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Asobinar

- Primero vamos a decidir qué nos conviene, porque luego los del otro departamento, en cuanto vean dos alternativas se van a asobinar y no sacamos nada de ellos.

- ¿Asobinar? ¿Eso es con b o con v?

- Eso se dice en Granada, y yo creo que es con v.

- O sea, asovinarse. ¿Y qué significa?

- No, es con b. Asobinarse, estoy casi seguro.

- ¿Asobinarse es como acarajotarse?

- ¿Acarajotarse? Dios mío, ¿Pero qué le pasa a la gente?

- No. Asobinarse yo diría que no es acarajotarse.

- Acarajotarse o encorajotarse, que no sé muy bien ahora cómo se dice.

- Es que no se dice, te lo estás inventando.

- ¿No será encorajinarse?

- No, acarajotarse o encojorotarse digo yo.

- Pero en Granada asovinarse no es acarajotarse.

- ¿Pero qué es acarajotarse?

- Yo le llamo acarajotarse a cogerse una caraja.

- Ah, pues no es encorajinarse, porque eso es cogerse una corajina.

- ¿Y encojorotarse entonces?

- Pues lo mismo. Cogerse una caraja.

- Ya son dos carajas.

- Y una corajina.

- ¿Pero ya sabemos lo que es asobinarse?

 

Asobinarse.

(Del lat. supināre ‘poner boca arriba’).

 1prnl. Dicho de una bestia: Quedar, al caer, con la cabeza metida entre las patas delanteras, de modo que no pueda levantarse por sí misma.

2. prnl. Dicho de una persona: Quedar hecha un ovillo al caer.

 

 

 

Remar juntos

Qué bonito lo de remar juntos.

La imagen que se te viene a la cabeza de inmediato es deportiva. Bajo el cielo gris londinense, unos mozos bien configurados y mejor vestidos se montan en una trainera sobre el río Támesis para dirimir si ese año ganará Oxford o Cambridge. “Yo voy con Oxford” dice una, “yo voy con Cambridge”, dice otra, mientras la emoción sube de tono cuando se da el pistoletazo de salida. Y de pronto, oh, la congoja. James, el lerdo, rema más despacio que los otros siete, mientras el timonel grita desesperado:

- ¡James! ¡James Withaker, escucha mi voz y sigue mi ritmo: uno, dos, uno, dos!

Pero James, que además de débil es más débil físicamente que los demás, no alcanza a llevar el ritmo de sus compañeros. Y la barca se va escorando, se va escorando, y ya no mantiene el rumbo certero que les conducirá a la victoria. Y los del equipo de la otra universidad les sacan un par de pulgadas, y luego un par de pies, luego un par de yardas, hasta que William Townsend, que rema detrás de James Withaker, le agarra por las axilas y, plaf, le tira por la borda.

-Well done, dice el timonel, pero a ver qué hacemos ahora con uno menos.

Así que pierden de todos modos, con lo que se demuestra que hay decisiones radicales que no solucionan nada en la vida. En cuanto a James Withaker, la historia dice que se vio arrastrado por la corriente del rio y llegó al mar, y luego en el mar, nada que te nada, llegó a las costas de Boston y se alistó en las traineras de Harvard, en donde también logró que su barca perdiera, aunque por la razón contraria a la sucedida en Inglaterra: en el Atlántico había desarrollado su musculatura de tal forma que ahora era el remero más fuerte entre los ocho del equipo. Así es que, historia conocida, la barca escoraba y escoraba. Esta vez no le tiraron al agua, pero su aventura como remero terminó cuando, al llegar los segundos a la meta, Hugh Connelly, patrocinador de la regata y accionista de la Universidad, le hizo un contrato como Quarterback en el equipo de fútbol de Harvard.

Qué importante lo de remar juntos.

Hay otra imagen que se te viene a la cabeza, y es la de los condenados a galeras, atados al remo en situación de guerra para que no salieran corriendo a la primera embestida del barco enemigo. Esto se veía claramente en Ben Hur, no me lo estoy inventando yo, en todo caso se lo inventó William Wyler. Lo que pasa es que, tal y como se veía en la película, James Withaker no hubiera terminado en el agua, ni le hubieran quitado del remo por debilucho o por excesivamente fortachón. Porque en esas galeras iban un montón de remeros, así es que uno se puede escaquear de remar junto a los otros.

