Crónica de una noche de fiesta

Fiesta!Un local, un menú, unos dulces, unas copas y música muy escogida fueron el marco y el guión. Y con esto, se puede crear un recuerdo. Sólo había una consigna: vamos a divertirnos. Y nos divertimos, claro que sí.

Apenas falló nadie. Sobre la lista, algunos con compromisos familiares o de viaje, y eso ya me hizo percibir por anticipado que había una buena disposición y que con poco esfuerzo las cosas saldrían bien. Faltó mi querida Mar, en Costa Rica y sin posibilidad de venir, y muy a última hora, Pilar C., que se examinaba el martes de unas oposiciones y que consideró más prudente no venir (lo contrario hubiera sido una locura) y María C., que se tuvo que quedar en Valencia con su hijo. Estuvieron las tres en mi corazón y en mi cabeza y seguro que a la vuelta de unos años se incorporarán al recuerdo de la fiesta como si hubieran estado. Pero en fin, puertas y rampas, despegamos por fin con un pasaje casi al completo.

MariAngeles fue la primera en llegar, hacia las 21:15, cuando aun las luces estaban a medio poner y el personal se afanaba por completar los últimos detalles, mientras yo estaba con el pincha haciendo las pruebas de vídeo. Había dejado a Eduardo aparcando, y menos mal que apareció para darle conversación mi querido Paco, que llegó el segundo y me hizo bajar las escaleras corriendo a abrazarle, porque se desplazaba desde Valencia. Enseguida le advertí que le habían ganado de largo: Sonia había venido desde Singapur, cambiando billetes a última hora, solamente para pasar conmigo esa noche. Muy grande aquello, no lo olvidaré. Y luego, poco a poco fueron llegando, con mayor o menor puntualidad, pero ya no sé en qué orden. Sólo sé que esperé a Lorenzo para dar por terminada la cortesía otorgada a los madristas de pro (y abono), que hicieron un poco de piperos y llegaron a la hora marcada.

La primera desestabilización de camarero, con copas al suelo y comando de la bayeta corriendo para limpiar, lo provocó Ana T., aunque la leyenda dirá que fue Carolo, mucho más proclive a crear el caos cuando hay copas de por medio, y sobre todo cuando Amalia y Ricky C. le señalaban con el dedo. Habría más accidentes de este tipo, en especial al principio, tal vez para ir educando a las camareras, aquí estamos los del Poblachón. Por fin pude ver a Sara en una fiesta mía,  y si el sábado dejó a su niña sola en casa, ya no se escapará más. Ella y Tomás llegaron los últimos, Bernabéu obliga, y aunque había empezado la cena, él quiso hacerme la crónica precisa de los lesionados, entre compungido y confiante ante la Champions de la semana.

Yo sabía que comería poco y por eso había merendado. Y en realidad, casi el único momento que pude probar algo fue en compañía de Teresa, Ana L. y Mamen, tres de las mujeres más cultivadas de la fiesta con las que estuve hablando de mi dieta de adelgazamiento, asunto literario donde lo haya. Si puedo decir qué se cenó es porque lo había visto en un papel, no porque catara muchas cosas, aunque sí probé una especie de concha con algo que no me gustó que pude comentar con Isabel, a la que tampoco le gustó mucho. Así que no comí, pero hablé de comida durante la cena.

Mis amigas GinTonic descubrieron enseguida el photocall y lo tomaron al asalto. Y lo aprovechamos largamente, no en vano era la primera vez en cinco años que nos juntábamos todas sin que faltara ninguna. Mari Peins (estoy segura de que fue ella), las lió para que me cantaran el Ay Carmela (rumba la rumba, va) con una letra personalizada que provocó la carcajada general cuando decían que mi genio no había mejorado. Y  puedo imaginar el mal rato que pasaron algunas, y una que yo me sé en especial, aunque en general se las veía muy sueltas. A falta de buena voz le echaron coraje, que es lo que se necesita en estos casos. Yo, desde abajo, me reía con Antonio, mientras ellas cantaban “con locura desmedida”, y Rai grababa en vídeo el que sin duda fue el momento retop de la noche. Ver a nueve señoras serias y con tronío haciendo el ganso en una especie de balconera, cantándome como el que ronda a una quinceañera es algo impagable.

Puedo imaginar el esfuerzo de todos, que no quisieron seguir mis instrucciones (¡ni siquiera a la hora de recordar un color!), y que estuvieron realmente sembrados con los regalos. Para bien, por supuesto. Diré como resumen que nadie me regaló un libro pero que volví a casa con tres cuadros, de lo que deduzco que mis reseñas del blog no gustan y las paredes de mi casa tampoco. Y yo no seré facil para los regalos, pero nunca los devuelvo ni los cambio, así es que me pondré el elegante pañuelo cuando vaya con traje, encenderé velas o comeré aceitunas en esos inexplicables cacharritos de peltre, tiraré (¡por fin!) a la basura mi viejo ipod touch en el que no veo ni oigo ya nada y me calzaré esas zapatillas hechas a mano tan rechulas en mis paseos veraniegos. También he decidido llevarme el bonito retrato de Curra al Poblachón, que es donde somos felices las dos, y por supuesto sacaré tiempo de donde sea, que será de mi agenda, para hacer ese super curso de fotografía, originalísima idea que me recuerdan que no debo abandonar las aficiones que me hacen feliz y que me permiten crear cosas.  Maitena tendrá que explicarme despacio cómo enmarcar la preciosa pintura que hizo para mí sin estropear el envoltorio, que tiene también mucho mérito y es una maravilla (gracias, Maitena, eres una artista). Aunque lo más perentorio será buscar la manera de colgar la obra de galería de arte ultrapija que me regalaron sin tener que pintar mi casa de nuevo y de forma que se vea bien el precio, un regalo para el que no tengo palabras y que merecerá, sin duda, un post aparte.

