La maquinaria de la libertad, de David Friedman

La maquinaria de la libertadLlegué a este libro por medio de otro que no me he leído, porque sólo lo encontré en ingles y el inglés es un idioma que me provoca fatiga y algo de dolor de cabeza. Y yo creo que ese otro libro ya no me lo leeré, pero por si les interesa, se llamaba The problem of political authority. Si son tan amables de leerlo y de hacerme un buen resumen, se lo agradecería infinitamente. Será eso o esperar a que se me pase la pereza de sus casi 400 páginas y el ataque de ratez, porque el libraco costaba 19 eurazos y me dije mira no, casi que lo dejo para otro momento. Así es que este de David Friedman me pareció igual de atractivo, costaba menos de 10 euros y pesaba unas 250 páginas. Y oye…

Les sonará el nombre de David Friedman pero yo creo que será por su padre (el de David, no el suyo, querido lector), don Milton, premio nobel de economía y liberal de la escuela de Chicago. El hijo ha salido anarcocapitalista y yo me figuro que, de tener nietos, éstos estarán apuntados a una escuela de astronautas para escapar de la Tierra a la menor oportunidad. Y es que este planeta camina sin remedio hacia modelos y políticas de estados grandes, cotillas, mandones y metomentodo. La hiperregulación, por mucho que oigan ustedes mucho griterío «¡Que vienen los neoliberales, que vienen los liberales!», bah, no hagan caso: los estados cada vez intervienen más en la economía, en el mundo occidental y en el que no es occidental, con los resultados que a la vista están. Más desigualdad, más pobreza, más deuda, más déficit, más inflación y menos libertad.

Entonces, nuestro amigo David Friedman propone un mundo sin estado de ningún tipo, en el que sólo se debe respetar la propiedad privada. Lean bien: no hay estado. Todos los bienes y servicios estarían provistos por entidades privadas. No piensen en cuatro ricos forrándose, ni en los oligopolios, porque precisamente nada les fastidia más que la libertad de comercio y la garantía de la propiedad privada. La libertad real (no esta pantomima en la que vivimos) siempre permitiría que un pequeño encontrara una diferencia que le proporcionara un beneficio marginal con el que vivir y de paso, acabar con el oligopolio. En cuanto al monopolio… supongo que están pensando, como yo, que hoy los monopolios están en manos de los estados. Piensen en alguno que no, y ya me cuentan.

O sea, ni justicia, ni policía, ni carreteras públicas. Nada es público, todo es privado. La verdad es que le sale un lio de mundo, pero no deja de tener su atractivo. La base de la teoría es que el poder es peor cuando está más concentrado, y esto incluye el poder de los políticos y de los estados. Cuando se sale del shock inicial al imaginarse un mundo sin ministerio de justicia, uno se da cuenta de que el arbitraje privado ya existe (y que cada país tiene sus leyes, y en nuestro caso, cada autonomía), que las policías privadas ya existen y que las carreteras privadas ya existen. Bueno, pues es eso, pero a lo grande y en todos los órdenes de la sociedad. El autor extiende la idea de libertad incluso al consumo de drogas, puesto que argumenta, no sin razón, que cada uno puede matarse como le venga en gana, y que la represión (y el puritanismo obligatorio) es lo que cuesta dinero y provoca delincuencia, no el consumo. Lo mismo puede decirse de los cinturones de seguridad y de tantas cosas.

¿Y los pobres? ¿Qué hacemos con los pobres si no hay Estado? se preguntarán ustedes con lógica alarma. Veamos: ¿Qué les hace pensar que los pobres están mejor tratados con tanta regulación y tanto impuesto y que los estados realmente están redistribuyendo la riqueza? ¿A quién suelen beneficiar las reformas de mercados estratégicos? ¿A los pobres? No, a ver, no vale reirse. ¿Qué más da que el poder esté en manos de cuatro ricachones o en manos de cuatro dictadorzuelos o de un puñado de partidos sin control? Les recuerdo que el que hace la ley hace la trampa (y en nuestro caso español, el que hace la trampa, hace luego la ley).

