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@MeryValver: Tensión competitiva OFF (foto de Neobrufén 600 mg)

@RocíoGlezMtez: Dame. Dos. O diez.

@MeryValver: ¡Y un Orfidal, que necesitamos dormir!

@RocíoGlezMtez:  yo me voy a hacer un cóctel… de lo que haya.

@MeryValver: Con un chorrico vodka.

@RocíoGlezMtez: Te lo cambio por bourbon que no tengo vodka, pero lo necesito así… ¡Qué nervios todo el día, qué dolor de cabeza!

@MeryValver: ¿Te das cuenta de la mala vida que llevamos por culpa del Madrid?

@RocíoGlezMtez: Nos tenía que becar el club o algo. Si esto no es amor…

@MeryValver: Endeluego que sí.

@RocíoGlezMtez: La semana que viene empezamos tres días antes con Diazepam…

@C_Jimenez10. ME DESLOLO.

@MeryValver: No te rías.

@RocíoGlezMtez: Pero si no hacemos más que DESUFRÍ hasta que ganamos una final. ¡Y sufrimos resaca al día siguiente!

@MeryValver: Eso es verdad: que llevo una semana sin dormir desde la final!! Hoy ya he ido a trompicones! Y tanoche me veo igual.

@RocíoGlezMtez: Somos un Pulp fiction madridista…

 

Tuiterland, tras la batalla… Y eso que sólo ganamos 1-0.

avatar championDecía Hidalgo Bayal en su Paradoja del interventor: «Cuídate, interventor, que la vida es cruda, el mundo cruel y el sacrificio cruento». Si miramos el diccionario vendríamos de los cruces, que son en nuestro caso los de semifinales de la Copa de Europa. Unos cruces crudos, crueles y cruentos, porque no habrá sangre, pero aquí vamos a tener más que palabras.

No es una guerra. No habrá metralletas, ni ametralladoras, aunque si por fin juega Cristiano, espero algún metrallazo. Eso que llamaban la folha seca, que no es más que un patadón brutal al balón que, por no reventarse, se cuela por la escuadra sin remedio. Tampoco silbarán las balas, ni veremos dispararse los misiles, ni tronarán aviones a reacción, aunque nos lo parezca viendo a Bale. Podemos esperar que Benzemá nos deje algún gol sutil (ah, la subtilité), como de florete, o tal vez un passepartout  si no tiene el día empanado. Aunque el passepartout es la especialidad Modric… Bueno, de Modric yo me espero desde una vainica hasta un passé composé. Y si el resto acompaña y los marines de la defensa evitan pensar (en Ramos y Pepe pensar es el preludio de la catástrofe), ya pueden irse al cuerno los bárbaros ésos del Bayern.

No es una guerra pero habrá vencedores y vencidos. En un lado, los que jugaron mal, aquellos a los que les falló la ambición, les derrotó el miedo y se les paralizó la habilidad. En el otro, aquellos que supieron competir, luchar, sufrir, guerrear, disputar. Aquellos que defendieron una idea y lo hicieron con emoción. ¿Y cuál es la idea? La idea es que el Real Madrid no sale a ver qué pasa, a soñar, a intentarlo. No. El Madrid sale a ganar una copa que es suya. A defender lo que le es propio. Porque cada equipo que ha ganado una copa de Europa, en el fondo se la ha ganado al Real Madrid, aunque el finalista fuera algún otro matao, que eso nos da lo mismo. Esta Copa es nuestra. Y de nadie más.

Aquí, con los alemanes (como con media Europa, por otra parte) tenemos una cuentita pendiente. Una o varias, qué más da. Con este Bayern de jugadores feísimos y de entrenador cuneiforme y falto de arrebol también, por supuesto. A ese Bayern de historial bravucón y macarra hay que ganarle por mucho y como sea. ¿La posesión? ¿el buen juego? ¿la cantera? ¿el señorío? Al cuerno todo eso. Dejaos de pipas y al turrón, que aquí no estamos para secundariedades. Hay que ganar por mucho y como sea, ganar hasta deprimirles. Ganar y que lloren, que se avergüencen, que los reciba un estadio Allianz vacío a la vuelta, que su propia afición se abone a la indiferencia, que se quieran ir a jugar a Milwaukee, en donde no les conoce nadie.

