Una votación normal

gloria MadridLo extraordinario hoy no estaba en la tierra, sino en el cielo de Madrid. Pero abren los telediarios diciendo lo de siempre: “jornada de elecciones en la que hay que resaltar la normalidad y la ausencia de incidentes”. Luego también se dirá la imbecilidad esa de “la fiesta de la democracia” y lugares comunes muy del gusto de quién, en realidad, no tiene nada que decir. Pero lo que más me molesta es lo de la “normalidad”. Pues claro. ¿Qué se creen que es esto? ¿Somalia?

La vida real, el mundo real, las relaciones reales, lo cotidiano de nuestras vidas no son las tertulias, ni los parlamentos, ni el tuiter. La normalidad del mundo en el que vivo – al menos mi mundo – es que cada uno piense lo que quiera y vote lo que quiera. Y cualquiera que vaya a un colegio electoral sin una cámara en la mano, ni con el objetivo de colocar un mensaje y que le graben, ni con el cerebro podrido de consignas y de instrucciones políticas, aquel que vaya sin otro interés que el de votar se dará cuenta de que la democracia y la tolerancia está mucho más y mejor instalada en la vida real que en ese teatro de marionetas que es el parlamento, y sobre todo las tertulias. La tolerancia y el dejar vivir es más real en nuestra sociedad que el griterío del tuiter, de las televisiones comerciales en la que lo mismo da una pedorra que un político, o que esas manifestaciones de cuatro gatos gritando por sus habichuelas y sus propios intereses (nunca por el cocido o por los intereses de los demás, no se engañen).

Nunca llevo la papeleta de casa y nunca me he metido en una cabina, en la que por cierto, nunca he visto a nadie meterse. Las papeletas están ahí, a la vista. No veo a nadie coger varias para disimular el voto, y tampoco veo a nadie fijarse en lo que cogen los demás. Llegas, miras a ver dónde está aquella papeleta con el candidato al que has decidido votar, la coges con naturalidad y ya en la cola la metes en el sobre. Y claro que no pasa nada, faltaría más. No hay vergüenza, no hay miedo, no hay prevención de ningún tipo, no hay coacción. Aunque siempre he pensado que si alguien me dijera algo por la papeleta que cojo, la que terminaría en comisaría sería yo porque le haría comerse un zapato, sin quitarle los cordones. Pero no ha habido caso, ni lo espero.

Hay barullo, sí, pero civilizado. Sólo faltaba. La gente se cede el paso, el anciano con el andador, el padre empujando el carrito del niño, la señora en silla de ruedas ayudada por quien parece su hija, perdone, me permite, como en cualquier lugar con  mucha afluencia en la que todos van a lo mismo. En donde, sin consignas, entendemos que habrá que esperar, habrá que ceder, y habrá que intentar no estorbar. En mi caso, además de todo, tengo que darme prisa, porque Curra está ahí fuera esperando.

Naturalidad, normalidad, lo natural, lo normal.  Pues claro. Como en todas las elecciones. Y estas no son tan diferentes.

Lo extraordinario en Madrid hoy no estaba en la tierra sino en el cielo. Mañana ya veremos, pero ya será otro día.

 

El embate y el envite

Duples Reyes CaballosVolvía a casa oyendo la radio cuando he oído algo referente a resistir un embate. No sé de qué hablaban – no escuchaba realmente – pero me ha sonado raro, y eso que es una frase muy corriente. Me ha venido a la cabeza la expresión resistir un envite, que también supongo que se puede decir en la acepción de ataque. Pero si tomamos envite en la acepción de apuesta, resistirlo es decir lo contrario de lo que se quiere decir. Creo. Un envite (una apuesta) no se resiste. Un envite se desprecia, se niega, se rechaza, pero no se resiste. Porque resistir un envite es en realidad aceptarlo. O eso me parece.

Los envites en los que tengo experiencia provienen del mus. Maravilloso juego que por cierto domino, siendo yo la mejor jugadora entre mis conocidos (y entre mis desconocidos, al menos en el planeta Tierra). Si te envidan puedes decir no quiero, pero en ese caso no resistes, sino que huyes, o eres prudente, o estás echándote el farol en la grande para pillar al contrario en los pares y darle el palo. También puedes decir quiero, o doblar la apuesta (me encanta lo de envido más) o decir que hasta cinco, o lanzar un órdago. Y me parece que es entonces cuando empieza tu resistencia. Y luego, cuando se levantan las cartas, ya se verá quién ha ganado, y por tanto resistido mejor el envite. En mi caso habré ganado yo, que para eso soy la mejor jugadora del mundo.

