Un trou dans la raquette

Un trou dans la raquette es un agujero en la raqueta.

(traducción libre) … Carmen pide que clarifiquemos los datos y los validemos porque no quiere llegar a la reunión y encontrarse con que tiene un agujero en la raqueta…

Debo aclarar que yo no utilicé esa expresión, sino que es la interpretación gráfica con la que un francés – uno cualquiera, son tantos los que agitan mis emociones… – ha querido describir mis temores. Naturalmente, al verme citada en una imagen tan poco heroica, acudí a mi querida E., que conoce una web mágica en donde se descifran estas cosas para evitar falsos amigos:

– Pero estos franseses utilisan unas expresiones que yo nunca he oído…

Ya con la certeza de que la expresión significa lo que parece (que me puedo encontrar con sorpresas inesperadas que me impiden lograr el efecto que quiero), decido apropiarmela y usarla en cuanto pueda. Y es que la imagen del agujero en la raqueta tiene un cierto tono cómico, incluso poético, que te permite avisar sobre cosas muy obvias exculpando de entrada y con cierta elegancia las habilidades de los que pueden meter la pata. Pero… en una reunión con españoles, la cosa cambia.

– ¿Un agujero en la raqueta?

– Sí, a ver, es una expresión. Tú imagínate que estás en medio del partido y ves llegar la bola. Así es que preparas el cuerpo, el gesto, las manos, para dar el golpe de drive definitivo desde el fondo de la pista. Sabes hacerlo, es un golpe ganador. La bola llega a tu altura, accionas el brazo, ¡ZAS!, lo descargas y… hoops… la bola traspasa la raqueta y tú la buscas delante de ti, en medio de un gran desconcierto. Y mientras tanto, la bola está botando a tus espaldas…

– Huy, hija, pero si a mí eso me pasa mucho y sin necesidad de agujero en la raqueta. Pues anda que no me he dejado yo muchas veces el hombro jugando al pádel, que intentas darle a la bola y acabas dando vueltas sobre ti mismo como una peonza…

Postear por postear

Realmente, está el distrés y el eustrés, como saben vds. O como tal vez no sepan, que en esta vida no hay que dar nada por sabido. Y luego está la procrastinación, que yo durante un tiempo he confundido con la emasculación sin, naturalmente, entender nada de lo que me estaban contando, lo que me sitúa a la altura de ese profesor que ha confundido el crepúsculo con el escrúpulo y que se ve que tampoco entendió bien el examen que le estaban haciendo.

Este arranque incomprensible del post me devuelve a  lo que yo recuerdo como mis mejores épocas de Un mundo para Curra, en las que me sentaba frente ordenador entre dispersa y sorprendida, sin saber muy bien de qué iba a hablar y con el único objetivo de dejar que mi cabeza se vaciara sin tener que perder la consciencia. Ese es mi descanso, cuando la cabeza se alivia de todo el ruido que se va acumulando en la jornada y suelta el torrente de ideas que va dejando sin ordenar. Un poco como una presa que desembalsa, pero sin estruendo. Y sin humedad, claro. El otro camino para que las ideas reposen y se vayan colocando en su sitio, y se jerarquicen, y se desechen, y se escondan en un recoveco para después contribuir como una tesela más en el mosaico del pensamiento, es el sueño, aunque para aprovecharlo haya que perder la consciencia, algo que siempre me ha parecido una especie de peaje ineficiente de la imaginación. Aparte de que dormir para dejar descansar al cerebro es un camino que utiliza todo el mundo, incluso aquellos que no presentan ningún motivo para el cansancio, lo cual, además de no tener mérito, demuestra que dormir mucho y ser un genio no tienen ninguna correlación.

¿Por dónde iba? No sé. No sé de qué quería hablarles hoy. De que tengo mucho trabajo no, porque mi racional me dice que al final es todo una cuestión de organización, de anticipación y de orden, y mi experiencia sabe que hay que dejar que el barullo repose, que hay que esperar a que todos los caminos abiertos empiecen a resultarnos familiares para que no perdamos el tiempo consultando un mapa y que la costumbre, hasta que toma holgura, es un reposo en el que poder afianzar la valentía.