Cuando terminaron los regalos, cogí el turno, que estaba verdaderamente petado, para presentar un tuiter imposible en el que metí a todos a chatear imaginariamente conmigo, una idea que me inspiró Gilles y para cuya proyección Natacha tuvo que traer un bolso lleno de cables que después no hicieron falta. No eran los únicos franceses de la fiesta, y me dieron mucho juego en las menciones, igual que me lo han dado en la vida. Y por otra parte, logré que Antonio S. tuviera por fin cuenta en Tuiter, algo que ni siquiera había logrado MaríaG. Un tuiter en el que la única conversación que quedó sin respuesta fue la de Mihaela, trabajando a esas horas, y que también me permitió comunicar que Zaida es mi librera favorita (y a ella, en su turno, que tiene una librería infantil) y decir a los cuatro vientos que Mercedes es como el guerrero del antipez, ¡esa memoria!. Pero lo realmente asombroso es que Begoña A. averiguara la marca de mis zapatos por una foto en la que solo se ven unas suelas gastadas y que apareció en pantalla exactamente 3 segundos.

Gisèle me había preguntado si podría tener compañía en la barra, porque vino con una lesión muy seria de espalda, y lo cierto es que hubiera podido estar allí en vez de conferenciando con las GinTonic girls casi toda la noche, que se iban turnando en aquel sillón rococó de la cueva imaginaria. En la barra estaba Ana C., que se puso como de guardia, como si custodiara la bebida, y por allí íbamos pasando el resto a darle palique y presentar nuestros respetos, aunque a quien más recuerdo de la barra es a Ricky, con su barba poblada ¡de pronto!, y a Carlos y a Bárbara. Y allí también se podrían haber acodado Juanjo y Emi, aunque prefirieron un tresillo bajo la escalera en el que acompañaron a Paula L., que embarazada como está, y después de venirse desde Granada, no se iba a poner a saltar por la pista. Del mundo que sólo seguía el ritmo con los pies no puedo olvidar a Jesús, que se sentó en un taburete a fumarse un paquete de Winston extralargo, como un rey, y allí acudía yo cada media hora, como el que acude a un estanco. Mientras, Begoña J. también fumaba con parecido ahínco aunque con mayor movilidad.

Recordaré toda mi vida a Begoña H., monísima con su sin-mangas rosa corriendo desde el Candy bar con una piruleta de chocolate hacia la pista al ritmo de Los Rodriguez. Recordaré también mientras viva a Susana la Morena, después de marcarse el baile sexy de la noche, invitando a Pilar para que se uniera a la conga del Salta conmigo, momentazo de liderazgo a salto de la mata que ha quedado inmortalizado en un vídeo tronchante.  Recordaré a Alfredo con la mano en el bolsillo recitando a Raphael y luego bailando un espasmódico rock and roll con Pepa, ella le comprende. Y a Jorge y Ana V., ocupando un esquinazo el uno frente al otro, tan acompasados y tan maravillosos bailando en pareja sin que yo quisiera interrumpirlos. Por supuesto, Ana Vamp arrastraba al resto al baile, y se reservaba el Mambo n.5 para disfrutarlo ella sola, aunque tuvo tiempo para hacer el reportaje de la noche mientras Tito se dedicaba a combatirla con el flash al grito de ¡Vampiraaa!. Y ya que quedará constancia, no me olvido de José Luis, a quien probablemente nadie había visto bailar nunca en la vida. Y el agarrado que me bailé con Javi, cantando con la vena en el cuello el Soy un truhan soy un señor, que para eso le gusta Julio Iglesias y había que ponerlo.

Y claro que recordaré a Yoli, que estaba bien guapetona, diciéndomelo todo sin decírmelo (“no tengo que decirte nada, que ya lo sabes tú”, suele decirme), tal y como lleva haciendo desde que teníamos 10 años, aunque buena parte del tiempo estuvo charlando con personas que no eran yo, seguro. Y María, que cuando sonríe, sonríe en serio y tú notas que te cambia el mundo. Pero puestos a nombrar a los guapos de la noche, y aunque todos nos habíamos esforzado delante del espejo, daré el premio pareja bellezón de la noche a Carlota y Chema, madre mía qué cuarentena más bien llevada. Y es que los veinteañeros no tienen apenas mérito, o en todo caso lo tendrán sus padres.

También contaré que, aunque vetado, alguien aprovechó que yo estaba en el baño (me han chivado quién, pero prefiero confirmarlo antes de matarla) para camelarse al pincha y que pusieran el cumpleaños feliz, esa canción infame que debería prohibir algún gobierno. Me sacaron del baño a trompicones y allí tuve que volver después, a lavarme las manos, escoltada por mí misma, tal fue la insolidaridad. Hasta unas velas me presentaron, primero en un cuenco robado que servía de lámpara y después en una tarta, y eso que estaba también terminantemente prohibido. Y transigí con el cuenco pero no con la tarta, y descubrí, para mi sorpresa, que se pueden apagar velas haciendo abanico con la mano, en vez de soplando.

El desfile de despedidas debió empezar a eso de las 2:30, no sabría decir, yo no miraba la hora que para eso era la anfitriona.  Camilo para entonces ya se había marchado, a medio cenar y con alguna indisposición, igual que Beatriz, que hizo un esfuerzo físico colosal para estar conmigo el sábado. Probablemente los lesionados como Quique, también con la espalda hecha fosfatina  fueran de los primeros en salir, pero no soy capaz de decirlo con seguridad. Anita R. se despidió, cariñosísima y con unas palabras que ya me ha dicho otras veces y que no olvido.

Y nadie tendrá que decirme que Pepe tiene una estupenda salud, porque se quedó hasta el final, como un campeón, y esa comprobación me hizo inmensamente feliz, junto con Susana LM, y los “restos” clásicos de ayer, de hoy y de siempre, incluyendo por supuesto a la única que me queda por mencionar, que como muchos se habrán dado cuenta es la inigualable Merchitas, culpable de que yo escriba este larguísimo post sobre el que declino cualquier responsabilidad que tenga que ver con la veracidad de lo que cuento.

