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Acerca de Cjimenez

Reirse es buenísimo para el cutis. Madrileña, madridista y algo francófila. Los emoticonos son el horror, el horror.

Noche de los 80

No se puede volver en el tiempo, de manera que la pregunta de si me gustaría volver a tener 20 años sólo puede ser retórica. Y la respuesta, inútil. Con todo, nada nos impide imaginar y contestarla. Yo no volvería, por muchas razones entre las que no se encuentra la cintura, claro. Aunque tengo para mí que mi generación ha tenido una suerte inmensa que no han tenido las anteriores ni la que ha venido después. Esa suerte es la música de los 80 y de los 90, pero que se conoce en genérico como los 80.

Ayer estuve con mis amigos del poblachón en un concierto de música de entonces. Cuando creíamos que ya llegábamos tarde yo pregunté si no había teloneros que cantaran algo antes, y que nos diera tiempo a llegar, y mi amiga Susana me dijo “Carmen, todos son teloneros”. Sí, no estaban todos los grandes de la época, pero cada grupo de entonces, yo creo que sin excepción, tiene una canción convertida en himno que canta mi generación. De memoria y a voz en grito. Nacha Pop, Los Secretos, La Unión, Golpes Bajos, Alaska con los Pegamoides, con Dinarama y sola con su bola de cristal, Celtas Cortos, Danza Invisible, Gabinete Caligary, Duncan Dhu, Loquillo, Héroes del Silencio, Radio Futura, La Guardia y muchos otros que seguro que ahora no recuerdo. Y que esto no pretende ser una lista exhaustiva, ni yo soy una especialista, sino solo alguien que vivió aquello, como tantos. Afónica estoy.

Y luego nos fuimos a tomar unas copitas, claro, que no estamos ni mucho menos acabados, y no pudimos evitar la conversación remember que se da en estos casos. Es muy curioso cómo una diferencia de sólo dos o tres años quita o pone recuerdos, sobre todo los que tienes de muy pequeño. Y es que 3 años es la diferencia entre tener 5 y no enterarte de nada y tener 8 y recordar un anuncio en la tele, por ejemplo. Y estuvimos hablando de series de la tele, riéndonos de que Javi estuviese enamorado de Mary Ingalls (antes de que se quedara ciega) y atendiendo a la advertencia de Alfredo acerca de que no debíamos ver, bajo ningún concepto, la serie de Daniel Boom de nuevo, porque el cartón canta de lo lindo. Yo no recuerdo la serie, aunque sí un disfraz que me trajeron los Reyes Magos, cuando todavía creía que eran magos. Y la revelación de la noche corrió por cuenta de Begoña, cuando nos dijo que dejáramos de jurar que Afrodita A decía «Pechos fuera» antes de usar las tetas como si fueran obuses, porque no lo dicen en la serie de Mazinger Z. ¿Pero cómo que no lo decían? ¡Si yo lo recuerdo perfectamente! Pues no, no lo decían: «puños fuera» sí, pero «pechos fuera» no. De todos modos, hoy esa serie, como tantas cosas, serían impensables.

Afónica estoy.

 

 

Dress code con fallos

Me ha costado entenderlo, y no crean que las tengo todas conmigo. Por lo visto, había un reglamento que se leía a las chicas que eran elegidas como falleras mayores en donde se les indicaba unas normas de conducta y de vestimenta. El concejal del ayuntamiento de Valencia que se ocupa de las Fallas, escandalizado, lo ha puesto en un papel y se lo ha entregado a la prensa para hacer público su propio escándalo.

¿Y qué dice el papel? Pues más o menos cosas que las falleras ya se imaginan cuando se presentan a falleras, a saber: que para ir a un cocktail en el ayuntamiento hay que ir “arreglada”. No en el sentido en el que te lo diría tu tía abuela, porque ella te diría “arregladita”, sino en el sentido en el que te lo puede chivar cualquier amiga. Lo que me parece asombroso es que esto tenga que escribirse en un reglamento. ¿Pondrá que la taza de café no la deben coger con las dos manos? ¿Y que no deben dejar la cucharilla dentro de la taza? ¿Y sobre eructar? ¿Les dirán algo sobre no eructar?