- ¡Boga de combate! ¡¡Boga de ataque!! ¡¡¡¡ BOGA DE ARIETE!!!!,

Y ya puede gritar el gordo calvo que lleva los bongos, y un remero (un antepasado de James Withaker, por ejemplo), puede fumarse un puro o no hacer fuerza, lo que viene a ser hacerse el longuis, que para eso están los otros remeros. Eso sí, algún latigazo se llevará. Pero ¿Qué es un latigazo comparado con que te tiren al agua en medio de una regata de lo más londinense?

La vida.

Las cintas de mi capa

En el anterior post hablaba yo de que me recordaba aprendiendo costura en el colegio, los básicos del saber coser aprendidos sobre un trapo blanco que algunas llevaban limpísimo y planchadísimo y otras llevábamos arrugado en el fondo de la cartera, con los libros, los cuadernos y los bolis. No crean que me gustaba mucho el punto, y lo único de utilidad que he cosido en mi vida han sido las cintas que les hacía a los chicos para la Ronda en el Poblachón, bordadas a punto de cadeneta. Pues sí, en el poblachón había noche de Ronda (y hay aun) y hacíamos una cinta para cada chico de la pandilla.

Y enredándose en el viento van las cintas de mi capa. Y cantando a coro dicen (¿que dicen, Tuna?), quiéreme niña del alma…

Para los no preferidos iban pintadas, y para los más preferidos, bordadas. Y la mayoría de cintas era de nylon y sólo algunas de seda, porque la diferencia de precio era considerable y eran muchas cintas. Y había alguna desalmada que en vez de pintarlas las bordaba con pespunte, y quedaban como de pobre. Yo creo que a las malas y a falta de tiempo o de cariño, era mejor usar el rotulador. En cuanto a la cadeneta, pues la cuarta o la quinta ya salía presentable, pero la primera que bordabas, como no te acordabas de un año para otro de cómo se hacía, quedaban llenas de nudos. Un horror.

Nos veías bordando en la piscina, o en casa de alguna. Si nos hubiéramos puesto sentadas en algún portal vestidas de negro hubiéramos parecido extras en una película de Carlos Saura. Pero entre que éramos una panda de niñas monísimas y que todas las de nuestra edad se dedicaban a lo mismo a lo largo de una semana, la cosa no resultaba tan chocante. Las madres siempre nos criticaban la cantidad de hilo que cogíamos, la hebra de Mari Moco, que cosió siete camisas y le sobró un poco, decía mi madre. Pero es que enhebrar es lo más petardo que tiene la costura, esto tendrán que reconocérmelo.

Realmente, las pintadas con rotulador eran más divertidas, porque el mozo te importaba menos y entonces te dedicabas a poner chorradas. Lo importante sin embargo era dar la cinta, aunque no estuviera bordada, porque implicaba un esfuerzo de creatividad.  No crean que era facil sacarse de la manga 20 ó 25 rimas, una para cada chico. Y aunque no todos los nombres tenían rima facil, la verdad es que siempre salía algo. Así es que, en un arranque de ripios febriles, te podía salir un “Como te llamas Paco, me quedaré contigo un rato“, o “Alfredo, Alfredo, todo en ti es un enredo“. A veces incluso las chorradas eran intercambiables, y servían para varios, aunque eran las menos. Cuando ya llevabas pensadas 15 cintas, escribías en una cinta: “Debe ser todo un reto verte a ti saltar un seto” y se la largabas a alguno.

Las bordadas siempre llevaban alguna frase algo más intencionada, aunque el pudor, y que nunca hemos sido una pandilla de niñas cursis, evitaba ataques de Coelho. O sea, que se tendía a desdramatizar, porque la noche de Ronda era fundamentalmente una noche para reirte mucho y pasarlo muy bien. Recuerdo una cinta mítica: “pensando en ti me peí, y pensé de buen agrado, pues si pensando en ti me peo, estando contigo me cago“. Sí, ya sé, muy ordinaria. Pero les aseguro que fue muy celebrada.