Acabo. Ana, la única de las seis Anas que había en la fiesta que podía traerme algo así, apareció con un tesoro que leeré despacio: son cartas que escribí con 20 años y que daba por perdidas. Envolvió mis recuerdos en una caja con un bonito lazo, y yo podré recuperar esos recuerdos y volverlos a guardar, junto a los de esta noche tan divertida, que ya es pasado y que formará parte de mis recuerdos más queridos. Yo la llamaré La noche que me lo pasé en grande, en la que hubo mucha alegría y muy buen rollo, como debe ser. Y es que los amigos son las únicas personas que uno puede elegir. Ça reste.

Soumission, de Michel Houellebecq

SoumissionFrancia, 2022, elecciones presidenciales. Los dos partidos que se han ido alternando en el poder, la UMP y el Partido Socialista, son derrotados por el Frente Nacional de Marine Le Pen y por un imaginario partido de la Fraternidad Musulmana, liderado por un “enarca/polytechnicien” disfrazado de hombre humilde y beatífico amigo de los pobres llamado Mohamed Ben Abbes. En la segunda vuelta, los dos partidos tradicionales se alían con el partido islamista para frenar al Frente Nacional… y lo consiguen. El partido islamista consigue la presidencia de la república et voilà el escalofrío.

Un escalofrío contado sin que se note que es un escalofrío. Un escalofrío amortiguado por el comportamiento del protagonista, François, un profesor de universidad especializado en la obra de Joris-Karl Huysmans, autor francés del siglo pasado, pesimista, decimonónico y convertido al catolicismo casi por desesperación. El profesor, un hombre entrado en la cuarentena y con tendencias depresivas, un pelele social y un ignorante político, asiste confuso e inerme a este cambio político que conllevará necesariamente un cambio cultural y social, mientras se hace preguntas que prefiere no contestar, encerrado en sus propios pensamientos y huyendo permanentemente a la obra de Huysmans, que es lo único que le interesa y le conmueve, porque es lo único que considera seguro.

Habrán oído y leído sobre esta novela, cuyo lanzamiento coincidió con los atentados de Charlie Hebdo, aunque ya antes había provocado la polémica. Houellebecq, amigo de uno de los asesinados, suspendió la promoción del libro y huyó a la montaña, no sabría yo decir si por miedo, por pena o por vergüenza.  Poco importa. La mayoría de los libros polémicos sólo se conocen por su portada y por lo que hayan querido contar tres periodistas, en general más interesados en la animación del escándalo que en el análisis de la realidad.

Y ahora, sobre lo que es este libro, vayamos por partes. Literariamente, se trata de una novela escrita en primera persona, una distopía muy en la línea de Houellebecq, hombre convencido de la decadencia de la sociedad y que se refleja en la propia decadencia de sus personajes, en este caso su protagonista, un hombre en la cuarentena sin motivos para vivir, sin ningún aliciente más allá de las típicas porquerías pretendidamente eróticas que Houellebecq nos describe, como siempre, con una intención assez dégoûtant, mucho más cuando te imaginas al protagonista con el aspecto del autor.

Sobre la distopía en sí, el libro trata de una fabulación, casi una fábula, en la que se mezcla realidad y ficción, y por eso el escenario que plantea no es impensable. Pero algo que no es impensable no se convierte en creíble. Y aquí es donde llega la crítica digamos “política” al libro de Houellebecq, y donde se despierta la polémica. Veamos.

El Partido Islamista del libro no aparece de pronto ni por casualidad. En la mente de Houellebecq, este partido nace y crece a través del establecimiento de una red densa de movimientos juveniles, organizaciones culturales y asociaciones caritativas en las que encuentra un caldo de cultivo que excede lo confesional, y que se expande en el resto de las clases sociales más deprimida económicamente e incultas aunque no sean religiosas. Yo aquí opondría que el análisis no parece correcto, porque el Frente Nacional, por más que se la tache de extrema derecha, no nace precisamente en salones, palacios, y consejos de administración, sino que su electorado es obrero e industrial, y el crecimiento de este electorado toma el estandarte del rechazo a la inmigración, que accede a trabajos de baja cualificación. Así es que lo que es válido como expansión para Marruecos no lo es para Francia. Claro que esto es sólo mi opinión, pero me resulta muy burdo como planteamiento, me resulta políticamente muy de brocha gorda.

La crítica a los partidos tradicionales es feroz, por cuanto los pinta como meros monigotes cuyo único valor reconocible es que “lo que pasa, conviene”. Y aquí también yo pondría unos límites. No es la primera vez que el Frente Nacional llega a la segunda vuelta de las presidenciales. Les sucedió en 2002. Y la alianza de todos contra el FN se realizó alrededor de Jacques Chirac. No se pueden mezclar los trapos con las toallas, aunque yo pueda estar de acuerdo con el análisis de fondo que dice que todo lo malo que traen los extremismos (y de malo traen todo) proviene de la miopía y de la falta de regeneración y de sentido común de los partidos tradicionales. Pero incluso aquí hay una falta de sutileza que chirría un poco.

Dejo para el final la acusación que le hacen a Houellebecq de islamofobia y de ser un quintacolumnista de Le Pen, es decir, el trasfondo de la novela. Por lo visto, hay cosas que no gustan, y preferimos calificarlo de fobia. El autor nos describe un partido islámico “moderado”. Moderado, pero confesional. Moderado, pero islámico. Y llegan al poder y crean escuelas confesionales con segregación de sexos, para que las niñas dejen la escuela en primaria, a los 12 años, y poder orientarlas hacia una “educación del hogar”; una universidad pública islámica, en la que los profesores son obligados a convertirse o a jubilarse anticipadamente, y en donde es obligatorio el estudio del corán. La mujer sale en masa del mercado laboral, por el método de aumentar una enormidad las ayudas del estado a las mujeres que se quedan en casa cuidando a los niños, con lo que baja el paro automáticamente. Se legaliza la poligamia, naturalmente sólo para los varones, con un fin de aumentar la procreación y de mejorar la selección natural; se cambia la geopolítica para incorporar a los países musulmanes del arco mediterráneo, entran los petrodólares saudíes a espuertas, los judíos tienen que emigrar a Israel; vuelven las faldas largas, las modas discretas, naturalmente el velo, para mantener una sociedad en calma… O sea, una sociedad retrógrada y sumisa, en la que la sumisión empieza por las élites universitarias, una perfecta pesadilla que, aunque me lo vendan desde la moderación, me pone los pelos de punta mucho más que si me dijeran que vienen los extraterrestres a sacarme la sangre, en plan La guerra de los mundos. Si pensar que eso es una horror de sociedad me convierte en islamofóbica pues será que lo soy. Oigan, y tan honrada que me siento.