Lo del embate es otra cosa. Resistirlo es ponerse contra él, no aceptarlo, no acogerlo. Es quedarse quieto, parado, esperar mientras el mar embiste. El embate es más violento, más brutal, bumba, hala, agua va. Qué horror. Mucho más fino lo del envite, dónde va a parar. Cuatro cartas, un cigarrito, una copilla de pacharán, y dices “quiero” mientras miras con elegancia a tu adversario. Y ahora me lo comparan por favor con el estruendo de una ola encabronada que te deja completamente desmadejado y empapado en salitre.  El horror, el horror.

Y sin embargo, volviendo al principio del post, cualquiera diría que resiste el que no acepta un envite, el que se queda quieto, parado, el que no no acoge y lo incorpora en sus cartas, en su juego. El que no juega con él.

¿Resistir el embate? Bah, a la mano con un pimiento…

Una sede para trabajar

facebook03Leo que Facebook ha inaugurado su nueva sede en California, un espacio de 40.000 metros cuadrados al borde del mar en el que van a trabajar unos 3.000 empleados. La sede es un gran espacio abierto, sin despachos, con techos muy altos, y en el que el empleado tiene cocinas y entiendo que comedor, máquinas de vending subvencionadas, salas recreativas, campo deportivo, y supongo que también gimnasio y guardería. También leo que la cosa ha costado unos 17.000 millones (ahora no sé si de dólares o de euros, pero con esa cifra casi que ya da igual la moneda). Y a mí me parece muy bien.

Algunos empleados han empezado ya con las quejas, no faltaba más. Que si falta de intimidad, que si el ruido y que si los graffiti no son todo de su gusto. Hay gente para todo, pero a todo te acostumbras, eso también es seguro.

En España (y en otros lugares) hay sedes de ese tipo, aunque no las diseñe Frank Gehry. Lugares en los que se trata de ponérselo cómodo a los empleados, y hay cantina con precios subvencionados (y comida mas sana que esos restaurantes de fritanga repugnantes de menú que proliferan cerca de las oficinas), y cuando menos te lo esperas te encuentras con un saloncito en el que ver un rato la tele, o una mesa de futbolín o un espacio wifi, o un fisio o un servicio de farmacia. Cada empresa, en la medida de sus posibilidades, trata de facilitarle la vida al empleado y hacer un espacio agradable para trabajar. Y no es criticable creo yo, más bien al contrario. Otra cuestión es que nos guste el color de las paredes o que prefiramos coger el coche para irnos a comer lejos. Eso ya va en gustos o en el tiempo que quieras dedicar a eso.

Pero siempre encontraremos al que nos dice que si es todo una engañifa para encerrar ahí a los trabajadores y explotarlos, poco menos que alegrarse de trabajar en un sitio así, o envidiarlo, es estar muy alienado. “Te lo ponen chulo para que no salgas de ahí en el puto día”, decía uno ayer. Ay, Jesús, válgame. Para hacer una jornada de trabajo de 8 horas nada mejor que trabajar en un polígono de mierda, con paredes resquebrajadas, ventanucos llenos de polvo, luz eléctrica todo el día y restaurantes con cucarachas en los alrededores. En esos casos, sales a echar no un pitillo, sino una cajetilla. También está fenomenal un edificio emblemático en el centro, que te pilla a una hora en metro de tu casa (el coche es impensable), en el que los restaurantes cuestan 15 euros, y en el que al abrir una ventana el ruido es infernal, aparte de que las instalaciones eléctricas son un asco, por no hablar de que se amplíe la plantilla y ya vamos todos bien apretaditos. Eso sí, va muy bien para salir de compras cuando acabas, después de estar ahí dentro “todo el puto día”.

