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Ponga un KPI en su vida

Tranquilos, que no he vuelto a coger el libro de aves de mi padre. Hoy voy a tratar de los KPI’s, o Key Performance Indicators que es como se llama en el mundo moderno y anglófilo (o anglofiliciado, o anglofilíaco, o angloflipante) a los indicadores clave de seguimiento. Estos indicadores están fenomenal y aún sin saberlo, los usamos permanentemente, casi sin darnos cuenta. Por ejemplo, cuando usted se pesa en la báscula los lunes, o cuando mira su esmirriada cuenta corriente, o cuando abre la nevera y comprueba que sólo le quedan tres huevos.

Porque un KPI no es ni más ni menos que una medida de seguimiento que le permite conocer una evolución. Y así, kilos, euros o huevos es una medida tan válida como cualquier otra, siempre y cuando sirva como referencia para lo que se quiera medir. Dicho de otro modo, de nada le sirve a usted contar los huevos que tiene si lo que desea es conocer si ha engordado en el fin de semana o si este mes le queda algo para ahorrar. Claro que puede ponerlo en relación, y dividir el coste de un huevo entre los kilos que ha engordado y multiplicarlo por los pelos del bigote del comercial que le atiende en el banco, pero no parece que sea la clave para saber que tiene que tomar más ensaladas, gastar menos o ir a la compra si quiere hacer tortillas para cenar. No sé si me siguen.

En una empresa se hace lo mismo que hace usted con su nevera o con su báscula, sólo que lo decimos en inglés para abreviar. No decimos “a ver, cuántos huevos te quedan”, sino que tenemos algo que se llama reporting (que es un reporte que termina en “ing”, ing de inglés, sin duda) en donde figuran los indicadores de seguimiento que se estimen oportunos. Y así uno sabe perfectamente cómo va en relación a cómo iba el mes o el año pasado. Ya ven qué práctico.

La clave de los KPI’s es la K, entre otra razones porque key es clave en inglés (no, aquí no hay que decir keying porque ya viene en inglés. Acabaría en ing si fuera en español, o sea, claveing, pero como ya se dice key no hace falta). Y así, uno podría pensar que KPI habrá pocos, porque clave, clave, no habrá muchas cosas que medir. Y no, esto no es exactamente así, porque el keypiar y el rascar, todo es empezar (que habría dicho mi abuela si hubiera sabido que los huevos eran un indicador clave). Sigo sin saber si me siguen. Y así te puedes encontrar con que hay departamentos que siguen 300 KPI´s repartidos entre 70 reportings. En fin, uno usa los KPI´s que le da la gana, que la libertad es un derecho constitucional, lo que ya no les puedo decir es qué pasa cuando deciden ir al detalle… Lo mismo les explota el ordenador, aunque lo corriente es que, además de KPI´s, acumulen dioptrías y lleven unas gafotas como las de Chus Lampreave.

Donde quiero yo llegar es que un KPI en muchos casos es pi ai pero no es key. Es un simple pi ai ennoblecido, eso sí, con una categoría que probablemente no le corresponde, pero la realidad es que es muy poco key. Entonces (atentos, que ahora viene lo mejor), para resumir y encontrar las verdaderas claves de seguimiento de un vistazo, lo que se dice in a glance si lo quieres decir in short, pues tienes que consultar un invento todavía más estupendo que los KPI’s que se llama dashboard, o cokpit, que es el resumen del reporting y que es donde están los KPI’s de verdad y no los del montón. O sea, tres ó cuatro numeritos y a correr. A correr porque si no te pilla el del reporting y ya tienes lío para toda la tarde.

La vida.

