Vestido de novia, de Pierre Lemaitre

VESTIDO DE NOVIA DE PIERRE LEMAITREPrimero de mes, toca hablar del libro del Club de Lectura. En esta ocasión, hemos leído un libro del autor que ganara el premio Goncourt con Nos vemos allá arriba (post aquí) y del que también he leído Alex, para mí la mejor de las tres (post aquí). Y esta novela de la que vengo a hablaros hoy pues es… pshé. Una novela de claramente va de más a menos, una historia que se va complicando hasta convertirse en una historieta complicadísima y retorcida hasta decir basta, y que provoca algún que otro bostezo y alguna que otra expresión tipo “pffff”.

Vestido de novia engancha al principio con la historia de una chica que cree estar loca, rodeada de asesinatos pero sin tener conciencia de haberlos cometido, aunque con todas las pruebas en su contra. Una mujer con una vida feliz que poco a poco nota como su mente se va degradando, que poco a poco no sabe lo que hace, que paulatinamente se empieza a dar cuenta de que no recuerda qué ha hecho, dónde ha dejado las cosas, o con quién ha hablado en los últimos días. Y si fuera sólo perder unos pendientes vaya que te tira, pero todo indica que ha cometido un asesinato espeluznante. Su vida es una pesadilla y con la poca lucidez que le queda huye…

Y no voy a seguir, porque ya empezaría a destriparles la novela, aunque en la segunda parte ya empezamos a comprender que la pesadilla es todavía mayor de lo que pensábamos. Sin embargo, poco a poco la pesadilla se empieza a convertir en un cuento chino, en casi una novela de marcianos. La trama se vuelve cada vez más enrevesada, los personajes empiezan a dejar de ser creíbles, los pretendidos giros de la novela dejan de sorprender y y el desenlace resulta más que previsible. O sea, que un arranque espectacular, de auténtico thriller, que poco a poco pierde gas y se va convirtiendo en un folletín algo risible, como si la historia fuera deformándose hasta convertirse en una caricatura de sí misma.

Una pena, porque este autor me parece muy talentoso y me habían gustado mucho los dos libros anteriores que había leído de él. La novela no es larga, unas 300 páginas, y para leerla mientras estás de viaje no está mal, pero vamos, que si se me hubiera olvidado el libro en una barcaza en el río Misisipi no hubiera comprado otro ticket para volver a por él. Lean otra cosa de este hombre porque en esta novela se le va la mano y nos dibuja unos psicópatas que parecen salidos de un videojuego y a unos buenos que parecen salidos de Eurodisney (sector Blancanieves). Muy decepcionante.

Creo que mis cobloggers están entusiasmados con la novela, de manera que os invito a leer sus reseñas que publican hoy, como cada mes, en La mesa cero del BlascoDelenda est CarthagoLa originalidad perdida y en Bichejo.com. También hablaremos del libro en el próximo podcast al que podéis acceder a través del botón de la derecha. Al mes que viene, más.

Un árbol con flores

Hay en el pinar del poblachón, a un lado del camino por el que paseo a menudo, un árbol adornado con flores. No son flores silvestres, sino rosas, claveles y lirios que alguien pone ahí y que mantiene frescas, cuidadas y bien colocadas, como si fuera una tumba en un cementerio. Las flores están dispuestas alrededor del árbol, que es uno de tantos abetos que conviven con los pinos en esa zona del bosque. El pie del árbol está rodeado de piedras, que alguien ha puesto alrededor de manera cuidadosa, como si quisiera separar ese árbol concreto del resto, como si quisiera reforzar una singularidad que de otra forma no tendría, o como si quisiera reservar un espacio privado con una barrera que evite que nadie se acerque y robe las flores. Estas están en el suelo y también sujetas al tronco con lo que parecen alambres. Es imposible no verlo, y no sólo por estar en la orilla del camino: en un entorno de verdes, marrones y azules, los rojos, rosas y blancos de las flores destacan por lo inesperado, se diría que son casi una excentricidad en un bosque austero y sin primavera.

Este tipo de señales, recordatorios con flores, se ven mucho por las carreteras en lugares en los que ha habido accidentes con fallecidos. A veces, las flores en el arcén están acompañadas por una cruz que parece pedir una oración por el alma del que encontró la muerte en aquella recta, en aquel cambio de rasante o en aquella curva. Quizá es al revés, y son las flores las que acompañan a la cruz, que finalmente es un símbolo de mayor trascendencia y menor caducidad, pero en cualquiera de los casos, el conjunto rinde homenaje al recuerdo, aunque sea el de un desconocido, y provoca un cierto desasosiego por lo que tiene de funerario y porque siempre se piensa que, ahí debajo, tal vez hayan dejado algunas cenizas que conviertan el lugar en un relicario sin reliquias.