El libro es provocador, pero está escrito con alegría y aporta datos y argumentos de una lógica que, si no es aplastante, al menos da que pensar. Yo no estoy de acuerdo con todo, me parece algo extremo, y hay cositas que son una muy mala idea en mi opinión, pero a veces hay que irse a un extremo para ver algo, alejarse radicalmente de este mainstream socialdemócrata en el que vivimos tan cómodos. Tan cómodos y tan aborregados. Tan acostumbrados a que Papá Estado nos lo tenga que dar todo hecho. Como parafrasea el autor del libro «no preguntes lo que el estado puede hacer por ti, sino lo que ya está haciendo por ti (en tu lugar)».

Desgraciaíto también ha escrito una reseña del libro, que yo les aconsejo que lean para hacerse una idea algo más cabal del libro (CLICK). Como a él, me ha parecido que empieza muy animoso, con unos primeros capítulos muy divertidos, pero luego pierde algo de fuelle, tal vez porque ha sufrido una ampliación con nuevos artículos que son algo repetitivos. Y sin embargo, me ha parecido muy interesante y muy recomendable. Si no lo quieren comprar, búsquenlo en una de tantas bibliotecas públicas que pagan con sus impuestos. Tal vez lo tengan…

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq

«Es chocante comprobar que a veces se ha presentado la liberación sexual como si fuera un sueño comunitario, cuando en realidad se trata de un nuevo escalón en la progresiva escalada histórica del individualismo.»

Las particulas elementalesLeí hace más de un mes esta novela, Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, libro que me venía recomendadísimo por una buena amiga. He tardado un poco en escribir un comentario porque es una novela para dejar reposar y luego releer las anotaciones y así ver si consigo sacarle la esencia.

La novela cuenta la historia de dos hermanos de madre, muy diferentes entre ellos. El uno, Michel, es un científico, un hombre que vive encerrado en sí mismo, sólo pendiente de su profesión y sin ninguna otra pasión con la que entretenerse, aparte de comprar en el Monoprix. Bruno, sin embargo, es un profesor que intenta hacer sus pinitos como escritor, que vive obsesionado por el sexo hasta casi enloquecer, o sin el casi. La relación entre los hermanos es escasa, pero hay una relación y llegan, en cierto modo, a la misma resolución de la sociedad, aunque por caminos muy distintos.

A donde los dos hermanos llegan es, en mi opinión, a que el amor no es necesario en nuestra existencia. El individuo solo puede vivir una vida plena, o al menos puede aspirar a ello. Es el deseo y su satisfacción lo que hay que procurar. Y uno se lo procura, hasta casi enfermar, y el otro busca la solución en la ciencia, para hacer irrelevante la necesidad de pareja y la reproducción. El libro es una distopía disfrazada, y no se crean vds que deja con buen estado de ánimo. Pero la buena literatura es lo que tiene: no se trata solo de contar una historia, sino de hacer pasar las ideas, de provocar la reflexión a través de la composición y la mentalidad de los personajes.

Por el camino, Las partículas elementales dirige una carga de profundidad muy divertida – y sin duda muy provocadora – contra la revolución sexual (¡la sexualidad socialdemócrata, lo llama!), la generación del 68, los hippies, la «liberación» femenina y todo el movimiento flower power, al que ridiculiza sin compasión, y al que acusa de degenerar en crueldad, toda vez que se libera de las obligaciones morales ordinarias. No se queda ahí Houellebecq, sino que tira contra muchas otras cosas, básicamente contra una sociedad entregada a provocar el deseo sin satisfacerlo, hasta ser devorada por él.

El libro contiene un fuerte contenido sexual, y en algún pasaje, unas dosis muy altas de violencia. Tampoco nos vamos a asustar a estas alturas de la vida por leer ciertas cosas, pero si el autor buscaba que comprendiéramos lo que es el hastío, desde luego lo consigue. Ya he dicho arriba que el erotismo es un concepto completamente inútil en la vida de los dos hermanos. Así es que mogigatos, abstenerse.

Y después de todo lo anterior, yo lo recomiendo vivamente. Creo que es un gran libro, muy bien escrito, muy bien planteado y bien resuelto. Y que da que pensar, aunque luego se olvide. O no.

En sí, el deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. Esto lo sabían y enseñaban todos los filósofos: no sólo los budistas o los cristianos, sino todos los filósofos dignos de tal nombre. La solución de los utopistas, de Platón a Huxley pasando por Fourier, consiste en extinguir el deseo y el sufrimiento que provoca preconizando su inmediata satisfacción. En el extremo opuesto, la sociedad erótico-publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione, para que continue la competencia, el deseo tiene que crecer, extenderse y devorar la vida de los hombres.

