Los años con Laura Diaz

los años con Laura Diaz unmundoparacurraEste libro de Carlos Fuentes es el que hemos leído este mes en el Club de Lectura. Yo también lo he leído, aunque menos, porque no lo he terminado. En la mitad del libro ya me cansé de pinches pendejadas, para qué les voy a dar atole con el dedo, queridos cuates. Y es que este libro es como que te caiga el chahuiztle. El caso es que se me ha atarantado y he terminado de él hasta el chongo.

Los años de Laura Díaz son muchísimos años porque la protagonista nace en 1898 y muere en el 2000. Y Carlos Fuentes aprovecha esta longevidad para escribir un libro eterno sobre la historia del siglo XX en México, con algunas incursiones en otros países. Tal vez para un mejicano el libro sea magnífico. Incluso puede que sea magnífico para un islandés, pero a mí me ha parecido un petardo así es que mi desapego no creo que sea atribuible a mi nacionalidad.

Y el caso es que el libro no empieza mal, cuando cuenta la historia de la abuela de Laura Diaz, que va de Veracruz a Ciudad de México a comprar el ajuar de boda y unos bandidos le cortan el paso al coche y luego los dedos a la abuela porque quieren robarle los anillos. Pero lo que se presenta como una saga familiar termina siendo una excusa para transitar por el siglo y presentarnos un decorado que a mí me importa un pimiento, mientras a la protagonista le ocurren cosas que pasan inadvertidas.  Y entre bostezo y bostezo, por ahí circulan medio millón de nombres que ya no sabes si son de verdad o de ficción, un montón de cosas que no tienen que ver con la narración ni la explican, en un decorado barroco y con más gente que en un purgatorio.

Empecé muy torera, encantada con la maravillosa prosa de este hombre, pero a partir de la página como 100 ya jugueteaba con el libro e intentaba engancharme a él apuntando las expresiones divertidas que me iba encontrando. Aunque llegó un momento que ya ni eso. Livia me propuso que leyera dos capítulos concretos para ver si me reconciliaba con el libro, pero nada. Y aquí me presento ante vds: con el libro sin terminar y un post que no me apetece escribir.

Y para que no se vayan de balde, les dejo algunas frases que me han gustado. Porque perlas hay, no olviden que el libro es aburrido como una ostra…

La política es el arte de tragar sapos sin hacer gestos»

«La discreción es la verdad que no hace daño…»

«Yo no te insulto, mequetrefe, yo sólo te doy de nalgadas. El insulto me lo guardo para la gente importante, baboso»

«Un pueblo sin memoria es como una sirena bien intencionada. No sabe cuándo porque no tiene cómo.»

«Bastantes quebraderos de cabeza tengo con lo que ya sé como para aumentarlo con lo que ignoro.»

«En México, hasta los teléfonos son barrocos»

La certeza de que un hombre vestido con uniforme negro, una corbata blanca y una pechera de piqué siempre se vería elegante, nunca expondría nada, en tanto que cada mujer estaba obligada a exhibir peligrosamente su personal, excéntrica, conformista, aunque siempre arbitraria, idea de la elegancia»

Y termino con una que me hizo reir. Habla de una tía mulata de Laura Díaz, que es adoptada por la abuela:

«… aunque las malas lenguas dijeran que el Guapo de Papantla era el verdadero padre, con la dificultad de que el bandido era criollo, doña Cosima alemana y María de la O, en ese caso, sólo explicable como saltapatrás o tenteneraire.»

Como cada mes, encontraréis otras reseñas en La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida, como siempre. También este mes en el blog de Miriam y con un poco de suerte, en el blog de Consu´s y en el de Newland. Y por supuesto, más comentarios interesantes sobre el libro a lo largo del mes  en el otro blog en el que escribo, el del Club de lectura, ese blog que seguro que estáis a punto de meter en vuestro reader.

El próximo es para el día 1. Cambiamos la fecha para que coincidan los libros con los meses y que os sea más fácil seguirlos.

Quemar la noche

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Quemar la noche, de Liz Murray, es el libro de este mes del Club de Lectura.

