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Correr, de Jean Echenoz

Correr, de Jean EchenozHe terminado este libro hace unos días. No me tocaba leerlo, sino el que estaba en cola era el libro del club de Lectores, así que la semana pasada pensaba empezarlo aprovechando un viaje a París que tenía que hacer. Sorpresa: no lo había cargado en el Kindle, con lo que me encontré en la tesitura de tener que elegir: o me compraba una revista, o empezaba con otro libro. Y me decidí por este, que sabía que era muy cortito.

Correr cuenta la historia de Emil Zátopek, el gran corredor checo de los años 50. Cómo es un hombre al que no le gusta el deporte, pero a cambio ama el dolor. Un hombre que corre raro, sin usar o usando mal los brazos, cabeceando, y con una técnica como mínimo confusa. Que se entrena a su aire, según el método que él considera adecuado. Que no busca en la vida nada en concreto, mucho menos la fama y el reconocimiento que van a conllevar sus proezas en la pista, sino que, alma sencilla, prefiere que lo dejen en paz.

Las hazañas de Zátopek se pueden leer en cualquier revista, en internet; su forma de correr se puede ver en Youtube y Echenoz no cuenta nada que no se sepa. Su hazaña al ganar en las olimpiadas de Helsinki el oro en los 5.000, 10.000 y Maraton, o tener 9 records mundiales de distancias de fondo no ha sido superada todavía. Hablamos de un extraterrestre, o casi, aunque en su vida fuera de las pistas fuera una persona normal y corriente. Sobre todo corriente (qué broma más mala, por dios).

Echenoz es un autor preciso, eficaz, y elegante. Te quedas con la extraordinaria capacidad de un corredor fuera de serie, en absoluto habitual, con un modo de correr insólito y un comportamiento deportivo más insólito todavía. No nos habla de su vida personal, ni de los problemas políticos que tuvo en la Primavera de Praga, que sólo aborda de forma sucinta al final del libro. No se detiene demasiado en su declive, que suele ser la parte más literaria y psicológicamente más atractiva de la vida de estos personajes.Va al grano y lo consigue, y tal vez por eso, a la mitad del libro empiezan a pesarte un poco tanta carrera y tanta sucesión de medallas y de proezas.

Con todo es un libro corto, muy distraído y que contiene un homenaje a un gran corredor. Si se lo topan, léanlo.

El impreso

Se trata de renovar un certificado, en este caso de familia numerosa. Mi hermana viene a mi casa porque necesita un impreso, tiene cita mañana y no le funciona su impresora. Así es que nos disponemos a obtenerlo, y así puede pasar por el banco, pagar las tasas y luego ir a la administración a presentar la carpeta de papeles.

Primero encontrarlo, que no es moco de pavo. La página de la Comunidad de Madrid sirve lo mismo para un roto que para un descosido y es un perfecto batiburrillo lleno de cosas inservibles.Y luego, que ya podrían enterarse estos señores de que no todos los ciudadanos tenemos las versiones y los programas concretos que ellos desean. Incluso que no todos los ciudadanos tenemos los mismos ordenadores. Porque la administración española y Apple son, a lo que se ve, enemigos irreconciliables, por más que cualquier cargo público, incluyendo sus muchos enchufados, vayan por el mundo con iphone e ipad de última generación.

Hemos llamado a la Comunidad porque no había forma de visualizar en pantalla e imprimir el puñetero impreso. La señorita realmente era un help desk de informática. Muy amable, eso sí, pero sus soluciones no eran “vaya a una oficina de correos y allí se lo dan“, sino “tiene que desactivar la ventana emergente de su pantalla” o “¿está segura de que ha instalado correctamente el Acrobat Reader 7?”.

Al final mi hermana se ha ido sin su impreso. Por lo visto, hay unos puntos de información al lado de la administración donde puede obtenerlo. En este caso, tendrá que ir, buscar un banco, pagar, volver, presentarlo… y probablemente volverá a faltar algún papel. Vueltas, más vueltas, tiempo, tiempo, más tiempo, más tiempo mío…

Francamente, yo creo que la administración nos lo pone complicado para que desistamos de obtener cualquier cosa que implique un menor pago de impuestos. Las Administraciones están para servirnos a todos, pero hay personas sin ordenador, sin impresora. O lo pueden tener roto. O no pueden usar el de su oficina. O no saben usarlo, personas que se pierden en internet, de éstas hay muchas. Me parece bien que haya facilidades telemáticas, pero hay una capa de la población que debería tener una respuesta tipo “en la misma oficina le dan el impreso, lo rellena a mano, paga la tasa y ya está”.