El punto que ha levantado la indignación es la parte de la adecuación, o sea, el que hace referencia al largo de la falda y a los escotes. Cuidado ahí, les dicen a las mozas. Yo me pregunto cuándo un largo de falda o un escote empiezan a ser inadecuados, escandalosos o directamente impúdicos. Y sobre todo, cómo se reglamenta eso en un par de folios. Según el papel, cuando te lo dice un acompañante, aunque tengo para mí que eso te lo dice antes el espejo, una inteligente lectura de la tarjeta de invitación o, ya si estás completamente desorientada en la vida, tu propia madre. En mi opinión, una minifalda empieza a ser impúdica con la edad, cuando los muslos se te ponen con la temible piel de naranja. Se habla del largo de la falda y no de cómo se ajusta al cuerpo, aunque tiene lógica: si necesitas hacer un reglamento, entonces tienes que echar mano de una regla. De todos modos, me basta una condición: por favor, no dejes que se te marquen las bragas. En cuanto al escote, podríamos discutir toda una vida, incluyendo en la discusión si Gilda escandaliza cuando se quita el guante o cuando se le abre la falda y enseña un muslo.

No digo yo que el reglamento no esconda polillas y telarañas, pero lo que es seguro es que, como cualquier reglamento de estas características, contendrá muchas imbecilidades. Cámbiese y a otra cosa. Eso sí, no hay que llegar a los cerros de Úbeda: las Fallas, como cualquier festejo, son un teatro, una representación, y es normal que exista un dress code, escrito o no. Pedir libertad total en el vestir de las falleras está muy bien y queda progre y tal, pero si pretenden igualar el chándal con un vestido de cocktail entonces la libertad no es suficiente: hay que pedir la libertad con cargos.

El colmo de la ternura es cuando el concejal escandalizado dice que la fallera debe ser algo más que un florero. Pues sí: hay que escribir un florero o florera. Y asunto arreglado.

El Abra

Hay que ver Bilbao. Aunque se caiga el cielo. O quizá, por eso.

Hay que ver Bilbao. Aunque se caiga el cielo. O quizá, por eso.

Elecciones americanas

Estoy que no sé si quedarme esta noche despierta para seguir el resultado del recuento electoral. En realidad, todo esto de las elecciones americanas debería haberme pillado entre New Hampshire y Seattle, porque llegarme hasta Alaska me daba perezón. Y es que pedí unos días de vacaciones para poder seguir in situ la jornada electoral pero, mecachis, tenía trabajo. Y encima mañana la fiesta de la Almudena, con toda la familia que viene a comer… En fin, un lío de ir y venir y total, que no pude. Pero vamos, que aquí me tienen casi sin dormir, sin hablar, sin atender a nadie, con el pinganillo de la radio en la oreja todo el rato, que no se me va la preocupación de encima.

Llevo un par de semanas que compro el New York Times, el Washington Post, el San Francisco Chronicle y el Milwaukee Journal Sentinel, este último  para mi madre, porque yo la América profunda como que no. Mi madre sin embargo es más curiosa, y le gusta estudiar los anuncios de Wall Mart y compararlos con los anuncios de El Corte Inglés. Ya le digo que no tienen nada que ver y me da la razón, sobre todo después de mirar las ofertas. Ayer le eché un vistazo al Sentinel y, oigan, también trae un buen seguimiento de las elecciones americanas, lo cual es ilógico: si un tipo de Winsconsin se quiere informar, bien a mano tiene la prensa española ¿no les parece a ustedes?

Yo supongo que ya, a estas alturas, podré hablarles de mis preferencias en estas elecciones sin peligro de poder influir en ninguno de mis numerosos lectores americanos. Pues bien: a mí Trump no me gusta. Yo no entro en sus ideas, pero me parece que un hombre que se peina de ese modo no puede ser de fiar. Mi padre llamaba «calvos sin dignidad» a esos que se ponen la raya a la altura de la oreja y se dejan el flequillo que parece que está concursando en una jinkana. O sea, un peinado que tiene cualquier cosa menos improvisación, que es lo mismo que naturalidad. En la patria teníamos a Anasagasti, con esa ensaimada, válgame. Bueno, pues este Trump no puede ser de fiar, entre el mondongo que lleva ahí arriba y ese color zanahoria, que si pide el voto en la Warner lo mismo viene a morderle Bugs Bunny. Qué horror. Es salir en la tele y no me pregunten qué ha dicho: yo me quedo ensimismada (¿ensaimaismada?) mirándole la cabeza y haciéndome preguntas. En cuanto a Hillary pues, bueno, al menos se peina como un humano.

