Doña Perfecta, de Galdós

Ya lo avisaba ayer, que hoy tocaba libro. El del Club de lectura. Y ya le pueden ir dando las gracias a la existencia de este club, que si no fuera porque a él me debo y pertenezco, no iban vds. a leer de mí más reseñas que las mieles. Con el club, también leen las hieles. Ya ven. Una, que lee de todo. Y luego voy y lo cuento, claro, que en eso consiste lo del Club. Cuando alguien me dice “Huy el club, qué divertido”, yo contesto siempre “huy, no veas”. Y no ve. En fin, gajes del oficio y de una afición que me tiene a mal traer, porque mira, entre tú y yo y ahora que no nos oye nadie, yo la mitad de los libros que leemos en ese club los hubiera dejado en la página 50, me hubiera cogido un Asterix, me hubiera comido un bocadillo de sobrasada y con eso ya se me habría pasado el remordimiento. Pero en este club no hay lugar para el remordimiento. Ni para la penitencia. Aquí se hace todo al mismo tiempo que el pecado. Y claro, en esta tesitura, tampoco cabe ni la esperanza ni la resignación: ambas se superan como las bañeras cuando esquías, echándole huevos que para eso hay que bajar. ¿Pero por qué os hacéis esto?, nos preguntó una chiquita muy agradable que quiso unirse al club. Y para cuando quisimos contestar, la chica había salido corriendo y no ha parado de correr hasta Edimburgo. Nos duró un mes. En fin, y después de esta introducción voy a hacer la reseña, que se me está yendo el post de las manos.

do_a_perfectaEste mes hemos leído Doña Perfecta, que es el libro que tenéis en la foto. Y tengo que decir que la portada refleja perfectamente lo que es la novela: la España más negra y depresiva, la más ignorante, cazurra, inculta, hipócrita y pueblerina. La España que no tiene remedio, como parece pensar Galdós en la ilustración. Esa España orgullosa de su retraso y de la producción de ajos (¡los mejores del mundo!), es el caldo de cultivo en el que Galdós hace medrar a Doña Perfecta, que podría llamarse también Doña Pérfida.

Os voy a contar de qué va, que hoy estoy espléndida. Se trata de dos hermanos, Doña Perfecta y Juan Rey, que deciden casar a sus hijos. Así es que Pepe Rey, sobrino de Doña Perfecta, va al pueblo donde vive ella con su hija, Rosario, para pedirla en matrimonio. Pepe Rey es un ingeniero, un hombre de progreso, con estudios y viajado, y se encuentra en el pueblo con la desconfianza y la envidia, y casi sin comerlo ni beberlo se pone a todo el pueblo en contra. ¿Todo el pueblo? En realidad, no. Se le pone en contra Don Inocencio, el párroco, el paradigma de cura cerrado, rancio y obtuso que tanto daño ha hecho a la religión, a la vida de las personas, a la Iglesia y a todo lo que se les ponga por delante. Resulta que el párroco quiere casar a la niña con el hijo de su sobrina, y contrapone su verdad (que no es más que ignorancia, fanatismo y superstición) a las ideas de Pepe Rey, que en realidad pasaba por allí y no había llegado al poblachón para discutir con nadie, sino para casarse con una buena moza. Una moza de la que por cierto se enamora perdidamente, así sin más, sólo con verla. Y eso que ella es tan poco agraciada como bastante gazmoña, aparte de desmayarse mucho (más que las sales lo que se merece es un par de tortas). Doña Perfecta, que es perfecta, se va poniendo del lado del cura y, acostumbrada a mandar y a salirse con la suya… hasta aquí puedo leer, pero ya pueden ir mascando la tragedia.

A Doña Perfecta, Galdós la describe, que no la descubre, en las páginas finales como lo que es: una mujer dura, soberbia, intrigante, que acumula prestigio en su pequeño reino de palurdos, un reino retrógrado, envidioso, ladrón y maledicente, que adora la peana y reniega del progreso, que desconfía de todo lo que viene de fuera y que se enorgullece de su olor a naftalina. Doña Perfecta no es más que la reina en un avispero del casi todos saldrán muy mal parados.

«Para que la mojigatería sea inofensiva, es preciso que exista en corazones muy puros. Verdad es que aun en este caso, es infecunda para el bien«, nos dice Galdós. Doña Perfecta es una mujer que vive hoy y vivirá siempre, un caracter que te encuentras por el mundo a poco que te fijes. El resto de los caracteres están bien dibujados, incluso el de la tontainas de la niña, y todos son muy reconocibles también hoy en día. Por lo demás, empiecen a leer la novela. ¡Que es GALDÓS! A mí me ha aburrido, aunque cuenta con algunos pasajes divertidos, llenos de humor. ¡ES GALDOS! ®Liviadru

Como cada mes, tenéis otras reseñas sobre el libro en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago . Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura..