Yo no sé si después de leerlo hay que quemar la noche, hay que quemar el libro o tengo que quemarme yo a lo bonzo para que, intensificando el sufrimiento, olvide mi penar por este horror literario que he tenido que sufrir. Si encuentran este libro en la estantería de una librería, huyan. Y si la estantería se encuentra en un aeropuerto (que será lo más probable), tiren su tarjeta de embarque, salten a la pista, y hagan lo posible por colarse en cualquier avión que tenga los motores encendidos. Y no teman morir por la presurización: es peor quedarse en tierra y hojear semejante bodrio.

Desde luego, América es la tierra de las oportunidades. Y no lo digo, como pudieran pensar los que hayan leído este panfleto, por la historia de la protagonista, una niñita de padres drogadictos, pobre, sucia y hambrienta como las ratas, a la que le pasa de todo y que un buen día decide estudiar mucho y no robar más.  La chiquilla lleva un carrerón que la conduce directa no ya al desamparo – en el que ha vivido toda su infancia y adolescencia -, sino a una delincuencia segura, viviendo entre bolsas de basuras, bañeras atrancadas (nivel cocodrilesco), mugre por doquier y un ambiente con indudable querencia a lo carcelario. Pero un día, oh revelación, llega al apartamento de una chica que vive sin la necesidad de mear en las escaleras de la finca y se cae del caballo, como Saulo en el Bronx. Y de no saber casi ni escribir pasa a exigirse sobresalientes en un instituto. Así, ya está. Y esto sólo con reflexionar media horita aunque, eso sí, un repentino afán de superación que pasa de lo inexistente a lo frenético. O sea, ustedes créanse a una homeless de 17 años recién desperezada de dormir en el metro que, tras robar por última vez una caja de donetes en el súper, se dice a sí misma que o Harvard o la nada. Y va y sale Harvard. En fin, el mérito de aprovechar la oportunidad no es el de la niña, sino el de la autora, que por lo visto es la misma y que, teniendo una historia de ese calado entre las manos, va y escribe un libro que parece el blog de Pipi Calzaslargas. Muy propio de América, ya digo, un continente en donde escupes y crece un árbol…

Pensarán que no tengo compasión, pero no se equivoquen sobre el sentido de mi crítica. La historia de esta niña me resulta conmovedora, y me parece más que loable, impresionante, lo que ha conseguido Liz Murray con su vida. Pero con su vida, no con su libro, que da dos penas: la de la niña y la de la escritora. El libro está horrorosamente escrito, redactado con habilidad de adolescente, con diálogos irrelevantes y descripciones que, además de infantiloides, tienen la misma calidad literaria que los textos de una caja de Kellogs. Y siendo malo, no es lo peor: me resulta insufrible encontrarme con libros escritos con el único propósito de fomentar otros negocios, ya sea el que una productora compre la historia, o como este caso, la promoción de conferencias o fundaciones. Y lo que ya me subleva es que, encima, se note. Como seguramente se notará que detesto los libros de autoayuda, que eso es, ni más ni menos Quemar la noche.

Tal vez mis co-bloggers sean más benévolos. Para saberlo, tendréis que pinchar aquí, aquí y aquí. Y también aquí, que este mes tenemos una nueva incorporación en el Club.

Un soneto para ND

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Del niño un soneto he comprometido
con su señora esposa y gran bloguera.
Que cumplir años los cumple cualquiera.
Hasta Desgraciaíto, que es muy sufrido.
 
Bosco fugaz, lector empedernido
que quiere leer menos, aunque no quiera
pasarse la vida, ¡la vida entera!,
venga a comer pispitos sin sentido.
 
¡Brindemos con gintonic o cerveza!
Ya no valen quejas si se hace extraño
ir luego al curro sin sentir pereza.
 
No diré el número, que es un peldaño
en esa mediana edad que aún no empieza.
¡Feliz por treinta y nueve! (más un año).
 
blanco
Para ND, en el día de su cumpleaños, con una sonrisa.
 

Un matrimonio feliz

Un matrimonio feliz unmundoparacurraHoy toca post del Club de lectura. En este club leemos libros que raramente hubiéramos seleccionado. Yo ya tengo por ahí escrito que soy muy de dejar libros en la página 50, ó en la 100 ó cuando sea, a veces enfadada con ellos y otras veces con pena, porque dejan de ser competitivos ante el empuje de otro libro. Esto es lo que yo creo que habría hecho yo este mes de no haber mediado el club. No me gustaría que entendíerais esto como una crítica negativa: es sólo una constatación.

