés y adopta la expresión como el que adopta un perro lanudo que se lleva uno a todas partes. Pero vamos a ver, ¿para eso tenemos los españoles a los árabes deambulando por el territorio siete siglos?

Imperdonable.