Y es que no se trata de leer cualquier cosa

Si algo me ha gustado del libro de Pennac es su calma al escribir, su dulzura, la forma en que deposita sus ideas sin agredir. Incluso aquello con lo que no está de acuerdo y aquello que rechaza lo expone con cariño, con un punto de comprensión, compasivamente pero sin condescendencia, sin altivez. Yo creo que Pennac, acostumbrado a tratar con niños y adolescentes, se empeña en sus ensayos a enseñarnos el camino sin obligarnos a tomarlo, porque recorre con nosotros los caminos alternativos para irnos diciendo cada cosa que no debemos aprender. Porque también se aprende de lo que no se debe aprender…. Click para continuar leyendo

Como una novela, de Daniel Pennac

Como una novela unmundoparacurraEste mes, en el Club de lectura hemos leído un libro de Daniel Pennac, Como una novela. Es un libro corto de páginas, pero largo de luces, que da gusto leer por muchas razones. Tiene una prosa sencilla, está bien estructurado, y contiene razón y razones, idealismo e ideas, argumentos que, de puro simples, caen por su propio peso y que están respaldados por un sentido común inapelable. Se trata de un ensayo sobre el amor por la lectura, aunque Pennac lo convierte, con lucidez, en un ensayo sobre el aprendizaje, la pedagogía y la enseñanza de la lectura, en esa fase de nuestras vidas en las que un niño, un adolescente, moldeará su ser adulto.

Tarda Pennac en llegar al hueso, que no es ni más ni menos el dogma según el cual hay que leer. El dogma de la necesidad de leer, de la obligación de leer. Y contrapone a este dogma algo más simple, que es entender la lectura como un placer, como esa “ración diaria de ficción” que necesita cualquier niño (y cualquier adulto). Así nos va mostrando todas y cada una de las cosas que hacemos para atender el dogma y por el contrario descuidar el placer, la seducción, y, en el fondo, la razón de ser original de los libros: “Queda por entender que los libros no han sido escritos para que mi hijo, mi hija, la juventud, los comente, sino para que, si el corazón se lo dice, los lean. Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social son una cosa. Nuestra intimidad de lector y nuestra cultura otra.” Hay que separar los trapos de las toallas.

¿Hay que leer o hay que demostrar que se ha leído? Aplicado a la enseñanza, nos muestra cómo se lee un libro de 400 páginas para después reducirlo a una ficha de cuarenta líneas. Cómo los niños se enfrentan al libro-acantilado que hay que leer por obligación. Aplicado a los padres, éstos castigan sin televisión al niño que no ha leído el libro que le han mandado en la escuela, y nos hace ver la gran contradicción: «¡La televisión elevada a la dignidad de recompensa y, como corolario, la lectura rebajada al papel de tarea!”. Y más cosas raras que hacen los padres, y que Pennac nos va mostrando entre divertido y acusador. Ay, el dogma…

Pennac nos muestra con ternura el proceso por el que el niño descubre la lectura junto con la escritura, y el asombro del niño al leer por primera vez: tres puentecitos, un redondel, una curva, tres puentecitos, un redondel, una curva, y el resultado es mamá. Hasta entonces, hasta que el niño aprende a leer, somos nosotros los que les contamos un cuento cada noche. Leer en voz alta a otro es dar de leer. Pero cuando el niño aprende, pasamos de cuenta cuentos a contables. ¿Cuantos libros has leído? ¿Cuántas páginas? Pennac entonces reivindica volver al origen, seducir a través de las historias que nos cuentan los libros, rescatar de ellos lo que tienen como potenciador de la imaginación y de la curiosidad. Rescatar la ficción, la historia que nos cuentan, rescatar la novela.

El tiempo de leer es tiempo robado, y el problema no es si tengo tiempo o no, sino si me regalo o no ese tiempo”. Leer no es un deber, sino un derecho, y escribe Pennac cuáles son los derechos del lector, y el primero es el derecho a no leer. Luego hay otros (el derecho a abandonar un libro, el derecho a hojear, el derecho a leer en cualquier sitio, el derecho a leer cualquier cosa…), pero el mejor es el último: el derecho a callarnos. En fin, un libro delicioso que trata muchas otras cosas relacionadas con este asunto y para las que la reseña se hace corta. Mejor, leed el libro que es muy, pero que muy recomendable y que, en definitiva, es lo que él haría.

Como cada mes, tenéis las reseñas de ND en La mesa cero del Blasco, La de Livia en La originalidad perdida y la de Newland en Delenda est Carthago. Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura.

La última noche en Twisted River

Hoy es día 1 y toca reseña del libro del Club de Lectura. Este mes hablaremos de un libro de John Irving que se llama, ni más ni menos, La última noche en Twisted River. Si os digo la verdad, no sé ni por dónde empezar la reseña, así es que iré sobre seguro y empezaré por comentar lo que más me ha gustado: lo que más me ha gustado de este libro es el título. Vamos, sin ninguna duda. Lo que ya me resulta muy difícil es deciros qué es lo que menos me ha gustado… Tal vez haya algún spoiler en la reseña, de manera que si el título os parece atractivo y molón, no sigáis leyendo este post. Mi consejo es que tampoco sigáis leyendo el libro, pero allá vosotros, a mí no me digáis luego que no os avisé.

