Lo que vale un padre

Lo mismo es que no lo entiendo. O tal vez es falta de imaginación. Quizá es que no presto la debida atención. O puede que yo no forme parte del público objetivo.

En la radio uno de ellos es algo así:

Voz 1: A ver ¿Lo tienes todo? El billete, el móvil, el…, Voz 2: Que sí, Papá… Voz 1: ¿Y cuántas veces te he dicho que te pongas la cartera en el bolsillo de delante? Voz 2: Diecisiete millones, papá, diecisiete millones…Locutor: Extra del Día del Padre de la Once, este 19 de Marzo un premio de 17 millones de euros. Un premio casi tan grande como el amor de un padre”

Y yo descodifico. Y me sale un padre bastante pesado, aunque luego me dicen que es muy grande y que vale casi diecisiete millones de euros. Bueno, él no, sino su amor. El amor de un padre, un padre coñazo, para más señas, debidamente tasado. ¿Pero qué me quieren decir? ¿Que aunque es un pesado se merece que le compres un boleto? ¿Un boleto de tres, cuatro, cinco euros? ¿Eso es un regalazo? ¿ O que le compras un boleto para que se calle y te deje en paz? ¿Con un boleto de tres euros? ¿Es tonto, tu padre, que se cree que le estás regalando 17 millones? ¿El tonto eres tú? ¿O es que te tienen que explicar con un ejemplo práctico y despacito lo que son 17 millones? ¿O tal vez lo que te tienen que explicar es lo que vale tu padre (más de 17 millones)? Uf…

Uno de los spots de la tele es similar. Vean:

Me desconcierta la cara de aburrimiento de ella cuando el padre le dice que se abrigue, porque no parece a punto de ir a darle una sorpresilla. Pero me desconcierta más la naturalidad del padre cuando la hija le da el boleto. Y el abrazo me vuelve a desconcertar.

Tampoco entiendo si los anuncios se dirigen al padre o a los hijos. Porque son los hijos los que compran el boleto pero luego el premio le tocará al padre, que me figuro que con ese dinero le pondrá un guardaespaldas a la hija y una nany al hijo, si es tan plasta y protector como lo pintan. Mal negocio van a hacer. O no, porque quizá la intención del hijo es que el padre coja ese dinero y se dé cuatro o cinco vueltas al mundo, o se case con una jovencita que le meta otras cosas en la cabeza, o que le ponga otra cabeza, directamente. Pero para todo hay que suponer que toque. Desear suerte es una bonita costumbre que en España empezamos a sustituir por ir de compras al lotero y hacer una demostración hortera.

Bah, un buen padre  lo que diría sería algo como: ‘hijo, deja de tirar el dinero, que yo ya tengo la vida encaminada y no necesito tanto ¡Y tú tampoco, si lo piensas bien! tú ponte a estudiar, y a prepararte para ser un hombre de provecho, y para trabajar, y para ser feliz, y buena persona, y querer a tus semejantes, que el dinero no cae del cielo. Tú lo tienes todo, pero algún día serás padre como yo y te darás cuenta de lo que cuesta sacar a los hijos adelante, lo que hay que luchar y lo que hay que trabajar. Gracias por el boleto, pero mejor ahórralo, no lo gastes en quimeras’.  

Al menos los de la Once hacen obra social, así es que es menos quimera, pero el anuncio nos habla de ganar 17 kilos, no de hacerles la vida más fácil a los ciegos. Yo cuento dos errores. Con tres euros regalas 17 millones, que es casi lo que vale un padre. Y ahora cuento dos engaños.

Música de lunes

Iba yo buscando una versión chula del Lamento de Dido para el post, así andamos hoy que es lunes. When I’m laid in earth… my hand Belinda, darkness shades me, death is a welcome guest, y todo eso, así me sientan los lunes. Pero me he encontrado con esta grabación, y he cambiado de opinión.

Jessye Norman está extraordinaria, aunque lo mejor quizá es el japonés (ya conocen mi debilidad por ellos). Me han contagiado el buen rollo y aquí se lo dejo. Mañana martes.

Por el amor a la física, de Walter Lewin

Martin A. La ReginaPrimero de marzo, hoy toca hablar del libro del mes del Club de lectura. Segundo libro del año y primer abandono. Así están las cosas. Mi madre diría aquello de al primer tapón, zurrapas. El jueves, después de haber penado por unas 150 páginas, abrí el libro y leí: “Una corriente eléctrica circula entre un potencial eléctrico alto y uno bajo. La intensidad de la corriente depende de la diferencia de potencial y de la resistencia eléctrica entre los dos objetos. Cuanto mayor es la diferencia de voltaje y menor es la resistencia, mayor es la corriente eléctrica resultante.” Entonces me pregunté: ¿pero qué hago yo leyendo esto? Me acordé entonces de la primera ley de Newton sobre la inercia y me dije que la desesperación es una fuerza como otra cualquiera para alterarla, así es que abandoné el estado de lectura y comprobé de paso la infalibilidad del autor para demostrar las leyes de la física.