 

El héroe discreto, de Mario Vargas Llosa

El héroe discretoAquí estamos, día primero de mes, con el comentario del libro del Club de lectura. Este mes hemos leído El héroe discreto, de don Mario. A mí me gusta mucho este autor, creo que lo he dicho otras veces. Así es que yo, de partida, ya iba entregada. Y desde luego, no me ha decepcionado.

El libro cuenta dos historias en paralelo, la de Felícito Yanaqué (menudo nombre), que es un transportista hecho a sí mismo y que es chantajeado; y Rigoberto, un empleado de una aseguradora que, cuando se dispone a jubilarse, es reclamado por su jefe para que sea testigo de su próximo matrimonio con una criada. Las dos historias van alternando los capítulos, una sucede en Piura, la otra en Lima, sin una relación aparente y de forma independiente, aunque el lector espera el momento en que el autor relacione a los personajes. Y hasta aquí de qué va la novela. No digo más porque no quiero destriparos nada de una trama que el propio autor se encarga de calificar:

Dios mío, qué historias organizaba la vida cotidiana; no eran obras maestras, estaban más cerca de los culebrones venezolanos, brasileños, colombianos y mexicanos que de Cervantes o Tolstoi, sin duda. Pero no tan lejos de Alejandro Dumas, Émile Zola, Dickens o Pérez Galdós»

No hay que descubrir ahora a Vargas Llosa, que es un autor en mi opinión formidable. Lo era antes del Nobel y lo va a seguir siendo ojalá que por muchos años. Don Mario consigue que vayamos siguiendo las historias con mucho interés. Las dos son tramas en donde encontramos chantajes, venganzas, lealtades inquebrantables, principios irrenunciables, traiciones, trapacerías, y en el fondo, dos historias que van y vienen entre la pillería y los códigos de honor, ambos más propios de un mundo de siglos pasados que en América te vuelves a encontrar de forma actualizada. Yo no sé si sólo me pasa a mí, pero siempre que leo a autores sudamericanos me imagino un mundo de principios de siglo. Vargas Llosa sitúa el libro en el Perú actual, pero sea por el lenguaje o sea por imaginaciones mías, yo veo a las señoras con miriñaque y a los caballeros con panamá.

Un párrafo especial merece el vocabulario. Madre mía. Vargas Llosa necesita un diccionario para él solo. Abro el libro. Empiezo a leer y en la primera página ya he anotado: chancaca, melcochas, chifles… bueno, eso es comida. Pero cuando se ponen a hablar… ¡Uf! Mangaches, pucha, camal, churre, mataperradas, trompeaderas, bulín, cafiche, encanar, lúcuma… Cuando las usa mucho, ya las entiendes (churre = chaval), pero otras son difíciles de comprender. Con todo, es un lenguaje muy sonoro, y muy divertido. Tiene giros, como «sacar canas verdes» o «tener a alguien en pichingas» (en ascuas) que yo he decidido incorporar a mi lenguaje habitual. Si hasta se divierte el autor:

«¿Enchucharse?», pensó don Rigoberto. «Debe ser la palabra más fea de la lengua castellana. Una palabra que apesta y tiene pelos»

El libro tiene ritmo, y Mario Vargas Llosa hace algo que me parece una genialidad, y es que maneja varias escenas a la vez simplemente alternando las conversaciones, es decir, introduciendo la conversación de otro personaje que está en un plano temporal distinto en la primera conversación. Y lo hace sin que te des cuenta. Hasta tres escenas llega a manejar y le sale con una naturalidad pasmosa. Es un recurso que parece más del cine, y que yo no había visto nunca (quizá se usa muy a menudo, yo no lo sé) y me ha parecido muy estiloso y muy elegante.

A mí me ha encantado el libro y me ha divertido mucho. Pues sí, che guá.

Tenéis, como cada primero de mes, otras reseñas de este libro en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él en el blog del Club de lectura.