Les dejo, que vienen las noticias y no quiero perderme ni medio minuto de esta recta-final de la fiesta-de-la-democracia americana. Me interesa muchísimo la opinión de todos los tertulianos y sus sabios conocimientos, en especial cuando, con tanta sagacidad como prudencia, analizan los resultados en clave nacional. Nacional de España. ¿Será que ellos también leen el Sentinel?

Será.

 

Butchers Crossing, de John Williams

Hoy toca publicar la reseña del languideciente Club de Lectura, que este año nos pide pan una vez cada dos meses. El mítico sufrimiento de este club parece atenuarse con la falta de frecuencia, pero cuando pega, lo hace de lo lindo. Para muestra el libro que vengo a comentar. John Williams, según la editorial, se encuentra entre Melville y Cormac McCarthy, lo que es tanto como decir que todos los caminos conducen a Roma. Yo no sé de dónde se han sacado esa comparación. En mi humilde opinión, el estilo de escritura de John Williams está más bien entre Pedro J. Ramírez y Christian Gálvez, por lo farragoso, enrevesado, cursi y pesado. Esto y unas descripciones que pretenden ser tan ajustadas y detallistas que al final te pierdes. Un horror.

La historia es la de un joven de Boston de mediados del siglo XIX, Will Andrews, que al terminar sus estudios en la universidad decide ir al Oeste a vivir una aventura. El porqué no sé si está muy bien explicado al principio del libro, porque el principio del libro es INSOPORTABLE. Vean cómo nos describe su llegada en la diligencia:

…a medida que las pequeñas ruedas del carromato entraban y salían de las roderas dejadas por carros más pesados, la carga amarrada en el centro y protegida por una lona se iba moviendo, las cortinas laterales, subidas, golpeaban las varas de nogal que sostenían el techo de listones y lona, y el solitario pasajero sentado al fondo tenía que apuntalarse contra las delgadas tablas de los lados, con una mano apoyada en el duro banco forrado de cuero y la otra aferrada a uno de los lisos palos de nogal hincados en zócalos de hierro sujetos a las tablas laterales…

Yo leo esto y me digo que me acaban de llenar los ojos de paja y que es una verdadera lástima que el solitario pasajero no hubiera dejado resbalar una de sus blancas manos por las lisas tablas de nogal laterales para darse un sobrenatural y mortífero pescozón contra el duro suelo del liviano carromato que circulaba a mediana velocidad y así acabar su efímera vida de joven bostoniano entre las roderas intermediadas de fino barro del oeste mientras exclamaba con voz estentórea bullshit de la pena mora. Qué horror.

En fin, la aventura del joven Will Andrews consistirá en irse a cazar bisontes, los últimos bisontes, con un grupo formado por un cazador experimentado, duro y honesto, que te imaginas más como un Clint Eastwood locuaz que como un John Wayne taciturno. Hay otro vaquero borrachuzo que se ha vuelto loco después de que se le congelaran las manos y un tercero que va para despellejar a los bisontes y que es un cenizo y un agonías. Y nuestro Will, claro, que se va de excursión para hacerse un hombre, pero que tiene pinta de estar siempre a punto de decir aquello de «Dr. Livingstone, supongo». Cuatro patas para un banco, que diría mi abuela, aunque en realidad se trata de mostrar al héroe fuerte, al antihéroe cobarde y al observador que te lo cuenta. Bueno, y luego está el borrachín desvalido que actúa como el gato de Schroedinger, pero en voluntarioso.

La expedición es difícil, porque tienen que irse hasta las montañas de Colorado, a un lugar todavía por explorar en donde, si les cae el invierno, las posibilidades de salir vivos son escasas. Pero es que en las montañas todavía quedan bisontes, y por tanto pieles y cueros, y por tanto, dinero. O sea, que no es ir pa’ na’.  Y como están solos, ya que nadie conoce ese lugar, podrán hacer una carnicería a sus anchas, sin temor a que los interrumpan. Y aquí es donde una se solidariza con los bisontes hasta el Pacma y más allá, y sigue leyendo para ver cómo la justicia poética cae sobre estos hombres, aunque el tontainas de Will se salve de todo menos de la cursilería.