Y sobre todo, yo me hago una pregunta: todo esto que se ahorra la Administración en tiempo y en papel que ponemos los pacientes ciudadanos ¿por qué no nos lo ahorramos en impuestos?

T

malalaMalala Yousafzai es la ganadora del Premio Nobel de la Paz 2014 (junto con Kaliash Satyarthi), premio que le han concedido por defender el derecho a la educación de las niñas en Pakistán, y por extensión el derecho de todos los niños en el mundo. Hija del dueño de un colegio en el norte de Pakistán, sufre la llegada de los talibanes a la región, aunque antes ya vive en un ambiente en el que la mayoría de las mujeres, incluida su madre, no saben leer ni escribir y viven dedicadas al cuidado del hombre, que en el caso de estos retrógrados viene a ser como cuidar a cualquier animal de granja.

Malala cuenta con que su padre es un hombre de progreso que está a favor de la educación de los jóvenes, y eso le permite empezar a rebelarse desde muy pequeña. Cuando los talibanes llegan al valle de Swat, Malala tiene poco menos de 10 años, pero ya se da cuenta de que hay que alzar la voz contra esas bestias que primero aconsejaban cerrar las escuelas y luego ya, directamente, las dinamitaban.

“Habían puesto la bomba de noche… un lugar en el que las niñas sólo querían aprender a leer y escribir y a sumar. ¿Por qué?, me preguntaba. ¿Por qué representa un colegio semejante amenaza para los talibanes”

Naturalmente, la pregunta es retórica y ni se molesta en contestarla. Sólo en 2008 los talibanes volaron 200 escuelas. Y esta niña empieza a salir en periódicos y en medios, y crea movimientos civiles para tratar de detener la locura. Llega la guerra, es desplazada… Con 12 años es invitada por la BBC a escribir un diario sobre lo que estaba pasando en Pakistán, y bajo seudónimo describe el totalitarismo y lo denuncia en primera persona.

En 2012, cuando volvía de la escuela con otras compañeras, los talibanes le pegaron un tiro en la cabeza. Se salvó de puro milagro. Los talibanes quisieron callarla y no sólo no lo consiguieron: su historia ha dado la vuelta al mundo y hasta le han dado el premio Nobel, por si acaso alguien no se había enterado todavía de cómo están las cosas por Pakistán. Casi un final feliz.

Y digo casi porque este libro es un testimonio sobre la barbarie y el totalitarismo religioso. Sobre los que se llaman a sí mismos buenos musulmanes y no son más que un Pol Pot con turbante, un Goebbels con barbas, un virus de la peste con piernas y brazos. Porque Malala no deja de mencionar a Alá, no renuncia a su fe en ningún momento. No llama al odio, ni a la venganza: simplemente defiende la educación como método para el progreso de las personas, como un derecho de todos los niños en el mundo. Simplemente nos hace ver que creer en Dios no tiene nada que ver con firmar con el dedo, y también que la protesta pacífica puede ser más útil que la geopolítica de chichinabo.

 El libro tiene como coautora a una tal Patricia McCormick que simplemente transcribe la historia, supongo, aunque le da al libro un tono algo infantiloide y un poco empalagoso, cuando la historia es de poner los pelos de punta. También es verdad que lo que cuenta es la increíble historia de una niña que resiste, lucha y vence.

Dice la editorial: La poderosa historia de Malala nos abre los ojos a otro mundo y nos impulsa a creer en la esperanza, la verdad, los milagros y la posibilidad de que una persona -una persona muy joven- puede inspirar el cambio en su comunidad y más allá. Y aunque sólo sea por eso, por su valor testimonial, vale la pena leerlo.

 

También publiqué esta entrada el pasado día 5 de noviembre en el blog El Buscalibros http://www.el-buscalibros.com

La nueva dieta. Ay, Señor.

DSC_0027 recortadaY llegados a este punto en la vida, me parece necesario decirles que el único remedio verdaderamente efectivo y radical para mantener la línea sería contradecir la teoría de la relatividad, las leyes de la física y hasta las enseñanzas de las tres religiones de Abraham. La báscula no miente aunque a veces se estropea, pero el cinturón es infalible además de implacable.

Eso y la tienda de las camisas, a la que fui al cabo de 18 meses para constatar que las medidas de mi cintura habían aumentado un 9%, mientras que la cadera sólo había cedido un 2%. Si a eso le añadimos que el pecho quedó intacto, estamos delante de un principio de deformación con intenciones galopantes.