Es el mismo desasosiego que provoca el árbol de mi paseo. No sé por qué ese árbol tiene flores, por qué alguien quiere destacar ese punto del camino. Por qué quiere hacerlo de esa manera. No sé qué se conmemora, qué se recuerda, qué se señala. He podido preguntar en el pueblo – ya saben, en las panaderías de los pueblos siempre se encuentra respuesta a todo, son como un google local, y la panadera suele ser como una hemeroteca viviente – y he podido intentar informarme pero prefiero no saber. Porque si me dicen lo que temo, o algo peor, por ejemplo que en ese lugar se apareció una virgen luminosa a unos pastorcillos, tendría que saltarme esa vereda del recorrido. Cada mirada del perro a la lejanía, cada crepitar de una piña al abrirse, cada topillo que se arrebujara entre los matorales, o cualquier otro suceso corriente con posibles interpretaciones paranormales me provocaría un espasmo de inquietud y mi paseo matinal se convertiría en una carrera desaforada de 100 ó 200 metros. Y una va al campo por las mañanas a pasear y a relajarse, no a emular a las gacelas, las cosas como son.

Esta mañana, mi paseo ha sido más meditabundo de lo normal. El final de las vacaciones provoca un sinfín de pensamientos en forma de listas de cosas que te habías propuesto hacer y que no has hecho, una amalgama de buenos deseos para el verano que viene y de melancolía sobre el tiempo que pudo ser y no fue. Podría ser un sentimiento romántico, incluso evocador, al menos literario, de no estar matizado por el cabreo sordo que provoca la perspectiva de volver a tener como compañero de cama al despertador, ese sátiro. Al llegar al árbol de las flores, he querido pararme para rodearlo. Buscaba, como ya he hecho en alguna otra ocasión, un cartelito explicativo, buscaba una señal dentro de la señal. Y como en ocasiones anteriores, no he encontrado nada.

He seguido mi camino y me ha dado por pensar que tal vez esas flores no tengan un significado luctuoso, sobrenatural o funerario. No debo esperar un poltergeist en esos bosques, me he dicho. Y me ha dado por pensar que quizá en ese árbol se conmemora una promesa o una declaración de amor. Quizá por allí paseaba una pareja que, ya anciana, no puede alcanzar este tramo del bosque, y que ahora pide a sus nietos que alegren en su honor la imagen triste de los abetos con un sencillo homenaje. Tal vez el árbol no encierre otro misterio que haber sido cabaña de juventud, lugar de juegos y de secretos que dejan de serlo porque se olvidan. Hasta es posible que sea una simple performance de un amante de las flores, un esteta de los campos inconformista y con inquietudes por redecorar la naturaleza, siempre tan salvaje. La explicación más sencilla es siempre la correcta, pero lo justo es dar una oportunidad al resto de opciones, por descabelladas que puedan parecer.

En fin, al verano que viene, preguntaré en la panadería.

Curra entre abetos

 

 

El lugar más feliz del mundo, de David Jiménez

lugar mas feliz del mundoHoy es 18 y toca post del club de lectura. Un día raro, pero ya está explicado por qué escribimos de libros a mitad de mes, cuando normalmente lo hacemos el día 1: este año leemos más de 12 libros y hay meses con doblete.

Hoy les hablamos de El lugar más feliz del mundo, un libro del actual director de El mundo, David Jiménez, escrito a partir de sus experiencias como corresponsal en Asia durante un montón de años, creo que 15 – no me hagan levantarme a mirarlo. Así es que se trata de una sucesión de crónicas periodísticas, unas más interesantes que otras, pero que hacen del conjunto un libro muy distraído, en los que el autor nos cuenta lo que ha visto más como un viajero que como un periodista, puesto que narra y describe, pero la mayoría de las veces no explica. Pensándolo bien, nos cuenta entonces las cosas como un periodista fetén.

El libro se estructura en seis apartados (Lugares, Fronteras, Calles, Celdas, Amaneceres y Retornos), y recorre países como Bután, Pakistán, Tailandia, Filipinas, Camboya, Afganistán, Vietnam, Indonesia, etc, a lo largo de muchos años, y eso le da pie para contar la visión de estos países, la mayoría convulsos y en los que han sucedido revoluciones, guerras, cambios dramáticos de regímenes, en el antes y el después, y a veces en el durante.

El turista habitual no ve lo que él ha visto. David Jiménez en algún momento hace una crítica sutil de esto, y no acabo de entender la crítica: el turista no va a meterse en líos, y es consciente de que lo que conoce lo hace de forma superficial. Este postureo del autor está de más, sobre todo teniendo en cuenta que él está ahí como corresponsal, y el turismo no es un oficio.