Me dejé el libro pendiente hasta el último momento aunque con tiempo de sobra pero, una vez empezado, he permitido que se me fueran colando libros y al final he tenido que correr. Ponía paréntesis, lo retomaba, lo dejaba, lo volvía a coger. Eso significa lo que estáis pensando: que no quería seguir. Pero no porque me pareciera infumable. No porque me aburriera. No porque me resultara odioso. Porque en cualquiera de estos casos, me habría planificado el tiempo para “quitármelo de encima”. No. Es que no quería seguir escuchando una historia que yo no quería leer.

Un matrimonio feliz es la historia de una pareja que se conoce y se enamora; que se casa y tiene hijos; que comparte, como tantos matrimonios, una vida de pareja con altos y bajos, con momentos buenos y malos, con alegrías y tristezas. Un matrimonio normal, que es casi tanto como feliz. Pero para saberlo, para comprender que ha sido un matrimonio feliz y que el autor nos lo pueda contar, ella tiene que penar con un cáncer devastador que es una condena a muerte. Todos moriremos, pero ella sabe cuándo con certeza, su muerte está programada, puede hacer una cuenta atrás. A la pena del duelo se le añade el dramatismo de la despedida de sus seres queridos, el luto planificado con tanta serenidad como emoción contenida. La fatalidad no existe, sólo una obligada e involuntaria resignación.

Este libro es muy triste. Muy emotivo. Es la clásica historia que, según empiezas a leer, dices “jolín, qué mala suerte de historia” (realmente dices “vaya putada de historia” pero no me gusta poner palabrotas en el blog). Me recuerda a la película de El paciente inglés: si me vas a contar una historia tan triste, déjame que lo vaya averiguando. No me pidas que tenga que doblarme el corazón desde el minuto primero, no dejes que tenga que transitar con historias y anécdotas felices, divertidas, maravillosas, o todo lo contrario, conociendo de antemano el final del cuento. Porque, aunque yo no lo sepa, los protagonistas sí lo saben. Porque ante dramas de este calibre, los detalles no importan: el desencadenante principal tiene tal envergadura que oscurece lo demás.

Es muy difícil verme llorar a mí con un libro. Muy, muy difícil. Esto significa que el autor sabe narrar, sabe hacer sentir al lector la pena, la desolación, la impotencia. La truculencia de los detalles de la enfermedad nos entregan personajes llenos de valentía y de entereza, dotados de una inteligencia capaz de sobreponerse a la miseria de un cuerpo que se desintegra en vida y en plenitud de la consciencia. Más allá de la tristeza, el libro contiene muchas enseñanzas que yo, personalmente, preferiría haberme ahorrado. Porque veo familiares, conocidos, porque yo tengo también mi vida y mis recuerdos, y no sé si quiero revivir según qué cosas. Y porque la felicidad de la vida también consiste en administrar incertidumbres, porque la falta de certezas, y no el miedo, permite alimentar la esperanza.

Así es que, si os cruzáis este libro, empezad a leerlo. Sobre gustos…

Tenéis otras reseñas, como siempre, aquí, aquí y aquí. Y a lo largo del mes, aquí también.

El animal moribundo

El animal moribundo unmundoparacurraEste es el libro que hemos leído este mes para el Club de Lectura. No diré que es un libro que yo he elegido, sino que lo propuse, y el resto del equipage lo aceptó. Se trata de un libro poco simpático, que si te pilla bajo de defensas te puede provocar indignación y hasta escándalo, pero luego te tranquilizas pensando que, en la provocación, no eres precisamente tú quien sale perdiendo.