 

La delicadeza, de David Foenkinos

La delicadeza un mundoparacurraHace unos días iba a hablarles de este libro y se me cruzaron los insectos por medio y al final no les conté casi nada de La delicadeza. Hoy aprovecho que el Madrid está en capilla para escribir el post sobre La delicadeza, un libro que me ha encantado. Cuenta la historia de una mujer, Nathalie, que pierde a su marido en un accidente, y cómo recompone su vida. La historia está, naturalmente, en la recomposición, porque Nathalie se topa con la sencillez, la delicadeza y la ternura de un subordinado suyo de la oficina, un muchacho sueco casi invisible («la infancia en Suecia se parece a la vejez en Suiza») y desconcertante, que no le devolverá su vida anterior, pero le permitirá vivir con sus recuerdos sin tener que abandonarlos.

Me ha gustado mucho cómo está escrito, con una prosa sencilla, con una ironía fina y muy elegantona, muy francesa, que a mí me gusta mucho. Te hace comprensible una historia en algún momento disparatada, con unos personajes creíbles y muy bien dibujados, a los que terminas por querer mucho.

Les dejo con un par de párrafos en los que el autor hace referencia a grandes autores franceses con mucha gracia para distraerles, aunque quizá no son lo más representativo del libro, y sí lo sería la sensibilidad y la delicadeza con la que está escrito. Un título muy apropiado, desde luego. Leeré más de este hombre, esto es seguro.

Quería un texto que pudiera leer a salto de mata según le apeteciera, pues sabía que no podría concentrarse. Por ese motivo se decidió por silogismos de la amargura, de Cioran.

…Quizá lo mejor fuera anular la cita. Todavía estaba a tiempo. Podía decir que le había surgido un problema de fuerza mayor. Sí, lo siento, Nathalie. Me habría gustado tanto, bien lo sabe usted, pero bueno, es que hoy mamá ha muerto. No, no, eso no, demasiado violento. Y demasiado Camus, y Camus, para anular una cena, como que no. Mucho mejor Sartre. Esta noche no puedo, tiene que entenderlo, el infierno son los demás. un tonito existencialista en la voz y colaría… 

Y mañana hablaré de fútbol. No lo duden.

 

Diez días de Julio, de Esteban Navarro

diez dias de julioSi van navegando por internet y por azar entran en Amazón, y van y se topan con este libro por menos de un euro, no lo duden ni  medio segundo: no lo compren.  O si deciden no hacerme caso y al final lo compran, entonces mi consejo es que lo reserven para el verano: en vez de hacer crucigramas a la hora de la siesta, pueden dedicarse a encontrar las faltas de ortografía, los errores de concordancia, las descripciones repetidas o incluso coleccionar las comas que sobran.

Tengo un enorme respeto por los escritores y por todos aquellos que logran escribir una novela. Tener la imaginación para inventarla, la paciencia para componerla y el esfuerzo de escribirla me parece algo titánico, o al menos, algo que no está al alcance de cualquiera, no desde luego a mi alcance.  Yo comprendo que no todos los que escriben novelas pueden ser grandes escritores, y que de esos hay en realidad muy pocos. Yo lo comparo con el tenis: quien más y quien menos juega, puede estar federado e incluso jugar en campeonatos. Pero Nadal sólo hay uno. Pues esto de las novelas es similar: no se puede pedir que todos los que publican sean García Marquez (DEP, por cierto), pero en el caso de este autor, la falta de oficio o probablemente de un buen consejo profesional (el libro está autoeditado en Kindle) es palmario.

En esta novela sucede un extraño asesinato y un inspector de policía bastante torpe queda encargado por el comisario para resolver el crimen. La historia no está mal, y tiene su intriga, aunque se hace pesadísimo porque racapitula aproximadamente cada dos páginas. De hecho, si no es por la curiosidad, hubiera abandonado el libro en el segundo o tercer capítulo, pero me he quedado hasta el final para ver quién era el asesino, aunque la trama se va enrevesando hasta hacerse algo ridícula. Y mientras, he sufrido, he sufrido.

Aparte de que que el autor se repite como el ajo, el libro está escrito de forma muy descuidada. Es como si en las galeradas el autor se hubiera dedicado a dormir la siesta. Bueno, no creo que haya revisado el libro, ahora que lo pienso. Pero hay cositas que no son sólo descuidos de una escritura atropellada (por no decir algo más serio). Leer que «cualquier abogado de tres al cuarto desmantelaría esa acusación y la derrumbaría como un castillo de naipes azuzado por una tormenta tropical» es para tirar el Kindle por la ventana. O leer «Anda, Simón, ves a tu casa a dormir» o «tengo la grabación – le digo – te gravé cuando hablaste conmigo…» es para pensar seriamente en cortarse las venas.