Todo tiene ventajas e inconvenientes, y no hay un lugar perfecto para trabajar. Yo siempre he dicho que me gustaría ir a trabajar en ascensor, porque si hay algo que me da pereza es ir y volver. O caminando, también me encantaría. Y me gustaría mucho tener cantina en el trabajo, con ensaladas ricas y cocina higiénica. Y tener ventana que se pudiera abrir y que oliera a césped recién regado. Y un criado que me abanique, ya puestos. Y una china que me haga la pedicura mientras hablo por teléfono. Una conferenscol, eso. En realidad, y ahora que lo pienso, me gustaría estar descalza mientras trabajo. Pero mejor no imaginarlo: la alienación me invadiría.

Qué cosas.

Advertencias y amenazas

Estoy en mi casa y en el patio hay un helicóptero. El ruido es insoportable, suena muchísimo. Estarán vigilando a los de la Juve, o a los del Madrid, o yo qué sé, porque en el patio de mi casa no se juega ningún partido, pero ahí está, dando vueltas y vueltas.

Tal vez no sea uno solo, sino una docena de helicópteros. El ruido es insoportable. ¿Ya he dicho eso? Creo que sí. Este helicóptero que está sobre mi cabeza no es como esos helicópteros que se dedican a cazar conductores, que ni se ven, ni se oyen, ni se entienden. Pero es que esos helicópteros lo que quieren es pillarnos, y estos que yo tengo hoy sobre mi cabeza lo que quieren es disuadirnos, y de ahí el ruido. Eso o que el piloto no ve bien de lejos. O tal vez se trata de un piloto juguetón que se dedica a esquivar antenas en su tiempo libre.

Esto de la disuasión tiene su aquel. Los gorilas se dan golpes en el pecho y los leones rugen para disuadir. Los helicópteros vuelan bajo para que los oigamos. Nos decimos: hay helicópteros, no hagamos gamberradas o nos verán. Pero el efecto disuasorio es un espejismo, porque en realidad el helicóptero no puede hacer nada más que avisar, eh, hay dos pandillas que se están liando a mamporros a las puertas del Bernabéu, y las dos pandillas tienen tiempo para escapar hasta que llegan los polis de a pié. O los polis a caballo, que también disuaden lo suyo, aunque son mucho más silenciosos. Y más románticos, ya puestos.

En realidad, los efectos disuasorios son una advertencia, no una amenaza. El helicóptero que sobrevuela mi casa ahora es una advertencia para que yo no provoque algaradas, pero el helicóptero que espera pillarme cometiendo una infracción de tráfico es una amenaza. Y sin embargo, la percepción es justo la contraria. Probablemente por el ruido. O por la prensa, vaya usted a saber.

Y de todos modos, advertencia, amenaza, disuasión o rugido, detrás siempre encontrará a un gorila administrando la advertencia, la amenaza, la disuasión o el rugido. Naturalmente, por nuestro bien, que es el bien público, un bien que es absoluto por público, no por bien. Pasen una buena tarde.

 

Canalizar

Canalizar es una palabra preciosa. Tú dices canalizar y… bueno, no, no voy a seguir por ahí porque realmente no sé de qué palo vas y no sé lo que pasa por tu cabeza cuando dices canalizar. Recommençons. Cuando yo digo canalizar, lo que me viene a la cabeza es una enorme corriente de agua y un tubo, no necesariamente cerrado. Puede ser un medio tubo, lo que viene a ser un canalón, o sea, un canal, y de ahí canalizar. Equilicuá.

Una masa de agua, brava o tranquila, un torrente o un remanso, una cantidad enorme o pequeña, pero en todo caso una masa de agua algo descontrolada. Agua random, un peu partout, que va a su aire aunque sea agua y va a su bola aunque esté extendida. Yo prefiero pensar en algo salvaje, espumoso, indómito y rugiente. O sea, agua a lo bestia. Es el caos, el desorden de la fuerza y de la libertad. Yo prefiero pensar cuando imagino, aunque eso es otro post.

Y de pronto, canalizar. Y entonces todo eso que no controlas en absoluto se domestica, se domina, se domeña, todo eso se vuelve manso, se sujeta, se somete y se conduce. Es maravilloso. De pronto la paz, la calma, el silencio, el orden, la tranquilidad. Canalizar entonces te proporciona un contraste que, por ser contraste, revela dos mundos maravillosos que, si se saben alternar, le dan mucha vidilla a la vida.