Lo tengo dicho: las emociones mueven el mundo y la razón sólo lo ordena. No hay que esperar racionalidad, no hay razón. Espero un Bernabéu irracional. Un Bernabéu imponente. Un Bernabéu que deberá gritar, rugir, acongojar, amedrentar, estremecer, paralizar. Un Bernabéu que provoque un acojone antológico y ontológico (lo de ontológico es para que me entienda el Pep). Esta noche juega el Madrid su último partido en el Bernabéu para alcanzar la final de su Décima Copa de Europa. Ningún club en el mundo puede aspirar a eso.

Me calmo. «En un lugar como éste, o se es trapense o se es trapero», seguía Hidalgo Bayal. Prefiero trapense, pero en el Bernabéu, mientras se gane, se puede ser casi cualquier cosa. Nos vamos a divertir. Hala Madrid.

 

 

La delicadeza un mundoparacurraHace unos días iba a hablarles de este libro y se me cruzaron los insectos por medio y al final no les conté casi nada de La delicadeza. Hoy aprovecho que el Madrid está en capilla para escribir el post sobre La delicadeza, un libro que me ha encantado. Cuenta la historia de una mujer, Nathalie, que pierde a su marido en un accidente, y cómo recompone su vida. La historia está, naturalmente, en la recomposición, porque Nathalie se topa con la sencillez, la delicadeza y la ternura de un subordinado suyo de la oficina, un muchacho sueco casi invisible (“la infancia en Suecia se parece a la vejez en Suiza”) y desconcertante, que no le devolverá su vida anterior, pero le permitirá vivir con sus recuerdos sin tener que abandonarlos.

Me ha gustado mucho cómo está escrito, con una prosa sencilla, con una ironía fina y muy elegantona, muy francesa, que a mí me gusta mucho. Te hace comprensible una historia en algún momento disparatada, con unos personajes creíbles y muy bien dibujados, a los que terminas por querer mucho.

Les dejo con un par de párrafos en los que el autor hace referencia a grandes autores franceses con mucha gracia para distraerles, aunque quizá no son lo más representativo del libro, y sí lo sería la sensibilidad y la delicadeza con la que está escrito. Un título muy apropiado, desde luego. Leeré más de este hombre, esto es seguro.

Quería un texto que pudiera leer a salto de mata según le apeteciera, pues sabía que no podría concentrarse. Por ese motivo se decidió por silogismos de la amargura, de Cioran.

…Quizá lo mejor fuera anular la cita. Todavía estaba a tiempo. Podía decir que le había surgido un problema de fuerza mayor. Sí, lo siento, Nathalie. Me habría gustado tanto, bien lo sabe usted, pero bueno, es que hoy mamá ha muerto. No, no, eso no, demasiado violento. Y demasiado Camus, y Camus, para anular una cena, como que no. Mucho mejor Sartre. Esta noche no puedo, tiene que entenderlo, el infierno son los demás. un tonito existencialista en la voz y colaría… 

Y mañana hablaré de fútbol. No lo duden.

 

Semana Santa descansada

Relax poblachónVolví ayer sábado de vacaciones, temiendo la caravana y, sobre todo, los vientos polares que ya amenazaban con aparecer en el poblachón. Y si sólo aparecieran vaya que te tira, pero lo peor es que te llevan volando.

No me ha costado volver, entre otras cosas porque llevaba allí desde el sábado pasado y ya se me estaba poniendo hasta el acento del lugar.

- ¿Y tú desde cuándo estás aquí?