David, un hombre de 70 años, recuerda a lo largo de las 100 páginas del libro la relación que tuvo ocho años antes con una joven de 24. Y queriendo presentarse a sí mismo como un Casanova experto, libertario y à la page, en realidad se revela como un viejo verde, lascivo, ególatra, misógino, embustero y bastante puerco. El tipo, un intelectual que da clases en la universidad y ha alcanzado cierta notoriedad en programas de radio y televisión, se vale de su preeminencia social para tejer patéticas telas de araña en las que hace caer a sus ex-alumnas todavía veinteañeras con el único fin de follárselas y luego poner una muesca en su memoria, y así dejar el recuerdo para las noches solitarias en las que necesite refocilarse, como el que se guarda un paluego entre los dientes después de cenar. El tipo está incapacitado para eludir tentaciones tanto como para sentir algún remordimiento, en éste o en cualquier otro ámbito de la vida, así es que ya me contarán ustedes la perla que nos traemos entre manos. En fin, un tipejo que no tiene gracia aunque por momentos nos recuerde al viejo garrulo con boina y babas diciendo aquello de «deja que te vea las teticas«. Un animal moribundo, sí, pero que moralmente lleva cuarenta años en estado de putrefacción.

Miren, lo peor que le puede pasar a un autor es que le identifiquen con sus protagonistas cuando éstos son unos individuos repelentes. Philip Roth no es un cualquiera, sino un reputado escritor, pero para su mala suerte (que no la mía), el libro está tan bien escrito, el protagonista es tan creíble, que el lector acaba pensando que el autor está contándonos sus propias experiencias. Y la verdad, Philip Roth está ya por encima del bien y del mal, pero no le hace ningún favor a sus colegas de generación, a los mayores, a los viejos, a las personas venerables por su experiencia, por su saber de la vida, que han acumulado una rica vida interior de elevados intereses intelectuales, y no una obsesiva preocupación por satisfacer sólo la parte del cuerpo situada en la entrepierna y que les convierte en viejos rijosos, solitarios, abandonados y recocidos en su propio egoísmo. El tal David puede llegar al absurdo de reconocer que despierta en las mujeres una mezcla de curiosidad y asco por ser viejo, sin comprender que lo que da mucho asco es la mentalidad cavernaria, no la edad del animalito. Y mientras teclea una sonata de Mozart al piano, con una fingida pose decadente muy en plan neoyorkino cool, David se consuela pensando que aun puede recurrir a la caridad para seguir ligando, después de pasarse media vida recurriendo a engañifas de vendedor de crecepelos para comerse una rosca. Pobre hombre, pero sobre todo, pobre Roth, cuya foto ya no me deja indiferente.

En el fondo, lo que Roth nos quiere contar es la angustia del fin de la vida, que no es lo mismo que la espera de la muerte. Roth nos habla de la pérdida y de la despedida. Del miedo a perder la capacidad del goce, y del vacío de las ilusiones cuando la sexualidad es el único motor de placer. Nos habla de la sumisión y de las adicciones, siendo él un adicto y un sometido. Y hace una pretendida denuncia de las costumbres sociales, en la que el protagonista se mueve con un cinismo y una cantidad de prejuicios dignos de un puñetazo en los dientes. Pero todo muy intelectualizado, eso sí, porque para explicarnos lo que yo resumiría como «tener un cerebro de una sola dimensión«, él nos cuenta una de indios parloteando sobre la libertad y la rebeldía, y nos larga ese montón de milongas típicas de los intelectuales caviar que anclan su miseria moral y su egoísmo en tendencias que dejaron de ser modernas hace cuarenta años y en una morralla flower-power que apesta a naftalina. Vamos, un blablablá como para tirar el kindle por la ventana.

Con todo, el libro tiene varias vueltas y deja muchos hilos de los que tirar, que iremos compartiendo en el Club de Lectura, ese otro blog que os gusta casi tanto como éste de Curra. Si no lo habéis leído y no sois muy exquisitos o muy gafapasta, no lo hagáis, que el ISBN da para varias vidas. Es mejor que os divirtáis con las reseñas que mis co-bloggers harán hoy (y que me da que van a ser finas), y con los post que vayamos subiendo a lo largo del mes.

Las otras reseñas las escriben, como siempre, ND, y Livia en La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida.