Hay algunas reflexiones interesantes en el libro, como cuando habla de la única frontera invariable y que no depende de gobiernos, ni de la Historia, ni de razones ideológicas, étnicas o religiosas, como es la frontera interior de cada persona que divide el bien del mal y que pasa a través de nuestros corazones, y que hace que un cartero pueda convertirse, casi de la noche a la mañana, en un francotirador, o en un terrorista que pone bombas en los supermercados. También unos capítulos dedicados a la aversión de las democracias occidentales a estar en guerra, cuando están en guerra, y a reconocer que sus ejércitos no están en misión de paz repartiendo gominolas, aunque el gobernante de turno quiera dar a entender eso cuando va a fotografiarse con las tropas. También se leen cositas muy de periodista “bienpensante” y muy de papanatas políticamente correcto, como cuando afirma que “los norcoreanos están descubriendo que no están en manos del comunismo, sino de un fascismo que se ha disfrazado de tal”. O una narración bastante aséptica del terrorismo islámico, y muy poca referencia crítica al estado de la mujer en esos países. Y es que el libro no es una denuncia, o no me lo ha parecido a mí, ni está escrito para levantar polémicas ni alfombras desagradables. Es un libro sobre el lugar más feliz del mundo, que es como lo ven la mayoría de sus habitantes, aunque a nosotros no nos lo parezca. Así que se lee con agrado, y pocas veces nos pone los pelos de punta teniendo en cuenta los países en los que se ha metido y las cosas espeluznantes que habrán podido ver esos ojos.

A mí me ha gustado. Como digo, es un libro que distrae, que se lee fácil, y que tiene sus zonas de interés. No es alta literatura, desde luego, y el estilo no es en absoluto pretencioso, lo que se agradece. No hay críticas a una manera de escribir clara, sencilla, directa, ligera y muy correcta, o sea, escrito para ir al grano y contar cosas, que es lo que le interesaba al autor.

Como cada mes, tenéis otras opiniones sobre este mismo libro en La mesa cero del Blasco, Delenda est Carthago, La originalidad perdida y en Bichejo.com. Buena lectura y hasta el día 1, en el que hablaremos de Vestido de novia, un libro de Pierre Lemaitre.

 

La fiesta de la insignificancia, de Milan Kundera

AND837 LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA.qxd:AND676 GUERRA EN LA FHoy día 1 de agosto, primero de mes y post de libro al canto. Este año 2015 parecíamos abonados a libros insufribles, novelas de ínfima calidad, auténticos bodrios infames, porquerías pretenciosas y, por fin, este mes de julio, la literatura. Un libro que te hace pensar, que está bien escrito, en el que se reconoce la calidad y el oficio. En fin, no es lo mejor que he leído en mi vida, ni siquiera lo mejor que he leído de este hombre, pero la comparación con el horror de meses anteriores no tiene color.

Decía el otro día ND en la grabación del podcast que Milan Kundera terminará recibiendo el premio nobel. Y yo estoy de acuerdo en que se lo darán, en uno de esos años en los que no toque premiar a uno de esos escritores extravagantes que no ha leído ni Pepe (siendo Pepe usted o yo, o sea, cualquiera). Lo que he leído de este hombre me ha gustado mucho, aunque su obra más conocida, La insoportable levedad del ser, tiene un título que me da mucha pereza, y creo que lo dejaré para cuando me jubile. El libro de los amores ridículos es una pequeña colección de historias que recuerdo divertidas y La despedida me pareció un gran libro. Este que nos ha tocado leer este mes, La fiesta de la insignificancia, me ha parecido un libro interesante, un libro que juega con el lector y que le hace reflexionar. Reflexionar sobre la insignificancia y su aparente inutilidad frente a su contrario, que sería la importancia, el ser, sentirse o parecer importante, aquello que tiene que ver con el poder, la vanidad o el interés.

La insignificancia, una cualidad que se desprecia, un rasgo del que se tiende a escapar, y que sin embargo puede ser bello e incluso útil. En algunos casos, utilísimo, si se toma conciencia de ello y se sabe aprovechar, pero devastador y obsesionante si se sufre y se lleva encima como el que porta una losa. El que pasa por la vida sin que nadie repare en él puede ser premiado porque no molesta, porque no compite, porque no estorba, porque carece de la importancia que los demás dan a asuntos inútiles en sí mismos, pero que necesitan para sentir que están en el mundo.

Y así, el camarero que se hace pasar por extranjero y se inventa una lengua extranjera que ni siquiera él entiende pero que le aporta el exotismo necesario para dejarse ver, o el que simula una enfermedad que no tiene, o el que habla sin parar para enamorar a las mujeres y las pierde sin remedio, o el que se niega a pedir perdón para evitar parecer debil, todos ellos sufren de insignificancia aunque la disimulen, igual que sufre el que no lo puede disimular. Y en el otro lado, personajes que viven de su insignificancia y que consideran el brillo una inutilidad, algo nocivo y que salen adelante precisamente apoyándose en la ventaja de vivir escondidos, como a rebufo de la vida.

