Esto es perfecto para despejar el lunes.
En minuto y medio.
No hace falta más.
Esto es perfecto para despejar el lunes.
En minuto y medio.
No hace falta más.
Me pregunta Paterfamilias en la entrada de ayer cómo es posible que yo fuera por el mundo con una DS. Es normal que se lo pregunte, porque tiene mucha razón cuando argumenta después, con gran perspicacia, acierto y sabiduría que no me pega mucho. Me dice: «una persona de tu categoría, tu porte, tu savoir faire, tu…» Y ahí ya Pater se queda sin palabras. Veréis, el asunto tiene una explicación y no es exactamente como dice Pater. Y es que yo no me aficioné a la DS, sino a Super Mario…
Todo empezó cuando me compré una Wii. A mí en realidad no me gustan los videojuegos, pero cuando se tienen sobrinos pequeños, pasan estas cosas. Esta es la razón oficial: la real es que me encantan los cacharros electrónicos. Incluso tuve un Tamagochi, aunque lo acabé regalando porque me preocupaba demasiado por él. Claro que no tanto como mi amiga Yoli, que dejó a su madre tirada en las escaleras de El Corte Inglés porque se dió cuenta de que se había dejado el Tamagochi en casa y tal vez se estaba muriendo, así es que cogió el coche y se volvió a su casa corriendo, y ahí dejó a su madre, comprando. Yo, sin embargo, nunca hice carrera de él, del Tamagochi digo. Se me convertía en serpiente repugnante cada dos por tres. Y es que no me lo podía llevar a las reuniones, no quedaba profesional. La cuestión (volviendo a la Wii) es que después de probar con unos cuantos juegos de lo más sosainas, me recomendaron el Super Mario Paper. Y mis sobrinos no volvieron a tocar la Wii más: qué juego tan divertido (les dejo abajo un vídeo de youtube por si no saben de lo que hablo) (y lo quieren saber, claro). Luego saldría el famoso Galaxy, pero creo que el Paper es insuperable. Por las mismas razones me compré una DS, y ahí estaba de nuevo Super Mario. ¿Conocen «Mario y Luigi, viaje al centro de Browser»? Maravilloso, mucho mejor que Super Mario 64, desde luego. Ahora que yo prefiero a Super Mario en pantalla grande. Pero, como les decía ayer, entre las medidas de seguridad por el 11-S y la supresión de filas por los ahorros de costes de las compañías aéreas, llevar una tele en un avión, aunque sea de 21 pulgadas, da algunos problemas. A ver, teniendo en cuenta la de cosas que algunos meten en cabina pueden no parecer muchos, pero algún problema da, eso sí.
Super Mario no es Super Mario. Es también todos los personajes: Luigi, la Princesa Peach, Browser, los koopas… es el reino de Champiñón, con sus champiñones verdes y rojos, y las flores mágicas o las carnívoras (malísimas), y las monedas, los bloques, las estrellas, las tuberías que te llevan a mundos distintos, o a otros niveles, o a ninguna parte, las dimensiones distintas…. Y todas las cosas que pueden hacer: nadar, volar, correr, saltar, dar volteretas y patadas y puñetazos… en una historia en donde, al final, el asunto es, como en casi todos los videojuegos, darse de bofetadas, pero con el siempre honorable objetivo de salvar a una princesa.
Bien, ya está dicho: soy fan de Super Mario. Ya ven: un fontanero. Sí, pero ¡qué fontanero!
Hace muchos años, diez o doce, mi madre roncaba como una leona. Eran unos ronquidos sin ritmo ni cadencia, como enfurecidos, casi rabiosos, disparatados, atigrados. Yo tenía que cerrar su puerta y algunas noches también la mía porque aquello era un sinvivir. Cuando íbamos de viaje, cogíamos dos habitaciones individuales, porque si no, no había manera de pegar ojo. Entre respiraciones fuertes se intercalaban unos «grroouunnnjjjj» expansivos, inhumanos, que cesaban súbitamente para luego volver a aparecer. Yo no me explico todavía de dónde sacaba aquellos sonidos…
Yo se lo había dicho mil veces pero no me hacía caso. Según ella, yo era una exagerada. Por medio, y sin que nadie lo relacionara, se quedaba dormida en cualquier sitio y de cualquier manera. Lo notabas porque sonaba el león, grraujj, cuando menos te lo esperabas. Hasta que mi sobrina pequeña vino un día a dormir y mi madre le preguntó. Y se convenció. Así es la vida y sobre todo, así es mi madre, señores: no me hacía caso a mí, una mujer con treinta años bien cumplidos y sin ningún problema de oído, pero escuchaba a una enana de cinco. Y se fue al médico.
