Descompresión toscana

Dudaba si escribir sobre el cólera en Haiti y el descontrol de las ayudas humanitarias. O sobre el Sahara y el pollo que hay montado. O sobre la diferencia entre la publicidad-escándalo de Benetton y los anuncios para retrasados mentales de las elecciones catalanas. O sobre el 4-0 de Portugal ayer a la selección. O sobre la deuda de Madrid y el muy merecido «hasta aquí» de Zapatero. O sobre la bronca que me ha echado esta mañana la saltimbanqui del semáforo de Cuzco por no reconocer su bello trabajo (he llegado a entender que quería un aplauso, no que le negara dinero).

Me he estresado y he decidido relajarme.

 

Nombres

El aeropuerto de Niza se llama Côte d’Azur.

El aeropuerto de Las Vegas se llama McCarran.

Y así, cuando llegas, ya sabes la que te espera en ambos sitios.

Nieves Alvarez, lo normal y lo anormal

Hace algunos años, no sabría precisar cuántos pero bastantes, estaba yo en el aeropuerto de Madrid haciendo cola para pasar el puesto de control. Detrás de mí, esperaban turno unos padres con su hija. Le hacían todas las preguntas y le daban todos los consejos que dan los padres a su niña cuando se va de viaje: ¿Llevas suficiente ropa de abrigo? No dejes de comer ¿Seguro que te van a buscar? Llámanos cuando llegues. Cosas muy normales entre gente normal. Hablaban alternativamente el padre y la madre, serenos y protectores. La hija contestaba, divertida , “que sí, papá”, “que sí, mamá”, paciente, dócil, respetuosa. No pude evitar girarme con disimulo, para ver a “la niña” a quien sus padres iban a despedir al aeropuerto.

Entonces vi unos jeans interminables donde yo pensaba que encontraría un torso. Y donde yo creía que encontraría el techo, ví su cabeza. Era Nieves Alvarez, ya entonces una modelo conocida en España, aunque no todavía la Top que ha llegado a ser. Sus padres esperaron hasta que ella pasó el arco de seguridad mientras le decían adiós con la mano. Ella les correspondía con cariño, hasta que se perdieron de vista, cuando ella se fue caminando hacia las puertas de embarque. Me pareció entrañable. Y también inesperado.

Anoche, tecleando el mando a distancia, me la encontré en la tele entre Judit Mascó y otra top española. Y pensé lo mismo que aquel día en el aeropuerto: que lo único anormal de esta mujer es su belleza.

De puente al ponte (Vecchio)

 

Me voy a Florencia, a ver si el mal de Stendhal me cura de otros males.

Me voy a Florencia,a perder el tiempo que no me permito perder.

Me voy a Florencia. Curra se queda.

 

Un reloj y tres correas

Paso por la relojería de El Corte Inglés a comprarme una nueva correa para el reloj. Compro una buena, negra. Y ya que estoy, me encapricho de una roja, muy barata, «para darle fantasía al reloj«. Pues sí, cuando compro compulsivamente me salen estas frases tan vanity dissipate. Y además, hoy es lunes y ayer leí el «Hoy Corazón» del ABC, que me empija un huevo.

A lo que voy. La dependienta, muy amable, se ofrece a cambiarme la correa. «Ah, qué bien, pues póngame Vd. la roja«, le digo. Coge una navajita, chas-chas, cambiada. Y me dice: «¿No quiere cambiar el broche?».  Coge la navajita, chas-chas, quitado. «Le dejo el broche de la antigua en la bolsa, para cuando decida en qué correa lo pone». Qué maja, la dependienta chas-chas. Llegando a casa me encuentro con mi hermana. Sonriente, le enseño el reloj con la nueva correa roja y me suelta:»¡Qué espanto! Anda, pon la correa negra y da por tirados 10 euros, que pareces tonta».

Los lunes tengo la personalidad poco combativa, y cualquier opinión tajante me deja sin liderazgo. De manera que al llegar a casa he cogido una navajita. Chas-chas y chas-chas y chas-chas y, ¡HARTA!, me he puesto a escribir este post. Mañana me pondré el Bulgari.

El viaje de Curra

Pues contaré el viaje de Curra, que ha estado un par de días en Murcia.

Resulta que una tía mía tenía que ir a Murcia – desde Madrid – para recoger un certificado de defunción. ¿Por qué? Qué pregunta tan tonta: porque hubo un fallecimiento en mi familia, porque éste se produjo en la provincia de Murcia y porque necesitábamos una copia compulsada para solucionar un asunto que no viene al caso. ¿Que por qué se tuvo que ir hasta Murcia personalmente para recoger un papelito, en una época en donde hay fax, internet, correo electrónico y en un país con 2.698.628 funcionarios? Pues porque que en nuestro muy caro Estado de las Autonomías, una Comunidad no es capaz de enviar una copia compulsada de un certificado de defunción a otra administración.