Nosotras también rondábamos, una semana más tarde. Pero ninguna cinta iba bordada, que los chicos no se entretenían en eso. No las conservo, y apenas las recuerdo. En realidad, sólo recuerdo una “no fueste en pelotilla, pero te bajaron en camilla“, que hacía referencia a una excursión a la que yo no había ido en el seiscientos de un amigo, y luego me bajaron en camilla de un risco, en un simulacro. Las dos cosas no tenían nada que ver, pero así eran las cintas: un despropósito. Y ahí quedó esa cinta, la única que tengo en el recuerdo.

Y asómate, asómate al balcón, carita de azuceno, así verás que pongo en mi canción suspiros de veneno. Adórnate ciñéndote un mantón de la China, la China, como el kimono que te trajo tu padre para ir a la piscina…”

Tiempos gamberros.

Hay oficios que se pierden, oficios sepultados en el abandono, en la inutilidad o en la extravagancia a causa del progreso o de la evolución de las costumbres. En algunos casos, se trata de oficios que se han convertido en trabajos altamente especializados, lo que un escritor de libritos amarillos de aeropuerto llamaría “oficios de nicho”,  y que no tiene que ver con las sepulturas sino con los mercados pequeños. No sé, estoy pensando en el trabajo del herrero, que ya no será herrero en general sino un señor que calza caballos.

Algunos oficios vuelven. Se ven de nuevo afiladores por la calle. Y los zapateros remendones nunca han llegado a desaparecer, aunque ya no hay uno a cada vuelta de la esquina. Y se vuelven a ver costureras, que aunque ya no cogen medias, sí  te cosen el bajo de un pantalón, te estrechan una cinturilla, o te apañan cualquier arreglo. Si subimos de grado a la costurera y la convertimos en modista, ésta ya queda circunscrita a lo que decía yo del nicho, o sea, el mercado pequeño de las que hoy se hacen un vestido a medida, que son pocas mujeres.

Lo de la costurera se da también porque el progreso nos ha convertido en personas que sabemos manejar un teléfono tocando una pantalla con un dedo, pero no sabemos muy bien para qué sirve una aguja. Yo me recuerdo de pequeña, en el cole, aprendiendo costura. La cadeneta, el punto de cruz, el hilván, el pespunte, en un trozo de tela blanco que la profesora  llamaba primorosamente “el pañito”, y que yo llamaba con practicidad (y no menor exactitud) “el trapo”. Claro que sé coserme un botón, pero hasta ahí llega mi pericia. O sea, que uso costurera si es un asunto de mangas o madre, si la cosa va de perneras.

¿Y qué me dicen de aquel fotógrafo de estudio al que íbamos cada año a hacernos fotos de familia? Eso ya no se ve por el mundo. Los fotomatones acabaron con ellos, o casi. Por cierto, que lo de fotomatón es una de las palabras más descriptivas que conozco, si exceptuamos la de gafotas. Pero los fotomatones también han desaparecido, o casi también, y es dificilísimo ya encontrar uno. Se lo digo yo, que lo sé de buena tinta. Pues sí, porque me caducó el DNI y el día antes de la cita para ir a que me lo renovaran, me encontré sin fotos y sin saber muy bien dónde podría hacérmelas.

Entonces hice lo que cualquiera haría. Coger el móvil, ponerte en una pared despejada de cuadros con buena luz, alargar el brazo, hacerte un selfie serio y oficial y convencerte de que esa foto solo la verá un funcionario adormilado. Cómo sería el resultado que la amable policía que me atendió no quiso aceptarla. Me dijo que no se veía y que no parecía yo. “Ya, pero es que no he encontrado un fotomatón”, le dije. Y entonces me envió al mercado de al lado en donde un chico tiene una tiendecita de fotografía y, en un rincón, se ha apañado un estudio para hacer fotos de carnet. Me hizo varias, me las enseñó y yo escogí una en la que no estaba demasiado mal. A las nueve de la mañana, cuando salgo de mi casa, yo no estoy demasiado mal. Y le pedí que me diera varias copias, en previsión de la renovación del carnet de conducir, que también me ha caducado.