El libro es corto y es ligero, no se hace nada pesado. Eso sí, si esperan una novela con planteamiento, nudo y desenlace, búsquense otro libro. En éste, el autor se sitúa en medio de un grupo de personajes relacionados entre sí, coloca una cámara y nos va contando lo que les sucede pero sin que la historia nos lleve a ningún sitio en concreto. De pronto empieza y de pronto acaba, de una manera un poco rara, pero para mí que Kundera lo que quiere es juguetear con la contradicción, y mostrarnos cómo cuanto más te alejas de lo insignificante, más te acercas a la mentira.

Como cada mes, encontrarán otras opiniones sobre este mismo libro en La mesa cero del Blasco, Delenda est Carthago, La originalidad perdida y en Bichejo.com. Tengo para mí que yo voy a ser la más positiva, pero ya estamos acostumbrados a no ponernos de acuerdo con las valoraciones de los libros que leemos. En fin, lean todas las opiniones y luego hagan lo que les parezca mejor. Yo se lo recomiendo y luego ustedeshacen lo que les parece, que para eso son libres y además estarán, seguramente, de vacaciones.

Canalejas

CanalejasHoy he estado en la Puerta del Sol, que tenía algo especial que hacer allí. La Puerta del Sol es probablemente la plaza más fea y destartalada de todo Madrid, pero siempre está llena de gente, todos de paso, todos turistas por un rato, incluso los manifestantes. No me gusta ir a esa plaza porque no me gusta la plaza. Siempre la atravieso deprisa, para no mirarla, para verla poco, para no fijarme en su espíritu hortera y en su imagen deslavazada. Sin embargo, un 5 de enero de 2006 a eso de las doce de la mañana, al bajar Alcalá andando, con el edificio de Canalejas a mi izquierda, me pareció una plaza bellísima, castiza, animada y llena de alegría, porque a esa hora y ese día estaba atravesada por la luz serena y fría, anaranjada, que tiene Madrid los días claros de invierno y que me resultan fascinantes.

He dejado el coche en el parking de Sevilla. Llevaba prisa, hacía demasiado calor y sólo pensaba en resolver el trámite que me llevaba a la Puerta del Sol con la mayor rapidez posible. El edificio de Canalejas, en obras, estaba envuelto en una malla gris, como el que envuelve un regalo de manera tosca, un poco a lo bruto. Cuando ya llegaba a Sol, unos obreros han levantado la malla y han descubierto las obras. La imagen que me ha venido a la cabeza es como si coges una cucharilla y vas sacando el helado que hay en un cucurucho. El edificio estaba literalmente destripado, no vacío sino vaciado, solamente sus tres fachadas en pie. Creo que van a convertir el edificio en un hotel, aunque tampoco me hagan mucho caso.

Mi padre trabajó en ese edificio, hace muchísimos años. Yo recuerdo haber ido a buscarle allí. Probablemente fui varias veces, pero sólo recuerdo una. La entrada a su oficina estaba en la Plaza de Canalejas, pero recuerdo bien la impresión que me causó aquel edificio por dentro. Un banco antiguo, como el que sale en las películas antiguas, con su madera y sus dorados en sus barandillas, sus ventanillas, sus bancos para sentarse, con mucha gente que entra y sale, señores que van y vienen, el ajetreo de cualquier oficina en donde se recibe público. Tal vez me lo invento, pero yo diría que había puertas giratorias y que a mí me parecieron pesadas.

Al ver el edificio destripado me he acordado inmediatamente de mi padre. ¿Qué habría pensado él si lo hubiera visto como yo hoy? No puedo saberlo, aunque sí me lo puedo imaginar. Y lo que es seguro es que ahora esa imagen del edificio destripado no se me irá nunca de la cabeza.

Tal vez es un signo de los tiempos dejar intacta sólo la fachada para conservar el patrimonio. Guardar la apariencia de original, pero no el original. Conservar la cáscara y tirar la pulpa. Un signo de los tiempos o un resumen, les dejo elegir.

 

Y entonces notas que hablan mucho

Yo pensaba que las personas muy habladoras me mareaban, pero no. Y es que he llegado a la conclusión de que con personas muy habladoras no me refiero a esas que hablan mucho, sino a aquellas a las que se les nota que hablan mucho, y el matiz es importante. Y tú notas que alguien habla mucho cuando lo que te cuentan, casi siempre con profusión, no te interesa lo más mínimo y entonces te da mucha pereza tener cualquier conversación con ellos.

