La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey

El título de este post es también el del estrafalario título de un libro que he estado leyendo la semana pasada y que me ha encantado, y eso a pesar de una traducción por la que la editorial debería haberme hecho un descuento del 50% para compensarme el dolor de espalda que me producía tener que agacharme a recoger los ojos del suelo de forma permanente.

Guernsey es una de las islas británicas del canal de la Mancha y fue ocupada por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la ocupación, unos lugareños crean una Sociedad literaria en la que se reúnen para hablar sobre los libros que leen, alrededor de un pastel de piel de patata (lo único que tienen para fabricar el pastel). Y esta es la explicación del título. En cuanto a la trama, se puede contar que recién terminada la guerra, una escritora londinense de éxito que está buscando un tema para escribir un nuevo libro, recibe un buen día la carta de uno de los habitantes de Guernsey en donde le pide referencias sobre el autor de un libro. Esta casualidad hará que poco a poco empiece a interesarse por los miembros de la Sociedad literaria y por el resto de los habitantes de la isla y sus peripecias. Y no cuento más, que voy a terminar soltando lo que no debo.

El libro se lee a través de la correspondencia que la escritora mantiene con los habitantes de Guernsey, con su editor y con una amiga, un género que a mí particularmente me parece dificilísimo y que no siempre está muy logrado, porque cada carta debe tener entidad y además estar al servicio de la historia, y no me parece nada fácil engarzar todo. En este caso, la ficción está bien construida, por fortuna. Pero sobre todo, es el tono del libro, que a pesar de contarte algunas penas de la ocupación es desenfadado y optimista; la galería de personajes, gente muy campechana, personajes llenos de ingenuidad y de simpatía; y el humor del libro, ese humor inteligente moteado de excentricidades que yo creo que sólo se encuentra en la novela inglesa (aunque esta autora es americana), y que a mí me parece divertidísimo.

En fin, un maravilloso desengrasante que me ha venido estupendamente después del dramón de La vida entera. Y ahora creo que volveré a la seriedad y gravedad del mundo actual y miraré a ver qué me cuenta Baverez nueve años después de escribir aquello de “La France qui tombe”. Creo que todavía hay esperanzas, porque el título no es “La France est tombée, finalement” sino “Reveillez-vous (despertaos)”. Espero que para despertarme no necesite ponerme muchas alarmas…. En fin, que se ande con ojo que no estoy yo para muchas penas, para muchos oh-la-las, y para muchas attentions. Y además, hace tanto que no tiro un libro por la ventana…

La vida entera

La vida entera, de David Grossman, es un libro que empecé a leer y que abandoné en la página 20, probablemente porque se cruzaría otro libro, y luego otro, y otro, hasta que ahora lo he retomado para el club del lectura. Lo he leído en una especie de carrera contra el tiempo y para llegar en fecha a escribir este post. Y me alegro de que sea así. Me alegro de haber tenido que obligarme a terminarlo, y también de haberlo terminado. Y es que se trata de un libro con el que es fácil distraerse: a veces pasa una mosca y se te va el santo al cielo.

La vida entera es ese instante en que una mano en forma de puño llama a la puerta y tres hombres del ejército te dicen que tu hijo ha muerto en una operación militar. Y para evitar ese instante, una madre emprende un viaje angustioso caminando a través del norte de Israel, sin importar mucho hacia dónde va, porque como ella dice “no me importa dónde estoy, sino dónde no estoy”. Mientras recorre el camino, Ora nos va contando la vida de su hijo en sus detalles más triviales, detalles que le sirven a la madre para mantener al hijo vivo, pensando que con ello le protege de la muerte, creyendo que si deja de caminar, si vuelve a su casa, entonces tendrá que escuchar que su hijo ha muerto.

Y al hablar del hijo, Ora nos habla de su propia vida, encajonada en un triángulo amoroso que forma con dos hombres que conoció de niña en un hospital, a los que ama a cada uno de una manera y que la quieren también, cada uno a su manera. Dos hombres que también han vivido una guerra que se repite en cada generación porque es siempre la misma guerra. Y uno de ellos, Abram, la acompaña en el camino y la escucha mientras ella le habla del hijo, y encuentra de paso la manera de curarse él mismo de sus propias heridas de la vida, una vida de la que se ha desenganchado después de que las torturas de la guerra le hubieran devuelto a casa convertido en un guiñapo humano.

