El brinco y el Universo en expansión

– ¿No te habrás olvidado de mí?
– ¿Olvidarme de ti? Ni aunque el mundo se detuviera en este instante me olvidaría de ti, porque mi vida entera gira ahora mismo a tu alrededor…

No puedo evitar que el corazón me dé un brinco cuando me dicen cosas así, aunque no signifiquen nada desde un punto de vista cosmológico y según las últimas teorías del Universo en expansión.

– … los reflejos no acaban de cogerte, te falta el baño de brillo y además tengo que capearte un poco. Después querrás que te dé un golpe de secador y me tengo que ir a las 7 a recoger a mi hija. ¡Y son las 6 y cuarto!

Y el corazón vuelve a su caja torácica después del brinco, siguiendo perrunamente las Leyes de Newton y olvidándose del Universo en expansión.

Souvenirs

Martina tiene 12 años y se sabe entera la canción “El patio de mi casa/es particular…”. También canta la de “Todos los patitos/se fueron a nadar…” Canta bien, Martina, aunque su voz es un poco aflautada. Martina sabe decir “tengo hambre”, “quiero pis” y “dame un besito” en perfecto castellano.

Su padre, Jan, a la vuelta de un viaje de trabajo en Madrid, le compró a su preciosa niña una muñeca en el aeropuerto de Barajas. El caso es que Jan se lo pensó bastante. ¿Otra muñeca? Venga, sí, pero la que habla, que parece más completa. Le va a encantar. ¡Y también canta, qué bien! ¡Y viene vestida de faralaes! Le va a encantar. A Martina. La muñeca. Le va a encantar.

Entonces Martina tenía 6 años. Cuando le dió al botón “on” flipó pero si hoy se cruzara con un marciano en el pasillo no se sorprendería nada. Por eso yo creo que la mujer de Jan no tenía razón cuando le dijo “Jan, ale vy jste hloupy?”1

Martina, igual que Jan, es checa.

1 “Pero, Jan ¿Tú eres tonto?”

Página 20

Querido diario, suspiró Abram con un marcado acento ruso: en medio de una fría y tormentosa noche, roto por el dolor, he encontrado finalmente a una chica que está convencida de que me conoce de algo – Ora dio un respingo de desprecio-, en resumen, continuó Abram con su representación, investigadas todas las posibilidades y descartadas todas las descabelladas propuestas de ella, he llegado a la conclusión de que puede que nos conozcamos del futuro.

David Grossman, La vida entera

Szar kàrtya

Me contó Peter Arvai (un colega húngaro) que en el primer lugar de la antología del “n’importe quoi” de las tarjetas de crédito habría que poner a ese cliente que se empeñó en firmar su Visa no en el panel de firma, sino ¡en la banda magnética!. Y que, como el boli se le escurría, entonces agarró unas tijeras y raspó la banda magnética hasta que lo consiguió. ¿Que cómo se enteró él? Pues porque el cliente llamó al Call Center en Budapest para quejarse de que no podía sacar dinero del cajero…

Y dijo entonces la famosa frase: Szar kàrtya, o sea “mierda de tarjeta” en húngaro.

Hologramas

Los únicos hologramas en los que confío están en las tarjetas de crédito.

Usarlas: eso sí da flexibilidad y pone de buen humor y no esas chorradas de la tele tienda.

Un mundo para Curra

Curra

Título que recuerda – nada vagamente – el libro de Bryce Echenique, Un mundo para Julius.

Y viendo cómo vive Curra, uno puede imaginarla en el Country Club tomando un té inglés con la clase alta limeña y departiendo entre jugosos emparedados. Sobre todo entre jugosos emparedados, darling.