Ay, las formas. Cuando notas que pasas de la cintura de avispa a la de abejorro y que no tiene vuelta atrás, creo que hay que concentrarse en limitar los daños. Mejor parecer un botellín de agua que un botijo, mientras el cuerpo se encamina hacia esa edad insípida en la que las camisetillas llevan una talla más para disimular el desparrame. Y es que ya no hablamos de mantener la línea, sino de evitar la sustitución del lápiz por un rodillo de pintor.

Inexorable, sí, aunque me quedaba una bala. Y como en mi familia tenemos una cierta afición por el bocio y yo ya había padecido tiroidismo en el siglo pasado a. de c. (o sea, antes del cinturón), pues me acerqué al endocrino a ver si con una pastilla me evitaba la deformación. Y no. A cambio, me encontró un nódulo de 7 milímetros que no era el causante de mis penas en las tiendas de ropa y me ha pedido que no me preocupe.

- Bien. No me preocuparé. Y ahora arrégleme lo del tripón que estoy harta de ir con la chaqueta abierta.

- Yo te voy a poner una dieta para rebajar peso, pero ya te aviso de que no hay una dieta que te quite de un sitio y te lo ponga en otro. Lo que quiero decir es que no vas a recuperar la cintura. Ya no. Asume que tu proporcionalidad es otra.

- Bien. Lo asumo. Y ahora rebájeme esta tripa.

Ay, la proporcionalidad. « Conformidad o proporción de unas partes con el todo o de cosas relacionadas entre sí », dice el DRAE. El todo debo de ser yo y las cosas relacionadas entre sí deben de ser la edad y la bollería industrial, que está riquísima.

Me midió y pesó con una báscula de romana y yo me sentí el cordero en el zoco un día antes de la celebración del sacrificio. Sacrificio que se resume en evitar los cereales de la mañana, la cocacola de la tarde, las galletas de la noche y el chocolate a cualquier hora del día. O sea, la proporcionalidad de las acelgas.

Una habitación propiaMe leí este libro en febrero y voy a hacer un post un poco extraño de él. Más que nada porque he perdido las notas que tomé y por alguna razón no tengo ni un sólo marcador en el kindle. Y por otra parte, creía que ya había hecho una entrada sobre el libro, pero no. Y ya vamos para diciembre y hay que ir recogiendo…

Una habitación propia es un libro feminista pero menos. Se trata de la recopilación de unas conferencias realizadas por Virginia Woolf en las que se pregunta por las mujeres y la novela, por la creación de obras literarias y la condición de la mujer. Hablamos de un libro publicado en 1929, pero que leído hoy es perfectamente moderno.

Woolf parte de la premisa de que, para escribir, se necesita un espacio propio, un lugar en el que se pueda ejercer la creación en soledad. Una especie de refugio. Pero también se necesita independencia económica. Y libertad social para decir lo que una quiera, y autonomía para omitir lo que le parezca. Y esto es relativamente reciente. Pone muchos ejemplos, pero también entre los hombres de forma más general, entre los que la pobreza es un impedimiento mayor para la creatividad literaria.

El libro está lleno de referencias a escritores, como es lógico, y hace un repaso por las escritoras inglesas, preguntándose qué podrían haber escrito de haber contado con una pequeña renta, la suficiente independencia social y la misma educación que los hombres. Y es optimista, porque comprende la evolución que ve a su alrededor y augura, tal y como ha sucedido, un gran avance en la condición de la mujer (en las sociedades europeas, por supuesto). Virginia woolf se hace preguntas y busca las respuestas en la historia de la literatura, pero también en la evolución de la sociedad.

No es un libro largo y está bien escrito, aunque el estilo es un poco denso en especial al principio. Y desde luego contiene pensamientos  y pasajes de mucha enjundia a través de las respuestas que va encontrando. Está bien, léanlo si se lo topan.

Nos vemos allá arriba_150x2302 de noviembre de 1918. La guerra está a punto de terminar y los soldados lo saben. En esos momentos ya es una tontería arriesgar, todas las cartas están echadas, todo está decidido.

En algún lugar del frente, un teniente francés ordena tomar una absurda cota. Algo que no tiene sentido para nadie, una acción irrelevante para el transcurso de una guerra que terminará oficialmente siete días después. Los soldados deben obedecer y allá van. Enfrente, aunque los boches saben que la guerra ha concluido, se defienden con contundencia.