- Máaa

El plan de la semana no era plan. Consistía en cruzar los dedos para que no lloviera y poder dedicarme a pasear a las perras por el pinar o por el robledal, que son los dos tipos de bosques que están a un lado y otro de la carretera que lleva a Avila. Es como una frontera y tú eliges el tipo de campo que prefieres: un bosque tupido y lleno de piñas, con muchas cacas de vaca por todas partes, o un pastizal con robles desperdigados lleno de palos y con muchas cacas de vaca por todas partes.

tupido pinarComo sin duda ya han advertido vds, el suelo contiene elementos comunes y elementos específicos, y esto tiene su importancia cuando paseas con perros, no crean que no. Yo prefiero tirarles piñas, me parece más romántico, aunque con los palos, en especial si son largos, consigo llegar más lejos. Aparte de que van volando en círculo y cuando salen del brazo hacen un ruido como de látigo que es muy sugerente. No he notado preferencias por parte de Curra ni de Wilma sobre ir a por una cosa u otra. Bueno, para decirlo todo, Wilma va y viene incluso aunque no le tires nada. En esto Curra es una perra mucho más moderada y cabal.

semana-santa-14-roblesEn cuanto a las cacas de vaca, es algo que me concierne a mí exclusivamente, que no relajo la atención para no pisarlas y también para que Curra no se me revuelque en alguna. Esta semana lo ha logrado sólo en una ocasión, así es que sólo he tenido que bañarla una vez. Ya hubo cierta Semana Santa que se metió en un estanque lleno de renacuajos y de lo que no eran renacuajos, todo porque una niña que yo me sé tiró una piedrecita por ver qué pasaba. Y lo que pasó es que Curra creyó que tenía que ir a por ella…

En el plano gastronómico, no he tomado torrijas, si exceptuamos una marranada que me sirvieron una noche que salí a cenar con amigos. Mi colesterol no ha sufrido en absoluto, más bien se diría que se ha beneficiado de la cocina poblachonera: los chuletones, morcillas, patatas revolconas de un lado y las pastitas y croissants por otro son una trampa que hacen del poblachón un lugar de lo más revolucionario, porque allí se pone fin a cualquier régimen establecido. En cuanto al aspecto deportivo, tal vez les parezcan poco dos caminatas al día por esos campos de Dios y de animalitos de granja. Sin embargo, quedé una tarde para jugar al padel y fue algo muy moderado, no hay que olvidar que la última vez que jugué me dejé un gemelo en la batalla. Y no me daba miedo rompérmelo, sino tener que ir al médico a escuchar su opinión sobre la edad real y la edad aparente. Y yo, de vacaciones, no estoy para escuchar opiniones de ningún médico.

Por lo demás, quería aprovechar para encargar una cocina nueva y para solucionar unos papeles en el ayuntamiento. Lo primero lo he logrado y lo segundo no: cazar abierto a ese ayuntamiento es complicado, pero ya encontrar a alguien con algo de criterio como para registrar una sencilla cuenta bancaria requiere unas habilidades fuera de mi alcance. A mí, en el poblachón, sólo me queda imaginación para tirar palos. Con silbido de látigo, que es muy sugerente.

 

 

 

 

 

diez dias de julioSi van navegando por internet y por azar entran en Amazón, y van y se topan con este libro por menos de un euro, no lo duden ni  medio segundo: no lo compren.  O si deciden no hacerme caso y al final lo compran, entonces mi consejo es que lo reserven para el verano: en vez de hacer crucigramas a la hora de la siesta, pueden dedicarse a encontrar las faltas de ortografía, los errores de concordancia, las descripciones repetidas o incluso coleccionar las comas que sobran.

Tengo un enorme respeto por los escritores y por todos aquellos que logran escribir una novela. Tener la imaginación para inventarla, la paciencia para componerla y el esfuerzo de escribirla me parece algo titánico, o al menos, algo que no está al alcance de cualquiera, no desde luego a mi alcance.  Yo comprendo que no todos los que escriben novelas pueden ser grandes escritores, y que de esos hay en realidad muy pocos. Yo lo comparo con el tenis: quien más y quien menos juega, puede estar federado e incluso jugar en campeonatos. Pero Nadal sólo hay uno. Pues esto de las novelas es similar: no se puede pedir que todos los que publican sean García Marquez (DEP, por cierto), pero en el caso de este autor, la falta de oficio o probablemente de un buen consejo profesional (el libro está autoeditado en Kindle) es palmario.