¿Y por qué notas que hablan mucho? ¿qué dicen? yo diría que hay tres tipos de personas a las que se les nota que hablan mucho (siempre son tres, recuerden). Están esos a los que les preguntas la hora y te describen el mecanismo de un reloj suizo, con todos sus detalles. Y cuando terminan con el reloj suizo empieza con el de arena. Son esos tipos que te hablan de lo que saben y no salen de ahí. Dominan algo, y ya les puedes preguntar por otra cosa que siempre acaban hablando de su especialidad. Reconducir una conversación con ellos es terrible, porque siempre piensan que si no conoces todos los detalles no puedes seguirlos, no puedes entender su respuesta. Y así, les preguntas si han sacado entradas para el cine y te explican dónde aparcaron, te describen la taquilla, la disposición de las localidades, el mecanismo con el que abren las puertas y si cobran con tarjeta o en metálico. Detalles que no responden a tu pregunta, respuestas elípticas, casi orbitales, llenas de elementos puestos ahí para que entiendas pero que hacen todo más confuso, entre otras razones porque te llevan a desconectar. Media hora después, tú logras volver a hacer la pregunta ¿Pero entonces tienes las entradas o no?

De otra variedad son esas personas que cuando te ven te cuentan su participación en un asunto, pero sólo les interesa, única y exclusivamente, su parte. En este caso, el detalle es temporal, así es que ten cuentan todo lo que les ha pasado con pelos y señales: conversaciones, gestos, papeles, situaciones. Lo hiper focalizan, es como si pusieran un objetivo de gran aumento sobre su experiencia y te hicieran un relato a cámara lenta. Sus temas varían, no son especialistas, y aquello de lo que hablan les está pasando en esos momentos. Su pasado es ayer, anteayer como mucho y no hay futuro, sólo hay preocupaciones. Y obsesiones. Con esas personas no puedes reconducir la conversación porque su mente sólo tiene espacio para un tema, que es el que le ocupa en ese momento.

La tercera variedad son los mí, yo, me, tan abundantes. Cualquier cosa que digas se la aplican a ellos mismos. Todo lo que sucede a su alrededor, todo de lo que les hablas, lo referencian a sí mismos. Son el centro del mundo y cualquier cosa que tú cuentes ellos ya lo han vivido o lo están viviendo, ya les ha pasado a ellos o les está pasando. Su trabajo es lo más importante y original, sus vecinos los únicos que tienen interés, sus hijos los únicos que tienen anécdotas, sus padres los únicos que enferman, y así con su jefe, sus compañeros, sus familiares, sus amigos, sus viajes, sus compras, sus gustos. No se engañen: estas personas cuando le miran durante la conversación, no le están escuchando, sino que están mirándose como en un espejo. Tengo que decir que estas personas abundan e la naturaleza y a menudo pasan inadvertidas, pero fíjense en las personas con las que conversan y… y luego hagan una autoevaluación.

Tengo razón. Tengo razón al considerar unos plastas a esos que sólo hablan de lo que saben, de lo que viven o de lo que tienen. Y si no creen que tengo razón, piensen en esas personas que hablan muchísimo y a las que es un placer escuchar. Y es un placer por la variedad, no por la cantidad de palabras, o por el tono, o por el gracejo. El contenido, o sea.

Sol y nubes como símbolo

solecitos del demonioQuizá se hayan cruzado con ello, o tal vez es algo que sólo me encuentro yo. Quería hablarles del recurso de poner símbolos para expresar el estado de una tarea, un proyecto, un resultado o una acción. Ya hablé en una ocasión sobre el “pensamiento ppt“, que consiste en no saber presentar una idea si no se tiene una presentación como soporte. En el mundo de 140 caracteres, los memorándum, las notas, los resúmenes, las exposiciones escritas, son una especie de antigualla en extinción. A veces, cuando te llega un papel bien estructurado y bien escrito (hace unos días me llegó uno), una nota explicativa con sus pronombres, sus sujetos, sus predicados, sus comas, sus puntos y aparte, sus títulos y su frase de resumen se te saltan las lágrimas de la emoción y te dan ganas de ir a buscar al autor para darle un abrazo, en agradecimiento a la cortesía de haberte explicado las cosas.

Lo de los símbolos es algo similar. En vez de poner una frase o comentario para describir el estado en el que se encuentra, se recurre a simbolitos no siempre muy bien comprendidos. Entre otras razones porque la leyenda suele estar tapada por la propia tabla de tareas. Yo los detesto, y huyo de ellos como de la peste. En particular, me horroriza la semiótica del solecito, o la nubecita blanca, o la nubecita negra, con o sin un poquito de lluvia, y en un atrevimiento sin parangón, con un rayo feroz que sale de la nube, en señal de que las cosas van rematadamente mal. Aparte de la vulgaridad, me parece infantil, poco serio y tremendamente hortera. Eso por no decir que no significa nada: un solecito que sale de una nube ¿es que vamos para buen tiempo o para malo? Ver una presentación con códigos de nubes y solecitos y empezar a desconfiar de las intenciones del ponente es todo uno.