La pusieron en observación un par de noches, llena de cables y de aparatos. Cuando a la mañana siguiente le preguntaron, mi madre dijo que había dormido «sin problema». Los aparatos decían, sin embargo, que se había despertado un montón de veces en ocho horas, y que había estado, en algunos momentos, hasta dos minutos sin respirar. Lo que se llama apnea del sueño. Así es que le pusieron un aparato para dormir. El aparato es un respirador, un cacharro del que sale oxígeno con una mascarilla con la que mi madre tiene que dormir. Si te la encuentras por la noche en medio de la casa, puedes ver a una especie de elefante con trompa recortada por el pasillo, porque se desconecta del cable, pero no se quita la mascarilla. La primera vez sobrecoge un poco, aunque luego al ver que no barrita (y sobre todo, al comprender que es tu madre), ya se te pasa.
Y ahora ya no ronca: hace glu-glú.
Mi amiga S. es una ávida lectora de blogs. Lee uno: el mío. No todos los días, por supuesto. Calcula cuándo habré escrito varios post, y entra y lee todo lo que tiene pendiente. De arriba abajo, según me dice. Y luego me critica. Me critica a mí y a vosotros. Y si os tuteo es porque me refiero vosotros, queridos comentaristas. Y no creáis que nos critica tímidamente, o que utiliza algún tipo de metáfora, o imagen, o elipsis, o algo. No, no. Nos critica abiertamente y con mucha gente delante. Y esto lo hace porque es una bruja malvada que me quiere hundir, a mí y a vosotros. ¡A todos, nos quiere hundir a todos!
La crítica que me hace a mí es variada. Para empezar, me afea que no actualice todos los días. Ella espera leer cada lunes siete post. Siete. Y se encuentra con que hay lunes que sólo hay uno nuevo. Uno. “¡Vaga, que eres una vaga!”, me dice, tronante. Además de esto, me critica que no sea objetiva ni exhaustiva. O sea, que dé mi propia versión de las cosas y que además no lo cuente todo. A esto yo le suelo contestar que abra ella su blog y cuente las cosas como le parezca a ella, pero me contesta (es muy contestataria) que no, que para eso ya estoy yo. Anda, toma lacasitos. Y finalmente, me dice que cuando hablo de libros aburro, cuando hablo de fútbol aburro más y cuando cuento cosas de mis perras me pongo de un cursi insoportable. También me dice que las cosas de la oficina las cuento con mucha cobardía y me aconseja que no hable de política porque se me nota que soy de derechas. Y ahí yo protesto, porque yo no soy de derechas, y mucho menos desde que gobierna “eso” que nos está gobernando.
Pero luego os toca el turno a vosotros, queridos. Según ella, sois unos pelotas. Sí, unos pelotas, porque entráis todos a comentar que estáis de acuerdo, y qué razón tengo, y qué graciosa soy, y qué interesante todo eso que pongo. ¡Pelotas, vendidos, truhanes! Aparte de que no lo entiende. En su comprensión monobloguera, deberíais todos criticarme y oponeros. Y yo le explico que me parecen muy normales los comentarios, porque si sigues a alguien es porque te mola lo que escribe y que si no, pues no le sigues, que para eso la blogosfera es un lugar libre y medio anónimo. Y entonces entra en pérdida (de razón) y es cuando me dice que mejor cierre los comentarios, porque ella se los lee todos esperando que me déis caña y siempre acaba decepcionada. Y en cuanto a mis respuestas, también lo tiene claro: soy una pavisosa y parezco medio tonta.
Y para que no falte de nada, me acusa de cortar los comentarios en contra y no dejarlos pasar. Cuando le digo que no, que sólo he borrado un comentario en la vida y que fue porque era una procacidad me mira con sospecha y me dice: “ya, ya, pero puedes borrarlos ¿no?». Incluso ha llegado a insinuar que os pago. ¡Y hasta que me comento a mí misma! (bueno, esto último lo dijo al final de la cena, y la botella ya sólo tenía de utilidad el reciclado de vidrio). Pero en fin, no os preocupéis que no sabe lo que es el blogrol, y además, no tiene ni memoria ni habilidad para identificar vuestros nombres con el título de vuestros blogs, así es que no se pasará por vuestras casas para meterse con vosotros también.