En esta novela sucede un extraño asesinato y un inspector de policía bastante torpe queda encargado por el comisario para resolver el crimen. La historia no está mal, y tiene su intriga, aunque se hace pesadísimo porque racapitula aproximadamente cada dos páginas. De hecho, si no es por la curiosidad, hubiera abandonado el libro en el segundo o tercer capítulo, pero me he quedado hasta el final para ver quién era el asesino, aunque la trama se va enrevesando hasta hacerse algo ridícula. Y mientras, he sufrido, he sufrido.

Aparte de que que el autor se repite como el ajo, el libro está escrito de forma muy descuidada. Es como si en las galeradas el autor se hubiera dedicado a dormir la siesta. Bueno, no creo que haya revisado el libro, ahora que lo pienso. Pero hay cositas que no son sólo descuidos de una escritura atropellada (por no decir algo más serio). Leer que “cualquier abogado de tres al cuarto desmantelaría esa acusación y la derrumbaría como un castillo de naipes azuzado por una tormenta tropical” es para tirar el Kindle por la ventana. O leer “Anda, Simón, ves a tu casa a dormir” o “tengo la grabación – le digo – te gravé cuando hablaste conmigo…” es para pensar seriamente en cortarse las venas.

Los personajes no están cuidados y además, el autor se empeña en transcribir diálogos irrelevantes entre ellos, conversaciones que son relleno de paja y que no aportan nada al texto, ni a la trama, ni al espíritu. La novela está escrita en presente de indicativo, y no estoy segura de que el autor haya querido dotar al libro de un efecto de estilo original para ir leyendo la mente del inspector, sino que para componer un relato en pasado, este hombre escribe como habla: mal.

En fin, una mierda de libro. Luego no me digan que no les avisé.

La delicadeza

En uno de sus post de lecturas del mes (algo muy práctico, todo hay que decirlo), leí a Modestino recomendar a un autor francés, David Foenkinos, como un autor revelación de los últimos tiempos. Recomendaba Los recuerdos como un libro intimista, él lo llamaba literatura “descomplicada”. En fin, sin saber muy bien yo qué es eso de la literatura descomplicada, me interesó la reseña y me fui de cabeza a leerlo, total, algo hay que leer en esta vida. Y resulta que en vez de bajarme Los recuerdos, por razones que no vienen al caso (razones de lo más tontas, que ya me gustaría contarles algo interesante), me bajé de Amazon La delicadeza, un libro anterior del autor.

La delicadeza, pues. Una novela deliciosa. Me lo leí en un día y medio y me he enamorado. Me he enamorado del autor, de la historia, de los protagonistas y hasta del Kindle, y eso que es un cacharro de lo más ordinario. Les voy a decir una cosa muy en serio: si yo escribiera una novela, me gustaría escribir una novela así, y no esos churros que se leen hoy en día, que entre la autoedición y los editores ágrafos, se lee cada mierda, con perdón (ya, ya les contaré, ya). Y por eso descarto escribir una novela: a lo máximo que puedo llegar es a escribir estos post y a tener unos pocos lectores que me soportan, la mayor parte de ellos yo creo que por pura curiosidad. Pues sí: he llegado a la conclusión que a mí me leen por curiosidad. Me leen como el entomólogo que mira a un insectillo hacer cosas incomprensibles por el suelo, por las paredes, por el techo.

A lo que iba, que me pierdo. Que me leen vds por leerme. Y luego que me encontraré un comentario del tipo “pues me lo leeré”, cuando sólo he escrito una línea sobre el libro. No me quieren vds nada. Me releo y creo que he escrito lo más profundo que se puede escribir sobre los insectillos: que son bichos incomprensibles. En cuanto al libro, lo dejaré para otro momento en el que mi mente esté algo menos confusa.

