Mi amiga Susana

Mi amiga S. es una ávida lectora de blogs. Lee uno: el mío. No todos los días, por supuesto. Calcula cuándo habré escrito varios post, y entra y lee todo lo que tiene pendiente. De arriba abajo, según me dice. Y luego me critica. Me critica a mí y a vosotros. Y si os tuteo es porque me refiero vosotros, queridos comentaristas. Y no creáis que nos critica tímidamente, o que utiliza algún tipo de metáfora, o imagen, o elipsis, o algo. No, no. Nos critica abiertamente y con mucha gente delante. Y esto lo hace porque es una bruja malvada que me quiere hundir, a mí y a vosotros. ¡A todos, nos quiere hundir a todos!

La crítica que me hace a mí es variada. Para empezar, me afea que no actualice todos los días. Ella espera leer cada lunes siete post. Siete. Y se encuentra con que hay lunes que sólo hay uno nuevo. Uno. “¡Vaga, que eres una vaga!”, me dice, tronante. Además de esto, me critica que no sea objetiva ni exhaustiva. O sea, que dé mi propia versión de las cosas y que además no lo cuente todo. A esto yo le suelo contestar que abra ella su blog y cuente las cosas como le parezca a ella, pero me contesta (es muy contestataria) que no, que para eso ya estoy yo. Anda, toma lacasitos. Y finalmente, me dice que cuando hablo de libros aburro, cuando hablo de fútbol aburro más y cuando cuento cosas de mis perras me pongo de un cursi insoportable. También me dice que las cosas de la oficina las cuento con mucha cobardía y me aconseja que no hable de política porque se me nota que soy de derechas. Y ahí yo protesto, porque yo no soy de derechas, y mucho menos desde que gobierna “eso” que nos está gobernando.

Pero luego os toca el turno a vosotros, queridos. Según ella, sois unos pelotas. Sí, unos pelotas, porque entráis todos a comentar que estáis de acuerdo, y qué razón tengo, y qué graciosa soy, y qué interesante todo eso que pongo. ¡Pelotas, vendidos, truhanes! Aparte de que no lo entiende. En su comprensión monobloguera, deberíais todos criticarme y oponeros. Y yo le explico que me parecen muy normales los comentarios, porque si sigues a alguien es porque te mola lo que escribe y que si no, pues no le sigues, que para eso la blogosfera es un lugar libre y medio anónimo. Y entonces entra en pérdida (de razón) y es cuando me dice que mejor cierre los comentarios, porque ella se los lee todos esperando que me déis caña y siempre acaba decepcionada. Y en cuanto a mis respuestas, también lo tiene claro: soy una pavisosa y parezco medio tonta.

Y para que no falte de nada, me acusa de cortar los comentarios en contra y no dejarlos pasar. Cuando le digo que no, que sólo he borrado un comentario en la vida y que fue porque era una procacidad me mira con sospecha y me dice: “ya, ya, pero puedes borrarlos ¿no?”. Incluso ha llegado a insinuar que os pago. ¡Y hasta que me comento a mí misma! (bueno, esto último lo dijo al final de la cena, y la botella ya sólo tenía de utilidad el reciclado de vidrio). Pero en fin, no os preocupéis que no sabe lo que es el blogrol, y además, no tiene ni memoria ni habilidad para identificar vuestros nombres con el título de vuestros blogs, así es que no se pasará por vuestras casas para meterse con vosotros también.

Le he pedido que comente ella, y me dice que sólo lo hará cuando me dedique a hablar de la menopausia, que seguro que tengo mucha gracia. Y es que es muy buena amiga, pero cabrona como ella sola… En fin, queridos amigos, dejo abiertos los comentarios. ¡Y no digo más!