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Ya me lo dejó escrito Goethe: «Uno sufre queriendo explicar el mundo cuando no es necesario»

lugares donde se calma el dolorHoy día primero de mes toca reseña del club de lectura, y si les soy sincera no sé muy bien por dónde empezar. Creo que no he entendido ni una palabra de lo que me quería contar este señor. Admito, de entrada, que no está hecha la miel para la boca del asno, así es que debo aceptar que me he sentido abrumada con tanta cultura junta, con tanta cita, con tanta referencia, con tanta sensibilidad y con tanta intensidad. Y dicho sea de paso, con tanta pedantería.

Les resumo rapidamente. Don César Antonio Molina va a determinadas ciudades y se va deteniendo en calles, plazas, puentes, y entonces nos describe con todo detalle lo que va viendo, quien pasó por ahí (normalmente, algún poeta de fuste) y lo que él va sintiendo al (¡oh!), mirar los mismos paisajes y pisar las mismas baldosas que sus admirados autores. Y para mi gusto que se le va un poco la mano. Por ejemplo, llega a San Petesburgo, entra en la salita donde murió Pushkin y eso le da pie a contarte la vida de Pushkin. Pero por medio te describe con todo detalle, hasta lo irrelevante, la salita. También se imagina cómo era la salita entonces o cómo no, porque claro, tampoco lo sabe seguro; te da detalles del primo, el tio, el hermano y el sobrino de Pushkin; te intercala diez o doce poemas y te cita a ocho o nueve autores que pasaban por allí; se hace un par de preguntas sobre el vuelo de una mosca; te vuelve a describir el orinal del portero de la finca… para entonces tú ya tienes dificultades para seguir leyendo porque, claro, ya no tienes dolores pero a cambio estás al borde de la catatonia.

Tal vez hubiera sido mejor, en vez de escribir un tocho de 800 páginas, escribir tres libros: uno de citas y poemas, otro de descripciones (que podría darse gratis con el suplemento de viajes de El País), y un tercer libro de curiosidades diversas. Este último sería muy delgadito, es verdad, pero a cambio nos ahorraría tener que tragarnos todas las cosas que se le pasan por la cabeza a este señor, que por otra parte deja constancia de su cursilería en dos de cada tres párrafos.

Si vamos a la calidad de su prosa, tampoco el libro tiene el menor interés. En mi humilde opinión, este señor narra con una prosa plana, insulsa y bastante vulgar. No sé cómo serán sus poemas, pero desde luego narrando no tiene ninguna originalidad ni ningún interés literario. Demuestra una cultura casi enciclopédica, desde luego, pero, francamente, no ha logrado que me interese absolutamente nada de lo que me estaba contando. Será culpa mía: tanta sensibilidad y tanta intensidad emocional me ha dejado completamente fria y desde luego leer sus digresiones ha sido lo mismo que leerme un tratado de contabilidad: una tortura.

Lugares donde se calma el dolor… y tanto. Se trata de un libro que te anestesia. Infalible para coger el sueño, cada capítulo es un reto para la catalepsia, y media hora de lectura te manda directamente a la cama. Siendo ésta la utilidad, sea: al revés que leer este libro, dormir no es una fabulosa pérdida de tiempo.

He de decir que no lo he terminado. Cuando llegué al 80%, y después de sufrir durante sus paseos por Palermo, Nápoles, Trieste, San Petesburgo, Bombay, Petrópolis, Buenos Aires y no sé cuántos sitios más, me dije que la cosa ya no tendría remedio. Ahora bien, creo que los otros participantes del club tienen otra opinión y yo desde luego estoy deseando leer sus reseñas. Vosotros también las podéis leer en  La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en Bichejo.com. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él, o no, en el blog del Club de lectura.

 

Cada mochuelo a su olivo

mochuelo-europeo_1227634321Eso es más o menos lo que nos viene a pasar cuando llega septiembre: que cada mochuelo vuelve a su olivo. Se terminan las vacaciones y la diáspora en la que se ha convertido tu vida social durante el mes de agosto se disipa, se contrae y se reconcentra, hasta que volvemos cada uno a nuestra casa y ya podemos volver a marcar los números fijos de teléfono.