El imperio del sol

Ballard unmundoparacurraHoy es día 15 y toca el post del Club de Lectura, un sitio muy agradable en donde cuatro co-bloggers hablamos de libros. Este mes hemos leído El imperio del sol, un libro de James G. Ballard (la G es de Graham) en el que Spielberg se inspiró para dirigir la película que probablemente todos habréis visto. Sí, hombre, la película esa del niño repelente e hiperactivo que, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando entran los japoneses en Shangai, se suelta de la mano de su mamá en uno de esos tumultos que sólo son capaces de formar los chinos (que son muchos). Todo le pasa por hacer el tonto con un avioncito de juguete, y mira, la tontería le cuesta tener que sobrevivir en un campo de prisioneros japonés, rodeado peligros y comiendo patatas con gorgojos durante cuatro años. Y que dé gracias a que los americanos tiraron la bomba atómica, que si no a la criatura le habría salido bigote en el campo y se hubiera echado definitivamente a perder. ¿Recuerdan ya la película? Bonita ¿eh? De las de llorar a moco tendido. Pero es que Spielberg es un maestro del cine y de las emociones líricas, capaz de sacar belleza hasta de las historias más sórdidas que se puedan imaginar.

El libro tenía todos los ingredientes para haber salido por la ventana. En primer lugar, había visto la película y no me había gustado. Luego la he vuelto a ver para confirmar que, efectivamente, no me había gustado. Por otra parte, no me interesan los niños de protagonistas, no siento la menor empatía con sus historietas. Leer «Jim sentía compasión por el viejo mendigo (que han atropellado), pero por alguna razón sólo podía pensar en el pie con la huella del neumático. Si hubiesen ido en el Studebaker del señor Maxted, las huellas habrían sido diferentes, el anciano hubiera sido marcado con el diseño de la Goodyear Company…«, es una muestra de que no soy la única que no entiende los razonamientos de un niño: el autor tampoco y lo reconoce, pero por el camino nos cuenta un pensamiento absolutamente irrelevante para que vayamos entrando en la psique infantil. Y, francamente, yo nunca he tenido la menor curiosidad  por entrar en ninguna psique infantil. Y mi tercera prevención (llámenle prejuicio, va, no me importa) es que es un libro con chinos, y un libro con chinos no es un libro con algunos chinos, sino un libro con muchos chinos, porque los chinos siempre son muchos.

Pero bien, en contra de mis prevenciones (que le llamen prejuicios, venga, que no me importa), el libro me ha gustado más que la película. Bastante más. Es cierto que, como en todos los libros que sitúan la trama en tiempos de guerra y en campos de prisioneros, acabas de mugre, chinches y penalidades un poco fatigada, pero el libro tiene algunas virtudes. No desde luego la originalidad de la estructura o el preciosismo del estilo, pero sí un buen desarrollo y una buena ambientación de la sociedad de la época (en el Shanghai de 1941 cada capa social vivía en una época diferente), una buena comprensión de los personajes, en especial el del niño, que entra en el campo con ¿10 años? y sale hecho un hombrecito, y una historia que se deja leer con interés. El tono del libro está muy alejado del de la película. Mucho más sórdido, más duro, más realista, el autor describe al ser humano en unas condiciones de vida muy crueles, extremas, sin concesiones a ese buenismo de Spilberg de lagrimón por la mejilla. Y es que el autor estuvo allí, y sabe lo que es un japonés en un campo de guerra: ni una broma con ellos. El mundo es feo, los prisioneros no son alegres ni solidarios, no hay amor, sino lucha por conseguir una patata medio podrida y por sobrevivir entre condenados siendo un moribundo.

En fin, si quieren pasar un rato distraído y les gustan los libros de guerras (aquí se cruzan tres, ni más ni menos), léanlo. No es alta literatura, pero está bien, es una buena descripción de la guerra y su crueldad. Y si además ven la película por medio, podrán encontrar las diferencias entre las dos historias, que son muchas y de relevancia, y comprobar cómo una patata mohosa se puede convertir, con una música emocionante y unas bonitas puestas de sol, en un tocinillo de cielo.