Un huevo en el cenicero

La esquinita doblada

esquinitaYo no cuido demasiado los libros, y tal vez por eso prefiero que no me los presten, por decirlo a lo Bartleby. Desde luego, si tienen camisa, o fajín, lo tiro. Y los marco. Y les pongo mi nombre, en boli, normalmente con la fecha de compra aunque si se me olvida hacerlo al llegar a casa, el libro puede llevar cualquier fecha (pues no, no tengo un ex-libris, no sabría qué poner). Y si me da por anotar algo en una página, o subrayarlo, y no tengo a mano un lápiz, a boli que va, o a rotulador, lo que tenga más a mano. Desde hace algún tiempo, además apunto en la página de guarda el número de la página en la que he subrayado o marcado algún texto. Y por si todo eso fuera poco, abro mucho el libro para dar de sí la goma, de manera que pueda quedarse abierto en una mesa. Con todo, los libros resisten, no se preocupen.

Me invitó un matrimonio amigo a su casa. Tienen una librería que se viene abajo de libros, lo que yo llamo una librería movida. Si alguna vez encargan una librería, tengan en cuenta que luego los libros le van a dar un aspecto de movimiento, de manera que piensen en ello antes de encargarla con las baldas asimétricas. Si van a poner muchos libros y tienen tendencia a ponerlos al aliguí, cuanto más simétrica sea la librería, mejor. Háganme caso, se lo digo por experiencia. Pero sigo, que esto no tiene nada que ver. La cuestión es que aquella librería era (es, supongo), una delicia de movimiento.

Así es que él me ofreció un libro. Te gustará, me dijo. Tardaré en leerlo, le dije. No importa, te lo llevas y así hace sitio a otros“, me contestó. Esto es como llevarme un libro en acogida. Eso no se lo dije, pero seguro que lo pensé. Y he tardado, pero ya le ha llegado su turno. El libro estaba impecable. Así que le quité el fajín, y lo guardé, y puse un post-it en el interior apuntando dónde lo he guardado. Y también he hecho tiras para ir marcando las páginas que me gustan, porque, como es lógico, no le voy a devolver el libro pintarrajeado, faltaría más.

En fin, la cosa es que ahora no sé cuándo vi la primera esquinita doblada. Sí que luego me fui encontrando otra, y otra, y otra, y conforme las encontraba, yo las iba desdoblando, porque pensaba yo que el libro habría debido de llevar algún mal viaje en la maleta y que lo mejor era plancharlo para que no se diera cuenta de que lo había estropeado. Y cuando ya había perdido la cuenta de la cantidad de esquinitas que había desdoblado, entonces… entonces leí en su blog un post y tuve una revelación, o se me hilaron los recuerdos, o se concatenaron dos ideas dispersas, o un quizá fue pálpito, o una deducción, o vaya usted a saber qué, la cuestión es que caí en la cuenta de que tal vez las esquinitas dobladas eran marcas que el dueño del libro había dejado aposta, para después recordar algo, algún pasaje.

Sé que no me regañará porque no me ha regañado. Pero creo que dedicaré algún rato del fin de semana a rastrear esquinitas ex-dobladas para volverlas a doblar. ¿Ven por qué prefiero que no me presten libros?

Esta es la secuencia de los hechos:

Una hormiga encuentra un enorme trozo de comida y decide llevárselo a su hormiguero. Estamos en verano y, como todo el mundo sabe, ésta es la época en la que las hormigas aprovechan para aprovisionarse de víveres y así pasar el largo y duro invierno, que para cualquier hormiga previsora es igual de largo pero menos duro que para cualquier cigarra descuidada, tal y como nos enseñó La Fontaine.

Un humano que pasaba por ahí decide grabarlo y observa cómo la hormiga trata de encontrar un hueco por el que traspasar una barrera aparentemente infranqueable. El humano, movido por la compasión y con ganas de ayudar, decide echarle una mano a la hormiga. Sin embargo, el humano no contaba con ciertos condicionantes meteorológicos así como otros elementos de ambientación inoportunos , tales como un pelo. Sí, un pelo fosco, largo y duro, como de perro.

Y esto es lo que pasó (dentro vídeo).