Cada mochuelo a su olivo. Me encanta la expresión. Mi madre lo dice mucho, y lo acompaña de un chasquido de lengua que lo mismo le podría servir para animar a una burra a trotar. ¡Hala, cada mochuelo a su olivo, tchlac!, y se acabó la fiesta, cada uno a su casa. ¡Arrea, Francisca, tchlac!, y la burra Francisca se pone al trote. Muy poético, ya digo. Salvo que mi madre nunca ha tenido una burra que se llamara Francisca. Bueno, mi madre, hasta dónde yo sé, nunca ha tenido una burra, ni que se llamara Francisca ni ningún otro nombre de contundencia similar o de diferente grado.

Yo no sé de dónde vendrá la expresión de los mochuelos. He consultado un libro de aves que era de mi padre para ver si venía algo sobre su placentera vida en las ramas de los olivos, pero no he encontrado nada sobre el hábitat de los mochuelos, más allá de que viven un poco en todas partes. Yo esperaba encontrar algo como:

- Mochuelo común: Ave rapaz nocturna parecida a la lechuza que habita preferentemente en las ramas de los olivos, en los que anidan desarrollando un tremendo instinto territorial hasta el punto de que cada uno tiene el suyo y vive en él desde su nacimiento hasta su muerte. Una vez el óbito del mochuelo propietario es efectivo y tras consulta testamentaria con el mochuelo notario, el olivo es legado al  polluelo primogénito si lo hubiere y si no al que hubiere, quien puede a su vez vender, alquilar o pignorar el susodicho olivo, suceso que ocurre con relativa poca frecuencia debido a que el polluelo de mochuelo, una vez alcanzada la edad adulta, se va a vivir a su propio olivo.

mochuelo pescadorY no. Lo máximo que he encontrado es que comen ratones, cangrejos y hasta ranas, y que la variedad de mochuelo pescador tiene cejas y cara de fuerte instinto territorial, de olivo o de lo que se tercie. En realidad era de esperar, porque el libro es más un libro de fotos con pequeñas reseñas de aves. Y por otra parte, tiene ya tantos años que a buen seguro que todos los pájaros fotografiados están ya en el reino de los cielos… pero, bueno, esto último es irrelevante, porque aunque el libro sea antiguo, supongo que ni los mochuelos ni las cacatúas habrán evolucionado mucho en los últimos cincuenta años, que es más o menos la edad que debe tener el libro en cuestión.  

Ahora que lo pienso, las cacatúas sí se han actualizado… Ah, no, espera, que eso es para otro post.

En fin, que cada mochuelo a su olivo se podría convertir en cada mochuelo a su pino, o a su alcornoque, o a su abeto, o a su algarrobo, o a su ___________________ (espacio para rellenar con el árbol de su preferencia). ¿Por qué olivo? He mirado en el Correas y en otro librito que tengo por casa y no he encontrado una explicación, así es que supongo que simplemente se dice lo del olivo porque cumple la función poética del lenguaje. Acepto otras explicaciones, desde luego, pero para ser éste el primer post de después de las vacaciones, les pido misericordia por anticipado.

Otra expresión con mochuelos de protagonistas es la de “caerte el mochuelo“. Digamos que va todo junto: la vuelta al trabajo tiene estas cosas. Pero en fin, no se estresen si leen esto y siguen de vacaciones todavía. En realidad, que llegue septiembre carece de importancia: de aquí a nada estamos en Navidad. 

 

 

Tiempo de verano

Un verano apacible, como tantos. A la espera del tormentón que dará por finalizado el buen tiempo, o del casi huracán poblachonero que nos dejará a todos tiritando. El tiempo entre posturas.

Y el tiempo entre lecturas, aunque el libro de este mes del club me pone de un mal humor excelente. Delibes, Foenkinos, Amoraga, Lemaitre y ahora Chirbes. Y por medio el Kindle con esa cosa del club, de la que hablaré el día 1 si consigo acabar con ello antes de que ello acabe conmigo. El tiempo entre lecturas.

Pocas cosas que contar, aparte de mis reflexiones sobre los insectos. Esos bichos picajosos y pesados. Las avispas están muy tontas este año. He matado dos en vuelo. En vuelo ellas, se entiende. Y el trapo de cocina, un poco húmedo para que tenga contundencia. Y una araña con cuerpo, que apareció ayer en la piscina y mi amiga Susana la espantó de su toalla. Pero mátala, no la dejes por ahí, le dije. Sí, eso, que hay niños, no se oyó decir, porque el bobo de turno andaría lejos. Y ahí se puso ella, Susana, a dar zapatillazos al suelo, sin saber seguro que la araña estaría debajo. Y apareció Javi, con sus zapatillas de deporte a pisar también el césped. Y como en Aterriza como puedas, una fila de personas en traje de baño y con chancla en la mano se disponía a alisar el césped, con o sin araña, que para entonces ya habría huido. El tiempo entre mataduras.