Encontraréis otras reseñas y opiniones en La mesa cero del Blasco (CLICK), La originalidad perdida (CLICK) y Lo que pasa en mi cabeza (CLICK)

84, Charing Cross Road

Helene Hanff fue una escritora americana sin demasiado éxito que inicia un intercambio de cartas con una pequeña librería de viejo inglesa, a principios de los años 50, recién terminada la 2ª Guerra Mundial cuando toda Europa pasaba por las penurias y la escasez de la postguerra. Terminó esta correspondencia a finales de los años 60, con los Beatles paseando su flequillo por el mundo y cuando en las neveras británicas un huevo de gallina o un poco de mantequilla habían dejado de ser un artículo de lujo.

Lo que empezó siendo una correspondencia comercial terminó siendo una relación emocional con los empleados que trabajaban en aquella pequeña librería, Marks & Co., en el número 84 de Charing Cross road. Y en particular con uno de los empleados, Frank Doel, típico inglés tímido, muy correcto, algo ceremonioso, pero que acaba estableciendo con la escritora una cálida relación  de amistad que trasciende al estricto intercambio de compra-venta de libros. Helene Hanff recopila, con ayuda de la viuda de Frank Doel, la correspondencia de esos veinte largos años y la publica, dándole formato de libro. Y eso es lo que nos hemos leído este mes para el Club de lectura 2.0 y lo que comentan en las reseñas de sus post Liviadru, Bicheo y Desgraciaíto (os dejo los enlaces sobre sus nombres).

Este libro es un clásico. Incluso, un libro de culto. Y aquí estaba yo, sin habérmelo leído, ya ven. Y ahora estoy la mar de contenta, porque ésta es una cosa que ya tengo hecha en la vida. Me quedaba por hacer la reseña, y me está costando un trabajo enorme, aunque por otras razones que no vienen al caso. Así es que tiraré de profesionalidad y haré un DAFO del libro a ver qué sale:

Debilidades: En el libro pasan cosas, sí, aunque más allá del pasar de la vida que se van contando unos a otros, buena parte del intercambio consiste en «He encontrado un maravilloso ejemplar del Compleat Angler de Walton a un precio de 2,25 dólares»; «Oh, es fantástico, ¿podría encontrarme algo de Tristram Shandy? Por cierto, les mando un paquete de huevos y algo de carne en conserva para que celebren la Navidad»; «Oh, recibimos la mantequilla, muchas gracias, le enviaré los clásicos Loeb y no se preocupe, que aun tiene en su cuenta un saldo positivo de 5 dólares…» En fin, la correspondencia real es lo que tiene, que uno no escribe pensando que le van a leer cinco o seis millones de personas.

Amenazas: No conocer ni uno solo de los libros que se citan, y tener complejo de ignorante supino…

Fuerzas: El carácter de los personajes, el descaro de Helene Hanff, la amabilidad de todos ellos, su generosidad, el saber que fueron reales. Son todos encantadores, todos te caen bien, incluso el sosainas de Frank Doel. El contraste entre el carácter abierto y lleno de sentido del humor de la americana y la contención y la flema de los ingleses. La intriga de si terminarán conociéndose en persona o no. Los avatares de la vida de todos ellos. El libro, en fin.

Oportunidades: Se lee en un par de tardes, porque es cortito.

Les dejo con una cita que me encantó. Helene envía comida a los empleados de la librería, cuando en Londres hay racionamientos, como regalo de Navidad, y éstos le envían a su vez un libro. Helene entonces escribe: «No me parece que este sea un intercambio de regalos de Navidad muy equitativo. Vosotros os comeréis el vuestro en una semana y antes del día de Año Nuevo os quedaréis sin nada. Yo, en cambio, conservaré el mío hasta el día que me muera… y moriré feliz sabiendo que lo dejo detrás para que algún otro lo aprecie…»

Si no lo han hecho aún, léanlo. No pierdan la oportunidad.

La vida entera

La vida entera, de David Grossman, es un libro que empecé a leer y que abandoné en la página 20, probablemente porque se cruzaría otro libro, y luego otro, y otro, hasta que ahora lo he retomado para el club del lectura. Lo he leído en una especie de carrera contra el tiempo y para llegar en fecha a escribir este post. Y me alegro de que sea así. Me alegro de haber tenido que obligarme a terminarlo, y también de haberlo terminado. Y es que se trata de un libro con el que es fácil distraerse: a veces pasa una mosca y se te va el santo al cielo.