Le he pedido que comente ella, y me dice que sólo lo hará cuando me dedique a hablar de la menopausia, que seguro que tengo mucha gracia. Y es que es muy buena amiga, pero cabrona como ella sola… En fin, queridos amigos, dejo abiertos los comentarios. ¡Y no digo más!
Realmente, está el distrés y el eustrés, como saben vds. O como tal vez no sepan, que en esta vida no hay que dar nada por sabido. Y luego está la procrastinación, que yo durante un tiempo he confundido con la emasculación sin, naturalmente, entender nada de lo que me estaban contando, lo que me sitúa a la altura de ese profesor que ha confundido el crepúsculo con el escrúpulo y que se ve que tampoco entendió bien el examen que le estaban haciendo.
Este arranque incomprensible del post me devuelve a lo que yo recuerdo como mis mejores épocas de Un mundo para Curra, en las que me sentaba frente ordenador entre dispersa y sorprendida, sin saber muy bien de qué iba a hablar y con el único objetivo de dejar que mi cabeza se vaciara sin tener que perder la consciencia. Ese es mi descanso, cuando la cabeza se alivia de todo el ruido que se va acumulando en la jornada y suelta el torrente de ideas que va dejando sin ordenar. Un poco como una presa que desembalsa, pero sin estruendo. Y sin humedad, claro. El otro camino para que las ideas reposen y se vayan colocando en su sitio, y se jerarquicen, y se desechen, y se escondan en un recoveco para después contribuir como una tesela más en el mosaico del pensamiento, es el sueño, aunque para aprovecharlo haya que perder la consciencia, algo que siempre me ha parecido una especie de peaje ineficiente de la imaginación. Aparte de que dormir para dejar descansar al cerebro es un camino que utiliza todo el mundo, incluso aquellos que no presentan ningún motivo para el cansancio, lo cual, además de no tener mérito, demuestra que dormir mucho y ser un genio no tienen ninguna correlación.
¿Por dónde iba? No sé. No sé de qué quería hablarles hoy. De que tengo mucho trabajo no, porque mi racional me dice que al final es todo una cuestión de organización, de anticipación y de orden, y mi experiencia sabe que hay que dejar que el barullo repose, que hay que esperar a que todos los caminos abiertos empiecen a resultarnos familiares para que no perdamos el tiempo consultando un mapa y que la costumbre, hasta que toma holgura, es un reposo en el que poder afianzar la valentía.
Oigan, qué bonito esto que acabo de escribir ¿no? Será que he dormido bien. A ver si mañana me animo y les hablo de algo que haya apuntado en mi moleskine de colores. Y resuelvo, de paso, su utilidad.
En primera acepción, establecer, ordenar, determinar. En segunda, determinar, asentar como verdad una doctrina o un hecho.
Estatuyo
Estatuyes
Estatuye
Estatuimos
Estatuís
Estatuyen
Y, ahora, imagínate el subjuntivo…
Escribo alborozada aunque renqueante y agotada por el esfuerzo de la defensa de mi vida. No en vano he sobrevivido milagrosamente al ataque de unos virus ponzoñosos que me han contagiado en mi oficina. Virus que procedían, muy probablemente, de alguna guardería o algún colegio infecto a donde va el retoño de algún compañero, o quizá de la oficina en la que trabaja el marido o la esposa de alguien con el que he tenido que reunirme en estos días. Había conseguido sortearlos, y había contemplado la última semana cómo iban cayendo, como moscas, algunos compañeros. Hasta que me ha tocado a mí.
El miércoles empezaron los escalofríos por la tarde. Me tomé una aspirina francesa UPSA con vitamina C, que son unas aspirinas que tengo yo por infalibles. Una reunión tardía me dejó bajísima de defensas, y allá que vinieron los virus latentes: a cebarse en mi pobre cuerpo. Y lo peor es que tenía una cena de compromiso. Así es que llegué a casa, tomé una ducha con agua muy caliente, me abrigué, y allá que me fui. No sabría decirles si mis intervenciones en la cena fueron muy inteligentes, aunque seguro que fueron muy masculinas, porque ya para entonces tenía voz de manolo.