Oigan, qué bonito esto que acabo de escribir ¿no? Será que he dormido bien. A ver si mañana me animo y les hablo de algo que haya apuntado en mi moleskine de colores. Y resuelvo, de paso, su utilidad.

La tarta Mierden y los accidentes de calidad

curra-portada-postDonde quiero yo llegar es que todo modelo tiene un límite. Ni los ingresos pueden ser infinitos ni los costes pueden ser cero. En algún momento hay que recolocar el contador, hay que refrescarlo. Hay tendencias que, o aceptas que se renueven, o quiebran y son irrecuperables.

Reduces, reduces, reduces… Y al cabo, lo pierdes todo. Porque te pone en su sitio un accidente. O lo que no es un accidente. Porque cuando el gafotas te dice que tienes que quitar dos personas del departamento de calidad, o que sobran tres supervisores, o llega el consultor con su bonito powerpoint a contarte que eso mismo se puede hacer con menos… eso no es un accidente. Eso es olvidar el oficio y pretender llevarse la última peseta, cuando todos sabemos, porque nos lo enseñaron nuestros padres, que es mejor que la última peseta se la lleve otro.

En la aduana de China, la tarta de chocolate llevaba heces. Tenía que ser, precisamente, la tarta de chocolate, no podía haber sido la de crema. Así es que además de la librería Pili y el sillón Songherl, tenemos la tarta Mierden. Un proveedor que no levantará ya cabeza. Pero el distribuidor tendrá que recuperar su reputación, y ese gasto no compensará jamás el ahorro marginal que pretendía el consultor gafotas o la sala de compras que llevó al límite al proveedor. Es sólo un ejemplo, que además deberá ser explicado, pero me vale para el razonamiento.

El cliente tampoco es inocente. Hace unos días yo hablaba aquí de los vuelos low cost, en donde llevan a la gente como ganado. La cultura del low cost, del barato barato, tiene estas cosas. Para vender barato hay que fabricar barato. Para fabricar barato tienes que ceder calidad. Vamos aceptando que baje la calidad porque nos lo sirven al mismo precio, o a un precio menor. Pero hay un límite. Cuando se sobrepasa ese límite, ya no hay controles que valgan, porque tarde o temprano un espabilado aceptará que se redondeen los gramos de ternera con carne de caballo. Nadie mira, nadie compara, nadie comprende el sabor, sólo es relevante el precio. Nadie quiere pagar el coste de la calidad, ni el de los controles, que son costes escondidos cuyo beneficio está en la sombra y sólo aparece cuando falta escandalosamente. Nos dan gato por liebre, y estamos encantados con el gato, porque es barato y se parece a la liebre. Hasta que aparece la pelagra.

Ni la empresa aceptará ganar menos ni el cliente aceptará pagar más. Mientras tanto, nuestro funcionariado local y europeo seguirá apilando normas. Y el estratega recomendará poner muchos cartelitos para decir que lo primero es el cliente, tal vez en el sobreentendido de que lo primero es el margen. Y el cliente recomendará el chollo que ha encontrado cuando lo que ha comprado es, además de la librería Pili, la tarta Mierden. Y así, hasta que la tendencia se quiebre.

Estatuir

En primera acepción, establecer, ordenar, determinar. En segunda, determinar, asentar como verdad una doctrina o un hecho.

Estatuyo
Estatuyes
Estatuye
Estatuimos
Estatuís
Estatuyen

Y, ahora, imagínate el subjuntivo…

Quejque me da alipori

curra harturaYo no sé a vosotros, pero a mí me resulta insufrible. Lo de «sacabao» y «hay cacer» en personas teóricamente formadas y con una edad en la que, evidentemente, han evitado LOGSES y desburramientos semejantes me parece insoportable. Eso no es falta de cultura, sino falta de oído. Eso es desgana por intentar salir del ambiente choni que te rodea. O no: ¡eso es que te gusta el ambiente choni que te rodea!

Eso no es de castizos, sino de ignorantes. De muy ignorantes. Y no tiene nada que ver con hablar rápido. Se puede hablar muy rápido y hacerlo correctamente. Eso es de estar hipnotizado con el Madrid directo y con los programas de frikis y borderlines de tele 5.  Que no pido que se pronuncien los participios, hombre, que a mí también se me escapa algún «ao» por «ado». Es una forma de hablar a hachazos relativamente corriente y que a mí me descompone, porque me parece el colmo de la dejadez.

