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La delicadeza

En uno de sus post de lecturas del mes (algo muy práctico, todo hay que decirlo), leí a Modestino recomendar a un autor francés, David Foenkinos, como un autor revelación de los últimos tiempos. Recomendaba Los recuerdos como un libro intimista, él lo llamaba literatura “descomplicada”. En fin, sin saber muy bien yo qué es eso de la literatura descomplicada, me interesó la reseña y me fui de cabeza a leerlo, total, algo hay que leer en esta vida. Y resulta que en vez de bajarme Los recuerdos, por razones que no vienen al caso (razones de lo más tontas, que ya me gustaría contarles algo interesante), me bajé de Amazon La delicadeza, un libro anterior del autor.

La delicadeza, pues. Una novela deliciosa. Me lo leí en un día y medio y me he enamorado. Me he enamorado del autor, de la historia, de los protagonistas y hasta del Kindle, y eso que es un cacharro de lo más ordinario. Les voy a decir una cosa muy en serio: si yo escribiera una novela, me gustaría escribir una novela así, y no esos churros que se leen hoy en día, que entre la autoedición y los editores ágrafos, se lee cada mierda, con perdón (ya, ya les contaré, ya). Y por eso descarto escribir una novela: a lo máximo que puedo llegar es a escribir estos post y a tener unos pocos lectores que me soportan, la mayor parte de ellos yo creo que por pura curiosidad. Pues sí: he llegado a la conclusión que a mí me leen por curiosidad. Me leen como el entomólogo que mira a un insectillo hacer cosas incomprensibles por el suelo, por las paredes, por el techo.

A lo que iba, que me pierdo. Que me leen vds por leerme. Y luego que me encontraré un comentario del tipo “pues me lo leeré”, cuando sólo he escrito una línea sobre el libro. No me quieren vds nada. Me releo y creo que he escrito lo más profundo que se puede escribir sobre los insectillos: que son bichos incomprensibles. En cuanto al libro, lo dejaré para otro momento en el que mi mente esté algo menos confusa.

No obstante, esto no puede quedar así. Veamos, ¿Para qué están los insectos en el mundo? Porque una jirafa se comprende perfectamente. Va la mujer (o el macho, hay machos jirafas, me consta) por la selva con su largo cuello y comen ramas de los árboles altos, que para eso las jirafas tienen un cuello larguísimo y los árboles unas copas elevadas. Son tal para cual, las jirafas y los árboles altos. ¿Pero y los insectos? Los insectos van por ahí reptando, volando atontadamente o dando saltitos de lo más ridículo ¿para qué en concreto? Pues para nada, porque todo el trabajo en este mundo lo hacen las abejas. Y como son la mar de productivas, las abejas, están desapareciendo. Es lo que hay: si no pueden cobrarte impuestos, estás condenado a la desaparición, ostracismo mediante.

Mañana les hablaré de La delicadeza, que hoy me he dispersado y se me ha ido de la cabeza el post que había pensado. La vida.

Hoy empieza la segunda mitad de abril.

No es un día cualquiera, desde luego.

Y no sé vds, pero yo estoy de un humor excelente.

¡Vamos a celebrarlo!

 

 

All my life is changing every day, in every possible way.

In all my dreams, it’s never quite as it seems, never quite as it seems…

 

imageHe leído recientemente este libro, El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas. Se trata de una historia enmarcada en la guerra civil española, aunque bien pudiera ser cualquier otra guerra civil. En este tipo de guerras, siempre se piensa en los bandos como el de los rebeldes y el de los conservadores, o entre el bando de las izquierdas y las derechas, o en nuestra guerra civil, el bando de los rojos o el de los nacionales. Pero en realidad, en las guerras civiles los verdaderos bandos son los de las víctimas y los verdugos, o, como decía un amigo, es como tener una tarta y cortarla en dos mitades, y en ambas mitades quedará los mismos ingredientes, la misma masa, el mismo sabor, y habrá cerezas, tropezones de limón, bizcocho y nata a partes iguales. O sea, gente buena y gente mala que después sobrevive o se adapta, como a todo en la vida.

