Magog

En la página de la derecha pone: «He leído en un libro chino algunos pensamientos tan hermosos, justos y profundos, que quiero transcribirlos aquí para tenerlos más a mano.» No me lo invento, míralo.

1931. Written, bruto.

El cocinero, el fraile y el muro de hormigón

Alguien me decía hoy que haber sido cocinero antes que fraile es una ventaja. Pues no sé. Creo que sólo vale si sale un buen fraile, pero si sólo demuestra que es un buen cocinero, no hay garantías. Y mejor no correr riesgos para según qué posiciones.

Es bastante corriente encontrarte con un magnífico comercial metido a gestor. A maestros del análisis inventando estrategias, a operacionales resultones liderando proyectos de envergadura, a concienzudos contables dando formaciones y a formidables creativos preocupados con el presupuesto. Y a veces sale, pero a veces no, y entonces el cocinero no es que no «crezca», es que deja el convento lleno de rebozado y con olor a pulpo. Y luego hay un muro de hormigón que es tu carácter, tu personalidad y tu inteligencia. Hay cursos que son pérdidas de dinero y de tiempo. Tú puedes ser un crustáceo con una gran visión de futuro, pero eres un crustáceo. Eres un crustáceo antes y después del cursillo de liderazgo, no vale engañarse. Yo conocí a un tipo que dio un curso de management y luego felicitó a una compañera por haber hecho una fotocopia. Le dijo, con acento dramático y colorado como un tomate: “Bravo, Inés, ¡Bravo!”. Ahí lo tenéis: amaestrado para felicitar, pero crustáceo.

No se puede pretender que una lechuga aporte las mismas proteínas que un filete de solomillo. Es ir directo contra el muro de hormigón. Si el cocinero no cree en Dios, mejor dejarlo entre perolos porque buen fraile no será. Será un lechuguino o un pedazo de carne, pero no un buen fraile.

 

Moto-taxi en París

Viajo a París para un asunto de trabajo, llego una mañana y vuelvo al mediodía siguiente. Para ir y volver del aeropuerto suelo coger una moto-taxi. En París es una opción muy práctica, a la vista del caos del tráfico y de las distancias a recorrer. Es verdad que es algo más caro, pero tienes la seguridad de que llegarás a la reunión a la hora prevista y no estarás desesperado en un atasco de duración incierta, con un taxista chino miope mareándote con sus ininteligibles conversaciones por el móvil. Bueno, realmente no eliminas del todo la incertidumbre, pero al menos es binario: o llegas a la reunión, o llegas al hospital.

Desde que empecé en 2007, siempre viene a buscarme el mismo motorista, no hay que fiarse de cualquier motero. Choukri se llama mi “motard”, y es un tunecino muy agradable. Lleva la foto de su preciosa hija en el GPS, y eso me garantiza que no le apetecerá mucho salir volando de la moto. Y no, no se pasa frio, porque lleva calefacción en el asiento y en los guantes, te pone un “blouson” y un casco, y una manta que cubre perfectamente los tobillos poco abrigados de una dama como yo. Y sí, puedes llevar una maleta, un maletín y un bolsazo, la moto de Choukri tiene sitio para todo. En cuanto al miedo, eso es algo más íntimo, aunque hay veces que casi prefiero pasar por un hospital que llegar a según qué reuniones…

La vuelta de vacaciones

Nada es original a la vuelta de vacaciones, excepto la fecha. Y eso gracias a que va cambiando el año, que si no, ni eso.

Al final del día, terminas exhausta de oír y repetir «3 semanas», «en Australia y luego en el pueblo», «me queda algo, pero ya en Navidad», «salvo un par de dias que llovió, el resto bien», «en dos semanas se te quita (el moreno)», «ah, ¿y tú?», «sí, aterrizando»… Y así he contabilizado hasta 112 bobadas similares que no llevan a ningún sitio concreto. ¡Señor!

Aunque la palma se la llevan los que te preguntan «¿Qué? ¿Ya de vuelta?». Mi respuesta, invariable: «No, soy una realidad virtual, yo no he llegado todavía. Fíjate si estoy segura de lo que digo que yo me veo a mí misma desde fuera…». Y no mentía…

El especialista

Hace unos días vi a Eduardo Punset en la tele. Presentaba una conferencia o parecido, no me acuerdo. Hablaba de la ciencia, y decía que cada vez los científicos saben “más de menos”, hasta que terminan sabiendo “todo de nada”. No sé si citaba a alguien, solo me quedé con esa idea, que me hizo gracia. Define también estupendamente al especialista, el que sabe mucho de muy poquito, y que además no se habla con el de al lado, que también sabe un montón de otro poquito. El problema es si a los especialistas los dirige uno que no sabe nada de nada… Eso puede ser el caos.