Y hay quien o no repara en ello o no le importa, no sé, el caso es que puede mantener una conversación con esas personas sin sobresaltarse en absoluto. Pero a mí me pone de malísimo humor y me duelen los oídos, igual que me duelen los ojos cuando leo faltas de ortografía o de tildes, o cuando las frases están horriblemente mal construidas, hasta el punto que generan confusión. Pero en el medio escrito parece más fácil reparar en ello, aunque a veces dé un poco de vergüenza ajena tener que corregirlo. Ahora, ¿Cómo corriges a uno que te suelta  «yalampezao«? ¿Le paras en medio de la frase? ¿ Y qué le dices para que entienda bien tu perturbación? ¿Quejque te da alipori?

No sé de qué sirve que Matías Prats siga presentando los telediarios. No aprenden nada.

Decir la verdad o no decirla

Una cosa es no mentir y otra decir la verdad. Y una cosa es no decir la verdad y otra mentir. Del mismo modo, no es igual quien dice «yo no miento nunca» que aquel que afirma «yo siempre digo la verdad». Siguiendo con el razonamiento, no es igual una persona de la que decimos «siempre miente» que aquel de quien decimos «nunca dice la verdad».

¿Me seguís?

Para no decir mentiras, hay una vía intermedia que es guardar silencio. Por prudencia, o por cortesía, o por conveniencia, qué más da. Esto no siempre es posible, y entonces ya juegan ciertas habilidades sociales que consisten en dulcificar las cosas, ser diplomático, o irse por la tangente. No hablo del disimulo, que es el hermano cutre de la hipocresía, sino de tener la habilidad de cambiar de tema, distraer a la audiencia o salir airoso, y evitar una verdad cruda que no interesa a nadie.

Si yo estoy hablando con alguien que es feo como un sapo, no gano nada diciéndoselo. Claro que si me pregunta directamente si yo creo que es guapo ¿Qué puedo hacer si no quiero mentir? Veamos.

A/ «Pues mira, no, no lo creo. Me pareces un sapo». De esta respuesta, llena de sinceridad, me sobra el comentario final, que considero un pelín insultante, aunque sea factual. Y la respuesta, seca, a no ser que tengas una sonrisa imbatible o hagas un gesto de amabilidad indudable, puede hacer mucho daño. Así es que ojito, no todos os podéis permitir esto.

B/ «La verdad es que a mí no me lo pareces, pero yo tengo mi gusto, por supuesto, tal vez deberías preguntar a más personas». Vamos mejorando. Es una respuesta a medio camino entre la diplomacia y la evasión, aunque hay un trasfondo de falta de seguridad en uno mismo un poco incómodo. En fin, puede pasar.

C/ «Pues todo el mundo es guapo, porque la belleza es un concepto tan subjetivo. Y por otra parte, la belleza está en el interior…» Amigo, vas por muy mal camino. Si sigues por ahí, te puede repreguntar y no te quedará más remedio que echar mano de la respuesta A. Y eso sin contar con que estás quedando como un imbécil…

D/ «¿Guapo? Yo no diría guapo. Creo que tienes una cara muy personal». Así, muy bien, eligiendo adjetivos incontestables y evitando decir «pero» antes de «creo», porque la adversativa implica una incompatibilidad que no es conveniente para el corazoncito del sapo.

E/ «¿Guapo? No, no te veo guapo, pero me pareces muy muy simpático». ¿Veis lo de la adversativa, cómo llena la frase de hipocresía? Aparte de que hay que tener cuidado con el adjetivo que elegimos para equilibrar la verdad: decir eso de «no es guapo, pero es muy simpático» es como cuando dices que unos zapatos son feos pero comodísimos: o sea, que son feos y no sabes cómo explicar el mal gusto que tienes.

F/ «¿Que si me pareces guapo? ¿Tú qué crees, que me lo pareces o que no?». Huy, cuidadín con esos juegos, porque te pueden llevar a tener que levantar un no, y levantar un no es mucho más difícil que tumbar un sí. Si te responde de manera rotunda «Pues no, yo creo que no te parezco guapo«, a ver cómo sales, querida.