Así es que hoy, cuando he salido de trabajar, me he ido a un sitio de esos en los que te hacen los trámites de renovación del permiso de conducir. Iba yo con mis fotos, tan contenta y ¡sorpresa! no vale ir con las fotos. La foto te la hacen con el ordenador sobre el que están haciendo el trámite telemático. Ya pueden figurarse el resultado, que una no tiene un aspecto tan lozano cuando vuelve de trabajar que cuando sale de su casa por las mañanas. Aparte de que tela la luz, tela el ordenador, tela la postura y tela la señora que tienes al lado y que te dice que total da igual.

Ni siquiera me ha quedado el recurso de pensar que esa foto solo la verá un funcionario adormilado. Me parará un guardia civil apuesto y seductor y yo tendré que asomar la cara por la ventanilla, y en vez de entornar los ojos y sonreir inocentemente, tendré que echar los belfos hacia delante, hinchar los mofletes y abrir mucho los ojos para que el pobre caballero pueda asegurar a sus mandos por la radio que ese bellezón que iba en el coche más deprisa de lo permitido es la misma que aparece en el documento.

Y luego le diré que, aunque conozca a un herrero, no me lo recomiende. Le diré que todavía busco calzado en una zapatería. Aunque la foto le haga dudar de lo contrario…

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

Hace unos meses reseñé un libro de Vargas Llosa, El sueño del celta, en el que se narra la historia de Roger Casement, un irlandés que vivió y denunció con éxito las atrocidades de la explotación del Congo y del Amazonas a finales del siglo XIX por el hombre europeo. El origen de este libro, tal y como ha explicado Vargas Llosa en alguna ocasión, se encuentra en la lectura de una biografía de Joseph Conrad, en la que éste puso a Vargas Llosa sobre la pista de Casement.

Conrad era un escritor de origen polaco, aunque escribía en inglés, que ejerció como marino mercante y que, en un momento dado de su vida, al no encontrar trabajo de su rango en Inglaterra, aceptó un empleo como capitán en la Societé Anonyme Belge para el comercio en el Congo, empresa a través de la cual Leopoldo II de Bélgica perpetraba un genocidio en toda regla en Africa con el fin de saquear las reservas de marfil y caucho, aunque bajo la beatífica excusa de civilizar el pueblo congoleño.

Cuando Conrad llegó a Africa, en vez de trabajar en el empleo de capitán para el que había firmado, puesto que su barco estaba en reparación, se le encargó ir como segundo de abordo en un barco río Congo arriba con la misión de recoger a un agente de la compañía que había caído gravemente enfermo, un tal Klein. De regreso de esta misión, seis meses después de haber salido de Inglaterra, Conrad se volvió a Europa. Había firmado para tres años.

El porqué de esta vuelta prematura se puede encontrar en El corazón de las tinieblas, en la que se puede suponer que el protagonista, Marlow, es el propio Conrad y el señor Klein, el agente Kurtz de la novela al que van a rescatar. Porque esta la historia que nos cuenta Conrad a través de la narración que hace el marino Marlow a sus compañeros de barco cuando éste se encuentra atracado a orillas del Támesis.

El libro empieza situándonos en el barco, en tercera persona, hasta que Marlow empieza a hablar y a contar su historia. Que yo recuerde, toma aliento una vez en la narración. Una forma de narrar como si fuera un sueño, una pesadilla, el relato de un viaje al horror, a la locura, a las tinieblas de la crueldad del hombre, a ese lugar en el que éste pierde la condición humana.

Como en el libro de Vargas Llosa, la civilización se hace indistinguible de la barbarie. Una civilización que se vuelve bárbara conscientemente, que puede distinguir entre el bien y el mal y que opta por el mal para saciar su codicia y su iniquidad. Es el viaje a unas tinieblas en las que medran los que no caen enfermos, la oscuridad en la que el poder lo detenta quien es “temerario sin valor, voraz sin audacia, cruel sin osadía”. Marlow se siente vagabundo “en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido”.