 

El humano, ya fuera de cámara, y una vez que la hormiga había desaparecido de su campo de visión, descartó el  dramático (a la vez que descriptivo) “¡A tomar viento la hormiga!”. Tampoco quiso lamentarse con un melancólico (y también descriptivo) “¡No lo ha logrado por un pelo!”. En su lugar, realizó un comentario sin duda más flemático (y no menos menos descriptivo): “¡Yo no mandé mi brazo a luchar contra los elementos!”.

En fin, la hormiga nunca apareció. El trozo de comida fue barrido poco después y el humano decidió no volver a inmiscuirse en los asuntos de las hormigas. ¿Moraleja? Pues saquen vds sus propias conclusiones, que yo todavía ando con remordimientos.

Kivis

Lo que pasa es que nosotros usamos la grafía kiwi y pronunciamos quigüi, y eso lo hacemos porque queremos, pero no porque haya ninguna razón para hacerlo de otro modo. Deberíamos escribirlo así, kivi, y pronunciar quibi, y ya está. A ver por qué si la B es be y la S es ese, la uve doble va a ser güi. 

¿Y qué es un kivi? Pues un pájaro. Antes de devolver el libro de aves de mi padre a su estantería, he buscado el kivi para poderles hablar de él a vds., que sé que están interesadísimos. Así que leo:

KiviAl orden de los apterigiformes o kivis (fíjense en la disyuntiva que da importancia al kivi) pertenecen sólo tres especies que viven en Nueva Zelandia (escrito así, ya les dije el otro dia que el libro es muy antiguo) y tienen el tamaño de las gallinas (yo creo que la gallina es una unidad de medida perfectible). Se caracterizan por poseer fuertes patas provistas de cuatro dedos y un pico muy largo, en cuya punta desembocan las narinas (lo que vds. llamarían agujeros de la nariz). Su plumaje es sencillo y semeja a un pelo largo y espeso (o sea, pelazo). Ven mal, pero, a diferencia de otras aves, tienen el olfato muy desarrollado, siendo esto de gran utilidad para ellos ya que llevan vida nocturna (¿Y qué importará eso?). No pueden volar pues sus alas están atrofiadas. Generalmente ponen un solo huevo y a veces dos, de color blanco y relativamente grande, que pesa hasta 500 gr., casi la quinta parte del peso de la hembra (¿¿RELATIVAMENTE?? Por Dios bendito ¡medio kilo de huevo!). El macho empolla el huevo del que nace el polluelo a los 75 u 80 días (o sea, que de salir por la noche, nada, amigo).

El kivi común (Apteryx australis) abunda en Nueva Zelandia y en la Isla Estuardo (no sé dónde es eso). No puede volar ni escapar corriendo de sus enemigos como el avestruz (¡pero cómo va a correr con medio kilo de huevo dentro!); anteriormente no tenía que temer a enemigos naturales pero, actualmente, está expuesto a perros, gatos, comadrejas y furones traídos por los europeos a Nueva Zelandia (ya estamos). Los kivis viven en bosque espesos llenos de maleza, donde cazan vermes e insectos de la misma manera como las becadas, esto es, hurgando con el pico en la tierra blanda (qué horror), donde también construyen las cuevas dentro de las que se esconden o fabrican sus nidos (que serán nidos grandes, porque como la kivi ponga dos huevos, ahí ya no cabe nadie). Su plumaje es unicolor pardo o pardo-grisaceo. El macho pesa 1,5 kilos y es más pequeño que la hembra cuyo peso es de 2,5 kg (ya, pero es que ella tiene que llevar por la vida un huevo de medio kilo). En las regiones meridionales de Nueva Zelandia vive el Kivi de Owen (Apteryx oweni) (aquí yo sí pronunciaría ogüen), que se diferencia de los anteriores por un plumaje ligeramente rayado.