La novela es la narración del fin de una época que acaba con el fin de los bisontes y la llegada del ferrocarril y los cambios de costumbres en el viejo oeste. Y debo decir que a mitad del libro, mas o menos, me enganché con la historia y me gustó (la historia), a pesar de ese estilo insoportable del autor al que habría que multar por escribir tan horrorosamente. Es un crimen que se ponga a describirte cómo se hace un vivac en medio de una tormenta de nieve, o cómo se despelleja a un bisonte, o cómo se calma a un caballo, con tal profusión de adjetivos y de detalles tontos que consiguen sincopar la narración hasta hacerla incomprensible. Es una forma de escribir que me resulta muy irritante y que me acaba enfadando y que me obliga a no recomendar este libro si tienen algo mejor que leer.

Como en otras ocasiones, tienen más opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo. Hasta enero, que reseñaremos Pepita Jiménez, de Juan Valera. Y que viva el ritmo.

La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco

la-tierra-que-pisamosJesús Carrasco nos habla, como lo hacía en su primera novela, Intemperie, de la hostilidad de la tierra, de su dureza, de su crueldad. Pero si en Intemperie era la tierra misma, era el campo reseco y estéril el que tomaba el protagonismo, en esta nueva novela nos habla de una tierra paciente e inanimada que acoge la violencia elaborada por los hombres y que conserva las raíces a pesar de que un invasor se afane por aplastarlas.

La tierra que pisamos es una fabulación, una historia inventada, una novela de ficción histórica, un qué hubiera pasado si, una ucronía. En la novela, un imperio tiránico que se parece mucho a Alemania — aunque no se cita el país — , ha invadido España y la ha anexionado como parte del imperio. Las tierras sometidas son sistemáticamente expoliadas en beneficio de una raza, una patria, una nación superior que no duda en construir su hegemonía sobre la sangre y el dolor de los otros, de los conquistados.

Eva Holman es una mujer de la clase dirigente del imperio que vive su retiro en un pueblo de Extremadura junto a su marido, un militar de alta graduación entrado en la vejez y la demencia. Un buen día encuentra en su jardín a un hombre extraño, un mendigo, un indígena que no habla, ni pide, ni mira ni atiende. Y Eva nos cuenta cómo ese hombre, convertido en un guiñapo, le hará cambiar su percepción de sí misma, del imperio al que pertenece, y le hará comprender el horror de sus propias certezas. Porque esas certezas no incluían las penalidades y el trato cruel e inhumano de los campos de trabajo, no incluía la bestialidad del exterminio de pueblos enteros.

«Jamás pensé entonces que tendría que vivir un momento como este. Asistir a la voladura de mis propias certezas, que no eran muchas, pero sí firmes […] Y la patria, aquel sustento, con sus mitos y sus heroicos próceres. Pura morfina para separarnos de los otros, que también son hombres, cuyo sometimiento me resquebraja. Me dejo caer cuando entiendo que solo el dolor nos hermana. El peso de mi conciencia, mi humanidad, me invitan a retorcerme junto a ellos sobre la fresca yerba».

No hay nada en la fabulación de Jesús Carrasco que no hayamos leído ya referido a los campos nazis o soviéticos. Sabemos que lo que cuenta está imaginado porque España no ha sido invadida en el siglo XX, pero entendemos la verosimilitud del relato porque sabemos que eso sí ha pasado, aunque en la piel de otros que no eran españoles sino húngaros, checos, polacos, o simplemente judíos o gitanos sin importar la nacionalidad. La descripción de las crueldades, los pasajes horribles por los que Carrasco nos hace transitar son conocidos y, precisamente porque sabemos que no son una invención, no dejan de estremecer. Sin embargo, creo que lo que hace especial a esta novela es la perplejidad de Eva, primero hacia el hombre que tiene en su jardín y luego hacia su propia vida y su propia sociedad y cultura. El punto de vista del que está en el bando de los verdugos no es el más fácil de narrar, pero, sin duda, es muy interesante.

«…el misterio que creía ver en él, con el que trataba de justificar ante mí mi propio comportamiento, era otro engaño. No había más misterio que la culpa: la de saber que había levantado mi casa sobre la sangre de los suyos. La de haberme envuelto en la bandera de la tradición, el Imperio y la religión para participar en este expolio».

Si Intemperie me dejó fascinada, esta segunda novela no me ha defraudado. Creo que estamos delante de un magnífico escritor, un autor que escribe pulcro, preciso y sonoro y que no se olvida de narrar; que sabe usar las imágenes y te deja ver los sentidos; que respeta al lector y le deja pensar; que fabrica personajes y pone en su boca bonitas palabras sin que parezcan afectados. En el debe, tal vez la mala edición nos priva de algunos acentos, y un buen corrector nos hubiera podido ahorrar algunos leísmos. Pero bueno, Delibes también era leísta, y la propia Academia permite olvidarse de ciertas tildes, aunque a mí me resulte muy irritante.

