El soplador de hojas

Claro que los han visto por la calle. Van armados de un cacharro que hace un ruido infernal y del que sale un tubo con el que soplan las hojas caídas. No quitan todas, ni mucho menos. Digamos que quitan «lo gordo». Luego las dejan amontonadas en un apartado y tú te esperas que después alguien se las lleve, pero no. Entonces por la noche llega otro soplador de hojas, tan natural como el viento, que vuelve a desparramarlas. Cuando por fin toca que vengan a recogerlas, vienen unos tipos con un carrito minúsculo pensado para el recogido diario. Así es que como mucho se llevan  «lo gordo», que es una cosa gordísima, con lo cual lo que dejan es también gordísimo. Total, que la calle está hecha una mierda.

Lo bueno que tiene el otoño y que caigan las hojas en Madrid es que tapan la suciedad, que se ve menos. Ahora, que las hojas se ven muchísimo. De hecho, es imposible no verlas. No verlas, no pisarlas, y no venir a casa con ellas en el zapato. Así que tenemos hojas en la calzada, en las aceras, y ahora también en los portales, en los pasillos y en los cuartos de baño. He mirado en Amazon y resulta que te puedes comprar un soplador por menos de 50 euros. Estoy pensando en encargar uno, no crean, que Curra y yo subimos de nuestro paseo que parecemos ents de Tolkien, y dejamos el recibidor que parece una calle de Carmena.

Menos en los árboles, hay hojas por todas partes. Hojas de todos los colores y tamaños. Bueno, para decir toda la verdad, en los árboles también quedan algunas hojas todavía, probablemente porque ya no tienen hueco para tirarse con el protagonismo que el otoño requiere. Se me ocurre que los sopladores de hojas, en vez de orientar ese artefacto infernal hacia el suelo, acabarían antes enchufándolo contra las ramas de los árboles. Como decía mi abuela, «para tan poca salud, lo mejor es morirse», y este dicho es aplicable a la caída de las hojas casi tanto como a los propios árboles, que en Madrid se caen cada vez con más frecuencia. Supongo que el sentimiento de culpa también les afectará: ¿a quién se le ocurre crecer de un brote caducifolio? Cuánta irresponsabilidad.

El pasado martes pensaba salir a hacer fotos por Madrid, aunque después no pude hacerlo. Desde luego, el paisaje es hiperotoñal -asevero- aunque, con lo que llueve, el patinaje artístico que se traen los madrileños por las aceras es más propio del invierno helado. Pero bueno, si encuadras con inteligencia lo mismo hasta puedes tirar un carrete bonito. A favor del fotógrafo está la luz de Madrid en esta época, que es una de las pocas cosas que ni la Botella ni los nuevos pelagatos del ayuntamiento han conseguido cargarse. Hay que aprovecharlo, amigos, porque esto no tiene pinta de ir a mejorar, y me da que en unos años todos los madrileños estaremos ocultos bajo las hojas. Los sopladores estarán enterrados en ellas, y cuando activen sus artefactos malditos, harán revolotear las hojas sobre nuestras cabezas hasta que se haga la más completa oscuridad.

El empedrado, responsable de la suciedad que campa en Madrid y que todavía no ha pedido perdón a todos los madrileños, está escondido debajo de un manto de hojas. Le está bien empleado ¡por cobarde!

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