El libro está escrito magníficamente y logra envolverte en una bruma tenebrosa en el relato y encogerte el corazón. Un viaje al corazón de las tinieblas que gritará a Marlow su recuerdo: “¡Ah, el horror! ¡El horror!”

wp aniversario unmundoparacurraHoy WordPress me felicita porque, por lo visto y según sus cuentas, hoy hace cuatro años que me inscribí. Digo según sus cuentas porque yo no soy muy de recordar aniversarios y cumpleaños, y si me acuerdo del mío es porque siempre llega algún alma cándida y muy despistada y me felicita. Pero vamos, que estos señores seguro que tienen registrada la fecha y poner un motorcito que me envíe un mensaje habrá sido coser y cantar para cualquier programador, incluso si no tiene cabeza de huevo.

Como digo, es posible que haga exactamente cuatro años me abriera una cuenta en WordPress, que no digo yo que no. Pero el blog lo abrí antes, aunque lo hice en iweb, la aplicación que traen los Macintosh para abrir una página, que es para muy muy lerdos. Tardé poco en cargármelo, porque esa aplicación no es un gestor de contenidos, y además, en cuanto le metes tres o cuatro paginitas se va a hacer puñetas. Eso sí, era muy mono todo. Pero muy poco práctico. Y migrar, migré en septiembre a la vuelta de las vacaciones, eso seguro.

¿Por qué escogí WordPress y no Blogger? Pues no sabría decirlo, porque entonces me parecía todo complicadísimo, y tenía una amiga con blog en cada una de las plataformas. De todos modos, confiaba más en algo que te cobra por no poner publicidad y por usar plantillas y espacio, que yo no acabo de fiarme mucho de las cosas que te dan gratis. Aunque el fondo no es ese: me vine a WordPress porque me pareció más pro, me pareció que el blog tendría más calidad. Luego, andando el tiempo (poco tiempo), comprendí que la calidad la ponen los contenidos y el aspecto, y eso también se puede hacer desde Blogger, aunque el escritorio me parece muchísimo más lioso y como de plástico.

Con todo, y volviendo al aniversario, yo no me recuerdo abriéndome la cuenta en WordPress, así es que no debió de ser un acto ni muy heroico ni muy solemne. Sí me recuerdo perfectamente migrando las veinte o veinticinco entradas que tenía escritas en iweb, que tampoco era cosa de tirarlas a la basura y que ahí están registradas, con su fecha original. Recuerdo los sudores, recuerdo haberlas copiado en un archivo Word por si acaso los accidentes. Me recuerdo diciéndome a mí misma “ya iré poniendo las fotos…”. Y hasta hoy.

Curra tenía cuatro años menos. Y yo también. Pero a mí se me nota menos y eso, ella, no me lo discute.

 

 

El BOE de la risa

Quizá lo hayan visto o leído ya. Se trata de este anuncio del BOE que ven abajo. Lean, lean.

Disparate BOE Defensa

Esquema boeEste disparate (que es real) ha circulado por la red estos días. Leyéndolo, uno puede pensar dos cosas. La primera es que han hecho un copia pega pero con varios pegas. Y la segunda, que el anuncio tiene todo el sentido del mundo, simplemente hay que invertir algo de tiempo en averiguarlo.

Y yo lo he invertido. Eso sí: he tenido que hacerme un pequeño esquema como el que ven a su derecha que no les aconsejo que miren mucho porque es un follón y está muy sucio.

Ha sido muy entretenido. Mucho mejor que hacer un crucigrama, dónde va a parar. Me he sentido un poco como Miss Marple, aunque la imagen de ir buscando el BOE anterior se parece más al cuento de Pulgarcito y sus miguitas de pan, con el señor secretario de la Junta de contratación en el papel de ogro.