La vida entera es ese instante en que una mano en forma de puño llama a la puerta y tres hombres del ejército te dicen que tu hijo ha muerto en una operación militar. Y para evitar ese instante, una madre emprende un viaje angustioso caminando a través del norte de Israel, sin importar mucho hacia dónde va, porque como ella dice “no me importa dónde estoy, sino dónde no estoy”. Mientras recorre el camino, Ora nos va contando la vida de su hijo en sus detalles más triviales, detalles que le sirven a la madre para mantener al hijo vivo, pensando que con ello le protege de la muerte, creyendo que si deja de caminar, si vuelve a su casa, entonces tendrá que escuchar que su hijo ha muerto.

Y al hablar del hijo, Ora nos habla de su propia vida, encajonada en un triángulo amoroso que forma con dos hombres que conoció de niña en un hospital, a los que ama a cada uno de una manera y que la quieren también, cada uno a su manera. Dos hombres que también han vivido una guerra que se repite en cada generación porque es siempre la misma guerra. Y uno de ellos, Abram, la acompaña en el camino y la escucha mientras ella le habla del hijo, y encuentra de paso la manera de curarse él mismo de sus propias heridas de la vida, una vida de la que se ha desenganchado después de que las torturas de la guerra le hubieran devuelto a casa convertido en un guiñapo humano.

Decía yo hace un mes que pocos libros justifican mil páginas. Este tiene 800, y durante las cien primeras, tres niños van forjando su amistad para toda la vida en un hospital y creo de verdad que más abundancia no siempre aporta mayor precisión. En su descargo hay que decir que el autor, David Grossman, tuvo el mismo reflejo que Ora, porque lo empezó antes de que su hijo se enrolara en el ejército y tuvo la sensación, durante mucho tiempo, de que mientras siguiera escribiendo libraría a su hijo de la muerte. El hijo de Grossman murió finalmente antes de que Grossman acabara el libro. Y yo me pregunto qué grosor de libro le hubiera salido si no hubiera tenido a su hijo destacado en una operación militar. Y también, cuál si el hijo no hubiera muerto.

Ah, la prosa es maravillosa, incluida la traducción. De no ser por eso, y por unos pasajes llenos de vigor repartidos por todo el libro y que indican que tenemos delante a un magnífico escritor, el libro hubiera ido directamente por la ventana. Creo que leeré algo más de este hombre.

También tenéis reseñas del libro en los blogs de Lo que pasa en mi cabeza, Desgraciaíto y Livia.

La noche de los tiempos

Pocas novelas justifican 958 páginas. Antonio Muñoz Molina dice de La noche de los tiempos en su página web que iba en un tren por la orilla del Hudson y pensó que ahí «había una historia, quizás un relato no muy largo de un hombre que ha huído de su país en guerra«. Pues menos mal que no se le ocurrió un novelón, porque hubiera necesitado una distribuidora para él solo… Las malas lenguas dijeron entonces, cuando lo publicó, que andaba buscando hacer «la novela», que perseguía su consagración, pero yo no lo creo. Le creo a él cuando dice a continuación que «la historia crecía tanto que yo me sentía perdido en ella, desalentado por su dificultad«. La noche de los tiempos no es un libro fácil, aunque la dificultad a la creo que alude Muñoz Molina me parece evidente: estructurar así una novela y que no te salga un bodrio no es nada sencillo. Para el lector tampoco es una novela sencilla porque necesitas mucha paciencia hasta que te engancha la historia y en el entretanto, te tienes que conformar con una prosa que a mí me parece excelente.

La noche de los tiempos es la historia de un hombre, Ignacio Abel, que va a lo suyo. ¿Y qué es lo suyo? Pues su trabajo, su amante y su pellejo. Y luego lo disfraza de excelencia profesional, de amor verdadero, y de sentido práctico. Muñoz Molina, claro, nos lo presenta de manera muy poética, pero el pájaro es como para echarle de comer aparte. Todo ello situado en un fondo de escena muy atractivo desde un punto de vista literario, como es el Madrid de 1936, cuando «lo monstruoso empezó a parecer normal…«. Muñoz Molina nos enseña el horror de la guerra civil española y lo hace con la lucidez de quien observa la guerra como un proceso devastador. El trato que el autor da a algunos personajes históricos me parece irrelevante para seguir la trama, entre otras razones porque forman parte del decorado y al final lo que cuenta es la neutralidad y la distancia que toma el protagonista, que nos deja ver una sociedad que hoy es muy difícil de entender.

