La gran migración, de H.M. Enzensberger

«No es necesario que esperemos la llegada de los bárbaros. Siempre han estado entre nosotros.»

la gran migraciónHans Magnus Enzensberger es un ensayista alemán del que no había oído hablar nunca hasta que la madre de Paula, uno de los componentes de este agónico Club de lectura, lo eligió para que lo leyéramos y comentáramos este año. Nos lo propuso sin atender a nuestros gustos y sobre todo sin tomar en cuenta nuestras exigencias, cada vez más maniáticas, caprichosas, irreconciliables y… desnortadas: «Ahí lo lleváis, hijos, a ver si aprendéis algo de la vida y dejáis de quejaros». Ea.

Se trata de un libro cortito, no llegará a las 80 páginas, estructurado en 33 capítulos que en realidad son acotaciones del autor en torno al tema de la migración. Está escrito con una prosa limpia, nada enrevesada, que te permite seguirle en sus razonamientos sin dificultad. Unos razonamientos sobre los que deja al lector darles la profundidad que quiera darles. A mí eso me gusta mucho: en esta época de “canutazos”, leer algo escrito reposadamente se agradece, la verdad.

Veamos. Dos pasajeros que no se conocen de nada están en el compartimiento de un tren en el que se ha instalado cómodamente desde hace un par de horas. De pronto entran otros dos pasajeros, y los dos primeros establecen una relación de grupo frente a los dos nuevos a los que consideran invasores, extranjeros, intrusos. Este comportamiento, profundamente humano, parece indicar la necesidad sedentaria del hombre. Y, sin embargo, el ser humano siempre ha estado en continuo movimiento, en continua migración, lo cual supone en sí mismo el caos, el conflicto. Para evitar matarse demasiado entre ellos, los hombres han dado en agruparse en etnias, tribus, o en grupos más o menos homogéneos. Pero el conflicto permanece porque la idea de forastero permanece también, igual que la idea de individuo. Cuanto más artificial es el origen, más precario e histérico resulta el sentimiento nacional (el racismo se basa en una identidad precaria).

Enzensberger en sus acotaciones nos dice que nadie emigra sin que medie el reclamo de una promesa. También que emigran los audaces, pero también los más débiles y que a la postre, la emigración empobrece al país que ha consentido que mediaran las condiciones de esa migración. En cuanto al país receptor, acepta la migración cuando falta trabajo, pero no cuando sobra, y en ese sentido, el mercado negro laboral actúa con una lógica inversa al mercado negro de bienes.

El potencial migratorio es enorme, nos dice, y no le falta razón. Pero hace una reflexión sobre el estado multicultural, que niega en rotundo, por cuanto una cosa es la integración y otra la asimilación. Ningún inmigrante abandona del todo la cultura y costumbres de las que procede; el problema es cuando se cae en la ideologización de las minorías, los marginados se agrupan, invierten las reglas del juego y se encierran en su identidad minoritaria, lo que provoca a su vez el rechazo, en un círculo vicioso del que no acabamos nunca de salir.

También tiene unas cuantas acotaciones sobre el asilo y rechaza la distinción entre el inmigrantes por razones económicas y los perseguidos políticos. Se pregunta, no sin razón, que cuál es la diferencia. Cualquier tiranía, cualquier guerra, lleva aparejada el hambre y la miseria de una parte de la población, y distinguir eso es ponerse muy estupendo (bueno, Enzenserberg no lo dice así, pero yo les hago el resumen).

En fin, a mí me ha gustado por lo que tiene de reflexión y de dejar pensar. En este sentido, no preconiza soluciones, porque muchas veces se pregunta cuál el problema que hay que resolver. Sólo constata que el potencial migratorio es enorme, y nos deja sus acotaciones para que nosotros reflexionemos antes, después o en vez de ponernos a hablar como loros en la barra de un bar. Si se lo topan, léanlo.

Tienen (o tendrán) otras opiniones sobre el libro La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo (o no). Hasta septiembre, creo, con Grandes esperanzas, del gran Dickens.

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