Pero en fin, ya que me he tomado la molestia de leerme cinco Boletines Oficiales para entender algo, les voy a confiar mis averiguaciones. Resulta que la junta de contratación del ministerio de Defensa hace una licitación para el acuerdo marco del servicio de operador logístico en noviembre de 2013 (CLICK). Luego hay una modificación el 16 de diciembre de este  primer anuncio (CLICK). Hasta ahí, todo normal. Luego, el 7 de enero, se modifican tanto el anuncio original como la modificación (CLICK) y ya empieza el trabalenguas. Después, el 22 de enero se modifica la última modificación (CLICK) y ya para entonces el asunto es incomprensible. Y finalmente, el 18 de Junio, se vuelve a modificar la modificación anterior (CLICK) y ya tenemos a Groucho Marx en estado puro. Y de momento, no hay más modificaciones, pero oigan, vale la pena seguirle la pista a esta licitación, porque es divertidísima.

Lo que es seguro es que la licitación no se ha concedido todavía. Y lo que es probable es que, con esta forma de redactar los anuncios, no se conceda nunca…

 

 

Una-historia-de-la-guerra-civil-que-no-va-a-gustar-a-nadie_9788408107156Hoy, como cada día 1, toca post del club de lectura, y en esta ocasión, los honores son para el libro de Juan Eslava Galán Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie. Y yo creo que con este libro he escrito el título de entrada más largo de toda la vida del blog, con diferencia.

El título es de lo más adecuado. Casi ochenta años después, los españoles hablamos con tanta dificultad como falta de mesura de una guerra de la que ya van quedando pocos testigos que fueran adultos por aquel entonces. La historia, con minúscula, para aquellos que la habían vivido, debía ser recordada, en el mejor de los casos, con un horror que invitaba más al olvido, y en el peor, con el mismo odio con el que se fraguó. Los hijos, los niños de entonces, han transmitido esos recuerdos o esos no recuerdos a los nietos siguiendo el ejemplo de los padres.

La Historia con mayúsculas ha sido contada a trozos, siempre detrás de un tamiz ideológico del que es difícil desprenderse, también en el mejor de los casos. En el peor, nos han contado una guerra hemipléjica, una de buenos y malos, de héroes y de villanos, de canallas que sólo habitaban en un lado y de víctimas que lo eran por pertenecer a un bando, y no por haber transitado por una época de la historia de España que sólo exigía una pequeña excusa, ni siquiera una mala razón, para que te mataran.

Estoy educada en una familia en la que se habla poco de la guerra. Nunca se nos mencionó las crueldades, las barbaridades, las atrocidades de las dos Españas, no al menos con nombres propios, no al menos a partir de anécdotas, no desde luego señalando a nadie, y en absoluto con rencor ni con odio. Sí del hambre, de las penurias, de la necesidad, de la miseria, de todo aquello que trae cualquier guerra. Pero lo que no trae cualquier guerra es la matanza entre hermanos, entre vecinos, entre amigos, entre conocidos. Aquel al que se llevaron en una saca, o ese otro que delató al compañero. Y al cabo, las historias se conocen, cuando la conciencia del horror actúa de vacuna contra el odio. Y sólo quiero recordar a mi abuelo decir que cuántos hombres justos habían sido fusilados por nada, y cuantos otros canallas en el frente se habían librado de ser condenados por sus tropelías.

Quien más y quien menos tiene una historia que contar. Un abuelo, un padre, un tío, una hermana, en cada familia hay un ataúd cerrado por la guerra. Y en algunas familias, el odio lo vuelve a abrir cada vez que se habla de la guerra del 36; y en otras muchas, el odio se eleva al todo, es el odio a la idea de guerra civil, de la guerra entre hermanos. Y en esas casas, entre esas familias, las historietas de buenos y malos, las caricaturas de antes y de ahora, repugnan, porque lo único que cabe hacer con ese pasaje tan espeluznante de nuestra historia reciente es reconocer la vergüenza de una locura colectiva en la que la mayor responsabilidad no estaba en uno de los bandos, sino en los dos, sostenidos por la miseria y la ignorancia de un pueblo que sólo valía para ser masa, ser conducida como víctima o azuzada como verdugo.

