Las decisiones absurdas

No sé si abrir otro blog para hablar de asuntos cotidianos o recomendar un libro de Christian Morel que se llama “Les décisions absurdes, sociologie des erreurs radicales et persistantes”, que he visto hoy traducido al español. A través de casos reales, nos habla de las decisiones absurdas, es decir, de cómo actuar en un sentido exactamente contrario al objetivo buscado.

Recuerdo uno de los casos que analiza. Se trata de un avión que en la maniobra de aproximación a un aeropuerto detecta un problema en el tren de aterrizaje. Empieza a dar vueltas para poder hacer las comprobaciones pertinentes y estar seguros de que el tren está en perfectas condiciones. Como no acaban de estar seguros, siguen dando vueltas. Al final, el avión se estrella por falta de combustible.

El libro, como dice la contraportada, es un “análisis sociológico que se sostiene en múltiples facetas que van desde la interpretación cognitiva que muestra la potencia de los errores elementales de razonamiento, a la explicación colectiva que permite identificar modelos de encadenamiento hacia al absurdo, pasando por el análisis teleológico que examina cómo los individuos gobiernan sus intenciones…”

No merece la pena abrir otro blog, mejor os recomiendo el libro. Stephane (libros cortos) ya está en ello…

 

Magog

En la página de la derecha pone: «He leído en un libro chino algunos pensamientos tan hermosos, justos y profundos, que quiero transcribirlos aquí para tenerlos más a mano.» No me lo invento, míralo.

1931. Written, bruto.

Un mundo feliz y un café cargado

Mi amigo Stephane (libros cortos) viene a verme para tomar un café. Parece que ha encontrado un hallazgo y quiere contármelo. Se trata de la novela “Un mundo feliz”, de A. Huxley, escrita en 1932. No me cuenta el final, así es que, picada por la curiosidad, no puedo evitar comprar el libro y zampármelo en cuatro días.

Para quien no lo haya leído, se trata de una crónica del futuro, en donde los humanos somos literalmente fabricados en unos frascos y después adoctrinados y condicionados de manera implacable. Los procesos de ingeniería científica y económica, bien planificados, evitan el conflicto social creando castas de humanos con mayor o menor inteligencia según las tareas a realizar (alfas, betas, gammas…). En cuanto a los sentimientos, se amortiguan con el lavado de cerebro, la droga, la promiscuidad y el consumo. No hay ni enfermedades, ni fealdad, ni vejez, la muerte está planificada y desprovista de dramatismo. Es un mundo feliz y despreocupado, sin disgustos ni malos rollos. Lo que al principio parece un relato estrafalario, se transforma después en un relato agobiante.

Stephane me dice que no queda mucho para que ese mundo llegue, y me va mostrando, uno por uno, los primeros síntomas a nuestro alrededor. Como tiene un cerebro privilegiado, me deja pensativa… Es verdad que tenemos un gobierno que parece salido de un frasco, una oposición atiborrada de tranquilizantes y unos sindicatos poblados de “hombres-epsilon”, pero por lo demás, la gente en general es todavía bastante infeliz. Lo mismo Stephane se refería a otra cosa, le tengo que volver a preguntar.

Er paripé

Esos gitanos hablan un idioma de veras peculiar. Una señora calé, de aspecto serio y respetable, cantaba la siguiente canción: Y que venga er doctó Grabié / er der bisoñé / er der paripé / porque m’estoy ajogando / y si no quié venir en el tren / mala puñalá le den / si es que no se la están dando.
Cuando terminó, yo le pregunté a la señora:
– ¿Qué es el paripé, si me hace el favor? …
… un gitano que parece más amable me trató de explicar el significado de esa palabra y me dijo que viene de antiguo y que quiere decir “una especie de desaborisión con la que se les atraganta el embeleco a los malanges”. Yo necesitaba que me explicara también todo aquello.
– ¿Qué quiere decir con eso, amigo mío? ¿Qué es eso?
– ¿Pues qué va a ser? Er paripé.
Yo preguntaba una vez y otra. Y Elsa, la holandesa, me daba con el codo y me decía:
– No insistas. Haz como si lo entendieras…

Ramón J. Sender, La tesis de Nancy

Maalouf

Mi querida madrina me regaló Le premier siècle après Béatrice hace… un montón de años. No sé por qué eligió este título de Maalouf, pero sí recuerdo que me lo regaló en lengua original para que no se me olvidara el francés… Y lo que ya nunca olvidé es esta interesante novela, en donde Maalouf imagina un mundo en el que se generaliza el aborto y el uso de anticonceptivos selectivos que discriminan a las mujeres antes siquiera de que puedan venir al mundo. Por razones económicas o culturales, en un par de generaciones se rompe el equilibrio y las mujeres dejamos de ser mayoría entre la población. La consecuencia es un mundo que camina hacia el desastre y la violencia: la inútil delicadeza y la despreciable debilidad de la mujer se perderían, pero también su capacidad de resistencia, la compasión, y – por qué no también – ese pacifismo real y práctico que aportan (¿qué madre quiere ver a su hijo en una guerra?).