Los libros proporcionan conocimiento, y hay libros de divulgación muy divertidos, sin duda. No es necesario estar interesado por el objeto de divulgación: basta con que las cosas estén bien contadas. Por el amor a la física es un libro de curiosidades y experimentos, alternado con farragosas e insoportables descripciones científicas que tratan de explicar en detalle los fenómenos que te cuenta el autor y que, lejos de proporcionar alguna luz en la oscuridad de tu ignorancia, te sumerge en el abismo del aburrimiento. ¿Amor, dice Lewin? ¿Amor? Nos habla del amor loco que provoca la belleza de la música y luego nos dice algo como “la longitud de onda en el aire de un tono de 440 hercios es 340 dividido entre 440, es decir, 0,772.“, y no sé a ustedes, pero a mí el amor se me baja hasta los pies a la velocidad de la luz, sin contar con la gravedad y despreciando el rozamiento del aire.

Tenemos delante de nosotros un libro escrito con un entusiasmo y una motivación ilimitadas, pero que se hace pastosa y verborreica y que transmite la misma poesía que mirar a un adolescente con granos. Hay un capítulo dedicado a los arco iris en donde el autor nos cuenta que se metió un día en la ducha y que entraba un rayo de sol y, oh, se formaron dos arco iris. “Como tenía el agua tan cerca, y como mis ojos están a unos cinco centímetros el uno del otro, cada ojo tenía su propia línea imaginaria. Los ángulos eran los precisos, la cantidad de agua era la justa y cada uno de mis ojos veía su propio arco primario. Si cerraba un ojo, uno de los arco iris desaparecía; si cerraba el otro, desaparecía el otro arco iris“. Qué cosas. A mí se me ocurre que de haber cerrado los dos ojos a la vez, ya no hubiera visto ningún arco iris, aunque prefiero no pensar mucho en este episodio para no imaginarme a ese señor desnudo, rodeado de pompas de jabón y guiñándome alternativamente los ojos para demostrarme la refracción de la luz. Tengo que decir que en este punto, mi cabecita empezó a calcular la batalla entre la fuerza centrífuga de tirar el kindle por la ventana y la centrípeta de ahorrar los 129 euros que costaría uno nuevo.

burro motivadoEste señor no es ningún tontainas, aunque se disfrace de burro motivado para contarnos cosas muy complicadas y haga payasadas para que nos guste la ciencia. Es un profesor del MIT que ha dedicado toda su vida a la enseñanza de la física y que ha realizado unos vídeos muy populares y unos cursos on line (en el prólogo nos dicen, con un infantilismo que provoca algo de sonrojo que ¡hasta Bill Gates los ha visto!) que sirven para hacer la física algo curioso y para demostrarnos que estamos rodeados de ella, y que todo se puede explicar con ella. Hombre, pues sí, aunque el sopor que provoca el libro no lo explica la física, sino la diferencia entre un medio como es el vídeo y la escritura, puesto que una demostración  contada pierde mucho interés, y si ya está mal contada resulta insufrible. Un horror, un desorden y una pesadez que a mí me han provocado justo el efecto contrario: que deteste todo lo que tenga que ver con sus experimentos, con sus explicaciones y con este individuo.

Eso por no hablar del autobombo insoportable que se da a sí mismo cuando nos cuenta el asombro que provocan sus demostraciones, lo divertido que es y lo que hace reir, lo maravillados que deja a sus espectadores, o lo impostado que resulta el entusiasmo con el que disfraza una arrogancia que a veces asoma la patita: “La amplitud de una onda sonora en el aire es la distancia en que las moléculas se mueven hacia delante y atrás en la onda de presión, pero nunca se expresa así, sino que en su lugar se mide la intensidad del sonido, que se expresa en decibelios. La escala de los decibelios es bastante complicada. Por suerte, no necesitas saber nada sobre ella”. Ya. Sin duda es suerte. Ah, la suerte: hay quien vende millones de libros sólo con ella, y también hay quien se libra de leerlos si se cruza en su camino.