Al protagonista de la novela no parece que le disguste del todo este modelo de sociedad sumisa y lógicamente tiránica. El libro está escrito en primera persona y François describe los cambios pero también los justifica con teorías como el distribucionismo, la practicidad económica y la decadencia de las civilizaciones e incluso con la doctrina católica. Es decir, lo hace plausible y hasta sensato, lo sintetiza en una píldora que se puede tragar sin demasiado esfuerzo. Parece decirnos “oye, pues igual no es una mala idea esto de una Europa musulmana“. También es cierto que su protagonista es un misógino y un depresivo, pero ese fondo de “bah, tampoco sería para tanto, el islamismo tiene sus ventajas” irrita. Irrita y asusta. Y es aquí donde se entiende la inteligencia del autor, que nos sirve el infierno en un bonito papel de ventajas, aunque esas ventajas solo lo sean para los varones y para los sumisos. ¿Islamófobo? Bueno, es lo que hay, porque el paraíso musulmán es lo que es. La culpa, en todo caso, no es de Houellebecq por imaginarlo, sino de los indecentes que disfrazan un modelo de sociedad iraní en Europa para venderlo como civilización de progreso.

En fin, el libro tiene algún que otro momento de bajón, en especial unas 15 páginas ya hacia el final del libro, y básicamente cuando el autor empieza con sus digresiones sobre Huysmans, que es un autor que yo no conozco de nada. Pero yo recomiendo su lectura, desde luego, aunque más por lo que tiene de trasfondo ideológico que de novela en sí. Parece que en otoño llegará traducido a España, así es que si no pueden permitírselo en francés, tendrán que esperar.

Planta 11

Hoy he llegado a la oficina y resulta que mi sitio ya no era mi sitio, sino que era el sitio de otro. Terremoto P. (¿les he hablado ya de Terremoto P.?) me había avisado de que había metido todos mis papeles y mis cosas en cajas durante mis vacaciones y se las había llevado a otro lugar más luminoso, siete plantas más arriba.

Cuando nos mudamos a este edificio, hace muchos años, a mí me pusieron en la tercera planta, lado M-30, que es el lado en el que hay que estar en este edificio por debajo de la sexta planta. Entonces yo trabajaba en Comunicación, que es un departamento de poco fiar y de mucho ruido. Ya se sabe que la gente que trabaja en Comunicación puede ir en vaqueros, soltar chorradas en las reuniones y decir lo que se le pase por la cabeza, que la creatividad se nos supone y además, para tener una buena idea hay que tener muchas malas, y más vale localizarlas cuanto antes. Estábamos entonces en un espacio al lado de la Dirección General, y supongo que tanto cartel, tanto boceto, tanto papel y tantas risas no eran la mejor imagen para los visitantes de fuste que aparecían por allí, así es que nos enviaron a un cuartito en la segunda planta, en la que seis chicas vivimos nuestra vida durante un par de años.

Luego yo me mudé de país medio año y a la vuelta me colocaron en la cuarta planta, lado calle, y allí estuve un año y medio ocupándome de grandes cuentas y de cuentas grandes, y gastando suela y tacón por casi todos los aeropuertos españoles y pasando las de Caín. Y una vez terminada aquella etapa, tal vez la más formativa de mi vida, cambié las cuentas por el marketing (según mi madre, cambié las grandes cuentas por los grandes cuentos) y tuve que volver a hacer cajas, esta vez para irme al otro lado de la planta, de nuevo lado M-30 aunque orientación norte. Debí de estar en aquella pecerita unos tres años, hasta que me hicieron mudarme a la otra esquina, como si se tratara de un juego del parchís, ahora tocaban las fichas rojas. En esa esquina del edificio pasé yo creo que los años más memorables de mi carrera profesional, viendo salir el sol y sintiendo cómo se ponía a mi espalda, en un lugar cuyos estores iban bajando y subiendo, pero nunca todos a la vez.

Otra vez me mudé de país, esta vez para estar fuera más tiempo. A la vuelta, me colocaron en la primera planta, lado calle y orientación norte, primero en el centro del edificio y luego en una esquina. Nunca vi el sol en aquel sitio, ni siquiera como reflejo del edificio de enfrente. A pesar de eso, yo trataba de trabajar con luz natural aunque el lugar pareciera oscuro y triste. Y es que era oscuro y triste, como un día de lluvia aunque no lloviera, a pesar del ventanal o quizá por culpa del ventanal. Me gustaba trabajar por la tarde en invierno, cuando anochecía pronto, para justificar la oscuridad y la necesidad inaplazable de luz eléctrica. En ese lado de la planta, casi todos los que me rodeaban eran personal externo, consultores y desarrolladores la mayoría, que podían llegar todos a la vez o pasarse semanas enteras sin venir, personas de quien no sabes sus nombres, ni sabes muy bien a qué se dedican. Y aquel era un lugar de ecos y de silencios, pero también de simpatía y de aprendizaje.