El del bar, que es nuevo en la concesión. Y ha creído que todo el monte es orégano, y que se puede contestar de cualquier modo. Con una cocina que huele a grasa requemada, a suciedad y a abandono. Que de una tortilla revenida saca cuarenta o cincuenta pinchos, y que no se corta al decirle a su hijo, delante del cliente, que ponga menos, que un aperitivo no es para que la gente coma. Que levantas el café de la mesa y te quita la mesa, porque ya son las siete. Que te dice que quites eso porque va a barrer, y eso son tus pies. Un resentido social, a decir de algunos. Se creerá que los que estamos de vacaciones es porque no trabajamos. La culpa la tenemos nosotros por tomar una cerveza. Yo ya no, que puedo vivir sin ella, y él tiene más difícil pasar el invierno sin mi euro con veinte… El tiempo entre amarguras.

El campo. Hacen nuevos caminos, quitan las balizas de los antiguos pero tardan en sacar los nuevos mapas. Da igual, porque subes hacia arriba, sale un camino, te encuentras una fuente, giras, vas hacia abajo y cuando tienes a la vista la vaquería a la derecha hay un portalón. A la quinta vez que te pierdes encuentras el portalón, y la fuente sigue sin aparecer. Da igual. En los robles hace menos calor y menos frío que en el pinar. Sí, pero hay más moscas. No hay ganado, pero hay caballos, que son los nuevos perros aunque los llevan sin bolsita para excrementos. Curra se ha rebozado dos veces ya este año. No le veo el gusto, ni pienso averiguarlo. El tiempo entre andaduras.

Esta noche futbol. El tiempo entre esculturas.

 

 

De El tiempo mientras tanto me enamoró el título. Está entresacado de unos versos de Benedetti (Soñamos juntos, juntos despertamos, el tiempo hace o deshace mientras tanto), pero me echaba para atrás que fue finalista del Planeta. Así es que leí un comentario sobre el libro que hacía un blog amigo, el de la boticaria, en donde venía a decir esto mismo. Y también que era un libro triste, muy sentido, y luego que a mí me iba a gustar.

Y sí, me ha gustado. Y sí, es un libro amargo. Cuenta la espera de la muerte de María José, en coma tras un accidente de coche. En la espera, va contando la vida de la madre, una mujer malhumorada y pejiguera; del padre, un hombre resignado y callado, abatido y derrotado por la vida; de la íntima amiga, leal hasta el final; de la propia Maria José, una vida entregada a un amor ni merecido ni correspondido. Y de muchos otros personajes que se van cruzando por esas vidas.

Desde la primera página ya sabes que va a morir. Que morirá. Lo cual no necesariamente convierte su vida, ni la de los que la rodean en un horror. Tampoco que “la vida no es como habían imaginado”, o que la vida sea injusta, perra y dura. Carmen Amoraga sin embargo nos va retratando unos personajes llenos de frustraciones, de silencios, de amores no correspondidos, vidas cobardes, derrotadas, vidas que no se han sabido vivir y que han ido muriendo mucho y muchas veces. Unos personajes magníficamente retratados que van contándonos, entre la pena por ver cómo se apaga la vida de su hija, su pasado de sentimientos y de emociones.

Me ha gustado mucho la naturalidad con la que está escrito. Y no todo es pena y amargura, porque incluso tiene algunos pasajes que logran sacarte una sonrisa después de todo. Y también, después de todo, no acaba tan mal como pudiera parecer, hay alguna esperanza en los personajes y en sus vidas.

Puede parecerlo, por el argumento y por lo que cuento, pero el libro no me ha parecido nada deprimente. Es casi más áspero, más amargo, que triste. Y como digo, el dibujo de los personajes me ha parecido sensacional. Si se topan con él y no les importa leer sobre lo que guardan algunos en el alma, léanlo.