Al orden de los estrucioniformes o avestruces (Struthioniformes) pertenece la más grande de las aves conocidas: el avestruz africano…

No sigo, que ya está todo dicho de los kivis y esta entrada se llama “Kivis” y no “Avestruces”. Sin embargo, sí he seguido leyendo para encontrar una curiosidad: un huevo de avestruz pesa entre 1,2 y 1,6 kilos, para un bicho que pesa del orden de los 130 kilos y es más grande que una persona. Así es que si van un día al mercado y ven un huevo de avestruz piensen que, al menos en este caso, el tamaño importa menos que el mérito. Ah, los kivis…

 

El hereje, de Miguel Delibes

El hereje, DelibesAmbientada en el Valladolid el siglo XVI, El hereje cuenta la historia de Cipriano Salcedo, un comerciante ilustrado que se convierte al luteranismo. Es la historia de su vida, su peripecia desde que nace, y antes, porque nos cuenta también la historia del padre, su paso por el internado, su matrimonio, sus negocios, y su conversión, o mejor dicho, su renuncia a la Iglesia católica frente a una reforma que impulsaba un cristianismo alejado de milagros, idolatrías, reliquias e indulgencias, y de manera más amplia, lejos del cerrilismo, la oscuridad y la brutalidad del catolicismo de aquella época.

No hay que decir mucho de Delibes (Delibes es Delibes), de su maestría del lenguaje, de su prosa interesantísima que te sorprende en tantas palabras antiguas o nuevas, especiales, elegidas por su sonoridad y por su precisión cuando habla del campo, de la caza, de la vestimenta y hasta de las enfermedades. Es un libro que realmente te traslada a aquella época, a las costumbres y al ambiente y escenarios de Castilla. Se aprende intrahistoria con este libro. Tengo que decir que el libro termina con una descripción brutal y angustiosa de lo que era un Auto de fe que deja con muy mal sabor de boca. Con todo, vale la pena leer este libro, y mucho.

 

Unos meses después aparecieron los primeros fríos y la gente respiró aliviada. Existía el convencimiento de que la peste era consecuencia del calor y, por contra, el frío y la lluvia atenuaban sus efectos. A los pocos días templó y la peste volvió a picar en los pueblos y ciudades castellanos. En esta segunda oleada se empezó a hablar de la peste del año seis, más grave que la del dieciocho. El banquero Domenico Nelli tranquilizaba a sus colegas de Medina diciéndoles que los muertos de peste eran generalmente pobres y, por tanto, carecían de interés. Pero la gente insistía en que la peste producía landres, como la de principios de siglo. Es peor que la del dieciocho, aseguraban. Entonces empezaron a organizarse rogativas a la iglesia de San Roque y a la de la Virgen de San Llorente pidiendo lluvias de otoño. Pero el número de pobres aumentaba y el Ayuntamiento se vio obligado a tomar dos medidas radicales: primera, separar a los vagos de los pobres de solemnidad y expulsar a aquellos. Y, segunda, exigir la salida de la villa de las prostitutas que no hubieran nacido en ella. Pero la expulsión de grupos sociales no arregló nada. Al contrario, los inmigrantes empezaban a superar a los emigrados y el Concejo se vio ante la necesidad de facilitarles alojamiento al otro lado del río. Pero la avalancha de menesterosos crecía y con ellos la expansión de la peste, por lo que el corregidor convocó sin demora a los pobres sanos al otro lado del puente. Era su propósito que unos caballeros comisarios los expulsaran después de proveerles de los víveres suficientes para el camino. Pero los pobres se negaron a acudir al puente. En la ciudad recibían botica gratis, media libra de carnero y media de pan por persona y día, y nadie les garantizaba que esa ayuda fuese a producirse en las villas vecinas, ni conocían siquiera la situación sanitaria de éstas. Entonces lo que hacían era esconderse en los rincones del Paseo del Prado y por la noche, con algunos inquilinos de los lazaretos, atravesaban el Pisuerga en barcas, a nado o por los viejos vados conocidos, orillando la muralla.  