Los personajes no están cuidados y además, el autor se empeña en transcribir diálogos irrelevantes entre ellos, conversaciones que son relleno de paja y que no aportan nada al texto, ni a la trama, ni al espíritu. La novela está escrita en presente de indicativo, y no estoy segura de que el autor haya querido dotar al libro de un efecto de estilo original para ir leyendo la mente del inspector, sino que para componer un relato en pasado, este hombre escribe como habla: mal.

En fin, una mierda de libro. Luego no me digan que no les avisé.

El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas

imageHe leído recientemente este libro, El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas. Se trata de una historia enmarcada en la guerra civil española, aunque bien pudiera ser cualquier otra guerra civil. En este tipo de guerras, siempre se piensa en los bandos como el de los rebeldes y el de los conservadores, o entre el bando de las izquierdas y las derechas, o en nuestra guerra civil, el bando de los rojos o el de los nacionales. Pero en realidad, en las guerras civiles los verdaderos bandos son los de las víctimas y los verdugos, o, como decía un amigo, es como tener una tarta y cortarla en dos mitades, y en ambas mitades quedará los mismos ingredientes, la misma masa, el mismo sabor, y habrá cerezas, tropezones de limón, bizcocho y nata a partes iguales. O sea, gente buena y gente mala que después sobrevive o se adapta, como a todo en la vida.

El lápiz del carpintero cuenta la historia de dos hombres. El doctor Da Barca, un hombre con aura, con el don de la cura y de la hipnosis, capaz de curar, de detener a los hombres y de convencerlos sólo con su mirada, un hombre bueno, capaz y cabal. Enfrente, Herbal, un hombre débil e ignorante que se une a los que detentan el poder en la zona, que se entrega al mal porque la sumisión es más segura y además le dota de impunidad. Y estos hombres se encuentran en la guerra y sobreviven a ella, el uno usando la fuerza que le confiere su uniforme y el otro, la fuerza con la que fascina a los demás, la admiración que provoca. Completa el triángulo clásico una mujer muy bella, Marisa, que representa el amor incondicional, la lealtad, la perseverancia y la rebeldía.

Herbal mata a un pintor al que le roba el lápiz con el que dibuja en la cárcel a sus compañeros de celda, presos «políticos» como él, un lápiz de carpintero que es con lo único que puede dibujar. Y vive con este lápiz, que le llama y le recuerda que somos humanos, y que existe la compasión. Y que en cierto modo le guía, como un remordimiento, y que actúa como una balanza frente a otras voces que le dicen que o te sometes o dominas, otras voces que le dicen que no hay término medio y que hay que matar o morir, cuando hay gente que únicamente quiere vivir sin tener que matar.

El libro está escrito originalmente en gallego y luego traducido al castellano, que es como yo la he leído. Está muy bien contada, con personajes bien dibujados, muy especialmente el de Herbal, en un tono de realismo mágico que es muy de mi gusto.

Una buena novela.

Joyland, de Stephen King

Joyland unmundoparacurraNo soy una persona particularmente miedosa, pero sí me dan miedo las películas y los libros de miedo. Hay quien disfruta con el género, sea porque tienen un reptiliano poco activo y el subidón de adrenalina les hace mucho bien, o sea porque tienen capacidad para no olvidar que se trata de una simple ficción, y esos libros les hacen pasar un rato interesante. Pero a mí no me gusta pasar miedo, qué le vamos a hacer.

Naturalmente, no hay que confundir el miedo con la intriga o con el suspense, aunque vaya acompañado de sustillos, que tampoco me hacen ninguna gracia. Pero vamos, que no me molan nada las historias de fantasmas, ni de muertos vivientes llenos de moco por la cabeza, ni los cementerios a la luz de la luna, ni los fenómenos paranormales, ni los monstruos, ni la sangre, ni los libros de perturbados malévolos, ni los demonios, ni las sectas. Me es indiferente que el fantasma sea bueno: es un fantasma, y a mí los fantasmas me dan susto.