Pero amigos, no siempre puedes canalizar todo el agua. Te dices que a las malas, haces un canal más grande pero quizá no tienes los recursos para hacer un canal tan grande, o tal vez no tienes el espacio para ponerlo, que todo puede ser. Así que de pronto, te encuentras con medio canalizar. O canalizar a medias. Una chapuza, vaya. El verbo ha dejado de ser bonito.

Y ya no digamos cuando te sales de la naturaleza, o mejor dicho, cuando te olvidas del agua, que todo lo limpia. Entonces, no hay duda, dices canalizar y se acabó la poesía.

 

Canalizar horror

 

 

Hormigas en primavera

Y otro año más, con la primavera, las hormigas se despiertan en el campo. Ya les conté en octubre cómo habían construido los hormigueros para encerrarse allí todo el invierno. Se meten ahí todas en octubre, se tapan, y hala, a respirar. Debe de oler ahí dentro que ni te cuento.

Mi tía se preguntaba qué harían si se muere alguna durante el invierno, cuando el agujero está tapado para que no entre el frío, la lluvia y la nieve. Ella es partidaria de que se la comen, que tampoco van a echar a perder un trozo de carne por un quíteme ahí esos canibalismos, pero yo creo que las dejan momificarse, o incluso que las usan de masilla para las paredes. No sé qué me resulta más asqueroso, así es que hemos convenido en pensar que las hormigas no se mueren en invierno, sino sólo en primavera, cuando un perro organiza un terremoto en toda regla. Algo así:

 

En todo caso, cuando llega la primavera deben de estar caninas, porque las ves muy activas. Mucho más que en verano. Famélicas, no se paran ante nada y han vuelto a entrar en mi cocina del poblachón, y ahí fui yo con la silicona, a tapar el agujerito que habían hecho, pero esta vez no me pillaron de muy buen humor y no esperé a que se fueran. Organicé un safari en toda regla y maté unas 20 ó 30, negras, pequeñas y bastante tontas. Creí que había acabado con ellas, pero hoy he vuelto a encontrarme a dos de paseo a la hora del desayuno. Y ya se sabe que cuando hay una hormiga, detrás viene el regimiento completo. Para mi estupor, esta vez no habían hecho un agujerito, sino que se estaban colando por una de las rejillas del gas. He tapado la rejilla y dedicaré esta semana a pensar qué hacer, aparte de comprarme un salacot, que una no va a irse de cacería vestida de cualquier manera, aunque sea en la cocina de su propia casa.

Bueno, al menos la buena noticia es que las que vienen a casa son negras y no parecen agresivas, sólo un poco hambrientas. No como otras…

Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler

caniones a quemarropaPrimero de mes, toca post del libro del Club de Lectura. También conocido como club de Tortura, sobrenombre que empieza a venirle corto. Como corto va a ser el veredicto, que se lo hago en una frase: Miren, no se lo lean, no vale la pena. No se lo lean porque este libro, no tengo ninguna duda, tendrá ya vendidos los derechos para que hagan un telefilme de mierda que luego ustedes se encontrarán cualquier domingo a la hora de la siesta en Antena 3, Telecinco o en cualquier canal de televisión hortera y de baratillo que sintonizarán para que cubra de rumor sus dulces sueños. Así es que no pierdan su tiempo y su dinero leyendo esta bazofia: aficiónense a la siesta y matarán dos pájaros de un tiro.

Canciones de amor a quemarropa cuenta la historia de un grupo de amigos de un pueblo perdido en Winsconsin, un pueblo de mierda, en donde hace un frío de pelotas en invierno y en el que no hay nada que hacer más que cotillear y ordeñar alguna que otra vaca, además de pasar el tiempo viviendo una vida que te hace pensar que Dios, el quinto día, creó la marihuana para fumarse un peta el sexto día de trabajo. La historia sobre la vida absurda y estúpida de estos ñoños nos la van contando los cinco por turnos. Los capítulos van entonces nombrados con la inicial del nombre de cada uno: Kim, Lee, Beth, Harry y Ronnie, escriben capítulos nombrados como K, L, B, H y R. Como verán, es un detalle originalísimo. Es lo que tiene la literatura de BurgerKing: ponen esas cosas para que la gente pueda decir que el libro le ha dado que pensar.