Decía yo hace un mes que pocos libros justifican mil páginas. Este tiene 800, y durante las cien primeras, tres niños van forjando su amistad para toda la vida en un hospital y creo de verdad que más abundancia no siempre aporta mayor precisión. En su descargo hay que decir que el autor, David Grossman, tuvo el mismo reflejo que Ora, porque lo empezó antes de que su hijo se enrolara en el ejército y tuvo la sensación, durante mucho tiempo, de que mientras siguiera escribiendo libraría a su hijo de la muerte. El hijo de Grossman murió finalmente antes de que Grossman acabara el libro. Y yo me pregunto qué grosor de libro le hubiera salido si no hubiera tenido a su hijo destacado en una operación militar. Y también, cuál si el hijo no hubiera muerto.

Ah, la prosa es maravillosa, incluida la traducción. De no ser por eso, y por unos pasajes llenos de vigor repartidos por todo el libro y que indican que tenemos delante a un magnífico escritor, el libro hubiera ido directamente por la ventana. Creo que leeré algo más de este hombre.

También tenéis reseñas del libro en los blogs de Lo que pasa en mi cabeza, Desgraciaíto y Livia.

Unwind

Hoy quiero hablar de uno de los libros más desapacibles e inquietantes que he leído en bastante tiempo. Tengo más razones para recomendarlo que para no hacerlo, así es que os contaré lo justo para que decidáis vosotros si os apetece pasar un buen rato pasando un mal rato. Es un libro que he tenido que leer en inglés y os diré que era tan espeluznante lo que estaba leyendo que tuve que consultar la Wiki para verificar si estaba realmente entendiendo lo que estaba entendiendo. Y sí, lo estaba entendiendo.

Veréis, en una sociedad del futuro, y después de una guerra civil a cuenta del aborto (con unos partidarios de la planificación industrial de embarazos para obtener tejidos de fetos con fines médicos, y otros contrarios a cualquier tipo de planificación familiar) se llega a un acuerdo de «vida«: todos los niños concebidos nacerán y se les dejará llegar a la adolescencia, momento en el cual los padres tienen una opción para desembarazarse de los hijos que no quieran por la razón que sea. Entonces, a partir de los 13 años y hasta los 18, tienen derecho a firmar una orden para donar a sus hijos y que el cuerpo de éstos sea repartido entre otros cuerpos, y que así puedan seguir viviendo pero en el cuerpo de otros, que a su vez necesitan sus órganos para vivir. No vayas a la Wiki, que lo puedes entender perfectamente.

Ya os podéis figurar las derivadas de ese mundo desquiciado. Padres que donan a sus hijos adolescentes porque son un poco gamberros, o que los ofrecen como un diezmo; familias que son obligadas por ley a quedarse con el recién nacido que cualquier mujer quiera dejar a la puerta de su casa (una especie de visita sorpresa de la cigüeña), orfanatos con cupos de descarte que se ven obligados a firmar órdenes para los “excedentes” y para los excelentes… Pero hay más cositas. Una sociedad que ya no tiene que preocuparse por las donaciones de órganos en caso de riesgo vital, pero tampoco por haber nacido con una nariz que no te gusta… Y por cierto, que si despedazar a un chaval no es matarlo sino proponerle otra manera de vivir, dime querido lector ¿Cómo harías tú para obtener el 99,44% de los órganos y tejidos de una persona sin matar a la persona? Extraordinaria pregunta que también se hacen los adolescentes cuando van en un autobusito hacia un lugar que se llama campo de cosecha… Vamos, que ríete tú de las angustias hormonales.

(Ve, ve al baño a echarte agua en esos pelos, que los tienes de punta. Yo te espero aquí).