Hoy les comento el libro de Stephen King, Joyland, que es lo que hemos leído en el club de lectura. Después de la introducción, me dirán que cómo se me ocurre no vetar ese libro. No todos los libros de Stephen King son de miedo, me dijeron… Lo que puede ser verdad, casi tanto como que con éste he tenido mala puntería.

En fin, la historia sucede en una feria, Joyland, en la que ha habido un crimen hace algunos años. El escenario ya te pone los pelos de punta, porque las ferias son siniestras, como los circos antiguos: un asesino disfrazado de payaso es algo que pone los pelos de punta a cualquiera. Pero es que además, el fantasma de la asesinada va por ahí como alma en pena apareciéndose, tal vez porque el asesino se sabe que anda suelto, porque no lo pillaron… La primera mención que hacen de que hay un fantasma, yo iba leyendo en un tren que me traía de Córdoba. Envié un wasap al grupo de lectura:

– ¿EL LIBRO ES DE MIEDO????

– No, da miedo. Es de tensión.

– ¡¡¡Pero hay un fantasma!!! ¿Qué coño tensión?

– No es de miedo, miedo

– O sea, es de miedo.

Yo leo por las noches, antes de dormir, con mi casa en un silencio en el que sólo se oye el tictac del reloj de la cocina. Este libro lo he leído de día. Me levantaba pronto por las mañanas, le echaba 20 páginillas y luego me iba a trabajar, a que se me pasara el tembleque, no les digo más.

Por esto que digo no he disfrutado del libro. Me temía a cada momento que hubiera una aparición, o que saliera el asesino de debajo de una cama con un cuchillo, o un niño demoníaco, o cualquier cosa.  Reconozco que tiene intriga y que se lee muy bien, y que te acaba pillando, pero no me merece la pena leer estas cosas. Tengo que decir, por otra parte que me ha gustado mucho cómo escribe Stephen King, con un fondo de sarcasmo muy de mi gusto.

En fin, si no os dan miedo estas cosas, leedlo, que os va a gustar. Tenéis, como cada primero de mes, otras reseñas de este libro en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él en el blog del  Club de lectura.

 

14, de Jean Echenoz

He leído hace unos días este libro, 14, de Jean Echenoz. Se trata de una novela muy corta, apenas 100 páginas, pero es un libro que me ha encantado.

Cinq hommes sont partis à la guerre, une femme attend le retour de deux d’entre eux. Reste à savoir s’ils vont revenir. Quand. Et dans quel état.»¹

14 Jean Echenoz unmundoparacurra14 hace referencia a la Gran Guerra. Esa guerra que se declaró un verano en Francia y de la que todo el mundo decía que sólo duraría un par de semanas, tres como mucho. Una guerra a la que iban los reemplazos cantando con alegría, casi voluntariamente, como el que va a un picnic o, más modernamente, como quien va a echar una partida de Risk. Y de la que, como en todas las guerras, muchos no volvieron, o volvieron mal parados, o volvieron en una caja de madera, o… Así es que esos cinco hombres que van a la guerra salen igual, del mismo pueblo y al mismo tiempo, pero la guerra es muy larga y cada uno la terminará de una manera distinta.

Sorprende un poco atravesar cuatro años de guerra en menos de 100 páginas. Las novelas de guerra suelen ser largas y algo tediosas, y acaban sosteniéndose en el horror y en el interés histórico. Echenoz no cuenta la guerra, sino que la da por sabida en sus detalles, y por eso pone el marco en el que viven los personajes con pinceladas. Las trincheras, la guerra de desgaste, el gas, los aviones, las bombas y otras novedades de esa guerra, la ingenuidad de los pertrechos y útiles, tan inútiles. Las pinceladas son precisas y aunque la historia se podría desarrollar en otra guerra, no queda duda de que se trata de la guerra del 14 y que es ésa guerra y no otra la que nos quiere contar Echenoz a través de la experiencia de esos cinco hombres. Alternando la pena con la ironía y con un relativo sarcasmo y en todo momento, con mucha elegancia.

Léanla si tienen la oportunidad.

1: Cinco hombres van a la guerra, una mujer espera el regreso de dos de ellos. Queda por saber si volverán. Cuándo. Y en qué estado.