Yo pensaba que después del inquietante Joyland no iba a atreverme más con Stephen King. Ya he dicho en alguna ocasión que a mí las novelas de miedo me dan miedo, y no disfruto mucho con eso, aunque sepa que es ficción, que es un libro, y todo lo demás. Sin embargo, Bichejo (bichejo.com) me insistió en que leyera éste, y ustedes no se pueden hacer una idea cabal de lo que es esta mujer cuando se pone insistente. Me dije que o leía el dichoso libro o me vería abocada a inspirar un nuevo éxito de ventas del autor, así es que se lo pedí prestado y aquí estoy porque he leído.

El argumento, como el libro, es de sobra conocido: un tipo que es dueño de una hamburguesería descubre, por casualidad, un agujero de gusano (creo que ése es el nombre técnico) que le permite viajar en el tiempo, y más concretamente a septiembre de 1958. Así es que, como pilla más o menos cerca, decide evitar el asesinato de J.F. Kennedy, sucedido en noviembre de 1963. Sin embargo, no lo consigue y, enfermo, le revela el secreto del agujero del tiempo a su amigo Jake Epping y le convence para que lo intente él. No cuento más aunque estoy segura que en cualquier contraportada del libro lo destripan mucho más que yo.

El libro se me ha hecho un poco de bola en algún momento, pongamos en unas 100 páginas. Tengan en cuenta que el viajero tiene que vivir 5 años, así es que no todo el rato va a tener una vida trepidante. Pero las 700 y pico restantes me han parecido formidables, muy de pillarte mucho. Leí la mayor parte estando de viaje y es muy de que no te importe volver al hotel para seguir leyendo, muy de decir qué bien este viaje en tren de cuatro horas o de pensar vaya, me tengo que ir a duchar o no puedo más con el sueño que tengo.

El libro refleja de maravilla lo que debería ser la América de los primeros 60, el choque social y cultural de un individuo que llega de hoy en día, las costumbres de entonces y las diferencias en el lenguaje y el modo de vida. También, las paradojas del viaje en el tiempo, las reglas del juego que el protagonista debe respetar, las dudas, las terribles dudas sobre lo que implicará cambiar un acontecimiento concreto del pasado. Y luego que es una intriga muy bien llevada, porque sabemos lo que pasó y cómo es el mundo después de lo que pasó. El resto, es una incógnita por desvelar.

Así es que muy bien por la recomendación, que agradezco, claro. Me alegro de haber cedido a la insistencia, aunque en realidad, como les decía más arriba, es algo que no tenía remedio y que era difícil de evitar. Como el asesinato de Kennedy, más o menos.

Léanlo, que les gustará.

 

Polonia en dos ciudades

Vengo de pasar unos días en Polonia. Hay otros viajes a lo largo del año, claro que sí, pero ya desde hace algunos reservo unos días en agosto para conocer mundo, que es muy grande y tiene muchas cosas para mirar y ser miradas. Que no es lo mismo. Tiene que ser agosto por razones que no vienen al caso en este post, y aunque no es el mejor mes para viajar, los países están ahí incluso en este mes tan hortera, inmutables. Y este año, como digo, le ha tocado a Polonia.

Polonia es un victimario. Un país rodeado de imperios malotes y largamente gobernados por dirigentes con muy malas pulgas. Y así les ha ido: han recibido bofetadas hasta en el carnet de identidad y de hecho se pasaron un siglo entero in albis, conquistados por unos y por otros y manteniendo a duras penas los bailes populares y la lengua polaca, un idioma seseante y con muchas ies, plagado de uves dobles y de zetas y que no tiene compasión ni siquiera a la hora de inventar nombres para las calles. Así es que una se conforma con mirar, sin saber muy bien dónde está cuando se orienta en un mapa. Y cuando encuentras dos calles paralelas que llevan al mismo sitio y que se llaman, respectivamente, Starowislna y Stradowiska, sólo te queda fuerza para combatir cierto sentimiento de frustración que se parece mucho a la melancolía.

El viaje ha sido corto y sólo he estado en dos ciudades: Varsovia y Cracovia. Varsovia, como sabe todo el mundo, fue arrasada en la Segunda Guerra Mundial (quedó UN edificio en pie), pero los polacos tuvieron la paciencia y el buen sentido de reconstruirla tal y como era. No toda, naturalmente, porque los malotes del Este impusieron su mierda de ideología también en los edificios, y se ven bastantes colmenas en las que el obrero era feliz, según ellos, y algunos mazacotes en los que se reverenciaba al Partido de los obreros felices. Con todo, su ciudad vieja es encantadora, y pasaría por cualquier centro rehabilitado de cualquier ciudad que no hubiera sido destruida.