Bueno, os he contado el libro por el lado escabroso y no vais a querer leerlo. Para que os apetezca os puedo decir que en realidad es un libro de ciencia ficción (posiblemente más de ficción que de ciencia), escrito con un estilo muy dinámico y un ritmo muy rápido que te engancha enseguida no por el morbo, sino porque el libro cuenta la huída de tres adolescentes de ese horror, y hay lucha, hay intriga, hay pasajes detectivescos, hay aventura, hay héroes y villanos, y además el autor sabe mantenerte en vilo en todo momento. O sea, que este libro es, salvando las distancias, como Parque Jurásico: si partes de la base de que eso no puede suceder y te lo tomas como una historia de terror, te gustará. Y trama aparte, te dará mucho en qué pensar, esto te lo aseguro.

En fin os dejo, que tendréis que cenar. Ah, y casi que podéis dejar lo de cortaros las uñas para otro día, no sea que os dé por pensar que por algo se empieza…

La noche de los tiempos

Pocas novelas justifican 958 páginas. Antonio Muñoz Molina dice de La noche de los tiempos en su página web que iba en un tren por la orilla del Hudson y pensó que ahí «había una historia, quizás un relato no muy largo de un hombre que ha huído de su país en guerra«. Pues menos mal que no se le ocurrió un novelón, porque hubiera necesitado una distribuidora para él solo… Las malas lenguas dijeron entonces, cuando lo publicó, que andaba buscando hacer «la novela», que perseguía su consagración, pero yo no lo creo. Le creo a él cuando dice a continuación que «la historia crecía tanto que yo me sentía perdido en ella, desalentado por su dificultad«. La noche de los tiempos no es un libro fácil, aunque la dificultad a la creo que alude Muñoz Molina me parece evidente: estructurar así una novela y que no te salga un bodrio no es nada sencillo. Para el lector tampoco es una novela sencilla porque necesitas mucha paciencia hasta que te engancha la historia y en el entretanto, te tienes que conformar con una prosa que a mí me parece excelente.

La noche de los tiempos es la historia de un hombre, Ignacio Abel, que va a lo suyo. ¿Y qué es lo suyo? Pues su trabajo, su amante y su pellejo. Y luego lo disfraza de excelencia profesional, de amor verdadero, y de sentido práctico. Muñoz Molina, claro, nos lo presenta de manera muy poética, pero el pájaro es como para echarle de comer aparte. Todo ello situado en un fondo de escena muy atractivo desde un punto de vista literario, como es el Madrid de 1936, cuando «lo monstruoso empezó a parecer normal…«. Muñoz Molina nos enseña el horror de la guerra civil española y lo hace con la lucidez de quien observa la guerra como un proceso devastador. El trato que el autor da a algunos personajes históricos me parece irrelevante para seguir la trama, entre otras razones porque forman parte del decorado y al final lo que cuenta es la neutralidad y la distancia que toma el protagonista, que nos deja ver una sociedad que hoy es muy difícil de entender.

Abel dice que él es un hombre que «se había equivocado acerca de todo, pero más que nada sobre sí mismo«, aunque esto sólo lo reconoce en la página 935 para luego seguir equivocándose: cree que lo que ha fallado es su lugar en el tiempo, cuando su egoísmo y su cobardía habrían salido a la luz en cualquier otra época de la Humanidad, incluso cuando los Neanderthales se paseaban por Europa.

Leí este libro en febrero de 2010, durante unas vacaciones de invierno en la playa, y ahora lo he revisado para Club de Lectura. Se necesita tiempo para leerlo pero no por su grosor sino porque es un libro bien escrito, para leer sin prisas y sin obligaciones de sueño. Claro que esta es sólo mi opinión. Hoy también publican sus reseñas en sus blogs Livia, Bicheo y Desgraciaíto. Y si ya se lo han leído y no temen que se lo destripemos, pásense de nuevo por allí a lo largo del mes: No sé los demás, pero yo desde luego no seré muy amable con el protagonista.