¿Conocen ustedes la película Fargo? Bueno, pues estos amigos son como la policía y su marido. Mismo rollo americanos de la América insustancial, aburrida y sin el menor interés, de vocabulario escaso e ideas cortas. Dos de ellos se casaron y no han salido del pueblo más que para ir al pueblo de al lado. Otro se hizo rico en Chicago en la bolsa de futuros y luego vuelve al pueblo para rebozarse en el terruño y sentirse amapola; hay otro que se alcoholizó montando vacas en rodeos hasta que se dio un porrazo que le dejó idiotizado perdido. Y el último es un cantante como de música country que ha tenido mucho éxito y que una se imagina como un plasta con una guitarra dando mucho el coñazo y cantando bobadas muy sentidas, con su guitarra, siempre con su guitarra, lalalaaa. Y el libro cuenta la historia de todos ellos, sus relaciones, sus historias infantiloides y absurdas y sus rollos imbéciles que no interesan a nadie. Los personajes son previsibles e imaginados para lectores adolescentes, el estilo no puede ser más cargante, pastoso, cursi y vulgar, y los cambios de narrador sólo sirven para constatar la falta de talento del autor, una verdadera piltrafa.

La historia no puedo decirles de qué va porque no me he enterado, no he encontrado algo que me interesara un poco. Te van contando sus pequeñas batallitas de pandilla de pueblo, todo muy de andar por casa, sin ninguna intriga, ni el menor interés, sin que la historia camine hacia ningún sitio. Y miren, ayer al acostarme estaba al 70%, y podría haber hecho un esfuerzo, pero consideré que ya llevaba bastante: hay mucho para leer como para perder el tiempo con estas bazofias, literatura de supermercado, libros de baratija, infames mierdas escritas única y exclusivamente para que alguien compre los derechos y haga una película, mamarrachos que ni escriben, ni imaginan, ni inventan, ni hacen soñar, ni distraen, ni sirven para otra cosa que para rellenar estanterías. Si estaba hasta la pinza al 70%, el último tercio de libro no iba a arreglar nada y opté por leer otra cosa, que la vida es corta y la literatura amplia.

Y como para gustos los colores, ahí les dejo, como cada mes, los enlaces para que lean otras opiniones. Las encontrarán en La mesa cero del BlascoDelenda est CarthagoLa originalidad perdida y en Bichejo.com. Y a lo largo del mes, en el blog del club o escuchando nuestra tertulia en nuestro podcast (que tenéis señalado en un apartado en la columna derecha de este blog). Y hasta el mes que viene, a ver si hay algo más de suerte.

Post tonto de lunes

Que sepan ustedes que les iba a poner una cancioncilla, para cubrir el lunes. Bueno, y también para volver a coger la mano al blog, que me está quedando un mes de abril como con eco, con cuatro solitarias entradas en el mes. Voy batiendo mis propios records.

Dudaba si poner a Frank Sinatra, con el Fly me to the moon o largarles algún trozo de ópera, pero he decidido que no. Mejor busquen ustedes entre su música preferida y sírvanse, que para eso son libres y además tienen su propio gusto.

No vayan a pensar que me faltan asuntos por comentar. Se me ocurren cinco o seis a lo largo del día, pero luego los voy olvidando. Son temas cotidianos, del tipo “qué mala suerte vivir con una verruga en medio de la frente”, o “los idiomas son una frontera infranqueable” (con la derivada de “los franceses tienen enormes dificultades para entender que haya personas en el mundo que hablen otras lenguas, incluso si se lo dices en francés”), o “las mechas californianas son una mala idea”, o “la semiótica del seguimiento de un proyecto puede llegar a ser un tremendo foco de conflictos”. Y es que llevo cerca de tres semanas que no leo un periódico, ni apenas oigo la radio o veo la tele. Mejor para mí: vivo más tranquila; y peor para mí: estoy fuerísima de todo.

Voy a ver si en mayo me reconduzco y escribo un poco más. Escribir es una gimnasia estupenda. Y anotar lo que se te va ocurriendo es una idea buenísima. Y acordarte de dónde lo has apuntado ya es como jugar al poker y ganar… A ver si me reconduzco. A ver, a ver.