No obstante, esto no puede quedar así. Veamos, ¿Para qué están los insectos en el mundo? Porque una jirafa se comprende perfectamente. Va la mujer (o el macho, hay machos jirafas, me consta) por la selva con su largo cuello y comen ramas de los árboles altos, que para eso las jirafas tienen un cuello larguísimo y los árboles unas copas elevadas. Son tal para cual, las jirafas y los árboles altos. ¿Pero y los insectos? Los insectos van por ahí reptando, volando atontadamente o dando saltitos de lo más ridículo ¿para qué en concreto? Pues para nada, porque todo el trabajo en este mundo lo hacen las abejas. Y como son la mar de productivas, las abejas, están desapareciendo. Es lo que hay: si no pueden cobrarte impuestos, estás condenado a la desaparición, ostracismo mediante.

Mañana les hablaré de La delicadeza, que hoy me he dispersado y se me ha ido de la cabeza el post que había pensado. La vida.

Hoy empieza la segunda mitad de abril.

No es un día cualquiera, desde luego.

Y no sé vds, pero yo estoy de un humor excelente.

¡Vamos a celebrarlo!

 

 

All my life is changing every day, in every possible way.

In all my dreams, it’s never quite as it seems, never quite as it seems…

 

imageHe leído recientemente este libro, El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas. Se trata de una historia enmarcada en la guerra civil española, aunque bien pudiera ser cualquier otra guerra civil. En este tipo de guerras, siempre se piensa en los bandos como el de los rebeldes y el de los conservadores, o entre el bando de las izquierdas y las derechas, o en nuestra guerra civil, el bando de los rojos o el de los nacionales. Pero en realidad, en las guerras civiles los verdaderos bandos son los de las víctimas y los verdugos, o, como decía un amigo, es como tener una tarta y cortarla en dos mitades, y en ambas mitades quedará los mismos ingredientes, la misma masa, el mismo sabor, y habrá cerezas, tropezones de limón, bizcocho y nata a partes iguales. O sea, gente buena y gente mala que después sobrevive o se adapta, como a todo en la vida.

El lápiz del carpintero cuenta la historia de dos hombres. El doctor Da Barca, un hombre con aura, con el don de la cura y de la hipnosis, capaz de curar, de detener a los hombres y de convencerlos sólo con su mirada, un hombre bueno, capaz y cabal. Enfrente, Herbal, un hombre débil e ignorante que se une a los que detentan el poder en la zona, que se entrega al mal porque la sumisión es más segura y además le dota de impunidad. Y estos hombres se encuentran en la guerra y sobreviven a ella, el uno usando la fuerza que le confiere su uniforme y el otro, la fuerza con la que fascina a los demás, la admiración que provoca. Completa el triángulo clásico una mujer muy bella, Marisa, que representa el amor incondicional, la lealtad, la perseverancia y la rebeldía.

Herbal mata a un pintor al que le roba el lápiz con el que dibuja en la cárcel a sus compañeros de celda, presos “políticos” como él, un lápiz de carpintero que es con lo único que puede dibujar. Y vive con este lápiz, que le llama y le recuerda que somos humanos, y que existe la compasión. Y que en cierto modo le guía, como un remordimiento, y que actúa como una balanza frente a otras voces que le dicen que o te sometes o dominas, otras voces que le dicen que no hay término medio y que hay que matar o morir, cuando hay gente que únicamente quiere vivir sin tener que matar.

El libro está escrito originalmente en gallego y luego traducido al castellano, que es como yo la he leído. Está muy bien contada, con personajes bien dibujados, muy especialmente el de Herbal, en un tono de realismo mágico que es muy de mi gusto.

Una buena novela.