Si les gusta la buena literatura, lean a este autor. Es una orden.

Este post ha sido publicado anteriormente en El Buscalibros (www.buscalibros.com)

Schiaparelli en Marte

crater-schiaparelliPasado mañana llega a Marte la primera misión europea, lo que permite al ABC el campanudo titular de «Europa desembarca en Marte». Ya era hora de ir para allá, hombre, porque al parecer ya ha habido más de 40 misiones a ese planeta, además de otros proyectos entre los que se cuenta el famoso programa holandés Mars One, que proponía una misión de ida sin vuelta del que les hablé a ustedes allá por 2013 (aquí).

La misión tiene dos objetivos: el primero es averiguar cuánto y por qué hay tanto metano en la atmósfera marciana y el segundo es comprobar, sin ningún género de dudas, si hay vida allí. Esto último me parece prudente y hasta higiénico, porque ya está en marcha la misión de 2020 que consiste en enviar un artefacto que recogerá muestras y se las traerá de vuelta a la Tierra. Y marcianos con piernas no se han avistado, pero nadie hoy puede garantizar que no haya algún bicho microscópico por ahí escondido que se cuele en la misión de 2020 y venga a colonizarnos inesperadamente. Que se traigan un alien sin querer, vaya. Y no sé si han visto la película de Ridley Scott: miren, yo sí, y no me apetece nada que nos hagamos un Teniente Ripley colectivo.

Como toda misión europea, cada país ha puesto algo de su parte. España, por lo que leo, ha aportado una estructura deformable que sirve para amortiguar el previsible castañazo que se va a pegar el módulo que va a aterrizar allí. No sé yo, no me parece que los españoles seamos muy buenos en esto de evitar castañazos, pero, en todo caso, creo que es una aportación muy útil. Eso sí, lucida no es, porque el éxito consiste en que no pase nada, y normalmente las flores se las lleva aquel que consigue que pase algo, aunque sea después de que no pase nada. No sé si me siguen. La cuestión es que la nave en cuyas posaderas se asienta la ingeniería española se llama Schiaparelli. Así que no pregunten quién ha puesto el módulo. O sí, pregúntenselo y, si lo averiguan, me lo dicen. De momento los italianos han puesto el nombre, lo que demuestra su enorme capacidad para avistar el reconocimiento. En este caso, el de la superficie marciana. Claro, que se podría esperar que los europeos hubieran elegido el nombre de algún francés, aunque sólo fuera por que dejaran de dar la lata -que seguro que la habrán dado- pero entiendo que no hay por qué preocuparse: la Grandeur se habrá reservado el nombre del artefacto que volverá de allí en 2020. En cuanto a los alemanes, seguramente no se han postulado para bautizar nada, si bien me malicio que el resto de la peña les reserva ese honor en caso de que aparezca el temido microbio marciano. Europa, o sea.

¿Y quién era Schiaparelli? Pues como yo no lo sabía (perdónenme esto y no haber leído a Bob Dylan), me he ido a la Wiki y he encontrado dos entradas que hacen referencia a dos personas: Giovanni y Elsa. El primero era un astrónomo y la segunda era una diseñadora de moda, sobrina del anterior.

Ecco!

PS: Schiaparelli da tambien nombre a un hemisferio en Marte y al cráter que ilustra esta entrada. De nada.

 

Things have changed

Y tanto que las cosas han cambiado. Y más que deberían cambiar. Sin ir más lejos, este año el Nobel de Literatura debería haberse llamado el Nobel de las letras.

Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, a falta de otro que nos dé la paliza con la escritura.

En el entretanto, disfruten con su música.

 

Día del Pilar en casa

Hoy es 12 de octubre, día del Pilar, de la Hispanidad, la Fiesta nacional en la que conmemoramos el descubrimiento de América y, sobre todo, sobre todo, día de comer tarta en no pocas casas. Pues sí, porque Pilar es un nombre bastante común -y bonito, para mi gusto-, y también muy celebrado en muchas familias. El santo de las pilares es, como el de las cármenes y las inmaculadas, una festividad de la que te avisan en el telediario. Y eso mola, se lo digo yo que lo vivo cada 16 de julio.