Apogeo y perigeo

Pues leía yo esta mañana un artículo en el periódico que venía a tratar de las novedades astronómicas que nos esperan en los próximos días. Recien entrado septiembre se pueden encontrar artículos de este tipo, una vez que ya han dejado de publicar los suplementos veraniegos (que vienen a ser como las crónicas pedorras) y antes de que vuelvan la plantilla al completo.

El artículo se llamaba “Camino del equinoccio” y explicaba que este año, el momento preciso en el que entra el otoño será el 23 de septiembre a las 4:29 de la madrugada, hora de Madrid. Y dice que ese día será el día del equinoccio, que es cuando la noche y el día tienen exactamente la misma duración. Y a mí me surge una duda, porque no sé si es la suma de los dos periodos de noche del 23 de septiembre el que se iguala al periodo en el que ese día es de día, o si hay que tomar como referencia el último ocaso o el siguiente orto, en cuyo caso el equinoccio empieza el día anterior o el siguiente.

Se lo dibujo:

Tontada equinoccio

El asunto es baladí, y mucho. Y de hecho no creo que le importe a nadie, salvo a algún astrónomo friki con mucho tiempo libre y a mí, que no sabía qué contarles hoy. Aunque no crean, que he dudado hasta el último momento si contarles esto o hablarles del perigeo y el apogeo. Y si siguen leyendo, comprobarán que al final no he optado por nada en concreto.

¿Saben lo que es el perigeo? pues es el momento en el que la Luna está más cerca de la Tierra. Y esto pasa en septiembre, y este año en concreto sucederá el día 8. Así es que la luna de este mes, que será el 9, va a ser una luna enorme: un 16% de apariencia mayor y un 30% más brillante. A la luna más cercana al equinoccio se le llama la luna de la cosecha, porque brilla tanto tanto que permite faenar incluso de noche. Bueno, yo supongo que esto era antes y que ya no pasa, pero me parece muy bonito y por eso lo recojo, ya que no lo he cosechado.

Lo contrario del perigeo es el apogeo, que es el punto de la órbita de la Luna más lejano de la Tierra. También es ese momento de los conciertos de Raphael en los que canta Escándalo, o sea, un momento culminante, pero esa es la tercera acepción. Y fíjense lo que son las cosas: no acabo de entender qué tiene que ver Raphael con una órbita, y sin embargo me parece muy comprensible que cuando canta Escándalo se produzca el apogeo del concierto.

En fin, casi que lo dejamos aquí. O mejor, les dejo con el enlace (CLICK), que seguro que tiene mejor interés que este post.

 

Ya me lo dejó escrito Goethe: «Uno sufre queriendo explicar el mundo cuando no es necesario»

lugares donde se calma el dolorHoy día primero de mes toca reseña del club de lectura, y si les soy sincera no sé muy bien por dónde empezar. Creo que no he entendido ni una palabra de lo que me quería contar este señor. Admito, de entrada, que no está hecha la miel para la boca del asno, así es que debo aceptar que me he sentido abrumada con tanta cultura junta, con tanta cita, con tanta referencia, con tanta sensibilidad y con tanta intensidad. Y dicho sea de paso, con tanta pedantería.

Les resumo rapidamente. Don César Antonio Molina va a determinadas ciudades y se va deteniendo en calles, plazas, puentes, y entonces nos describe con todo detalle lo que va viendo, quien pasó por ahí (normalmente, algún poeta de fuste) y lo que él va sintiendo al (¡oh!), mirar los mismos paisajes y pisar las mismas baldosas que sus admirados autores. Y para mi gusto que se le va un poco la mano. Por ejemplo, llega a San Petesburgo, entra en la salita donde murió Pushkin y eso le da pie a contarte la vida de Pushkin. Pero por medio te describe con todo detalle, hasta lo irrelevante, la salita. También se imagina cómo era la salita entonces o cómo no, porque claro, tampoco lo sabe seguro; te da detalles del primo, el tio, el hermano y el sobrino de Pushkin; te intercala diez o doce poemas y te cita a ocho o nueve autores que pasaban por allí; se hace un par de preguntas sobre el vuelo de una mosca; te vuelve a describir el orinal del portero de la finca… para entonces tú ya tienes dificultades para seguir leyendo porque, claro, ya no tienes dolores pero a cambio estás al borde de la catatonia.

