El pasajero mágico

M-30, tres y media de la tarde. Sobre la M-30, y en deferencia a mi lector filipino, aclaro que se trata de la carretera de circunvalación de Madrid. También se llama Calle 30, pero ése es un nombre que sólo utiliza la señorita de la radio que está en las dependencias de tráfico para informar sobre los atascos de la mañana, que casi siempre son los mismos. Los atascos en Madrid no son redundantes, sino reiterativos. Excepto cuando hay una manifestación, o un accidente, o una avería, que en ese caso es un atasco inesperado. Inesperado y con costes de adaptación, como todo lo inesperado.

Pero a lo que iba: M-30, tres y media de la tarde. Lo de las tres y media lo pongo para que se hagan a la idea de que estábamos a plena luz del día. Voy con mi coche tan tranquila hacia la oficina y, de pronto, miro por el retrovisor y me encuentro con un tipo con barba sentado en el asiento trasero. Un susto.

– ¡Ah!

He descartado, como es natural, a la chica de la curva porque los testimonios que hablan de ella, que son tantos como amigos con familiares tenemos, dicen que es mujer, joven, está haciendo autoestop y se sube al coche después de que tú pares voluntariamente a recogerla. Y yo a ese tipo no lo he subido al coche, al menos no conscientemente.

Por supuesto, he pensado en un secuestro. O un rapto. Un rapto de locura del hombre, quiero decir, que yo no estoy ya para tonterías. Porque hay que estar loco para subirse a un coche no ya sin avisar, sino sobre todo sin saber a dónde voy. ¿Y si no le viene bien mi destino? Ah, el destino, qué nos deparará el destino, especialmente cuando nos montamos en el coche de una desconocida.

Intrigada, he preguntado: “Oiga, ¿Quién es vd, qué hace en mi coche y qué quiere de mí?“. Le he hecho tres preguntas en una por si acaso las preguntas tienen alguna tasa, que yo no estoy al corriente de todos los elementos fiscales de la vida, que son muchos y muy variados. Pero el hombre no ha respondido. Me miraba fijamente a través del retrovisor, mudo, concentrado, y muy serio. Por el rabillo del ojo le veía mover los labios pero yo no podía oirle, así es que he aceptado seguir viviendo sin saber qué decía.

Entonces se  ha despejado ligeramente la carretera y he aprovechado para echar un rápido vistazo al asiento trasero. Allí no había nadie. Y sin embargo, según mi retrovisor, ese hombre con barba venía conmigo en el coche. Pero… había algo raro en la imagen. Se veía algo rojo en la parte inferior del retrovisor… Considerando algún extraño efecto óptico, he acelerado. Y entonces se ha abierto el cuadro. La cara del hombre se ha alejado y ha aparecido, rodeando su cuerpo, un Citroën. He levantado el pie del acelerador y el hombre ha vuelto a instalarse en el coche.

¡Magia! ¡El retrovisor de mi coche es mágico!

Me ha parecido tan divertido que he decidido llevarle conmigo los dos kilómetros que me quedaban de camino. E incluso hemos hecho dos cambios de carril juntos, aunque durante el cambio ha querido venirse al asiento del copiloto, algo que me ha parecido una insolencia, y que naturalmente, no he querido consentir.  Era poco gentil el tipo, no crean, porque pretendía hacer el cambio antes que yo. Y no: las damas, primero, que cualquier otra cosa es de muy mal tono.

Ya al final, también he podido verle las manos, con las que gesticulaba un poco, aunque más bien daba la impresión de que tenía una mosca delante de su cara y quería alejarla…

 

 

6 pensamientos en “El pasajero mágico

  1. Jeje, la magia es que una situación comprometida, agobiante y que causa normalmente bastante enfado, te la tomaras con este humor para pintarla mágica. ¡Claro, a no ser que fuera realmente onírica!. Enhorabuena por tu ingenio.

    Besos.

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