El lápiz del carpintero cuenta la historia de dos hombres. El doctor Da Barca, un hombre con aura, con el don de la cura y de la hipnosis, capaz de curar, de detener a los hombres y de convencerlos sólo con su mirada, un hombre bueno, capaz y cabal. Enfrente, Herbal, un hombre débil e ignorante que se une a los que detentan el poder en la zona, que se entrega al mal porque la sumisión es más segura y además le dota de impunidad. Y estos hombres se encuentran en la guerra y sobreviven a ella, el uno usando la fuerza que le confiere su uniforme y el otro, la fuerza con la que fascina a los demás, la admiración que provoca. Completa el triángulo clásico una mujer muy bella, Marisa, que representa el amor incondicional, la lealtad, la perseverancia y la rebeldía.

Herbal mata a un pintor al que le roba el lápiz con el que dibuja en la cárcel a sus compañeros de celda, presos “políticos” como él, un lápiz de carpintero que es con lo único que puede dibujar. Y vive con este lápiz, que le llama y le recuerda que somos humanos, y que existe la compasión. Y que en cierto modo le guía, como un remordimiento, y que actúa como una balanza frente a otras voces que le dicen que o te sometes o dominas, otras voces que le dicen que no hay término medio y que hay que matar o morir, cuando hay gente que únicamente quiere vivir sin tener que matar.

El libro está escrito originalmente en gallego y luego traducido al castellano, que es como yo la he leído. Está muy bien contada, con personajes bien dibujados, muy especialmente el de Herbal, en un tono de realismo mágico que es muy de mi gusto.

Una buena novela.

Curra y las ovejas

Era Curra muy jovencita, debía de ser el segundo verano que subía al poblachón, con un año y medio. Todas las mañanas, muy temprano, nos íbamos con mi amiga Susana hasta la Estación andando, en un recorrido que no debe de ser muy superior a los cinco kilómetros, por un camino que discurre por medio del gran pinar. Susana y yo íbamos andando, pero Curra iba pegando brincos. Y es que ahora Curra es una perra muy tranquilona, pero los tres primeros años vivir con ella era como vivir con una cabra. Aunque con menos olor, dónde va a parar.

En el pinar es fácil encontrarse animales sueltos. Aparte de gente en chándal, no es raro cruzarse con vacas, caballos y algún que otro rebaño de ovejas. Las reacciones de Curra cuando veíamos animales eran diversas, y así como salía a ladrar a los caballos, con las vacas y con la gente siempre se comportaba más bien con indiferencia. Los caballos, que son animales nobles y muy queridos en el imaginario popular, tienen bastante mala leche con los perros, no crean, y yo siempre me temía que le fueran a dar una coz y me mataran a la perra. Ya, claro que la podía llevar atada pero ¿Quién lleva atado a un perro por el campo? Pero, en fin, ya tenía yo cuidado, cuando veía algún animal a lo lejos, en agarrar a Curra, porque aunque obedecía, a veces se le iba el santo al cielo y salía como una flecha corriendo.

Una mañana, al rebasar un altozano, de pronto Curra avistó un rebaño de ovejas ladera abajo. No me dio tiempo ni a llamarla cuando la ví correr ladrando hacia las ovejas, que salieron despavoridas, balando y haciendo sonar los cencerros hasta que desaparecieron, las ovejas y Curra, por el otro lado del monte. Yo me desgañitaba llamándola, hasta que opté por salir corriendo yo también. Ya creía que había perdido al perro por el campo cuando de pronto apareció por un sitio inesperado, con la lengua fuera, como si viniera de correr una maratón. Naturalmente, la regañé, la agarré del collar, le di un azotazo y la hice volver al camino, donde se había quedado Susana esperando a que volviéramos las dos.