Cracovia es otra cosa. Una ciudad pequeña, que sobrevivió a las bombas de los liberadores rusos gracias a que los animales nazis habían huido. Eso les ahorró tenerse que guiar por los cuadros de sus antepasados, y la ciudad se conserva de maravilla. Una ciudad antigua y armónica, preciosa, limpia, alegre, y cuyo perímetro no está marcado por unas murallas, sino por un bonito parque, lo que no deja de tener su parte de poesía. El barrio judío, fuera del perímetro, se mantiene, avejentado pero en pie, y es ahora un barrio vivo y animado, y muy interesante.

He visto un país sin euro y por lo tanto, con fortuna. Ciudades modernas, abiertas, alegres y animadas, con habitantes como usted o como yo, probablemente con las mismas ambiciones y las mismas preocupaciones. Los mismos coches, las mismas tiendas, los mismos anhelos y las mismas razones para vivir en paz. No desde luego con la misma historia. En estas dos ciudades hubo un gueto, de los que no queda más que sombras del recuerdo, engullidos en la tristeza de barrios más vulgares que humildes. Y junto con los guetos, se cometió un genocidio. Nada se puede comparar a esto, y es algo que no debe olvidar la cabeza del visitante.

Este país seguirá rodeado de países malotes y con malas pulgas, que malos vecinos los tenemos casi todos. Pero ellos seguirán ahí, con sus uves dobles y sus zetas, con su lengua seseante y de muchas íes, su carácter afable y su propia personalidad, que para eso han sufrido tanto por mantenerla. Les iba a poner una foto evocadora, pero WordPress debe de estar de vacaciones y no me deja. Así que vayan ustedes mismos y vean, que les gustará.

el-libro-de-la-senorita-buncle unmundoparacurraEl libro de este mes del club de lectura es el que da título al post. Es el segundo de la nueva lista que acordamos en mayo y será el último de cualquier otra lista. No deben preocuparse: el club continúa, pero las listas no. Digamos que preferimos toparnos con la tortura sin tener que pasarnos varios meses temiéndola…

El libro de la señorita Buncle es la novela de una mujer que escribe una novela sobre una mujer que escribe una novela sobre una mujer que escribe una novela sobre una mujer que escribe una novela. Esta última frase, que transita entre el trabalenguas y la descripción desquiciada no es del todo mía, sino que está entresacada del propio libro y me parece una manera perfecta de resumir la historia.

La señorita Buncle es una joven soltera que vive su lacónica y aburrida existencia en un pueblecito inglés, que es el típico pueblecito inglés también muy aburrido en el que nunca pasa nada. Miss Buncle, una mujer incapaz de imaginar historias muy complicadas es sin embargo muy observadora, así es que escribe una novela describiendo con pelos y señales la vida de sus vecinos y a sus vecinos mismos. La novela, que adquiere un éxito inesperado, especialmente en el pueblo, describe la realidad del pueblo tal cual es, pero en un momento toma un giro radical cuando aparece un joven armado de un caramillo que, como el flautista de Hamelin, opera en todos los vecinos el cambio de sus vidas. Es el perturbador de la paz.

Lo que parece producto de su imaginación se empieza a cumplir en la realidad, aunque lo divertido son las reacciones de los paisanos, algunos muy ofendidos por la certera descripción de Miss Buncle, que se toman como una ofensa, casi como una violación de su intimidad, aparecer retratados.

… Libros como El perturbador de la paz son una amenaza mortal para la sociedad. Socavan los cimientos del estilo de vida inglés. La casa de un inglés es su castillo. El perturbador de la paz se ha colado en el recinto sagrado de ese castillo, ha destruido la fragancia del hogar y ha violado su intimidad. Nosotros, los vecinos de Silverstream, tenemos que ser los primeros, tenemos el derecho y el deber de enseñar a Inglaterra que nuestro hogar sigue siendo un lugar sagrado que no se puede violar impunemente…”

Miss Buncle, que en ningún momento osa reconocer que es la autora, escribe una segunda parte del libro relatando su aventura, y eso es lo que da pie al autor a decir que es una novela de una mujer que escribe una novela sobre una mujer… Pero ya no les destripo más.

