De vuelta (y vuelta)

… Y a pesar de lo que das a entender, sé muy bien que un seto puede resultar muy aburrido, cuando es lo único que tienes delante de los ojos. Pero estoy convencido de que si lo miras atentamente, tratando de captar cada hoja por separado y no como una más entre otras tantas, lo encontrarás más variado de lo que habías pensado y lo suficientemente interesante como para ayudarte a pasar las tardes con amenidad. Siempre me ha parecido que la gente que se aburre es porque no se fija en los detalles…

Sam Savage, «El lamento del perezoso»

Lanzarote

No hay quinto malo, que dicen de los toros.

Supongo que tendré que dejar un tiempo para que los recuerdos se posen, y quede la negrura de la arena emparedada de azules, el contraste con el blanco de las casas, la armonía de una isla pensada en cada detalle, planificada en cada rincón, limpia como el algodón antes de que lo manosee Mr Proper.

Y es que volví ayer de Lanzarote, aterida pero muy morenita. En un par de días volveré a estar negra…

 

PS. Siento haberme puesto un poco pesada. Aunque yo creo que la serie «Canarias» me ha quedado estupenda, la verdad. Una pena no conocer La Gomera y El Hierro. Cualquier día de estos me acerco y se lo cuento. En el entretanto, les dejo en paz.

Fuerteventura

Si uno busca el mar a la orilla del desierto, entonces le conviene acercarse a la playa de las Dunas, en el noreste de Fuerteventura. Es una playa espectacular, difícil encontrar algo parecido en el mundo, y eso que el mundo es grande y variado. Siempre parece vacía, y no es que falte gente, es que sobra playa.

Enfrente, la isla de Lobos. Recuerdo la sonrisa desdentada de una mujer, indicándonos el barco que nos llevaba a la isla, con la expresión inconfundible de quien ve partir a unos nuevos primos y no va a quedarse a contemplar su regreso decepcionado. Porque ese islote, a pesar de ser una reserva natural, merece dejarse para el final, y tal vez uno tenga la suerte de quedarse sin tiempo para visitarla. Los lagartos lo agradecerán.

Volveré a Fuerteventura, a conocer la isla mas allá de aquella magnifica playa de la que no tuve ganas de salir en una semana. ¡Y tan ricamente!

La Palma

En verano de 2009, La Palma, una isla a la que solo el 10% de españoles hubiera logrado colocar en un mapa, sufría un incendio pavoroso. Abría los telediarios y ocupaba portadas en los periódicos. Yo tenía un billete para la isla, la Bonita decían, aunque tal y como iba el incendio, sería ya la isla «que fue bonita», o directamente la isla chamuscada y yo dudaba si meter en la maleta un sombrero Panamá o una gorra de amianto.

Aprendimos allí que lo que dicen los periodistas godos no deja de ser una tontería, y que su memoria será tan fugaz como el destrozo causado por el fuego. Los pinares se regenerarán en un par de años, no hay que llorar, la naturaleza sabrá defenderse en este caso. Es verdad que el agricultor que ha perdido las cabras o el platanar las pasara canutas, pero los bosques saldrán adelante, y con él, la riqueza de la tierra. La isla bonita seguirá siendo exuberante, verde, llena de agua, de pájaros, de montaña, de vida y de frescura.

Y de tan buen vino como de olas enrabietadas.

Gran Canaria

Pregunté donde tendría garantía de buen tiempo, al menos de calor. El invierno se hacia largo, con lluvia, y un frío mas desapacible de lo normal. Un largo enero, casi interminable, con el estrés propio de cada principio de año. Porque todos se van de vacaciones cada Navidad a abandonarse entre polvorones y mazapanes, y a hacer una cosa que llaman «cargar las pilas», que yo calculo que debe ser algo así como agarrarse unos buenos zorrocotrones al calor del licor de pera y de la sidrita para los niños y olvidar lo lento que pasa el tiempo cuando no tienes a nadie a quien dar órdenes.

Mi querido Alejandro, a quien Lady Gaga no tiene el gusto de conocer, me recomendó el sur de su isla. Un lugar llamado Meloneras. Ese nombre tiene menos glamour que una Berlingo descapotable, pero yo me fió siempre de lo que me dice Alejandro si se trata de disfrutar de la vida. Y allí que me fui, a compartir indolencia con jubilados alemanes y ancianitas danesas. Por la mañana me ponía un rato el cerebro para decidir si prefería té o café y así ordenar al camarero. Me lo dejaba justo hasta que recordaba que no me gusta jugar al golf y que mejor dejaba mi cuerpo al sol en una playa. Luego ya me lo quitaba y lo dejaba en la habitación hasta el día siguiente. Leí dos libros y lo único que tuve a bien cargar fue la batería del i- pod unas cuantas veces.