La invención de Hugo Cabret

El título de este post es el mismo que el de un libraco que he leído estos días y del que ya veré qué comento en Club de lectura, cuando se me pase el mal humor. Y es que una ya va teniendo una edad en la que leer libros para adolescentes le provoca una terrible sensación de pérdida de tiempo. Si este bodrio de kilo y medio de peso no ha terminado en el fondo de la piscina no ha sido por respeto a su calidad literaria – inédita por otra parte -,  sino porque tengo muchos amigos con hijos en edad de leerlo, aunque yo les recomendaría a sus padres que antes les compraran la serie entera de Las Torres de Malory para que se vayan aficionando.

En su descargo diré que es un libro bonito. Quiero decir que la edición está cuidada, el papel es de alta calidad y además, de las 500 páginas, casi 300 son ilustraciones en carboncillo. Ya sé que decir esto de un libro es como felicitar al maître por lo fresquita que estaba el agua, pero en realidad yo estoy haciendo una publicidad excelente a la editorial, puesto que con tanta ilustración ya le pueden comprar el libro al niño a partir de los cinco años para que lo coloree a su gusto y les deje dormir la siesta.

También es verdad que el libro tenía todas las papeletas para darse un chapuzón, porque las historias en donde los niños son los protagonistas – y los que más hablan – me provocan mucha pereza. Por si esto no les molesta tanto como a mí, también les diré que sale un relojero, un señor que vende juguetes, su ahijada, una mujer de aparente dureza que soba un broche de plata que lleva en la blusa, dos delatores, un policía muy borrico y un tuerto que trabaja en un cine. Un elenco como para jugar al béisbol, vaya. Con todo, se trata de una historia que, bien contada, podría haber dado lugar a un buen libro de intriga, incluso de misterio, porque está ambientada en un París lúgubre, hay pasadizos de una estación de tren, cada protagonista guarda un secreto que se resiste a compartir y, además, todo gira en torno a un inquietante autómata olvidado y después rescatado de las ruinas de un pavoroso incendio. Pero el libro se convierte en una historieta de tebeo porque el autor es lamentable. Ni tiene estilo, ni sabe armar la historia, ni construye la intriga, ni tiene la menor capacidad para provocar nada que se parezca a la sorpresa. Nos dice en algún momento que “a las máquinas no les sobra nada, tienen las piezas justas para funcionar”. Bien, pues a este libro le sobra más de un diálogo, más de una obviedad y más de un dibujo.

Por lo visto hay una película inspirada en el libro, dirigida por Martin Scorsese. He leído buenas críticas pero no me he cruzado con nadie que me la recomiende. Si la han visto, quédense ahí. Yo no la he visto y me quedaré aquí. Y si algún día la pasan por la tele, quizá tenga humor para dar una oportunidad a los anuncios.

Más reseñas en La mesa cero de Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida

Una vecina pejiguera (y francesa)

Las instalaciones sanitarias no eran nada recientes en tu apartamento, y el retrete con cadena y cisterna en alto no funcionaba como era debido. Cada vez que tirabas de la cadena, el agua seguía corriendo durante bastante tiempo y haciendo una considerable cantidad de ruido. No prestabas atención a eso, el agua que seguía saliendo del retrete no significaba más que un pequeño inconveniente para ti, pero por lo visto causaba una gran turbulencia en el apartamento de abajo, el atronador ruido de una bañera llenándose a toda marcha. Ignorabas todo eso hasta que un día te pasaron una nota por debajo de la puerta. Era de la vecina de abajo, una tal Madame Rubinstein (…), una carta llena de indignación en la que se presentaban quejas sobre el insoportable jaleo que armabas bañándote a medianoche y en donde se te informaba de que habían escrito al casero, que vivía en Arrás, sobre tus alborotos, y que si él no iniciaba inmediatamente los trámites para proceder a tu desalojo, ella misma llevaría el asunto a la policía. Te quedaste pasmado por la violencia de su tono, perplejo porque no hubiera llamado a tu puerta para hablar cara a cara contigo del problema (que era el método habitual de arreglar los problemas entre inquilinos en las casas de vecinos de Nueva York) y en cambio hubiera ido a tus espaldas a ponerse en contacto con la autoridad. Ése era el estilo francés, en contraposición a la forma de ser norteamericana. Una fe sin límites en las jerarquías de poder, una confianza ciega en los canales burocráticos para resolver litigios y corregir pequeñas injusticias. Nunca habías visto a aquella mujer, no sabías qué aspecto tenía, y ahí estaba ella, atacándote con insultos feroces, declarándote la guerra por un asunto que había escapado a tu atención. Para evitar lo que suponías que era un inmediato desalojo, escribiste al casero, le explicaste tu versión de la historia, le prometiste arreglar el retrete averiado, y en respuesta recibiste una carta jovial y absolutamente alentadora: la juventud debe expansionarse, hay que vivir y dejar vivir, no se preocupe, pero tómese con calma lo de la hidroterapia, ¿de acuerdo? (El francés, de natural bondadoso en contraposición al francés desagradable: en los tres años y medio que viviste entre ellos, conociste a algunos de los personajes más fríos y mezquinos sobre la faz de la tierra, pero también a los más cálidos y generosos, hombres y mujeres, que has conocido en la vida)…»