Dejé un rato a Maalouf hasta después de los atentados de 2001. Mi amigo Stephane (libros cortos), a propósito de mis argumentos en favor de la conveniencia de cambiar las chilabas por camisas de fuerza, me recomendó que leyera Identidades asesinas, un ensayo del que recojo esto: “suele concederse demasiado valor a la influencia de las religiones sobre los pueblos y su historia, y demasiado poco a la influencia de los pueblos y su historia sobre las religiones”. Los de la burka no están lejos de los de la cruz gamada, nos viene a decir, pero el mal no está en el origen de una religión o de una nación, sino en identidades monolíticas y colectivas que niegan al otro. Y es que detrás del miedo, está el miedo…

Maalouf es desde ayer Príncipe de Asturias de las Letras. Desde mi identidad española, me alegro mucho por este libanés y lo siento por la Matute, pero – no puedo evitar la broma – ¿Cómo le van a dar el Príncipe de Asturias a quien escribe tan bien sobre la “competencia”, aunque se trate de un “Olvidado rey…”?

Conversación en un cine de barrio

SEÑORA: Es lo que yo digo: que hay gente muy mala por el mundo…

AMIGO: Muy mala, señora Gregoria

SEÑORA: Y que a perro flaco, to son pulgas.

AMIGO: También.

MARIDO: Pero al fin y al cabo, no hay mal que cien años dure, ¿no cree usté?

AMIGO: Eso, desde luego. Como que después de un año viene otro, y Dios aprieta, pero no ahoga.

MARIDO: ¡Ahí le duele! Claro que agua pasá no mueve molino, pero que yo me asocié con el Melecio por aquello de que más ven cuatro ojos que dos, y porque lo que uno no piensa, al otro se le ocurre. Pero de casta le viene al galgo el ser rabilargo: el padre de Melecio siempre ha sido de los de quítate tú para ponerme yo, y de tal palo tal astilla, y genio y figura hasta la sepultura. Total: que el tal Melecio empezó a asomar la oreja y yo a darme cuenta, porque por el humo se sabe dónde está el fuego.

AMIGO: Que lo que ca uno vale a la cara le sale.

SEÑORA: Y que antes se pilla a un embustero que a un cojo.

MARIDO: Eso es. Y como no hay que olvidar que de fuera vendrá quien de casa te echará, yo me dije digo: “Hasta aquí hemos llegao, se acabó lo que se daba; tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe; ca uno en su casa y Dios en la de tos; y a mal tiempo buena cara, y pa luego es tarde, que reirá mejor el que ría el último.”

SEÑORA: Y los malos ratos pasarlos pronto.

MARIDO: ¡Cabal! Conque le abordé al Melecio, porque los hombres hablando se entienden, y le dije: “Las cosas claras y el chocolate espeso; esto pasa de castaño oscuro, así que cruz y raya, y tú por un lao y yo por otro; ahí te quedas, mundo amargo, y si te he visto no me acuerdo”. ¿Y qué le parece que hizo él?

AMIGO: ¿El qué?

MARIDO: Pues contestarme con un refrán

AMIGO: ¿Qué le contestó a usté con un refrán?

MARIDO: (Indignado.) ¡Con un refrán!

SEÑORA: (Más indignada aún.) ¡Con un refrán, señor Eloy!

AMIGO: ¡Ay, qué tío más cínico!

MARIDO: ¿Será sinvergüenza?

AMIGO: Hombre, ese tío es un canalla capaz de to.

E. Jardiel Poncela, Eloísa está debajo de un almendro, Prólogo

Agujeros negros

La velocidad de escape de la Tierra es de 40.000 Km/h: es la velocidad que debe alcanzar un cohete a fin de liberarse de la gravedad. En 1783 el astrónomo John Michell fue el primero en preguntarse qué pasaría si una estrella se volviera tan masiva que su velocidad de escape fuera igual a la velocidad de la luz. Su gravedad sería tan inmensa que nada podría escapar a ella, ni siquiera su propia luz y por lo tanto, el objeto aparecería negro para el mundo exterior y no se podría ver.

Hoy sabemos que esto no es del todo así. El agujero negro está rodeado por un “disco de acrecentamiento” de gas, arremolinado a su alrededor. Hay un límite – el horizonte de sucesos – que es el punto más lejano al que puede viajar la luz. Si se traspasa el horizonte de sucesos, uno cae en el agujero negro en un viaje solo de ida. Pero si el gas que hay en el disco de acrecentamiento evita el horizonte de sucesos, sale lanzado a velocidades enormes y es expulsado hacia el espacio, formando chorros de gas multicolor y haciendo del agujero negro un cuerpo celeste visible enormemente bello.

Se han identificado dos tipos de agujeros negros. El estelar, en el que la gravedad aplasta a una estrella moribunda hasta que implosiona; y los galácticos, algunos tan potentes que pueden consumir estrellas enteras. Utilizando los poderosos telescopios actuales, los astrónomos estiman que hay al menos unos 300 millones de agujeros negros en todo el cielo nocturno. Yo, con mi nueva graduación de gafas, estimo que puede haber dos o tres en un organigrama.

(Michio Kaku, “Universos paralelos”, ediciones Atalanta, pág. 140 y siguientes).

Página 20

Querido diario, suspiró Abram con un marcado acento ruso: en medio de una fría y tormentosa noche, roto por el dolor, he encontrado finalmente a una chica que está convencida de que me conoce de algo – Ora dio un respingo de desprecio-, en resumen, continuó Abram con su representación, investigadas todas las posibilidades y descartadas todas las descabelladas propuestas de ella, he llegado a la conclusión de que puede que nos conozcamos del futuro.

David Grossman, La vida entera