Tal vez hubiera sido mejor, en vez de escribir un tocho de 800 páginas, escribir tres libros: uno de citas y poemas, otro de descripciones (que podría darse gratis con el suplemento de viajes de El País), y un tercer libro de curiosidades diversas. Este último sería muy delgadito, es verdad, pero a cambio nos ahorraría tener que tragarnos todas las cosas que se le pasan por la cabeza a este señor, que por otra parte deja constancia de su cursilería en dos de cada tres párrafos.

Si vamos a la calidad de su prosa, tampoco el libro tiene el menor interés. En mi humilde opinión, este señor narra con una prosa plana, insulsa y bastante vulgar. No sé cómo serán sus poemas, pero desde luego narrando no tiene ninguna originalidad ni ningún interés literario. Demuestra una cultura casi enciclopédica, desde luego, pero, francamente, no ha logrado que me interese absolutamente nada de lo que me estaba contando. Será culpa mía: tanta sensibilidad y tanta intensidad emocional me ha dejado completamente fria y desde luego leer sus digresiones ha sido lo mismo que leerme un tratado de contabilidad: una tortura.

Lugares donde se calma el dolor… y tanto. Se trata de un libro que te anestesia. Infalible para coger el sueño, cada capítulo es un reto para la catalepsia, y media hora de lectura te manda directamente a la cama. Siendo ésta la utilidad, sea: al revés que leer este libro, dormir no es una fabulosa pérdida de tiempo.

He de decir que no lo he terminado. Cuando llegué al 80%, y después de sufrir durante sus paseos por Palermo, Nápoles, Trieste, San Petesburgo, Bombay, Petrópolis, Buenos Aires y no sé cuántos sitios más, me dije que la cosa ya no tendría remedio. Ahora bien, creo que los otros participantes del club tienen otra opinión y yo desde luego estoy deseando leer sus reseñas. Vosotros también las podéis leer en  La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en Bichejo.com. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él, o no, en el blog del Club de lectura.

 

Cada mochuelo a su olivo

mochuelo-europeo_1227634321Eso es más o menos lo que nos viene a pasar cuando llega septiembre: que cada mochuelo vuelve a su olivo. Se terminan las vacaciones y la diáspora en la que se ha convertido tu vida social durante el mes de agosto se disipa, se contrae y se reconcentra, hasta que volvemos cada uno a nuestra casa y ya podemos volver a marcar los números fijos de teléfono.

Cada mochuelo a su olivo. Me encanta la expresión. Mi madre lo dice mucho, y lo acompaña de un chasquido de lengua que lo mismo le podría servir para animar a una burra a trotar. ¡Hala, cada mochuelo a su olivo, tchlac!, y se acabó la fiesta, cada uno a su casa. ¡Arrea, Francisca, tchlac!, y la burra Francisca se pone al trote. Muy poético, ya digo. Salvo que mi madre nunca ha tenido una burra que se llamara Francisca. Bueno, mi madre, hasta dónde yo sé, nunca ha tenido una burra, ni que se llamara Francisca ni ningún otro nombre de contundencia similar o de diferente grado.