El libro desde luego no es una obra cumbre de la literatura ni contiene elementos filosóficos que te hagan pensar ni medio minuto, pero se deja leer, es divertida a veces y distraída en todo momento. Está escrita con esa ironía y ese puntito de mala leche que se gastan los ingleses cuando retratan su sociedad, con muchos personajes que entran y salen de la historia, a veces como personajes de la novela, otras como realidad. Si se topan con esta novela, léanla, que pasarán un buen rato.

Tenéis, como cada primero de mes, otras opiniones sobre él en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en Bichejo.com. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él, o no, en el blog del Club de lectura.

La señá presidenta

Sí, soy yo y no, no me he ido de vacaciones. Y verdaderamente, amigos, aunque me hubiera ido no se lo contaría, no fuera cuento que un ladrón malvado me leyera y viniera a mi casa a robar. Claro, que en mi casa no hay nada que robar, y por otra parte, tengo esto tan abandonado que ya sería mala suerte que de los pocos lectores que me van quedando, uno fuera a ser, precisamente, un ladrón malvado.

No crean que no les he echado de menos. Mucho. Cada día he inventado un post, o dos, o tres, pero luego he tenido cosillas que hacer y ya no me iba a poner a escribir a las tantas. No, no lo he apuntado en mi libretita verde. Se me pasó…Ya les dije hace unos días que el mes de julio es un mes muy perro, porque todo el mundo quiere irse de vacaciones dejándolo todo terminado. Es una vivencia recurrente que yo creo que se debe de parecer mucho a la que viviríamos si encaráramos el fin del mundo, el fin de la vida o el final de los tiempos. Curra diría que es como cuando me ve comerme el último bocado de un pastelillo sin que le haya dado un trozo. En fin, es como si agosto fuera el borde de un abismo. Y, claro, en esa tesitura, cualquiera deja nada para septiembre. Si agosto es el borde del abismo, septiembre es el abismo mismo.

Abismo rima con mismo, por si no se han percatado.

Entonces hoy he llegado a una hora razonable y he decidido cumplir con mis obligaciones vecinales. Y es que resulta que me toca ser presidenta de esta mi comunidad. Pues sí, soy la señá presidenta. La verdad es que podría ser estupendo, porque nunca he sido presidenta de nada. Lo que pasa es que yo no sé de esto, para mí una comunidad de vecinos es el misterio más absoluto. Así es que primero he hablado con el portero:

- Juan, he leído que soy la señá presidenta, pero que sepa usted que no tengo ni idea de nada. Supongo que esto es honorario y que no tendré que tomar decisiones. Por el bien de la Comunidad lo digo…

Ay. Entonces me he enterado de un problema de fontanería liviano (del que se ocupará el portero), además de un contencioso que roza la guerra vecinal con el edificio de al lado. He puesto cara de estar muy interesada, lo que no se puede considerar un acto de hipocresía por mi parte: he puesto todo el interés del mundo. Otra cuestión es que me haya enterado de algo, porque yo, de grifos, sé poco.

Y después he ido a ver al señor vicepresidente. Este señor es el presidente saliente y se ha presentado voluntario para continuar en el organigrama hasta que se resuelva la guerra vecinal: por lo visto, solo contármelo le llevaría meses. Así es que no me lo ha contado (cosa que le he agradecido), y me ha dicho que él tampoco tiene ni idea y que de todos los asuntos se ocupa un vecino que es aficionado a ocuparse de esto. Una especie de presidente en la sombra. O una bendición, según como se mire. Y también me ha dicho que yo sólo tendré que decidir sobre la calefacción: si se pone, si se sube, si se baja o si se quita. Y que no me preocupe, que la vecindad es muy cordial (eso ya lo sabía) y que no hay ningún plasta (esto no lo sabía pero me reservo el derecho a opinar dentro de un año).

En fin, dejaré lo de ir a ver al presidente en la sombra para cuando tenga un problema o cuando me hagan alguna pregunta que no sepa contestar. O sea, para cuando me pregunten algo. No le quiero presionar. A ver si va a pensar que quiero el poder…

Asobinar

- Primero vamos a decidir qué nos conviene, porque luego los del otro departamento, en cuanto vean dos alternativas se van a asobinar y no sacamos nada de ellos.

- ¿Asobinar? ¿Eso es con b o con v?

- Eso se dice en Granada, y yo creo que es con v.

- O sea, asovinarse. ¿Y qué significa?

- No, es con b. Asobinarse, estoy casi seguro.

- ¿Asobinarse es como acarajotarse?