El caso es que seguimos nuestro camino, ya con la perra al lado. Y unos diez minutos después, apareció un jeep a nuestra espalda, un todoterreno antiguo y color café con leche como el que suelen llevar los vaqueros de por aquí. Yo volví a atar a Curra, para dejar pasar el coche, aunque paró a nuestra altura. Dentro, un hombre de unos cincuenta años, bajó la ventanilla y, muy tranquilo, con una media sonrisa y con mucha amabilidad, me preguntó si es que no me obedecía el perro. Cuando le dije que era joven, y que no siempre atendía, se dio a conocer:

- Soy el dueño de las ovejas. Ese perro suyo las ha pegado una carrera de mucho cuidado y me las ha dispersado por todo el monte. Incluso una de ellas se me ha despeñado. He tenido que llamar a mi hijo para que me ayude a reunirlas otra vez… Debe usted saber que yo tengo derecho de pasto. Eso significa que yo puedo llevar animales sueltos, y si le pasara algo a una de mis ovejas por culpa de su perro, en un juicio llevaría usted las de perder. El monte es de todos y todos podemos disfrutarlo a la vez, y yo comprendo que usted quiera llevar al perro suelto, es lo normal y me parece bien, está en su derecho. Pero yo también tengo derecho a que mis ovejas pasten por aquí. Así que por favor, tenga más cuidado con el perro, porque ahora me toca a mí perder el día entero hasta volver a juntar todo el rebaño.

Yo no sabía qué cara poner, ni qué decir, ni cómo reaccionar. Si aquel hombre me hubiera regañado, o gritado, o le hubiera visto enfadado, pero la calma, y hasta la simpatía del hombre me desarmó, y no sabía que decir, aparte de disculparme, claro, porque el hombre me pedía que soltara al perro, que no tenía por qué llevarlo atado, sólo me pedía que cuidara de que no se me escapara…

Qué horror. Yo me imaginaba las ovejas por ahí desparramadas, despeñándose por la montaña, con un susto de muerte viendo a esta loca correr detrás de ellas. Así es que, a partir de ese día, Curra fue al campo con pelota de tenis. De ese modo, mientras estuviera preocupada por que no se le cayera la pelota de la boca, no había peligro de que saliera desmelenada detrás de un rebaño. Y sólo en otra ocasión nos nos volveríamos a encontrar ovejas, pero esta vez con un perrón cuidándolas. ¿Sería el mismo rebaño? En fin, esa es otra historia, que da para otro post, aunque de miedo. El de hoy termina aquí.

El título de este post es el nombre del blog de Miguel, que nos ha dejado hace unas semanas. Yo me enteré ayer a través del blog de Inma, Territorio sin dueño, y después en casa de la boticaria, aunque para entonces ya tenía la cabeza muy confusa. Y tengo que decir que apenada. Pero hay post que hay que escribir.

La primera vez que se cruzó la muerte en lo que llamamos el mundo virtual me quedé perpleja. Fue al principio del blog. Uno de mis comentarista habituales sufrió un ataque al corazón y después de unos días falleció. Y yo lo sentí como si lo conociera de toda la vida. Eché cuentas de su bonhomía, de su simpatía y de las discusiones divertidas que teníamos en este blog, pero mi perplejidad provenía de la bofetada de tristeza que me sacudió, una bofetada inimaginable, inaudita, que no esperas en alguien a quien no conoces en persona, físicamente. Fue una manera brutal de entender que un blog es una vivencia. Y es ésa la vivencia que se acaba, que termina bruscamente, y que te golpea.

He vivido otras dos muertes en tuiter y ya no me sorprendió la pena, aunque me sacudió de igual modo. Y en las dos ocasiones escribí dos posts a aquellos dos tuiteros, a quienes sigo recordando y llevando en mi corazón. Y es que yo estoy aquí porque escribo y escribir es mi tributo, la expresión de mi pena, una pena sobre la que no quiero comentarios porque no he venido hoy a recibir un pésame, sino a saldar una cuenta.