Generales

Alejandro Magno, en guerra con los persas y entretenido con el Sitio de Tiro, recibió una generosa oferta de paz por parte de Darío: le ofrecía 30.000 talentos, la mitad del Oriente y la mano de su hija por tener la fiesta en paz. Entonces Parmenión, valiente y fiel general de Alejandro (antes lo fue de su padre), le dijo:
– Si yo fuera Alejandro aceptaría esas ventajas antes de exponerme a nuevos peligros.
A lo que respondió Alejandro:
– Y yo también, si fuera Parmenión. Pero soy Alejandro.
Ya entonces Alejandro había cortado el nudo gordiano y estaba convencido de que conquistaría todo el Oriente.
Nada como tener un buen proyecto para dar una respuesta convincente.

PS: Por cierto ¿Cuándo van a pedir perdón los macedonios a los tirios por las barbaridades que hizo Alejandro? Si estás de acuerdo, pincha aquí.

Agujeros negros

La velocidad de escape de la Tierra es de 40.000 Km/h: es la velocidad que debe alcanzar un cohete a fin de liberarse de la gravedad. En 1783 el astrónomo John Michell fue el primero en preguntarse qué pasaría si una estrella se volviera tan masiva que su velocidad de escape fuera igual a la velocidad de la luz. Su gravedad sería tan inmensa que nada podría escapar a ella, ni siquiera su propia luz y por lo tanto, el objeto aparecería negro para el mundo exterior y no se podría ver.

Hoy sabemos que esto no es del todo así. El agujero negro está rodeado por un “disco de acrecentamiento” de gas, arremolinado a su alrededor. Hay un límite – el horizonte de sucesos – que es el punto más lejano al que puede viajar la luz. Si se traspasa el horizonte de sucesos, uno cae en el agujero negro en un viaje solo de ida. Pero si el gas que hay en el disco de acrecentamiento evita el horizonte de sucesos, sale lanzado a velocidades enormes y es expulsado hacia el espacio, formando chorros de gas multicolor y haciendo del agujero negro un cuerpo celeste visible enormemente bello.

Se han identificado dos tipos de agujeros negros. El estelar, en el que la gravedad aplasta a una estrella moribunda hasta que implosiona; y los galácticos, algunos tan potentes que pueden consumir estrellas enteras. Utilizando los poderosos telescopios actuales, los astrónomos estiman que hay al menos unos 300 millones de agujeros negros en todo el cielo nocturno. Yo, con mi nueva graduación de gafas, estimo que puede haber dos o tres en un organigrama.

(Michio Kaku, “Universos paralelos”, ediciones Atalanta, pág. 140 y siguientes).

Dirigir y llevar el compás

Estuve en la ópera el jueves viendo Norma, en versión concierto. En estos casos, la orquesta ocupa todo el escenario con el coro al fondo, y los cantantes se sitúan en un atril en primera fila, no estoy segura de si es para que se les oiga mejor o para que se les vea bien. Bueno, si la prima donna es la imponente Violeta Urmana vestida de rojo, no creo que el motivo sea reparar en ella.

En una versión concierto el interés visual es limitado. Así es que yo estuve un buen rato absorta en mis reflexiones observando el trabajo del director, cuyos gestos no son simultáneos al movimiento de la orquesta. Parece evidente que el director debe hacer el gesto un segundo antes de que los músicos intervengan. Pero no es solo anticipar y dar paso al movimiento: dirigir la orquesta también requiere conocer la partitura, tener sentido del ritmo, saber dónde están los músicos, cómo suenan sus instrumentos y ¡no quitarle ojo al del bombo!. Si además sabes de música, tienes personalidad y mucha experiencia, entonces te pueden contratar para dirigir Norma en el Real.

Pensé también en algunos gorilas, que cuando se ponen a dirigir una orquesta solo logran hacer gimnasia. Y mientras, el resto sigue el compás.

Szar kàrtya

Me contó Peter Arvai (un colega húngaro) que en el primer lugar de la antología del “n’importe quoi” de las tarjetas de crédito habría que poner a ese cliente que se empeñó en firmar su Visa no en el panel de firma, sino ¡en la banda magnética!. Y que, como el boli se le escurría, entonces agarró unas tijeras y raspó la banda magnética hasta que lo consiguió. ¿Que cómo se enteró él? Pues porque el cliente llamó al Call Center en Budapest para quejarse de que no podía sacar dinero del cajero…

Y dijo entonces la famosa frase: Szar kàrtya, o sea “mierda de tarjeta” en húngaro.