Y entonces necesitaron el espacio y me volvieron a enviar a la cuarta planta, a la única esquina de aquella altura en la que nunca había estado. Se completaba el juego del parchís, ahora llevaba las fichas azules. Un lugar de luz y de largos atardeceres, aunque un lugar gélido, en el que yo bromeaba y daba las gracias por ese afán por criogenizarme que parecían tener mis compañeros de Infraestructura (gracias, gracias, esto sólo lo merecemos Walt Disney y yo). Me ha servido para mantener un cutis estupendo estos años, dicho sea de paso, y para comerme los bombones y los caramelos de mi querida Mary Peins.

Hasta hoy. Planta 11. Orientación norte aunque a esas alturas, la orientación da igual. Vistas a Guadarrama. Sol enfilado de mañana y de tarde. Paredes pistacho, muebles nuevos que aun tienen que llegar y la mejor compañía. Verdaderamente, nunca había llegado yo tan alto…

El llanto de una mujer visto por Doris Lessing

Emily, con los ojos cerrados, las manos sobre los muslos, se meció hacia atrás y hacia delante y de un lado a otro, y lloró como llora una mujer, lo que es como decir que la tierra está sangrando. Estuve a punto de decir “como si la tierra hubiese decidido llorar a su antojo”, pero esto restaría eficacia al hecho. Al escucharla, no podía hacer menos, sin duda, que rendir homenaje a la cualidad profunda del llanto de una mujer adulta cuando llora.
Quién más es capaz de llorar así. La mujer de edad, no. Las lágrimas de la anciana pueden ser dolorosas, pueden ser abyectas, tan terribles como podamos imaginar. Sin embargo, son lágrimas en las que la experiencia impide clamar pidiendo justicia, pues han aprendido demasiado y carecen de esa calidad abismal que recuerda un desangramiento. Un niño pequeño puede llorar como si toda la angustia y soledad del universo le pertenecieran exclusivamente, mas no es el dolor del llanto de una mujer lo que importa, no, es lo definitivo de esa aceptación de un mal. Allí estaba, como en aquel momento y como estaría siempre en el futuro, con los ojos cerrados, de los que caían lentamente las lágrimas, el cuerpo que se movía con lentitud, el pesar… el acto de duelo, eso es. Se ha enfrentado a un enemigo, se ha trabado lucha con él, pero se ha perdido una batalla, todo se ha derrumbado, todo se ha agotado, no queda nada, no cabe esperar nada… sí, a pesar mío, todo lo que escribo en este instante bordea la farsa, se oye con frecuencia una carcajada que es tan intolerable como las lágrimas. Seguí sentada mientras contemplaba a Emily, la mujer eterna, en su tarea de llorar. Hubiera querido poder alejarme, sabía que no tenía importancia alguna para ella que yo estuviera allí o no. Hubiera querido darle algo, reconfortarla ofrecerle unos brazos abiertos, o… ¿una buena taza de té? (a su debido tiempo se la ofrecería). No, debía escuchar. Escuchar ese pesar, esa expresión de lo intolerable. “Qué cosa en el mundo —se habría preguntado quien la observara en aquel momento, marido, amante, madre, amigo, aun alguien que en un momento determinado hubiese llorado esas mismas lágrimas, pero en particular, desde luego, un marido o un amante— ¿qué puedes haber esperado de mí, de la vida, por Dios, que ahora lloras así? ¿No ves que es imposible, que eres imposible, que nadie podría haber recibido promesas suficientes como para justificar, siquiera, tales lágrimas… no lo ves?” Pero es inútil. Los ojos ciegos miran a través de uno, están viendo un enemigo ancestral que no es, gracias a Dios, uno mismo. No, es la vida, el azar, o el destino, una fuerza de este tipo, que ha golpeado a la mujer en lo más profundo del corazón, y allí permanecerá sentada siempre, balanceándose en su dolor arcaico y terrible, y los sollozos que desgarran su ser son uno de los pilares sobre los que debe descansar todo. Nada menos podría justificarlos.

(de Memorias de una superviviente, de Doris Lessing)

 

El tiempo de los regalos, de Patrick Leigh Fermor

El tiempo de los regalosPrimero de abril, el mes de las flores y la explosión de la primavera, y día dedicado al tercer libro del año del Club de Lectura, más tortura que nunca. No sé si les he contado que tuve alergia al polen cuando era adolescente y me la quitaron con inyecciones y pastillas, un tratamiento de varios años. Este club de lectura no me provoca alergia a los libros, aunque en algunos casos consigue que el efecto de la lectura sea parecida a la de los antihistamínicos. Este tercer libro del año me ha provocado también mucho sopor, me distraía con el vuelo de una mosca y ha habido tramos que hacía una especie de lectura canguril e iba saltando de párrafo en párrafo para no tragarme las descripciones interminables de la nada que hace este hombre, de quien destacaré dos cosas: una asombrosa memoria y una buena pluma. Y ya.

Nuestro amigo Fermor decide con 18 años ser escritor. Y como no tiene gran cosa que contar, decide emprender un viaje, en 1933, desde Inglaterra hasta Estambul. De ahí salen 3 libros, de los que me he leído el primero, que es el que da título al post, aunque el ejemplar que he manejado contenía también el segundo (Entre los bosques y el agua), pero no lo he leído. Si les digo la verdad, no sabía si lo tenía que leer, pero me he cuidado mucho de preguntárselo a mis compañeros de club, no fuera cuento que me contestaran que sí y tuviera que embarcarme en el 47% restante de lo que me quedaba. También parte de mi agradecimiento se lo dedico a Mr. Fermor, porque se le podría haber ocurrido irse hasta Calcuta a saludar a su padre y en ese caso, el primer volumen de la trilogía hubiera sido muchísimo más largo.