Un cocinero y su hijo viven en un asentamiento maderero del noreste de EEUU, dedicado a la tala y transporte de árboles por el río, en los años 50. El ambiente, por si no os lo podéis imaginar, yo os lo resumo: feo, brutal, miserable y sórdido. El cocinero está liado con una india monstruosa (allí todos son monstruosos), y una noche, cuando la india está a horcajadas encima del cocinero haciendo lo que seguramente estáis suponiendo, el hijo de doce años entra en la habitación, confunde a la india con un oso, piensa que, por los movimientos, se está cenando al padre, y va, le pega un sartenazo en la cabeza, y la mata en el acto. Lo del acto se puede entender de dos maneras, y ambas son correctas, si bien una de ellas es redundante con lo de las horcajadas.

La cosa se habría quedado ahí y no hubiera tenido mayor importancia, si tenemos en cuenta que el niño vive en un sitio en donde es posible confundir a la amante de tu padre con un oso que se ha colado en el dormitorio. El problema es que la india está liada a su vez con el sherif del pueblo, que es una mala bestia además de una mala persona. Así que el cocinero decide prudentemente largarse de Twisted River la noche del título del libro para que el sherif no los mate a los dos, al padre por acostarse con su amante y al hijo por A) confundirla con un oso y B) matarla de un sartenazo. Luego el cocinero va montando restaurantes conforme va huyendo del sherif de una ciudad a otra, el hijo se hace escritor y así, el padre cocinando y el hijo escribiendo, llegamos al 2005 y por fin el hijo se decide a contar la historia del sartenazo (y todo lo que ronda). Por su parte, John Irving decide que ya es hora de ir publicando, que ya llevamos 700 páginas y aquí cabe comentar que es una verdadera lástima que no haya sido éste el primer libro de Irving, porque nos habríamos ahorrado unos cuarenta años de historietas y unas cuantas siestas imprevistas a media mañana.

John Irving, a mi entender, en esta novela hace un ejercicio de metaliteratura. En realidad la historia que nos está contando es la del escritor- hijo, y la novela realmente cuenta cómo el hijo va componiendo sus novelas en función de su peripecia vital hasta que decide abordar y escribir la historia que realmente da origen a su vida, que empieza antes del sartenazo y que se compone de los personajes, el ambiente y las circunstancias que rodean el asentamiento maderero. Así que no deja de tener su gracia que, en una doble pirueta con tirabuzón, Irving le haga decir al personaje que «la tediosa máxima de Hemingway sobre la conveniencia de escribir acerca de lo que uno conoce» tiene como resultado construir novelas «soporíferamente realistas». Lo cual me permite deducir que Irving ignora el significado de soporífero y que su padre nunca tuvo a un oso como amante.

Supongo que le dedicaré algún post en el blog del Club de Lectura para explicar con más detalle por qué el libro me ha parecido aburrido, pesado y por momentos insoportable, eso suponiendo que no me quede sopa sólo de recordarlo. Leer cada dos páginas expresiones como «eres más tonto que la cagarruta de un mapache», en un estilo de lenguaje cowboy de película de serie B americana («oh, vamos, Danny, por los clavos oxidados de Cristo, que no se te crucen los huevos ahora!»), montones de descripciones absolutamente prescindibles sobre dónde están exactamente los sitios o cómo se cocinaba un plato, o la entrada de personajes en las que invierte un capítulo entero contándonos su absurda peripecia para que luego le cuadre una palabra o un detalle en la historia me resulta un abuso del escritor, un alarde de componedor de novelas, que abre una trama tras otra para que luego todo vaya encajando poquito a poco, este detalle aquí, aquel detalle allá y así sentir que ha escrito una compleja historia y reconocerse como un escritor épico. Y yo, francamente queridos, con estas condiciones prefiero hacer crucigramas.

Ya el colmo viene casi al final del libro, cuando la novela llega a 2001 y mete el 11S como a capón y los personajes que dos capítulos antes eran unos analfabetos embrutecidos y bestiales, se marcan unas reflexiones sobre política internacional que no desentonarían en un capítulo de El ala oeste de la Casa Blanca. Como diría uno de los personajes del libro, es una tontería más grande que una montaña de mierda de arce. Pero en fin, para gustos, los colores. Tenéis otras reseñas, algunas de las cuales serán muy positivas, en La mesa cero del Blasco,, en La originalidad perdida y chez Delenda est Carthago. Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura.

Jane Eyre, de Charlotte Brontë

Libro de Jane EyreHoy, día 1 de agosto aquí estamos, como cada primero de mes con el post del libro del Club de Lectura, ese club tan famoso a donde vais tan a menudo a leer nuestros post sobre libros. Este mes hemos leído un clásico de la literatura: Jane Eyre, de una de las hermanas Brontë. El libro lo propuse yo y tal vez debería dedicar unas lineas a explicar por qué. Pues veréis: lo propuse porque es un libro de color rojo con dorados que tengo en la librería desde hace un montón de tiempo y que me decía «léeme, léeme«. Si me hubiera dicho «cómeme, cómeme» no se me hubiera ocurrido ni por lo más remoto hacerle caso, que no es que sea yo muy gourmande pero todavía me queda algo de juicio y sobre todo algo de vista como para evitar la eventualidad de confundirlo con una Caja Roja de Nestlé. Pero leerlo me pareció una invitación, además de sugerente, bastante razonable, y lo propuse a mis co-bloggers que reaccionaron con un entusiasmo desmedido y cuyas reseñas valdrá la pena leer. Sólo os diré que, después de esto, tal vez al año que viene me dejen elegir algún libro…