No he visto sus vídeos. Cuando fui a encontrarlos, buscando en ellos algo de simpatía por un tipo que empezaba a resultarme agotador para mi paciencia, me topé con una noticia sobre un oscuro episodio de acoso sexual de este individuo a una alumna que ha provocado que lo expulsen del MIT hace un par de meses y que sus vídeos hayan sido retirados. Feo asunto. Estas acusaciones son muy delicadas pero después de leer un par de artículos sobre el caso, a mí me expulsó definitivamente de seguir leyendo. Al principio de su libro este señor nos habla de la importancia de las mediciones y yo no sé si el colmo se puede medir, pero esto ya fue el disparador definitivo para que le cogiera un asco infinito a él, al libro, a sus performances científicas y a su curriculum decente.

No me disgusta ni la física ni los libros científicos que nos aportan saber, aunque sea muy especializado. Tampoco me disgusta transitar por lecturas difíciles con papel y bolígrafo en la mano para pararme a entender qué me están tratando de contar, o tener que leer despacio o dos veces el mismo párrafo para comprender, o verme superada por mi propia ignorancia, que la tengo y la reconozco. Me lo he pasado de maravilla leyendo a Stephen Hawking y a Michiu Kaku y cualquier libro de filosofía o de psicoanálisis son tan retadores como uno de física si no es tu especialidad y no conoces en profundidad el tema. Así que no es eso lo que me ha echado del libro, sino su profunda vulgaridad y el desinterés que me provoca el planteamiento y cómo está escrito. Porque ése es el gran defecto del libro, y no la confusión del autor sobre lo que es el amor y sobre cómo hay que explicarlo (y manifestarlo, aunque eso se esté investigando).

En fin, esperemos tener más suerte en este mes que empieza hoy con un nuevo libro que espero que no siga poniendo en riesgo el kindle, que al paso que vamos no sé si acabará el 2015 sin planear por el patio de mi casa. Para seguir leyendo sobre el de este mes, tienen las opiniones de mis compañeros de fatigas en La mesa cero del BlascoDelenda est CarthagoLa originalidad perdida y en Bichejo.com. Y a lo largo del mes, en el blog del club o escuchando nuestra tertulia en nuestro podcast (que tenéis señalado en un apartado en la columna derecha de este blog).

Así empieza lo malo, de Javier Marías

portada-asi-empieza-malo_grandeHoy voy a hablarles del último libro de Javier Marías. Con cierta decepción, ya les anticipo. Ya traté a este autor hace algún tiempo en el blog, con motivo de su renuncia al premio nacional de narrativa. Me gusta mucho lo que he leído de él aunque ya decía en aquel post (CLICK) que su anterior libro no me había parecido ni de lejos su mejor novela. Esta que traigo no me ha gustado, lo que no significa que no le siga considerando un autor extraordinario. Así que no quiero ni pensar que vaya a peor, que haya cubierto un periplo maravilloso y que haya entrado en decadencia. No quiero pensarlo, que es lo mismo que decir que no quiero saber. Voy a la novela.

Juan De Vere, un joven de 23 años en los primeros años 80, entra a trabajar como secretario de un director de cine, Eduardo Muriel, que le pide que investigue a un amigo, el doctor Van Vechten, del que le han llegado rumores sobre un turbio comportamiento en el pasado. Este es el argumento que Marías nos propone al principio del libro y que no arranca hasta… la página 196. Mientras tanto, da vueltas y más vueltas y más vueltas a personajes secundarios o no tan secundarios, como veremos después. Porque la verdadera historia no está en la investigación que De Vere realiza sobre Van Vechten, sino en la relación de Muriel, el director de cine, con su mujer, Beatriz Noguera. Una extraña relación que indica que entre los dos hay un pasado en el que sucedió algo que fue peor que el presente, que es cuando empieza lo malo.

Marías aborda temas recurrentes en sus libros, como es que las palabras dichas no se pueden recuperar, o que lo que es secreto no se puede agradecer ni reprochar, no agrada, pero tampoco duele. La palabra irrecuperable, la frase que no se puede rescatar una vez dicha y que provoca el desastre es un disparador de argumentos en los libros de Marías, y siempre provoca situaciones interesantes y muchas veces paradójicas. Lo desconocido porque no ha sido nombrado, lo que no ha sucedido porque no se ha expresado con palabras, y al contrario, la realidad del rumor y de las palabras dichas sin una constatación detrás, o el engaño que de pronto se desvela, inútilmente.