- ¿Acarajotarse? Dios mío, ¿Pero qué le pasa a la gente?

- No. Asobinarse yo diría que no es acarajotarse.

- Acarajotarse o encorajotarse, que no sé muy bien ahora cómo se dice.

- Es que no se dice, te lo estás inventando.

- ¿No será encorajinarse?

- No, acarajotarse o encojorotarse digo yo.

- Pero en Granada asovinarse no es acarajotarse.

- ¿Pero qué es acarajotarse?

- Yo le llamo acarajotarse a cogerse una caraja.

- Ah, pues no es encorajinarse, porque eso es cogerse una corajina.

- ¿Y encojorotarse entonces?

- Pues lo mismo. Cogerse una caraja.

- Ya son dos carajas.

- Y una corajina.

- ¿Pero ya sabemos lo que es asobinarse?

 

Asobinarse.

(Del lat. supināre ‘poner boca arriba’).

 1prnl. Dicho de una bestia: Quedar, al caer, con la cabeza metida entre las patas delanteras, de modo que no pueda levantarse por sí misma.

2. prnl. Dicho de una persona: Quedar hecha un ovillo al caer.

 

 

 

Remar juntos

Qué bonito lo de remar juntos.

La imagen que se te viene a la cabeza de inmediato es deportiva. Bajo el cielo gris londinense, unos mozos bien configurados y mejor vestidos se montan en una trainera sobre el río Támesis para dirimir si ese año ganará Oxford o Cambridge. “Yo voy con Oxford” dice una, “yo voy con Cambridge”, dice otra, mientras la emoción sube de tono cuando se da el pistoletazo de salida. Y de pronto, oh, la congoja. James, el lerdo, rema más despacio que los otros siete, mientras el timonel grita desesperado:

- ¡James! ¡James Withaker, escucha mi voz y sigue mi ritmo: uno, dos, uno, dos!

Pero James, que además de débil es más débil físicamente que los demás, no alcanza a llevar el ritmo de sus compañeros. Y la barca se va escorando, se va escorando, y ya no mantiene el rumbo certero que les conducirá a la victoria. Y los del equipo de la otra universidad les sacan un par de pulgadas, y luego un par de pies, luego un par de yardas, hasta que William Townsend, que rema detrás de James Withaker, le agarra por las axilas y, plaf, le tira por la borda.

-Well done, dice el timonel, pero a ver qué hacemos ahora con uno menos.

Así que pierden de todos modos, con lo que se demuestra que hay decisiones radicales que no solucionan nada en la vida. En cuanto a James Withaker, la historia dice que se vio arrastrado por la corriente del rio y llegó al mar, y luego en el mar, nada que te nada, llegó a las costas de Boston y se alistó en las traineras de Harvard, en donde también logró que su barca perdiera, aunque por la razón contraria a la sucedida en Inglaterra: en el Atlántico había desarrollado su musculatura de tal forma que ahora era el remero más fuerte entre los ocho del equipo. Así es que, historia conocida, la barca escoraba y escoraba. Esta vez no le tiraron al agua, pero su aventura como remero terminó cuando, al llegar los segundos a la meta, Hugh Connelly, patrocinador de la regata y accionista de la Universidad, le hizo un contrato como Quarterback en el equipo de fútbol de Harvard.

Qué importante lo de remar juntos.

Hay otra imagen que se te viene a la cabeza, y es la de los condenados a galeras, atados al remo en situación de guerra para que no salieran corriendo a la primera embestida del barco enemigo. Esto se veía claramente en Ben Hur, no me lo estoy inventando yo, en todo caso se lo inventó William Wyler. Lo que pasa es que, tal y como se veía en la película, James Withaker no hubiera terminado en el agua, ni le hubieran quitado del remo por debilucho o por excesivamente fortachón. Porque en esas galeras iban un montón de remeros, así es que uno se puede escaquear de remar junto a los otros.

- ¡Boga de combate! ¡¡Boga de ataque!! ¡¡¡¡ BOGA DE ARIETE!!!!,

Y ya puede gritar el gordo calvo que lleva los bongos, y un remero (un antepasado de James Withaker, por ejemplo), puede fumarse un puro o no hacer fuerza, lo que viene a ser hacerse el longuis, que para eso están los otros remeros. Eso sí, algún latigazo se llevará. Pero ¿Qué es un latigazo comparado con que te tiren al agua en medio de una regata de lo más londinense?

La vida.

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