Paul Auster, Diario de Invierno.

Hablemos de langostas, pues

Dos blogs amigos, junto con un tercer blog que voy descubriendo (1), han puesto en marcha una iniciativa, el club de lectura, que consiste en leer cada mes un libro para después despiezarlo y comentarlo convenientemente en un blog abierto para este fin. Tal y como ellos avisan en la cabecera del blog “aquí se viene leído”, y así pueden escribir con absoluta tranquilidad con la seguridad de que el lector ya viene avisado de libro que se va a hablar un mes después y que no proteste si se encuentra con spoilers cuando menos se lo espera.

El libro que han elegido este mes es “Hablemos de langostas”, de David Foster Wallace, que es un compendio de artículos de este escritor/periodista, y que trata de los asuntos más dispares como son la cobertura de los oscars del cine porno en toda su sordidez; la crítica descarnada de dos libros, uno de John Updike y otro sobre la tenista Tracy Austin; lo divertido que le parece Kafka; una mirada muy original pero demoledora del 11-S desde la América profunda e ingenua; el rebozado de emociones estimulantes que sólo sirven para poner bruta a la gente de algunos periodistas radiofónicos; y, por supuesto el Festival de la langosta de Maine, que da titulo al libro y en el que además de describir un acontecimiento tan hortera como excesivo (“la democratización de la langosta que se lleva a cabo (en el festival)… acarrea todos los inconvenientes multitudinarios y todas las renuncias estéticas de la verdadera democracia”), se desvía hacia preguntas neutrales pero muy incómodas sobre el sufrimiento que hacemos padecer a algunos animales para alimentarnos.

Yo no conocía a este autor y tengo que decir que el libro me ha encantado. Me parece que tiene una prosa brillante, un uso de la ironía en los retratos que te hace sonreír (a veces reír a carcajadas) y que te vas encontrando como el que encuentra perlas durante la lectura, y un pensamiento que mueve a la reflexión en muchos pasajes del libro. Se le puede reprochar algo de verborrea porque empieza a escribir y parece que se le olvida que tiene que terminar en algún sitio, o simplemente que tiene que terminar. Uno de los capítulos, Arriba Simba, es el artículo que escribió para la revista Rolling Stones como cobertura de la campaña a las primarias del senador McCain, y tuvieron que reducirselo a la mitad porque ponerlo entero llenaría toda la revista. Yo creo que rellenaría todo un año de revista, porque es larguísimo. Y es que muchas veces se entretiene en asuntos tangenciales, coge un hilo y se va por los cerros de Ubeda, pero es ahí donde encuentras las perlas, donde el autor retrata la sociedad americana con mucha agudeza y donde te hace reparar en asuntos en los que no hubieras pensado nunca ni cinco minutos.

Os dejo el enlaces al blog del Club de Lectura 2-0 (CLICK), en el que podeis leer otras opiniones del libro, algunas desde luego muy distintas a la que hago yo y que os aconsejo que miréis. Y así, si no venís leídos, os puede decidir a leerlo o no. Termino cayendo en la tentación de dejaros una perla:

Las personas que ocupan ambos asientos detrás de la mesilla están leyendo el USA Today (y tal vez valga la pena señalar esto: el único periódico informativo diario que lee hasta el último miembro de la campaña nacional es, créanlo o no, el USA Today, que siempre aparece como por arte de magia negra por debajo de la puerta del hotel de todo el mundo todas las mañanas junto con la cuenta de gastos exprés para dejar la habitación y que es gratis, y los periodistas son tan vulnerables al marketing astuto como cualquier otra persona)».