¿Ven como al final no ha hecho falta que ponga una cancioncilla?

 

 

Crónica de una noche de fiesta

Fiesta!Un local, un menú, unos dulces, unas copas y música muy escogida fueron el marco y el guión. Y con esto, se puede crear un recuerdo. Sólo había una consigna: vamos a divertirnos. Y nos divertimos, claro que sí.

Apenas falló nadie. Sobre la lista, algunos con compromisos familiares o de viaje, y eso ya me hizo percibir por anticipado que había una buena disposición y que con poco esfuerzo las cosas saldrían bien. Faltó mi querida Mar, en Costa Rica y sin posibilidad de venir, y muy a última hora, Pilar C., que se examinaba el martes de unas oposiciones y que consideró más prudente no venir (lo contrario hubiera sido una locura) y María C., que se tuvo que quedar en Valencia con su hijo. Estuvieron las tres en mi corazón y en mi cabeza y seguro que a la vuelta de unos años se incorporarán al recuerdo de la fiesta como si hubieran estado. Pero en fin, puertas y rampas, despegamos por fin con un pasaje casi al completo.

MariAngeles fue la primera en llegar, hacia las 21:15, cuando aun las luces estaban a medio poner y el personal se afanaba por completar los últimos detalles, mientras yo estaba con el pincha haciendo las pruebas de vídeo. Había dejado a Eduardo aparcando, y menos mal que apareció para darle conversación mi querido Paco, que llegó el segundo y me hizo bajar las escaleras corriendo a abrazarle, porque se desplazaba desde Valencia. Enseguida le advertí que le habían ganado de largo: Sonia había venido desde Singapur, cambiando billetes a última hora, solamente para pasar conmigo esa noche. Muy grande aquello, no lo olvidaré. Y luego, poco a poco fueron llegando, con mayor o menor puntualidad, pero ya no sé en qué orden. Sólo sé que esperé a Lorenzo para dar por terminada la cortesía otorgada a los madristas de pro (y abono), que hicieron un poco de piperos y llegaron a la hora marcada.

La primera desestabilización de camarero, con copas al suelo y comando de la bayeta corriendo para limpiar, lo provocó Ana T., aunque la leyenda dirá que fue Carolo, mucho más proclive a crear el caos cuando hay copas de por medio, y sobre todo cuando Amalia y Ricky C. le señalaban con el dedo. Habría más accidentes de este tipo, en especial al principio, tal vez para ir educando a las camareras, aquí estamos los del Poblachón. Por fin pude ver a Sara en una fiesta mía,  y si el sábado dejó a su niña sola en casa, ya no se escapará más. Ella y Tomás llegaron los últimos, Bernabéu obliga, y aunque había empezado la cena, él quiso hacerme la crónica precisa de los lesionados, entre compungido y confiante ante la Champions de la semana.

Yo sabía que comería poco y por eso había merendado. Y en realidad, casi el único momento que pude probar algo fue en compañía de Teresa, Ana L. y Mamen, tres de las mujeres más cultivadas de la fiesta con las que estuve hablando de mi dieta de adelgazamiento, asunto literario donde lo haya. Si puedo decir qué se cenó es porque lo había visto en un papel, no porque catara muchas cosas, aunque sí probé una especie de concha con algo que no me gustó que pude comentar con Isabel, a la que tampoco le gustó mucho. Así que no comí, pero hablé de comida durante la cena.

Mis amigas GinTonic descubrieron enseguida el photocall y lo tomaron al asalto. Y lo aprovechamos largamente, no en vano era la primera vez en cinco años que nos juntábamos todas sin que faltara ninguna. Mari Peins (estoy segura de que fue ella), las lió para que me cantaran el Ay Carmela (rumba la rumba, va) con una letra personalizada que provocó la carcajada general cuando decían que mi genio no había mejorado. Y  puedo imaginar el mal rato que pasaron algunas, y una que yo me sé en especial, aunque en general se las veía muy sueltas. A falta de buena voz le echaron coraje, que es lo que se necesita en estos casos. Yo, desde abajo, me reía con Antonio, mientras ellas cantaban “con locura desmedida”, y Rai grababa en vídeo el que sin duda fue el momento retop de la noche. Ver a nueve señoras serias y con tronío haciendo el ganso en una especie de balconera, cantándome como el que ronda a una quinceañera es algo impagable.