Llegué a casa con fiebre y no pegué ojo. Se sucedían los episodios de escalofríos y sudores, y otros episodios que no les voy a contar porque este blog lo lee gente que tiene mundo y no considero necesario explicarlo todo. A la mañana siguiente dudé entre llamar al médico o al cura, pero pensé que debía darle una oportunidad a esos hombres y mujeres que han estudiado 6 años para arreglar lo que destrozan los virus, las bacterias y la mala suerte, y que mi alma todavía se quedaría un ratillo por aquí vagando hasta que alguien tuviera a bien llamar al timbre para que San Pedro me abriera las puertas del cielo. Así que el médico me toco la tripa, me auscultó, proyectó su linternita en mi garganta, me miró fijamente a los ojos y me dijo que yo iba a morir sin remedio, aunque él no creía que este virus fuera capaz de adelantar el acontecimiento, y que me tomara un paracetamol MYLAN 650 cada 6 horas. Y así pasé el día, en la cama, con la cabeza a punto de estallar, no podía leer, ni oir, ni ver la tele, casi ni hablar. Puse un correo a E. diciéndole que estaba agonizando al borde de la muerte, y que rezara por mí un Notre Père en francés y algo que le sonara en español, que no perdiera el tiempo en cambiar mi agenda, porque ya me quedaban pocas páginas que rellenar, y que lo dedicara a inventarse algo heroico para describir mi muerte y algo legendario para resumir mi vida. También que fuera enmarcando mi foto para colgarla en mi despacho cuando lo convirtieran en sala de reuniones (la Sala Jiménez, creo que llegué a sugerir). Bueno, esto me lo acabo de inventar. El correo era mucho más escueto y no llevaba instrucciones, porque cuando los virus atacan de esa forma, hay que dejarse de humoradas y concentrarse en sobrevivir.
Luego, ya por la noche, logré dormir y esta mañana incluso me he acercado a trabajar un par de horas, lo justo para celebrar que he logrado apaciguar tanto virus inmundo. Pero están ahí, lo sé, ¡los noto!, aunque me han dado otra tregua para poder contárselo.
Y ahora, si me permiten vds, me voy de nuevo a la cama a seguir penando.
Yo no sé a vosotros, pero a mí me resulta insufrible. Lo de «sacabao» y «hay cacer» en personas teóricamente formadas y con una edad en la que, evidentemente, han evitado LOGSES y desburramientos semejantes me parece insoportable. Eso no es falta de cultura, sino falta de oído. Eso es desgana por intentar salir del ambiente choni que te rodea. O no: ¡eso es que te gusta el ambiente choni que te rodea!
Eso no es de castizos, sino de ignorantes. De muy ignorantes. Y no tiene nada que ver con hablar rápido. Se puede hablar muy rápido y hacerlo correctamente. Eso es de estar hipnotizado con el Madrid directo y con los programas de frikis y borderlines de tele 5. Que no pido que se pronuncien los participios, hombre, que a mí también se me escapa algún «ao» por «ado». Es una forma de hablar a hachazos relativamente corriente y que a mí me descompone, porque me parece el colmo de la dejadez.
Y hay quien o no repara en ello o no le importa, no sé, el caso es que puede mantener una conversación con esas personas sin sobresaltarse en absoluto. Pero a mí me pone de malísimo humor y me duelen los oídos, igual que me duelen los ojos cuando leo faltas de ortografía o de tildes, o cuando las frases están horriblemente mal construidas, hasta el punto que generan confusión. Pero en el medio escrito parece más fácil reparar en ello, aunque a veces dé un poco de vergüenza ajena tener que corregirlo. Ahora, ¿Cómo corriges a uno que te suelta «yalampezao«? ¿Le paras en medio de la frase? ¿ Y qué le dices para que entienda bien tu perturbación? ¿Quejque te da alipori?
No sé de qué sirve que Matías Prats siga presentando los telediarios. No aprenden nada.
Mi querida Curra (esa perra negra tan guapetona que ven arriba) no ha sido educada a tortas, ni mucho menos. Hombre, algún azotillo sí que se ha llevado, incluso algún que otro zapatillazo, pero siempre de buen rollo y por razones muy justificadas, desde luego. Educar a un perro no es algo evidente, no crean. Hay que tener paciencia, constancia y las ideas muy claras sobre quién es el perro y quién el amo. Y Curra además de la educación familiar, ha ido al cole para no tirar de la correa por la calle y sentarse mientras esperamos el semáforo. Pero esto se hace cuando son muy jovencitos y no te puedes permitir esperar a que les entren ciertas cosas en la cabeza.