Jane Eyre es una historia creo que bastante conocida, por el clásico de Joan Fontaine y Orson Welles en los papeles de Jane y Rochester, y luego otras adaptaciones más recientes al cine. Una muchachita huérfana que vive con su malvada tía ricachona que no la quiere nada, es enviada a un horrible orfanato en el que pasa muchas penurias, hambre, frío, en el que conoce la bondad y la prudencia y en el que se le curte el carácter y aprende lo suficiente como para poder optar a un puesto de institutriz en Thornfield. Esta es una mansión en donde vive el riquísimo señor Rochester, un hombre maduro, destemplado, rudo y muy baqueteado por una vida al principio desgraciada y luego algo disoluta. Rochester y Jane Eyre se enamoran perdidamente el uno del otro, pero la mansión guarda un secreto que hace que el amor, ya dificilillo de por sí debido a las diferencias de edad, clase social y relaciones laborales, se torne imposible porque… Y aquí me paro porque si sigo se la destripo y, la verdad, es una pena si no la conocen.

Yo no recuerdo la película, pero tengo para mí que, como en todas las adaptaciones, se pierden cosas. La novela es un folletín romántico, escrito en una época en la que recorrer 50 kilómetros te llevaba un par de días, los caballeros se vestían para la cena y en las tiendas se guardaban las medidas del pie para poder renovar de zapatos. Una época en la que se amaba con sinceridad, fervor y constancia, que son palabras que ya no se usan ni para ir a misa, y en la que Inglaterra era como un pueblo en el que todos aquellos que procedían de buenas familias se conocen los unos a los otros. Pero una época dura, muy dura, de tremendas desigualdades, que ya no existe y que si no se leen libros como éste difícilmente podemos imaginar.

Jane Eyre es una mujer prudente, pero franca, orgullosa, en el fondo rebelde y apasionada y sobre todo independiente, una mujer que dice: «las leyes y los principios no son para observarlos cuando no se presenta la ocasión de romperlos, sino para acordarse de ellos en los momentos de prueba, cuando el cuerpo y el alma se sublevan contra sus rigores…”. Un pensamiento muy victoriano que sin embargo convive con este otro: «Se supone generalmente que las mujeres son más tranquilas, pero la realidad es que las mujeres sienten igual que los hombres, que necesitan ejercitar sus facultades y desarrollar sus esfuerzos como sus hermanos masculinos, aunque ellos piensen que deben vivir reducidas a preparar budines, tocar el piano, bordar y hacer punto, y critiquen o se burlen de las que aspiran a realizar o aprender más de lo acostumbrado en su sexo…» Un párrafo revolucionario para la época, y muy especialmente por haber sido escrito por una mujer. Y es que Jane Eyre es considerada una novela que sitúa a la mujer más cerca de lo que conocemos hoy que de lo que eran sus coetáneas.

En fin, a mí me ha gustado mucho la historia, he pasado miedo, he sentido sorpresa con los giros de la trama y la he leído con mucho interés hasta el final. Y eso que me la he leído casi al sprint, como los malos estudiantes. No como mis co-boggers, cuyas reseñas encontraréis, como siempre, en La mesa cero del Blasco, en Lo que pasa en mi cabeza, en La originalidad perdida y chez Delenda est Carthago. Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura.

Os dejo con el trailer de la película protagonizada por Michael Fassbender en el papel de Rochester, para que os distraigáis un poco después de este une reseña que, después de todo, me ha salido más larga de lo esperado.

Cómo hablar de libros sin haberlos leído

Comment parler des livres que l'on n'a pas lusHoy toca post del Club de lectura. Este mes hemos leído un libro elegido por ND, que se llama “Cómo hablar de los libros que no se han leído”, de Pierre Bayard. Con ese título, cualquiera podría pensar que estamos delante de uno de tantos libros de bricolage o de autoayuda, ya saben, “Cómo combatir la carcoma de las puertas”, o “Cómo superar el miedo a los rinocerontes”, cosas así. Y en este caso, podría parecer dedicado a alguien que quisiera ganar algún premio de postureo cultural, porque es un libro que, aparentemente, enseña a disimular, con lo cual a ver quién es el guapo (o la guapa, en mi caso) que reconoce haberlo leído. Y siendo así, el libro debería llamarse «Cómo negar que se ha leído un libro cuando realmente sí se ha leído». Y llegados a este punto, no sé si les estoy liando, porque yo desde luego me he hecho un lío… A ver, me voy a recomponer. Quería decir que no, que el libro no es lo que parece por el título, sino que aborda muchas otras cosas, todas ellas muy interesantes, más allá de poder salir airoso en una conversación mundana sobre libros y pasar por haber leído algo que no has leído.

