Mi amigo Stephane (libros cortos) viene a verme para tomar un café. Parece que ha encontrado un hallazgo y quiere contármelo. Se trata de la novela “Un mundo feliz”, de A. Huxley, escrita en 1932. No me cuenta el final, así es que, picada por la curiosidad, no puedo evitar comprar el libro y zampármelo en cuatro días.
Para quien no lo haya leído, se trata de una crónica del futuro, en donde los humanos somos literalmente fabricados en unos frascos y después adoctrinados y condicionados de manera implacable. Los procesos de ingeniería científica y económica, bien planificados, evitan el conflicto social creando castas de humanos con mayor o menor inteligencia según las tareas a realizar (alfas, betas, gammas…). En cuanto a los sentimientos, se amortiguan con el lavado de cerebro, la droga, la promiscuidad y el consumo. No hay ni enfermedades, ni fealdad, ni vejez, la muerte está planificada y desprovista de dramatismo. Es un mundo feliz y despreocupado, sin disgustos ni malos rollos. Lo que al principio parece un relato estrafalario, se transforma después en un relato agobiante.
Stephane me dice que no queda mucho para que ese mundo llegue, y me va mostrando, uno por uno, los primeros síntomas a nuestro alrededor. Como tiene un cerebro privilegiado, me deja pensativa… Es verdad que tenemos un gobierno que parece salido de un frasco, una oposición atiborrada de tranquilizantes y unos sindicatos poblados de “hombres-epsilon”, pero por lo demás, la gente en general es todavía bastante infeliz. Lo mismo Stephane se refería a otra cosa, le tengo que volver a preguntar.