De dobles y de complejos antiaging

Isabel PreyslerCuando Don Felipe de Borbón y Grecia, o sea, our prince, se casó y volvió de su jonimun con barba, yo imaginé una teoría de la conspiración muy interesante. Según mi teoría, our prince estaba tan enamorado que había decidido cambiar el reino por el amor, y ése que había vuelto de la luna de miel no era él, sino un doble disimulado detrás de la barba. Mi madre me dijo que la teoría era buena, pero me hizo notar que tendría mucho más sentido si Felipe se hubiera casado con Magdalena de Suecia, un suponer. Desde entonces busco un motivo para que ese señor que sale al lado de Leticia sea un doble, o, en su defecto, una explicación para  que el príncipe lleve barba.

A mí las historias con dobles me encantan. Probablemente porque estoy muy influenciada por El prisionero de Zenda, una preciosa novela que seguramente conocerán y que forma parte de mi más queridos recuerdos juveniles. Ahora leo una noticia que habla del método que utiliza Isabel Preysler para conservarse como se conserva a sus 62 años. Y yo pienso inmediatamente que esa señora que sale ahí se llama María de las Mercedes Rodríguez, tiene 42 años recién cumplidos y una naturaleza generosa con su cutis, y que la verdadera Isabel Preysler utiliza una 46, lleva faja y combate la sequedad de la piel con las cremas de Mercadona, que salen a cuenta por las cantidades que una se viene obligada a usar a ciertas edades.

Pero en contra de mi teoría, está el método de la Preysler, que ahora hace público. Este método consiste, básicamente, en montones de pastillas de vitaminas y en no comer carne si no está tratada. O sea, sustituir con astucia el chuletón por las albóndigas. Y pan integral, mucho pan integral. Ah. y un vaso de agua caliente en ayunas “…y mientras hace su efecto depurador, aprovecha para lavarse la cara y peinarse”. Humm… Ese “mientras” va a ser la clave. Quiero decir, que mi “mientras” es un minuto y medio, y a ver cuánto dura el “mientras” que hace falta hasta que se peine la Preysler. Así es que, señores,  yo lo del vaso de agua caliente me lo voy a saltar, no sea que me dé la hora de irme a la oficina y todavía esté, con el estómago estragado, a la espera de la depuración.

En lo que concierne a las pastillas, he decidido que aún estoy a tiempo de engancharme al método. He bajado al herbolario con una copia impresa del artículo y he pedido el mismo complejo vitamínico que ella.

– ¿En pastillas o en jarabe?

– Mire a ver si lo tiene en gel de ducha…

¡Y ahora, a esprintar!