El autor empieza por preguntarse qué significa realmente eso de “libro leído/libro no leído”, y le parece una clasificación muy limitadora, porque, en efecto, un libro puede olvidarse, tanto su contenido como el hecho mismo de haberlo leído, y porque cada cual entiende un texto a su manera, debido a nuestra propia vida, nuestras propias ideas y al entorno en el que vivimos. Es decir, que cada libro debe encuadrarse en algo que él llama la biblioteca interior y la biblioteca colectiva, que es en donde un libro encuentra referencias y sentido para la memoria. Y él propone otra clasificación, que es la de libros que se han recorrido, libros olvidados, libros de los que se ha oído hablar  y libros desconocidos.

El autor reflexiona sobre la cultura, y sobre la imposibilidad de leer todo y de recordar todo. Y también sobre la “vergüenza” de reconocer que no se ha leído un libro, no ya en situaciones mundanas, sino en ambientes literarios o en claustros de profesores. Y sobre todo, pone en cuestión “ese postulado según el cual es necesario haber leído un libro para hablar de él”. Y es verdad, porque todo el mundo habla de El Quijote, porque es una obra de sobra conocida. O de las novelas de Corin Tellado. Pero mientras que el primero todo el mundo dice haberlo leído, de las novelas de Corin Tellado lo normal es decir que no se han leído, lo cual ya nos da algunas pistas. Y es que esa asociación entre libros y cultura naturalmente existe, pero el autor le quita importancia porque, en efecto, “las personas cultivadas lo saben – y sobre todo, las no cultivadas lo ignoran -, la cultura es primero una cuestión de orientación. Ser cultivado no es haber leído tal o tal libro, sino saber orientarse en el conjunto, saber que forman un conjunto y estar en situación de colocar un elemento en relación a los otros

El libro habla de muchas otras cosas: de la angustia que supone no recordar lo leído, y a veces ni lo escrito, y la sorpresa que supone para el autor muchas veces que le hablen de su propio libro; de la relación de la lectura con el poder; de los libros que no se deberían leer. Y el autor ilustra estas ideas con pasajes de libros que nos cuenta y que desmenuza, y que hacen que el libro sea muy distraído y que tenga interés. Y sobre todo, el libro elimina algunas “culpas”: el no leer, o leer por encima, o leer a medias, o leer sobre libros y darte por satisfecho, o dejar libros sin terminar. Porque en el fondo, y a pesar del título, es un libro que enseña a leer y a mirar los libros con otros ojos. Y sólo por eso, vale la pena leerlo.

Encontraréis otras reseñas, como siempre, en La mesa cero del Blasco, en Lo que pasa en mi cabeza, en La originalidad perdida y chez Delenda est Carthago. Y a lo largo del mes, en vuestro blog preferido de libros Club de lectura.

Un post sobre una perra lujuriosa

Hoy he escrito un post.

Si queréis, me podéis leer

AQUÍ (CLICK)

Paula, de Isabel Allende

Paula Isabel AllendeEste libro es el que nos hemos leído este mes en el Club de Tortura, digo de Lectura, ese club increíble en el que cinco apasionados (e impenitentes) lectores leemos hasta el final libros que de otro modo dejaríamos para otro ratito. En el caso de Paula, yo tenía en la cabeza que ya lo había leído, pero al empezarlo me di cuenta de que no: ése era un libro que había abandonado.  Una pena, la verdad, porque habría podido incorporar mucho antes a mi limitado vocabulario la palabra bluyines, que me fascina. Leer que la autora miró en el interior de un closet y apenas ve dos bluyines, o que abrió la puerta un hombre en bluyines y que respiró aliviada al ver que llevaba un collarín de sacerdote (sic), y yo voy y me lleno de jolgorio. Y me imagino a mí misma diciéndole a mi sobrino: ¿Tú vas a querer que te compre unos bluyines o prefieres otro regalo? Claro que si a mi sobrino se le ocurre contestarme que sí, y que quiere unos bluyines lavados a la piedra, yo dejo el jolgorio de inmediato y me voy corriendo a buscar el termómetro porque una situación así me parece cercana al delirio.

¿Por dónde iba? Ah, sí, que les quería hablar del libro. Pues bueno, psha, no está mal. ¿Saben qué pasa? Pues que lo he cogido con desgana, no me apetecía ni un pimiento leerlo (se ve que hace años me debió de pasar lo mismo). Se trata de un libro muy conocido, así es que seguramente muchos de vds habrán leído. Es una historia real: Paula, hija de la autora, cae en coma debido a la porfiria (no, yo tampoco tenía ni idea de lo que era, si eso hagan CLICK AQUÍ) y su madre para distraer la espera empieza a escribirle una carta contándole su vida. Si eso lo hago yo me salen cuatro hojas, pero si lo hace Isabel Allende se va liando y liando, y en el batiburrillo le salen 366 exactamente. En fin, iré por partes que tampoco quiero ser injusta.