Puedo imaginar el esfuerzo de todos, que no quisieron seguir mis instrucciones (¡ni siquiera a la hora de recordar un color!), y que estuvieron realmente sembrados con los regalos. Para bien, por supuesto. Diré como resumen que nadie me regaló un libro pero que volví a casa con tres cuadros, de lo que deduzco que mis reseñas del blog no gustan y las paredes de mi casa tampoco. Y yo no seré facil para los regalos, pero nunca los devuelvo ni los cambio, así es que me pondré el elegante pañuelo cuando vaya con traje, encenderé velas o comeré aceitunas en esos inexplicables cacharritos de peltre, tiraré (¡por fin!) a la basura mi viejo ipod touch en el que no veo ni oigo ya nada y me calzaré esas zapatillas hechas a mano tan rechulas en mis paseos veraniegos. También he decidido llevarme el bonito retrato de Curra al Poblachón, que es donde somos felices las dos, y por supuesto sacaré tiempo de donde sea, que será de mi agenda, para hacer ese super curso de fotografía, originalísima idea que me recuerdan que no debo abandonar las aficiones que me hacen feliz y que me permiten crear cosas.  Maitena tendrá que explicarme despacio cómo enmarcar la preciosa pintura que hizo para mí sin estropear el envoltorio, que tiene también mucho mérito y es una maravilla (gracias, Maitena, eres una artista). Aunque lo más perentorio será buscar la manera de colgar la obra de galería de arte ultrapija que me regalaron sin tener que pintar mi casa de nuevo y de forma que se vea bien el precio, un regalo para el que no tengo palabras y que merecerá, sin duda, un post aparte.

Cuando terminaron los regalos, cogí el turno, que estaba verdaderamente petado, para presentar un tuiter imposible en el que metí a todos a chatear imaginariamente conmigo, una idea que me inspiró Gilles y para cuya proyección Natacha tuvo que traer un bolso lleno de cables que después no hicieron falta. No eran los únicos franceses de la fiesta, y me dieron mucho juego en las menciones, igual que me lo han dado en la vida. Y por otra parte, logré que Antonio S. tuviera por fin cuenta en Tuiter, algo que ni siquiera había logrado MaríaG. Un tuiter en el que la única conversación que quedó sin respuesta fue la de Mihaela, trabajando a esas horas, y que también me permitió comunicar que Zaida es mi librera favorita (y a ella, en su turno, que tiene una librería infantil) y decir a los cuatro vientos que Mercedes es como el guerrero del antipez, ¡esa memoria!. Pero lo realmente asombroso es que Begoña A. averiguara la marca de mis zapatos por una foto en la que solo se ven unas suelas gastadas y que apareció en pantalla exactamente 3 segundos.

Gisèle me había preguntado si podría tener compañía en la barra, porque vino con una lesión muy seria de espalda, y lo cierto es que hubiera podido estar allí en vez de conferenciando con las GinTonic girls casi toda la noche, que se iban turnando en aquel sillón rococó de la cueva imaginaria. En la barra estaba Ana C., que se puso como de guardia, como si custodiara la bebida, y por allí íbamos pasando el resto a darle palique y presentar nuestros respetos, aunque a quien más recuerdo de la barra es a Ricky, con su barba poblada ¡de pronto!, y a Carlos y a Bárbara. Y allí también se podrían haber acodado Juanjo y Emi, aunque prefirieron un tresillo bajo la escalera en el que acompañaron a Paula L., que embarazada como está, y después de venirse desde Granada, no se iba a poner a saltar por la pista. Del mundo que sólo seguía el ritmo con los pies no puedo olvidar a Jesús, que se sentó en un taburete a fumarse un paquete de Winston extralargo, como un rey, y allí acudía yo cada media hora, como el que acude a un estanco. Mientras, Begoña J. también fumaba con parecido ahínco aunque con mayor movilidad.