Es Gran Canaria, la isla en la que no se necesita ponerse el cerebro.

Tenerife

No puedo decir de Tenerife lo mismo que de Oklahoma, aquello de que he estado una… o ninguna veces. La primera vez  fui invitada por un buen amigo que hacía la mili en la isla. Compartía un apartamento con otros reclutas ilustrados en el centro de Santa Cruz, y allí me fui. Era Carnaval. Nunca me gustaron las fiestas populares, pero aquello era otra cosa. No había patosos – no vale la pena coger un avión para simplemente hacer el gamberro -, había muchísima alegría. Llegamos un miércoles y vimos la parada del Entierro de la Sardina desde el balcón. Son imágenes que no se me borrarán nunca: el funeral más imaginativo, un humor negro que rayaba en el pitorreo macabro, lágrimas de risa y el adiós de bienvenida. El sábado siguiente, día de final real del carnaval, todos se disfrazaron. A mí no me apetecía, me daba pereza. Pero cuando salí a la calle, me quedé asombrada, avergonzada. Me sentí desnuda y pedí una máscara. Y aun tengo en la cabeza la matraca: Tenerife-carnaval, Tenerife-carnaval, Tenerife-carnaval.

He estado tres veces más. Una de ellas para una convención de empresa muy divertida, que además recuerdo con cierta nostalgia y con sincero cariño. La última vez que estuve fue cuando se me murió mi gato Benito, el antecesor de Curra. Fue tal disgusto, que me fui con mi madre y mi tía al Puerto de la Cruz, a quitarme el soponcio. Era carnaval. El Teide nevado, el sur cálido, el norte brumoso. Un cambio de paisajes que hace pensar que la isla contiene la variedad de España entera. Pero no: es Tenerife, la más divertida de las islas.

Impuntualidad

Lo malo de la impuntualidad es que la espera se torna imprevisible.

13:29 horas

– Oye, que me pregunto si has llegado ya.

– No, pero ya estoy llegando. Aparcar y ya está.

– Vale, estoy en la puerta al solecito, fumando un cigarro.

13:37 horas

– Oye, ¿Estás llegando a Madrid o al restaurante?

13:46 horas

– Oye, ¿Vas a tardar mucho más? Porque me estoy quedando sin solecito…

13:52 horas

– Oye, que me pregunto qué clase de parking exige una vespa.

13:58 horas

– Oye ¿Traes tabaco?

Y lo bueno es que el tiempo toma holgura.

 

 

Los mínimos de la abuela

Recordando lo que escribí hace un par de días, pensaba esta mañana yo de camino a la oficina sobre el mismo asunto. Me ha salido una frase rarísima. La dejo para que lo que viene a continuación os parezca un razonamiento facilito.

Los manipuladores de opinión, periodistas, tertulianos, también los politiquitos de casa o de allende nos dicen y repiten que hay que instalar la democracia en esos países que aun no la tienen, como paso imprescindible para el bienestar. Y yo me acuerdo de algunos consejos de mi abuela: el pelo y los zapatos siempre limpios y cuidados; mujer sin medias, vestida a medias; antes del maquillaje, hay que limpiarse la cara. Mis hermanas y yo llamábamos a esto los mínimos. Había más, pero hoy no me hacen falta.

¿Qué tiene que ver eso con la democracia? Pues muy fácil: que todo en la vida tiene unos mínimos, unos básicos, que conviene respetar. Y esto vale para el aspecto de mis hermanas – y mío – tanto como para la democracia. A ver,  con un estado cleptocrático y corrupto por arriba y un 70% de analfabetos y pobres de solemnidad por abajo, tú pon urnas. Y a ver qué tal te quedan. Y al contemplar a las mujeres con burka en la cola del colegio electoral, preocúpate sólo por si llevan medias, puesto que la democracia habrá resuelto  su libertad. Claro que sí: pueden elegir entre firmar con la huella del dedo – previo quitarse el guante un momentito –  o dejarse poner un chorreón de pintura en la cocorota. ¡Amigos, es el precio de la igualdad!: ellas, como los hombres, tampoco pueden votar dos veces.

¿ Tengo que explicar también lo del maquillaje o me busco otra frase rara?

Empezar a fumar

Mi madre ya lo ha intentado cuatro veces y sigue sin conseguirlo.

Ha probado el rubio, el negro, los puritos y los slims, y nada, que dice que no le gusta.

Y, claro, en este plan ¿Cómo va a cogerle vicio, digo yo?

Entremedias, que le está saliendo por un ojo de la cara…

Yo le he dicho que se salga a la terraza, a ver si con el frío se pone en situación, pero ni por esas.

A este paso, se va a marchar Zapatero y se me va a desmotivar.

¡Qué desastre!