El soldado Maillard es sepultado, todavía vivo, por el efecto de un obús. Otro soldado de su regimiento, Edouard Pradelle, acude con generosidad a salvarle y es a su vez alcanzado por otra bomba que le desfigura el rostro. Este es el tablero que encuentra el lector en el arranque de esta novela de Pierre Lemaitre, ganadora del Goncourt 2013.

Los dos soldados se encuentran a su vuelta con una sociedad desagradecida que olvida el patriotismo sincero que llevó a sus hijos a la muerte y lo convierte en la estafa de las palabras huecas y los gestos vacíos, una sociedad que trata de olvidar sus propios remordimientos. Y en ese ambiente en el que nadie quiere reconocer que todos han perdido en la guerra, los dos soldados tratan de sobrevivir y de acusar el golpe para devolverlo, exactamente en el mismo punto en el que lo reciben.

Lemaitre construye una buena trama de personajes reconocibles y comprensibles, bien dibujados, una novela en la que pasan cosas y te mantiene con la intriga de lo que va a pasar, una novela que engancha y que está escrita con ese humor tan francés, entre la crítica, la ironía y el pesimismo. He leído por ahí que está entre Dumas y Balzac. Humildemente, no diría yo tanto, aunque la sociedad pilla de Balzac y las tramas de venganzas y malvados, de buenos y malos de Dumas sí que se pueden reconocer en la novela. ¿Será eso la grandeur?

Eso sí, el final es muy decepcionante. Muy “venga ya, hombre”. Pero por el medio te lo pasas estupendamente.

Tienen una reseña no tan favorable en La mesa cero del Blasco, en la que ND dice exactamente lo contrario de lo que digo yo. En fin, entre los dos estará el equilibrio. O no.

Léanla, que pasarán un buen rato.

Pues claro que me importa

Lo peor no es lo que cansan estos cansinos. Agotan con sus charlotadas, con sus aspavientos, con sus exageraciones. Y además molestan con su arrogancia, su desagradecimiento, su desprecio permanente, sus desplantes y sus burlas. Irritan con su manipulación continuada de los gestos, de la historia, del presente y del futuro. Hostigan con sus palabras desábridas, con sus ideas rancias y retrógradas, alejadas de la modernidad. Ofenden con su iniquidad.

Cataluña forma parte del entramado político, social y económico de España hoy. Esto es así y no es discutible. Por lo tanto, yo, que soy madrileña, tengo exactamente el mismo derecho a decidir que cualquier catalán sobre lo que suceda en Cataluña. No tengo más derechos, pero tampoco tengo menos. Y ya.

Claro que me importa Cataluña. Si no me importara no me molestaría, no me cansaría, no me sentiría hostigada ni ofendida con estos payasos del independentismo, con estos caciques horteras, con esta gentuza que sólo vive del cuento y de la manipulación.

Yo también tengo algo que decir ante el atropello del nacionalismo, ante su desparpajo rampante, ante el albur moral que representan.

Claro que me importa ¿Pero cómo no me va a importar?

Libres e Iguales

Devanarse los sesos

cerebroNo deja de ser curiosa esta expresión. Devanar es, como todos ustedes saben y recuerda el DRAE, ir dando vueltas sucesivas a un hilo, alambre, cuerda, etc, alrededor de un eje, carrete, etc, etc. Por cierto, que tanto etc. en una definición me indica que los académicos tampoco se devanaron mucho los sesos para hacer esta entrada. Pero a lo que iba, que lo de devanarse los sesos tiene su punto de curiosidad. Veamos.

Los sesos, o masa encefálica, parecen un gurruño de hilo, pero dudo de que se puedan desenrollar para luego volver a enrollarlo con orden en un eje, o simplemente hacer un ovillo con ellos. Más bien habría que hilarlo si lo que se quiere es poner orden en ese gurruño, pero me temo que se perderían algunas neuronas por el camino, y ya no digamos si usamos una rueca: la muerte es casi segura.

Así es cuando oigan a alguien decir que se está devanando los sesos, desconfíen. Si tiene el cerebro construido de forma que se pueda devanar, el asunto tiene mala pinta. Y peor futuro. Ese cerebro no puede ser normal. En cualquier momento se le saldrá por las orejas y será, aparte de una marranada, un síntoma de desfallecimiento.

Y si alguien le dice eso tan socorrido de “tendrás que devanarte los sesos”, procúrense una respuesta firme pero inequívoca. O sea, que se devane él lo que le pete, pero a usted, su gurruño, que no se lo toquen.