Recordaré toda mi vida a Begoña H., monísima con su sin-mangas rosa corriendo desde el Candy bar con una piruleta de chocolate hacia la pista al ritmo de Los Rodriguez. Recordaré también mientras viva a Susana la Morena, después de marcarse el baile sexy de la noche, invitando a Pilar para que se uniera a la conga del Salta conmigo, momentazo de liderazgo a salto de la mata que ha quedado inmortalizado en un vídeo tronchante.  Recordaré a Alfredo con la mano en el bolsillo recitando a Raphael y luego bailando un espasmódico rock and roll con Pepa, ella le comprende. Y a Jorge y Ana V., ocupando un esquinazo el uno frente al otro, tan acompasados y tan maravillosos bailando en pareja sin que yo quisiera interrumpirlos. Por supuesto, Ana Vamp arrastraba al resto al baile, y se reservaba el Mambo n.5 para disfrutarlo ella sola, aunque tuvo tiempo para hacer el reportaje de la noche mientras Tito se dedicaba a combatirla con el flash al grito de ¡Vampiraaa!. Y ya que quedará constancia, no me olvido de José Luis, a quien probablemente nadie había visto bailar nunca en la vida. Y el agarrado que me bailé con Javi, cantando con la vena en el cuello el Soy un truhan soy un señor, que para eso le gusta Julio Iglesias y había que ponerlo.

Y claro que recordaré a Yoli, que estaba bien guapetona, diciéndomelo todo sin decírmelo (“no tengo que decirte nada, que ya lo sabes tú”, suele decirme), tal y como lleva haciendo desde que teníamos 10 años, aunque buena parte del tiempo estuvo charlando con personas que no eran yo, seguro. Y María, que cuando sonríe, sonríe en serio y tú notas que te cambia el mundo. Pero puestos a nombrar a los guapos de la noche, y aunque todos nos habíamos esforzado delante del espejo, daré el premio pareja bellezón de la noche a Carlota y Chema, madre mía qué cuarentena más bien llevada. Y es que los veinteañeros no tienen apenas mérito, o en todo caso lo tendrán sus padres.

También contaré que, aunque vetado, alguien aprovechó que yo estaba en el baño (me han chivado quién, pero prefiero confirmarlo antes de matarla) para camelarse al pincha y que pusieran el cumpleaños feliz, esa canción infame que debería prohibir algún gobierno. Me sacaron del baño a trompicones y allí tuve que volver después, a lavarme las manos, escoltada por mí misma, tal fue la insolidaridad. Hasta unas velas me presentaron, primero en un cuenco robado que servía de lámpara y después en una tarta, y eso que estaba también terminantemente prohibido. Y transigí con el cuenco pero no con la tarta, y descubrí, para mi sorpresa, que se pueden apagar velas haciendo abanico con la mano, en vez de soplando.

El desfile de despedidas debió empezar a eso de las 2:30, no sabría decir, yo no miraba la hora que para eso era la anfitriona.  Camilo para entonces ya se había marchado, a medio cenar y con alguna indisposición, igual que Beatriz, que hizo un esfuerzo físico colosal para estar conmigo el sábado. Probablemente los lesionados como Quique, también con la espalda hecha fosfatina  fueran de los primeros en salir, pero no soy capaz de decirlo con seguridad. Anita R. se despidió, cariñosísima y con unas palabras que ya me ha dicho otras veces y que no olvido.

Y nadie tendrá que decirme que Pepe tiene una estupenda salud, porque se quedó hasta el final, como un campeón, y esa comprobación me hizo inmensamente feliz, junto con Susana LM, y los “restos” clásicos de ayer, de hoy y de siempre, incluyendo por supuesto a la única que me queda por mencionar, que como muchos se habrán dado cuenta es la inigualable Merchitas, culpable de que yo escriba este larguísimo post sobre el que declino cualquier responsabilidad que tenga que ver con la veracidad de lo que cuento.

Acabo. Ana, la única de las seis Anas que había en la fiesta que podía traerme algo así, apareció con un tesoro que leeré despacio: son cartas que escribí con 20 años y que daba por perdidas. Envolvió mis recuerdos en una caja con un bonito lazo, y yo podré recuperar esos recuerdos y volverlos a guardar, junto a los de esta noche tan divertida, que ya es pasado y que formará parte de mis recuerdos más queridos. Yo la llamaré La noche que me lo pasé en grande, en la que hubo mucha alegría y muy buen rollo, como debe ser. Y es que los amigos son las únicas personas que uno puede elegir. Ça reste.