Verán, este libro es literatura de viajes, que si tiene unos personajes fijos y el que escribe le pone coña marinera, o le suceden cosas trepidantes, uno se puede divertir. Pero si no, la literatura de viajes es como asistir a un pase de dispositivas de las vacaciones de unos amigos, con proyección incluída de uno esos vídeos infumables en los que te muestran con todo detalle el cielo de una catedral. Cuando yo me cruzo en mis viajes con esos japoneses que van grabando gárgolas, y frescos, y estatuas, y vidrieras, me imagino después la tortura que puede suponer tragarse ese vídeo. Por muy bien hecho que esté y por muy buena calidad que tenga la imagen. Y algo de eso le pasa a El tiempo de los regalos. Vean si no:

Y de improviso, mientras haraganeaba allí, el silencio se hacía añicos cuando la primera campanada de una iglesia ponía en fuga a un centenar de palomas apretujadas en una cornisa palladiana, que esparcían avalanchas de nieve y llenaban de alas el cielo geométrico. Los palacios se sucedían, había arcos cubiertos extendidos de un lado a otro de las calles y columnas que sostenían estatuas. Inmovilizados por el hielo, los tritones parecían indecisos bajo el cielo nuboso, y había docenas de cúpulas acanaladas. La mayor de ellas, la cúpula de Karlskirche flotaba con la liviandad de un globo en el hemisferio de nieve que la rodeaba, y los frisos que rodeaban en espiral a los fustes de las dos columnas protectoras, coronadas de estatuas (exentas y tan trabajadas como las de Trajano) aumentaban de repente la sensación de giro al desvanecerse a media altura en un remolino de copos de nieve.”

Y después de leer esto, yo no dejo de pensar en el japonés con su Sony Handycam y a unas pobres víctimas sentadas en su cuarto de estar con un bol de patatas fritas en el regazo.

Al relato interminable de descripciones de campos, de ríos, de calles, y de paisajes urbanos o rurales, en donde no pasa absolutamente nada, sitios, escenarios y paisajes en los que nadie repara porque no tienen el menor interés (te detalla las ramas de un arbol de la carretera, las flores de los caminos, los copos de nieve), le sucede de vez en cuando algunos ramalazos de la historia de los países que va conociendo (Alemania, Austria, Hungría), que te sacan de la monotonía y te distraen durante un par de páginas. También tienen interés algunas curiosidades geográficas, pero poco más. Ni siquiera las descripciones de ciudades que conozco han logrado engancharme, y el libro me ha parecido un aburrimiento.

Yo le he dejado entrando en Hungría, cuando nos dice: “el Danubio pasa por Budapest como un hilo pasa por una perla”. Temiéndome que el papel de ostra me tocara a mí y a mi aburrimiento, no me he quedado a saber sus impresiones de una de las ciudades más bellas de Europa y ahí se ha quedado la segunda parte. Pero sí diré que si les gustan los libros de viajes, léanselo que disfrutarán. Porque, y esto me interesa decirlo, el autor te cae muy bien en todo momento (Fermor escribe ya con los ojos de un hombre maduro y de memoria, aunque intercala pasajes de uno de sus diarios), y tanto el jóven que viaja como el hombre que escribe se te hacen simpáticos en todo momento.

Como cada mes, tienen otras opiniones sobre el libro (algunas creo que serán muy entusiastas) en La mesa cero del BlascoDelenda est CarthagoLa originalidad perdida y en Bichejo.com. Y a lo largo del mes, en el blog del club o escuchando nuestra tertulia en nuestro podcast (que tenéis señalado en un apartado en la columna derecha de este blog).

Cambiador de pañales en el baño de hombres

¿Por qué los cambiadores de pañales de bebés están en los baños de mujeres cuando se trata de un local público? Venga, todo el mundo con las manos a la cabeza, a escandalizarse muchísimo. ¿Y si un hombre quiere cambiarle los pañales a su bebé? Qué horror, no tiene dónde hacerlo, porque ¡los cambiadores están en los baños de mujeres! Figúrense hasta dónde habrá llegado el problema que el actor Ashton Kutcher ha promovido una campaña en Change.org para que se acabe con esta terrible discriminación. El actor ha declarado que está harto de que nadie haga nada, y él ha dado un paso adelante. Bravísimo Ashton, Ya si eso sigue con lo de la paz en el mundo.

¿Han notado ya que todo esto me parece una imbecilidad o sólo se han dado cuenta cuando han llegado a la palabra “imbecilidad”? Pues sí, me parece una perfecta chorrada. Yo plantearía la pregunta de otro modo ¿Por qué un hombre cree que no puede entrar en un baño de mujeres a cambiar a su bebé? ¿Qué piensa que le va a pasar? ¿Cómo cree que reaccionarían el resto de mujeres si entra con un niño en brazos y un paquete de pañales? ¿Cuál es el problema? ¿Quizá que no le ven otros hombres ser un super papá? ¿O quizá piensa que alguna le pegará con el bolso por mirón?

Sigo con las preguntas. ¿En sus casas las parejas usan el mismo baño o tienen baños separados normalmente? ¿Y en el caso en que cada uno use un baño tienen un cambiador en cada uno?

No en todos los baños públicos hay un cambiador de pañales. Y sí, se suele poner en el de las mujeres, porque, estadísticamente y nos pongamos como queramos, suelen ser ellas las que cargan con la tarea. Pero yo daré un par de razones más. En primer lugar, los baños de mujeres suelen estar más limpios y en segundo, las mujeres nos metemos en la cabina para hacer pis, mientras que los hombres suelen usar esa taza horrenda que ponen en las paredes de los baños. Esto significa que, en el supuesto de que un sitio público tenga que elegir dónde poner el cambiador, y olvidándome de cuestiones “sexistas” (me acabará dando la risa, verán), lo normal es que lo pongan donde es más discreto, que es en el baño de mujeres. Por cierto, que los cambiadores suelen estar al lado de la puerta, nada más entrar y a veces sin necesidad de entrar.

Lo que más me alucina de esta historia es eso de que “un hombre no puede entrar en un baño de mujeres a cambiar a su bebé”. ¿Por qué? ¿De qué se va a asustar nadie? ¿De verdad que es moderno exigir que haya también cambiadores en baños masculinos? ¿Y no les parece mucho más anticuado, a estas alturas de la vida y con lo que se ve cada día por la tele, decir que un hombre no puede entrar en un baño de mujeres a cambiar a su bebé?

