Planta 11

Hoy he llegado a la oficina y resulta que mi sitio ya no era mi sitio, sino que era el sitio de otro. Terremoto P. (¿les he hablado ya de Terremoto P.?) me había avisado de que había metido todos mis papeles y mis cosas en cajas durante mis vacaciones y se las había llevado a otro lugar más luminoso, siete plantas más arriba.

Cuando nos mudamos a este edificio, hace muchos años, a mí me pusieron en la tercera planta, lado M-30, que es el lado en el que hay que estar en este edificio por debajo de la sexta planta. Entonces yo trabajaba en Comunicación, que es un departamento de poco fiar y de mucho ruido. Ya se sabe que la gente que trabaja en Comunicación puede ir en vaqueros, soltar chorradas en las reuniones y decir lo que se le pase por la cabeza, que la creatividad se nos supone y además, para tener una buena idea hay que tener muchas malas, y más vale localizarlas cuanto antes. Estábamos entonces en un espacio al lado de la Dirección General, y supongo que tanto cartel, tanto boceto, tanto papel y tantas risas no eran la mejor imagen para los visitantes de fuste que aparecían por allí, así es que nos enviaron a un cuartito en la segunda planta, en la que seis chicas vivimos nuestra vida durante un par de años.

Luego yo me mudé de país medio año y a la vuelta me colocaron en la cuarta planta, lado calle, y allí estuve un año y medio ocupándome de grandes cuentas y de cuentas grandes, y gastando suela y tacón por casi todos los aeropuertos españoles y pasando las de Caín. Y una vez terminada aquella etapa, tal vez la más formativa de mi vida, cambié las cuentas por el marketing (según mi madre, cambié las grandes cuentas por los grandes cuentos) y tuve que volver a hacer cajas, esta vez para irme al otro lado de la planta, de nuevo lado M-30 aunque orientación norte. Debí de estar en aquella pecerita unos tres años, hasta que me hicieron mudarme a la otra esquina, como si se tratara de un juego del parchís, ahora tocaban las fichas rojas. En esa esquina del edificio pasé yo creo que los años más memorables de mi carrera profesional, viendo salir el sol y sintiendo cómo se ponía a mi espalda, en un lugar cuyos estores iban bajando y subiendo, pero nunca todos a la vez.

Otra vez me mudé de país, esta vez para estar fuera más tiempo. A la vuelta, me colocaron en la primera planta, lado calle y orientación norte, primero en el centro del edificio y luego en una esquina. Nunca vi el sol en aquel sitio, ni siquiera como reflejo del edificio de enfrente. A pesar de eso, yo trataba de trabajar con luz natural aunque el lugar pareciera oscuro y triste. Y es que era oscuro y triste, como un día de lluvia aunque no lloviera, a pesar del ventanal o quizá por culpa del ventanal. Me gustaba trabajar por la tarde en invierno, cuando anochecía pronto, para justificar la oscuridad y la necesidad inaplazable de luz eléctrica. En ese lado de la planta, casi todos los que me rodeaban eran personal externo, consultores y desarrolladores la mayoría, que podían llegar todos a la vez o pasarse semanas enteras sin venir, personas de quien no sabes sus nombres, ni sabes muy bien a qué se dedican. Y aquel era un lugar de ecos y de silencios, pero también de simpatía y de aprendizaje.

Y entonces necesitaron el espacio y me volvieron a enviar a la cuarta planta, a la única esquina de aquella altura en la que nunca había estado. Se completaba el juego del parchís, ahora llevaba las fichas azules. Un lugar de luz y de largos atardeceres, aunque un lugar gélido, en el que yo bromeaba y daba las gracias por ese afán por criogenizarme que parecían tener mis compañeros de Infraestructura (gracias, gracias, esto sólo lo merecemos Walt Disney y yo). Me ha servido para mantener un cutis estupendo estos años, dicho sea de paso, y para comerme los bombones y los caramelos de mi querida Mary Peins.

Hasta hoy. Planta 11. Orientación norte aunque a esas alturas, la orientación da igual. Vistas a Guadarrama. Sol enfilado de mañana y de tarde. Paredes pistacho, muebles nuevos que aun tienen que llegar y la mejor compañía. Verdaderamente, nunca había llegado yo tan alto…