Sé que este post no estará a la altura ni de cómo escribo yo ni de cómo escribía Miguel. Si le leía era por su estilo, por su capacidad de juntar letras con elegancia, por la soltura al escribir. Era un tipo al que se le notaba el pulso y yo a eso le doy valor. También escribía poemas, pero yo eso me lo saltaba, no tengo por qué engañar. Y tampoco le seguía en su faceta de animador, ni participaba en su foro. Me apunté a uno de sus ejercicios blogueros pero incumplí porque se me hizo tarde, da igual ya por qué, aunque habría un porqué. Y un montón de blogueros escribía todos los días 11 al ritmo que ponía Miguel. Porque era un tipo que se hacía querer, aunque no le siguieras cuando tocaba el tambor.

El 28 de diciembre pasado escribió una entrada comunicándonos que iba a escribir un libro como negro, y planteando incluso la disyuntiva moral de la creatividad sin firma. Y a mí me pareció perfectamente posible que le hubieran ofrecido escribir por cuenta ajena un libro. Y me pareció rarísimo que lo comunicara un 28 de diciembre: “todo el mundo va a creer que es una inocentada”, pensé. Pero con todo yo le felicité con todo mi corazón, porque me pareció un notición… ¡Y resulta que era, efectivamente, una inocentada! Y se partía él, y me partía yo. Fue como una broma con doble tirabuzón que me encantó. Ese era el personaje.

El blog de Miguel era el lugar en el que se encontraban cada día un montón de amigos a charlar de sus cosas con la complicidad que da la frecuencia y la confianza. Y eso, posiblemente, podría llamarse amistad. Yo sólo pasaba por allí a leer sus post por su estilo al escribir, por su capacidad de juntar letras con elegancia, por su pulso, por su soltura, y porque rara vez no me sacaba una sonrisa. Ahora su blog se ha quedado parado en el tiempo, como se quedan las fotos. Y como ellas, tardará en envejecer, entre el olvido y la memoria.

Gracias, Miguel. Descansa en paz.

avatar championNo puedo evitarlo. No me sale Champions. Me sale Copa de Europa. Pero vamos, que es lo que se viene llamando la Champions League.

El Madrid se clasificó el martes con más pena que gloria frente al Borussia Dormund, que fue el mismo equipo que nos eliminó el año pasado en semifinales. Entonces, hace un año, allí nos ganaron 4-1 y aquí, en el Bernabéu, el Madrid hizo un partido glorioso. Se necesitaba un 3-0 y a punto estuvimos de lograrlo para llegar a lo que sería nuestra final número 13 si no estoy muy equivocada. Caímos, pero muy honradamente. Anteayer nos clasificamos, aunque el partido fue una vergüenza. Lo perdimos por 2-0, pero fue un milagro que no nos cayeran más goles y que nos dejaran fuera de la competición.

Sí, fue una vergüenza. Pero pasamos. Y el año pasado caímos, y fue glorioso. ¿Qué prefiero? Yo no creo que haya que plantear las cosas en esos términos, y no veo por qué hay que elegir, aunque si me ponen una pistola en el pecho, elijo lo de este año, naturalmente. Pero yo quiero las dos cosas, y si no puede ser, al menos no pasar las de Caín, que no somos el Pontevedrés, hombre (con mis respetos a los de Pontevedra). Y yo no le hago remilgos a salir a defenderse, que conste, porque un partido en el que vayas a que no te metan un gol puede ser muy emocionante. Pero una cosa es eso, salir a defenderse, y otra cosa fue el despropósito del martes. Casi me da un infarto.

Pero en fin, no les aburro más, sea. Estamos en semifinales de Copa de Europa y eso es lo que cuenta.