Claro que es una historia que no va a gustar a nadie. Porque todavía hay gente en España que piensa en los mismos términos que muchos dirigentes de hace ochenta años. Todavía hay gente en España para la que sólo hubo unos malos canallas, y los otros eran víctimas, o simplemente se defendían. Todavía hay gente en España que se olvida de lo que unos hicieron, para alzar el dedo y señalar al otro. Para los que las batallas fueron ganadas o perdidas por buena o mala suerte. Porque vivimos en un país en el que no sabemos afirmar sin negar al otro. Un país en el que se despacha con demasiada frivolidad y brocha gorda asuntos que deberíamos respetar, porque deberían aterrarnos.

Y Juan Eslava Galán empieza con los movimientos de tropas de la “cuartelada”, sigue por las chispas que encienden la mecha (los asesinatos del teniente Castillo y de Calvo Sotelo), se entretiene en describirnos los saqueos, las salvajadas, las matanzas, las sacas; continúa con la desconfianza, el miedo, el caos, hasta que dice basta, porque con varios capítulos uno ya se hace una idea de que la impunidad es la peor arma que se le puede dar a un canalla, sea del bando que sea.

Y luego nos cuenta las batallas más importantes, Norte, Belchite, Badajoz, Teruel, Brunete, tantas otras, y nos cuenta cómo se desarrollaron sin pararse a justificar, a señalar, o a acusar. Batallas en las que murieron nuestros abuelos, en las que hubo héroes a los que deberíamos honrar, pero que preferimos desconocer, tapar, esconder y olvidar. Y se detiene mucho en Madrid, no puede ser de otro modo, en ese Madrid en el que cayeron la mayor parte de las bofetadas, de un lado y de otro, ese Madrid tan vilipendiado hoy en día en el que tanto se tardó en entrar y que tanto sufrió por resistir. Y lo hace de forma muy amena, citando casos, anécdotas, diálogos, dejando trozos de historia y de historias de personas con nombres y apellidos, algunos relevantes, otros no tanto, que le dan verosimilitud, veracidad y verdad al libro.

Yo lo leí hace algunos años y ahora lo he releído por encima, lo que dan un par de horas de refresco. Y he vuelto a reconocer en el libro cómo el autor no carga contra ninguno de los bandos, que es una cosa tan irritante como ridícula. Aunque quizá, lo más irritante, sea el título: si no le va a gustar a nadie es porque, ochenta años después, muchos todavía pretenden pertenecer a uno de los bandos, aunque hayan nacido anteayer.

Yo recomiendo la lectura de este libro. Aunque tenéis, como cada primero de mes, otras opiniones sobre él en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en Bichejo.com. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él en el blog del Club de lectura.

 

Entrada tontuna

Que me diréis que os tengo muy abandonados. Pues sí. Claro que vosotros también a mí, aunque me diréis que tenéis un motivo, y es que no escribo apenas. Pues bueno ¿y qué? Pues si no escribo, no pasa nada, podéis entrar a echar un saludico, que tampoco cobro. ¡Interesados, que sois todos unos interesados!

Lo cierto es que empecé el mes de junio con el firme propósito de escribir más, y los 10 primeros días escribí 7 entradas. Pero luego… luego… luego se complican las cosas, llego tarde, cansada, y todas las cosas que se me han ido ocurriendo durante el día ya han dejado de tener gracia, han dejado de tener interés, porque el cansancio lo puede todo. Me consuelo pensando que al menos no es tuiter lo que me está alejando del blog, porque por ahí aparezco también bastante poco. Ya contaré, ya, lo que me inspira tuiter últimamente… Por cierto, que me dijeron que había salido por la tele un tuit mío, en La noche 24 horas, que es una tertulia civilizada que veo casi todas las noches, ante la necesidad de dejar la cabeza a merced de ese aparato del demonio y teniendo en cuenta el erial televisivo que me encuentro generalmente.

Y ahora viene julio, que es ese mes que, como diciembre, parece que el mundo se va a terminar el 31, y que luego ya no habrá nada más. Julio es ese mes en el que todo el mundo se pone muy nervioso, un mes en el que hay que dejarlo todo terminado para antes de las vacaciones, un mes lleno de prisas y de estrés. Y de chapuzas, que es a lo que conducen las prisas.