Curra y las ovejas

Era Curra muy jovencita, debía de ser el segundo verano que subía al poblachón, con un año y medio. Todas las mañanas, muy temprano, nos íbamos con mi amiga Susana hasta la Estación andando, en un recorrido que no debe de ser muy superior a los cinco kilómetros, por un camino que discurre por medio del gran pinar. Susana y yo íbamos andando, pero Curra iba pegando brincos. Y es que ahora Curra es una perra muy tranquilona, pero los tres primeros años vivir con ella era como vivir con una cabra. Aunque con menos olor, dónde va a parar.

En el pinar es fácil encontrarse animales sueltos. Aparte de gente en chándal, no es raro cruzarse con vacas, caballos y algún que otro rebaño de ovejas. Las reacciones de Curra cuando veíamos animales eran diversas, y así como salía a ladrar a los caballos, con las vacas y con la gente siempre se comportaba más bien con indiferencia. Los caballos, que son animales nobles y muy queridos en el imaginario popular, tienen bastante mala leche con los perros, no crean, y yo siempre me temía que le fueran a dar una coz y me mataran a la perra. Ya, claro que la podía llevar atada pero ¿Quién lleva atado a un perro por el campo? Pero, en fin, ya tenía yo cuidado, cuando veía algún animal a lo lejos, en agarrar a Curra, porque aunque obedecía, a veces se le iba el santo al cielo y salía como una flecha corriendo.

Una mañana, al rebasar un altozano, de pronto Curra avistó un rebaño de ovejas ladera abajo. No me dio tiempo ni a llamarla cuando la ví correr ladrando hacia las ovejas, que salieron despavoridas, balando y haciendo sonar los cencerros hasta que desaparecieron, las ovejas y Curra, por el otro lado del monte. Yo me desgañitaba llamándola, hasta que opté por salir corriendo yo también. Ya creía que había perdido al perro por el campo cuando de pronto apareció por un sitio inesperado, con la lengua fuera, como si viniera de correr una maratón. Naturalmente, la regañé, la agarré del collar, le di un azotazo y la hice volver al camino, donde se había quedado Susana esperando a que volviéramos las dos.

El caso es que seguimos nuestro camino, ya con la perra al lado. Y unos diez minutos después, apareció un jeep a nuestra espalda, un todoterreno antiguo y color café con leche como el que suelen llevar los vaqueros de por aquí. Yo volví a atar a Curra, para dejar pasar el coche, aunque paró a nuestra altura. Dentro, un hombre de unos cincuenta años, bajó la ventanilla y, muy tranquilo, con una media sonrisa y con mucha amabilidad, me preguntó si es que no me obedecía el perro. Cuando le dije que era joven, y que no siempre atendía, se dio a conocer:

- Soy el dueño de las ovejas. Ese perro suyo las ha pegado una carrera de mucho cuidado y me las ha dispersado por todo el monte. Incluso una de ellas se me ha despeñado. He tenido que llamar a mi hijo para que me ayude a reunirlas otra vez… Debe usted saber que yo tengo derecho de pasto. Eso significa que yo puedo llevar animales sueltos, y si le pasara algo a una de mis ovejas por culpa de su perro, en un juicio llevaría usted las de perder. El monte es de todos y todos podemos disfrutarlo a la vez, y yo comprendo que usted quiera llevar al perro suelto, es lo normal y me parece bien, está en su derecho. Pero yo también tengo derecho a que mis ovejas pasten por aquí. Así que por favor, tenga más cuidado con el perro, porque ahora me toca a mí perder el día entero hasta volver a juntar todo el rebaño.

Yo no sabía qué cara poner, ni qué decir, ni cómo reaccionar. Si aquel hombre me hubiera regañado, o gritado, o le hubiera visto enfadado, pero la calma, y hasta la simpatía del hombre me desarmó, y no sabía que decir, aparte de disculparme, claro, porque el hombre me pedía que soltara al perro, que no tenía por qué llevarlo atado, sólo me pedía que cuidara de que no se me escapara…

Qué horror. Yo me imaginaba las ovejas por ahí desparramadas, despeñándose por la montaña, con un susto de muerte viendo a esta loca correr detrás de ellas. Así es que, a partir de ese día, Curra fue al campo con pelota de tenis. De ese modo, mientras estuviera preocupada por que no se le cayera la pelota de la boca, no había peligro de que saliera desmelenada detrás de un rebaño. Y sólo en otra ocasión nos nos volveríamos a encontrar ovejas, pero esta vez con un perrón cuidándolas. ¿Sería el mismo rebaño? En fin, esa es otra historia, que da para otro post, aunque de miedo. El de hoy termina aquí.