Cada vez somos más moñas.

Los costes alocados

Esto de los costes alocados es una equivocada traducción del inglés allocated cost, que significa costes asignados. En francés se dice coûts alloués, o sea, costes asignados. Nada que ver con la famosa allouette, gentille alouette de la canción, que significa “alondra, dulce alondra”, aunque en su literalidad es “alondra, amable alondra”, si bien nadie imagina una alondra amable aunque sí una alondra dulce.

(¿Cómo es una alondra? Pues si pinchan aquí la verán y la oirán. Su piar es horrendo, casi casi como lo de los costes alocados. Alondra me suena a atolondra. La alondra que atolondra. La alondra atolondrada, o sea,como los costes alocados pero en plausible.)

Si lo de costes alocados se lo oyes decir a un español, entonces adviertes la pésima, ínfima y atolondrada traducción. Si se lo oyes a un francés o a un inglés, entonces te das cuenta de que es lo que se llama un falso amigo. Lo más extraño del asunto es que las veces que oído utilizar eso de costes alocados nadie hace la gracia que resulta evidente. ¿Cuál es esa gracia? Pues verán: a la pregunta, por ejemplo, de “¿Se han alocado los costes de este proyecto?” la respuesta debería ser “¿Alocados? En absoluto, mi capitán, son unos costes sensatos y ajustados y además están bajo control“. Y sin embargo la respuesta que se suele dar es “Sí, mi capitán, los costes están alocados desde el mes de septiembre, cuando se hizo el presupuesto de este año“.

Y a mí estas cosas me hacen casi tanta gracia como aquello de “vamos a seguir el mismo modus operanding” que me dijeron una vez y que casi me provoca un desmayo.

Menos mal que los marcianos no han venido. Y esperemos que, de venir algún día, no hablen español. Porque, de ser así y de oír una conversación así, nunca invertirían en España. Y eso es fatal para la economía, que se lo he oído yo decir a un ministro, ahora no sé si al de economía o al de educación.

Hombres embarazados

Cuando llegué, me esperaban dos compañeros y otros tres hombres de la otra empresa. Ya los conocía a todos, pero mientras estábamos esperando a que nos prepararan la sala en la que íbamos a tener la reunión, me fijé, no sé por qué, en sus figuras. Casi como si las viera por primera vez. A veces me pasan estas cosas, pero no cabe pensar en ir al médico por ello.

Eran cinco hombres maduros, ninguno menor de cuarenta ni mayor de cincuenta. Traje oscuro, camisa blanca o de rayas finas y corbatas a tono con un día lluvioso y desapacible. Reinaba el buen humor y las sonrisas sinceras que después se prolongarían a lo largo de la reunión, aunque se iban a tratar temas serios para las dos compañías. Yo, la única mujer entre aquellos cinco ejecutivos, vestía un pantalón negro, una blusa azul claro y una chaqueta beige, y por alguna razón me alegré en algún momento de no haberme puesto también algún tailleur negro o gris o azul marino de los que tengo en el armario y que me quedan impecables.

Me iba a desabrochar la chaqueta para sentarme, que las señoras deben hacerlo primero aunque nadie lo respete, cuando me di cuenta. Los cinco hombres, con su chaqueta ya abierta, lucían una barriguita considerable. Redondeadas, protuberantes, tersas, podrían ser perfectamente la barriga de una mujer embarazada de cinco meses. Unas barrigas espléndidas, me dije. Y por si fuera poco, la postura era también de embarazada: piernas ligeramente abiertas, cadera ligeramente echada para adelante y expresión ligeramente satisfecha, como corresponde a quien se sabe importante. Porque una mujer embarazada se sabe importante, que para eso custodia un tesoro.

Me quedé con esa idea jugando con mi imaginación durante un rato. Un rato corto, porque había que concentrarse. Si los cinco hombres hubieran estado realmente embarazados, no vestirían esos trajes, sino que se hubieran puesto un blusón ancho y unos pantalones con cintura de goma elástica. Tampoco llevarían esos zapatos de cordones, o los mocasines tipo Sebago de toda la vida, sino que calzarían bailarinas o cualquier otro zapato bajo que aguantara una eventual retención de líquidos en los tobillos. Y el blablá que antecede a la reunión hubiera estado plagado de risas y referencias al mal dormir, a las pasadas nauseas, y habría estado  repleto de fechas límite y otras cuentas, y en el supuesto caso de que se hubiera hablado de organización, se hubiera hablado de otra organización.

Y luego se celebró la reunión, que siguió transcurriendo apacible y amigablemente, aunque se trataban cosas serias. Y terminó la reunión. Y nos levantamos y las barrigas también se levantaron, las cinco por separado pero las cinco a la vez. Y se produjo un nuevo blablá, el de la última gota que llamo yo, que es cuando hay que estar atento porque es cuando se sugiere, se solicita, se deja caer, se recuerda como sin querer pero queriendo, que antes de entrar hay que hacer repaso de los olvidos para que dejen de serlo. Y hay que estar muy atento porque es cuando, en definitiva, se bajan los brazos y se compromete uno. Y entre las frases y comentarios, alguno que otro se coló acerca del consumo, y un espectador atento habría podido observar cómo aquellos cinco caballeros de barriga tersa, redondeada, protuberante, aprovechaban felices los cupones, los puntos, los descuentos y cualquier otra promoción que las empresas, baqueteadas con tanta crisis y en guerra por mantener a cada cliente, ponían en marcha tan a menudo.

Yo quise imaginar a sus mujeres delgadas, con una figura esbelta y cuidada a través de una buena dieta y algo de ejercicio. Mujeres que después de haber custodiado el tesoro, les habrían transferido la figura, esta vez para siempre, sin caducidad biológica de por medio. Mujeres con bailarinas y leggins para ir a la compra, mujeres de manicura cuidada, mujeres de melena fina, lisa y con mechas de colores platinos y rubios. Mujeres que conducen un coche pequeño, utilitario y de color plateado, que es la concesión que se hace en el precio al menor motor, para acercarse al supermercado a las afueras de la urbanización que está a la salida de la ciudad que está en los alrededores de Madrid. Mujeres imaginadas, mujeres como yo pero mujeres no como yo. Yo no tengo un coche plateado. Y además, yo vivo en el centro.