Julio es un mes abismal.

¿Y qué excusa pongo yo ahora para esta porquería de entrada, si hoy es domingo? Pues… en fin, hoy me lo había tomado libre, pero luego he tenido un remordimiento de conciencia.

Voy a etiquetar este post en Islandia, que sólo tiene un post. Y me voy a ver el Costa Rica-Grecia, a ver si me entra el sueño.

 

 

¡Noticia bomba! Evelyn WaughEvelyn Waugh cuenta en ¡Noticia Bomba! la peripecia de William Boot, un irrelevante cronista de la naturaleza de un imaginario periódico, el Daily Beast ,que es confundido con un pariente lejano, John Boot, escritor de cierto éxito con excelentes relaciones en la alta sociedad londinense. De resultas de esta confusión, es enviado como reportero a Ismailía, un olvidado país africano, a cubrir una guerra civil teóricamente a punto de estallar.

La novela es un puro disparate, con personajes estrafalarios y situaciones delirantes y absurdamente cómicas. Waugh realiza una sátira feroz del periodismo de la época, años 30 del siglo XX, que yo supongo que se puede trasladar a la realidad actual. Editores que cuentan su propia realidad, redactores de internacional que no saben orientarse en un mapa, reporteros indolentes y un poco canallas que pelean por llegar los primeros a dar la noticia. Porque, como dice el autor, la noticia, en cuanto se conoce, deja de ser noticia.

La sociedad en la que se encuadra, tanto la alta sociedad, descrita de pasada, como la sociedad de la nobleza rural, que vive en el campo como el que vive en las proximidades de Marte no es nada comparado con el humor que acompaña a la descripción de Ismailía, un imaginario país africano en manos de una familia en el poder desde tiempos inmemoriales y que maneja el poder con paternalismo, como el que tiene un cortijo en propiedad. Humor y comentarios por cierto algo chocantes con lo que actualmente consideraríamos como políticamente correcto. Y por medio, nuestro William, entre la perplejidad y la flema, pasando por una guerra que no es guerra, y haciendo periodismo sin voluntad de que sea periodismo.

Con un humor muy inglés, muy sarcástico, tanto en la historia, como en la forma de abordar as situaciones, como en el estilo con el que está escrito, Noticia Bomba es un libro muy divertido, con algunos pasajes deliciosos. Les dejo con la descripción que el Jefe de internacional le hace a William de la guerra de Ismailía.

- …Verá no suelo leer la prensa. ¿Podría explicarme quién lucha contra quién en Ismailía?

- Creo que son los Patriotas contra los Traidores.

- Ya, pero, ¿Cuáles son cuáles?

- Oh, eso sí que no lo sé. Eso es cuestión de la línea editorial, y no tiene nada que ver con mi departamento. Tendría que habérselo preguntado a Lord Copper.

- Parece que es una guerra entre Rojos y Negros.

- Sí, pero no es tan fácil como parece. Verá, allí son todos negros. Y los fascistas no quieren que les llamen negros porque también tienen mucho orgullo racial, y por esta razón les llaman Blancos, como los Rusos Blancos. Mientras que los bolcheviques, debido a su orgullo racial, quieren ser conocidos con el nombre de Negros. De modo que cuando decimos negros queremos decir rojos, y cuando queremos decir rojos decimos blancos y cuando el bando que se llama a sí mismo negro habla de traidores se refiere a lo que nosotros llamamos negros, pero no sabría decirle a usted a quién nos referimos cuando hablamos del bando de los traidores. Pero desde su punto de vista será muy sencillo. A Lord Copper sólo le interesan las victorias de los Patriotas, y ambos bandos dicen de sí mismos que son patriotas y, naturalmente, ambos bandos afirmarán haber obtenido victorias. Aunque, desde luego, se trata de una guerra entre Rusia y Alemania e Italia y Japón que, por patriotismo, están los unos en contra de los otros, ¿me explico?

- Hasta cierto punto – dijo William…

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