…En realidad todo lo que se cuenta, todo aquello a lo que no se asiste, es sólo rumor, por mucho que venga envuelto en juramentos de decir la verdad. Y no podemos pasarnos la vida prestándole atención, todavía menos obrando de acuerdo con su vaivén. Cuando uno renuncia a eso, cuando uno renuncia a saber lo que no puede saber, quizá entonces, parafraseando a Shakespeare, quizá entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás”

Thus bad begins and worse remains behind es la cita de Shakespeare. Marías lo utiliza para hacernos comprender que tanto saber como no saber marca el límite a partir del cual lo malo empieza, pero lo peor se ha dejado atrás. Sea verdad o mentira, es el punto en el que la realidad cambia con las palabras. O dicho de otro modo, conocer la verdad, o no saber si algo lo es, no trae ninguna felicidad virtuosa, más bien puede ser lo contrario.

O sea, que muy interesante como reflexión, lo que sucede es que lo propone de manera mucho más interesante en otros libros. No me molesta que se repita, porque aporta puntos de vista y deja pensar y a mí eso me gusta encontrarlo en los libros. Pero en esta novela Marías da, para mi gusto, demasiadas vueltas a las situaciones y a los personajes, y se hace pesado. Estar leyendo y tener que decir ¿Pero otra vez me vienes con lo mismo, Javier? ha sido una frase muy repetida a lo largo de ¡534 páginas! y casi dos semanas de lectura. Se hace muy pesado y la historia se entretiene para después acabar demasiado rápido. Para mí que el libro tiene mal resuelto el ritmo de la narración.

En fin, lean a Javier Marías, pero no esta novela. Olvídense del marketing, de las reseñas de los periódicos, de las cabeceras de góndola repletas con sus libros y de los escaparates de las librerías, y de que, cierto, es Javier Marías y pueden sentirse tentados si les gusta el autor. A mí me gusta, pero no le salvan ni los ramalazos de inteligencia que siempre propone, ni las frases redondas que corres a apuntar, ni esa escritura que me parece maravillosa pero que en esta ocasión se atraganta un poco. Un bluf que es mejor no leer. Con pena lo digo, pero lo digo. Lástima. Otra vez será.

Y mañana viernes

Vamos a buscar la tranquilidad. Y la calma. Y la serenidad.

Lo que viene a ser bajar el soufflé.

Disfruten, que lo vale.

 

De Prada y la imbecilidad

Juan Manuel de Prada escribe hoy un artículo en ABC que me ha provocado la indignación. Yo les enlazo el artículo CLICK y ustedes verán si se lo leen antes. Si no lo hacen, el inconveniente es que yo no pueda hacerles seguir bien el resto del post, pero la ventaja es que tal vez eviten, a su vez, indignarse.

Cree de Prada que por defender a los islamistas que se lían a tiros contra caricaturistas, periodistas y escritores que han criticado (u ofendido, me da igual y verán por qué me da igual) al Islam, defiende con ello la religión católica y defiende a Dios, al dios de los cristianos, y más en general a todos los dioses de todas las religiones. Cree defender al dios en el que él dice creer mucho, junto a esa iglesia a la que él cree que defiende de algo. Es una postura con la que ustedes también se habrán cruzado y que tal vez compartan, quién sabe. Ese insoportable “bueno, es que los de Charlie Hebdo se estaban pasando de la raya” o ese “tampoco los de Charlie Hebdo tienen derecho a injuriar, blasfemar y ofender a Dios”. De ahí pasamos al “alguien tenía que pararles los pies”, y, en un saltito (pequeño), al “¡Bien hecho, Ali!”… ¿Ven como hay cositas que nos llevan a sitios muy feos? Tú criticas la cruz, pues yo comprendo a los del turbante. Algo así, algo que se parece a eso. Algo, en mi opinión, atroz.

Les voy a dar un comodín y pasaré por alto la desproporción de la respuesta. Lo de hacer una caricatura y recibir un balazo es tan desproporcionado como robar una cartera y que te apliquen garrote vil. En mi mundo, claro, que en las tinieblas de Prada no sé. Pero no me centraré en eso, porque hasta un niño podría entender lo que digo. No es la desproporción, sino el plano de la discusión en la que se situan estos tontainas lo que me hace escribir esto.

El terrorismo islamista no está ofendido por unas caricaturas, ni por unos textos. Caer en eso es darles una primera victoria, y a no ser que quieran que ganen, yo me abstendría de seguir por ahí. El terrorismo islamista usa unas caricaturas como excusa para que todos, sin excepción, nos sometamos a sus reglas y su modo de entender la vida y el mundo. Si no hubiera caricaturas, habría minifaldas, o rock and roll, habría homosexuales tolerados, o quizá les ofendería un bocadillo de jamón. ¿Cuántas caricaturas se habían publicado en EEUU antes del 11 de septiembre de 2001? ¿Y en Madrid antes del 11 de Marzo de 2004? No se engañen, por favor.