En mi casa tenemos una Pilar, mi tía Pilar. ¿Quién no tiene una tía Pilar, a ver? Seguro que muchos de ustedes tienen una, pero ninguno tendrá una como la mía. Mi tía Pili es estupenda y no es pasión de sobrina. Es un hecho objetivo, factual, comprobado e irrefutable. Y además, es algo que no digo yo sola (y el resto de sus sobrinos), no: esto es algo que dice todo el mundo. Así es que además de un dato empírico, es democrático. Mi tía Pilar es un amor.

Siempre de buen humor, siempre mirando optimista a su alrededor, siempre poniendole al mal tiempo buena cara. Incluso en esos momentos muy duros que la vida le ha obligado a vivir, como nos obliga a todos. Su diferencia es que deja que esos momentos sean momentos que pasan. Lo que los modernos llaman resiliencia, eso es. Y cuando vuelve a su estado natural entonces te hará reir, porque otra cosa no tendrá, pero reirte con ella te ríes un rato. En eso ha sacado la gracia que tenía mi abuelo y que consiste en soltar paridas sobre las cosas más solemnes y en tener un radar especial para detectar situaciones falsamente dramáticas, y tomárselas a cachondeo.

Además de esto, tiene una memoria prodigiosa, lo que le permite disponer de una buena cultura y una mejor capacidad para saber dónde coño vive aquel vecino, además de llevar una especie de enciclopedia en la cabeza. Hace unos días estuvimos en Sevilla y contratamos a una guía para los Alcázares y la Catedral. La mujer seguía la técnica de hacer preguntas antes de contarnos algún detalle de historia o de arte, hasta que desistió porque mi tía le chafaba cualquier intento de intriga. Cualquier asunto cotidiano puede convertirse en un juego, y ella siempre, siempre, acepta jugar.

Posee lo que llama un buen carácter, y es una de esas personas con las que uno convive sin dificultad a pesar de su desorden y de esa tendencia suya a seguir el vuelo de una mosca, una leve inconstancia que le hace llegar tarde a casi todas partes (menos a la ópera), pero que uno perdona porque cuando por fin aparece, trae la alegría para repartirla. Y eso, amigos, merece la pena dejarse esperar.

tia-pilar-unmundoparacurraDejo para el final su físico. Sí, muy guapa. También ahora, a sus respetables 72, que lleva como una estupenda sesentona. Y que conste que eso también es un hecho objetivo.

Feliz día del Pilar. Y no me tengan mucha envidia, porque no les servirá de nada. Quiero decir que a mi tía Pilar y a mí nos dará exactamente lo mismo.

Ea.

Frutas y frutos

El otro día oi decir en el trabajo que el esfuerzo de alguien estaba dando sus frutas. Y me quedé parada, claro, porque la industria en la que trabajo poco tiene que ver con lo agroalimentario. Como ya se imaginaran ustedes, quería decir frutos, que no es exactamente lo mismo que frutas.

En francés se dice también que algo da sus frutos (cela porte ses fruits), con la diferencia de que los franceses no hacen distingos entre fruta y fruto. Ellos se meriendan todo, y si no que le pregunten a Napoleón. Sin embargo, en español el fruto es, en primera acepción, el producto del desarrollo del ovario de una flor después de la fecundación, en el que quedan contenidas las semillas, y en cuya formación cooperan con frecuencia tanto el cáliz como el receptáculo floral y otros órganos, mientras que la fruta es algún fruto comestible. Y ahora comparen la cosa y díganme, con el corazón en la mano, si la diferencia de una vocal no convierte el halago aspiracional en una observación prosaica. O al menos, raruna. Tengo razón.

Como todo en la vida, siempre podía haber sido peor. Imaginen la frase «esto es la fruta de tu trabajo» y diganme si no les pide el cuerpo contestar algo. Cualquier cosa.

— Ya te había dicho yo que esto era la pera.

— ¿Crees que vengo con un melocotón?

— Mejor no abrir ese melón.

— Sí, es una castaña.

— Todavía me puedo dar una piña.

— Huy, y esto es sólo la guinda.

— Pues iba a por uvas.

— Ha quedado como un higo.

— Manzanas traigo.

No creo que se dé el caso. Y si se da, tal vez lo mejor sea, después de explicar la diferencia entre la fruta y el fruto, enseñar de paso eso tan castizo de ¡toma nísperos!