(1) los blogs a los que me refiero son La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida

Homo Faber

Yo no creo en una providencia ni en un Destino. Como técnico, estoy acostumbrado a calcular según las fórmulas de probabilidad. ¿Por qué, Providencia? Reconozco que sin aquel aterrizaje forzoso en Tamaulipas todo hubiera sido distinto; no habría conocido a ese joven Hencke y quizá no habría oído hablar nunca de Hanna, aún hoy no sabría que soy padre. Es imposible imaginar hasta qué punto todo habría sido diferente sin aquel aterrizaje forzoso en Tamaulipas. Tal vez Sabeth viviría aún. No lo puedo negar: fue algo más que una casualidad que todo sucediera como sucedió, fue toda una cadena de casualidades. Pero ¿Por qué llamarla Providencia? Yo no necesito ninguna clase de mística para admitir lo inverosímil como un hecho experimental: las matemáticas me bastan.

Y hablando en términos matemáticos:

Lo probable (que entre seis mil millones de jugadas con un dado regular de seis caras salgan aproximadamente mil millones de unos) y lo improbable (que entre seis jugadas con el mismo dado salgan seis unos seguidos) no difieren por su esencia sino únicamente por su frecuencia, y lo más frecuente parece ya de buenas a primeras lo más verosímil. Pero cuando ocurre lo improbable no es por nada superior, milagroso ni nada por el estilo, como tanto le gusta al profano. Cuando hablamos de probabilidad comprendemos también la improbabilidad como caso límite de lo probable y, si ocurre alguna vez lo improbable, no hay motivo para maravillarse, ni estremecerse, ni creer en ningún misterio.»

Max Frisch, «Homo Faber».

Tres Goncourt y una guerra

Me recomendaron Calle de las tiendas oscuras, de Patrick Modiano, premio Goncourt. Me dijeron que era una historia en donde vería reflejada la servidumbre a través de un relato situado durante la ocupación alemana de Francia, en la segunda guerra mundial. Se trata de una novela que intriga, y que se sigue leyendo por ver en qué acaba la amnesia del protagonista, un hombre que busca su identidad en un pasado extraño y brumoso. Me decepcionó un poco y lo sentí tanto que quise insistir con este autor. Y fui a sus primeros libros. Acabo de terminar la Trilogía de la Ocupación (El lugar de la estrella, La ronda nocturna, Los paseos de circunvalación). Son tres libros, pero hacen los tres el mismo retrato: el de la parte más sórdida de la sociedad, la que contiene el lumpen, los bajos fondos y el mercado negro. Una cloaca repleta de gánsteres, putas y delincuentes que en época de guerra se convierten en chivatos, delatores, colaboracionistas y traidores. Criminales que convienen en mutar su crimen en una atmósfera doblemente viciada. Tres libros densos llenos de personajes desquiciados que actúan como en una pesadilla, condenados sin remedio primero por la sociedad y ahora por la Historia de una Ocupación desmitificada, esa drôle de guèrre que no fue tan drôle, y de la que es mejor no saber. Creo que ya no leeré más a este autor.

Una de las críticas que le hicieron a Modiano por su Trilogía de la Ocupación fue que él no había vivido en aquella época y por lo tanto no podía escribir sobre ella. Esa misma crítica tonta se la hicieron a Jonathan Littel por Les bienveillants (Las benévolas), otro Goncourt. Yo me malicio que el pobre Litell pena la osadía de, teniendo un origen judío, la doble nacionalidad franco-americana y viviendo en Barcelona, escribir en un buen francés. Eso, o el realismo feroz y la crueldad despiadada con los que compone el libro, en el que nos ofrece el punto de vista del verdugo, un oficial de la SS que, como Eichmann, sólo obedecía órdenes. El protagonista se pregunta, en algún momento, si el revisor que cambia las agujas cuando pasa un tren cargado de judíos hacia Auschwitz es responsable del Holocausto. Pues él es igual, un administrativo de la muerte, un funcionario del asesinato en masa, que habla del crimen con un cinismo tan descarado que pone los pelos de punta. Un hombre culto que razona e intelectualiza su participación, un hombre práctico que considera el Holocausto un error del Nazismo por lo que supuso en términos de pérdida de mano de obra y no por la insania del crimen… Es el verdugo, un canalla, pero un hombre: uno de tantos hombres que ejecutaron las ideas que unos locos, solos, no hubieran podido nunca convertir en genocidio. Alguien que cree tener conciencia porque es un hombre cultivado, pero que refleja un fondo bestial en su cobardía y en su conformismo,  y que no reconoce que termina convertido en un superviviente de su propia barbarie. He de decirles que tarde más de tres meses en leerlo, porque tenía que parar a respirar. De manera que sopesen antes de abordar las casi mil páginas del libro si les va a merecer la pena terminar con un sabor de boca no amargo, sino realmente agrio.

El tercer Goncourt cuya historia se sitúa en la segunda Guerra Mundial es HHhH, de Laurent Binet, un escritor muy joven que ha escrito un primer libro sencillamente magnífico sobre el atentado contra Heydrych en Praga en 1942. ¿He dicho sobre el atentado de Heydrych? Quizá no es tan simple. Realmente, el autor nos cuenta su propia aventura como escritor, su servidumbre hacia un relato y un personaje que le obsesiona, y gracias a esa obsesión nos ofrece un emocionante homenaje a aquellos checos que ejecutaron el atentado, un cuadro realista y vivo de aquellos años en los que Himmler tenía una cabeza que se llamaba Heydrych. Les enlazo el post de un blog amigo en donde encontrarán una muy buena referencia, mucho más completa y concienzuda que la mía. Si no lo han leído aun, hagan como yo: fíense de lo que dice este post.

Tres Goncourt y la misma, horrible, guerra.

¿Fue él?

No voy a descubrir yo ahora a Stefan Zweig, un escritor que me encanta y que me tiene seducida desde hace muchos años. En casa teníamos las obras completas, editadas por Aguilar, con sus tapas de cuero verde y las hojas finas de papel de biblia, y sus marca páginas. Con uno de aquellos tomos de biografías me recorrí yo Ecuador en el año 92, creo recordar. Desde el Tungurahua a las Islas Galápagos, en un viaje memorable en busetas, gua-guas, aviones y barcos, por allí anduve con María Antonieta, María Estuardo, Magallanes, Américo Vespuccio y Casanova. Entiéndanme bien. Si digo que anduve con esos personajes lo digo en modo figurado, que mis compañeros de viaje tenían otros nombres y estaban vivos todos. Al menos hablaban…

Los momentos estelares de la Humanidad me han acompañado en algún que otro vuelo. La composición de la Marsellesa, la toma de Contastinopla, la derrota de Napoleón… Hace un par de veranos leí El mundo de ayer, maravilloso retrato histórico del periodo de entre guerras en Europa y hace unos meses repasé la biografía de Fouché, libro que debería leerse obligatoriamente al empezar a trabajar en cualquier multinacional…

Hace unos días, antes de irme de viaje, compraba yo un libro para mi madre en una de mis dos librerías favoritas. Según estaba pagando, tenían en el expositor un librito de una pequeña novela de Zweig, «¿Fue él?». Lo compré porque estaba a medias con otro, y pensé que no me ocuparía en la maleta. Desde luego, el autor me ofrecía todas las garantías, pero reconozco que lo que me intrigó fue el perro que aparecía en la portada. Se lee en una hora, más o menos. Habla de los celos, de unos celos extremados que vienen provocados por un excesivo amor, y que conducen al dolor, también excesivo, del abandono irremediable, de la destrucción y la muerte. No les cuento más porque se lo chafaría. Si se lo encuentran en un expositor, no lo duden: por 10 euros se les pondrá la piel de gallina.