Curra antideslizante

Curra antideslizanteTodo empezó con un parqué que ya no tenía remedio. Desde luego podría haberlo lijado y barnizado, pero eso ya lo hice hace unos cinco años y cuando compré la casa, hace diez. Así es que decidí cambiar el suelo y cambiarle la cara a la casa. Ha quedado precioso, pero…

Curra ya se escurría en el anterior, aunque no demasiado, probablemente porque ya le tenía cogido el tranquillo. Como sabéis los que me seguís desde hace tiempo, Curra tiene las patas traseras muy delicadas. Hace unos años la atropelló un taxi cuando quiso volver sola a casa, lo conté en La mala pata de Curra. Ni los años ni los kilos van a su favor y, cuando volvimos después del verano, la veterinaria nos aconsejó que le diéramos unas sesiones de láser en las patas para ver si recuperaba algo de agilidad. Y la verdad es que mejoró mucho y estábamos todos encantados con el invento, hasta la llegada del nuevo suelo hace un par de semanas.

La pobre ni se movía. No quería caminar por casa, y andaba peor que un pato. Y como todo coincidió con que terminaron de darle las sesiones de laser, tampoco estábamos muy seguros del problema. Este fin de semana sin embargo, estuvimos en el poblachón y me dediqué a tirarle pelotas con una raqueta por el campo. Corría que se las pelaba. Así es que creo que he encontrado la solución: calcetines antideslizantes. A ver, guapa no está, pero total, para andar por casa…

Los calcetinillos tienen como una suela especial. Yo creo que bueno para el suelo no es, pero miren, miren cómo corretea:

El sentido de un final Julian BarnesÉrase una vez tres amigos, Tony – el narrador -, Alex y Colin que eran felices, y a ellos se les unió Adrian, un tipo realmente particular. Cuando digo particular lo que quiero decir es que era raro de narices. El tal Adrian se une al trío para hacer un cuarteto en el que él, Adrian, sobresale sobre todos los demás por su brillantez. Una mente privilegiada. La vida pasa por estos adolescentes, entre discusiones filosóficas de lo más repolludas y otras cosas también típicas de adolescentes. Y pasan cosas.

Pasa sobre todo que Adrian le levanta la novia a Tony y luego se suicida, sin que haya entre estos dos acontecimientos una relación de causa efecto.

Todas las cosas que pasan las cuenta Tony cuando ya ha envejecido y es un señor jubilado con poca o ninguna preocupación salvo la de pasear y holgar. Y no lo había olvidado, pero casi, y probablemente se hubiera dedicado a pensar en el futuro de su nietecita, o en su relación con su hija, o en la concatenación celeste de los astros siderales de no ser porque recibe la llamada de una abogada en la que le comunican que la madre de su antigua novia, Verónica, le ha legado 500 libras. Y la historia entonces se convierte en una intriga muy atenuada por las reflexiones de Tony sobre la percepción del pasado, la memoria y la culpa.

Cuando digo muy atenuada lo que quiero decir es que mientras tú estás interesado en saber qué pasa, el tipo te está mareando con tontadas. O al revés, que mientras tú estás toda sesuda tratando de valorar el sentido de sus reflexiones, te viene a distraer con la historieta de las 500 libras.

O sea, un bodrio.

O bueno, venga, va, tal vez no es un bodrio, pero es un libro que no acaba de cuajar, está como a medio hacer. Un libro como desganado, o deslavazado, o como si empezara con ganas de contar la historia y luego se da cuenta de que le salen dos historias pero no se atreve a tirar lo que ya ha escrito, y por medio tiene otra idea pero no le da para otra novela o… o sencillamente, quería contarnos un pensamiento, como es que si nuestros deseos, cuando se cumplen, pueden causarnos remordimientos, o si la percepción de la realidad pasada por el tamiz de la memoria es real por irrebatible. Asuntos sesudos, sin duda, pero, francamente, Barnes no lo sabe desarrollar.

A Barnes le dieron el Booker por esto y habría que preguntar a los señores que conceden el Booker si se lo dieron por porque pensaron que ya era hora de darle el premio a Julian Barnes o simplemente porque se habían pasado con el orujito de después de la comida. En una porra, votaría por esto último.

En fin, como cada mes, tenéis otras reseñas sobre este libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, Delenda est Carthago y Bichejo.com. Y por supuesto, en el Club de Lectura en el que, a partir de este mes, además de leernos podéis escucharnos a través de nuestra nueva emisora de podcast que ya cuenta con el primer episodio piloto, también llamado capítulo cero y que os dejo escuchar aquí abajo.

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