Y en aquel ambiente amable y risueño todos nos volvimos a abrochar nuestras chaquetas. Y por alguna razón me alegré de no haberme puesto un tailleur negro, o gris o azul marino, de los que tengo en el armario y que me quedan impecables.

Ayuntamientos de dos en dos

Los que no sean de Madrid supongo que no estarán muy interesados por el post de hoy, ni tampoco les interesará mucho dónde tiene el despacho el señor alcalde de la capital (ahora la señora alcaldesa), ni tampoco pueden decidir nada acerca del asunto. Sin embargo, sí habrán oído o leído algo sobre el asunto del edificio que alberga el ayuntamiento de Madrid.

plaza de la villaHasta 2008, el Ayuntamiento de Madrid estaba en la Plaza de la Villa, que es una plaza muy bonita, pequeña y muy coqueta al lado de la calle Mayor, en pleno Madrid de los Austrias. Yo tengo que decir que siempre he tenido algo de debilidad por esa plaza, que ven a su izquierda.  Se trata de una plaza muy tranquila y el ayuntamiento llevaba allí casi 100 años, en un edificio del siglo XVII, sin que los madrileños nos sintiéramos a disgusto con ello. Bueno, no quiero tampoco decir lo que pensaban todos los madrileños, porque no lo sé, pero vamos, que no era una preocupación. Sí es verdad que el ayuntamiento pasaba algo inadvertido, pero la plaza y el edificio son dignos, elegantes y castizos. Y con clase.

CibelesEntonces llegó Gallardón por segunda vez, el olímpico. Y le debía parecer poco para lo que él era, así que decidió llevarse el ayuntamiento al edificio de Correos en Cibeles, que ahora llaman el palacio de telecomunicaciones pero que yo nunca lo he llamado así. Tampoco ahora lo llamo el ayuntamiento, también debo decirlo. Para obtener este edificio, el ayuntamiento permutó otros edificios por valor de 360 millones. De euros. Y luego, la reforma costó 138 millones. De euros también. De todos modos, y al margen del coste, el tipo de edificio y de plaza elegida ya dice mucho del carácter de este tipo.

Lo más divertido de todo es que al principio abandonaron la Casa de la Villa, pero ahora en el antiguo ayuntamiento, en el anterior despacho del alcalde asienta sus reales el presidente del Pleno del ayuntamiento. O sea, que ese edificio sigue en uso para el ayuntamiento. Dicho de otro modo: nos gastamos un pastizal en un nuevo ayuntamiento, pero ahora tenemos dos.

Doña Esperanza Aguirre dice que si gana las elecciones volverá a la Plaza de la Villa porque el edificio de Correos le parece ostentoso. Yo le alabo el gusto, desde luego. Y coincido: a mí también me parece ostentoso. Y hortera. Por lo visto, el mantenimiento diario roza los 5.800 euros. Me lo creo. Pero (siempre hay un pero) leo que tendrían que reubicar a 2.000 (dos mil) funcionarios… Válgame. Así es que como no los van a echar a la calle, ni se les va a ocurrir lo del teletrabajo o mandarles a una nave industrial a algún barrio barato, me malicio que seguiremos teniendo dos ayuntamientos, como está mandado desde que tuvimos la desgracia de Gallardón, el olímpico.

Bueno, los madrileños siempre podremos elegir a un tertuliano que dice que él tendrá su despacho en la calle. Ah, la calle. Qué destino tan apropiado para algunos…

Un día en el esquí

Pies esqui unmundoparacurraHacía un montón que no subía a esquiar. Desde un viaje a Sierra Nevada de cinco días, de los que esquié uno, y por el que pagué un facturón con el que me podría haber ido al Caribe dos o tres veces en el año. Es una exageración, pero aquello de ir a visitar la Alhambra por enésima vez, y otro día a Granada de compras, y otro de paseo, y el último a conocer pueblos en Jaen según nos volvíamos acabó con la poca afición que me quedaba. Mis viajes en enero han sido de playa desde entonces, hasta que han dejado de ser de nada por culpa la incompatibilidad del trabajo. Del mío y del de mi amiga Merchitas, que trabaja en la cosa contable y tiene que cerrar las cuentas de una entidad pública enormísima, y figúrense que para cuando acaba de cuadrarlo, con todo lo que debe haber y no hay, las personas normales ya nos hemos metido en la plena activité. Cierto es que me puedo ir con otra persona, pero les aseguro que a estas alturas del año no tengo yo el cableado para que me aguante mucha gente. La vida, o sea.

Así es que hace unos días, mis sobrinos me emplazaron para subir a Valdeski (una estación a una hora de Madrid) este viernes. Blindé la agenda y defendí el día libre igual que el General Custer en Little Big Horn, aunque con la diferencia de que pude escapar del asedio de los Sioux. No sé yo si algún Caballo Loco me la tendrá guardada el lunes, pero algo de munición he cogido, no crean. La montaña, aunque sea en una miniestación, despeja mucho. Y las agujetas posteriores distraen otros dolores una barbaridad.  Porque las agujetas que tengo hoy son de órdago a la grande.

¿Que qué tal? Pues hombre, no estuvo mal. Llegamos con un sol espléndido pero la primera bajada la hicimos poco menos que de oído, porque había entrado una niebla que dejó las pistas en modo Londres y su famoso puré de guisantes. Luego levantó la nube y fue una delicia mientras aguantó la nieve. A eso de las dos de la tarde ya te jugabas una rodilla bajando por aquellas pistas, así es que comimos algo y nos bajamos a Madrid. Un día estupendo.

¿Ya les he dicho que tengo agujetas? Me voy al cine.