Esas reglas a las que nos quieren someter pasan también por un estado en el que hay un gobierno de religiosos que interpreta a un dios en el que todos estamos obligados a creer. Obligados, léanlo y no se me despisten. ¿La fe? ¡Bah! ¿Para qué la fe teniendo kalashnikov?  Culturas de un solo libro, recuerden: esos religiosos son hombres que viven de la ignorancia de los otros. Y no buscan la paz, el amor, el bienestar de sus gobernados y la vida eterna, sino tener armas, conquistar, hacer la guerra, degollar, e imponer su tiranía.  No hay ninguna diferencia entre estos barbudos y Pol pot, Hitler o el animal ése que hay en Corea del Norte. Ninguna. Son iluminados que dictan y someten. Con armas, policía, una masa interesada que los jalea y sobre todo, con impunidad. La impunidad que da estar al habla con dios, pero también puede ser la impunidad de ser el enviado del pueblo o la de ser el líder de una raza. No hay diferencias: ellos y los demás, siendo los demás el enemigo a batir. Y a someter.

Situar esta tiranía en un plano religioso me parece una perfecta imbecilidad. Y dirimir la respuesta a una ofensa atendiendo a una cuestión de grado, de una miopía extraordinaria. No es Alá el problema, por mí pueden creer en las piedras, mientras no me las arrojen a mí. O como diría mi madre ¡qué Alá ni qué Aló! El debate no es religión musulmana o religión católica o judaísmo o budismo o pastafarismo si me apuran. El debate es libertad o tiranía, civilización o barbarie, siglo XXI o siglo XII.  ¿Por qué matan a tantos musulmanes? Ese “o piensas como yo o te mato” es más viejo que el hilo negro, no se distraigan poniendo su religión a la altura de estos monstruos.

De Prada nos dice que la libertad de expresión sirve para ultrajar, dañar, injuriar, ofender y blasfemar, y para que Dios se tenga que aguantar con la ofensa. No. La libertad de expresión sirve para que yo pueda escribir que dios me parece un invento y que nadie me mate ni me encarcele por eso. Y también para que yo pueda decir que Dios no se ofende por las imbecilidades que tanto ofenden a de Prada y a tontos útiles como él. Y que él no es nadie, NADIE, para defender a Dios. Porque quizá, mira, también es mi Dios. Y, mira, anda, yo creo que a Dios también le vale la caricatura que hicieron los de Charlie sobre Alá: C’est dur d’être aimé par des cons (es duro ser amado por gilipollas). Y yo me río con eso. Y me río porque tienen, además de gracia, mucha razón.

Habla el fanático de Prada de la religión democrática. No creo que ningún fanático de esa “religión” que tanto vitupera degüelle a un hombre delante o detrás de unas cámaras. No es la religión, bobo, no es la religión. La religión es sólo el señuelo: la presa es otra. Y no entenderlo es claudicar. ABC es un gran periódico con grandísimos columnistas y sin quererlo, tanto Ignacio Camacho como Albiac le responden hoy, afortunadamente (CLICK y  CLICK).

Les dejo con un vídeo de Wafa Sultán, una psiquiatra siria exiliada en Estados Unidos que combate el fanatismo islámico y el anclaje irremediable de estas sociedades en la Edad Media. Esta entrevista es de 2006, pero podría ser de ayer mismo. Son cinco minutos largos, pero resumen bien el asunto que les he traído, a mi pesar, hoy. Pueden quitar el sonido: se evitarán la bronca.

Personajes

La literatura da muy buenos personajes, sin duda. Unos más creíbles que otros, o más coherentes, que la credibilidad no solamente está en los personajes y en lo que hacen, sino en cómo acompañan a la historia. Pero una siempre tiene la sensación de que, finalmente, al estar leyendo ficción, esos personajes no existen, o están convenientemente matizados para que la historia que el novelista te cuenta, sale como quiere el novelista.

En realidad no sé si sucede así. Nunca he escrito una novela, de manera que no puedo darles testimonio, y por otra parte, he oído a muchos autores decir que sus personajes hacen un poco lo que quieren y que, llegados a cierto punto, la novela se les va de las manos y empiezan a tener su propia vida. De eso sabemos mucho en el club de lectura, aunque por otras razones, y me temo que la independencia de los personajes son un mito, y que el buen novelista sabe bien controlarlos. Otra cosa es que no tome conciencia de su propia imaginación.