G/ «¿Que si me pareces guapo? ¿Y por qué lo quieres saber?» Esas devoluciones de bola llevan también algo de peligro, porque si te pasas con el liftado puede parecer una insinuación de quinceañera atribulada y eso es lo peor que puede hacer una mujer. Ya no digamos un hombre…

H/ Y sin necesidad de decir nada, se puede tirar un florero con agua al suelo o un bote de bolis por la mesa, como movimiento de distracción. La única dificultad es tener algo así a mano. En su defecto, siempre puedes gritar ¡Fuego!

I/ Otras… (no sigo, que me canso). Pero acepto sugerencias, por supuesto.

¿Que cómo respondería yo? Pues si os digo la verdad, yo preferiría que no me lo preguntaran. Ya, muy Bartleby… En fin, si así fuera, esta entrada creo que me proporciona una buena respuesta: «¿No me digas que has leído mi post?«.

El working del networking

O sea, lo que toda la vida ha sido disponer de buenas relaciones.

Lo que pasa es que de toda la vida, esas relaciones te las proveen, de manera natural, tu familia, tu escuela o universidad, tu trabajo actual o los anteriores, tus amigos y sus amigos, y hasta los vecinos de tu barrio o de tu pueblo. Basta con no ser un perfecto seta, claro, porque en ese caso como mucho conoces al obrerillo que comparte el capazo de cemento mientras enladrillas. Sí, ya sé, que me ha quedado hiperclasista, y hablando de networking como que no queda bien, pero cambien lo de obrerillo y capazo por ejecutivo y fotocopiadora y ya está. A lo que voy: la diferencia entre estar relacionado y hacer networking es sólo una: la parte del working. Además de la pereza del significado, el gerundio le aporta un añadido de laboriosidad permanente un peu chiant, que dirían los frenchies.

Entonces surgen como setas las asociaciones, clubs, agrupaciones y arrejuntamientos diversos para promover el networking. Y ahí los tienen, trabajando lo del net.

Los grupos se pueden hacer por muchos criterios aunque predominan dos: tu sector de actividad y tu especialidad profesional. Por lo general, el networking se prodiga entre los de tu especie o parecidos. Y así, se juntan caballos, burros, mulas, ponies, y a veces se cuela algún que otro camello, por aquello de que también sirve para llevarte y traerte por el desierto. Y hasta cebras, que si no fuera por el detallito de las rayas, podrían acomodar en su grupa, perfectamente, a John Wayne por los desfiladeros de Arizona. Además de lo anterior, hay otras asociaciones que proliferan: las de mujeres. El criterio es que seas mujer. Con lo cual, además de los caballos, camellos y cebras te puedes encontrar con ardillas, gusanitos de seda, jilgueros y algún que otro cefalópodo. Pero bueno, ellas encuentran siempre una buena excusa para promover el networking, que es el objetivo último, y a falta de un tema profesional federador del tipo «Gestión de riesgos en carteras domiciliadas en Ceilán» o «Mercado lanar y derivados en países de lengua cirílica«, proponen temas de interés general que atraigan a la fauna diversa, asociada y creyente. Por ejemplo «La importancia del management«. Y a malas, supongo que siempre se pueden ir de compras, o ponerse a cocinar un codillo.

Y ahora no sé cómo acabar el post, así es que seré muy precisa: fin del post.

Air France que vas por los cielos

Ala-de-avión-en-unmundoparaHace un par de semanas tuve que ir a un país del antiguo Este, que ahora llaman de Europa Central, para que la geografía distinga lo que antes distinguía la política. El caso es que para llegar a esa capital no había muchos vuelos. Las líneas regulares, nunca mejor denominadas, proponían unos horarios que me obligaban a perder un día entero esperando a que llegara la hora de mi reunión. Así es que E. me metió en una Low cost, muy a su pesar. Yo traté de tranquilizarla: en una ocasión cogí un vuelo de vuelta en low cost porque era eso o quedarme colgada un día entero en Marrackech sola. Sin embargo, las instrucciones de esta compañía eran muy confusas, así es que E. me dijo que mejor me pasara por el mostrador por si acaso, aunque había que pagar por sacar la tarjeta de embarque en el aeropuerto.