Otra variedad son las pelotitas. Pelotitas verdes, naranjas y rojas, que en el ambiente en el que vivo significan respectivamente en curso, en alerta y en peligro grave. A veces se añade la pelotita negra, que es como la muerte. Se ven pocas negras: pones una pelotita negra en una tarea de tu proyecto y te preparas para traspasar el proyecto a otro según vas saliendo de la reunión. Por no mencionar lo que puede dar de sí la semiótica peloteril: recuerdo una empresa colaboradora que nos trajo una presentación del proyecto que hacía para nosotros en la que verde significaba sin empezar, naranja en curso, y roja terminado. Figúrense la que se armó. ¡Las sales, que alguien traiga las sales!

También está el tic y la cruz, que dentro de lo que cabe son símbolos escuetos, binarios y sin zarandajas. Están también los símbolos de más, menos e igual, que valen para comparativas, aunque a veces se combinan con colorines y con gradaciones, y ya es cuando pierden el tono austero y objetivo que pretenden. En alguna ocasión me he cruzado con simbolos de las manos, ya saben, pulgar hacia arriba y pulgar hacia abajo, y me temo que eso no sólo significa OK y KO, sino que estamos cerca, muy cerca, de empezar a ver los horrendos emoticonos invadir nuestro espacio de trabajo. Emoji al ataquerl, que gritaría Chiquito de la Calzada.

Detrás de toda esta parafernalia de semiótica imbécil hay varias desgracias. En primer lugar, el infantilismo que nos invade en todos los ámbitos de la vida. Pones un muñequito y te crees gracioso, piensas que el de enfrente se acordará de sus niños. Ah, los niños. También esa obsesión por tratar de hacer amable lo que no lo es, esa aversión al rigor y a la seriedad, que tendemos a confundir con la antipatía. Con todo, lo peor es la falta de imaginación, la pereza de pensamiento, la confusión entre la simpleza y la simplicidad.

Yo abogo por un mundo de frases expresivas, en los que califiquemos el estado de los proyectos como “va como un tiro“, o “va estupendo“, o “algún problemilla, pero nada que no tenga arreglo“, o “al borde del colapso y yo del infarto“, o “casi que os lo cuento al mes que viene” o “se terminó (y ni yo me lo creo)“. O alternativamente, un mundo de símbolos audaces, con tipos apuntándose la sien con una pistola, gatos fumándose un puro en una hamaca, avionetas que han salido de la órbita terrestre, dragones exhalando fuego, culos en pompa y relojes derretidos.

Pero en fin, he de conformarme con el tiempo, que todo lo cura. La vida.

Artur Mas y la misericordia

“Si desaprovechamos la oportunidad, Madrid nos pasará por encima sin misericordia”.

Jack_Nicholson_As_The_JokerEsta frase la dijo ayer Artur Mas, ese catalán que después de perder el sentido común perdió el del ridículo, con ocasión  de alguna charlotada con la que adornar su falta de interés como gobernante. Lo de la oportunidad hace referencia a su actual empleo y sueldo, algo que le debe de tener muy preocupado, sin duda mucho más que su destino procesal, que él es bien consciente de que todavía vive en España. Aquí, como dice Bichejo, la única ley que se cumple es la del embudo, y este pelagatos se lo toma (lo del embudo) como el mandamiento cero, que es el que va delante del primero. Honrarás al embudo sobre todas las cosas, se dice de mañana y en ayunas, antes de la colación, y por la noche, después de lavarse los dientes y cuando ya ha besado a su señora. En todo momento delante de un espejo, avanzando su cuadrada mandíbula y ensayando esa sonrisilla tan cercana a la del jocker, imaginando tal vez que Rajoy no es Rajoy sino Batman. Y es que este pobre hombre está como una cabra.

La primera regla del buen estratega es que tus adversarios (él diría enemigos, que un nacionalista no se anda con matices) no sepan cuál será tu siguiente paso. Y la primera regla de la influencia es que no se note que tratas de influenciar a los demás. Bueno, pues él se salta las dos, un poco por el embudo y otro poco porque España es un país capaz de alumbrar personajes así fuera de un circo y sin que medie un espectáculo de payasos en el entreacto. Ahora que tampoco hay que descartar que este individuo sea completamente idiota. De hecho yo no sólo no lo descarto, sino que es una idea que me viene a la mente cada vez que lo oigo en algún noticiario. Decía mi padre que hay que temer más a los tontos que a los malos, así que yo cada vez que lo veo, voy a por ajos y grito “Vade retro Mas, el megatemible”.