Pero a lo que voy. En la vida real una va encontrándose muchos personajes que podrían vivir perfectamente en una novela. Y eso le haría mucho bien a la humanidad, dicho sea de paso. Que vivieran sólo en las novelas, quiero decir, y me gustaría remarcar el sólo. No es necesario que sus vidas sean una aventura, ni tampoco es necesario que les pasen muchas cosas, ni siquiera que su existencia tenga el menor interés, fuera del daño que le hacen a los demás, para que se conviertan en personajes literarios, y por lo tanto, cuando uno repara en ello, en personajes increíbles. Increíbles.

Miren si no a su alrededor. Ese tipo amargado, que no sabe sonreir y cuyos ataques de importancia son un síntoma de su propia frustración. Miren a ese hombre frío, acomplejado en su pequeñez, que ignora el poder que tiene pero es muy consciente de la autoridad que le han otorgado y la utiliza en su propio interés aunque no sea ése el motivo y razón y fin de su autoridad, sin importarle lo que le suceda a los otros ni lo que suceda mañana. Miren a aquel tímido, incapaz de mirar a los ojos salvo cuando coge el revolver de las palabras, la guillotina de la orden, la soga con la que ahoga la discrepancia. Miren a ese personaje obediente que tienen delante, que sabe que ahora no le ven sus amos, que hasta aquí no llegan, para regodearse en la arbitrariedad, para intentar zafarse de una servidumbre que le convierte en un manso peligroso, peligroso en su hipocresía y en su utilitarismo. O el cobarde pero bueno y por ello tolerable, o el bueno pero cobarde, y por eso traidor…

Pensamos que los personajes infames que nos encontramos en la literatura no se dan en la realidad, o sólo se dan parcialmente. Creemos que el autor ha escogido atributos de aquí y de allá, que en la realidad serían peores o mejores, que los vemos siempre incompletos, pero yo creo que los personajes de la literatura sólo nos parecen incompletos porque los vemos enmarcados en una historia precisa, en una peripecia concreta, y no somos capaces de encuadrarlos en la vida real. Toda novela termina, y la historia acaba con ella, mientras que nuestra vida real sólo acaba con nuestra propia muerte y las vidas de los demás nos importaban cuando estábamos vivos, no sabemos qué pasará cuando estemos muertos. Nuestra vida, al contrario que una novela, tiene el final siempre abierto, y la peripecia está por escribirse, está por pasar. Pero aunque nos sucedan en la vida, y no en una novela, esos personajes con los que convivimos (y que sufrimos) pueden ser tan literarios como los que encontramos en cualquier libro, aunque demos en pensar que el atributo de “literario” los ennoblece y los convierte en más tolerables.

Llevo pensando en esto a ratos durante el fin de semana, y no crean que he llegado a ninguna conclusión, probablemente porque no la hay. Sin embargo, sí me parece que es una buena terapia considerar a algunas personas con las que estamos obligados a tratar como simples personajes de un libro, y fijarse mucho en lo que hacen, observarlos, tratar de encuadrarlos en la novela que es la vida que estamos viviendo, en los escenarios y situaciones que nos vemos obligados a compartir, situarnos con ellos en el mismo plano en el que nos situamos como lectores  de una novela, mirándolos desde fuera, juzgando sus actos, pudiendo memorizar sus acciones, para después contarlas, meterlas en un relato y hacer de éste una ficción pasajera, decidiendo incluso si cerrar el libro para continuar con la lectura más adelante, si mucho nos agobia su peso, o seguir unas cuantas páginas más para conocer qué pasa, qué sucede en la historia, como torpes escritores de la realidad al que se le van sus novelas de las manos.

 – ¿Qué te pasa, estás muy seria?

- Nada. Simplemente, es que no sé cómo acabar un post.

 

Visitantes

Sé que estás ahí. A esta frase, tan rotunda, siempre le sigue algún complemento para adornar la comprensión. Por ejemplo, sé que estás ahí, malandrín. O sé que estás ahí, no te escondas. O sé que estás ahí, lo sé.

¿Y dónde es ahí? Pues no desde luego detrás de unas cortinas. Ahí es al otro lado de la pantalla. Yo aquí y tú ahí. Lo sé, malandrín, no te escondas. Estás ahí tan pancho, leyendo las tonterías que escribo desde tu cómodo sillón. O en la oficina, en el descanso de la comida. O por el móvil, mientras vuelves en el autobús. Eso no lo puedo saber, pero sé que estás ahí leyendo.