En casa, a Curra la hemos educado a base de premios. O sea, hacía algo bien, y le dábamos un chuche. Seis años después, seguimos dándole chuches aunque ya está educada, o sea que le damos un chuche por hacer lo que ya sabe… Por ejemplo, da la pata o se sienta sin chuche (lo tengo comprobado), pero aquí todo el que llega le da un uno. Ya no estoy segura si lo que quieren realmente es que Curra les dé la mano o simplemente lo que buscan es un motivo para darle un chuche a la perra. Claro, que así me explico las fiestas que hace a todo el mundo cuando vienen a casa – algún día lo voy a grabar para que lo vean. Y luego están los otros premios que recibe por costumbre, y que tienen que ver con ceremonias que nos hemos inventado ella y yo. Una de las ceremonias es que, los fines de semana, tengo que darle una galleta después de desayunar. Y es muy curioso, porque entre semana no viene a desayunar conmigo. Otra de sus ceremonias es que, cuando acabamos de cenar, hay que darle su pancito. Cuando quito la mesa, se sienta en la cocina, me da la mano, yo le doy un besito y su trozo de pan, y entonces sale corriendo con el pan al salón para comérselo. Yo tengo que ir detrás de ella diciendo «huy que te lo quito, que te lo quito»….
Sí, señores: a veces un blog también sirve para reflexionar sobre las idioteces que hacemos en la vida, después de sincerarse…
En fin, eso que ven arriba son sus chuches «oficiales»: No son las clásicas galletitas de perro, porque son carísimas y, la verdad, no hay por qué: ella las va a devorar igual y yo prefiero no arruinarme. Así es que los premios de Curra son galletas de pececitos del Supersol, que por menos de un euro te dan 350 gramos. ¡Y que además están buenísimos!
En los últimos tiempos oigo mucho hablar de la mediana edad. ¿Y qué es eso de la mediana edad? Quién sabe. Supongo que es la imagen que tenemos de la madurez, una imagen imprecisa que no es facil describir, porque tampoco es fácil ponerle número. Así que es una cuestión de perspectivas…
Cuando se acaban de cumplir los 38, nos puede parecer que a los cuarenta se pasa a la mediana edad. Luego, el día que cumples 41, al mirarte en el espejo o al revisar aquella foto de hace tres años, te das cuenta de que los cambios son irrelevantes, y que si no estabas en la mediana edad a los 39 tampoco lo estarás a los 42. Hasta que un día dejas de preocuparte porque sitúas la mediana edad en los 50… Esta es la primera perspectiva que os propongo.
Miren la foto. Hay dos señoras ¿verdad? Y parecen de mediana edad ¿Sí? Pues la de la izquierda tenía 17 años y la de la derecha 24. Esto era el año 62, cuando las modas y la forma de arreglarse de las mujeres te echaban años en vez de quitártelos. Y no es porque estuvieran en una celebración, que lo estaban. Puedo ponerles fotos de esa señora de la derecha con 25 años en un parque con una niña pequeña (mi hermana, dejen de echar cuentas), en las que aparenta mucho más de lo que aparenta hoy en día cualquier chica de esa edad. La época en la que vives añade una segunda perspectiva a la definición.
Hay una tercera forma de mirarlo, que es la personal. Hay mujeres que llevan siendo de mediana edad desde los 14, y que cuando tuvieron su primer hijo ya llevaban un par de años en la cincuentena. Pillan un marido de orden y se olvidan de su propia juventud, y se peinan muy historiadas, y se ponen unos maquillajes y una sombra de ojos muy pesados, y llevan unas faldas muy largas, unos cinturones muy estrechos, unas blusas muy estampadas y unas manicuras muy cursis. Y no tienen líneas de expresión, sino unas arrugas comme il faut.
Y por último, está la despreocupación por la mediana edad. Supongo que llegas cuando te da igual, cuando consideras la juventud con cierta perspectiva y hasta con un poco de pereza, cuando no te cambiarías por una de 25 ni de broma, cuando valoras mucho más la experiencia, y la seguridad que te da la madurez que la imagen que tienen los demás de ti. Porque la imagen que te interesa es la que te devuelve el espejo, y esa sigue sin alcanzar la mediana edad para ti. Ni para los ojos de aquellos que, ahora ya sí, no te importa seleccionar.