Pero lo que realmente me ha llamado la atención es la segunda parte de la frase. No tanto lo de que Madrid les pasará por encima, porque todo el mundo sabe que Madrid, para hacer eso, debería antes darse la vuelta. No. Es lo de la misericordia. La misericordia es según el DRAE la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenos. También misericordia es el asiento donde descansan los cantantes del coro de las iglesias, que digo yo que en esta acepción ya nos va haciendo mucha falta un poco de misericordia al resto de los españoles. Y en tercera acepción, misericordia es el puñal con el que el caballero remataba al enemigo moribundo. Un poco como la puntilla, pero sin toro, o el tiro de gracia, pero sin fusilado. Y ahí es donde se le ha visto el plumero a Artur, amigos, porque si algo no quiere este tocahuevos es que desde “Madrit” se termine con el tenderete de tomates que tiene montado y con el que vive de fábula, y nunca mejor dicho. 

En fin, yo creo que Artur Mas,en vez de sin misericordia, debería haber dicho sin contemplaciones. Pero en ese caso la frase habría perdido su aureola de amenaza, para convertirse en una sencilla y elemental descripción.

 

De brillante porvenir, de John Dos Passos

De brillante porvenirHoy vengo a hablarles de este libro, uno de los propuestos por mí para el Club de Lectura. Se trata de un libro que llevaba en mi librería muchísimo tiempo (de hecho, yo diría que el libro era de mi padre), y lo propuse para el Club por curiosidad. No había leído nada de Dos Passos y para qué proponer otro teniendo éste a mano. John Dos Passos es un conocido y reputado escritor norteamericano  de la generación de Scott Fitzgerald, Hemingway y Steinbeck, pero en la contraportada se puede leer que se dedicó a la experimentación literaria y que sus libros no se dejaban leer con facilidad. Y que de todos sus libros, éste pertenece a su época inteligible. Bueno, tampoco lo dice así (no puedo citarlo exactamente porque mi ejemplar lo tiene Newland), así es que si quieren saber más, investiguen por su cuenta. Donde quiero llegar es a que la contraportada era esperanzadora.

Lo que no se me ocurrió comprobar es si el libro estaba descatalogado. Y lo está, y mucho. Así es que Bichejo encontró uno de segunda mano y nos lo leímos por anticipado para prestar los dos libros a los demás. La anticipación también sirvió para recomendar al resto de nuestros compañeros no leerlo: ya nos vamos conociendo y, salvo raras excepciones, vamos sabiendo lo que le gustará o no a los demás.

El libro cuenta la peripecia de un escritor, Jed Morris, en la década de los 30 de EEUU. Este escritor, de brillante porvenir, un poco viva la virgen y bastante cansino, está involucrado en los movimientos sindicales y comunistas y trabaja en lo de la escritura no para crear arte, o para atraer al público, sino para cambiar la sociedad, para cambiar el pensamiento de la gente. Esto tiene como resultado que casi nadie va a ver sus obras de teatro, porque si ya eran un pestiño, encima están modificadas y adaptadas por sus conmilitones para así servir mejor a los fines del partido, que no es otro que el adoctrinamiento. O sea, petardo sobre pestiño.

Jed se sorprende de que el teatro en el que se representan sus obras esté vacío, mientras los musicales están abarrotados. Oh. Echa la culpa a la alienación en vez de al aburrimiento, hasta que, un poco harto de que nadie vea sus obras y algo cansado de no tener para comer, decide irse a Hollywood a escribir guiones de películas muy comerciales. Nuestro Jed se dice que lo de ganar dinero (y empieza a ganar mucho) es para poder retirarse a una casita a crear belleza, arte y a escribir tochos muy sesudos que cambiarán el mundo, allá en las montañas, alejado del capitalismo horroroso. Tiene un fabuloso presente entre dólares, y un brillante porvenir entre ladrillos. Lo cual no evita que sea un perfecto cretino.

En el primer plano del argumento, las envidias, los tejemanejes de la industria del cine y el submundo de espías y contraespías, siempre dispuestos a trabajar por una mejor causa con tal de que sea la suya propia. Jed Morris, un individuo bastante bocazas y un poco tontainas, que siempre habla de más, al final se revelará como un pobre diablo, un muñeco al servicio de fuerzas que no controla, y que le harán elegir entre su amor y su brillante porvenir puesto al servicio de otros.