¿Y ahora? Puf… Pues está el Chelsea, de Mou, que me da pavor. No por el Chelsea, sino por Mou, que es my rencoroso y le temo más que a un nublao. Aparte de que los jugadores nuestros (o míos, que son vds muy de equipos raros), y en especial los traidores, se van a acongojar, y yo no quiero congojas, que ya son, ces traitres, bastante cretinos sin un Mou de por medio.

Luego está el Atleti, a quien quiero ver en la final (contra el Madrid, por supuesto) por muchas razones, pero básicamente porque así serían dos equipos madrileños en una final de Copa de Europa. Pues sí, ¿qué pasa? ¿Los demás pueden querer a su tierra y yo no? ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Que aquí sólo pueden ser de alguna región los que son de regiones? Pues no, yo también tengo mi corazoncito madrileño. Aparte de que puede ser una final muy bonita. Un poco local, pero bueno. Ya sé que hay algunos madridistas que “odian” al Atleti, pero yo no, ya lo he dicho muchas veces y lo tengo escrito por ahí.

Así es que me queda el Bayern del cursi de Guardiola. Pues que sea el Bayern. Será épico. Pero será.

Mañana, la solución. ¡Hala Madrid!

PS: No puedo terminar este post sin decir una palabra sobre el Atleti. Qué manera de ganar, qué manera de pasar, qué estadio… Muchas felicidades.  Aunque no puedo evitar la coña…

 

 

 

 

Le temps de l’amour

Como esta noche estaré por París, se me ocurre poner este clip de François Hardy, de una canción que me encanta. Aparece Françoise en un estanque que bien puede ser el de los jardines de Versalles, en una barquita de remos. Ella aparece muy propiamente, con un vestido negro muy mono y remando, todo muy improvisado. Y lo que en las primeras secuencias es de una languidez muy propia de los 60, conforme pasa el vídeo ya vamos reparando en que el remo no era el fuerte de nuestra Françoise, porque la barca va un poco por donde quiere y en dos o tras ocasiones ella no le llega a dar al agua. Pero François una mujer esforzada y la mar de atlética, y se pega un palízón de mucho cuidado, porque logra terminar la canción sin dejar de remar durante los dos minutos largos que dura.

Françoise_Hardy_2012_c

En fin, conforme continúa el vídeo y se va acortando el encuadre, aparece el primer plano de esta mujer en todo su esplendor, bellísima, una preciosidad como era a sus veinte años y es difícil apartar la vista y dejar de admirarla. Françoise Hardy  ha seguido siendo una mujer bella y hoy, aunque, ya ajada en el final de su sesentena, mantiene la clase todavía. Los años quieren vencer y dejan sus huellas, pero quien tuvo mucho puede organizar mejor la resistencia… Ah, le temps…

 

On se dit qu’à vingt ans on est le roi du monde, et qu’éternellement il y aura dans nos yeux tout le ciel bleu… on s’en souvient…on s’en souvient…

 

El Estado caracol

caracolMe levanto y mientras desayuno leo el periódico. En lugar destacado, la reforma del Poder Judicial del ministro Gallardón, ese señor con dos cejas. Se trata de una reforma que tiene dos grandes objetivos: proporcionar algo de rapidez a la justicia y mejorar la seguridad jurídica. Paso por alto que en medio de Europa, después de casi 40 años de democracia y bien entrado el siglo XXI haya que preocuparse por estas cosas porque están sin hacer. Y también me olvido de que el señor de las dos cejas haya tardado dos años en parir una reforma: puedo entender que, con tanto por suspirar, ya no sepa por dónde tirar…

Bien, la cuestión es que, manos a la obra, arreglemos esto. A pesar de tener cuenta en Twitter, yo no sé si es una buena reforma y cumplirá con los objetivos propuestos, porque no tengo ni idea de cuáles son los buenos drivers – que diría un cursi -, para arreglar el desaguisado judicial en el que vivimos. Así que aviso para no se me despisten: este post no va del fondo de la reforma, sino que me he fijado en otra cosita. Lean este párrafo aterrador:

Esta última norma – esencial para la aplicación del nuevo modelo – no se aprobará antes de dos años desde la entrada en vigor de la LOPJ y su elaboración exigirá oir a las comunidades autónomas sobre la necesidad o no de mantener sedes desplazadas, ya que la sede de los Tribunales Provinciales de Instancia (TPI) estará en la capital de cada provincial. Transitoriamente, hasta que entre en vigor la Ley de Planta, se mantendrán abiertas todas las actuales sedes judiciales.”

O sea, que para que pase algo y se arregle algo, hay que aprobar una cosa esencial. Y para aprobar esa cosa esencial, se necesitan ¡dos años!, porque hay que atender la opinión de las giliautonomías. Y mientras tanto, tendremos lo antiguo y lo nuevo. Un planazo. Claro que, para presumir, hay que sufrir. Sin ir más lejos, yo presumo que seguiremos igual, y no vean lo que sufro.

O sea, que además de llevar la velocidad del caracol, seguiremos viviendo en una tela de araña. Caracoles, arañas…Hum, esto debe de ser lo de la España invertebrada. Para vertebrarla, señores, olvídense de Ortega, porque mucho mejor recurrir a la marmota: en dos años habremos tenido elecciones autonómicas y generales.

Jolín, dos años… No quiero ni pensar como además tengan que cambiar algo en la informática…

 

 

 

Objetos no devueltos

Tengo yo una amiga que se encontró, hace muchos años, una cartera con un cheque al portador de 100.000 pesetas. Estoy hablando de los años 90, o sea, de más de 600 euros. Se lo pensó. Se lo pensó mucho. Y decidió devolverlo. En la cartera había, además del cheque, una carnet de identidad y una tarjetita con un número de teléfono. A partir de ese número, tirando del hilo y después de varias llamadas, dio con el dueño. Este, agradecido, fue a buscar la cartera y le dio, además de las gracias, un ramo de flores. A menudo esta amiga me decía que había sido gilipollas, y se reía divertida, recordando el ramo de flores de aquel hombre. Pero cuando se le pasaba la risa, decía que lo que había perdido en dinero, lo había ganado en buen sueño.

Erased unmundoparacurraHay gente decente, y esto no me lo quita nadie de la cabeza. Hay personas honradas y tengo para mí que son la mayoría. Lo que pasa es que no siempre tenemos suerte. Ya os conté que, por descuido, entre los periódicos del día tiré una ipad a la basura. Por supuesto, activé el borrado de datos en remoto. Este borrado lo que hace es eliminar el contenido en cuanto la ipad se active en una wifi. Lo activé el 6 de febrero. Hoy, 4 de abril, me llega un correo diciéndome que el borrado se ha iniciado hoy y realizado satisfactoriamente.

 

Durante dos meses, mi ipad ha estado con su contenido intacto. Sin conexión a wifi, alguien ha podido escuchar mi música, ver mis fotos, leer mis correos y mis notas, cotillear en mi agenda personal y de contactos, mirar qué libro tenía abierto, cuál es mi blog, cuál mi cuenta en Twitter o en Facebook, o en Linkedin. Las contraseñas no son visibles, y no tengo datos bancarios en ningún dispositivo móvil, pero sin conexión a wifi, alguien ha podido husmear en mi vida, manosear mis cosas personales, ver lo que ningún desconocido tiene derecho a ver sin mi permiso.

Bueno, tal vez sólo han usado la ipad para jugar al Candy crush… Ya. ¿Y de verdad tengo que creer que la misma persona a quien le han faltado escrúpulos para devolverme la ipad usando mi dirección de correo o mi agenda de contactos, sin embargo ha recuperado esos escrúpulos milagrosamente para no fisgonear en mis cosas? No me engaño: la moralidad y el sentido ético de la vida va todo junto, como en un pack, y no tengo dudas de que unos ojos poco nobles han estado observando un trozo de mi vida y haciéndose sabe Dios qué preguntas sobre mí.