Yo no sé de dónde vendrá la expresión de los mochuelos. He consultado un libro de aves que era de mi padre para ver si venía algo sobre su placentera vida en las ramas de los olivos, pero no he encontrado nada sobre el hábitat de los mochuelos, más allá de que viven un poco en todas partes. Yo esperaba encontrar algo como:

- Mochuelo común: Ave rapaz nocturna parecida a la lechuza que habita preferentemente en las ramas de los olivos, en los que anidan desarrollando un tremendo instinto territorial hasta el punto de que cada uno tiene el suyo y vive en él desde su nacimiento hasta su muerte. Una vez el óbito del mochuelo propietario es efectivo y tras consulta testamentaria con el mochuelo notario, el olivo es legado al  polluelo primogénito si lo hubiere y si no al que hubiere, quien puede a su vez vender, alquilar o pignorar el susodicho olivo, suceso que ocurre con relativa poca frecuencia debido a que el polluelo de mochuelo, una vez alcanzada la edad adulta, se va a vivir a su propio olivo.

mochuelo pescadorY no. Lo máximo que he encontrado es que comen ratones, cangrejos y hasta ranas, y que la variedad de mochuelo pescador tiene cejas y cara de fuerte instinto territorial, de olivo o de lo que se tercie. En realidad era de esperar, porque el libro es más un libro de fotos con pequeñas reseñas de aves. Y por otra parte, tiene ya tantos años que a buen seguro que todos los pájaros fotografiados están ya en el reino de los cielos… pero, bueno, esto último es irrelevante, porque aunque el libro sea antiguo, supongo que ni los mochuelos ni las cacatúas habrán evolucionado mucho en los últimos cincuenta años, que es más o menos la edad que debe tener el libro en cuestión.  

Ahora que lo pienso, las cacatúas sí se han actualizado… Ah, no, espera, que eso es para otro post.

En fin, que cada mochuelo a su olivo se podría convertir en cada mochuelo a su pino, o a su alcornoque, o a su abeto, o a su algarrobo, o a su ___________________ (espacio para rellenar con el árbol de su preferencia). ¿Por qué olivo? He mirado en el Correas y en otro librito que tengo por casa y no he encontrado una explicación, así es que supongo que simplemente se dice lo del olivo porque cumple la función poética del lenguaje. Acepto otras explicaciones, desde luego, pero para ser éste el primer post de después de las vacaciones, les pido misericordia por anticipado.

Otra expresión con mochuelos de protagonistas es la de “caerte el mochuelo“. Digamos que va todo junto: la vuelta al trabajo tiene estas cosas. Pero en fin, no se estresen si leen esto y siguen de vacaciones todavía. En realidad, que llegue septiembre carece de importancia: de aquí a nada estamos en Navidad. 

 

 

Tiempo de verano

Un verano apacible, como tantos. A la espera del tormentón que dará por finalizado el buen tiempo, o del casi huracán poblachonero que nos dejará a todos tiritando. El tiempo entre posturas.

Y el tiempo entre lecturas, aunque el libro de este mes del club me pone de un mal humor excelente. Delibes, Foenkinos, Amoraga, Lemaitre y ahora Chirbes. Y por medio el Kindle con esa cosa del club, de la que hablaré el día 1 si consigo acabar con ello antes de que ello acabe conmigo. El tiempo entre lecturas.

Pocas cosas que contar, aparte de mis reflexiones sobre los insectos. Esos bichos picajosos y pesados. Las avispas están muy tontas este año. He matado dos en vuelo. En vuelo ellas, se entiende. Y el trapo de cocina, un poco húmedo para que tenga contundencia. Y una araña con cuerpo, que apareció ayer en la piscina y mi amiga Susana la espantó de su toalla. Pero mátala, no la dejes por ahí, le dije. Sí, eso, que hay niños, no se oyó decir, porque el bobo de turno andaría lejos. Y ahí se puso ella, Susana, a dar zapatillazos al suelo, sin saber seguro que la araña estaría debajo. Y apareció Javi, con sus zapatillas de deporte a pisar también el césped. Y como en Aterriza como puedas, una fila de personas en traje de baño y con chancla en la mano se disponía a alisar el césped, con o sin araña, que para entonces ya habría huido. El tiempo entre mataduras.