El libro sigue una pauta bastante previsible y está bien escrito (aunque la edición y traducción es una antigualla), pero la historia se hace algo pesada, probablemente porque el protagonista se atraganta un poco, de puro tontuno, y porque los personajes entran, salen, pero no acaban de estar terminados. O yo no terminé de fijarlos en la historia, no sé. Llegados a este punto, y después de todo lo que les he dicho ya, creo no se lo voy a recomendar a ustedes tampoco. Aparte de que es difícil de encontrar, que esa es otra. Si eso prueben con alguna de las obras rarunas de Dos Passos y, si tienen la bondad, dejen un comentario luego en el blog para orientarnos.

No sé si tendrán otras opiniones en los blogs de los demás lectores del club. Prueben a ver. Yo les dejo el enlace para que los disfruten aunque se encuentren otra cosa. aquí están: La mesa cero del BlascoDelenda est CarthagoLa originalidad perdida y en Bichejo.com. Y a lo largo del mes, hablaremos de él en nuestra tertulia del podcast (que tienen señalado en un apartado en la columna derecha de este blog). 

 

Lo de Casillas

No puedo resistirlo, así es que no me resistiré. A hablar de Casillas y de su marcha del Madrid entre lagrimones muy al estilo Boabdil. Adiós, Iker, adiós. Que te vaya bien en el Oporto.

El final de Iker Casillas nos ha enseñado algunas cosas, pero sobre todo, hasta dónde puede llegar la manipulación. Un poco como lo de Grecia, el juego de espejos hace aparecer como villano al que no lo es, y como víctima al que tampoco. Porque del mismo modo que se tacha a los europeos de insolidarios, cuando sólo nos ha faltado poner la cama, en el caso de Iker Casillas parece que el Madrid no ha estado a la altura, y es un club ingrato. Ya ves.

Casillas ha sido un gran portero de fútbol, claro que sí. Esto no se puede negar. Y yo lo he admirado mucho, no crean. Pero el tiempo pasa para todos, y también para él. Y el Madrid tiene una exigencia que él ya no puede atender, se ponga como se ponga. Y el Madrid tiene que buscar lo mejor para la portería, y Casillas ya no es lo mejor para la portería del Madrid, salvo si te gustan las emociones fuertes.

Lo que pretendía Casillas era estar en la portería, ocupando un puesto clave, hasta que a él le diera la gana. La portería del Madrid era suya, él se lo merecía por lo que había sido y por “lo que nos ha dado”. Bien. Con ese mismo argumento, se podría alinear a Don Alfredo Di Stéfano, aunque esté un poco fallecido. Y es que Casillas no es un científico, cuya experiencia ý saber acumulado a lo largo de tantos años sea suficiente para jugar de portero. Los porteros eméritos no existen, y de existir, ven el fútbol en la grada, que el banquillo y el campo se reserva para los porteros de mérito. ¿Qué quería Casillas? ¿Quedarse en el Madrid para estar de tercer portero? ¿De verdad lo hubiera aceptado sin enredar? A falta de volver a experimentar lo ya demostrado, el Madrid no sólo lo ha dejado ir, sino que además le paga 8 millones cada una de las dos temporadas que Casillas va a jugar en el Oporto. Un club ingrato, no hay duda.

Todos los no madridistas (con la excepción de algún pipero) y la gente que no tiene ni idea de futbol creen que el Madrid tendría que haber aguantado a Casillas un par de años más de titular. Y luego, renovarle otros dos años más, y luego otros dos y así hasta que pudieran acompañarle sus nietos a su último partido homenaje con la camiseta verde o azul. Un símbolo. Hoy, Anne Igartiburu le ha hecho en su Corazón, corazón un homenaje de lo más tierno. Ha despedido el programa con un “Hasta siempre, Iker”, en vez del tradicional “Hasta luego, corazones” con una emotividad fabulosa. El lagrimeo de su despedida, que luego ha intentado arreglar hoy de mala manera, cuando se ha dado cuenta de su falta de grandeza, se prestaba a la charlotada, desde luego.

El fin de fiesta, con la entrevista a los padres, muy en la línea de los padres del protagonista de Toma el dinero y corre, ha sido el sainete final que explica, mucho y bien, la categoría del que aspira a ser recordado como una buena persona. Su denuncia al Madrid, a escondidas y a través de sus padres, no se conocía. La prensa, si lo sabía, no dijo nada. Pero el Madrid, tampoco. Sería por falta de clase, que no de aspiraciones. Para aspiraciones, las de Iker.

Casillas quería retirarse en el Madrid. ¿Quién se lo ha impedido? No el Madrid, desde luego. Zidane se retiró en el Madrid. Llegó un buen día, dijo que se marchaba, que no se sentía a tope a sus 34 años, que no se encontraba estupendo, renunció a 7 millones de euros del año de contrato que le quedaba y se fue a su casa. Como un señor. O como un madridista sin alharacas. Sin alharacas y sin codicia.