La forja de un rebelde, de Arturo Barea

La forja de un rebeldeEl libro que os comento hoy es un regalo que me hizo Paula por Navidad, y es el primero de una trilogía de Arturo Barea, en la que cubre su vida y recuerdos entre el principios de siglo XX hasta la Guerra Civil. Este primer tomo (La forja) está dedicado a su infancia y adolescencia, y sucede en Madrid. En los otros dos, Barea va a la guerra de África (La ruta) y posteriormente participa en la guerra civil (La llama), en el bando republicano, hasta que tiene que exiliarse.

Arturo Barea pierde a su padre cuando tiene cuatro años y su muerte deja a toda la familia en la miseria. La madre tiene que ponerse a trabajar de lavandera en el rio Manzanares, mientras ejerce de criada de unos familiares acomodados, que se encargan también de criar a Arturo, el menor de sus cuatro hijos. Y desde el recuerdo infantil, nos va contando cómo eran los colegios (y los curas), las costumbres, aquel Madrid miserable y aquella España rural embrutecida, aquella sociedad tan diferente a la sociedad que conocemos hoy, aunque no tanto en la burricie del personal como en la situación de precariedad y de inestabilidad con la que se vivía.

El libro es más descriptivo que narrativo, aunque al niño Arturo Barea le pasan cosas, desde luego. El niño va al colegio, de vacaciones al pueblo, se pone a trabajar primero de dependiente y después de meritorio en un banco, hereda una pequeña fortuna, quiere a su mamá y tiene que soportar a su tía. Pero me parece que lo interesante del libro es el retrato de la vida de la época y de la sociedad. No sólo la descripción del Rastro que colgué el otro día, o de Lavapiés (él habla de Avapiés), o en general de todo Madrid, en aquella época una ciudad necesariamente muy distinta de la que conocemos ahora, aunque… digamos que ya apuntaba maneras. También describe los ambientes de los cafés, las tascas, los viajes en diligencia a Méntrida y Navalcarnero (donde pasa el verano con su familia), las casas y corralas, o las  viejas buhardillas en las que vivían. Nos habla de antiguos oficios que ya no existen, por ejemplo uno que me hizo mucha gracia: el explicador, que era uno que explicaba la película muda en el cine. O cómo eran los trabajos en los bancos, o en los comercios, y cómo el movimiento obrero estaba organizado, pero no los empleados «de corbata y traje», que ganaban menos y trabajaban más pero que eran considerados «señoritos». Unas descripciones magníficas y muy interesantes de leer.

Una sociedad de supervivencia, miserable, irreconocible hoy en día, aunque no en todos los aspectos. Los personajes, sus reacciones (al estar en primera persona, Barea no puede contarnos sus pensamientos), son universales y atemporales. La envidia, la codicia, pero también la bondad, el cariño, la rectitud y la miseria moral se pueden reconocer también en la sociedad actual. Hoy, igual que hace un siglo, las familias se pelean por cuatro duros a repartir. Y también hoy, como hace un siglo, los españoles van detrás de unas andas y en verano torturan a los toros en los pueblos, para que la tradición no decaiga. Y en donde tampoco se ha cambiado es en la consideración social de los trabajadores con corbata, unos «señoritingos»…

Por lo visto, el libro fue publicado originalmente en inglés y no he conseguido saber si lo que he estado leyendo era la obra original del autor o una traducción (entre otras razones porque me he saltado un abusivo prólogo de unas 150 páginas). Por eso no acabo de entender los laísmos y leísmos que se pueden encontrar en el texto. Con todo, eso lo perdono más que el uso frecuente de la palabra «cacho», aunque eso es manía mía (es una palabra que no puedo soportar).

En fin, me ha gustado mucho, el libro está muy bien y no se hace largo aunque lo es. Además, en la edición que he leído (Editora Regional de Extremadura) vienen muchas notas al pié de página que acompañan muy bien al texto y explican incluso cosas que no te habrías preguntado. Un libro muy recomendable y más en esa edición.

Y yo me quedo aquí, en este primer tomo. Dejo los otros dos para más adelante, y cuando los lea, ya se lo contaré. Mientras tanto, veré una serie que se hizo de 6 capítulos y que está en la TVE a la carta, que ahora me apetece darme una vueltecita por la Primera Guerra Mundial.