Isabel Allende nos cuenta su vida, tal cual, y la intercala con la enfermedad de su hija. Pero realmente, la enfermedad de su hija casi es lo de menos. Sí, es muy triste, cómo no, pero sencillamente es el hilo conductor para que la autora nos cuente su vida. O sea, que si a su hija no le hubiera pasado nada pues yo creo que no nos habríamos librado de que I. Allende nos la hubiera contado de todos modos, aunque lo hubiera hecho en otro momento y con otro hilo conductor. Y su vida, pues hombre, está bien, tiene su interés, pero tampoco es como para tirar cohetes. Se trata de una mujer que debido a la profesión de su padrastro, y luego al golpe de Estado en Chile de 1973, y luego a muchas otras cosas, vive en muchos países, pero por lo demás, muchas de las cosas que le pasan le han podido pasar a cualquiera, salvo un episodio de abusos ciertamente desagradable cuando tenía ocho años. Lo que pasa es que esta mujer te convierte en una experiencia intensa, conmovedora y llena de significados esotéricos beberse un vaso de leche y darle las buenas noches a su abuelo. Y claro, ya puestos en ese plan, tus referencias se alteran de tal forma que una cacería de cocodrilos te parece un suceso menor.

Sí me ha resultado interesante la parte del libro en la que cuenta la llegada al poder de Salvador Allende y el golpe militar, con todo lo que vino después. Que ella, por otra parte, sólo puede contar en primera persona por poco espacio de tiempo, porque se exilia a Venezuela un par de años después de la llegada al poder de esos borricos. Con todo, se intuye que sabe más de lo que cuenta y que aunque nos dice que la relación con su tio es lejana, sí debía tener unas relaciones que le han permitido conocer de primera mano muchas cosas. Pero luego hay pasajes que son auténticamente soporíferos, en donde te puedes encontrar de pronto con alguna descripción humorística que te deja pensando si no lo estás leyendo tal vez demasiado rápido.

Pero sobre todo hay algo un poco fastidioso, y es que se empeña en dotar a su vida y a su familia de un halo espiritual, enigmático y un poco sobrenatural que ya nos ha contado en La casa de los espíritus. Vale que nos dice que muchas de los personajes de ese libro fueron inspirados por familiares, pero mira, si a eso vamos, yo también te puedo hablar de la magia de mi abuela (y no digamos de mi madre cuando se pone el respirador) y del carácter recto, tenaz y bondadoso de mi padre. Quiero decir, que de vez en cuando nos presenta situaciones perfectamente normales envueltas en una parafernalia de chorradas pseudomágicas que no es que le quite credibilidad al relato, es que lo llena de frivolidad y de impostura. Pretende el misterio y encuentra el ridículo, porque se supone que está contando algo veraz. Pero bueno, tú te vas tomando la cosa más o menos como una chifladura de escritora hasta que se te descuelga con una reflexión de este pelo sobre un chico del que se enamora: «descubrí que era un Géminis algo inestable… si hubiera estudiado astrología… habría observado su carácter y actuado con más prudencia». Y mira, a partir de ese momento, cada vez que te habla de alguna experiencia sobrenatural de las suyas, tú te la imaginas disfrazada de Mickey Mouse en Fantasía acarreando cubos de agua y bailando con escobas.

Pero bien, se deja leer y distrae si no te tomas demasiado al pie de la letra las aventuras terrenales de Isabel Allende. No obstante, sí hay que respetar y alegrarse por que escriba un libro para fijar la memoria de su hija, algo que no cabe duda que realiza con éxito (Isabel Allende es una autora muy leída, no solamente con este libro, aunque también).

Os dejo con un párrafo que me hizo gracia y os recuerdo los links donde podréis encontrar otras reseñas sobre el libro: La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza, La originalidad perdida y, este mes, creo que un nuevo acompañante en Delenda est Carthago.

Madrid me trae malos recuerdos, aquí he pasado penas de amor que prefiero olvidar, pero en esta desgracia tuya me he reconciliado con la ciudad y sus habitantes, he aprendido a moverme por sus anchas avenidas señoriales y sus antiguos barrios de callejuelas torcidas, he aceptado las costumbres españolas de fumar, tomar café y licor a destajo, acostarse al amanecer, ingerir cantidades mortales de grasa, no hacer ejercicio y burlarse del colesterol. Sin embargo aquí la gente vive tanto como los californianos, sólo que mucho más contentos»

Algo va mal, de Tony Judt

Algo va mal unmundoparacurraCambiamos este mes de fecha para comentar el libro del Club de Lectura, que lo pasamos al día 1. En esta ocasión, hemos leído “Algo va mal”, de Tony Judt. Aquejado de una esclerosis lateral terminal, Judt escribe este libro, que quiere ser un diagnóstico pero no acaba de serlo, quiere ser un testamento pero no acaba de serlo, y se queda en un conjunto de reflexiones sin remate, en un ensayo deslavazado con alguna que otra trampa. Sin embargo, en esta época de tanto griterío, se agradece la presencia del intelectual y del estudioso, y creo que se deben leer libros que te hagan pensar, aunque sea para discrepar. En el caso de Judt, tenemos delante la defensa sin fisuras de la socialdemocracia, de la presencia del Estado como bien supremo, de la creencia que éste nos resolverá todos los problemas con su papel benefactor y justo. Sin embargo, Judt, tal vez ya muy impedido por su enfermedad, no acaba de estar a su propia altura, y por momentos me ha recordado al librito basura del tal Hessel, a quien el espíritu de Descartes confunda.

