El largo adios, de Raymond Chandler

Hoy es lunes, y yo los lunes no estoy para nada. Así que he recopilado algunas frases y pasajes de este libro. Y así, al menos, estoy para algo.

– Se refería a los borrachos sin dinero. Con dinero, no son más que gente que bebe mucho. Si vomitan en el porche, es problema del mayordomo.

– Hay sitios donde no odian a los policíás, capitán. Pero en esos lugares usted no llevaría un uniforme.

Era un tipo que hablaba con comas, como en una novela de muchas páginas.

Ese era el tipo de jefe que te diría que llegaras a las nueve en punto, y si no te encontrara sentado allí en silencio, con una sonrisa de complacencia en la cara cuando él llegara dos horas más tarde, con un traje cruzado, tedría un ataque de capacidad ejecutiva ultrajada que requeriría cinco semanas en Acapulco antes de volver a estar en forma.

– ¿Quién dijo que a partir de cierto punto todos los peligros son iguales?

A mi izquierda había una piscina vacía, y nada tiene un aspecto más vacío que una piscina sin agua.

Sabía que era uno de esos días de locura. Todo el mundo tiene días así. Días en los que sólo vienen a verte los que han perdido un tornillo, los cretinos que dejan el cerebro donde pegan el chicle, las ardillas que no pueden encontrar sus nueces y los mecánicos a los que siempre les sobra un engranaje de la caja de cambios.

Los polis nunca se despiden. Siempre tienen la esperanza de volver a verte en una rueda de identificación.

Hay rubias y rubias, y hoy en día la palabra rubia es casi un chiste. Todas las rubias tienen algo bueno, quizá con la excepción de las rubias metálicas, que bajo el tinte son tan rubias como un zulú, y cuyo caracter es tan blando como una acera. Está la pequeña rubia guapa, que pía y gorgea, y la gran rubia escultural, que te pone en tu lugar con su gélida mirada azul. Está la rubia que te mira con reverencia, perfumada y reluciente, que se cuelga de tu brazo y está siempre cansada, muy cansada, cuando la llevas a casa. […]

Está la rubia suave, dispuesta y alcohólica, a la que no le importa lo que viste, siempre que sea visón, o a dónde va, siempre que sea a un salón bajo las estrellas y haya mucho champán. Está la rubia pequeña, vivaz y algo pálida, que quiere pagar lo suyo y que rebosa de buen humor y sentido común […] Está la rubia muy, muy pálida, con un tipo de anemia que no es mortal pero sí incurable. Es muy lánguida y misteriosa, y habla quedamente, como si se hubiera esfumado, y no puedes ponerle un dedo encima porque, en primer lugar, no te apetece, y en segundo, está leyendo La tierra baldía o a Dante en el original, o a Kafka, o a Kierkegaard, o estudia provenzal. Adora la música y, cuando la filarmónica de Nueva York toca a Hindemith, puede decirte cuál de las seis violas entro un cuarto de compás demasiado tarde. He oído que Toscanini también puede. Ya son dos.

Y por último, está la mujer maravillosa, que sobrevivirá a tres grandes mafiosos y después se casará con un par de millonarios, a millón por cabeza, y terminará con una villa color rosa pálido en Cap d’Antibes […]

El sueño sentado al otro lado del pasillo no era ninguna de esas rubias, ni siquiera pertenecía a esos mundos. Era inclasificable, tan remota y límpida como el agua de un manantial de montaña, tan ilusoria como sus colores.

 

Si no lo han hecho todavía, lean este libro. Es una orden.

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