¿Que por qué lo sé? Anda, por las estadísticas. No creas que las estadísticas de WordPress son ninguna maravilla. Son muy resumidas, y a veces dicen cosas realmente incomprensibles. Nunca me he puesto a cuadrarlas, tengo mejores cosas que hacer, pero es probable que no sumen correctamente. Los números que distraen nunca suman correctamente. Mucho cuadro de barras, mucho mapamundi, mucho colorín, pero realmente poca información. Sin embargo, sí me dicen si no vuelves, porque distingue entre visitantes y visitas. Bueno, a ver, tendría que calcular: suma de los visitantes diarios menos los visitantes semanales y ya sé cuántos no han repetido en esa semana. El resto es oscuridad. Señores de WordPress ¿Por qué no hacen una estadística de fidelidad? Por ejemplo, sería muy interesante saber cuántos entran todos los días, o sólo una vez a la semana. Y cuantos entraron una vez y ya no han vuelto nunca jamás (y en este caso, prefiero no saber por qué).

Claro que tampoco sé el tiempo que pasan en el blog. Sólo sé que tienen que estar unos minutillos para salir retratados. O sea, que si llegas por error, no te cuenta. Bueno, no te cuenta siempre y cuando repares en tu error rapidamente, claro.

También me dice desde qué país me lees, aunque no de dónde eres, claro. Si estás en España entonces eres del grupo muy mayoritario de los lectores. O tal vez formas parte de ese 8% que se conecta desde los EEUU, o ese 5% que entra desde Francia, o Alemania, o Colombia, o México. Debo reconocer que los lectores que me leen desde otros países me emocionan. Me hacen muy feliz, y no sé por qué. En cuanto a ti, lector filipino, no sabes la alegría que me da verte cada vez que miro. Ahí estás tú, solitario, al lado de tu banderita, pero fiel fiel como Curra, o como los 5 japoneses o los 4 que entran desde Rusia, aunque ésos me da a mí que no son siempre los mismos cuatro o los mismos cinco. Que supongo que serán españoles, porque si no, no sé yo qué leerán, que aquí no tengo teclados adaptados, ni de lo cirílico ni del japonés. Esperen, que se lo voy a explicar, por si acaso.

ESTE ES UN MENSAJE PARA LOS LECTORES JAPONESES Y RUSOS: 

¡Kon’nichiwa! ¿Ogenkidesuka? Gomen’nasai. Watashi wa nihongo ga nyüryoku dekinai.

¡Zdravstvui! , ¿Kak dela? Mne zhal’, no u menya net net kirillitsy na klaviature.

 

En cuanto al lector filipino, después de los ditirambos anteriores, considero que debo compensarle. Hombre, mira, cualquier día de estos le voy a componer un soneto. Empezaría más o menos así: Mi querido amigo, qué es de tu vida/ allá en las Filipinas, filipino/ (Si no encuentro pronto cómo lo rimo/ no me leerás por más que te lo pida). Bien, estoy de acuerdo: debo trabajarlo un poco más.

Tampoco sé cómo sabes que actualizo. Ni si discriminas la lectura en función del título, o de la foto (cuando me acuerdo de poner alguna). O te lo lees sin más, da igual qué ponga o deje de poner. Tampoco sé por qué no comentas, pero créeme si te digo que no te lo reprocho. Yo leo muchísimos blogs al cabo del día y comento en muy pocas ocasiones, así es que te entiendo. Yo también soy lectora silenciosa, pero en cada blog desarrollo una pauta. Así es que supongo que tú (sí, tú) reaccionas de manera diferente a ti (sí, ti). De todo modos, esto sí que no lo dice ninguna estadística, nada que reprochar a WordPress.

Bueno, y ya, mis queridos visitantes, que la traducción al ruso me ha dejado exhausta. Son ustedes pocos, pero muy amables. Quiero que sepan que yo esto de escribir en realidad no sé por qué lo hago. Espero que ustedes tampoco sepan muy bien por qué me leen. Y así, todos en paz, que para algunas cosas de la vida, nada mejor que declararse inconsciente.

Ustedes ahí, y yo aquí.

 

Clase media

Leía yo ayer un artículo sobre las clases medias que me hizo pensar un poco. Sólo un poco, que estamos a martes. En realidad, el artículo trataba sobre la dificultad de definir lo que se entiende como clase media, y hacer el cálculo del sueldo para entrar en la definición o no.

Lo más habitual, decía el artículo (se lo enlazo aquí, por si lo quieren leer) es calcular el porcentaje de renta promedio en un lugar, y después agrupar todo lo que circula alrededor de ese sueldo promedio, en un porcentaje de más o de menos. Lo que es interesante es la idea de “lugar”, y ponía el ejemplo de la diferencia entre la renta estimada en Phoenix y en Nueva York para considerar a la clase media. En efecto, en Phoenix la cosa está entre 30.000 y 100.000 dólares, mientras que en Nueva York el asunto sube a una renta entre 80.000 y 235.000 dólares.