El título de este post es el nombre del blog de Miguel, que nos ha dejado hace unas semanas. Yo me enteré ayer a través del blog de Inma, Territorio sin dueño, y después en casa de la boticaria, aunque para entonces ya tenía la cabeza muy confusa. Y tengo que decir que apenada. Pero hay post que hay que escribir.

La primera vez que se cruzó la muerte en lo que llamamos el mundo virtual me quedé perpleja. Fue al principio del blog. Uno de mis comentarista habituales sufrió un ataque al corazón y después de unos días falleció. Y yo lo sentí como si lo conociera de toda la vida. Eché cuentas de su bonhomía, de su simpatía y de las discusiones divertidas que teníamos en este blog, pero mi perplejidad provenía de la bofetada de tristeza que me sacudió, una bofetada inimaginable, inaudita, que no esperas en alguien a quien no conoces en persona, físicamente. Fue una manera brutal de entender que un blog es una vivencia. Y es ésa la vivencia que se acaba, que termina bruscamente, y que te golpea.

He vivido otras dos muertes en tuiter y ya no me sorprendió la pena, aunque me sacudió de igual modo. Y en las dos ocasiones escribí dos posts a aquellos dos tuiteros, a quienes sigo recordando y llevando en mi corazón. Y es que yo estoy aquí porque escribo y escribir es mi tributo, la expresión de mi pena, una pena sobre la que no quiero comentarios porque no he venido hoy a recibir un pésame, sino a saldar una cuenta.

Sé que este post no estará a la altura ni de cómo escribo yo ni de cómo escribía Miguel. Si le leía era por su estilo, por su capacidad de juntar letras con elegancia, por la soltura al escribir. Era un tipo al que se le notaba el pulso y yo a eso le doy valor. También escribía poemas, pero yo eso me lo saltaba, no tengo por qué engañar. Y tampoco le seguía en su faceta de animador, ni participaba en su foro. Me apunté a uno de sus ejercicios blogueros pero incumplí porque se me hizo tarde, da igual ya por qué, aunque habría un porqué. Y un montón de blogueros escribía todos los días 11 al ritmo que ponía Miguel. Porque era un tipo que se hacía querer, aunque no le siguieras cuando tocaba el tambor.

El 28 de diciembre pasado escribió una entrada comunicándonos que iba a escribir un libro como negro, y planteando incluso la disyuntiva moral de la creatividad sin firma. Y a mí me pareció perfectamente posible que le hubieran ofrecido escribir por cuenta ajena un libro. Y me pareció rarísimo que lo comunicara un 28 de diciembre: “todo el mundo va a creer que es una inocentada”, pensé. Pero con todo yo le felicité con todo mi corazón, porque me pareció un notición… ¡Y resulta que era, efectivamente, una inocentada! Y se partía él, y me partía yo. Fue como una broma con doble tirabuzón que me encantó. Ese era el personaje.

El blog de Miguel era el lugar en el que se encontraban cada día un montón de amigos a charlar de sus cosas con la complicidad que da la frecuencia y la confianza. Y eso, posiblemente, podría llamarse amistad. Yo sólo pasaba por allí a leer sus post por su estilo al escribir, por su capacidad de juntar letras con elegancia, por su pulso, por su soltura, y porque rara vez no me sacaba una sonrisa. Ahora su blog se ha quedado parado en el tiempo, como se quedan las fotos. Y como ellas, tardará en envejecer, entre el olvido y la memoria.

Gracias, Miguel. Descansa en paz.

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