Judt parte de la construcción del Estado del bienestar que tiene su origen en la reconstrucción que se emprendió a partir de la devastación provocada por la Segunda Guerra Mundial. Y razona correctamente cuando dice que nuestros abuelos construyeron un mundo mejor, más justo, más próspero y menos desigual. Atribuye este esfuerzo de reconstrucción a las ideas socialdemócratas, aunque admite que desde De Gaulle en Francia a los republicanos en EEUU impulsaron estas políticas. Y una vez dicho esto, nos dice que como la receta de nuestros abuelos fue fabulosa, que la sigamos aplicando los nietos. Y ésta es la primera de las trampas, porque en una Europa devastada, intervenir los precios, hacer carreteras y ferrocarriles, impulsar la vivienda pública, invertir en infraestructuras y sanidad y educación parece una labor deseable del Estado, entre otras razones porque no queda nadie para hacerlo, está todo arrasado. Pero obvia lo obvio: no estamos ni mucho menos en la misma situación de necesidad que entonces. Pone como ejemplo el ferrocarril y su importante papel en la vertebración de las sociedades, pero si lo desea yo le pongo la proliferación de aeropuertos peatonales en un país que ha salido de una guerra civil hace 75 años como ejemplo de obra pública para vertebrar nacionalidades. Creo que Judt se equivoca de escenario, y trata de aplicar las soluciones que sirvieron a un mundo que hoy ya no existe. Ni para lo bueno (las condiciones de progreso objetivo), ni para lo malo (“politicamente, la nuestra es una época de pigmeos”). Es como querer freir un huevo cocido.

Judt habla del Estado del bienestar como bien supremo al que hay que supeditar todas las cosas. Y vuelve a hacer trampas. Porque aunque nos dice que “En gran medida los dilemas y deficiencias del Estado del bienestar son consecuencia de la pusilanimidad política más que de la incoherencia económica”, achaca todos nuestros males al afán de lucro de “alguien” (debe de ser la mano invisible), y no a la torpeza y a la incuria de unos Estados y instituciones públicas que paralizan y burocratizan cualquier actividad económica. Judt no repara en que en el mundo actual, son los Estados (y hasta los continentes) los que compiten, antes, más y desde luego peor que las empresas. Cuando Judt dice que “los años que van de 1989 a 2009 fueron devorados por las langostas” yo le doy la razón, pero me parece que no me refiero a las mismas langostas que él.

Judt se queja del desmantelamiento del Estado del bienestar. Yo no creo que esté desmantelado, en absoluto. Es más, me parece que además de mantel, los políticos lo han llenado de tapetes de ganchillo por todas partes. Lo que pasa es que una vez que tenemos las necesidades básicas cubiertas, esos mismos Estados-langosta quieren dar más, y más, y más, hasta crear lo que yo llamo el Estado de confort. Al menos es eso lo que se me ocurre cuando equipara tener un ambulatorio con un bonito campo de deportes en un pueblo perdido. Esta incapacidad de priorizar y de distinguir lo necesario de lo que no lo es me resulta muy irritante, y creo que es el origen de todos nuestros males, como Estados y también como sociedad. Yo creo que la sanidad debe garantizar que la enfermedad se trata adecuadamente con todos los medios posibles, pero si alguien quiere una habitación individual con televisión y wifi, que se la pague. Lo mismo opino de los pueblitos perdidos que pretenden que el tren pase 3 veces cada día para recoger un viajero a la semana. Hay otras opciones, pero me temo que Judt añadiría a un chino abanicándonos con un pai-pai al menú básico de servicios tanto del hospital como de la estación de tren. Cuando dice «hoy es como si el siglo XX no hubiera ocurrido nunca» me parece una exageración, si no una boutade.

Nadie desde luego se va a oponer a la lucha contra la injusticia, contra la pobreza, contra la falta de equidad, la desigualdad, y contra lo que el llama, de manera muy acertada, el albur moral. Ese albur moral que se produce cuando una empresa pública es privatizada, pero a la que no se permite quebrar y así tiene que ser indefinidamente mantenida con fondos públicos, permitiendo el beneficio privado pero haciendo públicas las pérdidas. Acierta cuando denuncia estas calamidades, pero no hay que echar la culpa a otro más que al Estado, que es quien tiene el mango de la sartén, pone y quita reglas y nunca se responsabiliza de nada. Judt no conoce nuestras cajas de ahorros, pero si se me permite la broma, de haberlo conocido hubiera muerto igualmente, aunque de una apoplejía.

A Judt no le gusta el mundo en el que vive, pero ese mundo que mira se compone de dos o tres países. Clama contra la desigualdad en ellos, pero obvia que en los últimos 20 años, 1.000 millones de personas han salido de la pobreza. Vale que viven peor que nosotros, pero muchos viven mejor que sus abuelos, que es la base de su tesis. Critica la globalización (nos dice, que “la globalización no es más que una decisión humana”), y no dedica ni una palabra al efecto de la revolución tecnológica, la aceleración de las telecomunicaciones, la explosión de los países emergentes. Judt se queda entre las cuatro paredes de un par de países europeos y se ancla en 1948, y limita el problema de la desigualdad a que mengüen los subsidios en Inglaterra, sin importarle que en El Salvador se estén construyendo carreteras gracias a los programas de Ayuda al Desarrollo, o que los programas de microcréditos (europeos sobre todo) estén sacando de la miseria a tantas mujeres en los países en desarrollo. Su receta es que sigamos subiendo impuestos y construyendo carreteras en Europa. Nos dice: “No se debería recurrir a la eficiencia para justificar la crasa desigualdad”. Y no se le ocurre darle la vuelta: “No se debería recurrir a la desigualdad para justificar la crasa ineficiencia”. Si lo hubiera hecho, habría llegado también al “albur moral”, aunque por un camino inesperado.