En el artículo se explican bien estas diferencias, que tienen que ver con el coste del alquiler, el de las escuelas, y el coste de la vida en general. Y los salarios medios son correlativos, naturalmente,  y te encuentras con que un oficial de policía con 5 años de experiencia gana unos 70.000 dólares, lejos de lo que ganaría en Madrid, por poner la ciudad probablemente más cara de España. Y vuelvo a la idea de lugar, no sólo de renta, y de cómo, en un mismo país, las diferencias de salario pueden ser bastante grandes y, sin embargo, seguir perteneciendo a la misma clase media.

Yo creo que tratar de definir la clase media es un poco ponerle puertas al campo. Es verdad que tiene que ver con la renta, y que sin duda éste es el primer criterio que debería tenerse en cuenta. Pero creo que considerar tan sólo el nivel de renta sirve únicamente para que nuestros gobernantes nos metan en cajitas para darnos o quitarnos algo. Desde un punto de vista sociológico, creo que clase media tomaría en cuenta más cosas, como la educación, la profesión, el modo de vida, las aspiraciones y otras más que si me pusiera a pensar un rato seguro que me vendrían a la cabeza. O no, que hoy es martes y queda mucha semana como para malgastar cerebro.

Hay otra cosa que me parece que tiene interés, y es el rango de salarios. En esta España gritona que nos rodea (y merodea), parece que por ganar 150.000 euros uno ya es rico. Figúrense los berridos que tendríamos que oir si se nos ocurre decir que clase media puede ser un tipo que gana 235.000 dólares, que al cambio hoy son algo más de 200.000 euros. Aunque situemos al tipo en Nueva York, ganar eso en España es ser un rico podrido (un rico en España siempre está podrido, no hay que olvidarlo). ¿Que no? Si miramos la tabla de IRPF,  el rico empieza más abajo, en torno a los 60.000 euros si no me equivoco. A partir de este sueldo, en Hacienda por ejemplo ya no te hacen la declaración, porque estiman que tienes pasta para pagarte un asesor. En breve supongo que también les cobrarán por pedir una ambulancia en caso de infarto. Así es que un papá que gana 60.000 euros y que tiene dos hijos y una esposa que no trabaja (he mirado en el calculador de Cinco Días), gana en neto unos 43.000 euros, que en 14 pagas se le queda en un sueldazo de 3.000 euracos con los que pagar la casa, alimentarse los cuatro, comprarse zapatos, encender la luz e ir de veraneo. Un ricachón, vamos. Seguro que hasta tiene para comprarse un barco con el que surcar el Mediterráneo los jueves, cuando presumiblemente empieza su fin de semana (recuerden que es rico). Lo que yo digo: para meternos en una cajita. ¡De pino!

El empobrecimiento de la clase media empieza también con estas cosas, no crean. Empieza cuando a un tipo que gana 60.000 euros se le considera rico y se le aplica el tipo máximo de IRPF. Y es así porque entonces el tipo que gana 30.000 se considera automáticamente que está en la parte alta de la clase media y que nos debemos conformar con los 1.000 euros al mes, y que 1.500 ya es la “gran aspiración”. Nos queremos poco y nos queremos mal, y yo creo (IRPF aparte) que el progreso tiene mucho que ver con la emulación, y que socialmente hemos decidido tomar, a ritmo del cangrejo, el camino hacia la mediocridad. Y que confundimos la clase media con la mayoría, y que por ahí se nos está yendo el país a la porra.

A mí me gustaría vivir en un país en el que se considerara muy saludable ganar 200.000 euros. Que los viéramos como el modelo a seguir y que fueran un ejemplo social. Que nos interesáramos por lo que habían estudiado, la carrera profesional que habían seguido, las competencias que habían tenido que desarrollar para llegar a eso. Que pensáramos que ganar ese dinero está a nuestro alcance, con nuestro esfuerzo, y que pertenecen a nuestra misma clase social, aunque su casa sea más grande y sus veraneos más lujosos. O sea, que están cerca, que no son marcianos. A cambio, vivo en un país en el que se considera que el que gana eso es porque es el hijo del jefe o es un lameculos, que vive arrodillado o simplemente ha tenido suerte, y que lo mejor que podemos hacer con él es confiscarle el 75% de su salario y considerarle sospechoso. Finalmente, los que valemos somos nosotros, que para eso somos la gente normal. O sea, la clase media.