Para empezar, el equipaje. Yo viajo con una maletita con mi ropa, un attaché con mis papeles y un bolsón con mi monedero. Ese equipaje me ha acompañado en infinidad de viajes, sin tener nunca ningún problema para meterlo en el avión. Pues bien, en Wizzair (sólo el nombre provoca espanto) uno puede montarse en un avión con una maleta casi de cualquier tamaño. Eso sí: debe ser una y sólo una. Un bolso cuenta igual que una maleta. El resto va en bodega, previo pago, por supuesto. Ahora imagínenme en el mostrador de esa compañía de transporte de ganado decidiendo qué meter en la maleta de la ropa para facturarla y qué llevarme conmigo en el maletín del que previamente debía desalojar papeles. Ví mi preciosa maleta partir por la cinta, sin candado, con un par de dossieres y mi bolso medio vacío, mientras salvaba de la quema una hidratante, la colonia, el monedero, la agenda, las gafas… y la incertidumbre.

Como sabía que no tenía reserva de asiento, E. me había cogido algo como «preferencia de embarque». Y menos mal, porque eso no era una cola, sino un amogollonamiento irracional de gente. Lo que E. no me había cogido era el extra «espacio adicional para las piernas«. Supongo que, en su candidez, habría pensado que como nadie se quita las piernas para montarse en un avión, ese extra estaría reservado para personas especialmente altas. Cuando vi aquellos asientos y la perspectiva de cuatro horas ahí sentada, me fui a a la primera fila y me senté. Y si a la ida sólo tuve que blandir los papeles de la reserva, con una cara y un tono que no admitía muchas discusiones,  a la vuelta me costó una buena discusión con la azafata, pero logré no ir como el resto del ganado. Y desde luego, sin pagar ni un euro más: para entonces ya estaba harta de pagar extra por lo básico, pero sobre todo, por pagar por algo que debería estar prohibido por sanidad. Estas compañías, además de llevar a la gente como si se tratara de ovejas lanares, son un fraude y una mentira.

Esta semana he tenido que viajar de nuevo, esta vez con Air France. No hace tanto, en mi época viajante (no diré viajera, que eso no he dejado de serlo), me metía con ellos, porque han ido bajando la calidad poco a poco y metiendo más asientos, aunque sin llegar a la desvergüenza de Iberia, desde luego.  Ya no es el refresco gratis o el embarque ordenado: simplemente que te traten de vd y con respeto ya indica que tienen la vocación de transportar personas, y no animales de granja. Llevaba el mismo equipaje que en mi viaje a Bucarest y pude meterlo todo en el avión sin pagar más. También llevaba las mismas piernas, y en un asiento de turista podía cruzarlas sin dificultad. Y sobre todo, no tuve que discutir con nadie, ni tuve sorpresas.

Esta experiencia me confirma que el mundo se precipita por un agujero de vulgaridad y de masificación que logrará que, para conservar un atisbo de buen gusto y de amor por los viajes, uno tenga que quedarse en su casa encerrado entre cuatro paredes viendo vídeos. Muchas veces un mal viaje lo provoca la simple mala educación de los demás pasajeros. Y esto es cada vez más frecuente en los aviones. Y me parece explicable: si tiras cacahuetes, tendrás monos.

Razones

– Dame una razón para hacer eso.
– Porque lo dice el jefe.
– Eso no es una razón, querido. Eso es una orden.
– Pues a mí me vale.
– A mí no. Pregúntale.
– ¿Y si no me quiere contestar?
– Pues entonces me estarás dando la razón.

La servidumbre siempre es voluntaria.

El radar estratégico

Yo no sé lo que es un radar estratégico.

Creo saber lo que es una estrategia, así que puedo entender lo que significa el adjetivo que deriva.

También sé lo que es un radar y además me consta su existencia, incluso su proliferación, por una multa que me llegó el pasado viernes.

¿Pero un radar estratégico?

Supongo que se trata de algo que sirve, sobre todo, para detectar la cursilería.