Así es que mi tía se llevó a Currita para que le hiciera compañía, puesto que esa es su misión en la vida aunque no cobre por ello. Me refiero a Curra, naturlich. Correteo por la playa, comió arena, se pinchó con un rosal, hizo un agujero en el césped, ladró a un vecino, le hizo fiestas a otro, y ha vuelto contenta aunque cansada.  Mi tía también ha vuelto cansada, jurando en arameo, con los nervios de punta y considerando seriamente la objeción fiscal.

Cuánta riqueza tiene la lengua española con la que se puede decir, y está bien dicho, que cuantas más competencias tienen más incompetentes son.

Un mundo feliz y un café cargado

Mi amigo Stephane (libros cortos) viene a verme para tomar un café. Parece que ha encontrado un hallazgo y quiere contármelo. Se trata de la novela “Un mundo feliz”, de A. Huxley, escrita en 1932. No me cuenta el final, así es que, picada por la curiosidad, no puedo evitar comprar el libro y zampármelo en cuatro días.

Para quien no lo haya leído, se trata de una crónica del futuro, en donde los humanos somos literalmente fabricados en unos frascos y después adoctrinados y condicionados de manera implacable. Los procesos de ingeniería científica y económica, bien planificados, evitan el conflicto social creando castas de humanos con mayor o menor inteligencia según las tareas a realizar (alfas, betas, gammas…). En cuanto a los sentimientos, se amortiguan con el lavado de cerebro, la droga, la promiscuidad y el consumo. No hay ni enfermedades, ni fealdad, ni vejez, la muerte está planificada y desprovista de dramatismo. Es un mundo feliz y despreocupado, sin disgustos ni malos rollos. Lo que al principio parece un relato estrafalario, se transforma después en un relato agobiante.

Stephane me dice que no queda mucho para que ese mundo llegue, y me va mostrando, uno por uno, los primeros síntomas a nuestro alrededor. Como tiene un cerebro privilegiado, me deja pensativa… Es verdad que tenemos un gobierno que parece salido de un frasco, una oposición atiborrada de tranquilizantes y unos sindicatos poblados de “hombres-epsilon”, pero por lo demás, la gente en general es todavía bastante infeliz. Lo mismo Stephane se refería a otra cosa, le tengo que volver a preguntar.

Moto-taxi en París

Viajo a París para un asunto de trabajo, llego una mañana y vuelvo al mediodía siguiente. Para ir y volver del aeropuerto suelo coger una moto-taxi. En París es una opción muy práctica, a la vista del caos del tráfico y de las distancias a recorrer. Es verdad que es algo más caro, pero tienes la seguridad de que llegarás a la reunión a la hora prevista y no estarás desesperado en un atasco de duración incierta, con un taxista chino miope mareándote con sus ininteligibles conversaciones por el móvil. Bueno, realmente no eliminas del todo la incertidumbre, pero al menos es binario: o llegas a la reunión, o llegas al hospital.

Desde que empecé en 2007, siempre viene a buscarme el mismo motorista, no hay que fiarse de cualquier motero. Choukri se llama mi “motard”, y es un tunecino muy agradable. Lleva la foto de su preciosa hija en el GPS, y eso me garantiza que no le apetecerá mucho salir volando de la moto. Y no, no se pasa frio, porque lleva calefacción en el asiento y en los guantes, te pone un “blouson” y un casco, y una manta que cubre perfectamente los tobillos poco abrigados de una dama como yo. Y sí, puedes llevar una maleta, un maletín y un bolsazo, la moto de Choukri tiene sitio para todo. En cuanto al miedo, eso es algo más íntimo, aunque hay veces que casi prefiero pasar por un hospital que llegar a según qué reuniones…

Otoño

La transición de una estación a otra es imperfecta. Por lenta, por engañosa. Ahora vamos hacia el otoño, llega en un par de días. Y la naturaleza nos lo hace comprender poco a poco, hoy con un rayo de sol menos, mañana con una nube de más, hoy con un atardecer temprano, mañana con un anochecer repentino.

El otoño es mi estación favorita, incluso más que el invierno. Hay quién dice que es una estación llena de melancolía. Pero a mí me gusta la serenidad de la luz, la discreción de los colores, las mañanas perezosas, el frío que va llegando para quedarse.

Nada que ver con la primavera, esa horterada…

Vivir sin tele

Una de las muchas originalidades de mi amiga Maïtena, aparte de la diéresis en su nombre, es no tener televisor en casa. Lo cual que no significa que no vea «la tele». Ella sigue desde este verano «Aguila roja», a través de internet. Solo ve eso. Y ya le vale.

– Lo lógico en tu caso, puestos a renunciar a un televisor con sus pulgadas, su mando a distancia y su gitana encima, es ver documentales, ¿no? A ver, es lo más original que se me ocurre…

– ¡No! Aguila Roja está genial, con espadachines, historias truculentas, mozas bellas y villanos muy malvados. Es como Matrix, pero en el siglo XVII. No sabes la de tortas que se dan…

Como la diéresis en su nombre.