El del bar, que es nuevo en la concesión. Y ha creído que todo el monte es orégano, y que se puede contestar de cualquier modo. Con una cocina que huele a grasa requemada, a suciedad y a abandono. Que de una tortilla revenida saca cuarenta o cincuenta pinchos, y que no se corta al decirle a su hijo, delante del cliente, que ponga menos, que un aperitivo no es para que la gente coma. Que levantas el café de la mesa y te quita la mesa, porque ya son las siete. Que te dice que quites eso porque va a barrer, y eso son tus pies. Un resentido social, a decir de algunos. Se creerá que los que estamos de vacaciones es porque no trabajamos. La culpa la tenemos nosotros por tomar una cerveza. Yo ya no, que puedo vivir sin ella, y él tiene más difícil pasar el invierno sin mi euro con veinte… El tiempo entre amarguras.

El campo. Hacen nuevos caminos, quitan las balizas de los antiguos pero tardan en sacar los nuevos mapas. Da igual, porque subes hacia arriba, sale un camino, te encuentras una fuente, giras, vas hacia abajo y cuando tienes a la vista la vaquería a la derecha hay un portalón. A la quinta vez que te pierdes encuentras el portalón, y la fuente sigue sin aparecer. Da igual. En los robles hace menos calor y menos frío que en el pinar. Sí, pero hay más moscas. No hay ganado, pero hay caballos, que son los nuevos perros aunque los llevan sin bolsita para excrementos. Curra se ha rebozado dos veces ya este año. No le veo el gusto, ni pienso averiguarlo. El tiempo entre andaduras.

Esta noche futbol. El tiempo entre esculturas.

 

 

De El tiempo mientras tanto me enamoró el título. Está entresacado de unos versos de Benedetti (Soñamos juntos, juntos despertamos, el tiempo hace o deshace mientras tanto), pero me echaba para atrás que fue finalista del Planeta. Así es que leí un comentario sobre el libro que hacía un blog amigo, el de la boticaria, en donde venía a decir esto mismo. Y también que era un libro triste, muy sentido, y luego que a mí me iba a gustar.

Y sí, me ha gustado. Y sí, es un libro amargo. Cuenta la espera de la muerte de María José, en coma tras un accidente de coche. En la espera, va contando la vida de la madre, una mujer malhumorada y pejiguera; del padre, un hombre resignado y callado, abatido y derrotado por la vida; de la íntima amiga, leal hasta el final; de la propia Maria José, una vida entregada a un amor ni merecido ni correspondido. Y de muchos otros personajes que se van cruzando por esas vidas.

Desde la primera página ya sabes que va a morir. Que morirá. Lo cual no necesariamente convierte su vida, ni la de los que la rodean en un horror. Tampoco que “la vida no es como habían imaginado”, o que la vida sea injusta, perra y dura. Carmen Amoraga sin embargo nos va retratando unos personajes llenos de frustraciones, de silencios, de amores no correspondidos, vidas cobardes, derrotadas, vidas que no se han sabido vivir y que han ido muriendo mucho y muchas veces. Unos personajes magníficamente retratados que van contándonos, entre la pena por ver cómo se apaga la vida de su hija, su pasado de sentimientos y de emociones.

Me ha gustado mucho la naturalidad con la que está escrito. Y no todo es pena y amargura, porque incluso tiene algunos pasajes que logran sacarte una sonrisa después de todo. Y también, después de todo, no acaba tan mal como pudiera parecer, hay alguna esperanza en los personajes y en sus vidas.

Puede parecerlo, por el argumento y por lo que cuento, pero el libro no me ha parecido nada deprimente. Es casi más áspero, más amargo, que triste. Y como digo, el dibujo de los personajes me ha parecido sensacional. Si se topan con él y no les importa leer sobre lo que guardan algunos en el alma, léanlo.

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