Abel dice que él es un hombre que «se había equivocado acerca de todo, pero más que nada sobre sí mismo«, aunque esto sólo lo reconoce en la página 935 para luego seguir equivocándose: cree que lo que ha fallado es su lugar en el tiempo, cuando su egoísmo y su cobardía habrían salido a la luz en cualquier otra época de la Humanidad, incluso cuando los Neanderthales se paseaban por Europa.

Leí este libro en febrero de 2010, durante unas vacaciones de invierno en la playa, y ahora lo he revisado para Club de Lectura. Se necesita tiempo para leerlo pero no por su grosor sino porque es un libro bien escrito, para leer sin prisas y sin obligaciones de sueño. Claro que esta es sólo mi opinión. Hoy también publican sus reseñas en sus blogs Livia, Bicheo y Desgraciaíto. Y si ya se lo han leído y no temen que se lo destripemos, pásense de nuevo por allí a lo largo del mes: No sé los demás, pero yo desde luego no seré muy amable con el protagonista.

La invención de Hugo Cabret

El título de este post es el mismo que el de un libraco que he leído estos días y del que ya veré qué comento en Club de lectura, cuando se me pase el mal humor. Y es que una ya va teniendo una edad en la que leer libros para adolescentes le provoca una terrible sensación de pérdida de tiempo. Si este bodrio de kilo y medio de peso no ha terminado en el fondo de la piscina no ha sido por respeto a su calidad literaria – inédita por otra parte -,  sino porque tengo muchos amigos con hijos en edad de leerlo, aunque yo les recomendaría a sus padres que antes les compraran la serie entera de Las Torres de Malory para que se vayan aficionando.

En su descargo diré que es un libro bonito. Quiero decir que la edición está cuidada, el papel es de alta calidad y además, de las 500 páginas, casi 300 son ilustraciones en carboncillo. Ya sé que decir esto de un libro es como felicitar al maître por lo fresquita que estaba el agua, pero en realidad yo estoy haciendo una publicidad excelente a la editorial, puesto que con tanta ilustración ya le pueden comprar el libro al niño a partir de los cinco años para que lo coloree a su gusto y les deje dormir la siesta.

También es verdad que el libro tenía todas las papeletas para darse un chapuzón, porque las historias en donde los niños son los protagonistas – y los que más hablan – me provocan mucha pereza. Por si esto no les molesta tanto como a mí, también les diré que sale un relojero, un señor que vende juguetes, su ahijada, una mujer de aparente dureza que soba un broche de plata que lleva en la blusa, dos delatores, un policía muy borrico y un tuerto que trabaja en un cine. Un elenco como para jugar al béisbol, vaya. Con todo, se trata de una historia que, bien contada, podría haber dado lugar a un buen libro de intriga, incluso de misterio, porque está ambientada en un París lúgubre, hay pasadizos de una estación de tren, cada protagonista guarda un secreto que se resiste a compartir y, además, todo gira en torno a un inquietante autómata olvidado y después rescatado de las ruinas de un pavoroso incendio. Pero el libro se convierte en una historieta de tebeo porque el autor es lamentable. Ni tiene estilo, ni sabe armar la historia, ni construye la intriga, ni tiene la menor capacidad para provocar nada que se parezca a la sorpresa. Nos dice en algún momento que “a las máquinas no les sobra nada, tienen las piezas justas para funcionar”. Bien, pues a este libro le sobra más de un diálogo, más de una obviedad y más de un dibujo.

Por lo visto hay una película inspirada en el libro, dirigida por Martin Scorsese. He leído buenas críticas pero no me he cruzado con nadie que me la recomiende. Si la han visto, quédense ahí. Yo no la he visto y me quedaré aquí. Y si algún día la pasan por la tele, quizá tenga humor para dar una oportunidad a los anuncios.

Más reseñas en La mesa cero de Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida