Adiós América

Me acuerdo cuando de pequeñas, llegaba septiembre, y el cole con él, y todas nuestras profes nos preguntaban: “Bueno niñas, ¿os lo habéis pasado bien este verano?, ¿qué habéis hecho?, ¿dónde habéis estado?”.Y todas levantábamos nuestras manos tan alto como pudiéramos dando pequeños saltitos mientras tratábamos de ser las primeras en contar nuestra historia. Este año, soy la primera y esta es mi historia.

He estado en América. Pero no en una ni en cualquiera. He estado en todas. He estado en la América de campos amarillos de maíz infinitos, en la de las praderas verdes silenciadas por el cielo azul infestado de águilas calvas y halcones. En la de las granjas rojas ribeteadas de madera blanca con graneros y almacenes de cereal. En la América de los granjeros que no fuman pero mascan tabaco. En la América del cuero, las botas de vaquero y los mocasines. En la de los indios nativos, los blancos gordos y los negros atléticos. He estado en una América surcada por un río grande y negro, frío y cálido a la vez, salvaje y dulce. He estado en la América de los raíles de madera atravesando el campo, en la de los bosques de cuento, bosques verdes donde apenas puedes ver el sol, y cuya escasa luz le da un color mágico.  He estado en sitios en los que realmente creo que viven hadas y ogros y dragones dormilones. He estado en la América de los ciervos, y arces y osos y pavos salvajes. He estado en la América de los grandes lagos y de los barcos de hace 70 años.

También he estado en la América de las cadenas de comida rápida, Denny’s, Burger King, Taco Bell, Culvers, Subway y el gigante McDonalds. En la América de los helados de cinco bolas con todo tipo de siropes y toppings. En la América de las cosas grandes, las montañas rusas y los toboganes de agua. He estado en el país de la música country, y los sombreros de paja. He jugado al minigolf y a los bolos. He pasado noches en pie en una fiesta en casa de alguien que no conocía a la mitad de la gente que había allí. He cantado y bailado y bebido la peor cerveza que podáis imaginar. He recogido manzanas rojas del árbol del jardín y jugado con un perro y dos gatos a la vez. He nadado en un río y saltado de un acantilado. He hecho senderismo, montañismo, he montado en kayak y pedaleado en mi bici.

He estado en la América de las tiendas de camisetas, de los bares de viejos y de las tiendas de caramelos. He oído a los futuros Beatles y  Frank Sinatra cantando en la calle. He olido las fragancias más dulces contaminadas de azúcar puro y restos de chocolate. He admirado escaparates llenos de dulces de toda clase, de manzanas cubiertas de caramelo, de toda clase de caramelos que podáis imaginar. He estado en la América de John Steinbeck y en la de Gabriel García Márquez. He estado en el país de los valles surcados de olmos y robles y en el de los bosques llenos de frambuesas. También en el de las noches de clubs y discotecas. He estado en el territorio del sheriff y de los Ho-Chunk y los Windigos. En el país de la gente amable y parlanchina, de la gente curiosa que quiere conocer España. He estado en el país de los coches todoterreno y de las Harley-Davidson. En el país de los tatuajes y el pelo de colores. He estado en el país en el que las familias pasan sus vacaciones en la casa del lago tirándose al agua desde una rueda de coche atada a un árbol con una cuerda vieja.

También he estado en la América trabajadora, en la América luchadora, en la conservadora y en la de Obama. He estado aquí un cuatro de julio y he visto más rojo, blanco y azul junto del que habéis visto jamás. He hecho una hoguera con mis amigos y hemos tostado mashmallows y bebido un café asqueroso a las dos de la mañana. He estado en el país que tiene la mayor industria cinematográfica y a la vez la mayor cantidad de telebasura. He vivido sola, en una casita pequeña y blanca prefabricada con su porche delantero y sus mosquiteras en las ventanas.  He paseado, corrido, gateado, navegado y cabalgado. He hecho amigos increíbles y conocido al amor de mi vida (nos casamos en el 2023). He estado en centros comerciales de saldo y en las tiendas más caras. He recorrido la librería más grande que os podáis imaginar. He estado en el país de los coches sin cerrar y las ventanillas bajadas. He estado en el país de los cerrojos del revés y las grúas gigantes. En el de los camiones tuneados y los coches de bomberos de peli. He hecho fotos y vendido fotos. He trabajado. He sudado para conseguir cada céntimo que he ganado. He limpiado mi casa, me he hecho la comida y me he lavado la ropa. He conducido por carreteras interminables y pasado ratos interminables en los stops.

He visto noches incendiadas por manadas de luciérnagas en llamas, he soñado al son de los grillos y vivido rodeada de conejos y ardillas. He comido bizcocho de calabaza y pretzels con queso, y bagels, y palomitas con mantequilla. He visto una peli en el parque, de noche, comiendo M&Ms arropada por una manta de cuadros. He aprendido rumano, ruso, búlgaro y turco. También he aprendido inglés por si hay algún gracioso por ahí. He estado en la América del baloncesto, del béisbol, de las chanclas, y los pintauñas con purpurina. En la América de la guerra de los cien años y en la de la segunda guerra mundial y en la del charlestón y los escarabajos. He estado en la América de los cupcakes y la crema de cacahuete, y en la del chocolate Hersheys y los M&Ms y los skittles y los cereales de colores. He visto a Bon Jovi vomitar y a  Mumford and Sons silenciar a 10.000 personas a la vez. He visto Converse nuevas, viejas, rotas, pintadas, desgastadas, cuidadas y descuidadas. He estado en un cementerio de película y he visto al sol ponerse sobre el lago.

He visto a un niño llorar por el golden retriever con el que ha crecido. He visto a muchas personas, de muchos sitios; jóvenes intrépidos e inmaduros, niños hiperactivos, adultos cansados. He visto que la vejez más absoluta puede albergar el alma más joven y también he visto que la juventud más fresca puede cobijar un alma vieja y oxidada. He visto ojos cristalinos llenos de amor y cristalinos opacos por la pérdida. He dicho hola, he dicho adiós y algún que otro hasta luego. También he predicado las maravillas de España y creo que he inflamado algún corazón inquieto y empapado en gasolina con la chispa de la curiosidad.

He hecho todo esto y más y es por eso que me ha costado encontrar las palabras para expresarlo. Me gustaría pensar que casi podéis esbozar mi verano tras este brevísimo resumen y si no es así tendré que volver para encontrar la manera de terminar mi historia.

He estado en América y me he enamorado de ella, pero también he cogido hoy el tren y ya vuelvo a casa…”

Rocío H., en el inicio de su regreso a España después de una estancia de tres meses en Wisconsin, escribe esta carta a su familia. La escribe deprisa, a vuelapluma, en un tren.

Rocío tiene 19 años.

Y ahora, quítense el sombrero.