El rastro, según Arturo Barea

El Rastro está en el barrio del colegio. Desde la plaza de Cascorro hasta el Mundo Nuevo, hay una cuesta muy empinada que se llama la Ribera de Curtidores. Muy cerca está el matadero y las pieles de todas las reses que se comen en Madrid vienen a parar aquí a las fábricas de curtidos. A ambos lados de la calle hay fábricas de éstas, que son unas construcciones de cuatro y cinco pisos de vigas de madera, abiertas por todos los lados. En las vigas cuelgan las pieles a secar por el aire y el sol que entra por todas partes Hay en el barrio un olor acre de la carne podrida de las pieles, que se agarra a la garganta. En las aceras de la calle se ponen los vendedores de cosas viejas y allí se encuentra de todo, menos lo que se busca.

Todas las cosas viejas que se desechan de las casas, allí se venden. Hay ropas usadas de hace cincuenta años, faldas con su miriñaque de mimbre, ya podrido, dentro. Uniformes de la época de Fernando VII, muebles, cuadros, alfombras, tapices, instrumentos de música abollados, cacharros de todas clases, estuches de cirugía roñosos, bicicletas viejas con las ruedas torcidas, relojes absurdos, verjas de hierro, lápidas de sepulturas con el nombre carcomido, coches viejos con las ruedas rotas o un agujero en el techo por el que cae el sol sobre el resto de terciopelo del asiento, gatos, perros y loros disecados, saliéndoseles las tripas de paja, anteojos de larga vista de un metro de largo que se cierran como un acordeón, brújulas de barco, armas de Filipinas, decoraciones y cruces viejas del pecho de algún general, libros, papeles, tinteros de cristal gordo o de barro vidriado. Hierro viejo, mucho, mucho hierro viejo: barras retorcidas que nadie sabrá decir qué fueron, aros, tubos, piezas de máquinas pesadas, ruedas dentadas descomunales que dan escalofrío de pensar en la mano triturada por sus dientes, yunques con la nariz rota, rollos de alambre llenos de ocre de la roña, herramientas: limas desgastadas con los dientes embotados de limaduras, martillos de formas inverosímiles, tenazas de labios carcomidos, alicates con la pata rota, escoplos desbocados, cinceles, taladros, barrenas, escuadras. Hay alimentos: chorizos cubiertos de moho, galletas apolilladas, tocino vivo, quesos acartonados, dulces que lloran goterones de miel como pus, gallinejas que se fríen en sartenes llenas de sebo, churros resecos, chocolates torcidos ablandados por el calor, mariscos, cangrejos de río pataleando cieno, bollos barnizados, manzanas bañadas en caramelo rojo como sangre viva. Centenares de puestos. Millares de personas a ver y a comprar; Madrid entero se pasea en el Rastro, los domingos por la mañana.

Allá abajo, en la Ronda, entre las Américas y el Mundo Nuevo, están los puestos más miserables, los puestos donde compran los miserables. La Flor de Cuba se llama un puesto: es un tablero de dos metros de largo y uno de ancho. En medio hay un montón enorme de tabaco. Tabaco negruzco y maloliente obtenido de las colillas de Madrid. A los lados del montón hay, a la derecha, hileras de paquetes de cigarrillos liados en papel grueso, con una cintura verde chillón. A la izquierda, en hileras simétricas, docenas de colillas de puros, con su faja puesta, clasificados por tamaño y por calidades. Los precios son varios: una buena colilla de caruncho, con su faja acreditando su procedencia auténtica, puede valer hasta cincuenta céntimos. Detrás del puesto está un gitano, viejo, ochentón, con patillas de plata en la cara, y a su lado tres mujeres en cuclillas que lían cigarrillos con una rapidez pasmosa. El tabaco del montón se vende al peso: dos reales el cuarterón. El establecimiento está siempre lleno por la parte de delante de compradores, por la de atrás de vendedores, golfillos de Madrid que llegan con su bote con su saco lleno de colillas, ya limpias de papel —requisito obligado para la compra—, a vendérselas al viejo. Con sus manos, que no se distinguen entre el tabaco por tener el mismo color, pesa cuarterones a unos y a otros. A unos les paga un real por cuarterón, a otros les cobra dos por la misma cantidad. Los botes se vacían en la cúspide del montón y le mantienen siempre pleno.

Entre tanta porquería me siento feliz, porque el Rastro es un museo inmenso de cosas y de gentes absurdas.

 

Del primer libro de La forja de un rebelde, de Arturo Barea