El lugar más feliz del mundo, de David Jiménez

lugar mas feliz del mundoHoy es 18 y toca post del club de lectura. Un día raro, pero ya está explicado por qué escribimos de libros a mitad de mes, cuando normalmente lo hacemos el día 1: este año leemos más de 12 libros y hay meses con doblete.

Hoy les hablamos de El lugar más feliz del mundo, un libro del actual director de El mundo, David Jiménez, escrito a partir de sus experiencias como corresponsal en Asia durante un montón de años, creo que 15 – no me hagan levantarme a mirarlo. Así es que se trata de una sucesión de crónicas periodísticas, unas más interesantes que otras, pero que hacen del conjunto un libro muy distraído, en los que el autor nos cuenta lo que ha visto más como un viajero que como un periodista, puesto que narra y describe, pero la mayoría de las veces no explica. Pensándolo bien, nos cuenta entonces las cosas como un periodista fetén.

El libro se estructura en seis apartados (Lugares, Fronteras, Calles, Celdas, Amaneceres y Retornos), y recorre países como Bután, Pakistán, Tailandia, Filipinas, Camboya, Afganistán, Vietnam, Indonesia, etc, a lo largo de muchos años, y eso le da pie para contar la visión de estos países, la mayoría convulsos y en los que han sucedido revoluciones, guerras, cambios dramáticos de regímenes, en el antes y el después, y a veces en el durante.

El turista habitual no ve lo que él ha visto. David Jiménez en algún momento hace una crítica sutil de esto, y no acabo de entender la crítica: el turista no va a meterse en líos, y es consciente de que lo que conoce lo hace de forma superficial. Este postureo del autor está de más, sobre todo teniendo en cuenta que él está ahí como corresponsal, y el turismo no es un oficio.

Hay algunas reflexiones interesantes en el libro, como cuando habla de la única frontera invariable y que no depende de gobiernos, ni de la Historia, ni de razones ideológicas, étnicas o religiosas, como es la frontera interior de cada persona que divide el bien del mal y que pasa a través de nuestros corazones, y que hace que un cartero pueda convertirse, casi de la noche a la mañana, en un francotirador, o en un terrorista que pone bombas en los supermercados. También unos capítulos dedicados a la aversión de las democracias occidentales a estar en guerra, cuando están en guerra, y a reconocer que sus ejércitos no están en misión de paz repartiendo gominolas, aunque el gobernante de turno quiera dar a entender eso cuando va a fotografiarse con las tropas. También se leen cositas muy de periodista “bienpensante” y muy de papanatas políticamente correcto, como cuando afirma que “los norcoreanos están descubriendo que no están en manos del comunismo, sino de un fascismo que se ha disfrazado de tal”. O una narración bastante aséptica del terrorismo islámico, y muy poca referencia crítica al estado de la mujer en esos países. Y es que el libro no es una denuncia, o no me lo ha parecido a mí, ni está escrito para levantar polémicas ni alfombras desagradables. Es un libro sobre el lugar más feliz del mundo, que es como lo ven la mayoría de sus habitantes, aunque a nosotros no nos lo parezca. Así que se lee con agrado, y pocas veces nos pone los pelos de punta teniendo en cuenta los países en los que se ha metido y las cosas espeluznantes que habrán podido ver esos ojos.

A mí me ha gustado. Como digo, es un libro que distrae, que se lee fácil, y que tiene sus zonas de interés. No es alta literatura, desde luego, y el estilo no es en absoluto pretencioso, lo que se agradece. No hay críticas a una manera de escribir clara, sencilla, directa, ligera y muy correcta, o sea, escrito para ir al grano y contar cosas, que es lo que le interesaba al autor.

Como cada mes, tenéis otras opiniones sobre este mismo libro en La mesa cero del Blasco, Delenda est Carthago, La originalidad perdida y en el blog de Bichejo. Buena lectura y hasta el día 1, en el que hablaremos de Vestido de novia, un libro de Pierre Lemaitre.