En fin, a pesar de todo lo anterior, Judt nos ofrece una crítica muy seria a la izquierda y al socialismo, y también hay momentos con golpes de sentido común que se agradecen mucho. Este hombre tiene mejores libros, yo no les recomiendo que, si van a empezar, lo hagan con éste, aunque es cortito y se deja leer bien. Encontraréis otras reseñas, como siempre, en La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida. Y a lo largo de todo el mes de mayo, en vuestro blog preferido: el Club de Lectura.

Día del libro

 

Para conmemorar el día de San Jorge, o sea, el Día del Libro, nos pasa Bicheo este meme sobre libros, que a su vez proviene de Sil, y me lanzo a contestarlo (aunque llego de milagro). Es sobre libros. Así es que una lectora de lo más normal se atreve a contestar a 20 preguntas sobre libros. Ahí voy, y ver qué sale.

 

1.- El último libro que he leído.

 

Culpas, de Von Schirach, un libro sobre casos criminales, continuación de otro anterior del mismo autor.

 

2. Un libro que cambió mi forma de pensar.

 

Recientemente, el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de Etienne de la Boètie. Y en otro orden de cosas, el diario de Ana Frank.

 

3. El último libro que me hizo llorar.

 

Un matrimonio feliz, de Rafael Yglesias. Aunque llorar en serio, de llevarme un sofocón vaya, Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. No soy de mucho llorar. No como otros….

 

4. El último libro que me hizo reír.

 

Soy muy risueña yo, con los libros. Es facil hacerme reír, ésa es la verdad. El último es ese que me dejé a medias del club de lectura, que me hizo reir un par de veces. En Semana Santa leí El curioso accidente de un perro a medianoche, de Mark Haddon, y me hizo reír aunque no es de risa exactamente. Quizá Almas muertas, de Gógol, me pareció muy divertido. Ya digo que soy de risa fácil.

 

5. Un libro prestado que no me han devuelto.

 

La paradoja del interventor, de Hidalgo Bayal. Y ya me he cansado de reclamarlo. Ah, y luego está mi hermana mayor, que no me los devuelve a pesar de no habérselos prestado.

 

6. Un libro prestado que no he devuelto.

 

Invisible, de Paul Auster. Pero no lo he devuelto con permiso de la dueña, que me dijo que me lo quedara.

 

7. Un libro que volvería a leer.

 

Ninguno. Cada libro tiene su oportunidad, y ya está. Con una excepción: releo en las noches de insomnio grave cualquiera del petit Nicolas, o los cuentos de Asterix.

 

8. Un libro para regalar a ciegas.

 

¿Un curso de braille?… A ver, yo regalo los libros que me han dicho algo a mí, los libros que yo quiero por alguna razón y que puedo defender. Es la única razón que nadie me puede discutir. Porque regalar un libro es regalar un sentimiento (si alguien que haga este meme es capaz de superar esta cursilada, le regalo un libro)

 

9. Un libro para colorear.

 

Un libro para colorear.

 

10. Un libro que me sorprendió para bien.

 

Los universos paralelos, de Michiu Kaku. Me pareció fascinante, y eso que había tramos que tenía que leer tres y cuatro veces para entender algo.

 

11. Uno de los primeros libros que leí en la escuela.

 

Ni idea. Pero uno de los primeros libros que leí fue Tocón con Anibal, un cuento sobre la historia de Anibal Barca que me convirtió en fan total de Aníbal.

 

12. Un libro que robé.

 

¿Qué clase de pregunta es ésa?

 

13. Un libro que encontré perdido.

 

Pues cualquiera de los que hay por casa de mi hermana…

 

14. El autor del que tengo más libros.

 

Goscinny, sin duda. Porque entre los que tiene con Sempé y los que tiene con Uderzo, se lleva la palma.

 

15. Un libro valioso.

 

Un libro de aves y otro de cetrería. Eran de mi padre, ése es su valor.

 

16. Un libro que llevo tiempo queriendo leer.

 

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace. Exactamente desde el 8 de Diciembre de 2012…

 

17. Un libro que prohibiría.

 

Pues un libro que no me atrevo a mencionar. Y lo prohibiría precisamente por eso: porque me da miedo decir que lo prohibiría. Muerto el perro, se acabó la rabia.

 

18. El libro que estoy leyendo ahora mismo.

 

Algo va mal, de Tony Judt, aunque lo alterno con Les choses, de Perec que sé que no acabaré.

 

19. El próximo libro que voy a leer.

 

Pues lo que me manden XDD. En mi lista preferente está La librería encantada, que me lo ha regalado por mi cumple mi librera favorita.

 

20. El libro que no leeré jamás.

 

Uno de recetas de cocina. Aunque nunca se sabe: de hecho, iba a poner uno de madres…