Mi peluquera

Yo soy fiel a mi peluquera desde hace ya muchos años. Vanesa se llama, una mujer racial y muy divertida, que me conoce mejor que muchas personas que me rodean. Ella ya sabe que ni sé ni me gusta perder el tiempo peinándome, y que tampoco sé explicar muy bien qué es lo que quiero exactamente. Así es que a la pregunta ¿qué hacemos?, todo se resume en códigos. Frases como “quítame años”, o “corta mucho pero no te pases”, “dale una vuelta”, o un aparentemente arriesgado “haz lo que te dé la gana”. “Sobre todo, que no se me note que vengo de la peluquería, despeinada, un poco a lo loco…” Porque no hay nada más viejuno que ir peinada de peluquería. Esos bucles que se ven a veces, esos repeinados, esas melenas alisadas, esos flequillos recolocados, esas esculturas llenas de laca, esos cortes artificiales… qué horror.

Y ella se pone con las tijeras y me comprende perfectamente. O eso me creo yo, porque lo más probable es que esas frases no signifiquen nada para ella. Tal vez me corta el pelo según me ve el estado de ánimo con el que me siento en la silla, por lo general un viernes de derrota. O tal vez hace lo que le parece oportuno, sabiendo que el resultado será bueno y que yo me habré olvidado de la idea con la que entré. Vaya usted a saber, pero siempre salgo encantada.

Cuando tuvo su primer hijo, hace cinco o seis años, aguanté estoicamente la baja, qué remedio. Pero es que con la segunda ha tenido un embarazo problemático y lleva de baja desde febrero. Así es que yo llevo desde marzo con malos pelos. El otro día se la encontró mi tía en la peluquería con su niña, que había ido a visitar a sus compañeras. Por lo visto, la niña monísima. Y ella estaba radiante, al parecer. Y le dio recuerdos para mí. Que hasta enero nada. Quizá Navidad, según si se coge el mes de vacaciones. Cabrona… En fin, el corte que me dejó hace ya mucho que desapareció, y llevo el pelo de lo más vulgar. En parte es culpa mía, porque las pocas veces que he ido este año ha sido con las mismas instrucciones: “Corta lo mínimo para darle aire y procura no estropear nada”. Yo comprendo que con esas indicaciones tengan algunas dificultades…

Hoy he estado en la peluquería. Las compañeras de Vanesa miraban hacia abajo, yo creo que ninguna me quiere cortar. La última vez también me mandaron a la becaria. En esta ocasión, ha venido un chiquito al que le temblaba la tijera. Reconozco que le he metido mucha tensión. Cada vez que cambiaba de zona de la cabeza me enseñaba lo que había cortado, porque no le quitaba la vista de encima. Pobrecillo, qué mal rato le he hecho pasar.

Soy un ser con greñas víctima del aumento poblacional.

7 pensamientos en “Mi peluquera

  1. Pero bueno…Yo llego a la peluquería y les digo “Haced lo que queráis” y si no hacen algo arriesgado protesto. Pero intento ir cuando está Pili…que se dice MiPili porque la adoro, sus bajas las he llevado bien, estupendamente, ahora tengo el pelo larguísimo, ella no estaba para cortarlo jajajajajaja

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  2. Totalmente de acuerdo: No hay nada más viejuno que ir peinada de peluquería. Es terrorífico. Mi frase clave a mi peluquero es: “Despúntamelo y vacíamelo”. Nunca, nunca, nunca menciono la palabra “cortar”. Si lo hago, se emociona tanto, tanto, que no tengo necesidad de volver al peluquero en un año.

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