No deseo a nadie vivir esta situación. Es muy, pero que muy incómoda. No estoy enfadada por perder ese cacharro, porque ya lo había dado por perdido. Pero es una sensación triste. Y a la vez muy inquietante.

En fin, como decía arriba, hay personas decentes y lo que pasa es que no siempre nos topamos con ellas. ¿Pero y tú? ¿Qué harías tú si te encontraras una ipad en la basura? Esta era de las buenas, no creas, 64 Gigas, conexión 3G, con su fundita, cuidada… Un chollo. Oye, que muchos dirán: “Anda, pues borrarla y quedármela, como haría cualquiera…”

No, cualquiera no haría eso. Hay mucha gente que elige dormir bien. En todo caso, espero que si tu pensamiento íntimo fuera no devolverla, este post te haga reflexionar y cambies de idea. Sólo con eso, me conformo.

Madres

Debe de ser muy chulo ser madre. Sufrido, sí, pero debe de ser muy chulo. Las madres ocupan un sitio de honor en el imaginario colectivo. Normalmente, las madres son representadas como mujeres jóvenes. Entre sus atributos, la paciencia, la dulzura, la practicidad, una inestimable capacidad para el diagnóstico y posterior sanación de enfermedades y una no menos interesante habilidad para el manejo de los conflictos. Luego, la realidad de estas madres jóvenes varía entre la proto-maruja que se ha descuidado sin piedad hasta la joven profesional y moderna de manicura impecable. Pero ésa es la realidad. En nuestra mente, una madre está representada por una joven guapa, sonriente y muy feliz.

imagen google madreYo he puesto “madre” en google, luego he pinchado en imágenes y me ha salido lo que ven a su izquierda. En las más de las ocasiones, decir madre y empezar a leer cursiladas es todo uno. Decir madre es absorber de golpe la idea de belleza, felicidad y bondad, además de un tenue rayo de sol que se refleja en una cuidada melena…

Las madres van asociadas siempre a los niños pequeños. Esos niños adorables, angelicales y de cabellera dorada, que sonríen con sus dientecitos de leche y hacen ingenuas preguntas con su lengua de trapo. Los padres, ella y él, contribuyen a esa imagen, y al final es la que eligen para el recuerdo. Normalmente, les hacen las fotos en los momentos entrañables y les graban en video aprovechando sus momentos divertidos. Esos momentos suelen ser los menos, pero cada uno elige sus recuerdos, y está comprobado que lo malo suele escapar por el sumidero del inconsciente.

Y un buen día, los niños crecen. Pierden esa letra redondeada con la que escribían “para mi mamá” en las tarjetas de felicitación del primer domingo de mayo. Y siguen creciendo, hasta que empiezan a hacerse la maleta solos, y ya no son niños, sino chicos. Y entonces las madres ya no son esas jóvenes idealizadas, sino unas señoras tirando a muy pesadas que se preocupan por cosas incomprensibles: ¿Pero qué me va a pasar de noche, mamá? Y esos chicos un buen día cogen la maleta y se convierten en hombres, o en mujeres, que a su vez se convierten en padres, o madres, y la madre originaria deja de ser madre, y se convierte en abuela, y entonces el imaginario cambia el tamizado rayo de sol en el pelo por unos ojos vidriosos y sabios.

Pero la madre sigue ahí. Sigue ahí para su hijo, ahora convertido en hombre. Sigue ahí para su hija, que ahora es una mujer madura. Y sigue teniendo entre sus atributos, ahora convertidos en realidades racionales y comprobadas, la paciencia, la dulzura, la practicidad, una inestimable capacidad para el diagnóstico y posterior sanación de enfermedades y una no menos interesante habilidad para el manejo de los conflictos.

Una madre.

 

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